Morgana literalmente fue arrastrada por Hilda, quien le sujetaba del brazo con tremenda fuerza mientras corría como si su vida tratara de ello. Morgana no sabía cuál era el problema todavía, sino que simplemente lo sabía, sin saber el motivo. Y, por lo tanto, sin saber qué hacer o qué debía estar haciendo. Lo que sí sabía era que tenía que salvar a Merlín desesperadamente de lo que le ocurriera.

Salieron de la cripta de estatuas de piedra y siguieron por más y más túneles oscuros. Hilda no parecía vacilar en absoluto, como si supiera perfectamente adónde ir. ¿Acaso ella sabía dónde se encontraba Merlín? Morgana no podía estar muy segura de ello, pero de lo que sí estaba completamente segura era que Hilda tenía una decisión y fuerza propia de un oso que no había comido desde hace años.

Llegaron a un rincón oscuro en el que finalmente Hilda paró de correr, y se echó con Morgana al oscuro resquicio de piedra.

Hilda, sin andarse con vacilaciones, la miró a los ojos y le preguntó:

-¿Qué haces aquí, Morgana?

Morgana dudó si responder a la anciana, pero antes de que pudiera pensar tal, ya estaba contestando rápidamente.

-Simplemente seguí a Merlín por las profundidades hasta que acabé no sé exactamente cómo desmayada en el suelo.

Hilda la miró con intensidad, una intensidad que hasta en la oscuridad de aquel resquicio se podía apreciar perfectamente. Tras mirarla con fijación, simplemente musitó mientras asentía suavemente.

-Entiendo. ¿Cómo te desmayaste?

Morgana la miró con desconfianza, pero decidió, o más bien su corazón decidió, responder con sinceridad.

-Simplemente recuerdo haber visto a Merlín antes de desmayarme, nada más.

Hilda simplemente asintió y, con la misma fuerza que antes, la agarró del brazo y la llevó por la falda de oscuridad de las cuevas. Morgana no estaba muy acostumbrada a que la trataran con fuerza, ya que normalmente en el castillo, al ser una dama, lo trataban delicadamente, como si fuera una muñeca de porcelana. Y, al contrario que cualquier dama, a Morgana le gustó que no la trataran con delicadeza como si fuera a romper con el simple contacto.

Llegaron a una cueva recta más amplia en la que en el fondo se podía apreciar una tímida luz anaranjada que formaba sombras negras en la piedra. Había alguien ahí dentro.

Iba a preguntar, cuando Hilda la cortó con un gesto, indicándole una esquina de la cueva.

-Quédate ahí, ahora vuelvo.

Y se fue por la cueva, dejando a Morgana plantada en la esquina, con un fuego rabioso y ardiente naciendo en su estómago. ¿Por qué nunca podía hacer nada? ¿Por qué siempre que "quedarse a cubierto"? ¡Ella sabía luchar! ¡Ella podía ayudar! ¡Quería ayudar!

Y así, renunció el "quedarse ahí" y se dirigió donde Hilda había estado segundos antes. Y fue escuchar una especie de risa seguida de una voz gélida e inconsistente, como si no estuviera realmente ahí, en aquel lugar que hizo a Morgana pararse donde estaba, y se quedó en un resquicio de la piedra, simplemente escuchando. No sabía dónde se había ido Hilda, pero sintió que todo estaba controlado, y por una vez confió en ella.

Fue cuando escuchó hablar de nuevo aquella voz gélida e inconsistente que puso la oreja para intentar escuchar que decía con cierta dificultad, pues parecía más un murmullo en aquellas profundidades que una voz.

"Me recuerdas a tu padre. Tan apasionado y determinado."

Morgana acercó más la oreja desde el resquicio para poder escuchar mejor, pero fue avanzar un centímetro más para pararse donde estaba al escuchar una voz que reconocía bien.

"¿Mi padre?"

Merlín. ¿Con quién estaba hablando Merlín? ¿Y con qué motivo? No, ese no podía ser Merlín. Ella lo había visto perfectamente. Había algo maligno en todo aquello que le ponía el vello de la nuca de punta.

Y luego estaba otro asunto muy importante, y era el de lo que acababan de decir. ¿El padre de Merlín? Era cierto que Merlín nuca había hablado de él, ni lo había mencionado, como si nunca hubiera existido. De hecho, en Ealdor, Hunith parecía vivir sola, y nunca habían ni parecido referirse a un padre de Merlín. Y ella nunca se lo había preguntado, pero ahora que lo escuchaba, no podía parar de preguntarse quién sería el padre de Merlín, tan misterioso como extraño.

Así pues, decidió acercarse algo más por la pared de roca hasta llegar justo en la esquina que cortaba la entrada con la cueva, y puso bien la oreja, con cuidado de no hacer ningún ruido.

"Sí. Él vino aquí también como tú. Sois muy similares."

Un silencio tenso que bañaba la cueva como un manto de sombras, como si siempre que aquella voz fantasmagórica hablara, una fuerza negra se apoderara de la cueva. Podía escuchar desde donde se encontraba a Merlín moviéndose.

"Qué sabes sobre él?"

Nunca había visto a Merlín escupiendo palabras con fuerza y energía, y lo único que podía decir en aquel momento era que no le gustó en absoluto. ¿Oh, dónde estás realmente, Merlín?

La risa sepulcral de la voz fría y negra, lejana y de otro mundo, volvió a inundar la cueva. Morgana esperó a que contestara, pues ella sentía una curiosidad terrible por lo que pudiera decir.

"Yo sé quién es tu padre. Sé mucho sobre él, mucho más que tú. Él era alguien complicado, quién no entendía mucho de lo que le sucedía. Pero yo sí sabía lo que le sucedía, y cuando él, finalmente vino aquí, al igual que tú, hizo algo que muchos considerarían…"

La voz no pudo terminar de hablar, pues antes de que Morgana se diera cuenta, estaba escuchando la voz decisiva de Hilda al fondo de la sala.

"Al parecer, no te basta estar muerto para seguir causando el caos en Albión, ¿verdad?"

A Morgana escuchó como un sonido espectral parecía deslizarse, y fue en ese momento que ella aprovechó para mirar con cuidado por la esquina. Aguantó un grito ante esto, pues lo que había en el centro de la sala, encima de una losa bien grande de piedra negra, no era ni más ni menos que negrura, formando una figura inconsistente, la cual se había girado, dándole la espalda a Morgana. Merlín se encontraba justo detrás de la sombra, levantándose tras estar de rodillas, y con una mirada inescrutable. Y al final de la sala, donde justo la Sombra se había girado, se encontraba Hilda, con rostro severo, con todas sus arrugas marcadas. Su altura no intimidaba exactamente, pero su mirada lo hacía todo.

"Vaya, vaya, Hilda, qué sorpresa. Te veo mucho más mayor y más… podrida" dijo la Sombra, siseando las palabras en otro mundo.

"Mejor no hablemos de ti." Respondió la anciana con asco en sus palabras.

La Sombra solo hizo lo que, en opinión de Morgana, solo podía haber hecho ante esa respuesta: reír como un cobarde. Reír por no llorar.

"Al parecer los años no te cambian Hilda, y si te cambian, te cambian a peor. No tuviste suficiente con lanzarme miradas envenenadas cada vez que estaba con tu querido amigo. ¿Cómo se llamaba? ¿Tlaver, Tivar…?"

"Su nombre es Telvar" contestó Hilda con rabia bañando sus ojos y con unos labios carnosos temblando.

"Era, ya no lo es, ¿recuerdas Hilda? Telvar murió, y bien que se lo merecía, pues era un traidor, un asesino que mató a sus padres durante la noche."

"Te equivocas, sé lo que le hiciste, y sé que sigue vivo."

La Sombra no contestó ni reaccionó ante aquello, como si realmente lo hubiera impresionado. Peor Morgana sabía que aquello no podía significar nada bueno.

"Sé tu secreto, Cornelius Sigan, sé quién eres."

En ese momento, todo sucedió tan rápido que lo que Morgana pudo ver fue un lazo de sombra abalanzándose sobre Hilda. Morgana casi gritó cuando vio que era el fin de Hilda, pero antes de que pudiera abrir siquiera sus labios, pudo ver un brillo plateado en su muñeca que invadió la cueva como la luz del destino.

"Ic forwrece þone deáþscúan!" fue lo único que Morgana escuchó en boca de Hilda.

Segundos después, cuando la luz cegadora se fue, no había ninguna oscuridad ni sombra en la cueva.