Arthur, Morgana y Gwen salieron de la habitación tras haber conversado sobre su situación y su viaje, sin hablar exactamente de su objetivo ni del por qué preciso de su estancia en el Pueblo Maldito, aquel pueblo al que nadie quiere ir y el cual no suele recibir muchas visitas, como había informado Hilda.
Así, Merlín y Hilda se quedaron a solas en la habitación con un silencio únicamente interrumpido por el crepitar del fuego en la chimenea. Para parecer una casa fría, se estaba bien calentito en aquel momento.
Merlín no supo por dónde empezar o si siquiera empezar. Miró a Hilda con gesto abatido, y cuando la miró, ella comenzó a hablar.
-¿Realmente es cierto que Telvar está vivo? – preguntó con claro recelo.
-Así es, vivo y coleando en su cabaña.
-¿Cabaña? ¿Dónde exactamente?
-Está en los bosques del valle, no sé cuál exactamente. ¿No ha visto ni ha oído hablar de las Figuras de Madera?
-No suelo salir mucho del pueblo, pero, oh sí, supongo que he oído hablar de ellas algo. Dicen que son figuras con cara endemoniada que aparecen en el bosque. Muchos aseguran que atacan, como si tuvieran vida, peor yo me pregunto si la madera tiene realmente vida, como me gusta pensar de las plantas.
-Bueno, lo cierto es que no se mueven ni atacan, pero para lo que sirve es para asustar a la gente que pase por allí para que nadie se acerque.
-¿Cómo un espantapájaros, pero en este caso con el nombre de espanta-gente?
-Algo así…
-¿Y quién dices que lo ha puesto ahí? Pues supongo que no saldrán de la tierra.
-Telvar lo puso, por eso hablo de esto.
-Ah, ya veo, por eso nadie sabe que alguien vive por allí.
-Ajá. Cambiando de tema, Telvar me dio esto antes de irnos de su cabaña – comentó Merlín mientras sacaba su guardapelo del deshilachado bolsillo de su chaqueta y lo enseñaba a Hilda levantándolo en el aire.
Hilda hizo un gesto para que se lo entregara y Merlín obedeció y se lo tendió. Hilda lo cogió con suavidad y delicadeza, como Merlín lo había cogido en su momento, como si pudiera romperse con solo tocarlo demasiado. Hilda quedó impresionada al ver la sarta de plata grabada con fragmentos e hilos de oro que Merlín ni había reconocido. Tras ello, se dirigió palpitando con los dedos, como si pudiera sentir el latido de aquella joya, hasta llegar a la piedra de un seco color verde. Su dedo índice se detuvo en el grabado de aquella piedra, el mismo grabado incoloro que había visto Merlín: una especie de criatura con cuerpo de serpiente y cabeza de dragón.
-¿Sabe que significa eso? – preguntó Merlín con un susurro, temiendo asustar a Hilda, quien se mantenía como una estatua contemplando aquel grabado. Tenía los ojos perdidos entre ello y ninguna parte de su cuerpo parecía advertir de que no estaba sola. Merlín pensó en preguntar de nuevo, pero decidió no molestar mucho a Hilda y esperar a ver qué hacía.
-¿Dónde has sacado esto? – preguntó repentinamente Hilda con una voz cortante y decidida, pero con algo de temor inesperado.
Merlín, sorprendido por el cambio de voz, se limitó a contestar simplemente:
-Me lo dio Telvar.
-¿Te dijo de dónde lo consiguió? – preguntó Hilda esta vez levantando la cabeza y mirando a Merlín con ojos fulminante y detonante. Su voz más que un susurro esta vez fue más un chillido, pero más grave de lo que podría salir de la boca de una anciana.
-Ehm…sí
-¿Dónde te dijo que lo encontró? – bramó aún más fuerte la anciana, con una voz más potente de la que uno no esperaría de una mujer de su edad. Realmente Merlín se asustó, aunque sabía que no tenía exactamente por qué, ya que no tenía ningún peligro. Lo que daba miedo era ver a Hilda de tal modo. Parecía fuera de sí. En ese momento Merlín supo que el guardapelo era verdaderamente valioso, como le había asegurado Telvar, pero a la vez era peligroso e inseguro, por la forma en al que Hilda se comportaba. - ¿Dónde lo encontró? – preguntó esta vez de nuevo más bajo, pronunciando cada palabra con dureza y aspereza.
Merlín no sabía qué responder. Si decía la verdad, estaría revelando su propósito y objetivo: la de su padre. No sabía por qué, pero no se sentía cómodo desvelando aquello a una mujer que apenas habían conocido hace unos minutos. Pero si mentía (que no era el mejor mintiendo, realmente) seguramente ella lo sabría, pues ella sabía de quién era aquel guardapelo. Así pues, decidió hacer caso omiso a la pregunta y decidió mostrar algo de superioridad al intentar saber de qué se trataba tanta inseguridad.
-¡¿Qué significa esa marca?! – dijo Merlín con dureza, mirando con ojos fulminantes, y pudo ver cómo la rudeza de la anciana parecía desvanecerse poco a poco, mirándolo asustada. Merlín, al ver lo duro que había sido, decidió hablar de nuevo con suavidad y calma -. Necesito, por favor, Hilda, que me digas de dónde proviene ese símbolo. Lo necesito.
Hilda se quedó mirándolo insegura, hasta que por fin contestó con voz ahogada.
-Si quieres saber su significado, puedes buscarlo tú mismo en los escombros que hay o, si eres más observador, puedes encontrarlo en las paredes de piedra.
Merlín la miró agradecida, con una cara sonriente y amigable.
-Muchas gracias, Hilda.
Merlín fue a levantarse para dirigirse a buscarlo, cuando Hilda le detuvo cogiéndole de su muñeca. Merlín la miró extrañada. Poco a poco, Hilda giró su mirada hacia él y pudo ver que tenía los ojos húmedos.
-Tienes magia – murmuró ella casi inaudible.
Merlín no pudo creer lo que escuchaba, pero se limitó a confiar en aquella anciana, que parecía saber bastante de magia. No entendía cómo podía saber eso, pero lo notaba en su mano aferrada en su muñeca, como ondas de calor sólido llevadas por una corriente de mar fría y acompañado por chispas que recordaban a los rayos.
-¿Cómo lo has sabido? – preguntó Merlín girándose hacia ella y hablando con una voz tranquila y melada, como si hablara con alguien enfermo o con problemas de oído.
-He vivido rodeada de magia toda mi vida.
Merlín seguía sin entender. ¿Acaso ella tenía magia? No, lo hubiera sabido, aunque sí era verdad que sentía esas ondas en su cuerpo. Pero no, no parecía tener. Quizás aprender, eso sí.
-Y tú no eres un mago normal – susurró ella – Tú eres el Nacido de la Magia. Tú eres el Centro de la Magia. Tú eres la Magia. Tú eres Emrys.
Merlín lo miró con miedo y temor, y se soltó rápidamente la mano, como si en cualquier momento Hilda se abalanzara hacia él hincando los dientes en su cuello. Poco a poco se fue echando para atrás.
-Yo… no…
Hilda se levantó hacia él y le tendió su mano amablemente. Sonrió con una sonrisa que no había visto en su vida. Una sonrisa afable y cariñosa. Una sonrisa de alguien con quien puedes confiar. Una sonrisa de luz.
-Tengo que enseñarte algo, Emrys.
