Después de leer la sección de "Expulsar Sombras", Hilda se dirigió rápidamente a su mesita de noche, donde en el último cajón, escondido como casi todo lo útil que tenía, cogió un brazalete de plata en el que una piedra amarilla se incrustaba en su centro. Lo agarró con fuerza en el puño mientras lo observaba con una sonrisa de satisfacción.
-He esperado mucho este momento – susurró hacia el brazalete, como si éste tuviera vida.
Lo aferró con fuerza mientras alargaba el brazo y se lo ponía cuidadosamente en la muñeca. Sonrió aún más al notar ese poder emanando del brazalete, desplazándose de su brazo izquierdo a todo el cuerpo como arterias en sangre. Hacía mucho que no notaba esa magia en ella. Por fin había llegado el momento.
Echó a correr como ella pudo por la calle principal. Se podía adivinar los rayos del sol entre las nubes cayendo por el cielo, dejando claro que el mediodía estaba dejando paso a la tarde. Tenía que darse prisa o sino llegaría tarde, y no podía dejar que eso sucediera.
Sabía dónde encontrar lo que buscaba: a Merlín. Simplemente sentía una conexión con él, además de saber más o menos aquellos túneles por los que hace mucho tiempo, después de la muerte de Telvar y Sigan, había explorado. Había encontrado lugares de lo más extraños y tenebrosos. Sabía muchos secretos de las profundidades del pueblo, pero a la vez sabía que era una pequeña parte de lo que aquel lugar desvelaba.
Además, si no sentía aquella extraña sensación de saber dónde estaba Merlín, siempre podía llegar donde sabía que él iba. Conocía el lugar, y sabía lo que eso significaba.
Fue cuando llegó al lugar al que ella siempre había llamado para sí misma "La Cripta de las Estatuas de Piedra", que paró de un frenazo. Las estatuas de piedra, como siempre, se observaban cada día en una posición y lugar diferente. Tenían caras aterradoras y monstruosas, pero no fue eso lo que la hizo parar.
Fue aquella mujer. ¿Cómo se llamaba? ¿Morana, Mogriana, Mograna? ¡Morgana! Sí, era Morgana, la amiga de Merlín. Sin duda en personalidad se parecían, y en su decisión y valentía, pues, ¿qué se suponía que hacía allí Morgana? ¿Qué se suponía que hacía allí en las profundidades del pueblo?
Pero tampoco fue exactamente aquello lo que la hizo parar, sino que ella estaba alargando la mano hacia la estatua, y lo más aterrador, la estatua parecía cobrar algo de su color habitual. Pudo ver cómo los ojos de la estatua de la mantícora se movían hacia ella. ¿Qué estaba haciendo? ¿Lo estaba volviendo a la vida? Imposible, ella no podía ser…
Pudo ver cómo Morgana retrocedía asustada, y fue su momento de taparle la boca para que no gritara, pues a saber qué podía hacer con ello.
Morgana se dio la vuelta y ella pudo ver en sus ojos algo de brillo amarillo.
Morgana tampoco era alguien normal, y sin duda algo tenía que haberla atraído aquí, donde se encontraba Merlín.
Todos los filamentos de oscuridad y penumbra se alinearon y se enlazaron hasta formar una especie de cuerpo inconsistente, lleno de sombra, el cual parecía cubrir de oscuridad y miedo toda mastaba. Las velas y antorchas no parecían tan luminosas, y parecían dar una luz tibia e inconsistente.
Merlín retrocedió un paso, algo asustado por lo que acababa de originar de la nada. Aquel era el hombre al que había estado buscando realmente toda su vida. Lo sentía. Él era su destino. Hizo lo que suponía que debía hacer: se agachó, y bajó la cabeza en gesto de honra.
Tras unos segundos de silencio incómodo únicamente tajado por el crepitar místico y tenebroso de la figura que se cernía ante Merlín, la Sombra empezó a hablar con una voz que a Merlín se le antojó a una voz venido del mundo de los muertos, como si realmente no hablara en su presencia, en aquella misma sala, sino en el otro mundo.
-Bien verte en cuerpo y sangre, Merlín Emrys.
Merlín levantó la cabeza, los ojos rezumando en rojo fuego que quemaba a la vista. Sin saber qué responder, simplemente asintió débilmente.
-Veo que por fin has aceptado tu destino. Bien, bien. Has hecho bien en venir a mí. Si me dejas, Emrys yo te ayudaré a completar tu destino. Haré que todos sepan quién eres y tu poder. Únete a mí, Emrys, y yo te levantaré. Haré saber tu nombre y tu gloria, que se sepa de tus hazañas en un futuro. Ven a mí, Merlín Emrys.
Merlín bajó la cabeza, sin saber qué pensar con exactitud. En ese momento, su cabeza estaba teniendo un grave conflicto, en el que se jugaba su ser.
-¿Realmente quieres esto? – comentaba una voz en su interior muy parecida al sirviente humilde y modesto.
-Sí, el poder lo da todo, ¿o no lo entiendes? – respondía otra voz grave y ruda, parecida a la que había visto en los recuerdos de su padre cunado había gritado -. Imagínate lo que podría conseguir, todo lo que sería mío. Todos sabrían de mi poder. Arthur sabría de mi poder; Uther sabría de mi poder. Y ambos se arrodillarían ante mí.
-¿Y dónde está tu humildad, tu modestia, que no esperaba nada a cambio por lo que hacías? No necesitabas que alguien te recompensara ni se arrodillara ante ti. Simplemente lo hacías por el bien de los demás, sin esperar nada a cambio.
-¡Ese es el problema! Ellos siguen pensando que soy un sirviente inútil y torpe que no sabe nada más que crear problemas. Todos me miran por lo que no soy. Yo, Emrys, el Nacido de la Magia, debo vivir sabiendo que todos piensan que no soy más que uno cualquiera, cuando yo no soy así. Yo soy un hechicero, y uno realmente poderoso, que tiene como destino ayudar a un príncipe inútil que supuestamente dejará volver la magia a Camelot, mientras que no parece hacer ningún cambio.
-Cuando sea rey, habrá cambios. Él unirá Albión, y no lo podrá hacer sin ti. No escuches a aquella sombra, solo quiere hacerte lleno de odio. Lleno de odio y venganza, como Uther, recuerda, el rey que mata a los tuyos. Él no es tan diferente que Uther. Imagina a tus amigos, todos por los que hubieras dado tu vida. Imagínalos, sabiendo la verdad, sabiendo que los has traicionado, que nunca fuiste un amigo de verdad. Imagínate sus rostros, en un calabozo, heridos y con miradas de traición y lástima por lo que te has convertido. Vuelve, Merlín. Escúchame.
-¡No! ¡Es mi momento! ¡Yo hago las decisiones! ¡Yo soy Emrys! ¡Yo decido qué hacer con mi destino! ¡Y elijo escuchar a la sombra, quien me llevará a la victoria, a mi verdadero ser!
-Como quieras.
Y desde entonces, la voz del verdadero Merlín, el compasivo y alegre Merlín, no volvió a salir.
Merlín levantó la cabeza, realmente decidido de lo que sabía que debía hacer.
-Elijo unirme a vos, Sigan – dijo apretando la mandíbula y escupiendo las palabras como si le costara soltarlas.
Si hubiera tenido un rostro y una expresión, Merlín hubiera dicho que la Sombra estaba sonriendo, o, a ser posible, riendo.
-Así me gusta, Emrys, eligiendo bien. Pronto todos sabrán de tu grandeza y poder.
Hubo un silencio en el que aparentemente la Sombra buscaba una respuesta, pero cuando no hubo tal, habló de nuevo con un diabólico susurro.
-Me recuerdas a tu padre. Tan apasionado y determinado.
Merlín levantó la cabeza con algo de desconfianza, como si la Sombra le estuviera mintiendo tratando de ganarse su confianza, pero también con curiosidad al oír el nombre de su padre. Como siempre cuando escuchaba su nombre, se tensó y sintió un fuego voraz emanando en su interior, dándole así el don de la impaciencia.
-¿Mi padre?
-Sí. Vino un día aquí al igual que tú. Os parecéis mucho.
En ese momento, Merlín no supo hacer nada más que dejarse llevar por la impaciencia y el vehemente deseo, aún sabiendo lo que había sucedido ocasiones atrás cuando hacía tal. Simplemente quería saber lo que sabía sobre su padre, sintió que realmente debía, y este era el momento.
-¿Qué sabes sobre él?
