Hola! :D disculpen la tardanza, me demoré casi un mes en escribir este capítulo lol. Lo siento, he estado con otros proyectos y trabajo y temas de salud y blablabla pero seguiré actualizando este fic, que no les quede duda! Si quieren pueden leer mis otros trabajos (en inglés) en ao3 o seguirme en tumblr (es el mismo usuario que aquí), ahí me pueden mandar mensajes o lo que quieran jaja. Muchas gracias a todos por sus comentarios (los leo todos!) y su paciencia.

Sin más preámbulo, aquí va el capítulo :D


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Nueva Misión

Sasha casi gritó cuando Mikasa le contó lo que había pasado en la oficina de Levi. En realidad, sí gritó, pero Mikasa apenas percibía sonido alguno desde la nube en la que flotaba.

Las dos muchachas charlaban en la habitación de Mikasa, Sasha saltando emocionada sobre la cama, mientras su amiga se cubría la cara con una almohada.

–¡Sabía que tenía razón!–, dijo Sasha, hinchando el pecho orgullosa de sí misma. –¿Y qué más dijo?–

Mikasa no contestó, demasiado mortificada para asomar la cabeza fuera de la almohada.

–Hey, te vas a ahogar–. Sasha apartó la almohada de su cara, y Mikasa no tuvo fuerzas para oponerse. Su cara estaba roja como la remolacha, y su cabello estaba desordenado por la fricción. –¿Qué dijo después del beso?–, insistió su amiga con ojos ansiosos.

Mikasa se tomó un momento antes de responder. –Dijo... que podríamos retomarlo... más tarde–.

Sasha sólo parpadeó. –¿Y qué significa eso?– Mikasa se encogió de hombros, pero pudo ver cómo los ojos de Sasha se abrieron de par en par, como si se hubiera dado cuenta de algo que su amiga no.

–Oi, oi, oi, ¿y si se refería a... eso?–

–... ¿Eso?–

–¡Ah, Mikasa, ya sabes!–

La muchacha tardó unos instantes en atar los cabos en su cabeza.

–¿QUÉ?–, gritó al fin, sintiendo que su cara pasaba del rojo remolacha al morado. –¿No es demasiado pronto para eso?–

–¡Hay una maldita guerra afuera, Mikasa!– Sasha señaló con un dedo a su amiga. –¡No es demasiado pronto para nada en absoluto!–

–Pero...–

Un golpe en la puerta interrumpió su conversación, congelando a ambas en sus lugares.

–¡Aquí viene!– murmuró Sasha con emoción, y Mikasa sintió que podría saltar por la ventana en ese mismo momento.

Pero se quedó.

–Adelante–, dijo con un hilo de voz, rezando para que no fuera Levi.

Pero no rezó lo suficiente. Levi abrió la puerta y frunció el ceño cuando vio a Sasha de pie en la cama mientras Mikasa se sentaba a su lado, abrazando una almohada.

–Yo ya me iba–, farfulló Sasha mientras saltaba de la cama, cogía sus zapatos y salía de la habitación descalza. –Adiós, capitán–.

Levi la siguió con una mirada inquisitiva, pero negó con la cabeza después de un breve momento, y entró en la habitación de Mikasa.

–¿Qué haces con eso?—preguntó él, dirigiendo su barbilla hacia la almohada de Mikasa. Ella la abrazó con más fuerza.

–Nada–, dijo con voz débil.

Su corazón latía erráticamente bajo sus costillas. ¿Realmente se habían besado? Mikasa no era de las que pensaba en chicos muy a menudo (su cabeza siempre estaba llena de Eren, después de todo), así que no sabía nada de esas cosas, ni de coqueteo ni de seducción. Y aparentemente, tampoco Levi. Por eso habían pasado de gritarse a besarse en una fracción de segundo. Y hasta ese beso, no se había dado cuenta de los intensos sentimientos que había desarrollado por su capitán. Todo lo que había sucedido en las últimas semanas -sus encuentros en la biblioteca, las conversaciones en su despacho, el origami, la excursión a la granja de Historia y sus discusiones bajo la lluvia- había desembocado en ese momento tan acalorado. Poco a poco. Paso a paso. Se estaba enamorando de él.

Mikasa se sobresaltó cuando él cerró la puerta tras de sí.

–Quítate la almohada de la cara, estás ridícula–.

La muchacha hizo lo que se le dijo y le miró con duda. ¿Levi sentiría lo mismo por ella, o el beso había sido una cosa del momento? No parecía como si estuviese pensando lo mismo, apoyado junto a la puerta con los brazos cruzados; como si quisiera mantener la distancia entre ellos.

–Tenemos que irnos–, dijo con su habitual tono apático, y Mikasa sintió que se le encogían los pulmones. –Hemos quedado en el despacho de Hanji. Tiene una misión para nosotros–.

Mikasa apretó los labios. ¿Y no iba a decir nada de lo que acababa de ocurrir entre ellos...? Parecía tan indiferente como siempre. El trabajo debe haberse metido en su cabeza. A menos que quisiera engañarla de nuevo. ¿Había otra amiga con la que tenía que reconciliarse? Pensó en las últimas personas con las que se había peleado. Bueno, estaba Floch. Pero Floch no era su amigo, y tampoco se disculparía con él.

Entrecerró los ojos. –¿Una verdadera misión ahora?–

Él la miró por encima de los mechones de pelo que le caían sobre su frente, y Mikasa podría jurar que parecía ligeramente divertido.

–Sí, una misión real ahora. Hanji nos dará los detalles. Ahora, ven–.

Estaba a punto de dejar la habitación cuando se detuvo en seco, y su mirada se fijó en el escritorio de Mikasa. La grulla de papel que hicieron juntos estaba allí, descuidada y arrugada.

Ella rápidamente se levantó de la cama y la sostuvo contra su pecho. –Está un poco desgastada y destrozada porque siempre la llevo encima–, explicó antes de que Levi pudiera decir algo. –No es que no lo cuide...–

Él la estudió durante un minuto antes de añadir: –Puedo hacerte otra, si quieres–


Mikasa había visto poco a Hanji durante las últimas semanas. Ser la Comandante del Cuerpo de Exploración mientras se preparaba para una guerra estaba agotando toda su energía y, al igual que Levi, parecía pálida y agotada y muchas arrugas asomaban por el rabillo de su ojo bueno. Pero aún así, consiguió sonreírles cuando vio a Mikasa y a Levi entrar en su despacho.

Hanji estaba inclinada sobre un mapa extendido en su escritorio. Armin y Onyankopon la flanqueaban, inmersos en una discusión que los recién llegados parecían haber interrumpido con su llegada. Todo el grupo en el despacho levantó la cabeza al unísono, y Mikasa y Armin se miraron en silencio, como si pudieran comunicarse sólo con sus pensamientos. No por nada eran amigos de infancia.

–Menos mal que ambos estaban disponibles–, dijo Hanji, dejando escapar un largo suspiro y frotándose la nuca, como si alguien le hubiera quitado un peso de encima. –Como ven, tenemos mucho trabajo aquí y necesito que los dos me hagan un favor–. Les dirigió una amplia sonrisa. La sonrisa característica y segura de Hanji. –Estoy seguro de que los dos más fuertes de la humanidad estarán bien en...–

–Oi. Suéltalo ya–. Levi la cortó, cruzándose de brazos y dando golpecitos impacientes con el pie. Hanji hizo un mohín.

–Intentaba darles palabras de aliento... bueno, no importa...– Se aclaró la garganta y se llevó las manos a la cintura. –Hemos recibido información de avistamientos de Titanes en algunas zonas de la isla–. Mikasa jadeó. ¿Más Titanes? ¿Cómo era posible? Se aseguraron de eliminarlos a todos de la isla hace varios meses ya. –Al parecer, todavía hay algunos de esos titanes enterrados que encontraron en vuestra última exploración–, continuó, mientras miraba a Armin y Mikasa. –Estamos muy ocupados planeando cómo colarnos y huir de Liberio y tampoco podemos enviar un destacamento completo. Por eso confío esta misión a mis dos mejores soldados–.

Hanji les dio más detalles sobre la ubicación de los avistamientos y acordaron que partirían a la mañana siguiente.

Mikasa se despidió cariñosamente de Armin antes de salir del despacho de Hanji, cerrando la puerta a sus espaldas.

–Tch, como si no tuviera ya suficiente trabajo–, se quejó Levi, más para sí mismo que para Mikasa. Ella lo miró sin palabras mientras ambos caminaban por el pasillo, sin recordar nada de lo que acababan de discutir con Hanji.

Su mente seguía vagando por el despacho de Levi.

–¿Estás bien?– Le preguntó Levi, y su voz la devolvió a la realidad. Estaban bajando las escaleras cuando él la llamó, quedando un par de escalones arriba para que ambos estuvieran a la misma altura, y probablemente hizo eso a propósito, pensó Mikasa.

Sus ojos tenían una cierta chispa bajo la luz de las antorchas.

Ella asintió. –Sí... no es nada–.

Él bajó un escalón para acercarse.

–Sobre lo que dijiste antes...– El corazón de Mikasa se estremeció, pero Levi no se dio cuenta. –No fue mi idea el viaje a la finca de Historia–.

Ella parpadeó, confundida. –¿Q.. qué?–

Él suspiró y se apoyó en la pared. –Historia me escribió preguntando si podía llevarte allí de alguna manera. Sabía que no irías por tu cuenta y dijo que tenía cosas que hablar cara a cara contigo–. Mikasa tragó saliva. Así que había sido Historia todo este tiempo. Una ola de gratitud inundó su pecho, mientras Levi continuaba: –Bueno, fui yo quien te arrastró hasta allí y me salté el trabajo por tus asuntos. Pero no quiero robarle el crédito–. Siguió bajando las escaleras sin esperar a que Mikasa le siguiera, y no se volvió cuando finalmente añadió: –Tienes grandes amigos, Mikasa. No los pierdas–.


A la mañana siguiente, Mikasa hizo su equipaje (las pocas cosas que siempre llevaba en una misión) y se dirigió al establo. Levi aún no estaba allí, así que arregló las alforjas de los caballos mientras esperaba. Apfel resopló para llamar su atención y ella le acarició la nariz. El caballo que estaba a su lado también resopló; era el caballo sin nombre que se llevaron de la finca de Historia. Mikasa puso los ojos en blanco y se dirigió a acariciar al segundo caballo, preguntándose si Levi le habría puesto ya un nombre.

Mientras esperaba, la muchacha fue a la cocina y cogió pan, queso y algunas manzanas y cuando volvió, Levi ya estaba allí, remangado, mientras cepillaba a los caballos. Y ella se esforzó bastante por no pensar en sus largos dedos agarrando el cepillo, y en sus abultados bíceps, asomando por debajo de la ropa.

El capitán se dio la vuelta cuando la oyó llegar, y se veía tan demacrado y hundido como ella nunca lo había visto.

–Siento llegar tarde–, dijo, apartando los mechones de pelo que le caían sobre la frente. –Tuve que terminar un papeleo antes de salir–.

Mikasa asintió en silencio y guardó la comida en las alforjas de los caballos. Entonces recordó la pregunta que le había estado rondando.

–¿Nos quedaremos con este nuevo caballo?– Preguntó, sonrojándose ligeramente por la naturalidad con la que había dicho "nos". Levi levantó los ojos de su trabajo.

–Historia no puede montar mientras tanto, así que sus mozos de cuadra me dijeron que podía quedármelo–.

–¿Ya le pusiste nombre?–

Levi levantó una ceja como si ella hubiera preguntado la cosa más obvia del mundo.

–Por supuesto, se llama Pfirsich–.

Mikasa le habría dicho que le parecía bonito que le pusiera nombre de frutas a los caballos, pero se guardó esa parte.


El avistamiento de Titanes se había producido en un pequeño pueblo cercano al Bosque de los Titanes y Hanji les pidió que exploraran la zona, hablaran con los aldeanos y investigaran el bosque. Lo último que la comandante había sabido fue que un grupo de niños estaba pescando en un arroyo cercano cuando la tierra tembló y se estremeció y un Titán de tres metros salió del subsuelo. Los niños huyeron y los aldeanos se defendieron con flechas y palos, pero al parecer, otros no habían tenido tanta suerte.

Mikasa no quería seguir matando Titanes ahora que sabía que eran humanos, o ex-humanos. Se había sentido bastante aliviada cuando barrieron con todos los Titanes de la isla hace un par de meses; ya no sentiría ese sabor amargo en la boca, ni las ganas de vomitar cada vez que su sangre salpicara sus ropas y sus espadas. Pero qué ingenua había sido al pensar que todo había terminado. La maldición de Ymir no les permitía escapar de su destino contra (y como) titanes.

El otoño ofrecía un día nublado y sombrío, uno de esos días en los que nunca se sabe con certeza qué hora era porque no había luz alguna. Los prados estaban cubiertos de rocío y de vez en cuando caía una pequeña llovizna. Mikasa se cubrió la cabeza con la gorra de su chaqueta, y Levi también lo hizo.

Cabalgaron durante un par de horas, se detuvieron brevemente para comer algo de pan y dejar descansar a los caballos, y volvieron a cabalgar. Antes de que pudieran darse cuenta, el día estaba oscureciendo y el horizonte se volvía opaco ante sus ojos.

Todavía no habían llegado al bosque de Titán y seguían cabalgando por el campo abierto.

–Tch, tendremos que acampar aquí–, dijo Levi a su lado.

Unos kilómetros más adelante encontraron un pequeño río junto a unos árboles donde podían montar un campamento. A diferencia de la última vez, Levi trajo una tienda de campaña y comenzó a montarla mientras Mikasa encendía un fuego y los caballos bebían agua del arroyo.

Tardó unos instantes en darse cuenta de que sólo había una tienda y dos personas.

No otra vez…

–Hum, Cap... quiero decir... señor... Uh, Levi...– él fingió no darse cuenta de cómo Mikasa se enredaba en encontrarle un nombre. La muchacha se sentó sobre sus rodillas, mirando la hoguera que crepitaba suavemente entre ellos. –No he traído una tienda de campaña–.

–Lo sé–, dijo él sin mirarla, mientras seguía atando la tienda al suelo.

–¿Vas... a dormir fuera otra vez?– Él levantó los ojos hacia ella, pero Mikasa no pudo descifrar lo que había detrás de ellos.

–¿Es eso lo que quieres?– Preguntó con naturalidad, como si supiera muy bien que Mikasa lo dejaría en la intemperie si quisiera.

Pero ella no quería.

¿Debía decírselo?

Mikasa frunció los labios. Levi siempre descubría cuando ella mentía, así que no tenía sentido no decir la verdad.

–Yo... Uhm, no... no quiero–

–Entonces, no lo haré–.

–De acuerdo–.

–De acuerdo–.

Levi se levantó cuando terminó de montar la tienda y miró a Mikasa al otro lado del fuego.

Las sombras bailaban en sus facciones.

–¿No te importa dormir a mi lado?– preguntó ella. Todavía recordaba la última vez que él se había negado rotundamente a dormir en la misma habitación. Y no se había dado cuenta de lo herida que se había sentido entonces y de lo mucho que aún le escocía hasta ahora.

Levi soltó un largo suspiro y se cruzó de brazos.

–No te habría besado si tuviera problemas para dormir a tu lado–.

Mikasa sintió que un repentino calor subía a sus mejillas que no tenía nada que ver con el fuego del campamento.

–Pero la última vez...–

–La última vez no sabía cómo te sentías...–

Mikasa juntó las cejas. –¿Y ahora lo sabes?–

Él se encogió de hombros y cogió una manzana de las alforjas de los caballos.

–Bueno... al menos sé que no me odias–.

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A medida que se acercaba el invierno, los días se hacían más cortos y la noche ya había caído sobre sus cabezas. Mikasa no estaba segura de la hora que era, pero sabía que estaba bastante cansada. Y estaba segura de que Levi podría dormir durante tres días seguidos si lo dejaba, así que supuso que estaba bien si se iban a la cama temprano ese día. Los titanes estaban inactivos durante la noche, después de todo, y los aldeanos probablemente no los recibirían bien si irrumpían en una aldea en medio de la noche.

Levi entró primero en la tienda y Mikasa se quedó atrás, adivinando figuras en el fuego y tratando de calmar su corazón de los saltos. No sabía qué le pasaba; ella fue la que le ofreció a Levi compartir habitación la última vez y ahora estaba toda nerviosa por dormir juntos en la misma tienda, como si no fuera lo mismo.

Pero las cosas habían cambiado entre ellos desde la última vez. Se habían besado. Y ella nunca había besado a nadie antes, así que no podía entender lo que estaba sintiendo ahora: sus manos sudadas, su cabeza palpitando, sus pulmones sin aire. Siempre había sido una persona impulsiva, decidida y testaruda, y la agitación que sentía en su pecho ahora mismo parecía tan poco familiar.

Desde luego, no odiaba a Levi. Nunca lo hizo, bueno, tal vez al principio, cuando pateó a Eren sin razones aparentes. Pero eso había sido hace años y poco a poco se habían ido compenetrando con cada misión y cada expedición. Aprendían el uno del otro y se adaptaban el uno al otro, acercándose cada vez más hasta que había sido simplemente natural que él deslizara una mano alrededor de su cintura y ella hiciera lo mismo alrededor del pliegue de su cuello, apretando sus cuerpos bajo las tenues luces de su oficina.

Mikasa sacudió la cabeza, tratando de deshacerse de la imagen mental, y Apfel la miró como si se preguntara por qué no se había metido ya en la tienda.

–Ya voy...– le dijo al caballo mientras apagaba el fuego.

Había dos sacos de dormir en la tienda. Levi estaba de espaldas a la entrada y no movió un dedo cuando Mikasa entró de puntillas e intentó hacer el menor ruido posible mientras se quitaba la chaqueta y las botas. Su respiración era suave y rítmica, pero algo le hizo pensar que no estaba durmiendo.

Mikasa entró en su saco de dormir y cerró los ojos, como si pudiera obligarse a dormir. Pero fue inútil. Su corazón palpitante la mantenía despierta.

Dio vueltas en la cama. ¿Qué le diría a Levi si le preguntara lo mismo que Eren? Esas palabras siempre la congelaban. Si Eren se hubiera limitado a besarla en lugar de preguntarle por sus sentimientos, ¿qué habría hecho ella?

Volvió a sacudir su cabeza. Maldita sea, no se le daban bien las palabras habladas, pero sí que tenía muchos pensamientos en mente.

–Levi...–, dijo al cabo de un rato, cuando desistió de intentar dormirse. Levi tarareó perezosamente en respuesta. –¿Estás despierto?–

–... ¿De verdad necesitas preguntar?–

–Lo siento... ¿te desperté?–

La luz de la luna se colaba a través de la tela de la tienda, pero no era lo suficientemente brillante como para distinguir las figuras en las sombras.

–La verdad es que no–. Levi se dio la vuelta y se apoyó en los codos. –Nunca duermo profundamente–.

Bueno... eso explicaba las bolsas bajo sus ojos.

Podía sentir sus ojos taladrándola a través de la oscuridad, y los latidos de su corazón se aceleraron.

–¿Quieres que duerma fuera después de todo?–, preguntó él.

Mikasa apretó los labios. ¿Cómo podía decirle que era todo lo contrario? Se alegró de que la noche ocultara el creciente rubor de sus mejillas.

–Yo... uhm... no...–

–Entonces, ¿de qué se trata?–, insistió él, tumbándose de nuevo sobre su espalda. Mikasa se tumbó de cara a él, pero tampoco podía ver mucho. Sólo podía oír su constante respiración. Y era tan injusto que él estuviera tan tranquilo mientras su corazón quería saltar de su garganta.

Tenía que sacárselo del pecho.

–¿Por qué... me besaste?–

Él chasqueó la lengua, pero había algo de diversión en el gesto, más que de molestia.

–¿Por qué? ¿Quieres otro?–

–¡Qu… Levi!– Mikasa se sentó rápidamente, sintiendo que la hoguera seguía ardiendo en su pecho. –Yo... quiero decir...– tragó. –Tal vez...–

Sintió una risa ronca procedente de la oscuridad y un brazo que se acercaba a ella.

–Ven aquí...–

Mikasa se quedó mirando el espacio abierto entre sus brazos: una invitación a apoyar allí su cabeza. Y no se lo pensó dos veces antes de acercarse ligeramente, apoyando la cabeza en su hombro. Una vez que se puso cómoda, los brazos de él la rodearon suavemente y él besó su frente.

–¿Estás bien?–, le preguntó, con los labios contra su pelo.

Más que bien. Pero Mikasa se mordió la lengua y sólo asintió.

Él le dio un breve beso en los labios, y Mikasa se preguntó por qué habían tardado tanto en llegar a este punto. Un Titán podría salir de la tierra en ese mismo momento y comérselos a los dos y a ella no le importaría en absoluto.

Y así, se quedó dormida en sus brazos.


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Gracias por sus comentarios! :D