-Tengo que darte algo.

Hilda aferró la muñeca de Merlín con demasiada fuerza para lo que aquella anciana parecía tener, y lo dirigió por un pequeño pasillo hasta llegar a una habitación rectangular, pequeña al igual que la que Merlín tenía en los aposentos de Gaius, con un camastro para dos personas en el centro, una ventana en la que asomaba los rayos matutinos del sol hacia el jardín trasero y algunos muebles de madera, como un armario, una pequeña mesa puesta enfrente de la ventana en la que reposaba una vela aún encendida junto con dos sillas y dos mesitas de noche en cada lado de la cama, que hacían oler la estancia a madera vieja, un olor muy parecido al que la cabaña de Telvar desprendía.

-Siéntate en una silla y espera un momento. Vuelvo en unos segundos.

Merlín obedeció y se sentó en la silla en un lateral de la ventana, viendo el patio trasero. Observó a Hilda salir de la habitación con prisas, pero esas prisas no eran comparadas con los nervios que Merlín sentía en aquel momento. ¿Cómo se suponía que la anciana había sabido quién era? Era imposible, solo un druida podía saber tal, y ella no parecía exactamente una druida…

Merlín dudó unos segundos en si quedarse o huir de allí lo más antes posible con los demás, que supuestamente estaban en el pueblo, comprando provisiones y comida para el viaje, sobre todo pensando en la vuelta. ¿Cómo podían pensar en la vuelta en esos momentos? Ah, claro, ellos no tenían que llevar la carga de saber que tu padre era el señor que buscaban bajo el nombre de Balinor, el hombre que debía ir a salvar Camelot para luego ser ejecutado por usar la magia por un bien común.

Merlín esperó unos segundos más tarde, pensando realmente el irse de allí y seguir el camino hacia a Ealdor. Cada vez le parecía que Hilda era menos digna de confianza. No sabía por qué prejuzgaba así a una pobre mujer anciana, que hasta había sido amiga de Telvar. Pero no podía parar de pensar en lo que la mujer decía que sabía, pues Merlín sabía que había ocultado parte de la historia en el fondo de su mente.

Hilda llegó acaparando los pensamientos de Merlín, quien se puso rígido y tenso al ver que llevaba un pequeño paquete de seda verde decorado con filamentos dorados en sus brazos. Estaba abultado por varios lados y parecía sucio para ser una seda aparentemente bonita y cara.

Hilda se sentó delante suya, al otro lado de la ventana, y dejó el paquete encima de la mesa. Le miró a los ojos, y comenzó a decir:

-Hace unos años, una figura encapuchada entró en mi casa. Era medianoche, y yo dormía tranquilamente, cuando el ruido de la figura me hizo levantar y me lo encontré. En vez de asustarme o gritar, le pregunté el motivo de su llegada aquí. Y así, sin ninguna palabra nada más me advirtió que algún día Emrys, el mismísimo Emrys de los cuentos y profecías druidas, regresaría y llegaría a mi casa y reclamaría lo que me acababa de dar – señaló el paquete de seda verde colocado encima de la mesa con un gesto de cabeza -. Un paquete de seda es lo que me dio. Y sin nada más que hacerme prometer que te lo entregaría, se fue como se había ido. Y, oh lo impaciente y la espera que he tenido que dar para que llegara el día en el que tú, Emrys, llegaras a mi humilde morada con el mísero propósito de saber sobre el pasado de este pueblo y trayendo un collar bien peligroso. Desde que viniste supe que había algo en ti. Ahora sé quién realmente eres. Ha llegado el momento de que abras el paquete, que es por lo que has venido.

Merlín no entendía lo que ocurría exactamente. ¿Había venido él realmente a por el paquete? No, qué tontería, no había escuchado nada así en la vida. Pensó que la mujer le estaba haciendo una broma de mal gusto, así que la miró con desconfianza.

-¿Qué es lo que hay dentro? – preguntó Merlín con una mirada fulminante.

-Juro por mi nombre que no he abierto el paquete ni he observado lo que había dentro – contestó ella solemnemente, como si se tratara de un tratado de paz entre dos reinos.

Merlín no sabía que pensar de todo ello. La mujer no parecía mentir sobre su historia, pero había algo que no le gustaba a Merlín. Así pues, siguiendo su instinto, se dejó llevar por sus impulsos y alargó la mano lentamente hacia el paquete, y una vez que lo tenía aferrado en las manos, comenzó a abrirlo con dedos temblorosos. Sentía algo emanar de su interior, como un río de agua cristalina que lo llevaba a corriente y lo ayudaba. Una sensación de lo más anormal, sin duda.

Cuando por fin pudo desenvolver la seda y los filamentos de oro, pudo ver que un objeto de color fuego estaba tendido sobre un sobre amarillo y una libreta oscura sin título de cuero con lo que parecían escamas de dragón en la cubierta. El objeto parecía tener forma ovalada pero irregular, y fue entonces cuando Merlín se dio cuenta de que parecía una piedra o un mineral, pero a la vez no lo parecía. Era algo completamente extraño, y cada vez confiaba menos en aquel regalo y en Hilda, quien parecía realmente curiosa por el contenido del paquete.

-¿Qué significa esto? – preguntó Merlín sin ocultar algo de desconfianza y desdén. Por suerte, Hilda no pareció darse cuenta y le dio una sonrisa afectuosa y dulce.

-Pensaba que tú, Emrys, lo sabrías. – comentó, pero al ver el rostro inseguro de Merlín, su sonrisa desapareció lentamente - ¿O acaso tú no habías venido a por esto?

-No, nunca oí hablar de ello ni había venido a por ello.

Hilda lo miró con una mirada extrañada, que parecía intentar descifrar la mente de Merlín. Bajó la mirada e indicó con el dedo índice el sobre amarillento.

-¿Y qué pone ahí?

Merlín se fijó más detenidamente y pudo apreciar una escritura fina y estrecha en color rojo sangre que rezaba: para Emrys. Merlín frunció el ceño, intrigado. ¿Qué significaba esto?

-Hilda, ¿quién fue el hombre que te entregó esto?

Hilda lo miró como si le hubiera preguntado cuál era su animal favorito.

-No lo sé, no le pude ver la cara por la capucha. Además, era de noche – comentó ella como si eso lo explicara todo.

Entonces supo Merlín que esto no podía ser nada bueno, pero justo cuando pensó en ello, la especie de piedra brilló como el mismo fuego.

-No entiendo nada, ¿entonces me estás diciendo que, sin saber quién era ese hombre, confiate en él para entregarme esto? – preguntó Merlín mirando a Hilda dolido.

Hilda no pareció decir nada. De hecho, no subió la mirada ni movió un músculo. Simplemente se había quedado mirando fijamente el brillo que aquella piedra había desprendido. Merlín miró de nuevo la piedra y pudo ver que letras surgían como palabras escritas en carne en la superficie de la piedra que se leía: sigue mi camino.

Merlín definitivamente no comprendía nada. Iba a abrir la ventana para lanzar aquella piedra maldita cuando Hilda le aferró de nuevo la muñeca como había hecho momentos atrás ya dos veces.

-¡No! – exclamó ella con voz potente, y al ver que había levantado, carraspeó, y, bajando la voz e indicando la libreta negra, dijo – Lee antes el libro.

Merlín miró a la mujer, ya con total desconfianza. Esperaba realmente que esto no acabara mal ni que Hilda hubiera hecho todo esto para acabar con él. Quién sabe, quizás ella no era tan santa como aparecía en su historia. Una jovencita con un amor imposible. Ya, seguro…

Merlín bajó la mirada al libro de cuero negro, parecido a escamas de dragón, sin título ni portada. Vaciló un momento antes de alargar la mano y abrir cautelosamente el libro, como si temiera que en cualquier momento una daga saliera disparada del libro.

La primera impresión que tuvo fue que parecía un diario, no un libro de texto informativo ni nada por el estilo. Y lo segundo que le llamó la atención fue que estaba escrito con una caligrafía que desconocía, con trazos hoscos y torpes, sin ninguna floritura ni curva. De hecho, más parecían runas que letras.

Merlín miró a Hilda, como si pudiera encontrar en su rostro la respuesta, pero ella únicamente contestó a su mirada indicando con un gesto de cabeza la piedra roja que esta vez decía:

"Sígueme."