Por fin inicio la segunda parte de mi proyecto especial que nadie va a leer.

Intentaré dar un enfoque diferente a la historia anterior (Say it LOUD!) empezando por contar una pequeña anécdota en cada capitulo publicado.

Ya sé que en el avance prometí una dinámica bilingüe donde las partes en inglés estarían escritas en español y las partes de español en inglés, sin embargo no puedo renunciar a algunas grocerias muy recurrentes en mí, como por ejemplo "mierda" "pendejo" o "chingada" y no me siento tan capaz como para escribir toda la obra en inglés y escribir sólo pequeños fragmentos en mi lengua materna (de por sí escribo mal "magínense" como me saldría esto si le juego al ).

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Cuando Rosa volvió del campo a su casa, todavía con la espalda bañada en sudor, las caras que encontró dentro de esas cuatro paredes eran diferentes a las de siempre. En lugar de encontrar la acostumbrada indiferencia del cansancio, hoy sus padres y hermano estaban serios, muy serios y silenciosos.

Sin decir una palabra como saludo, Rosa se deslizó como una sombra hasta la pequeña estufa de hierro, con una mueca de disgusto raspó el fondo de la olla de barro. Apenas y bastaba para un taco, pero no se le pasó por la cabeza el reclamarle a nadie; desde hace algunos meses hasta ahora, quien llegara último se quedaba sin comer.

Es que ya no hay con qué, se los juro –murmuraba Ronalda al tratar de disculparse con sus hijos.

Antes de poder probar bocado la hija menor del matrimonio Manzano se arrodilló y empezó a dar gracias por sus alimentos, la voz penosa de la niña apenas era capaz de interrumpir el necio silencio de los mayores. Su voz se confundió con el ruido de los grillos y el de la montaña.

–…líbranos del mal, amén.

Mientras duró el rezo a media voz, ningún otro sonido humano se hizo presente. Pero cuando Rosa terminó con su plegaria, un sollozo grave rompió finalmente con el silencio. Con la cabeza enterrada entre los brazos de su esposa, Agustín, incluso con sus cincuenta años, soltaba sus pesares igual que lo haría un chiquillo.

Rosa nunca había visto llorar a su padre, y según decían en el pueblo, nadie, ni su esposa había vivido algo así. Todo lo que podía recordar era la cascada voz de su padre repitiendo hasta el cansancio "Los hombres no chillan". Ver una escena semejante sólo podía augurar cosas horribles.

Con el alma intentando escapar por su garganta. Rosa se arrimó cerca de su hermano Roberto, al faltarle el aliento sólo pudo lanzarle con la mirada una pregunta.

Nos vamos mana –le dijo mientras le pellizcaba cariñosamente una mejilla-, nos vamos pal´ otro lado… quesque como "braceros".

Rosa ya había oído de ese "otro lado" al fin y al cabo mucha gente del pueblo ya se había ido para allá, al principio el gobierno se llevaba sólo a los hombres, bajo la promesa de trabajo bien pagado, pero más tarde y muy gradualmente, las familias enteras terminaban por marcharse también… nunca habían tenido noticias que alguno de ellos hubiera regresado.

Una vez tuvo los brazos libres, Ronalda empezó a empacar las míseras pertenencias familiares. Sí, tenía la mirada triste pero a diferencia de su marido no se dejó doblegar por sus emociones. Recurriendo a una fuerza equiparable al de la montaña misma se concentró en su tarea.

Niña, ayúdame a guardar la ropa, ándale –Rosa comprendía, sí iban a hacer un viaje tan largo era indispensable guardar y proteger sus cosas lo mejor posible.

Rosa empezó a doblar y acomodar las pocas prendas en una caja de cartón, la única caja en la que debía entrar todo lo que llevarían, pero era tan difícil el combatir las lágrimas. Finalmente no pudo más y en un arrebato salió del cubil dando un portazo tras ella. Necesitaba ver una última vez su montaña, su tierra. Salió corriendo a las faldas del cerro, atrás quedaron los gritos de su padre y hermano.

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Carl apuró el ritmo al pasar entre los autos inmóviles del estacionamiento de la procesadora de carne. Aquel viejo edificio de paredes blancas siempre le había dado miedo y el silencio aplastante que reinaba alrededor las veinticuatro horas y que sólo era interrumpido por el sonido de los neumáticos de algún coche circulando cerca no ayudaba en lo más mínimo a mejorar la impresión. Sacó el papel del bolsillo de su sudadera y revisó por novena vez la dirección escrita a mano.

Finalmente, después de mucho preguntar, encontró la esquina que estaba buscando. A un lado de la acera estaba estacionada una camioneta con el logotipo de "PAMAZON", una conocida compañía de correos, tenía los vidrios delanteros tintados, estaba sucia y destartalada pero a pesar del aspecto de estar abandonada, los neumáticos eran nuevos y del tubo de escape salía una gruesa cortina de humo negro.

Como le habían indicado con anterioridad, abrió con la manga de su sudadera la puerta del copiloto. A fuerza de costumbre ya sabía que la encontraría sin seguro pero no esperaba ver a la mujer con pelo plateado en el asiento del conductor, nunca antes había habido nadie dentro del vehículo. Retrocedió dos pasos, esto podía ser una trampa. Era algo que había visto en la televisión; la policía hacía redadas en casonas de las zonas pobres de la ciudad, en el mejor de los casos esos operativos sólo resultaban en la incautación de drogas y armas pero había algunos cuantos casos, cada vez parecían ser más comunes, dónde lo que encontraban los uniformados eran mujeres y niños. Estaba mal que te asaltaran pero caer en una trampa y salir en un reportaje de televisión después de ser… "violentado" eso era algo mucho peor. Carl preferiría terminar con un puñal entre las costillas y la cartera vacía a sufrir de la trata de personas, al menos al defenderse contra un agresor la haría sentir orgullosa a ella.

Sin embargo ya había aceptado los cuarenta dólares y quería creer que los amigos de su prima nunca lo pondrían en medio de una situación realmente peligrosa... aunque no confiaba tanto en el sujeto ese; el nuevo "contacto" de Nikki, ambos le habían asegurado que era dinero fácil. A última hora dio tres pasos hacia delante y cerró la puerta de la camioneta tras él, inconscientemente apretó los dientes.

"Todo saldrá bien" dijo la voz del sujeto de traje blanco dentro de su mente.

Adentro no vio nada amenazante, pero de todos modos sospechaba que si lo que querían era atacarlo no lo dejarían enterarse… al menos así funcionaba en las películas. Detrás de los dos asientos delanteros, se levantaba una división metálica de superficie lisa solo interrumpida por una pequeña puerta del mismo material reforzado sin ventanas o ranuras que dejaran ver para el otro lado, sellando completamente la caja trasera de la camioneta.

–Entonces… ¿Qué debo llevar? –La mujer no se movió ni respondió, Carl no insistió en conseguir una respuesta, siguiendo con el procedimiento al que estaba acostumbrado, abrió la guantera, nuevamente con la manga de su sudadera. Lo hizo lentamente y con mucho cuidado, como temiendo que de un momento a otro le brincara a la cara una alimaña peligrosa, la débil luz del interior se encendió permitiéndole ver un pequeño sobre.

Lo primero que vio al asomarse dentro del contenedor de papel fue el resto de su paga: quinientos dólares en billetes de cien.

– ¡Genial! Es aún más que las veces pasadas –le agradó recibir el aumento, en su mente eso significaba que empezaban a tomarlo en serio o que al menos lo consideraban por fin como uno de los suyos-, pero oye, ya les había dicho que no me paguen con billetes tan grandes ¿dónde se supone que pueda cambiar un billetote completamente nuevo sin levantar sospechas?

Tendría que volver a engañar a Bobby para que él lo cambiara, pero incluso tratándose de un ciudadano legal y mayor de edad los banqueros revisaban detenidamente cada cosa que saliera de los bolsillos de una persona latina.

– ¡Muy bien, yo lidiaré con eso! –Tanto el silencio como la inmovilidad de la mujer de pelo platinado empezaba a preocupar a Carl-. Pero al menos quisiera saber dónde está la merca que debo llevar, o si me dejan, quizá pueda ser yo el que la venda esta vez, es que aquí dentro no dice na…

Lo último que alcanzó a ver a través de uno de los espejos retrovisores fue un par de brillantes ojos rojos.

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–Abuelo, recuerde que hoy es el viernes negro; si vuelve a necesitar ayuda no dude en echarme un grito que bajo volando.

Ronnie Anne salió corriendo de "El Mercado" después de ayudarle a su abuelo en el viernes de quincena más agitado del año. Tras pasar las últimas cuatro horas escaneando y empaquetando, Héctor le agradeció y le dijo que se había ganado el disfrutar de su premio y un merecido descanso, ¡y vaya que disfrutaría el respiro, acostada en su cama! Revisó la hora en su teléfono celular, faltaba por lo menos otra hora más antes de que su abuela tuviera la comida lista.

– ¡Demonios! Debí de escoger algo más grande –de repente su paleta helada había perdido todo su seductor encanto-. Quizá al abuelo no le importe que cambie de "premio"… o que tome fiadas algunas papitas.

Estaba por darle la vuelta a la cuadra cuando sintió un jadeo detrás de ella, girando sobre un solo pie tan rápido como era capaz, logró ver a un hombre pelirrojo con un traje blanco que le sonreía abiertamente.

– ¡Hola guapa! Me dijeron que te interesaría ganar algo de dinero extra –la sonrisa se ensanchó hasta un extremo que Ronnie Anne creía imposible, mientras se quitaba el sombrero de copa y hacía una ligera reverencia con él-. Me parece adorable que quieras ayudar a tu "amigo especial".

La mente de la niña se congeló ¿cómo se supone que debía reaccionar a un extraño tan extraño que le hablaba directamente? Por suerte para ella, recordó a último momento una táctica que le había enseñado Carlota hacía años para evitar charlas incomodas en la calle.

Disculpe Don, pero no soy gringa –dijo con su mejor imitación del acento heredado ¡Venditas sean las charlas con la abuela!-, ya sabe… solo soy una "thoorist".

Mientras hablaba no dejó de caminar hacía la entrada a su edificio, dispuesta a correr tan pronto como estuviera del otro lado de las puertas.

–Por favor Ronnie no quieras engañar a un viejo amigo–con una sola zancada cortó la distancia entre ambos-. Tu primo me contó que quieres ayudar a tu novio y creo que yo puedo apoyarte en lo que quieras… a cambio de algunos favores, claro. Nada demasiado difícil, sólo quiero que me acompañes un momento.

Ronnie Anne salió disparada tan pronto oyó la última parte, después de dar tres grandes zancadas alcanzó a abrir la puerta doble y entró al viejo edificio mientras el hombre reía a sus espaldas.

Una vez amparada por la seguridad que ofrecía el tan conocido vestíbulo residencial, la imagen de su primo Carl apareció instantáneamente en su mente, ese niño mimado que soñaba con ser un "padrote"; siempre instalado en media sala de estar, insultándolo todo mientras los Santiago se esforzaban como nunca para poder convivir con la familia. Recordó la actitud que había adoptado recientemente; permanentemente aplastado en el sillón de la casa de los abuelos, muy quieto… sospechosamente quieto.

–Conozco esa mirada, pero créeme esto no es para que pienses que el pequeño es el único demonio viviendo con ustedes –la voz del hombre sonaba dentro de su cabeza, irradiando confianza-, digo, él puede desaparecer cada tanto algunas de las pertenencias de la dulce abuela Rosa o fingir que no se droga en el baño. Pero todos sabemos, lo que tú le has hecho a tu propia familia.

Horribles emociones empezaron a inundar la mente de Ronnie Anne, coloreándole el rostro de carmín. Incapaz de exteriorizar de una mejor forma su creciente tensión intentó ignorar la sensación de calor y acidez que crecía dentro de su garganta pero justo cuando sentía que la furia alcanzaba límites críticos, una revelación la obligó a dejar de fruncir el ceño: la experiencia que tanto tiempo la dejó sin dormir volvió clara y vívida, el motivo del porque tuvieron que mudarse. Mientras revivía el recuerdo, su cuerpo empezó a temblar.

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Tenía aún once años. El sol de mediodía golpeaba de lleno su nuca y la amplia frente, siempre disimulada por su peinado, estaba cubierta de sudor, Bobby hablaba por teléfono con Lori, María discutía a través del teléfono con su exesposo de forma incomprensible con una mezcla bizarra entre español e inglés.

– ¡Por dios mamá, si no vas a dejarnos entrar a la casa al menos déjanos irnos! –Dijo la niña limpiándose el sudor de la frente por tercera vez seguida-. ¡Estamos como a cuarenta grados aquí afuera!

– ¡De eso ni hablar niña, no nos iremos hasta que llegue el exterminador! – las ventanas de su nariz se dilataron mientras volteaba nuevamente hacía el celular-. ¡¿Escuchaste eso?! ¡Esa fue tu escuincla sufriendo por las hermosas chinches que nos regalaste!

–Mamá, por favor habla más quedo, además, no es para tanto–murmuró Bobby lo último-, sólo fue una alfombra.

–Exacto, no fue su intención que esto…

– ¡Ronalda! ¡Por lo que más quieras guarda silencio y ponte a hacer tu bendita tarea!

Ante el regaño y el tono usado, a Ronnie no le quedó más opción que cerrar la boca y regresar la mirada a su libreta, si tan sólo hubiera alcanzado a sacar su propio teléfono de su cuarto antes que la comezón los sacara a todos de la casa, podría aprovechar mejor su tiempo en una llamada con Lincoln que tener que soportar las palabras empalagosas de su hermano y los gritos de su madre. Estaba obligada a terminar con sus problemas de algebra antes de que las miradas de María o de Bobby volviesen a posarse hacia su dirección depositando en una sola mirada toda una lista de amenazas, pero nada le impedía tomarse un pequeño descanso.

Amá, ya casi acabo con esto… ¿Puedo ir a la tienda por una congelada? –María sólo alzó una mano indicándole "no molestes" Ronnie lo interpretó como un "haz lo que quieras".

– ¿Puedes traerme uno a mi Nini? Una de manzanita –pidió su hermano cubriendo la bocina de su celular con una mano -. ¿Qué dices Lori? ¡No! ¡No le dije a nadie manzanita!

Asqueada por la actitud de su hermano hacía la primogénita Loud y atolondrada por el griterío que seguían armando sus padres, Ronalda salió hacía el patío delantero de la casa.

Sobre el camino principal, en la banqueta contraria a la suya, Lindsay Sweetwater, siempre vestida con ese horrible vestido verde, paseaba sin correa a su ruidoso labradoodle "Canela". La niña, en ese entonces aún con seis años de edad, canturreaba a media voz una canción pop, eso fue hasta que su rostro giró en la dirección en la que se encontraba Ronnie Anne.

– ¡Hola, niña mono! –Por mala fortuna para los Santiago, su casa quedaba justo enfrente de la de la familia más racista en todo Royal Woods. Después de fracasar todos los intentos realizados con la esperanza de borrar el círculo que los separaba, su madre les había prohibido a sus dos hijos el acercarse a ese lugar-. ¡Sabes, leí que a los perros no les agradan ni un poco los animales tontos! ¡Quiero experimentar!

Y sin más aviso que ese, le ordenó al can café que atacara. Ronalda no corrió esta vez, estaba cansada de siempre ser ella la que evitara el problema.

– ¡Cállate! –gritó con una furia casi incontrolable. Ante la mirada feroz, la peluda criatura se detuvo en seco, se tambaleó sobre sus cuatro patas y súbitamente se consumió en una bola de fuego. Ronalda sonrió poseída por una satisfacción febril e inconsciente, estaba por dirigir la mirada hacía la niña pelirroja cuando una mano la tomó del hombro y la agitó, sacándola de su trance.

Bobby había oído los gritos de la vecina y decidió, como todo buen hermano mayor, salir a defender a su hermanita, pero lo que había visto… nada podía explicarlo de forma cabal y eso no era lo peor del asunto, la vecina también lo había visto, en la mirada de los tres existía una sola cosa: miedo.

Tan solo una semana después del incidente, los tres se habían mudado a la ciudad de Great Lakes, donde vivían sus abuelos

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Intentando evitar a cualquier vecino, con el corazón helado subió los treinta y dos escalones, cruzó el estrecho pasillo hasta la puerta roja, todo el trayecto sin ver a nadie en los corredores.

Tenía miedo de ser descubierta una vez más, antes creía que mudándose a la ciudad, donde nadie la conocía podría hacer una vida normal… pero la habían descubierto… su familia la había traicionado.

Nuevamente molesta, con el puño tocó la puerta. Esperó unos segundos y tocó de nuevo, solo que esta vez más fuerte. La golpeó hasta que la puerta misma se estremeció.

Sin perder un momento más, apoyó la oreja sobre la superficie de madera, escuchando lo que sucedía del otro lado. La televisión estaba encendida como siempre.

– ¡Carl! –ladró-. ¡Cabrón! Abre la maldita puerta.

Aguzando nuevamente el oído escuchó como retiraban la cadena y el seguro. Esperó a que la puerta se abriera pero eso nunca sucedió. Entonces sacudió su sudadera, aventó a una maceta cercana la paleta completamente derretida, cuyo contenido empezaba a escurrirle por las manos, y giró el pomo.

Carl estaba en un rincón del sillón, el mismo lugar que ocupaba cuando todos estaban en casa. De la cocina la recibió el sonido de ollas y el olor de la comida, como siempre.

– ¡Abue! ¿Ontá mamá? –preguntó Ronne.

–Qué bueno que llegaste mija, tu madre está dormida –dijo feliz la abuela Rosa, sus palabras y su ánimo casi provocan que la niña dejara todo el asunto por la paz, pero un vistazo rápido al estado catatónico de su primo menor le arrugó el ceño nuevamente.

Drogo de mierda –susurró cerrando sus puños, el calor y la furia habían vuelto-. De este regaño no te salvas.

El niño permaneció en silencio, sentado en el mismo lugar del sillón sin moverse pero ahora la veía fijamente.

Quizá la tía Frida no fuera la mujer más estricta que Ronalda haya conocido, pero estaba segura que ante algo de este tamaño finalmente reaccionaría e intervendría por el bien de su hijo y la familia.

Pensando en cómo se acercaría a sus tíos para poder contarles sobre los problemas de adicciones del pequeño niño de diez años, se acercó a la cocina y abrió el refrigerador después de saludar con un beso en la mejilla a su abuela, quien se dirigía a la mesa con una olla de frijoles entre los brazos.

–Niña, arréglese un poco que hoy nos acompañará a comer la señora Kernicky, –dijo Rosa después de darle un empujón juguetón con la cadera a su nieta-, ¿Sí te conté que ahora es ministro en la iglesia del orfanato? Pues quiero participar en algunas de sus obras de caridad, ya fue suficiente de quejarse y no hacer nada.

Pasados unos minutos, escuchó golpes en la puerta y los pesados pies de Rosa moverse para atender "ya llegó la solterona" pensó Ronalda con medio cuerpo dentro del refrigerador mientras sacaba el bote de helado de la nevera pero en lugar de escuchar la voz chillona de su vecina o una carcajada de su abuela, lo que llegó a sus oídos fue el sonido de un par de pies cayendo contra el suelo de madera y un gruñido agudo.

Se dio vuelta rápidamente al oír pasos y una respiración agitada acercarse rápidamente desde detrás pero al momento de completar el giro, Carl ya se había lanzado sobre ella estampándola contra la pared. Ronalda levantó los brazos para proteger su rostro de algunos de los golpes ciegos que le lanzaba su primo menor, al tener su vista obstaculizada, tuvo que valerse del tacto para encontrar el delgado cuello del niño y una vez que logró ubicarlo: apretó firmemente, asfixiándolo.

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Las partes que están escritas en cursiva son las palabras "dichas en español". Verán, al darle los capítulos ya terminados a un grupo selecto de contribuyentes para que opinaran... pues digamos que no les gustó como quedó con las partes en inglés.

Les recuerdo que comentar es gratis y que realmente me ayuda leer sus opiniones.