A Hefesto personalmente no le solían interesar las intrigas de su familia, cuando su padre lo había arrojado del Olimpo entendió que el sentimiento era reciproco, de ahí que lo perturbara que lo hicieran parte de ello. Él no había participado en ninguna de las guerras santas y ahora resulta que las moiras salían con que dado que era culpa de los dioses, pues que todos pagaran por ello y Zeus no tuvo ningún inconveniente en hacerlo cumplir librándose de la culpa, después de todo se suponía que como líder de los dioses les atara la correa corta a todos.
Pero de todas las posibles combinaciones que podían elegir, la suya era de las mejores, Dohko, uno de los caballeros más mental y emocionalmente estables sin que su cabeza estuviera jodida. Lo observó durante un tiempo y se santiguó al ver el pésimo gusto de Apolo y Artemisa en lo que a decoración se refería y compartió una sonrisa cómplice con Iris al ver la ulcera que le debía estar saliendo a Hermes. Él, como dios, entendía la sensación de extrañeza y agotamiento que se podía sentir al ver que tu permanecías inalterable mientras todo a tu alrededor cambiaba una y otra vez, que las cosas que amabas no fuesen más que polvo, y que los recuerdos que atesorabas, amenazaran con diluirse hasta desaparecer por completo sin que tu pudieras hacer algo para evitarlo.
Sopesó todas las opciones y decidió ir a su galería en busca de un obsequio que esperaba que el santo apreciara.
La guerra santa terminó y él fue traído de vuelta. Probablemente podía competir con Aioria en lo que se refería a poco interés en seguir vivo. No es que su vida fuera mala, al contrario, había vivido una buena vida… pero una demasiado larga.
Ya se sentía demasiado viejo para vivir.
Al menos, antes, su cuerpo había colaborado, había sido viejo y decrépito, apto para dormir y ver el horizonte mientras se embebía de viejos recuerdos. Ahora no, no parecía mayor de veinticinco y aunque tuviera toda la vitalidad del mundo, no le apetecía moverse en lo absoluto. Quiso ser una planta cuya única preocupación era hacer fotosíntesis, pero no podía darse ese lujo.
Una de las reglas más importantes y no dichas explícitamente del santuario del santuario era: protege a tu diosa sobre todas las cosas, luego, protege a tus hermanos.
Y sus hermanos de armas lo necesitaban, vaya que sí.
Él, mejor que nadie entendía el cómo se estaban resquebrajando luego de acabadas las guerras; cuando personas tan temperamentales y particulares se unían por un mismo objetivo, eran implacables, pero cuando lo llevaban a cabo, sus personalidades chocaban y era mejor que se apartaran del camino de los otros si no querían matarse entre ellos.
Él lo había visto luego de Alone, Tenma y Sasha, si lo oyeran referirse de forma tan informal a Athena-sama le darían una paliza, pero la fuerza y el corazón de ellos 3 hacían que tuviese que reconocer que más que dioses, eran humanos con una voluntad de hierro.
Había visto como los pocos sobrevivientes se habían segregado y seguido su propio camino, unos como civiles y unos pocos en el santuario el tiempo suficiente para volver a darle forma al santuario y a las nuevas generaciones antes de partir en búsqueda de sus ambiciones particulares.
Y no ayudaba mucho que la mayoría de ellos no hubiesen acabado en buenos términos, la mayoría de ellos habían traicionado a alguien que les fue amado o lo que era peor, se traicionaron a sí mismos. Así que si, las cosas estaban bastante jodidas para todos ellos.
Suspiró y reunió toda la energía que no tenía para ir por una taza de té. Cuando todavía era un anciano, se podía salir con la suya y Shunrei le llevaría todo el té que quisiera, preparado de la forma en la que le gustaba y en el momento en el que él deseara. Estaba seguro que si volvía a pedirle té a una de las doncellas, lo apuñalarían o envenenarían su bebida. Para su sorpresa, la doncella de Death Mask, con su colorido cabello y árida personalidad, era la única que no había protestado y aún seguía llevándole té y pastas cuando sus deberes se lo permitían.
Se levantó y para su sorpresa vio una caja larga y bellamente decorada en mitad de su templo. La habría dejado allí para cuando Shion pasara y le echaran un vistazo juntos, pero los de bronce no eran más sino curiosos, al igual que los dueños de los templos por debajo del suyo, incluyendo a Shaka, además ya se había levantado así que no perdía mucho al destapar la caja.
Abrió la misteriosa caja y encontró algo que honestamente no esperaba.
Un Bō.
Pero no cualquier Bō, uno que tenía un estilo muy particular y que llevaba años sin ver. Uno que era propio de los Taonias.
Y luego pensó en porque había recibido ese "regalo". Se sentó mientras se ponía a pensar quien conocía su pasado o la motivación de la persona que se la dio. Recorrió en su mente lo que había sucedido en los meses previos, los cambios de actitud repentinos y abruptos de los santos de oro, la alegría redescubierta de Mu, el atractivo de Alde, la reconciliación de los gemelos, el perturbador zen de Death Mask, la chispa recuperada de Aioria, incluso el lado ocurrente de Shaka, la preocupación de Athena y Shion, los sucesos raros en Géminis y la perturbadora presencia ocasional de los dioses. Y si, él podía ser muy flojo, pero incluso él había notado todo eso. Y luego de media hora en la que la doncella de Death Mask le había llevado una cerveza, que por cierto estaba bastante buena para ser de dudosa procedencia, él tenía una ide relativamente precisa de lo que había pasado.
Ahora la pregunta era, ¿Qué haría él con la información? Y otra igual de importante, ¿Qué tenía que ver un Bō en esto?
Balanceó y equilibró el Bō jugueteando con él, luego pensó en la identidad del dios que debería habérselo dado. Él no conocía mucho a los dioses, pero de una vez descartó a la mitad del panteón, después de todo, usaban métodos más directos y hasta letales para salirse con la suya, luego de pensarlo mucho, llegó a la conclusión que quien era el responsable más probable y murmuró su nombre en voz alta.
—Hefesto
—¿Me llamaba, Dohko de Libra?
Contuvo las ganas de saltar y volteó a ver al dios. Como usualmente Hefesto no solía meterse en las pesquisas de los dioses, no se sabía mucho sobre él; para su sorpresa, él habría esperado un hombre horrendo y deforme, pero no era así. No iba a ganar un concurso de belleza, eso seguro, sin embargo no se veía mal, a diferencia de los dioses que él había visto, tenía cierta aura terrenal a su alrededor, casi parecía un humano atractivo y promedio, si la gente por regla general tuvieran cicatrices en la mitad derecha de su cuerpo, tuvieran cojera y los ojos del color del hierro fundido.
—¿Eres… ?—no se atrevió a mencionar el nombre del dios de nuevo.
—Lo soy.
—Admito que no esperaba que lo admitieras a secas –murmuró.
Hefesto, para su sorpresa, se echó a reír.
—No soy como los otros dioses, niño. No me ando con fruslerías innecesarias.
Y si alguien le hubiera dicho que luego terminaría bebiendo baijiu con un dios, se habría reído por la calidad de la broma, y si hubiera sido mas joven, le habría preguntado si podía compartir la sustancia espirituosa que consumieron para semejante alucinación.
—¿Por qué un Bō? –preguntó después de que acabaran la primera botella, luego de que Hefesto le contara su versión sobre lo que había pasado con Prometeo y Pandora, que era mucho mas loca, salvaje y divertida que la que había quedado para la posteridad en las leyendas. Hefesto lo miró con una mezcla de melancolía y solemnidad que le recordó que el dios era mas viejo de lo que él sería jamás.
—A veces, necesitamos un recordatorio tangible de los recuerdos que atesoramos, así, con suerte, no se desvanecerán tan rápidamente.
Luego de eso, él terminó contándole sobre su juventud en china, su deseo de ser un Taonia y su poca ambición para ser algo más, el como lo sorprendió ser seleccionado para ser un caballero de Athena y tener que librar una guerra santa. No se explayó en los detalles de las batallas y cosas similares, era demasiado viejo para andar presumiendo como un adolescente ególatra y si Hefesto quería saber más, podría sonsacárselo a Athena y Hades, en su lugar, habló sobre sus compañeros.
Le contó sobre Aldebarán (el anterior, no el actual) y su don para la enseñanza y la fe que tenía en otras personas, que ocasionaba que tu dieras lo mejor de ti mismo, aunque no creyeses que pudieras lograrlo. De Aspros y Defteros, dos caras de una misma moneda, luz manchada de oscuridad que se purificó al final y alguien que voluntariamente había elegido rodearse de oscuridad tratando de mimetizarse con ella para redimirse de un pecado que nunca había cometido. Sobre Manigoldo, quien estaba determinado a ser una super nova, que hizo sangrar a un dios y que tenía la suficiente bravuconería para burlarse de ello. Acerca de Regulus, osado e infantil, el que todo el mundo consideraba un niño y que se comportaba como tal, pero a la hora de la verdad era fiero y no vaciló en lograr lo imposible. Mencionó a Asmita, el más sabio y aparentemente indiferente, pero quien fue capaz de sentir con una profundidad que aun hoy lo asombraba.
Acerca de Kardia y Degel, el primero, que estaba determinado a vivir con tanta intensidad y a morir en un espiral de gloria y violencia digna de la persona a la que quería más que nada en el mundo, y el segundo, que se negó a dejar morir al hombre que amaba haciendo cuanto estuvo en su mano y más para comprar el suficiente tiempo hasta que este pudiera tener su momento de gloria antes de caer… juntos. De Sísifo, quien se había atrevido a amar a una diosa y honró ese amor de forma tan incondicional y abnegada que marcó a todo aquel que supo del sentimiento que albergaba. El Cid, quien, siendo un mortal tan imperfecto como cualquiera, logró la más perfecta de las técnicas y durante un efímero momento, fue inmortal. Y, por último, Albafika, a quien nunca se le permitió tocar a otro ser humano y aun así logró amar y ser amado por la adorada Agasha y dándole a ella el mayor de los regalos, un futuro.
Se sintió bien hablar de ellos, con el dios no se sentía como si estuviera impartiendo una lección de historia, sino como una persona normal, hablando de las complejidades de su vida con alguien que las entendía casi tanto como él mismo.
—Tengo que retirarme, pero fue una buena velada, Dohko. Será interesante intercambiar historias contigo en el futuro –dijo Hefesto antes de desaparecer una vez rompió el alba.
Tuvo la impresión que acababa de hacer un amigo en el dios. Y la perspectiva le agradó. Mientras recogía las botellas, las copas y se preparaba para ir a la cama, recordó de todo lo que habían hablado a lo largo de la tarde y la noche.
Los caballeros de la guerra pasada, habían dejado huella en la historia y aunque poco a poco se iba desvaneciendo, él jamás podría olvidarlos. A diferencia de los demás, salvo Shion, él los había visto, los había conocido, había luchado junto a ellos, sangrado con ellos, juntos se habían convertido en leyenda y ¡Por Athena! Cuanto los extrañaba. Pero ahora, tenía una misión: ayudar a los dorados, a como diera lugar. No sabía por dónde empezar, era verdad, pero había sobrevivido no a una sino a dos guerras santas. Que el infierno se congelara si ahora iba a ser derrotado por esto.
—Esperadme, hermanos míos, solo una vida mortal más y nos reuniremos de nuevo –murmuró mientras recogió y volvió a guardar el Bō en su caja con reverencia.
Durante un momento, casi pudo sentir a sus hermanos de armas a su lado otra vez.
La relación entre Athena y Hefesto era… compleja. Habían sido amigos, enemigos y aliados. Sin embargo, se alegró por Dohko, al menos uno de sus santos no sufriría tanto. Lo observó hablar y casi embriagarse con Hefesto y al parecer, habían pasado un buen rato, aunque hizo una nota mental de prohibirle a sus hermanos hablar sobre historias como las de Pandora con sus santos, después de todo, le gustaba su dignidad donde estaba, gracias. Y también, que quería salir de copas con alguien ella también, pero sus santos se horrorizarían.
—¿Vas a volver a visitarle?
—Quizás. Me agrada su compañía.
—¿Tienes algo que atender? –preguntó con curiosidad, a causa de su comentario al santo.
—Hermes no ha pagado lo suficiente –dijo él con una sonrisa perversa, y ella supo que se iba a reír mucho con las jugarretas entre esos dos, ¿Debería comprarles un grimorio a los gemelos?, sacó su teléfono y empezó a buscar uno bueno en e-bay.
¡Hola a todos!, ¿Cómo están? Ha sido tanto tiempo desde que actualicé este fanfic, que ya me da hasta vergüenza volver, sin embargo, en estas fechas, por el cumpleaños de Dohko, no pude evitar intentarlo y para mi sorpresa, ¡Logré completar el capítulo! Espero les guste.
Capítulo dedicado a Meiyami, me alegro mucho que te haya hecho reír.
Los reviews y favs se agradecen muchísimo.
Carpe noctem!
