Hilda, todavía con lágrimas de plata bañándole la cara, se dirigió hacia el libro en el que había encontrado el símbolo de Sigan, y pasó unas páginas adelante, en las cuales, una vez llegado a un determinado número de páginas, éstas empezaban a tener un borde oscuro y neblinoso. Parecía como la sección prohibida del libro en la que uno no debería estar divagando. Pero Hilda necesitaba algo sumamente importante que sin duda alguna aparecía en esa sección oscura.

Al fin, llegó al capítulo que le interesaba. En él aparecía como título: "Sombras y demonios". Hilda tragó saliva, preguntándose si realmente tenía que hacer eso. Lamentablemente sí. Mientras pasaba las páginas de ese capítulo, temía que en cualquier momento alguna de las miniaturas o imágenes macabras que había saltaran encima suya como una bestia de la sombra.

Era como mirar algo prohibido por la vida, como si además te estuvieran observando aquellos seres y como si los muertos pudieran hablarte desde aquellas páginas.

Paró finalmente en una página en cuyo título se leía: "Expulsar a una sombra".

Eso solo era el principio.

Tras encontrarse con Morgana, Merlín la había puesto un encantamiento aturdidor suave para que no pudiera levantarse en unas horas. No supo decir por qué no pudo lanzarle un hechizo para matarla en ese momento, y así había acabado con esa tontería. Estaba lleno de poder, ¿por qué no lo había conseguido? Debería haberlo hecho, y haberla enseñado su gran poder. Pero algo se lo impidió.

No supo exactamente qué, pero había algo interno que le había dicho que no debía de ocurrir así. Y eso le había fastidiado a Merlín, quien no entendía cómo alguien como él, Emrys, el Nacido de la Magia, no podía hacer algo tan sencillo como girar la mano para que muriera. Simplemente no pudo, se dijo con rabia.

Aunque se dijera que no sabía el motivo de su acción, una voz (que, lamentablemente, se asemejaba demasiado para ser real a la de tal sirviente torpe y desgarbado que escondía su poder en los bolsillos sin enseñárselo a nadie) que le decía que tenía afecto por ella, y eso era todo. Incluso algo más, fue lo que dijo aquella voz interior. Pero Merlín no hizo ningún caso a ello. Le parecía una tontería. ¿Cómo él, Merlín Emrys el Poderoso podía tener una sensación tan débil y cobarde como la del afecto o incluso algo más? No, él no era tan débil para sentir aquello, ¿verdad?

Pero poco importaba ya su acción con Morgana, pues ahora no le molestaría más, y confiaba que así fuera. Tenía un recado muy urgente que hacer, y parecía que sus ansias iban concordes a la de la piedra que sostenía en mano como antorcha. Su luz era tan fuerte y roja que si la mirabas directamente te parecía quemar la mirada.

Y así siguió Merlín, entre túneles angostos y cuevas húmedas que parecían no ser usadas desde siglos. Sinceramente, Merlín no sabía a dónde se dirigía. Simplemente tenía una corazonada, que sabía amargo ahora que lo pensaba, y que parecía provenir de la piedra de fuego.

Finalmente, sintió una sensación a fuego amargo y vigoroso en su corazón, que hizo saberle que ya estaba muy cerca. Y así era, ya que, en unos pocos metros, girando a la derecha, se encontró con una sala, parecida al templo del pueblo, puesto que estaba recubierta totalmente por una piedra muy negra para parecer real. La sala estaba iluminada por antorchas de pie con un tallo de metal que formaba curvas fantasmagóricas, la cual terminaba en una cabeza de antorcha de piedra tallada con formas tenebrosas.

Por las paredes, se podían observar los tallados y dibujos pincelados en la roca, parecidos en forma y estilo a los del templo, pero en este caso su temática era completamente diferente. Se podía apreciar las siluetas negras y oscuras de cuervos y distintas sombras extrañas que Merlín no pudo reconocer, ni le importaban en absoluto.

Al fondo de aquella especie de cripta se apreciaba el contorno de un símbolo: un cuervo negro. Merlín no tenía ni idea de por qué había llegado hasta que vio, en el centro de la sala, una especie de tumba del mismo material que toda la cripta. Se fijó más en detalle, acercándose a ello, para así poder observar el nombre grabado en la piedra: "Cornelius Sigan".

Aquel lugar no era una cripta, sino más bien una mastaba. La mastaba de Cornelius Sigan.

Entonces se le vino a mente el recuerdo de cuando horas atrás él había preguntado dónde murió aquel personaje, a lo que ella había respondido en la pira, en Camelot. ¿Y cómo es que su cuerpo entonces estaba enterrado a kilómetros de Camelot? Esa era una pregunta a la que él no tenía respuesta.

La tumba estaba pincelada con hoscas curvas y formas, como si el que lo hubiera tallado hubiera cogido un hacha en vez de un cincel para cincelarlo. No había nada más que indicara algo sobre aquel extraño personaje, pero Merlín sintió que era alguien de confianza. Alguien que le había estado esperando toda su visa, y algo así como que Merlín le necesitaba, como si él también lo hubiera esperado sin saberlo.

La piedra empezó a vibrar incontenida y vehementemente. Merlín cogió la piedra que había guardado en el bolsillo desde que había llegado a la mastaba y miró lo que había escrito en ella.

"Bienvenido, Emrys."

Merlín sabía que esto era el objetivo al que le guiaba la piedra. Había llegado al lugar indicado, al lugar que le había llamado desde que se había sentado en el trono.

No supo qué tenía exactamente qué hacer, pero fue cuando se preguntó aquello que las palabras de la piedra cambiaron para dejar el siguiente mensaje:

"Es el momento, Emrys. Levántame."

Así pues, Merlín supo perfectamente lo que tenía que hacer, como si aquellas palabras le susurraran un mensaje secreto entre las letras y supiera perfectamente a lo que se refería. Merlín levantó la piedra roja y proclamó:

"Ahefe, deorcnesse and ales drihten. Ahefe fram grund"

Y fue entonces cuando de la tumba filamentos de negrura y oscuridad salieron flotando por el aire.