Morgana se quedó sin aliento, y pudo notar su corazón en la garganta, palpitando con fuerza, como si quisiera advertirle del peligro. Aquellos dos puntos rojos se acercaban poco a poco por la oscuridad. Morgana no supo quién era ni qué había sido de Merlín, pero supo que aquellos ojos rojos no significaban nada bueno.

-¿Merlín? – preguntó más por esperanza a que el muchacho saliera en su ayuda que por otra cosa. No hubo respuesta, y, mientras tanto, aquellos ojos se iban acercando.

¿Por qué tenía que haber ido Merlín aquí? ¿Por qué siempre el sirviente de Arthur estaba metido en líos semejantes?

Morgana sabía que debería estar corriendo para alejarse de él o huir, pero sus piernas no respondían. Tenía miedo. Profundo miedo. Un miedo que no sabía controlar y que la hacía estar paralizada con la mente en blanco.

Y así pasaron los dos segundos en los que veía esos dos puntos acercándose: con pavor. Y ese pavor se iba intensificando gradualmente cada vez que veía esos ojos rojos más cerca suya, hasta que cuando pudo verlos fácilmente a un metro suya, Morgana gritó por primera vez y aquello hizo que una llamarada de fuego surgiera del suelo rocoso, en el que en una milésima de segundo pudo apreciar perfectamente quién se ocultaba tras esos ojos rojos: Merlín.

La luz del fuego bañó un instante sus delicadas facciones y una sonrisa jamás vista en él: una sonrisa malévola. Y antes de que el fuego se esfumara, no recordó nada más, dejándola con la macabra vista que había presenciado. Aquellos ojos rojos en el bello rostro de Merlín, esta vez sin una expresión amable y compasiva como solía tener, sino que diabólica y malévola.

Esperó que todo aquello hubiera sido únicamente una pesadilla.

Estaba en una cripta. Una cripta húmeda y angosta, aparentemente situada en las profundidades más oscuras del castillo, las cuales parecían dar otra cara a lo que enseñaban en el exterior como grandiosos y divinos. Al principio, todo parecía borroso y poco consistente, pero a medida que lo miraba con más detenimiento todo, puso apreciar un lugar en el que ya había estado alguna vez: las criptas de Camelot, en sus profundidades. Un lugar en la que una dama no debería haber estado, eso era lo primero, que desde que había llegado al castillo se había sentido atraída.

Enfrente suya, una mujer de pelo canoso, con predominantes rasgos débiles y abundantes arrugas la miraba con una mirada acerada y fulminante que Morgana recordó haber visto antes. Tenía chepa y un bastón de madera con el que se sujetaba de forma inconsistente, con el bastón temblando bajo las nudosas manos de la anciana. Llevaba prendas totalmente negras que le llegaban hasta los tobillos, y hacía de ella un gran parecido a una anciana viuda en el entierro de su amado. Su cuerpo parecía endeble y débil, como si en cualquier momento se pudiera caer aún con su bastón en mano, y parecía luchar por contenerse de pie. Pero aquellos ojos mostraban todo lo contrario: a alguien decidido y rígido, que no se andaba con chiquitas. Una mirada que traspasaba incluso lo inhumano. Una mirada venida de otro mundo.

Fue solo ver de nuevo aquellos penetrantes ojos para recordar quién era aquella anciana y dónde la había visto. Era la anciana que había estado al lado del templo con ella antes de haber ido a las profundidades de Wirgen. Sí, era aquella misma mujer. ¿Qué hacía ahí? ¿Qué quería de ella?

Fue entonces que recordó que fue aquella misma mujer la que aparecía y desaparecía solo con desviar la mirada. Aquello no tenía por qué estar sucediendo. ¿Qué significaba esto? ¿Quién era esta mujer? Morgana no pudo pensar mucho más, y cuando quiso decir algo, no pudo siquiera despegar los labios de su boca.

La anciana movió su brazo derecho, la que no estaba apoyada en el bastón, y de echó a un lado indicando con el brazo una especie de fuente pequeña con agua cristalina en su interior. En una ocasión normal, Morgana se hubiera echado para atrás o hubiera preguntado qué significado tenía esto, pero sus instintos depredadores funcionaron antes e hicieron de ella moverse hacia delante con lentitud y algo fluido, como si realmente no estuviera andando sino flotando por el suelo.

Llegó a la fuente, y como si todo esto hubiera estado planeado y como si perfectamente sabía lo que hacía, bajó al cabeza y miró el agua cristalina, en la que pudo presenciar su rostro en él. Parecía más un espejo que una fuente de agua, pues el agua no parecía moverse, pero fue pensar eso para que el agua se moviera en círculos.

Morgana hubiera dado un grito ahogado si hubiera podido siquiera despegar sus labios. Su imagen se disolvía en el agua como un mar de recuerdos a lo largo de los años, poco a poco desvaneciéndose, dejando paso a otras imágenes que por un principio Morgana no pudo discernir muy bien.

Nuevas imágenes aparecían donde antes su rostro se reflejaba. Y lo vio. Vio la misma escena que había visto durante los últimos días en sus pesadillas: Merlín consumido por el fuego del Gran Dragón… El dragón gritando el nombre de Merlín… Merlín tendido en el suelo muerto…

Eso eran cosas que Morgana ya había visto varias veces, pero que no por ello había dejado de lado. Por un momento se sintió en paz en aquella fuente, pero para ser remplazado ese sentimiento por uno de opresión en el pecho y un mal presagio. Un sentimiento que había sentido siempre que se levantaba de aquella pesadilla, aunque siempre de forma suave e inconsistente. En este caso, en cambio, era una sensación vehemente y ansiosa. Ese sentimiento era ni más ni menos un sentimiento de que algo iba a ir mal en el futuro. Algo que, tal vez, ya estaba ocurriendo.

Fue en ese instante cuando las imágenes a las que Morgana ya había estado acostumbrada, aunque no por ello menos preocupada, se difumaron para dejar paso a una imagen borrosa que se iba haciendo nítida gradualmente.

Una imagen que nunca hubiera deseado ver. Una imagen, que nunca había pensado en que algo así podía ser real. Una imagen que, aunque se dijera a sí mismo lo contrario, ya había visualizado.

Un cuervo negro gigante volaba con las alas llenas de plumas de tiniebla hacia ella acompañado por un graznido desgarrador, demasiado tenebroso para ser verdad. Y fue en ese momento cuando el cuervo abrió sus ojos, anteriormente cerrados, desvelando en él una boca de fuego en un mar de la oscuridad más oscura en cada ojo. Dos ojos rojos tan malévolos como ardientes la miraron con malicia.

Entonces recordó. Merlín con los mismos ojos. Aquellos ojos que, si tuviera que elegir a la última persona a las que se lo pondría sin duda alguna sería Merlín, ardían con malicia junto con una sonrisa repugnante acompañante- No, como podía Merlín…

Morgana subió la cabeza, aún con el corazón en un puño y con la sangre en sus venas a reventar, y se atrevió a mirar a la anciana. Quiso preguntarle por sus pesadillas, sus visiones, sus sentimientos de malos presagios, del cuervo, de los ojos rojos, de la tiniebla…, pero, especialmente, quería preguntarle por Merlín. Pero, de nuevo, su boca no se dejó abrirse, como si no hubiera ni siquiera apertura o labios en su boca.

La anciana lo fulminó con aquella mirada mordaz que la caracterizaba y por un momento el silencio más rígido y tieso jamás visto se apoderó de la cripta. Parecía que aquella mirada que era lanzada por los ojos de la mujer hubiera paralizado el tiempo y hubiera hecho que el ambiente se hubiera tensado con fuerza con una cuerda a punto de romperse.

Cuando habló las palabras rebotaron con majestuosidad por la cripta, como si estuviera recitando un texto glorioso.

-El tiempo ha llegado, Morgana. Es tu momento de decidir qué hacer con tu destino. Decide bien.

Las últimas palabras que pronunció la mujer parecieron como si el viento se las llevara. Y entonces todo se volvió oscuro y nebuloso, consumiendo una especie de sombra le cripta. Todo parecía descomponerse menos la anciana que seguía mirándolo con gesto severo. Morgana quiso gritar, pero para cuando pensó en hacerlo todo se disolvió en una negrura impenetrable.

Morgana abrió los ojos y cogió una bocanada de aire. Miró dónde se encontraba, pero todo estaba demasiado oscuro como para ver algo. Fue tocar el suelo húmedo y frío de una cueva para saber dónde estaba tendida.

Era su momento.