La telaraña de cuevas angostas y húmedas se cernía por doquier por donde Morgana pasaba. Ella no sabía dónde Merlín se había dirigido, y estaba siendo difícil encontrar un camino concreto. De hecho, ella estaba haciendo nada más que caminar donde su corazón le dijera, sin inmutarse si iba por buen camino.
Mientras tanto, seguía pensando en lo que había sucedido con Merlín. Ojos rojos… sonrisa malévola… No, ese no era Merlín ni por asomo. No sabía qué podía haber ocurrido como para que Merlín repentinamente se convirtiera de tal forma. Habría algún motivo, seguro.
También recordaba su visión. La visión que básicamente le guiaba a donde ella no sabía. Algo había en Merlín, algo que no encajaba del todo. ¿Quién era Merlín realmente? ¿Era Merlín solo un muchacho sirviente torpe y desgarbado como él aseguraba? No, había algo más en todo aquello. Algo que seguía escondiendo y no desvelaba a nadie.
Además, la visión le dio más motivos para saber que Merlín no era alguien sencillo. En la visión había visto de nuevo aquellos sueños que había tenido los últimos días, en las que todas salía algo referido a Merlín. Al parecer, todos los ríos acababan en el mismo mar…
Y luego estaba el cuervo negro con ojos rojos que había aparecido… ¿Exactamente qué significaba? No lo entendía muy bien qué tenía que ver aquel cuervo con los demás sueños, pero por lo que le había contado la anciana, ella debía hacer algo, y al parecer importante. ¿Ella? ¿Desde cuándo? ¿Desde cuándo ella, una simple dama que más que hacer algo se le daba bien liar? ¿Ella, el cuadro del castillo al que mirar, la protegida del rey quien le trataba como una hija? No entendía muy bien adónde iría todo esto, ni lo de Merlín, ni qué iba a hacer, ni sus sueños, ni el cuervo, ni nada. Nada tenía sentido para ella.
Simplemente iba donde su corazón veía conveniente.
Al girar una esquina, dio un grito instantáneo como reacción a lo que estaba viendo. Había estado durante minutos, incluso horas, quién sabe, yendo y viniendo por cuevas claustrofóbicas y oscuras, para luego encontrarse con una sala demasiado grande para su gusto, que se cernía en las profundidades. Por un momento pensó en que aquel lugar era el que estaba buscando (o más bien el que su corazón buscaba, pues ella en realidad no sabía a dónde iba). Pero al ver lo que había en aquella sala, se negó rotundamente.
El olor que aquella sala desprendía era como a incienso quemado con un aroma a muerto y a viejo, lo cual hizo a Morgana dar cara de asco.
En primer lugar, la sala parecía más una catedral que cualquier otra cosa, pues su techo se ubicaba muy alto, formando bóvedas de crucería negros, en las que arcos cruzaban entre sí de una forma de lo más extraña y algo perturbador y amenazante. Columnatas surgían del suelo como edificios cubiertos de negrura y sin ninguna gracia ni decoración en ellas. Las paredes estaban decoradas con arcos de medio punto cincelados en la pared, formando una hila de arcos interminable, en las que debajo se apreciaban dibujos ininteligibles, los cuales Morgana no se atrevió a observar más de cerca. Todo ello de negro. ¿Por qué de negro?
Pero lo que de verdad llamaba la atención de la sala, y que sin ello sería una especie de capilla gigante en el medio de las profundidades sin nada especial, eran las estatuas de piedra gigantescas que cubrían todo el centro de aquella sala. Cientos de estatuas de bestias aterradoras, con garras, cuernos, colmillos y demás.
Sin saber por qué, Morgana se acercó a una de ellas, una parecida a una mantícora, y lo observó detenidamente. Estaban tallados perfectamente, con curvas muy reales y cincelados con detalle y detenimiento. ¿Quién habría hecho todo aquello?
Fue a tocar la estatua, pero cedió al mirar aquel rostro de la estatua, tan aterrador, parecido a un león, en la que su mandíbula abierta enseñaba sus grandes y afilados colmillos. No supo por qué, peor le pareció como si aquella estatua tuviera los ansiosos deseos de abalanzarse sobre ella. Era como si aquellas estatuas tuvieran vida.
Fue pensar en ello cuando miró sus ojos y vio que, repentinamente, se movieron hacia donde ella estaba situada.
Morgana abrió los ojos, completamente anonadada de lo que acababa de ver. Fue a gritar cuando una mano nudosa le cubrió la boca con fuerza. Morgana, aterrada de que pudiera ser alguna de aquellas figuras de piedra, se dio la vuelta súbitamente con tal fuerza que si hubiera tenido una espada hubiera matado inesperadamente a aquel que se hubiera posado detrás suya.
Pero al ver que se trataba de una anciana, de baja estatura, y expresión tierna, se relajó. Y aún más se relajó cuando se percató de que conocía a aquella mujer. Era Hilda. ¿Qué hacía Hilda ahí? Hubiera sido la típica pregunta que se hubiera hecho Morgana, pero en aquel momento no le importaba demasiado, así que, como si fuera su propia abuela y no la hubiera conocido hace unas horas, se abalanzó hacia ella y le dio un abrazo.
Iba a hablar cuando Hilda se puso un dedo en lo labios e indicó con el mismo dedo a las estatuas.
-Será mejor que nos vayamos – susurró mientras le aferraba del brazo con extrema fuerza y le llevaba por entre las estatuas para salir de aquella cripta.
Entonces recordó. Hilda había comentado en su historia acerca de estatuas de piedra que por la noche salían de su maldición y salían de las profundidades al Desfiladero de Eóten.
Recordó también aquella noche en el desfiladero…. Los aullidos y rugidos que retumbaban por todo el desfiladero como animales muriéndose y desesperados. Ahora tenía mucho más miedo de aquel pueblo y el desfiladero por el que habían pasado tras saber la verdad. Y tenía la sensación de que aquello solo era una pequeña parte de todas las verdades que guardaba aquel lugar.
Cuando atravesaron la sala de estatuas de piedra, rodeando y atravesando cada una de las estatuas terroríficas que se cernían por aquel oscuro lugar, Morgana se preguntó finalmente lo que se hubiera preguntado en cualquier ocasión.
-¿Qué haces aquí, Hilda? – preguntó mirándola a los ojos como si pudiera desvelar su verdad en aquella experiencia que emanaba de ella. Pero qué ingenua, ¿cómo podía pensar que podía leer a una sabia anciana como un libro abierto que había vivido demasiadas penumbras?
Por suerte, Hilda le contestó con una sonrisa indescifrable.
-Creo que lo mismo por lo que tú estás aquí, querida.
