Tengo buenas nuevas hoy, no solo por el Capítulo, sino porqué, al fin, tengo una larga idea de cómo terminará este syot. Lo cual significa que, tal vez, actualice un poco más seguido a partir de ahora. Este Capítulo es un poco más lento y corto que los anteriores. Aun así, espero que os guste y no me odiéis demasiado por el final XD.
Capítulo dieciséis: El día que no termina.
Triton solía decir que el día que estalló el volcán de su arena fue el día que sintió más corto y largo a la vez. No solo por el tiempo que duró la erupción, sino también por todo lo que se desencadenó en un instante...
Alec Wagner – 16 años – Distrito doce
[Zona roja: Noche]
Me despierto con un sonido estridente y rechinante, similar al zumbido de algún insecto (o varios) que no conozco. Me toma apenas unos segundos acostumbrarme a la oscuridad de la arena y me encuentro conque el culpable es un ser parecido a un saltamontes muy oscuro, con unas alas naranjas y transparentes y ojos rojos. No puedo evitar pensar que concuerda a la perfección con los tonos de la zona en la que nos encontramos. Rojo y negro en la noche y blanco y rojo en el día. Es algo extraño, como un juego de opuestos que no se termina de cumplir.
Me muevo despacio, bajo la capa de plumas que Alaïa rescató de la Cornucopia y que decidimos utilizar, como si fuera una manta para dormir, ya que hace bastante frío por la noche. Como es natural, no es lo bastante grande para los tres, así que nos la hemos ido turnando. El sonido va subiendo de volumen a la par que el número de ojos rojizos aumenta. No sé cómo mi compañera de distrito duerme en estas circunstancias. Yo no dejo de estar alerta desde la muerte de Sheisha. Tal vez sea precisamente ese el problema y no él número de insectos, que no dejo de repasar de cabo a rabo los sucesos del día anterior. Intento adivinar donde fallé, que podría haber hecho para que ella no se me escapara. Y a cada vez que lo hago me siento peor.
Detrás de mí Alaïa se gira y agarra la capa, lo cual me desestabiliza lo suficiente como para despegar mis ojos de los insectos y girarme hacia ella. Estoy a punto de abrir la boca y soltar una disculpa por despertarla, pero la termino cerrando al ver que sigue adormilada. Es cuando advierto que Cromwell no le quita los ojos de encima. Tiene una luz extraña en la mirada, similar a la que mostró cuando me enfrentó en el baño de sangre. Y es la razón por la cual mi primer impulso es agarrar su pierna, desde abajo, con la intención de despertarlo de su trance. No me gusta esa mirada, me recuerda a la manera fascinada en la que observaba a la chica del distrito nueve, antes de asesinarla.
—Pero qué… —Exclama, al sentir mi agarre y, automáticamente, su mano se sitúa en el mango de su arma. Pero al verme renuncia a sacarla. —Alec, ¿se puede saber qué haces? —Susurra.
—Podría dirigirte la misma pregunta, Cromwell. —Mi tono es demasiado reclamante para la expresión desconcertada que muestra mi aliado en estos momentos. Y comienzo a preguntarme si todo ha sido una impresión mía. —Escucha… —Me fuerzo a seguir: —sé que todo lo que ha pasado ayer te puede dar la sensación equivocada de fracaso, pero no es razón para que pierdas la cabeza y destroces tu alianza. —Ahora parece sorprendido, definitivamente estoy demasiado tenso como para pensar con claridad. —No mientras esta te pueda ser útil.
Ante mis afirmaciones, Cromwell hasta semeja asustarse, observándome de una forma muy similar a la de un niño al que encuentras rebuscando en la basura de nuestro distrito. Sus ojos viajan a primero a Alaïa, que ya se está despertando (espero que no se enfade conmigo por eso) y luego a mí, finalmente dice:
—Suena a que tienes un plan. —Me quedo reflexionando tras esa suposición, ¿realmente tengo un plan o solo estoy hablando a la desesperada? Es cierto que llevo dándole vueltas a la idea de atacar a los profesionales desde el día de ayer. A todas las formas posibles por las cuales podría haber dicho o hecho algo lo suficientemente convincente como para convencer, no solo a Sheisha, sino también a todos los espectadores que nos están mirando. Mi concentración es tal que enseguida advierto que todos los sonidos del bosque se han callado, aunque los insectos siguen allí.
—Son cigarras. —Afirma Alaïa, observándolos con curiosidad. —He visto una maqueta de ellas en una de las salas del centro del entrenamiento. Se supone que son inofensivas. —Asiento, un poco más tranquilo, conociendo al Capitolio dudo mucho que sea así, pero el hecho de que no nos hayan atacado me da que pensar. Tal vez podamos usarlas —¿Qué decías de un plan? —Me obligo a centrarme en el instante presente, necesito algo firme o ya puedo despedirme de salir de los juegos más pronto que tarde.
—Yo… Solo reflexionaba a todos los errores y puntos débiles que tenían nuestras estrategias desde el momento en que salimos del baño de sangre. —Lo que he dicho es un poco mentira, ya que los únicos errores en los que pensé fueron los míos, pero sirve para llamar su atención.—Alaïa, tú hablabas de atraerlos con alguien que quizás les parezca lo bastante inofensivo como para tumbarlo de un disparo o noquearlos con trampas, o veneno. Pero ya vimos que los dardos de tu cerbatana no hacen eso. Son peligrosos, quizás lo suficiente como para causar un caos del que, de un modo u otro, la alianza salga fragmentada. —Por la forma en que sonríe la chica puedo adivinar que mi idea le está gustando. —Para eso necesitaremos dos cosas: una distracción lo suficientemente grande como para ocupar a nuestra víctima el tiempo necesario como para que Alaïa le acierte un dardo. O un suceso inesperado que los desoriente a todos, como una bandada de insectos, o un fogonazo; incluso ambos. De hecho, esta última idea iría muy acorde con lo que parece ser el patrón de la arena: La luz y la oscuridad.
Siento ansias de taparme la boca, al advertir lo que acabo de desvelar. Pero no lo hago. Hasta ahora había llevado un perfil discreto, centrando gran parte de mi juego en alimentar la historia de amor que hizo que me quedara con todos los patrocinadores de una, tras presentarme voluntario. No desvelé todo lo que sabía de los juegos hasta verme frente a los vigilantes. E incluso así existen algunas cosas que no podía mostrar en aquella sala. Por fortuna, mis aliados están lo suficientemente interesados en el plan, como para invitarme a continuar, en vez de interrumpirme con preguntas inoportunas:
»—Y el efecto sorpresa, Cromwell ¿recuerdas la entrada por la que escapaste de los profesionales? La podríamos utilizar a nuestro favor… —Mi voz cada vez más resuelta y directa se ve silenciada por el clásico sonido de un paracaídas cuyo contenido son una caja con un utensilio extraño en su interior, llamado bomba de luz, y una navaja. La nota que la acompaña resulta ser tan clara como el mensaje que quiere transmitir:
«Aquí tienes tu fogonazo, Alec, la navaja es para tu compañera.» Me llama la atención esa indicación respecto al arma, es cierto que comparado conmigo y Cromwell, Alaïa está un poco desprovista a la hora de atacar a corta distancia. Pero no es como si no tuviera nada para ella, mientras intentaba sacar a Sheisha de la trampa en donde se había caído, antes de que la mataran, recogí la extraña Katana que mi difunta aliada llamó "tantō" y la llevé conmigo. Se la podría dar.
A menos que mi mentor pretenda darme otro tipo de mensaje con esta arma. Uno que solo alguien como yo pueda entender...
.
Gallo Caio Strauss – 17 años – Distrito dos
—¡¿Se puede saber en qué pensaste, Gallo?! ¡Podríamos haberles asesinado a todos! —La frase que pronuncia Filipo me daña más que cualquier golpe que podría darme. El chico del distrito uno ha tardado apenas una milésima de segundo en cogerme desprevenido y golpearme con todas sus fuerzas. Y aunque mi primer instinto habría sido regresar-le los golpes, no pude hacerlo. Él tenía razón, nosotros teníamos la ventaja durante la batalla. Éramos profesionales y teníamos nuestras armas con las que podríamos haber acabado tanto con Cormorant, como con el chico del siete, sin problemas. Sin embargo, no lo hicimos.
Y es que nada más verme a salvo de Cormorant mi primer impulso fue el de agarrar el brazo de Filipo, quién estaba apuntando al chico del distrito siete, con la intención de asesinarle con la única flecha que le restaba; y huir. Estaba muy asustado, era incapaz de pensar en otra cosa que no fuera lo que acababa de pasar. Cuando Cormorant aprovechó mi instante de bloqueo, para empujarme, realmente pensé que me asesinaría. Podría haberlo hecho, estaba seguro de ello, literalmente le habría bastado con un simple movimiento de su lanza. Además, Kleo, ella…
Está muerta. Vi como Cormorant la asesinaba, sin compasión, poco después de que ella me suplicase que no hiciera lo mismo con su compañero de distrito a traición. Debí haberla ignorado, matar a Cormorant era lo correcto, lo sabía. Todo podría haberse evitado con un solo gesto de mi cuchillo. Pero no lo hice y ahora, por culpa de eso, me encuentro conque Cormorant ha asesinado a la única persona de mi alianza en la que podía confiar.
Es por eso que Filipo no ha dejado de tirar de mí en todo el camino, mientras corríamos. La misma razón por la cual, nada más soltarle, su primer impulso fue el de darme un puñetazo en todo el rostro y decir aquella frase. Y así hemos terminado en esta situación, con él intentando darme de puñetazos, mientras que yo me protejo todo lo posible, sin sacar mis armas. El chico del distrito uno está furioso y descontrolado. Y, francamente, lo comprendo, cuando acordamos cazar al grupo de Cormorant, en la zona de la pradera, ninguno de nosotros se imaginó que esto pasaría. Era cierto que Kleo tenía tendencia a ponerse nerviosa cuando uno de nosotros mencionaba a su compañero de distrito. Pero como yo tampoco reaccionaría bien si me mencionaran a Sheisha, con las mismas intenciones, no le tomé demasiada importancia.
Kleo seguro no tardaría mucho en hacerse a la idea de que su compañero de distrito era el enemigo. Del mismo modo en que yo me había hecho a la idea de que todos los que se interponían entre mi victoria y yo lo eran. Eso fue lo que pensé y la razón por la cual ignoré las señales obvias que mi aliada me estaba dando. E incluso así, no es como que el asunto importara mucho al final. Patriotismo o no, íbamos a tener que matarle. Pero ahora estoy descubriendo que a ella sí que le importaba, lo cual me molesta mucho más de lo que pensaba. Ya que significa que no la conocía tan bien como creía.
—Filipo, escucha… —Me animo, al fin, a intentar razonar con Filipo, necesito encontrar una forma de ponerle de mi lado, antes de que sea demasiado tarde. —Detente, ¡por favor! —Le agarro por las muñecas, intentando mostrarme lo más suplicante posible. —Sé que estás furioso pero si sigues así lo único que conseguirás es allanarle el camino a Cormorant. Estoy seguro que él tenía una especie de pacto con Kleo contra nuestra alianza ¿Por qué si no iba a suplicarme ella que le dejase vivir? No tiene sentido.
—Tampoco tiene sentido que él la hubiese asesinado de ser así, ¿no crees? —Protesta el chico, algo más calmado, al parecer el tiempo de desahogarse ha terminado, mejor así. No quiero pelear contra él durante todo el camino. —¿Y el honor entre compañeros de distrito?
—El honor no existe en los juegos del hambre, Filipo. Deberías de saberlo. —Respondo con el tono más firme que encuentro. Mi compañero de alianza desvía la mirada, pero asiente. Honor: esa fue precisamente la razón por la que me detuve en aquel entonces, porque mis padres me enseñaron a atacar a mi enemigo de frente, en vez de por la espalda. Y por la cual fallé. Pero la próxima vez no vacilaré, he aprendido de mi error.
Es por eso que no tengo reparos en adelantarme a Filipo, para contar mi propia versión de los hechos a Sadfire, una vez que ella nos interpela, nada más llegar a la zona de la Cornucopia. Si hay algo que me dejaron claro mis hermanos, durante sus juegos y después, es que es la forma en la que dominas la información lo que determina el éxito de cualquier manipulación. Y no solo eso, también a conocer a tu enemigo tanto como a ti mismo. Y después de todo lo que ha pasado, tengo claro en quién podría confiar para tomar la actitud adecuada frente a estos juegos.
.
Jack Lastra Thibodeau – 18 años – Distrito siete
No me permito suspirar hasta que Gallo y Filipo se hayan fuera de mi vista. No puedo creerlo. Hace un segundo me encontrado derrotado frente al chico del distrito uno, quién me había logrado incapacitar, clavándome, en la pierna, una de sus flechas, mientras intentaba, en vano, salvar a Diana y al siguiente Gallo había agarrado su mano y ambos habían huido; dejándome con vida. Mientras que Cormorant acababa de asesinar a su propia compañera de distrito.
—Uf, eso estuvo cerca. —Expreso, aliviado, todavía siento el miedo bajo mi piel, cuando el profesional del distrito uno me apuntó al corazón, realmente pensé que iba a morir. Un simple disparo y todo habría terminado. Ni siquiera tuve el coraje de tirarme sobre Filipo, cuando se distrajo por un segundo. Estaba demasiado aterrado para reaccionar, todo lo contrario a Cormorant, por cierto. —Afortunadamente, ambos huyeron. Cierto, Cormorant ? Cormorant ?
Mi compañero de alianza apenas reacciona a mis palabras, limitándose a observar el cuerpo inerte de Kleo como si aun no procesara que la ha asesinado. No puedo evitar recordarme a mí mismo tras haber matado a Kyle, la diferencia es que el chico del distrito nueve no era mi compañero de distrito. Además era en defensa propia mientras que ella… Acababa de… ¿Ayudarle ? Lo cierto es que todavía no alcanzaba a comprender todo lo que había pasado, o peor todavía, acababa de provocar.
Cuando sugerí que nos moviéramos de nuestro refugio, sólo pensaba en evitar una posible emboscada por parte de los profesionales. Ellos eran cinco, nosotros tres y Diana ya había sido herida anteriormente por la chica del distrito once (aunque podía luchar perfectamente, debido a las medicinas [para la cabeza], que le proporcionaron los patrocinadores). Eso sin contar que Cormorant era el único profesional del grupo y yo la única persona en haber matado de los tres. No podríamos sobrevivir a un ataque sorpresa por parte del grupo. En cambio, nos los hemos encontrado de frente y por causa de ello Diana está muerta.
Me apoyo sobre las manos hasta lograr sentarme, a diferencia de Diana y Cormorant, yo todavía no había alcanzado el agua, cuando Filipo me disparó. Era un terreno muy engañoso tanto que, de no ser porque Kleo tenía atrapada a Diana, no me habría acercado ni a la orilla. El chico del distrito uno parecía haber tomado como personal la empresa de cazarme y por su actitud me habría esperado una muerte entre terribles sufrimientos, si lo lograba. Por mi parte, estaba demasiado aterrado como para intentar cualquier imprudencia. Ese chico estaba loco, se divertía acechándome y acorralándome como si fuera un depredador sanguinario. No tuve más remedio que replegarme tras el mayor número de obstáculos posibles, con la esperanza de que vaciara todo su carcaj. Entonces, quizás, podría contrarrestarlo. Pero todo ello era sin contar que Gallo llamara la atención de Cormorant de esa forma tan rastrera, utilizando a su propia compañera de distrito en su contra. Me hizo sentir rabia, no porque apreciara especialmente a Diana, ni nada por el estilo (aunque tampoco la odiaba), sino por la forma en que iba a morir mi líder. La forma en que iban a morir los dos, sin que hubiera podido hacer nada por ellos. Diana, atrapada, sin poder defenderse, y él por una simple distracción.
Así que me lancé a correr, con la intención de saltar sobre Kleo y atacarla, olvidando por un instante al chico del distrito uno y su infalible arco y por ello a punto estuve de perecer yo también. De hecho, no sé por qué Filipo me apuntó a la pierna y no a otro sitio. Pero, desde luego, no voy a ir a preguntárselo.
Observo la flecha de mi pierna, preguntándome si debo arrancármela o no, cuando el ruido de pasos en el agua me distrae. Cormorant no solo salió por sí solo de su trance, sino que sostiene el cuerpo de su compañera de distrito, con delicadeza y de tan cerca que casi podría besarla. Al parecer le está susurrando algo al oído, pero no logro distinguir qué es. Seguidamente le cierra los ojos, para luego proceder a arrancar la lanza ensartada de su cuerpo.
Tengo que reprimir el impulso natural de desviar la mirada frente a la salpicadura de sangre que provoca el acto, más cuando el cuerpo cae en el agua con un golpe sordo, enrojeciendo el agua de sangre. Posteriormente, Cormorant se acerca a Diana y lo que dice hace que me invadan los remordimientos:
—En el baño de sangre me ayudaste mucho. Sadfire posiblemente no me habría asesinado, pero el resto de la alianza sí. Te arriesgaste por mí sin que te lo pidiera y no solo entonces. No me habría importado mucho ir en solitario a los juegos, pero tú me abriste la puerta a una alianza. Espero que al menos descanses en paz, sabiendo que has hecho todo lo que has podido por regresar a tu hogar.
Por su rostro afligido no parece ser ningún tipo de actuación, al contrario, cuando se despidió de Kleo parecía a punto de llorar, y eso que fue él quién la mató. Me hace sentir mal, mi primera impresión de Diana fue que era una bruta y una mandona y conocerla durante la alianza no mejoró las cosas. Era autoritaria, siempre quería tener la razón y no aceptaba segundas opiniones. De lo único que tengo que darle crédito era de su valentía, lealtad y que siempre tomaba la iniciativa en nuestra alianza. El problema es que hasta ahora, que murió, no empecé a pensar en ello. Supongo que estaba demasiado concentrado en que dejase de pretender mandarme como para valorarla como es debido.
.
—Vas a tener que prestarme tu hacha un momento, Jack, no creo que pueda confeccionarte un bastón con mi lanza. —La iniciativa de Cormorant me sorprende, por su estado me esperaba que tardase más en moverse y actuar. —Además, necesitas partir esa flecha. —En sus manos sostiene una de las flechas tiradas por el suelo para poder medirla con la que tengo incrustada en la pierna y le hace una marca. —Adelante, son idénticas. —Le hago caso y la parto con mi hacha, mientras él la sostiene. Es mejor no intentar ninguna locura. —También me gustaría sacar la cabeza, pero no sé si me saldrá bien. En el centro de entrenamiento me pasé por la estación de sanación y algo aprendí, pero no soy un experto ¿Te fías de mí? —Me encojo de hombros.
—Mucha elección no tengo, ¿no crees? —Respondo, quitando-la de mi cintura, con una pequeña sonrisa. —¿Nos queda algo de lo que trajo Diana? —Asiente, aunque su semblante se agrieta a la simple mención de su nombre. —Cormorant yo… —Trago sonoramente en busca de las palabras adecuadas. —Sé que esto no es fácil así que si necesitas hablar de lo que ha pasado, puedes. No te voy a juzgar. —Me espero que él me ignore olímpicamente y siga con lo suyo, el chico del distrito cuatro nunca ha sido el más hablador de la alianza, al contrario, pero su respuesta me sorprende.
—No es que haya mucho de lo que hablar. Kleo siempre ha sido una persona impulsiva a la que le gusta hacer las cosas a su modo y el que muriese de esa forma no estaba en sus planes. Quería darme la oportunidad de luchar y fue lo que hice. No quería asesinarla pero después de lo de Diana… —Y Niega con la cabeza, con un semblante serio, ahora sí que está actuando, lo cual me contraría un poco. Pero, como no me apetece perder los patrocinadores que nos restan, termino asintiendo.
Cormorant va a buscar la mochila de Diana y vacía su contenido a mis pies, todavía quedan suficientes vendas para mi pierna, pero nada más. Si alguno de nosotros sufre otro percance tendremos que esperar a que los patrocinadores se apiaden de nosotros. Además de que tampoco tenemos comida suficiente para otro día más.
—Sabes que si regresas tu distrito te odiará, ¿verdad? —Añado, en voz baja, una vez que lo tengo sentado frente a mí. Sigo preocupado y el que no parezca dispuesto a ser sincero no ayuda. Comorant, sin embargo, reacciona de la peor forma posible:
—Eres consciente de que si regreso significa que estarás muerto, ¿verdad? —El tono serio y frío con el que lo dice hace que prácticamente me sobresalte. Pero al verlo, mi compañero de alianza se arrepiente. —¡Perdona, Jack! Yo no pretendía, solo… —Es en esos momentos cuando advierto lo fragmentado que está Cormorant en realidad. Y me siento peor. Mi aliado no está bien, se está rompiendo por dentro y yo, en vez de ayudarle, estoy poniendo más sal en la herida con mis comentarios.
—No te preocupes. Todavía estás algo afectado, es normal. Me contentó conque no me eches de la alianza por tullido. —Utilizo un tono más bromista que de costumbre, que hace sonreír al chico del distrito cuatro.
—¡Nunca! — Asegura este y se pone manos a la obra con mi pierna. Cuando terminamos decidimos seguir caminando en pos de un lugar más seguro. Avanzo apoyándome en Cormorant hasta que encontramos un árbol cuyas ramas son lo suficientemente fuertes para confeccionar un bastón. Es entonces cuando un murmullo distante llama mi atención, es como una oración desolada que se repite una otra vez. Un pequeño lamento de alguien cuya voz estoy casi seguro de discernir sin necesidad de acercarme. Mi propia compañera de distrito: Sonya Daskalova.
.
Sonya Daskalova – 16 años – Distrito siete
Mazda, Nicott, José... Por mi culpa todos los que quería me han dejado. Mazda, Nicott, José… Por mi culpa todos los que quería me han dejado.
No dejo de repetirme variantes de la misma frase como si fuera un mantra. Me siento muy mal, completamente destrozada y rota. Mi compañera de alianza está muerta por mi culpa, porque yo fui quién corrió hacia la Cornucopia en busca de algo que al final no conseguí. Y aunque ese tema había quedado aparcado hace un rato para mí. La disputa con mi aliado a causa de lo ocurrido con Nicott lo hizo revivir. No dejo de pensar en que si ella no hubiese muerto en la Cornucopia nada de esto hubiese pasado. José no hubiera tenido que tomar la cabeza de la alianza para conducirme a junto de Nicott, en busca de una esperanza ilusoria. Tampoco habríamos tenido que verle morir sin poder hacer nada por evitarlo, del mismo modo que vi morir a tantas personas en el baño de sangre, sin poder hacer nada por ellas. Enophi, Mazda, Nicott,… Sus rostros y nombres permanecen en mi mente a pesar de todos mis esfuerzos por eliminarlos. Y la partida de José no ha hecho más que rehogar en una herida, en mi interior, que nunca termina de sanar.
Ni siquiera me molesto en moverme al escuchar los pasos ruidosos de alguien que se acerca. Estoy cansada pero no logro dormir, cada vez que cierro los ojos veo a José observándome, desolado, antes de partir corriendo lejos de mí. O él mismo acusándome de haber traído la muerte a Nicott y no lo soporto. Quiero hacerme un ovillo y llorar hasta la pesadilla en la que se convirtieron los juegos del hambre termine. Y lo peor es que no importa cuantas veces lo haga, nada va a pasar.
—¿Sonya? —La mención de mi nombre, me hace levantar la cabeza, girándome, por inercia. Se trata de Jack, mi compañero de distrito, el cual me observa con una expresión tan inquieta que me toma de sorpresa. Durante el poco tiempo que compartimos en el centro de entrenamiento de tributos nunca lo vi así. Siempre estaba serio y estoico conmigo y, o, nuestros mentores. La única vez que se mostró más afable fue el día en que ambos fuimos cosechados. —No me esperaba encontrarte aquí, ¿te encuentras bien? ¿Dónde está José?
Nada más escuchar el nombre de mi antiguo aliado exploto en lágrimas, sin importarme que ya no esté sola en la arena. No puedo más. Necesito desahogar todo el dolor que llevo dentro. Es entonces cuando siento los brazos de mi compañero de distrito envolverme y todo surge. Dolor, culpabilidad, angustia, arrepentimiento… Todo ello me envuelve haciendo que mis lágrimas no paren de fluir. Quiero decirle a Jack que me suelte, que no necesito el consuelo de alguien como él: un asesino. Pero su abrazo resulta tan… ¿cálido? Termino abandonándome entre sus fuertes brazos mientras derramo todas las lágrimas de mi ser. Rezando porque nada de lo que está pasando sea una estrategia para asesinarme mejor. No podría soportarlo.
.
Cuando el silencio que nos envuelve a través de la arena se desvanece, el raciocinio regresa a mi cuerpo y al instante me separo, mis manos buscando a tientas el cuchillo que me dejó José, entre los bolsillos de mi vestido. Jack, por su parte, intenta levantarse, pero fracasa estrepitosamente, es entonces cuando advierto que mi compañero de distrito tiene la pierna derecha vendada y no está armado ¿En qué diantres estoy pensando? Ni siquiera tiene los medios para matarme. La voz que rompió el silencio de la arena se hace más cercana y fuerte, parece pertenecer a otro chico.
—Jack, ¿se puede saber donde estás? Te dije que no te movieras hasta que yo regresara. No puedes forzar tu pierna. —El chico del distrito cuatro ha irrumpido de sorpresa en la zona, con ambas manos ocupadas. En su mano derecha sostiene una lanza, mientras que la izquierda tiene lo que parece ser una rama tallada de tal forma que parece un bastón. —¡Oh! Hola...—Su voz titubea nada más constatar mi presencia. Mi compañero de distrito, por su parte, sonríe de forma mucho más amable que de costumbre, incluso jocosa. Es entonces cuando habla:
—Parece que el juego del chico frío ha terminado. —Admite resignado. —Sonya, por favor, tranquilízate. No pretendo hacerte daño.
Al encontrar el cuchillo mi mano se crispa, pero renuncio a sacarlo. De todos modos estaría en desventaja. El chico del distrito cuatro tampoco ataca, sino que se acerca a Jack con intención de ayudarle a incorporarse, para posteriormente entregarle la rama y una hacha, que tenía anudada a su cintura con una cuerda. Su mirada incide, entonces en mí y por un instante tengo la sensación de observarme en un espejo. No porque se muestre triste o desolado, sino que al igual que yo, él tampoco parece fiarse de mí. Sin embargo, ninguno de los dos ataca. Nos limitamos a observarnos a los ojos, mientras que mi compañero de distrito se sienta entre nosotros y hace las correspondientes presentaciones. Parece que estamos en una especie de tregua, ¿o es, acaso, una alianza? Lo cierto es que no lo sé.
Pero no me gusta.
.
Filipo Aristarco – 15 años – Distrito uno
Gallo es un cobarde.
Fue el primer pensamiento que cruzó mi mente al ver que, no solo no había tenido el empuje de mandar al vuelo a Kleo y matar a Cormorant igual; sino que apenas me había descuidado un segundo (viendo la batalla de mi difunta aliada), que ya lo tenía agarrándome la mano para que huyésemos. Fue todo tan rápido que ni siquiera tuve ocasión de recoger todas las flechas que había disparado. Entre eso y que estaba a punto de eliminar al chico del distrito siete de la faz de la tierra, estoy bastante enfadado. Y es por eso que nada más verme libre de su agarre me puse a golpear en vez de razonar. Tampoco es que me importe mucho personalmente, Cormorant no es mi enemigo directo, así que me da lo mismo el provecho que pueda tirar de ello.
Lo que sí entiendo es que mientras queden competidores vivos no me podré quedar con la corona. De ahí que le haya dado la razón a mi aliado a regañadientes. Asesinar a Gallo no me servirá de nada si el resultado es que Sadfire haga lo mismo conmigo.
Es por eso y no por otra razón por la cual frené mi arrebato de ira. Estoy intentando pensar de forma práctica, también. No cegarme hasta el punto de olvidarme a mí mismo, tal y cómo mi mentor me aconsejó. Pero si ya era difícil en el Capitolio, dónde no paraba de pensar en potenciales víctimas o golpes que dar, en la arena es peor.
Es todo demasiado real, demasiado emocionante, pero también demasiado peligroso. Y demasiado divertido también. Me cuesta comprender que a otros no les pase lo mismo. Porque Gallo tiene que buscarle explicación a todo, por ejemplo. Tampoco apruebo lo de Kleo, pero admito que ha sido inesperado y hasta valiente. Gallo podría haberla matado por eso, yo lo habría hecho. En todo caso ya está muerta así que tampoco importa.
Lo que no me resulta tan extraño es lo preocupada que se ve Sadfire. Tanto que por un instante, se incorpora como un resorte, para luego hacer una pequeña mueca frágil, al recordar su tobillo. Brunel, por su parte, sonríe, como si hubiera captado algo que los demás no, y también se acerca, interesada. Mientras Gallo comienza a contar los hechos de forma bastante resumida y edulcorada. Personalmente me molesta que haya tomado la palabra antes que yo. Lo está contando todo mal: Kleo no pretendía salvarle la vida a Cormorant, ni nada por el estilo. Solo quería que su compañero de distrito muriese batallando. Tampoco Jack me sobrepasaba en velocidad a mí gusto, pero no voy a admitir que gasté más flechas en acorralarle, por diversión, que en matarlo. En cuanto a lo de la huida...
—Una pregunta tonta, vosotros sois profesionales, ¿no? —Brunel elige el momento idóneo para interrumpir a mi aliado en su monólogo, el cual asiente. Me pregunto adonde querrá llegar con esto —Es que por el tono catastrófico que estás usando no lo parece. Filipo todavía tiene una flecha y tú cuchillos, ¿en serio es tan complicado dispararlos hacia un blanco tan obvio como un chico que acaba de matar a su compañero de distrito en un impulso? Lo del chico del siete te lo perdono. Sé que pensabas en matarlo. — Suelto una gran carcajada, esta chica no dejará de sorprenderme.
—Porque es un cobarde, querida. Es tan simple como eso. —Respondo atreviéndome a brindar mi opinión del asunto. —Yo que tú no escucharía más palabras de su parte, Sadfire, son mentiras. —Mi compañera de distrito arquea una ceja, ante mí, su expresión es como una mezcla entre desconcierto y confusión. Pero también hay una desconfianza latente en la que confío.
—Claro, porque pararse a gritarme y golpearme en pleno del campo, sin siquiera ver si nos persiguen es mucho mejor. —Ahora es Gallo el que sonríe con una malicia casi innata. Sadfire parece mirarme de forma crítica. Brunel, en cambio, ríe, lo cual me hace apretar los puños de la ira. Debo controlarme, no puedo acabar con mi alianza ahora. Y menos por un motivo tan estúpido.
.
Es en ese momento y no antes cuando lo veo. El tributo del distrito once está agachado frente a uno de los víveres que decidimos dejar tirados a lo largo del túnel, para atraer a los más incautos. Por el color oscuro de su traje deduzco que entró rampando por el suelo, en vez de de pie. Además del hecho obvio de que no lo había visto hasta ahora. Inmediatamente saco la flecha que me queda y lo apunto. Sadfire, asustada, levanta las manos. Pero no tarda mucho en darse cuenta de que no la estoy apuntando a ella.
—Yo que tú soltaría eso, Cromwell —Advierto, con el tono más amenazante que puedo encontrar. Por algún motivo el chico del distrito once no semeja ni siquiera asustado, porque en vez de soltar de golpe el objeto que tiene en la mano lo posa con delicadeza frente a él. Pero al cruzar sus ojos con los míos sonríe de forma tan maligna que tengo claro que tiene algo montado. Es entonces cuando noto ese sonido tan peculiar, similar al de una pelota rodando contra el suelo del túnel. El tributo del distrito once no ha posado la caja que cogió tan despacio porque sí, intentaba esconder algo: una pequeña bola de tono gris claro que hizo rodar tan rápido, que apenas tuve tiempo de distinguirla antes de que una luz intensa y cegadora surgiera de ella y nos envolviera.
Instantáneamente cerré los ojos, cubriéndome con el brazo, pero era demasiado tarde. El silencio que precedía a nuestra disputa había sido anulado por una cacofonía de gritos y sonidos sin sentido. La gran mayoría eran humanos, pero también había otros que me recordaban más al zumbido de unos insectos enloquecidos por la luz. La misma luz que por poco me quema las retinas. Intento abrir los ojos, pero hay demasiadas luces y sombras a mi alrededor como para captar todo lo que está pasando. Siento algo extraño en mi cuerpo, como un pinchazo. Y mis emociones dan un salto al comprender que el chico del distrito once no estaba solo ante nosotros. Hay dos tributos más, un chico y una chica. Y sombras que nos rodean y acosan, reproduciendo unos sonidos fuertes y molestos que no reconozco como parte de este mundo. Lo peor es que cuando, al fin, se me aclara la vista nada tiene sentido. No soy capaz de distinguir a mis aliados entre el vaivén de figuras que se mueven por el túnel. Todos son enemigos para mí.
Y, ante los enemigos, mi cuerpo solo tiene una respuesta que dar...
.
Nota: Acabo de advertir que hace rato que no pongo las preguntas de rigor de un syot, como pov favorito y toda la parrafada. Tendréis que perdonarme, pero ya no me apetece hacerlo, únicamente terminar el syot para seguir con todo lo demás que tengo pendiente (Cárcel emocional, Telaraña de Cristal, etc, etc). Espero lograrlo algún día.
Nos leemos :D
