Capítulo veintiséis

Rin miró su cuaderno de dibujos: lo había comprado en la aldea y había cosido las hojas a mano mientras la anciana Kaede le explicaba sobre las labores que ella misma realizaba en la aldea. La verdad es que para la joven, fue inevitable no pensar en el viejo cuaderno que ya estaba lleno de dibujos, recuerdos y etapas de su vida y preguntarse si Sesshomaru aún lo tenía: en el fondo de su corazón, quería pensar que sí y que él la recordaba, aunque fuese, de vez en cuando.

Con un suspiro, se decidió a comenzar a escribir.

Señor Sesshomaru,

Hoy quiero contarle tantas cosas, que no sé muy bien por donde comenzar. Me encantaría que estuviera aquí y pudiera ver todo por sí mismo, pero dado a nuestras tristes circunstancias, me veo en la obligación de escribirle una carta.

Quiero confesarle algo: cuando descubrí que estaba embarazada, me dió mucho miedo, porque yo no tengo mamá y pensaba que no podría ser lo suficientemente buena para nuestras niñas, pero ahora es diferente... Agradezco todos los días que mi pancita esté cada vez más grande, porque es la prueba de que nuestro amor fue real y que yo no estuve soñando como siempre lo hago. Muchas gracias por tener hijas conmigo, ¡prometo que serán niñas buenas y muy felices!

Me gustaría decirle que yo estoy bien y muy saludable, solo me duele un poco la espalda y a veces debo tomar ciertos descansos. La anciana Kaede, quien me cuida en la aldea donde me estoy quedando, dice que aún faltan varios días para que nazcan las niñas, así que si usted quiere venir a acompañarme, aún está a tiempo para hacerlo.

El señor Jaken se divierte mucho intentando escoger nombres para las niñas, pero sus ideas son muy malas. Yo tengo algunas ideas, pero me da mucha pena que usted no viva estos momentos a mi lado. Supongo que estaba esperando a que usted volviera, pero voy a tomar esa decisión pronto. Espero que donde sea que usted esté, le agraden los nombres que escogeré, porque los estoy eligiendo con mucho amor.

Yo espero que usted también se encuentre bien y que pronto deje ir sus deseos de venganza. El odio no causa nada bueno y nos impide ser felices...por eso, quiero decirle que lamento mucho no haber podido aplacar esos deseos tan negativos.

Siempre pienso en usted y me da mucha pena imaginar que ya no se encuentra en el mundo. Me gustaría tener algún tipo de señal que me permita dejar de sufrir y pensar en que nunca más le volveré a ver. Por favor, siga con vida. Por favor, no me olvide y por favor, piense en mí algunas veces cuando contempla la luna o cuando vuelvan a crecer las flores de cerezo...

Sueño con el día en que nos volvamos a ver, aunque me reprendo a mí misma porque sé que es poco probable. Solo quiero que usted sepa que yo estoy bien, que a pesar de lo mucho que le extraño, soy muy feliz y que no debe preocuparse por mí, porque practico con la espada todos los días y he mejorado mucho... ¡Su Rin es ahora una chica muy fuerte!

Espero que nuestro tiempo juntos le llene tanto el corazón como me sucede a mí y que piense en mí con ternura a pesar de que nuestro último día juntos no fue dulce.

Por último, una parte de mí siempre recordará su paso trascendental por mi vida y espero, con todo mi corazón, que usted alcance la felicidad que a mi lado no fue capaz de encontrar.

Lo amo mucho,

Siempre suya,

Rin.

La joven suspiró una vez que terminó de escribir la nota, armó una pequeña fogata y quemó aquella correspondencia que el destinatario nunca iba a poder leer. Al menos, de aquella forma, podía sentir como sus sentimientos se iban volando poco a poco a través del aire.

De pronto, abrió la caja en la que guardaba las cartas que durante toda su vida había aprendido a leer, las recorrió con sus dedos y contempló algunas de sus imágenes. Sintió una lágrima sigilosa en su mejilla, cerró los ojos y cuando los abrió, supo que había tomado una decisión.

Contemplando el fuego y la luz del atardecer, fue quemándolas una a una mientras sentía una sensación de liberación en el pecho. Arrancó también las páginas del libro, tan antiguo, en que sus ancestras habían escrito y dibujado a la familia del palacio del Oeste y vio ante sus ojos arder las imágenes y enseñanzas que la acompañaron desde que era solo una niña.

Rin quería a esas cartas, había desarrollado un lazo íntimo e intrincado con ellas y con el libro, después de todo, eran la herencia que su madre le había dejado para que pudiera sobrevivir y lo había logrado. Sin embargo, gracias a esas cartas se había metido en muchos problemas y no quería que sus hijas se vieran en su misma situación, además quería con toda su alma ser por fin libre.

Sin las cartas, ya no sería "Rin, la cortesana" o "Rin, la adivinadora"; podía ser solo Rin y eso era algo que recordaba haber sido una vez hace mucho tiempo, cuando era solo una niña.

Se quedó junto a aquel árbol hasta que el sol se escondió en su totalidad y el señor Jaken fue por ella.

-Vamos, Rin- murmuró el diablillo-, tienes que ir a cenar.

-¡Sí!

-Te ves contenta hoy, ¿eres feliz aquí, Rin?

La joven guardó silencio un par de segundos.

-Sería un poco más feliz en mi casa, en la aldea abandonada- confesó mientras avanzaban-, ¡pero sí lo soy y aquí me gusta bastante!

Los primeros días para Rin en la aldea fueron días complejos y muy duros: sabía que la gente la miraba con algo de desconfianza y que algunas señoras la veían como un mal ejemplo para sus hijas debido a su embarazo, pero a ella esas cosas no le importaban: no escuchaba ni prestaba atención a los malos comentarios y mientras las personas no fueran malas con el señor Jaken o con sus hijas, no era algo que le preocupara.

Al principio se dedicaba a asistir a la anciana Kaede en sus labores, pero un día el monje Miroku se acercó a ella con un trozo de tela de color celeste con diseños floreados.

-¡Que tela tan bella!- exclamó Rin examinándola entre sus dedos- El señor Kirinmaru tenía una seda similar en su barco, aunque era más costosa, esta tela sigue siendo muy bonita y bastante buena... ¿Dónde la consiguió?

-Me la dió de regalo el señor de una aldea después de espantar a un poderoso demonio- confesó el monje- y... me gustaría saber si podrías hacerle un kimono a Sanguito... ¡He oído que sabes dibujar muy bien y pensé que quizás sabrías hacer ropa!

-¡Puedo lograrlo!- Rin sonrió entusiasmada- Pero monje Miroku, no haga enfadar a la señorita Sango: ella vino a hablar conmigo ayer y parecía sentirse muy enojada.

Rin le miró de reojo. La verdad es que Sango acudía al menos una vez cada tres o cuatro días, a quejarse con ella sobre las costumbres del monje para con las mujeres. Al principio, Rin se sorprendía mucho, ya que pensaba que él era un hombre serio y tranquilo, pero poco a poco se fue acostumbrando y entreteniendo con aquellas historias, a pesar de que consideraba que la señorita Sango tenía demasiada paciencia con el monje.

-No te preocupes, Rin ¡tú sigue siendo una buena chica que mi relación con Sango es casi perfecta!

-¿Por qué es casi y no perfecta?

-Porque ella tiene un carácter difícil y se enfada con mucha facilidad.- razonó Miroku- No me tiene paciencia y ahora no me habla, por eso pensé en mandarle a hacer un kimono bonito ¡¿y quién mejor que una verdadera cortesana para confeccionarlo?! Además de ser muy hermosa, usted debe saber mucho sobre moda, ¿verdad?... señorita Rin- el monje la había tomado de la mano y le miraba de forma insistente a los ojos-, quizás una vez que usted dé a luz, creo que podríamos intentar una relación... ¡yo seré un fantástico padre!

-¡Por estas cosas la señorita Sango se enfada!- exclamó Rin riendo antes de soltarse- No debe coquetear con otras mujeres... Aunque si lo sigue haciendo, tendré que hacer muchos kimonos ¡y podré comprar cosas lindas para mí y para las niñas! ¡Monje Miroku, usted será mi mejor cliente!

-No se hará millonaria a mi costa, señorita Rin...

La joven sonrió antes de acompañar al monje a la puerta de su casa y despedirle con la mano. Rin volvió al interior de la casa para comenzar a dibujar el diseño del kimono. Había visto a Sango el día anterior, por lo que tenía una idea sobre sus medidas, así que estaba segura de que iba a quedar muy bien.

Mientras Rin terminaba de dibujar, el señor Jaken entró al interior de la casa, luciendo muy agitado y nervioso.

-¡Estos niños humanos son unas verdaderas plagas!- exclamó limpiando el polvo de su ropa- Rin, cuando nazcan las niñas, tienes que prohibirles jugar con esas crías feas y apestosas.

-¿Qué ocurrió esta vez?

-Yo estaba muy tranquilo comprando dulces...

-Intimidando al vendedor de la tienda, mejor dicho- le corrigió Rin mirando al diablillo con una sonrisa- ¡Ya le he dicho que debe ser más amable!

-¡Yo soy muy amable!- protestó Jaken sentándose junto a ella- Lo que pasa es que los niños humanos son peores que los demonios: yo estaba comprando tus dulces, cuando de pronto unas niñas muy feas me agarraron y me llenaron de maquillaje para jugar conmigo ¡Fue horrible Rin! ¡Casi me obligan a usar un kimono de color rosado y yo soy verde! ¡Niñas horrible con gusto horrible!

-¡Pobre señor Jaken! - Rin le abrazó con fuerza- No se preocupe, cuando termine este kimono, le haré uno a usted para que pueda jugar tranquilamente con las niñas de la aldea...¡Se verá hermoso con un kimono de un color que combine mejor con su piel!...

-¿Para quién es eso?- el diablito miró el dibujo confundido, ya que Rin tenía un kimono parecido- ¡¿Nos vamos a ir y estás regalando tu ropa?!

-Es un regalo para la señorita Sango- explicó Rin enseñándole lo que había dibujado-. El monje Miroku me trajo la tela y me pagó bien, así que creo que estaré trabajando en ello durante algunos días.

Desde que Rin terminó la confección del kimono para Sango, otras mujeres de la aldea acudieron a la casa de la anciana Kaede para mandarle a hacer algunas prendas de ropa. La verdad es que, al principio, no eran muy amables y miraban a Rin con cierto desprecio, sin embargo, poco a poco la amabilidad y dulzura de la joven fue conquistando sus corazones, hasta que todos los habitantes de aquella pequeña localidad, aceptaron gustosos su presencia.

-Señorita Rin, ¿por qué su barriga es tan grande?- le preguntó Rika, una de las niñas que solía jugar con el señor Jaken o mejor dicho perseguirlo, a pesar del mal humor del verde personaje...

-Ah, eso...- Rin dejó su labor con la tela y se inclinó un poco para mirar a la niña con una sonrisa antes de susurrar- es porque hay dos bebés creciendo dentro.

-¡¿Dos bebés?!- la pequeña abrió sus ojos, incrédula, aunque confiaba en que debía ser cierto- ¡¿Cómo llegaron ahí dos bebés?!

-Antes de llegar a la aldea, yo tenía un prometido- respondió Rin con una pequeña sonrisa- y un día se nos ocurrió que sería buena idea tener dos hijitas, así que reunimos todos los ingredientes necesarios y las hicimos...

-¿Es como preparar comida?

-¡Exacto!

-Entiendo... ¿Cómo se llaman tus bebés?

-Aún no tienen nombre: sigo pensando sobre ello y también me gustaría tener la opinión de su padre... ¡creo que sería lindo que pudiésemos elegirlos juntos!

-Mami dice que el esposo de la señorita Rin se murió en la guerra- murmuró la niña mirando a Rin a los ojos mientras ella sentía un leve escalofrío al imaginar aquella situación.- ¿Es eso cierto?

-Ha pasado mucho tiempo desde la última vez que lo vi...-meditó Rin mientras doblaba un trozo de tela- quizás sí murió, ¿verdad? Tal vez deba decidirme pronto por los nombres...

Rin solía no pensar demasiado en el pasado. Podía recordarlo por las noches antes de dormir, pero intentaba no aferrarse demasiado: pensar en el pasado no iba a hacer que aquellos tiempos volvieran a ella y pensar en el futuro era preocuparse por situaciones que aún no sucedían; lo único que ella podía hacer era pensar en ser feliz en el presente.

Pensaba en Sesshomaru como en el recuerdo de un viejo sueño. Él era una temporada robada que constituía aquellos efímeros instantes de felicidad absoluta en su vida. Evitaba teñir aquellos recuerdos de tristeza, ya que no le parecía justo y en su lugar trataba de imaginar que él estaba con vida, luchando por ser el demonio más poderoso del mundo y que seguiría siendo el gran Señor del Oeste incluso cuando ella ya no viviera más en el mundo. Le calmaba pensar en que Sesshomaru seguía siendo tal y como siempre le conoció.

La gran imaginación de Rin era incapaz de intuir que Sesshomaru había luchado contra Kirinmaru y que, a pesar de su herida infectada en veneno, había logrado llegar a la seguridad del Palacio.

Rin no podía sospechar que Sesshomaru había pasado varios días sin despertar, mientras Kicho se encargaba de vigilar la evolución lenta de su cuerpo en un completo silencio, solo interrumpido por las instrucciones de la señora Irasue. La joven humana, no tenía como saber que sus ojos oscuros y brillantes eran la principal motivación que el demonio tenía para aferrarse con todas sus fuerzas a la vida.

Sesshomaru estaba seguro de que su sangre era poderosa y de que iba a despertar en algún momento, sin embargo, esperaba hacerlo pronto: quería ver a Rin y conocer a sus cachorras, quería asegurarse de que Kirinmaru estaba muerto y quería lograr cumplir todas las promesas que le había hecho a la chica, antes de que su orgullo consiguiera separarlos.

Sin embargo, sentía impotencia: no podía acelerar aquel lento proceso de sanación y aunque había intentado despertar muchas veces, no conseguía abrir los ojos. Sabía que no estaba muerto porque seguía siendo consciente y el hilo de sus pensamientos había comenzado a ser coherente desde un tiempo bastante prolongado, por lo que tenía la certeza de que se estaba recuperando.

-Kicho...- la voz de su madre llegaba de forma lejana pero clara a sus oídos- ¿Hay alguna mejora el día de hoy?

-Mi señora, su hijo se recupera muy rápido- señaló Kicho-. Creo que en realidad, el señor Kirinmaru esperaba causarle un daño irreparable, pero el señor Sesshomaru es muy fuerte y su sangre ya se encuentra muy sana: no he tenido que trabajar mucho porque casi todo lo ha hecho él solo...

-¿Sabes algo sobre Kirinmaru?

-No, mi señora: no he encontrado su rastro y los rumores dicen que murió a raíz del enfrentamiento con el señor Sesshomaru - Kicho miró a los ojos a la señora Irasue-, pero nadie sabe dónde está su tumba, ni siquiera su hermana...

-¿Haz seguido a Zero?

-Así es, - prosiguió la cortesana- su hermana ha estado merodeando por la aldea en que vive la señorita Rin: no se le ha acercado, pero es posible que esté esperando a que ella dé a luz a sus hijas.

Irasue le indicó a Kicho que se retiraran, ya que era consciente de que su hijo podría estar escuchando y lo que más necesitaba era que él pudiera descansar.

-Esa muchachita solo ha ocasionado desgracias- declaró Irasue sentándose en su trono- ¡Todo terminaría si Rin estuviera muerta!

-Mi señora, ¿ por fin va a tomar la vida de Rin?- preguntó Katana sumándose a la conversación mientras observaba su espada- Aún le guardo mucho rencor y yo estoy dispuesta a acabar con ella: no tendré piedad solo porque está embarazada...

-No. Aunque esté dormido, esa chica sigue siendo importante para Sesshomaru y yo no la voy a tocar...- dijo Irasue antes de fruncir ligeramente los labios- solo digo que si ella hubiera muerto cuando lo hizo toda su familia, las cosas serían mejores.

-¡¿Eso significa que la va a aceptar?! - preguntó Kicho mirando a su señora con sorpresa.

-No... pero me preocupa Sesshomaru: no quiero verlo morir solo porque intenta proteger a esa niña y a las criaturas que tuvo con ella...- Irasue cruzó los brazos sobre el pecho- prefiero pelear con él sobre lo vergonzoso que es este asunto, que verlo así como está ahora.

Para Irasue fue muy sorpresivo el momento en que Sesshomaru regresó al palacio: apenas podía mantener sus ojos abiertos, la sangre que emanaba de su herida era de color negro y olía a veneno y él señaló,en muy pocas palabras, que aquello había sucedido por proteger a Rin.

Lo más importante para Irasue era la felicidad de su hijo, siempre había sido así y, aunque en un principio pensó que lo mejor era alejar a Rin de su vida para no perjudicar su futuro, no se imaginó que él terminaría sufriendo tanto daño a raíz de los sentimientos que había logrado desarrollar por la dulce cortesana.

Ahora, ella estaba dispuesta a tolerar un eventual matrimonio de Sesshomaru con Rin, pero sería mentira decir que era un motivo de alegría. Podía tolerar aquella situación, podía tolerar el nacimiento de las cachorras que Rin esperaba, pero no podía aceptar que él, otra vez arriesgara de aquella forma su vida.

-Kicho.

-Dígame, mi señora.

-Trae a Rin.

-Mi señora, su embarazo es avanzado: me temo que el viaje hasta aquí puede adelantar su parto.

Irasue suspiró.

-Entonces tráela cuando haya tenido a sus hijas... quizás Sesshomaru despierte pronto si ella le visita...

La reacción de ambas cortesanas fue dispar: Kicho asintió creyendo que aquella idea podría funcionar, mientras Katana solo pensó que su señora se había vuelto muy loca: ya sabía que las cosas en el palacio no eran normales cuando la enviaron por esa pequeña hace muchos años atrás.

En aquel instante, las voces llegaban como murmullos lejanos a los oídos de Sesshomaru. Sabía que estaban hablando sobre él, aunque en un principio no era capaz de identificar claramente lo que decían. Poco a poco, su audición se hizo más clara y supo que querían hacer que Rin regresara al palacio, después del nacimiento de las niñas.

Fue inconsciente de aquello, pero los dedos de sus manos comenzaron a moverse. En un acto reflejo, sus garras comenzaron a arañar la superficie de donde se encontraba recostado y muy lentamente recuperó el sentido del olfato.

Sesshomaru lo sabía: su cuerpo, finalmente, se había sanado por completo y pronto iba a despertar. Por fin, después de tantos días de recuperación se encontraba sano y fuerte como siempre lo había sido, ¡por fin iba a poder reunirse con Rin!

Sus ojos dorados se abrieron de golpe, reconociendo mientras observaba, uno de sus cuartos en el palacio. Aún no sabía cómo había llegado hasta allí, pero dedujo que Ah-Un le había llevado, pensando que era el lugar más seguro para limpiar su sangre.

Rápidamente, Sesshomaru se puso de pie para vestirse y salir de aquel cuarto. Mientras avanzaba con determinación, por los pasillos que cruzaban una serie de jardines, se encontró con su madre quien le miró a los ojos visiblemente sorprendida.

-Ya... haz despertado...

-Sí, madre.

Irasue se limitó a asentir.

-Señor Sesshomaru, ¿se siente bien?- preguntó Kicho asomándose tímida detrás del hombro de su madre.

-Sí.

-Deberías descansar- insistió Irasue acercándose un poco a su hijo-: llevabas varios días dormido y creo que es precipitado que quieras irte. Descansar solo te traerá beneficios para tu salud y...

-Voy a buscar a Rin- sentenció Sesshomaru-, ha estado mucho tiempo sola y puede ser peligroso.

-¡No digas tonterías!- se quejó su madre-, esa chica está viviendo en una aldea y se encuentra realmente muy bien... estaba embarazada hoy y seguirá embarazada mañana... No hay necesidad de ir tan pronto.

-No quiero que esté sola más tiempo- el demonio no sabía bien cómo explicar las ideas que corrían por su mente-... ya me he perdido muchas cosas que eran importantes para Rin y... pronto van a nacer las cachorras...

-No me interesan tus asuntos sentimentales, Sesshomaru... - Irasue se sintió verdaderamente aliviada al ver que él se encontraba perfectamente bien - si quieres ir por Rin, por Kirinmaru, por Inuyasha o a aterrorizar una aldea, no me interesa... eres libre de hacer lo que quieras: ¿Tienes planeado casarte con ella?

-Sí.

-Bien... Quiero que traigas a Rin.

-¿Para qué?- Sesshomaru entrecerró sus ojos. No se fiaba mucho de la amabilidad de su madre- Le recuerdo que Rin ya no está sujeta a la corte de este palacio y que ella, si lo desea, puede convertirse en mi prometida.

-Porque si va a ser tu esposa, quiero que me la presentes formalmente como tal- Irasue cruzó los brazos sobre el pecho-... ¡No me mires de esa forma aterradora! Si quisiera matarla, ya lo habría hecho mientras dormías. Solo... quiero que veas que estoy dispuesta a tolerar a tu esposa humana y que entre tú y yo no hay ningún tipo de conflicto.

-Tanta amabilidad de su parte es extraña...

-Digamos que ya sé que pase lo que pase, no vas a abandonar a esa muchachita- Irasue suspiró antes de bajar la mirada- y prefiero evitar un enfrentamiento entre ambos, que al final, no me hará feliz.

-Es... curioso que ahora acepte a Rin.

-¡No la acepto, la tolero que es muy diferente!- exclamó Irasue con el ceño fruncido- Sesshomaru, es muy importante que no te confundas: esto no significa que vas a traer a Rin a tomar el té o que puedes venir con tus hijas a jugar: a mí los cachorros que vas a tener con ella, no me interesan. La vida que lleves lejos de tu posición como Señor del Oeste no es algo de lo que yo quiera preocuparme, solo... si eres feliz, está bien para mí.

El demonio asintió. Aquella era la única muestra de afecto de parte de su madre a la que Sesshomaru podía aspirar y, aunque sus palabras estaban teñidas de hostilidad, él sabía que en realidad su madre no iba a hacer nada por dañar a Rin: según lo que había escuchado antes, sabía que el Palacio había estado cuidando y vigilando a la joven y era cierto que de haberlo querido, ya le habrían hecho daño mientras él sanaba su propia sangre, por lo que, de alguna forma, entre sus intereses y los de su madre se había instalado una especie de tregua...


Después de terminar de armar los paquetes de kimonos que le habían encargado para esa jornada, Rin comenzó a buscar al señor Jaken. El diablillo se había aburrido de esperar a que terminara con su trabajo y había decidido ir a investigar al bosque mientras ella acababa.

Rin se colocó un kimono de color rojo con flores blancas en las mangas y adornó su cabello con una pequeña orquídea del mismo color.

Aquel día, había tenido mucho trabajo y quería descansar junto a su amigo bajo la sombra del gran árbol que se encontraba junto al pozo. Era uno de sus lugares favoritos en la aldea y disfrutaba pasar ahí su tiempo libre, antes de tener que regresar a sus labores cotidianas.

Rin avanzó lentamente hacia aquel rincón solitario y escondido que le gustaba tanto. Tenía que tomar algunos descansos, ya que su pancita se había vuelto muy grande de pronto y su espalda y rodillas solían doler con un poco más de frecuencia.

-¡Señor Jaken!- gritó una vez que llegó junto al pozo- ¡Señor Jaken, ¿dónde está?! No me diga que vine hasta aquí, para que usted se haya escapado a jugar con los niños de la aldea...¡Señor Jaken, traje comida deliciosa!

Nadie acudió a su llamado.

Rin se sentó un instante bajo la sombra del gran árbol en el que una vez, el señor Inuyasha había sido sellado y contempló a la luz colarse entre sus hojas. Ella acarició a las niñas que aún crecían en su vientre: no sabía cuánto tiempo más tendría que esperar para que nacieran las niñas, pero le hacía feliz percibir sus movimientos frenéticos cuando consumía dulces o ver que, algunas veces, una de ellas tenía hipo. Era feliz con sus hijas y creía que todo iba a ser mucho mejor una vez que ellas nacieran.

-¿Por qué aún no nacen?- les preguntó antes de suspirar y sonreír. Los ojos de Rin siempre brillaban cuando hablaba con las gemelas- Ya quiero que estén aquí para conocerlas y que seamos felices juntas... yo...hoy ¡tengo buenas noticias! ¡Ya elegí sus nombres! ¿Los quieren oír?

Un pequeño movimiento en su interior le indicó algún tipo de respuesta afirmativa, por lo que, Rin sacó un cuaderno en el que había dibujado a las niñas de su sueño. En páginas posteriores, había escrito todos los nombres que había pensado para ellas y, al final, había encerrado los elegidos en un círculo.

-Estos nombres son especiales para mí- comenzó Rin de manera muy solemne-, porque de alguna manera mi historia con su padre se terminó, ¡pero yo sé que va a trascender en ustedes! Me gustan mucho por su significado y creo que cuando quieran saber porqué les escogí nombres tan bonitos, les va a gustar mucho la historia que ellos esconden: Towa, Setsuna yo... deseo que les gusten mucho sus nombres, porque los escogí con todo el amor que soy capaz de dar... ¡Estoy segura que a su papá también les habrían gustado mucho!

Mientras hablaba, Rin acarició los rostros sonrientes que había dibujado de las niñas y sintió un poco de paz creciendo en su pecho.

-Son nombres preciosos...

Rin alzó, temerosa y confundida, la mirada. Conocía aquella voz muy bien, pero jamás imaginó, durante todo ese tiempo, que volvería a ver a su dueño, de pie, junto a ella. Parpadeó un par de veces, confundida, ante quien podría resultar ser el perfecto producto de su imaginación...


Hola!!!! Ya estamos casi en el último capítulo y puede que quizás haga un epílogo jijiji ¿Quién será el que llegó junto a Rin?

Espero que tengan una gran semana y nos leemos por última vez la próxima semana c: Muchas gracias por leer!!!! :D