Merlín cogió la piedra de fuego y el guardapelo, dejando a solas a Hilda con la única compañía de la seda verde con sus filamentos dorados donde todavía yacían el sobre amarillento y la libreta de cuero negro. Antes incluso de que pudiera siquiera pasar por el marco de la puerta, Hilda le llamó, deteniéndolo en el quicio de la puerta.
-No has abierto siquiera el sobre.
Merlín se giró y fijó la mirada en el sobre amarillento, donde desde allí se podía ver la escritura roja delgada y fina en la que se leía: para Emrys. Merlín suspiró. No sabía por qué, pero no sentía que debía abrirla. Era una extraña sensación que jamás se le hubiera ocurrido que pasaría. En una situación normal, lo hubiera abierto desesperadamente y con ganas tremendas, pero esta vez supo que no era así.
Merlín negó mirando a Hilda.
-No es el momento – simplemente dijo. Esas palabras salieron directamente de su boca, sin pensarlas, como si alguien le hubiera obligado con magia a decir aquello.
Hilda asintió levemente, sabiendo que no valía discutir tal tema.
Y así pues, Merlín salió corriendo de la habitación, con piedra y guardapelo en mano, yendo donde sabía que tenía que ir. Y no iría solo, lo sabía: la piedra le decía el camino. Le decía exactamente dónde dirigirse, y pudo apreciar que tras el bolsillo de la chaqueta un brillo rojo atenuado sobresalía, y cada vez que se acercaba más para salir de la casa de Hilda, más brillo daba.
Merlín literalmente corrió por las calles de gentes amargadas y sin sonrisas, que parecían hacer un trabajo metódico y típico todas las mañanas. Nadie le reprochó nada cuando chocó contra alguien sin querer, ni cuando pasaba por la multitud en la calle principal donde se vendían artilugios en las tiendas dando empujones.
Y así, finalmente, llegó al fondo del pueblo, donde piedras de color negro (demasiado oscura para ser normal) yacían destrozadas donde al parecer antes había habido un templo de los llamados Wodrem, como les había comentado Hilda. Todavía estaban dispuestas las columnas que antes habrían formado parte del templo, al igual que al fondo se podía ver una especie de trono del mismo color y material que toda la estructura. Por lo demás, trozos de roca negra se esparcían por alrededor, algunas mucho más grandes que otras. Incluso se podían apreciar todavía algo de lo que había sido alguna vez la estructura básica del templo, junto con algunas paredes medio destruidas.
No esperó encontrar nada por aquellos escombros, pero igualmente decidió investigar un poco, por si encontraba el símbolo de la serpiente-dragón que tenía en el guardapelo. Pero no hubo suerte. Lo único mínimamente curioso fue encontrar en las columnas una escritura, o más bien runas, que eran realmente similares a la escritura de la libreta de cuero negro. Desafortunadamente, no tenía la libreta en mano para confirmar que fueran las mismas escrituras.
También pudo observar que en algunas paredes que aún se sostenían parcialmente por una fuerza no conocida, tal vez la fuerza llamada suerte, había pincelados dibujos que hasta que Merlín no estuvo unos segundos escrutándolos detenidamente no pudo descifrar de que se trataba de bestias y monstruos terroríficos, pero cuando se fue desplazando a otra pared del lateral opuesto, aguantó un chillido, pues lo que había pincelado allí no era ni más ni menso que dibujos macabros, muchos de ellos con bestias engullendo personas, agujeros insondables donde eran tirados personas, llamaradas de fuego que consumían personas indefensas, y hasta el mismo diablo en una cueva. Merlín tragó saliva. No debería estar viendo esto. Se giró rápidamente para no tener que contemplar aquella funebridad desoladora.
Merlín decidió que era hora de irse cuando un sonido mágico sonó levemente de la piedra roja que llevaba en el bolsillo de la chaqueta. Lo cogió y pudo ver que brillaba más, pero esta vez ya no de forma continua, sino tintineando. Había algo que tenía que ver aquella piedra con el templo, o más bien con los Wodrem. Los nacidos del fuego y la tiniebla.
Merlín tragó saliva de nuevo. Esto no tenía que estar pasando. ¿Quién era en realidad aquella figura que había entregado años atrás a Hilda el regalo que debía ser entregado a Emrys, a él? ¿Y si Hilda mentía y en verdad sabía quién era esa figura? ¿Y si su único propósito era acabar con él para que Albión nunca nazca? Merlín notó que se estaba mareando, y no quería esta vez desmayarse, y menos en este lugar tan oscuro.
Fue cuando el sonido de la piedra se hizo más fuerte cuando se percató de que había estado avanzando hacia atrás, llegando inconscientemente al trono de piedra negra. Se giró y, sí, lamentablemente allí estaba. Y la piedra refulgía y chillaba mucho más que antes. ¿Sería el trono? ¿Qué había en el trono que hiciera a la piedra comportarse así?
Y lo vio: el símbolo esculpido en el respaldo del trono era ni más ni menos que un cuerpo de serpiente y una cabeza de dragón. El mismo símbolo que le del guardapelo. De allí venía. ¿Y por qué lo tenía Balinor en su cuello, entonces? Merlín notó un pinchazo y pudo ver que todo se volvía borroso y nada parecía tener sentido. La vida no tenía sentido. ¿Para qué vivía? ¿Cuál era el objetivo? Su objetivo era ser rey, dijo una voz en su cabeza que tenía una extraña similitud con la de Uther cuando ejecutaba a un supuesto hechicero.
Merlín sacudió la cabeza. Miró lo que ocurría y vio que tenía la mano alargada hacia el trono, y no solo eso, sino que sentía unas ganas incalculables de sentarse en él y sentir la magia de ser rey. Merlín intentó echarse para atrás pero no pudo. No sabía por qué. Había algo que le impedía moverse. Como una magia muy oscura.
Y cuando escuchó un sonido aún más fuerte en la piedra, bajó la vista a él y pudo ver las palabras inscritas como sangre en la piel:
"Sé rey."
Merlín notó un impulso demasiado grande para que fuera suyo. Un impulso que le decía sentarse en ese trono lleno de mugre, suciedad y negrura para gobernar. Para ser rey. Para ser Emrys, el mago más poderoso de la tierra. Él es la magia en persona. Él debe sentarse en el trono y ser rey.
Y así, Merlín se sentó en el trono con los ojos cerrados y con una sonrisa nunca vista en él, satisfactoria, pero maliciosa, y desde entonces no recordó nada más.
Abrió los ojos y en vez de ver los bellos ojos azules, un brillo rojo refulgía en ellos con una sonrisa pícara y maliciosa como acompañante.
Era su momento.
