Capítulo quince: Fatalidad
Una de las mejores estrategias de los juegos del hambre fue la que empleó Chêne Quercus, en los Décimo Terceros Juegos del Hambre, cuando el vencedor logró asestar un golpe fatal a los más fuertes de su edición, utilizando de base su propia debilidad…
Warren Evergreen – 25 años – Programador de eventos especiales en los juegos.
Nada más atisbar el contenido de la bolsa de Alaïa, sentí mi corazón detenerse. No podía creerlo, aquel elemento no podía estar en los juegos, ellos no podrían…
Sacudí la cabeza en un intento de regresar al momento presente de los juegos. Evidentemente que podían, no es como si la substancia fuera ningún secreto para el Capitolio, pero incluso así mi mente se niega a procesarlo.
En el lugar de donde provengo, todo se centra a través de una leyenda, una deidad omnipotente que nos librará de todo mal. Alguien que nos protege y cuida y para el cual debíamos obedecer una serie de normas. La más importante: no salir de la ciudad bajo ningún concepto y rechazar todo estímulo exterior, bajo la amenaza de desatar una tragedia.
Instintivamente levanto mi mano hacia mi cuello, en un movimiento inconsciente. Todo es tan extraño, tan perturbador, que me cuesta creerlo. En aquel tiempo, era una persona demasiado inocente para advertir el engaño en que vivía. Creía que todo lo que había ocurrido, la guerra, las muertes y después la sucesión de tragedias acontecidas a todo aquel que se desviara del camino elegido eran un castigo divino. No comprendí la verdad hasta tiempo después, cuando Arcana en persona se presentó en mi hogar, hablándome de cosas que nunca había conocido antes, entre ellas los juegos del hambre y su proyecto de rejuvenecer el equipo con mentes nuevas...
—¿Estás bien? —El susurro dulce de Valerie me saca de mis cavilaciones, tiene una mano posada sobre la mía en un gesto preventorio. Desde que nos conocimos, cuando la asignaron como mi tutora durante las prácticas, hemos ido desarrollando ese tipo de comportamientos cohesionados. No es algo malo, al contrario, nos permite evitar desastres de gran magnitud, como cuando evité que los profesionales asesinaran a Cromwell durante el baño de sangre. Y ahora… Me permite detenerme antes de recomenzar un hábito que tardé mucho en eliminar de mi actuar.
—Sí, sí, es solo que no pensé que utilizaran el compuesto en los juegos. Podría ser peligroso. —Respondo a la par que alejo mi mano de mi cuello y ella asiente. El compuesto al que me refiero, ese polvo o arenilla de color rosa fucsia, que posee Alaïa, hacía parte de una droga que utilizaban para tenernos domados a aquellas normas. En contacto con la sangre los sentimientos se intensificaban, transmutando nuestros miedos en realidad hasta tal punto que todo se distorsionaba en la mente hasta volverte salvaje. O al menos eso era el objetivo final: La realización de la tragedia.
A la hora de la verdad, sin embargo, el cerebro es tan complejo que uno no puede adivinar todo lo que podría pasar desde el mismo instante en que la substancia entra en acción. El chico del distrito ocho se ha quedado parado nada más sentir el pinchazo del dardo, su mente está atrapada en ese típico momento en que el tributo sabe que todo está perdido para él. Alaïa también lo siente ya que sus pasos no son rápidos, como durante la persecución, sino más lentos y discretos, tanto que apenas se logra escucharlos desde la pantalla central de la sala de vigilantes de los juegos. Renner, por su parte, lleva su mano a la nuca y saca el proyectil, que ya está vacío. Mientras, Alaïa da otro paso hacia él. Y puedo ver el momento exacto en que su cerebro comprende todas las implicaciones que podría suponer aquel preciso objeto en los juegos. Recuerdo la ficha de aquel tributo, un joven con una inteligente superior a la media, al igual que yo, pero completamente desaprovechada hasta que logró construir aquella trampa. Sin embargo, esta vez, esa capacidad podría jugarle en contra.
—¿Está bien que se enfrenten? —Intenta Valerie, dudosa, paseando la mano sobre su lado de la mesa táctil, sin tocarla. —Al fin y al cabo, ya han muerto diez personas, tal vez deberíamos separarlos. —Mientras ella habla, la imagen nos muestra una imagen de Renner con los ojos muy abiertos, llenos de miedo y terror. Alaïa por su parte, no se acerca más, solo lo observa intentando adivinar su próximo movimiento. Es consciente de que se ha precipitado al seguirlo, pero en ese momento es posible que la curiosidad fuera más fuerte y ahora solo hay una cosa que puede hacer.
—¡De ninguna manera! —Protesta, Tiana, excitada. —El público está en éxtasis, no podemos hacerle eso. —Viendo los estándares de audiencia es imposible contradecirla. —Alaïa es buena, sabrá girar la situación a su favor —Valora. —Además, las constantes del chico no están en su mejor momento. Será sencillo. —Sentencia. En ese momento la cámara se centra sobre Renner, quién decidió girarse y atacar, utilizando el dardo a modo de cuchillo. El movimiento sorprende a Alaïa, quién solo alcanza a dar un paso hacia atrás, de tal forma que el golpe resulta en un simple rasguño. Finalmente se lanza al ataque, confiada, el chico parece asustado, pero también fiero, entrando en desesperación en un instante, lo cual le hace ganar algunos puntos. Justo cuando un empujón de Alaïa hace que caiga, perdiendo su única "arma" en el proceso. Es entonces cuando el chico del distrito ocho advierte su inhalador y se lanza sobre él.
A partir de entonces, la batalla se convierte en un forcejeo entre los contrincantes por el objeto. Alaïa por acelerar su muerte y él por sobrevivir a toda costa. Y no es para menos, sus latidos está prácticamente disparados, de tal forma que en cualquier momento podría desfallecer. Él también lo nota, ya que su rostro se eleva hacia el cielo, boqueando en busca de aliento. Y, concentrando toda su fuerza, logra obligar a la chica a soltarse en el último instante. Sus manos se cierran sobre el inhalador y toma una gran aspiración. La manera en que su cuerpo reacciona, pasando del miedo al alivio y detrás la esperanza es tan rápida, como lo son la subida de los estándares de expectativa, al mostrar la cara decidida de Alaïa. No tiene miedo, tampoco resignación, sino que espera al momento adecuado para posar las manos sobre su cuello y apretar…
Y, en ese instante, lo sé, no importa lo que haga el chico, ella tiene la partida ganada.
.
Cromwell Plog – 18 años – Distrito 11 – [el comienzo es previo al segundo cañonazo que escucha Renner]
La forma en que encontramos el cadáver de Sheisha, atrapado por una compleja trampa cuyos materiales no parecen pertenecer al paisaje de la arena, me recuerda a los animales que he tenido que cazar para proteger las cosechas de mi distrito: Animales pequeños como los topos o distintos tipos de roedores y conejos, además de los insectos. Aunque personalmente nunca intenté matar a presas tan grandes como ella, si es que no contamos a los humanos, evidentemente. Pero dudo mucho que los hombres que maté entren en esa categoría.
En todo caso, es una imagen que alguien como yo debería esperarse ver. Estamos en los juegos del hambre, después de todo. Pero en lo único que puedo pensar, mientras observo como Alec intenta sacar su pequeño cuerpo de allí, por todos los medios posibles, es que no sé cómo reaccionar.
Alaïa, sin embargo, tiene las cosas más claras ya que enseguida se pone a perseguir al chico del distrito ocho, que está a punto de desaparecer de mi rango de visión. Dudo antes de avanzar sobre el terreno y me basta un vistazo a la trampa, para saber que no se puede desmontar fácilmente, sin romperla. Alec podría coger su mazo y golpear la estructura hasta que ceda, pero el riesgo de dañar el cuerpo de la niña y no conseguir nada es demasiado. Tampoco veo ningún utensilio que me ayude a realizar la tarea por mí mismo. Un momento, ¿por qué estoy pensando en esto, en primer lugar? No es cómo si sacar a la niña de allí fuera a ayudarme a atrapar a Brunel en el futuro. Sin embargo…
«¡Sheisha!»
El grito alertado del voluntario del distrito doce regresa a mi mente, como un recuerdo. En aquel momento, mientras Alaïa y yo discutíamos sobre el tipo de veneno que podría contener su bolsa, ambos gritos (el que lanzó la niña y el de él), fueron suficientes para hacerme regresar a la estabilidad de la arena. No podía permitirme perder aliados, los necesitaba para enfrentarme a los profesionales. Incluso si el aliado era tan insignificante como aquella niña inestable. Sheisha ya había matado a alguien, tal vez podría volver a hacerlo. Y si no siempre podíamos usar la idea inicial de Alaïa y convertirla en un cebo para atrapar a un objetivo más grande. Sin embargo, ahora todo estaba perdido.
—Cromwell…
La voz que escucho proviene de la niña del distrito nueve, parece tan sorprendida, como aterrada, además de adolorida. No puedo apartar la vista de su estómago ensangrentado. Una imagen tan hermosa como perturbadora: el crimen de Sheisha. Me atrae casi por inercia, haciéndome dar un paso hacia ella, quién retrocede, sin dejar de mirarme. La sangre no para de caer, tal y como le cayó al patrón de Kira, cuando le golpeé en la cabeza, sólo que en su caso no era tanta cantidad. Además, aquella niña, ella…
Está sufriendo, sus ojos me observan desesperados mientras intenta, pobremente, frenar el sangrado de su barriga con sus manos. Por un momento dudo sobre qué hacer, ella no es Brunel, no gano nada asesinándola. Y no importa si la dejo partir, se va a morir de todos modos. Quizás por eso ni siquiera se molesta en correr. Sin embargo, sigo avanzando.
Y en ese instante, lo tengo claro, voy a matarla. No sólo por la sangre o el dolor obvio de su rostro, también está la frustración por todo lo ocurrido desde que comenzó el baño de sangre. Cuando vi que el chico del distrito uno realmente estaba dispuesto a defender a mi enemiga. Alaïa me había sugerido de atacarla como distracción, era peligroso, pero si lograba salvarme tendría una alianza frente a los profesionales. Una estrategia casi idéntica al "plan" que tenía pensado Marguerite para mí: La unión de los voluntarios de los distritos once y doce, los héroes frente a los villanos.
En aquel tiempo, el plan no solo me pareció estúpido, sino que no me interesaba en lo más mínimo. Yo había venido a vengarme de Brunel, no a protagonizar una especie de cuento en la arena. No lo empecé a concebir hasta que vi a mi compañera de distrito acercarse a los profesionales y todo cayó en picado.
Termino apresurando el paso hasta llegar a junto de una niña cansada, llorosa y resignada. Y levanto mi arma mientras mi mente regresa al último momento en que me sentí seguro: aquella reunión con Alaïa y Alec, mientras debatíamos cómo deshacernos de los profesionales. Si Sheisha no hubiera partido, si no se hubiera negado, si estos dos chicos no la hubieran asesinado… Yo no estaría aquí, concediéndole el último suspiro a una criatura inocente.
El bolo es tan rápido que ni siquiera advierto el momento en que atraviesa a la niña, haciendo sonar el cañón. Es cuando me doy cuenta de que Alec ya no está junto al cadáver de Sheisha, sino detrás de mí. Y no sé cómo descifrar la expresión de su rostro.
—Lo siento ¿Querías encargarte tú de ella? —Pregunto, intentando transmutar un rostro más amable, ahora parece sorprendido. Termina por negar e instarme a partir, bajo el argumento de que necesitamos encontrar a Alaïa. Es cuando recuerdo la última charla que tuve con ella, cuando hablamos de que el polvillo de su bolsa podría ser un alucinógeno. Justo lo que tengo claro que es, cuando la veo pelear contra el chico del distrito ocho.
.
—¡Alaïa! —Alec hace el ademán de avanzar hacia ellos, cuando mi brazo se posiciona delante de él.
—Déjala estar, ¿no ves que está ganando? —Protesto, con seriedad, observando el combate. Y tengo razón. El chico tímido e incapaz de hablar sin tartamudear parece haberse transmutado en una fiera enloquecida, que pelea con uñas y dientes por sobrevivir, sin embargo, no parece ser suficiente. Lo tengo claro en el instante en que las manos de la chica del distrito doce se cierran en torno a su cuello, apretando más y más fuerte hasta que suena el cañón.
Cuando el inesperado sonido del Himno sucede al último cañonazo de la mañana, una sensación extraña me asalta, a la par que soy consciente de todo lo que ha pasado. Alaïa suspira, aliviada, está cansada y exhausta; tanto que no vacila en aceptar la mano que le tiende el chico del distrito doce para levantarse. Y juntos observan como la cara de Sheisha es la primera en aparecer en el cielo. La expresión de Alec ha vuelto a cambiar, ahora es más seria y determinada, al igual que la de ella. Y yo, aunque debería alegrarme; ya que cuanto mejor estén mis aliados, más esperanzas habrá de que nos enfrentemos a los profesionales, próximamente, (y por lo tanto pueda matar a Brunel) no soy capaz de hacerlo.
Esto es inusual, estamos a mediodía, no a medianoche, no deberíamos ver los rostros de los muertos. A menos que… Oscilo la mirada a los lados, buscando señales de la zona que dejamos atrás al partir del baño de sangre, pero estamos demasiado lejos para que pueda comprobar mis sospechas. Lo que sí puedo ver es el brillo de un pequeño dardo cristalino, en el suelo, y mi inquietud sube de grado.
Yo tenía razón, aquel polvo era un alucinógeno. Alaïa también lo sospechaba y aún así lo utilizó. A pesar de que sabía que lo más probable era que no lo necesitase. Era un gesto inútil, perverso incluso. Una prueba que no debió darse de esa forma y que me hace preguntarme si estoy del lado adecuado. Al contrario de Alec, esta chica siempre me pareció algo perversa, estaba demasiado tranquila y enérgica como para estar en los juegos del hambre. Sin embargo, comparada con personas de la talla de Brunel o el chico del distrito uno, no parecía una persona especialmente maligna. Ahora, en cambio, tengo mis dudas.
.
José Eduard Bailey (Martínez) – 17 años – Distrito 5
Dejo uno de los extraños cuchillos, que poseía Nicott, cerca de las manos de una dormida Sonya. La forma en que me observa Mazda desde el cielo resulta ser un pésimo recordatorio de lo ocurrido. Es como hurgar en una herida que todavía sangra y, a la vez, también es un reproche.
Cuando, al fin, encontramos a Nicott mi corazón se llenó de esperanza. Quería aliarme a él, ayudarle, no solo como agradecimiento de habernos salvado del baño de sangre; sino también por lo confiable y valiente que parecía. Siempre destacando, creando magia con las palabras al igual que Sandra con sus canciones y sobresaliendo a base de estrategias improvisadas que nunca habría imaginado que funcionarían en los juegos (como lo que hizo en el desfile). No advertí lo peligroso que era hasta que vi que los profesionales lo perseguían. E incluso así una parte de mí se negaba a aceptarlo.
Es por eso que no vacilé en cooperar con él, seguirlo a pesar de que sabía que podría morir. Que podríamos todos morir por culpa de los profesionales. Mi mente no razonaba, tal y como no lo había hecho en el baño de sangre, cuando agarré a Sonya como si me fuera la vida en ello. Solo que entonces corría para salvar mi vida, en cambio, en ese momento, al ver a Gallo, yo… Lo único que pensé fue en atacar.
Hurgo dentro del saco rojo, en busca de algo más que cederle a mi aliada, cualquier cosa que compense el golpe que voy a hacerle en estos momentos. Necesito alejarme, dejar de pensar en Nicott no me está funcionando, al contrario. Mi mente se atasca en la imagen fija de su cuerpo tendido en el suelo, con esa sonrisa de triunfo que, incluso entonces, se empeñó en mantener. Lo cual, unido a las huellas de batalla, le daba una imagen tétrica y desoladora. Me hizo vomitar por segunda vez en el día e incluso así no me arrepiento de haberlo visto.
—mnnnnn, perdón. —La palabra que Sonya murmura en sueños me hace detenerme de golpe, paralizado ¿Qué estoy haciendo? Ella está frágil, impactada y desolada. No puedo simplemente dejarla sola, e incluso así yo…
«¡Cállate Sonya, todo esto es tu culpa!» Recuerdo haberle gritado una vez mi estomago dejó de provocarme arcadas. Mi aliada había comenzado a disculparse nada más verme caer de rodillas ante el cuerpo de Nicott. Me sentía frustrado, rabiado, desesperado, pero, sobre todo destrozado. Quería golpear algo y, o, alguien. Especialmente ese profesional del distrito dos, él había matado a Mazda, no habría dudado en hacer lo mismo con Sonya, en el baño, y ahora acababa de asesinar a Nicott y yo… Por culpa de Sonya yo…
«¡Yo solo quería salvarte!»
Recordar ese último grito suyo me hace apretar los ojos con fuerza. En ese momento, cuando me rebelé contra mi compañera, furioso, Sonya terminó por estallar en lágrimas ante mis ojos. No dejaba de llorar y disculparse conmigo, Mazda o Nicott. Fue suficiente para detenerme. No podía odiarla, nunca podría hacerlo. No mientras su rostro lloroso me recordase que hizo lo mejor para nosotros. Lo sabía y aún así...
No dejaba de rememorar aquellos últimos momentos de la noche. Cuando lancé aquel cuchillo hacia Gallo no estaba pensando en mí, sino en Mazda: aquella chica de dulce y cálida sonrisa cuya vida terminó por culpa de ese profesional. Tenía una oportunidad, un simple descuido y todo podría terminar para él. Fue lo único en lo que pensé. Entonces Sonya me empujó al suelo y todo se frustró.
Sacudo la cabeza, intentando centrarme en algo que no derive en seguir culpando a mi aliada de cosas que no pudimos evitar. Las caras de los tributos siguen desfilando, mientras yo me pienso el despertar a Sonya o no. Además de Enophi, Kyle, Mazda y Nicott, he tenido que ver a la niña del distrito dos, mi propia compañera de distrito y los aliados de Nicott: Denis del distrito tres y Yago del diez. Además de ambos tributos del distrito ocho y la niña del distrito nueve. Once personas en un día.
Sonya pestañea ante los últimos rayos de luz artificial, girándose en un último esfuerzo por seguir durmiendo; cuando sus manos chocan contra el arma que le dejé y se despierta de golpe. Siendo sincero, me sorprende que no lo haya hecho antes, en alguna parte del recuento. Pero lo cierto es que ambos habíamos terminado el día agotados. Demasiadas emociones por un día, sobre todo cuando ese día es el previo a una masacre cuya anticipación puede destrozarte los nervios. Recuerdo que ella me confesó no haber dormido en toda la noche, cuando lo natural es que haga todo lo opuesto.
—¿Pero qué…? —Los ojos de mi compañera están gran abiertos mientras intenta, pobremente, orientarse en la oscuridad. Sus manos se cierran ante el arma como un acto reflejo y, por un instante, temo que me ataque. Pero entonces la suelta, soltando un pequeño grito, antes de advertir que estamos solos. —José, ¿ qué haces? Me asustaste.
—Lo siento, Sonya, yo… —Vacilo un poco al verla tantear el suelo, un poco perdida, está tensa pero no la culpo, ni siquiera he encendido la linterna, aprovechando la luz del recuento para preparar mis cosas. —Tengo que irme. —Su expresión, aparentemente desconfiada y alerta se rompe al escucharme.
—¿Qué? ¡No! —Protesta, dando unos pasos hacia mí, está impactada. —¿Por qué? —Termino entregándole la linterna, en las manos. Me siento mal, pero no puedo evitarlo, si sigo con ella, recordando los eventos de la tragedia una y otra vez… Terminaré por hacerle daño y no quiero.
—La necesitarás para iluminarte en la noche. —Le respondo, firme, cediéndose-la. —Perdoname, Sonya, no quiero hacerlo, pero no puedo… —Mi explicación es interrumpida por un susurro de mi aliada diciendo algo que no consigo captar. —Perdona, ¿ qué has dicho?
—Lo siento —dice, elevando la voz. Es entonces cuando todo regresa a mi mente, el baño de sangre, Mazda empujando a Sonya y después…
«¡Yo no soy una oveja descarriada!»
El recuerdo de la última frase que pronuncio Gallo antes de desatar la tragedia es como detonar una bomba para mí. Termino soltando la linterna y cuelgo la bolsa roja a la espalda, antes de echarme a correr. Mi aliada sigue disculpándose una y otra vez en un monólogo interminable que solo interrumpe para pedirme que no me vaya. Pero yo sigo corriendo, intentando poner cada vez más distancia entre nosotros, a la par que hago lo posible porque las imágenes y frases de Mazda y Nicott dejen de atormentarme.
Estoy harto. Harto de correr y huir en un sinsentido, mientras todos los que me importan mueren a mi alrededor. Quiero hacer algo pero no puedo arriesgar a Sonya en el intento. Tampoco sé si debería arriesgarme yo. Pero aun así quiero… Continuo corriendo más y más rápido hasta que mi cuerpo se agota. Las imágenes de las muertes de mis aliados se transmutan con las disculpas reiteradas de Sonya y las mías propias. Me siento fatal, he dejado a mi aliada sola, pero en lo único que puedo pensar es en la imagen de Sonya rota y destrozada, ante el cadáver de Nicott; disculpándose una y otra vez…
Y lo peor es que no importa cuantas veces me repita que no es así, mi cerebro no deja de culparla de la muerte de Nicott. Y no sólo a ella, también está Gallo y, por último, yo.
Todos somos culpables en esta historia.
.
Sadfire Williams – 18 años – Distrito 1
Una vez mi gato logró apresar una de sus patas con la cuerda de uno de sus juguetes, de tal forma que le apretaba y era incapaz de quitársela por sí mismo. Intenté acercarme para desenganchar-lo, pero no fue sencillo, ya que él no quería dejar de jugar con el objeto que remataba la cuerda, un pequeño lazo brillante, con un cascabel en el centro y adornado con pequeñas bolas de gomaespuma. Lo tenía agarrado con las uñas de la pata suelta, sin embargo logré que lo soltara utilizando caricias y palabras dulces. Después, siguió jugando con el mismo juguete, como si nada. Yo lo sostenía por el palo y lo movía y agitaba y él corría o saltaba para atraparlo. De vez en cuando se lo dejaba para que disfrutase de tenerlo entre sus manos, pero siempre terminaba tirando de él y vuelta a empezar. Hasta que yo me cansaba de jugar...
Hago una mueca al intentar estirar mi pierna derecha, no sé por qué estoy recordando a mi gato ahora. Tal vez porque la situación en la que me encuentro ahora, con el tobillo derecho vendado, a causa de esa hoja de cuchillo, sin mango, que ese tributo del seis me lanzó durante la batalla, es similar a la suya. Cuando la batalla terminó y Gallo, al fin, asesinó a Nicott, me negué en rotundo a arrancar, de cuajo, la hoja clavada, tal y como sugería mi compañero de distrito. Era bastante fina y arrancarla, sin las herramientas adecuadas, podía provocar una hemorragia o, peor todavía, dejarme incapacitada para siempre. También sugirió que utilizara el ungüento de Gallo, pero el profesional del dos le recordó que el producto no cura las heridas, solo las atenúa, y al andar la herida podría agravarse.
Total, que tuvimos que renunciar a cazar más tributos y tomar el camino de vuelta, conmigo cojeando, sostenida por Filipo, hasta que regresamos a la Cornucopia, donde, al fin, pudimos extraer el objeto, sin mayores problemas. Fue la profesional del distrito cuatro, Kleo, quién lo hizo, con la ayuda de un botiquín de la Cornucopia, además del contenido de un paracaídas, aportado por mi mentora. Aunque por alguna razón no me consiguió un cicatrizante potente. Tal vez esté ahorrando para una ocasión crítica.
Acaricio mi tobillo con la mano, como si pretendiera masajearlo, no me gusta estar incapacitada de esta forma. Se me ocurre otra razón para pensar en mi gato jugando, después de hacerse daño: aquella situación fue una de las primeras ocasiones en que pude manejar un juego. Debo reconocer que el controlar algo tan ínfimo, como el hecho de que mi gato atrapara su juguete o no, era bastante divertido. Tal vez el problema del recuerdo sea precisamente ese, que me siento como un gato en estos momentos. Atrapada en un juego que no puedo controlar…
El baño de sangre no terminó bien. Los vigilantes y esa chica del diez interrumpieron mi batalla con Cormorant, provocando que el chico del distrito cuatro se me escapara. Y no sólo eso. Aquel temblor fue el colmo, tenía a Cormorant a tiro, podría haber acertado de no ser por ese cambio brusco de movimiento del suelo. Era una forma rastrera de matar, pero estaba enfadada y, al final, todo vale por la victoria. Pero entonces el temblor se detuvo y di un paso en falso, asesinando a otra persona: el chico del distrito diez. Vi el cuchillo aterrizar en su espalda, haciéndolo caer muerto al instante. Todavía recuerdo el comentario de Gallo al respecto:
«Buen tiro, Sadfire. Has acertado en el blanco.» Fue eso lo que me dijo, en un tono sarcástico, mientras su aliado del seis nos observaba, perplejo, antes de partir. «¿Quieres que te dé otro? Quién sabe, tal vez a la segunda va la vencida. »
Y tuve que contener mis ganas de responder algo insultante. Me enfermaba, ¡yo no quería eso! No quería matarlo y menos de esa forma tan anti-climática. Tampoco quería hacerlo con Nicott y fue por eso que, en el momento en que se me lanzó encima, luché con tan poca motivación. Prefería dejar que Gallo se luciera a que, otra vez, ocurriera algo que no planeé.
No me gusta no controlar el juego, me hace sentir insegura, rabiosa e iracunda. Arruinando mi imagen y reputación de chica buena, porque mi paciencia se acaba y cuando mi paciencia se acaba pierdo el control. Por fortuna, Gallo comprendió muy bien lo que pretendía al actuar de forma tan indefensa ante Nicott y tomó el relevo enseguida. Lo hizo de un forma muy interesante, de hecho. De no ser por aquel proyectil en mi tobillo, estaría feliz. Esa batalla lo expuso.
Mientras seguía repasando los acontecimientos, Brunel se levantó del lugar donde estaba sentada y se acercó al interior de la Cornucopia. No parecía intranquila, más bien aburrida y desganada y ciertamente la entiendo, yo también amaría estar cazando tributos en estos momentos. Sin embargo, resulta imposible con mis heridas.
Aquel era otro detalle que no me gustaba de lo de anoche: estábamos en la mañana del segundo día, en la arena (o eso parecía si nos guiábamos por la zona de la pradera) y mientras mis compañeros cazaban yo debía quedarme con la chica del distrito once. Había intentado evitarlo, convencer a Filipo de quedarse conmigo. Pero nada más mencionar, Gallo, el nombre del chico del distrito siete, mi compañero de distrito se emocionó como un niño y decidió seguirlo, junto a Kleo (a quién el chico del distrito dos ya tenía convencida de antes). La única que restó fue ella.
—Muy callada te veo, princesita —valoró, sentándose a mi lado, con ese tono arrogante tan propio de ella. —¿Acaso, ya te están invadiendo los remordimientos? —Se burló con sorna y ante mi falta de respuesta añadió: —¿o es que añoras a tu familia? —Opté por un fingir una sonrisa triste, era hora de retomar mi actuación.
—Un poco sí, supongo, no es fácil estar lejos de los tuyos. —Respondí, sin estar segura de si mentía o no. Era cierto que nunca antes había pasado tanto tiempo sin mi familia, pero también era algo para lo que nos preparaban en la academia. Estaba bien. —Pero sé que ellos me están esperando y que, haga lo que haga, estarán orgullosos de mí.
Aquello sí que era una mentira, recuerdo que mi madre reaccionó muy mal cuando supo que había aceptado la oferta de Voluntariado de mi distrito. Le parecía aberrante y peligroso, pero confiaba en que tarde o temprano cambiaría de parecer. Sino, no pasaba nada, no estaba sola, tenía a mi padre y a mi hermano, además de mi amiga, Pearl; para apoyarme.
»—¿Y tú qué?, ¿los echas de menos?
Ante mi pregunta, Brunel se mostró algo descolocada, pero no tardó en adaptarse y hablarme de sus padres. Era obvio que no estaba preparada para que iniciara una conversación tranquila, sino para que me pusiera a la defensiva. Esta chica disfruta metiéndose con la gente y jugando con sus nervios, o al menos eso insinuó el loco de su compañero de distrito en la entrevista. Por desgracia para ella, yo también sé jugar...
.
Cormorant Jones – 17 años – Distrito 4
—Deberíamos movernos de aquí. No es seguro quedarse a campo abierto. —Aquella frase, pronunciada por Jack, mientras desayunábamos, fue como el preludio de la tormenta. Cuando, tras pasar la noche en la zona a los pies de la cascada, decidimos que era hora de movernos y explorar el terreno a lo largo del río que partía de ella, no imaginamos encontrarnos de frente con otra alianza. Y, desde luego, nunca con la peor de ellas.
Mi compañera de distrito es la primera en reaccionar, recomponiendo su expresión de sorpresa, tras encontrarse conmigo. Puedo adivinar lo que flota en su mente por un instante, lo mismo que llevo repasando en la mía una y otra vez desde el final del baño de sangre. Nunca acordamos cuando terminar nuestra tregua.
Por fortuna, o todo lo contrario, no es a ella de tomar la decisión, tampoco a mí, de hecho. Diana es la primera en dar un paso al frente y alzar su látigo, mientras que Jack marca el contraste, retrocediendo, ante la expresión de extrema felicidad de Filipo. Gallo, por su parte, me evalúa con los ojos antes de afirmar, en tono de sentencia.
—No debiste rechazar nuestra alianza, Cormorant. Ahora perecerás.
E inmediatamente se lanza al ataque. Me llama la atención que de los dos sea precisamente él, quién decida atacarme a corto alcance, además de ausencia de la profesional del distrito uno. Pero prefiero no preguntarme donde está y contraatacar. Tres profesionales son mejor que cuatro y ya comprobé en la academia que, al menos, Kleo vale más de lo que parece.
Gallo, sin embargo, no decepciona. He decidido dejarle tomar la delantera para poder estudiar sus movimientos. Pero él no se confía y aunque consigo bloquear de forma bastante efectiva sus golpes, algo me dice que fue directo a por mí por una razón. Sus movimientos, en principio, acordes a los míos, se vuelven más y más rápidos con el paso del tiempo. No me gusta, es como si supiera mi principal debilidad y la aprovechara para ganar. En algunas ocasiones incluso logró herirme por no conseguir interponer mi arma a tiempo.
Cuando tras evitar, por los pelos, que me atraviese el pecho con uno de sus cuchillos, atisbo la melena de mi jefa de alianza, que está siendo acorralada contra del río, por mi compañera de distrito, decido que ha sido suficiente. Debo encontrar una forma de tornar la situación. El silencio del bosque es únicamente roto por dos cosas: las risas y provocaciones de Filipo, quién hace lo imposible porque Jack deje de escudarse de sus flechas tras los árboles, rocas o, incluso, arbustos, que encuentra; y el fluir del agua del río. Es justo ese sonido el que termina dándome una idea.
Al verme alejarme, Gallo retiene una palabra que es un cruce entre un juramento y un insulto, antes de perseguirme. No parece que tenga ganas de lanzarme un cuchillo, a pesar de que sé que podría. Tampoco le doy tiempo, en el instante en que logro situarme donde quiero, bordeando el tramo justo en que el río es menos profundo para mí, interpongo mi lanza entre él y yo. Tiene el tiempo justo de evitar un golpe mortal a su cuello, antes de advertir donde estamos…
.
Ante el miedo que trasluce sus ojos, al comprender lo cerca que he estado de matarlo, me permito sonreír un poco. Lo tengo, definitivamente, lo tengo. Gallo no tarda mucho en reponerse y atacar. Quiere actuar rápido, pretende así evitar lo inevitable, el instante en que mis pies encuentran firmeza en una de las primeras rocas grandes, que cruzan el río. El agua es mi terreno, aunque esta no sea mar precisamente.
El profesional del distrito dos enseguida comprende a qué estoy jugando y ahora sí que se permite lanzarme cuchillos, pero con mi arma resulta sencillo desviarlos. Hice bien en coger aquella lanza en la Cornucopia, en vez de una espada. Me está siendo mucho más útil de lo que preveía. Mi confianza es tal que incluso me atrevo a hablar:
—Tengo curiosidad, Gallo. —Encano tras unas acometidas seguras de mi lanza, el chico no ha lanzado más que tres cuchillos antes de percibir que era inútil atacar a distancia. —¿Por qué te tomaste tan a pecho el que quisiera seguir mi propio camino, lejos de la alianza profesional? ¿Mejor para ti, ¿no? Tienes una persona menos de la que preocuparte cuando te toque romperla. —El chico del distrito dos no responde, concentrado en seguir al ataque a pesar del desnivel del agua, pretende hacerme caer de la roca, pero no se lo estoy dejando fácil. —¿O es que acaso eres tan controlador que el mínimo contratiempo te resulta fatal?
No necesito que me conteste para saber que he acertado, la forma en que sus ojos se abren, bajo el efecto combinado de la sorpresa y el miedo, es señal suficiente. Su cuerpo, incluso, se paraliza en una postura similar a la indecisión. Y por un instante puedo deducir como una parte de él parece estar buscando un camino de huida. Podría intentar matarle ahora mismo y, por un momento, incluso, me lo planteo. Hasta que veo que sonríe…
—Te diría que has acertado de pleno, pero me temo que estaría mintiendo. Los contratiempos son mejores de lo que pensaba. Hiciste muy bien en basar toda tu estrategia en ello, pero olvidaste una cosa. Los profesionales siempre actuamos juntos: ¡Kleo, hazlo!
Es solo tras escuchar esas palabras, de su parte, que me atrevo a desviar la mirada hacia mis aliados. Jack está a salvo, o al menos todo lo a salvo que puedes estar cuando adviertes que tu contrincante ha vaciado casi todo un carcaj de flechas a tu alrededor. Diana, sin embargo, ha sido atrapada por la red de mi compañera de distrito, quién parece haber tenido una idea similar a la mía, ya que también está en el agua. Y he visto lo suficiente a Kleo, en acción, como para saber lo que aquello significa…
.
Kleo Sampdoria – 17 años – Distrito 4
Escuchar la voz de Gallo fue como salir de un trance para mí. Similar a haber despertado de un sueño para aterrizar en la cruda realidad del día. La chica del distrito diez se debatía como un pescado entre mis redes. No pude más que observarla con una mezcla de duda y compasión. Esto no está bien, no tenía que darse así. Pero si quiero ganar los juegos no puedo permitirme titubear.
Cuando escuché a Gallo hablar de organizar una última partida de caza, en la pradera, antes de cambiar de zona, me sentí dividida. Quería explorar, conocer nuevos terrenos, descubrir la arena a la par que avanzaba. Y la pradera en pleno verano era un lugar mucho más tentador que el bosque rojizo. También parecía mejor provisto que aquel; de tal modo que había más suerte de encontrar cosas como comida o agua, para el momento en que las provisiones de la Cornucopia escaseasen. Por otra parte, estaba mi compañero de distrito. Sadfire me había dicho que tanto él como Diana habían huido por aquel lugar. Y no estaba segura de querer encontrármelo tan pronto.
Simplemente, pensaba en que ambos sobreviviéramos a la mayor parte del juego, para así asegurarme un salvoconducto en caso de que fallase. Y una ventaja de la cual aprovecharme en un momento de debilidad futuro. Por eso no tuve el valor de terminar nuestra tregua. Significaría anular cualquier atisbo de oportunidad con él y yo no quería eso.
Ahora, sin embargo, lo tengo claro. Todo terminó en el mismo instante en que Diana alzó su látigo y atacó, marcando el inicio de una batalla tan esperada por el público que nos está observando. La chica del distrito diez era muy buena peleando, tenía mucha fuerza y habilidad defensiva. Pero todo ese empuje de brutalidad y fiereza se reveló inútil contra mí. Acorralarla no fue difícil, tenía mi infalible red conmigo. En algunas ocasiones intentó hacer cosas útiles, como quitármela, o inmovilizarme el brazo con su látigo. Pero, de un modo u otro, siempre salía airosa. Era como un pulpo atacando a una presa con sus tentáculos. Parar un golpe solo servía para que le acertase otro, y otro. Y así hasta que ambas terminamos en el agua. Fue entonces cuando tuve la mejor ventaja de mi lado. Sus pasos se ralentizaron, empujados por el curso de la corriente, mientras que yo me adapté enseguida y así hasta que logré capturarla en mi red…
Al notar la forma en que todos tienen los ojos puestos sobre mí, recuerdo donde estoy y le planto la daga, como si en vez una persona fuese un pescado con el que nutrirme. Es la mejor manera de actuar, visualizar a todos tus enemigos como peces, obstáculos, o retos que sobrepasar para alcanzar un objetivo. El público está mirando, el honor del distrito está en juego, y si quiero ganar necesito dar un buen espectáculo.
En el instante en que suena el cañón, tengo claro que si había una oportunidad de hacer equipo con Cormorant, en el futuro, esta se ha esfumado. Mi compañero de distrito solo alcanza a gritar: "¡no!", al mismo tiempo que el chico del distrito siete, antes de advertir que todo ha terminado. Ambos se precipitan sobre mí, pero mientras que el avance de Jack es frenado por una flecha en su pierna, la lanza de Cormorant casi me alcanza, de no ser por la acometida de Gallo. Mi aliado ve en esa distracción la mejor forma de acertarse un tanto con Cormorant y matarlo. Es entonces cuando reacciono, esto no está bien, no puedo permitir que acabe así. No es mi forma de hacer las cosas y nunca lo será.
—¡Espera, Gallo! —grito, a la desesperada, conteniendo las ansias de morderme la lengua ante lo que voy a hacer. Mi aliado se frena en seco con el cuchillo prácticamente rozando el cuello de Cormorant. —No hagas eso, por favor. Hay que darle una oportunidad de luchar. —Mi voz es más suplicante de lo que pretendo, pero no puedo evitarlo. No quería que nuestra tregua terminase así, con nosotros enfrentados frente al Capitolio. Sin embargo, una parte de mí prefiere eso a verlo siendo asesinado a traición.
Gallo arquea las cejas, observándome con una expresión extraña y por un momento temo que no me haga caso y termine su ataque. Pero la manera en que el brazo de Cormorant lo lanza hacia atrás, logrando hacerlo caer, me da a entender que el tiempo de sorprender culminó. Mi compañero de distrito se ha repuesto rápido, demasiado a mi gusto, ya que enseguida arremete contra mí de nuevo. No tengo más remedio que interponer mi daga entre su lanza y yo. Estoy cansada, pero es demasiado tarde para echarse atrás.
—¿Sabes que has cometido un gran, error, verdad? —No puedo más que asentir ante la pregunta de Cormorant, no sé qué pretendía conseguir con eso. La forma en que arremete mi compañero es más cautelosa y pausada, que antes. Cormorant no es tonto, sabe que en otras circunstancias yo llevaría la delantera. Soy demasiado rápida, estoy entre las más corredoras más veloces de nuestra academia. Pero el paso de ambas batallas me han dejado lo suficientemente herida y exhausta como para apostar todo a una carta. Salto una piedra que sobresale del agua, evitando su arma, para recuperar mi red y la lanzo hacia mi objetivo. No espero mucho con ese gesto, solo ralentizar a mi contrincante el tiempo suficiente como para tomar la delantera. Lo que ocurre, sin embargo, me toma desprovista. Mi compañero se ha dejado engañar tan fácilmente que no debería de sorprenderme que su lanza me esté atravesando, en estos momentos. Sin embargo, lo hace...
¿Qué has hecho, Cormorant?
.
¡Madre mía que tensión! Este ha sido un capítulo frenético, tanto en su escritura como avance. Al principio no había nada, tenía muchas dudas que no estaba segura de como solucionar, una de ellas es la que se ve reflejado en el transcurso del punto de vista de Warren. Pero al final mis ideas ganaron y las dejé hacer. En este capítulo nos despedimos de tres personitas más: Renner, Diana y Kleo. Han sido unas muertes difíciles, muy difíciles, de hecho, sobre todo las dos últimas. Pero si hay algo que tenía claro era que tarde o temprano me desharía de un miembro de cada alianza. Y la inspiración ha dictaminado que fuera hoy. En cuanto al chico del distrito ocho, desde el momento en que decidí que sería la primera víctima de la droga de Alaïa, estaba sentenciado. Solo he cambiado a la persona que lo iba a asesinar a último minuto. Lo siento mucho, chicos y chicas, suena cruel decir que estamos en los juegos, pero es la realidad. Mis agradecimientos a Hibari-Sempai, Ana88 y Jolteon2404, por los tributos. Me han hecho un muy buen servicio los tres. Espero que sus dueños hayan quedado tan satisfechos como yo con su desempeño en la arena. Y nos leemos en cuanto publique el siguiente capítulo ¡Hasta pronto! :D
