Cuando terminaron la conversación con Hilda (o más bien eso aseguró Merlín), se fueron ella, Arthur y Gwen fuera, sin saber qué hacer. Se suponía que deberían estar yendo a Ealdor, pero en vez de eso habían estado, no exactamente perdiendo el tiempo, pero sí escuchando historias de una anciana y su vida. Es cierto de que a Morgana le había interesado, así como saber que el dragón que ahora atacaba Camelot había estado ya antes aquí, haciendo arder el Pueblo Maldito. Pero no entendía cómo esto podía tener relación o algo que ver con el hombre que buscaban. Se suponía que cuanto antes llegaran a Engerd, más tiempo tendrían para preguntar por Balinor. Pero no, ellos estaban aquí, en el Pueblo Maldito, esperando a que Merlín saliera para proseguir el camino.
Según él había dicho, estaría hablando algo de importancia con Hilda, aunque no comentó nada del asunto.
Y así es como se habían quedado fuera de la casa, en las calles de Wirgen, sin saber qué hacer. Morgana dio la idea de ir a la calle principal para comprar provisiones para el camino de vuelta. Y como no había otra opción, allí habían ido.
La gente, amarga y aburrida como había visto ella bien cuando llegaron, no parecían replicarles nada esta vez como habían hecho a Merlín cuando buscaba a Hilda. Eran algo metódicos y salados, pero no es que hicieran nada malo.
La calle principal, si bien estaba alborotada, no había ni una mísera risa y nadie parecía levantar mucho la voz. Simplemente, no parecía la calle del mercado.
Estuvieron algo así como unos minutos cuando Morgana lo vio. Merlín, corriendo a trompicones y empujones entre la multitud, derecho a la parte trasera del pueblo. Al ver eso Morgana no supo qué pensar. ¿Qué hacía Merlín allí? ¿No se suponía que debía estar hablando con Hilda? Esto olía a algo sospechoso, a mala hierba, así que Morgana, sin avisar ni a Arthur ni a Gwen, quienes estaban muy atentos a unas flores que según el príncipe le quedaban de maravilla en la cabellera de Gwen, se dirigió por donde había ido Merlín.
Tardó varios minutos en cruzar la calle entera hasta que llegó a la parte trasera del pueblo, donde los escombros de piedras negras de un antiguo templo que, según había entendido de Hilda, fue construido por los Wodrem que antes vivían en el pueblo. No vio a Merlín por ninguna parte. Eso sí que era raro. ¿Dónde se había ido? Morgana tuvo miedo por un segundo, y no supo por qué, hasta que se dio cuenta de que alguien le miraba detrás suya.
Se giró con algo de temor, pensando ver uno de esos monstruos que había comentado Hilda, pero por suerte solo era una pobre anciana con chepa y un bastón en mano como apoyo. Pero lo que sí era característico de aquella mujer eran aquellos ojos tan azules, que por un momento los imaginó similares a los de Merlín, pero dejó de lado esa idea al ver lo fulminantes y amenazadores que parecían.
Morgana se dirigió a ella pensando que tal vez pudiera ayudar, ya que no había nada por lo que perder.
-Perdone. ¿Ha visto usted a un chico joven alto y de pelo negro pasar por aquí?
La anciana lo miró detenidamente, y en esos segundos pudo ver cómo las arrugas de su cara se intensificaban. Tras ello, asintió muy lentamente.
-¿Dónde? – preguntó Morgana.
La mujer mayor señaló con el dedo índice al templo. Morgana se giró y, cuando pensó que la mujer le estaba haciendo una broma pesada, salió del templo Merlín, con pasos agigantados y con unas prisas nunca vistas en él. Sus movimientos no parecían torpes; al contrario, parecían decididos.
Morgana iba a volverse para agradecer a la anciana, cuando ésta llegó antes y le aferró la muñeca con una fuerza inusual para su edad.
-Ten cuidado, ha llegado el momento. Esto solo es el principio.
Morgana, atontada y aturdida, simplemente asintió, sin saber a qué se refería precisamente. Morgana se giró y, sin decir nada más, se dirigió adonde Merlín se dirigía: a la pared de piedra.
En ese momento, se percató de que aquello último que había comentado era lo mismo que ella había dicho a Merlín un año atrás. ¿Podía ser…?
Morgana se giró para enfrentar a la anciana. Pero allí no había nadie.
Morgana se sacudió la cabeza, diciéndose a sí misma que su imaginación le estaba jugando una mala pasada. Quiso asegurarse que de verdad no estaba allí, pero cuando se giró, tuvo que aguantar un chillido al ver que la anciana seguía allí como lo había visto, ojos azules clavados en ella.
Y esta vez sí, Morgana literalmente corrió por la hierba seca al lugar en el que veía a Merlín, con la intención de que el le protegiera de aquel macabro pueblo. Pero cuando quiso darse cuenta, Merlín había desaparecido por una grieta casi invisible en la pared. Morgana se paró, pensando en sus opciones y posibilidades. Podía irse y avisar a Arthu y Gwen, o meterse ella con Merlín, para ver que hacía el muchacho. Decidió sin duda alguna la segunda. Prefería estar en un peligro con Merlín. Al fin y al cabo, Merlín parecía más valiente de lo que Artur comentaba. ¿Quién en su sano juicio se metería en las cuevas que según Hilda habían sido habitadas por los seres venidos del fuego y la tiniebla? Merlín. Solo Merlín.
Así pues, entró sin miedo, sabiendo que Merlín el esperaba detrás de ese resquicio. Y así era, solo que Merlín, con una antorcha en mano, no había reparado en su presencia y seguí con paso decidido por el túnel de piedra. Su sombra se recortaba en la piedra de forma fantasmagórica, y por un momento Morgana se preguntó si realmente estaba siguiendo a Merlín, el Merlín que no haría daño a una mosca.
Morgana perdió su figura, dejando solo el sonido de las pisadas amortiguadas por la roca de Merlín y el goteo de algo que caía en el techo de piedra. La cueva olía a humedad y… ¿quemado? ¿Por qué iría a oler a quemado? La respuesta le esperaba a un giro del túnel donde la cueva se abría en un subterráneo amplio y cavernoso, donde el sonido de agua goteando sonaba por doquier como mil rozos de cristal aguado. No parecía haber final, pues la oscuridad cubría la caverna como manta negra.
Por un momento, Morgana pensó que había perdido de vista a Merlín, pero girando su cabeza a la izquierda, donde una especie de caminito que bajaba por unos escalones le esperaba con ansia, pudo encontrar la silueta de Merlín enmarcada por la luz de la antorcha… Espera, ¿había dicho antorcha? No, aquello no era una antorcha, aquello era más bien… ¿una piedra roja? Lo había confundido con una antorcha, pero no se avergonzaba por ello, pues realmente parecía que la luz vehemente y ardiente era fuego.
Todo ello se cerraba en una pregunta: ¿qué buscaba Merlín en las profundidades del Pueblo Maldito, viniendo del templo negro y yendo con una piedra de fuego en mano? Aquello iba a saber en unos minutos, cuando siguiera a Merlín sin que este reparar en ella (lo cual de momento iba de maravilla).
Vio cómo Merlín avanzaba por aquellas escaleras mohosas y no muy convincentes, sin ningún miedo de caerse por el vacío que daba lugar un paso a la derecha donde estaba. Por suerte, tenía una pared a su izquierda que le servía como apoyo.
Bajó momentos más tarde que él para que no se escucharan sus pasos y lo siguió. Desde allí pudo ver lo realmente grande que aquello parecía. De hecho, si uno se fijaba bien, debajo se podían apreciar más y más entradas a cuevas y túneles. Morgana tragó saliva. Aquello sí que daba vértigo. Y miedo, puesto que quién sabía quién o qué podía vivir allí.
Siguió a Merlín en la lejanía, quien se adentró en una grieta en la roca a su izquierda. Y así prosiguió continuamente la aventura, Morgana siguiendo al joven Merlín sin saber por qué o lo que realmente Merlín buscaba. Y fue en una encrucijada de pequeñas cuevas que Morgana perdió el rastro de Merlín. Solo podía apreciar una tenue luz rojo de la piedra de merlín por algunas cuevas, sin saber de dónde exactamente. En ese momento, sintió un escalofrío, como si el viento helado del norte le hubiera soplado, y la luz roja se apagó.
Una voz que llevaba el viento le susurraba:
-Morgana.
Ella se giró rápidamente, notando aquel viento frío detrás suya, aunque nada en ese momento sonaba más que su corazón palpitando con fuerza, como si quisiera salir de su pecho para no tener que sentir aquel miedo que atemorizaba a Morgana en aquel momento.
Y fue en ese momento que vio dos puntos rojos a lo lejos en la oscuridad más absoluta.
