Morgana buscó por horas al tiempo que el sol descendía hasta llegar al horizonte lentamente. Se hacía de noche y ella no encontraba ni a Arthur ni a Gwen. ¿Dónde estaban? Esa era una buena pregunta; una pregunta que Morgana se había hecho durante estas horas de búsqueda, sin conseguir ninguna respuesta.
Afortunadamente, su respuesta fue encontrada nada más llegar a la parte trasera del pueblo, donde se ubicaba los escombros del antiguo templo negro. En aquel momento, aquel lugar parecía mucho más terrorífico de lo que parecía a plena luz del día. Allí se apreciaban las borrosas siluetas de Arthur y Gwen en la oscuridad, delante de aquellos escombros, al parecer observándolos detenidamente.
Morgana literalmente corrió hacia donde se encontraban, y fue estar a unos metros de ellos que Arthur, con sus habilidades de caballero de Camelot, sacó su espada de la vaina y de un giro magistral y antes de que Morgana se diera cuenta, la punta de la espada estaba rozando el cuello de Morgana. Al tragar saliva, Morgana pudo notar el frío metal en su garganta.
-¡Morgana! – exclamó Arthur, al parecer con algunas dificultades de ver su rostro - ¿Dónde estabas? O, mejor dicho, ¿dónde estabais?
-Arthur, es una larga historia y no tenemos tiempo, tenemos que irnos de aquí y llegar a Ealdor cuanto antes – dijo Morgana una vez que Arthur bajó la espada.
Arthur asintió decididamente y sin sarcasmo.
-Pienso lo mismo. Este sitio no me gusta nada.
Y así, los tres se dirigieron con prisa a la casa de Hilda, donde según había informado Morgana, estaba Merlín. Algo les decía que debían irse, y rápido.
Merlín fue curado con algo de sanación por las nudosas manos de Hilda. En unos segundos, se sintió tremendamente mejor. Ya no se sentía tan débil como antes. Al parecer, lo que había ocurrido en él (que seguía sin saber lo que había sido con exactitud) lo había debilitado, no físicamente, sino psicológica y mentalmente. Por suerte, Hilda no era exactamente una mala sanadora.
-Hilda, ¿dónde aprendiste magia? – preguntó Merlín recordando cómo ella había expulsado la sombra de Sigan.
-De los druidas – contestó Hilda -. Pasé una temporada con ellos una vez. Pero no sé mucho. De hecho, muchas veces para hacer magia necesito, como hice antes, un brazalete.
Ambos charlaron mientras Hilda curaba a Merlín, sin advertir el tiempo que pasaba, impasibles a lo que el tiempo se llevaba y lo que dejaba paso. Charlaban como si siempre se hubieran conocido, como si siempre supieran que eran parientes. Había una conexión en ellos irrefutable.
Fue entonces cuando Hilda miró la ventana.
-¡Oh, Dios mío! – exclamó Hilda.
Merlín, asustado, miró por la ventana esperando ver algún monstruo, a Sigan de nuevo, o un mar de lava. Bajó la alarma al no ver nada.
-¿Qué ocurre? – preguntó Merlín desviando la cabeza de la ventana a Hilda, quien parecía atrapada por un sueño, mirando la ventana con ojos llenos de pavor.
-Debes irte – dijo ella.
-¿Cómo?
-¡Ahora! ¡Debes irte ahora que tienes tiempo! – gritó Hilda mientras se levantaba y se dirigía a salir de la habitación.
Merlín, confuso por tal cambio repentino, siguió a Hilda cegado por la confusión. ¿Qué ocurría? ¿Acaso algo había mal? Sí, al parecer algo había mal, aunque Merlín no conocía lo que ocurría ni el motivo. Entonces lo adivinó: era casi de noche. Solo unos tenues rayos de luz de asomaban tras las montañas que rodeaban el valle. Eso no podía significar nada bueno.
Salieron de la casa, encontrándose afortunadamente con Morgana y compañía. Se dirigieron a la salida del pueblo, un pequeño desfiladero de piedra donde las columnas de piedra negra con toscos grabados flanqueaban aún la salida, donde los caballos seguían allí, sin advertir el problema. Aún no sabían cuál era el peligro, pero siguiendo las instrucciones de Hilda, se montaron rápidamente en ellos. Merlín fue a montarse en su caballo cuando Hilda se le acercó.
-Este será mi caballo – indicó Hilda con una voz grave, muy poco propia de ella. La poca luz que había no dejaba ver el rostro de Hilda, lo que lo hacía aún más tenebrosa. Merlín la miró con confusión, con una pregunta tonta en la punta de la lengua -. Haz lo que te digo. Tú montarás en el caballo de Morgana, que se ha prestado voluntaria.
Merlín asintió poco convencido y se dirigió al caballo blanco donde Morgana ya estaba sentada en la grupa. Ella le miró y le animó a subirse. Merlín vaciló hasta un punto que se preguntó si no sería mejor ir corriendo. No era exactamente propio de un sirviente sentarse al lado de una mujer noble.
-¡Vamos, Merlín! – gritó Morgana indicando la parte de la grupa que quedaba detrás de ella.
Al ver que no tenían mucho tiempo, Merlín subió detrás de Morgana, pretendiendo no pensar en nada más que aquel pueblo escalofriante y tenebroso de noche. Pero se le hizo imposible, pues el olor que desprendía Morgana (que era algo parecido en ese momento a un olor de frutas del bosque y un poco de un olor parecido al de caramelo quemado), el sentirse tan cerca de ella (literalmente tenía las manos sujetándose a ella para no caer) y el pulso que su corazón daba (esperó que Morgana no pudiese notar su corazón palpitando, estando lo cerca que estaban) no ayudaban mucho.
Espolearon los caballos y salieron de allí lo más rápido que pudieron. Merlín giró la cabeza hacia atrás para asegurarse que Hilda los seguía, pero al ver que ella no estaba, se tensó y se puso realmente nervioso. ¿Qué estaba pasando?
Parte de la respuesta a su pregunta llegó cuando escuchó aullidos y rugidos no muy lejos de allí, los mismos ruidos que la anterior noche en la que se habían dirigido a la cabaña de Telvar.
Merlín miró de nuevo atrás y en ese momento no pudo creer lo que veía. Sombras. Sombras que volaban se dirigían adonde ellos se encontraban. Sombras con ojos rojos.
¿Qué significaba todo aquello?
Merlín pensó en bajarse del caballo y usar su magia para ahuyentar aquellas sombras. Descartó la idea al ver la velocidad en la que iban. Pudo ver a Arthur delante de ellos montado en su caballo y a Gwen a su lado. ¿Pero y Hilda? No había ni rastro de ella.
Siguieron el desfiladero a una velocidad de vértigo, sabiendo que si se paraban por un segundo las sombras de ojos rojos les consumirían como hace una araña a su presa. El aire les azotaba la cara como cuchillos, lo cual hacía que sus ojos se humedecieran del frío viento, creando figuras borrosas a lo largo y ancho del desfiladero. Aquello parecía una escena sacada de una pesadilla, pues nada parecía real ni consistente.
Merlín no podía parar de mirar atrás y a los lados por si veía a Hilda montada en el caballo que había sido suyo. Ahora que lo pensaba, Hilda había estado bastante nerviosa desde que habían salido de las profundidades, y tenía sentido, pues este pueblo no era uno normal y corriente. Era el Pueblo Maldito. Y ahora Merlín lo comprendía mucho mejor.
Merlín no podía discernir con claridad las sombras que los perseguían, pues ya era básicamente noche completa, pero sí podía escuchar un sonido como de aire rasgando una prenda de forma siniestra y abstracta, como de otro mundo.
Merlín apenas apreciaba las paredes de piedra que custodiaban el desfiladero, y confió en que Morgana supiera a dónde se dirigía. Miró de nuevo hacia atrás y solo pudo apreciar, o más bien le pareció ver, dos puntos rojos al fondo del desfiladero.
Aullidos y rugidos sonaban por las montañas, haciendo claro que no estaban solo con unas sombras detrás de ellos. Merlín tembló, sabiendo que nada tenía que ver con el frío. Nunca había escuchado de cerca aquellos aullidos y rugidos animales, los cuales ahora parecían tan reales y consistentes, nada comparado como siempre los había escuchado. Ahora entendía el miedo que podía dar todo aquello.
¿Por qué habían ido allí? ¿Por qué habían ido al Pueblo Maldito, al pueblo que, como su propio nombre indicaba, estaba maldito?
Merlín se arrepintió de haber venido aquí. Total, ¿para qué le había servido? No había hecho nada más que haber sido poseído por una sombra, haber conocido el pasado de Telvar en el pueblo (lo cual no había sido exactamente apacible), haber sabido qué significaba el símbolo de los Wodrem, haber sabido que Balinor no era trigo limpio… ¿Para qué? ¿Para qué remover el pasado? No acarreaba nada bueno.
Merlín deseó nunca haberse metido en líos del pasado de su padre. Deseó nunca haber escuchado su nombre.
