Morgana no podía creer lo que acababa de ocurrir. ¿Había hecho Hilda eso? ¿Acaso Hilda tenía magia? ¿Había conseguido "eliminar" del todo aquella sombra? Esas y muchas más preguntas se cernían alrededor de la mente de Morgana, pero no pudo pensar en nada más pues antes de que pudiera saber lo que ocurría, Merlín ya estaba girándose hacia Hilda con un rostro lleno de ira y dolor.
-Tú hiciste esto – dijo Merlín con la cabeza gacha. Aún sin ver su mirada directamente se podía apreciar que un fuego ardiente de ira empezaba a rezumar como un caldo caliente en su interior.
Hilda se quedo estática por unos segundos, sin decir nada, simplemente mirándole y con su brazalete aún en su muñeca. Finalmente, ella contestó:
-Al contrario, el que has hecho todo esto eres tú. Sal, Merlín, y vente conmigo, y yo te aliviaré.
Por un momento, Morgana pensó que Merlín iba a rendirse en sus brazos, pero muy equivocada estaba, pues cuando finalmente levantó la cabeza, se podía ver cómo sus delicadas facciones temblaban y sus ojos, lacrimosos y húmedos, ya no eran los mismos de antes. Ahora eran unos ojos que Morgana había visto bien: los ojos del Cuervo Negro. Unos ojos con pupila roja como el fuego y mar de oscuridad alrededor de éstos.
Fue entonces cuando filamentos de oscuridad empezaron a brotar por el ropaje de Merlín.
-¡No quiero tu ayuda! – exclamó Merlín con los ojos llenos de ira - ¡Tú has hecho todo esto! ¡Es tu culpa!
Merlín se acercó con pasos agigantados llenos de decisión e ira mientras con la mano derecha cogía un cuchillo del bolsillo de su pantalón roído, y de un movimiento salvaje, se abalanzó sobre Hilda, empujándola hasta la pared de la cueva, con un cuchillo afilado rozando su garganta.
Mientras vio esto, Morgana no podía creer lo que estaba ocurriendo, y antes de siquiera pensarlo dos veces, salió de su escondite corriendo hacia donde se encontraba Merlín y Hilda.
-¡Merlín! ¡No!
Fue gracias a ese grito que Merlín no apretó su cuchillo contra la garganta de Hilda, pues el muchacho giró la cabeza tras oír el grito de Morgana con una mirada, no de ira ni rabia, sino de sorpresa. Grata sorpresa.
Pero fue solo unos segundos, pues cuando Merlín la miró por un tiempo, giró de nuevo la cabeza mirando a Hilda con ira sujetando más fuerte su cuchillo.
-¡No! ¡Merlín! ¡No lo hagas! ¡No lo hagas, Merlín escúchame!
Merlín no giró la cabeza, pero paró de sujetar con tanta vehemencia el cuchillo y su rostro se ablandó algo, dejando claro que las palabras que dictaba Morgana estaban haciendo efecto.
Morgana, al ver que Merlín paraba un poco, tuvo esperanzas y continuó, sin saber exactamente lo que hacía. Esta vez, su voz no fue un grito, sino que habló con una voz suave y tierna, como sería hablarle a un niño pequeño.
-Matarla no hará nada bueno, Merlín. Y, además, no es un acto noble ni caballeroso. ¿Cuál es el objetivo de matar? Tu caso es solo venganza. No por vengarte y matarla harás que lo que ha hecho vuelva.
Merlín hizo un amago de apretar con ansiedad el cuchillo, y con ello Morgana se puso nerviosa, pensando que tal vez sus palabras no hacían demasiado.
-Merlín, escúchame, por favor. ¿Dónde está aquel muchacho alegre y amable que lo último que quería era matar una mosca? ¿Dónde está aquel muchacho que hacía todo lo posible por salvar a alguien? ¿Dónde está ese muchacho que me ayudó tantas veces; ese muchacho que me ayudó con el chico druida, mis pesadillas y mi magia? ¿Dónde está, Merlín? Yo no lo veo por ningún lado. Yo solo veo a un muchacho lleno de odio y rabia, que solo desea matar y asesinar sin ningún motivo extremo aparente. ¿A quién te recuerda, Merlín? ¿Quieres tú ser alguien así?
Morgana se relajó un poco al ver que una lágrima, ya no de rabia ni de ira, surcaba le mejilla de Merlín, y el cuerpo de Merlín empezaba a temblar, a dudar.
-No lo preguntaré de nuevo: ¿dónde está el verdadero Merlín?
Merlín empezó a sollozar en silencio, y sus ojos poco a poco empezaron a dejar ese brillo de ira.
-Ahora digo yo al verdadero Merlín, que sé que se esconde ahí dentro, le digo desde mi corazón: vuelve a mí Merlín. Sal de tu prisión. Sal y ve la vida. Vuelve, Merlín.
Fue en ese instante que ni siquiera terminó de pronunciar su nombre, que Merlín dejó caer el cuchillo, el cual dejó un chirrido metálico en el aire de aquella cueva, y cayó hacia atrás, sentado en la piedra. Los filamentos de negrura y oscuridad dejaron el cuerpo de Merlín y volaron hacia arriba como almas en pena. Morgana pudo apreciar cómo los ojos de Merlín cambiaban de ese color rojo bañado en un mar de tinieblas a unos ojos de color azul brillante, los ojos que Morgana siempre había apreciado y los que siempre la había atraído.
Lágrimas bajaban continuamente de los ojos de Merlín, los cuales tenían la mirada perdida en la cueva.
Morgana se acercó donde se encontraba Merlín y se agachó ante él, dándole un profundo abrazo. Al parecer, el abrazo funcionó, pues Merlín se sujetó a él con ansiedad y vehemencia. No sabía si se sujetaba a su abrazo a ella, pero el caso es que daba lo mismo.
Y entonces, Merlín comenzó a sollozar y llorar en su hombro. Morgana no supo nada más que hacer que acariciarle el pelo para consolarle.
Para cuando vino Hilda, Merlín dejó el abrazo y la miró. Un intercambio de miradas que Morgana no entendió fue lo que hubo entre ellos, lo cual acabó con un asentimiento de Hilda y una sonrisa agradable a la vista de Merlín. ¿Acaso se estaban comunicando?
Llevaron a Merlín por las cuevas de olor a podredumbre, de vuelta al pueblo. Morgana no sabía cuánto tiempo estuvieron en las profundidades del pueblo, pero de lo que estaba segura era que habían estado más tiempo de lo que ella había previsto. Y, ahora que lo pensaba, había dejado a Arthur y a Gwen solos, sin ningún aviso cuando se fue. Ahora cuando llegaran lo comentaría todo.
El problema era que ni ella misma sabía exactamente lo que había ocurrido. ¿Sería la única? Miró mientras caminaban por la ruta de túneles encadenados y pudo ver cómo Merlín y Hilda se dirigían miradas continuamente. Ahí había algo. Seguro que ellos sabían lo que había ocurrido, pero de momento ella solo sabía que algo muy importante y peligroso había ocurrido. Algo con Merlín. Siempre con Merlín.
Cuando llegaron a la gruta en la que se podía observar todo el ir y venir de cuevas, y en la que un manto de oscuridad cubría el fondo, dando a parecer una gruta insondable, Hilda y Merlín se pararon un momento.
Fue entonces cuando recordó qué especial tenía esta caverna: aquí había estado el Gran Dragón antes. De hecho, Morgana se giró hacia donde recordaba, y, en efecto, vio las grandes esposas de metal partidas en dos colgadas en la pared de piedra.
Se giró de nuevo donde estaban Hilda y Merlín, y vio que se habían acercado a la pared de piedra donde se apreciaba difícilmente un símbolo dibujado en rojo sangre: un cuerpo de serpiente con cabeza de dragón.
Morgana no entendió exactamente lo que eso significaba y se acercó más para poder oír lo que decían ambos, pero solo pudo escuchar susurros. Lo único que pudo escuchar, y que fue lo último que Merlín pronunció, fue:
-Wodrem
Entonces Morgana supo que eso nada bueno podía significar.
