Merlín dejó caer el cuchillo que había sostenido con tanta ira y se dejó caer al suelo, abatido. No entendía qué le acababa de pasar, pero sabía que no había sido él mismo. Todo había comenzado cuando se había sentado en aquel trono del templo…
Recorrieron el camino por las profundidades directos a la salida. En todo el camino, Merlín pretendió recordar todo lo que había sucedido, pues no recordaba con exactitud algunas cosas o tenía lagunas. El caso de todo esto era que algo dentro de él había surgido. Algo que había estado esperando desde entonces…
Intentó no confundirse ni estresarse demasiado con ello por si de repente caía al suelo desmayado. Se sentía débil. Muy débil. En varias ocasiones Morgana y Hilda tuvieron que sujetarle y ayudarle a seguir.
De vez en cuando, Hilda le lanzaba miradas preocupadas que él solía contestar con un asentimiento o una pequeña sonrisa para indicarle que estaba bien, aunque aquello no fuera del todo cierto. Lo importante era salir de ahí, y si tenía la oportunidad de hablar con Hilda a solas sería perfecto, pues realmente su cuerpo era todo preguntas en ese momento.
Llegaron a la cueva donde supuestamente había estado hace un tiempo Kilgarrah, el Gran Dragón, esposado como antes en Camelot (antes, ahora era bien libre volando por la ciudad). Merlín sintió algo de lástima al pensar que el dragón había pasado muchos años encerrados, pero al pensar en su edad que supuestamente él aseguraba que tenía, pensó que para él debería de haber sido un pestañeo.
Hilda enseñó a Merlín allí el símbolo por lo que básicamente había venido al pueblo. Y cuando pudo observar la expresión que surcaba el rostro de Hilda, dándola un aire más viejo que de normal, Merlín entendió que aquel símbolo no podía significar nada bueno.
Y peor significó cuando entendió lo que aquel símbolo hacía ahí. Se trataba del símbolo de los Wirgen, seres del fuego y de la tiniebla.
No podía ser…
¿Acaso aquello significaba que Balinor venía realmente de aquellos Wirgen? ¿O solamente alguien lo puso en él cuando se lo entregó a Telvar? Entonces, sea quien sea la persona que entregó a Telvar a Balinor, debía de conocer el secreto de los Wirgen…
Aquello pintaba de mal en peor.
Salieron de las profundidades encontrándose con una sorpresa: atardecía. ¿Tanto tiempo habían pasado ahí encerrados en las profundidades? Se suponía que tenían que llegar a Ealdor aquel día, y al final se habían entretenido demasiado. Merlín pensó en Arthur y Gwen, que al parecer no sabían adónde habían ido, pero aparentemente Morgana le leyó la mente, pues tras llegar a la calle principal, ella se alejó tras decir que tenía que avisarles de su llegada.
Mejor no podía haber sido para Merlín.
Llegaron a la casa de Hilda con el cielo anaranjado. Hilda parecía nerviosa, propensa a tirar y dejar caer cosas de sus manos y chocarse con personas y gente por el camino. Aquello no era normal en Hilda, quien parecía siempre segura y decidida de sí misma.
Cuando llegaron a su habitación donde dos sobres, uno amarillento y otro blanco, y la libreta de color negro seguían encima de la seda. Hilda invitó a Merlín a sentarse. El muchacho obedeció mientras miraba extrañado lo que estaba en le mesa, como si no lo hubiera visto antes.
Hilda se dirigió fuera de la habitación, y Merlín aprovechó ese momento para poder cotillear el sobre amarillento que, en cierto modo, era suyo, pero sentía que no debía leerlo. Desobedeció lo que su mente indicaba y siguió lo que su corazón y alma le pedían.
Merlín leyó detenidamente la carta del sobre amarillento, y según iba avanzando, más confuso y extrañado se encontraba. ¿Esa carta era para él? Leyó cómo el que le había entregado aquello aseguraba saber quién era y le invitaba unirse a él. Al final de la carta, se apreciaba el símbolo del Cuervo Negro. Solo con mirarlo una milésima de segundo, Merlín arrugó la carta con fuerza y lo dejó en la mesa.
Fue a levantarse de la silla para buscar a Hilda cuando advirtió por el rabillo del ojo el otro sobre. Cogió la carta que había en él y se dejó llevar por las ganas, leyendo con curiosidad lo que había escrito. Pero no pudo llegar a mucho, pues fue leer dos líneas cuando Hilda volvió con un libro gigante en el brazo.
Merlín levantó la cabeza y, al ver la expresión de Hilda, en vez de disculparse, dijo:
-¿De quiénes son estas dos cartas, Hilda?
Hilda dejó el libro sobre la mesa, en cuyo título Merlín pudo leer: "Arte de la sanación; cómo curar con magia".
-De nadie – contestó ella secamente, cogiendo con una fuerza sobrecogedora ambas cartas, y dándose la vuelta sin mirar a los ojos de Merlín
-¿Por lo menos puedo saber quién fue el que te entregó todos estos "regalos" para mí? Pues, al parecer, no tenía previsto exactamente ayudarme – preguntó Merlín ya empezándose a desconfiar en Hilda.
Hilda se giró despacio, aún con las cartas en la mano, y, sin mirarle a la cara, respondió:
-Fue Sigan. Cornelius Sigan. Creo que él fue el hombre encapuchado que aquella noche estuvo en mi casa.
Hilda parecía dolida, casi arrepentida.
-¿Cornelius Sigan? ¿Ése no era el amigo de Telvar?
-Así es.
-¿Fue él entonces quien me hizo ir a las profundidades?
-En efecto.
-¿Y por qué motivo?
Hilda tardó unos segundos en responder, en los cuales miró por la ventana el cielo anaranjado con desesperanza.
-Creo que, si ya has leído la carta, lo sabrás.
Merlín asintió.
-Para levantarle de nuevo.
-Y para que tú te unieras a él – añadió Hilda. Por primera vez Merlín pudo ver el dolor y la preocupación en el brillo de los ojos de la anciana. - ¿Sabes qué, Emrys? Tú eres, y creo que no soy la que te lo digo por primera vez, el mago más poderoso de la Tierra. Verás con el tiempo que la gente intentará, por así decirlo, conquistarte y hacer que te unas a ellos. Y más ahora, que todavía eres joven y, si se me permites decirlo, con poca experiencia. La experiencia es la clave de la sabiduría. Sin ella, nada podría ser sabido. Da lo mismo cuántos libros hayas leído, nunca un muchacho podrá saber lo mismo que un anciano, por muy analfabeto que el anciano sea.
-¿Entonces estás diciendo que Sigan intentó lavarme el cerebro al ser yo joven?
Hilda lo miró a los ojos y sonrió débilmente con cariño.
-Algo así, se podría decir.
La anciana dejó las cartas en la mesa.
-¿Y la otra? – preguntó Merlín indicando con un gesto de cabeza a la otra carta que aún no había terminado de leer. - ¿De quién es?
Hilda miró la carta y tras mirarla con nostalgia, respondió:
-De Telvar.
Entonces Merlín comprendió y supo que no debía insistir más. Con eso se decía todo.
Un silencio incómodo se prolongó en el que Merlín solo pudo sentirse acoplado, pues los ojos de Hilda empezaban a humedecer. Afortunadamente, no duró mucho y Hilda lo miró a los ojos con la silueta de una pregunta que la parecía carcomer la lengua.
-¿Tenías un padre?
Merlín la miró extrañado, abrumado por tal pregunta repentina.
-Sí.
-¿Sigan lo conocía?
Merlín tardó un rato en responder, sopesando el tema. Era verdad ahora que lo pensaba. El espíritu de Sigan había comentado que su padre había estado allí, en su mismo lugar. ¿Qué significaba aquello?
-Si es así yo no lo sabía. De hecho, no sé mucho sobre mi padre.
-¿Es por ello por lo que viniste aquí?
Merlín miró de nuevo a Hilda..
-Bueno, Telvar me indicó que viniera aquí para hablar contigo.
-¿Para qué exactamente?
-Supongo que por el guardapelo. Hablando de ello, ¿dónde está? – preguntó Merlín repentinamente nervioso tras ver que no había rastro por ninguna parte del guardapelo.
-Lo llevaste tú a las profundidades con la piedra roja.
Merlín se llevó la mano al bolsillo de la chaqueta y suspiró de alivio al encontrarlo ahí. La levantó y observó la piedra con el símbolo con curiosidad.
-Así que este es el símbolo de Wodrem…
-¿Dónde lo encontró Telvar? – preguntó Hilda.
Merlín dudó si contarle la verdad, mentir o no decir nada. Optó por decir la verdad.
-Lo encontró de mi padre.
-¿Cómo? – preguntó Hilda extrañada.
-Como escuchas. Telvar encontró en el bosque a un recién nacido con este guardapelo en el cuello. Ese recién nacido era mi padre.
Hilda miró a Merlín con una expresión indescifrable, entre sorprendida y abrumada a la vez.
-¿Cómo se llamaba tu padre?
-Balinor.
Hilda lanzó una mirada a Merlín que le muchacho nunca había visto en ninguna persona, una mirada siniestra y punzante.
-Yo sé quién es Balinor.
