Debo reconocer una cosa, en el anterior Capítulo, cometí un error al plasmar las entrevistas como inicio de los distintos povs de mentores, no tanto porque fuera una mala técnica sino porque tengo la sensación de que mal que bien os he insinuado el final del syot y eso no está bien. Pero ya no se le puede hacer nada, así que os dejo leer el Capítulo; esperando que a pesar de ese detalle no me odiéis mucho y sigáis leyendo las aventuras de vuestros tributos.
Capítulo diecinueve: Lealtad
Cuando Nate Golden hizo una alianza con la chica del distrito cuatro, impulsado por nada más que un pacto secreto entre sus mentores, nunca pensó que su lealtad le ayudaría a sobrevivir al juego en que se metió cuando se proclamó como uno de los primeros profesionales voluntarios para los Juegos del hambre.
«¡Saludos finalistas de los Vigésimo cuartos Juegos del hambre! ¡Felicidades por haber llegado hasta este punto! Creo que a estas alturas os ha quedado obvio que esto no es un cuento de hadas, así que agarrad vuestras armas y dirigiros a la Cornucopia. Os espera un banquete espectacular donde todos tenéis una oportunidad de oro de ganar ¡Mucha suerte! Y no queremos ausencias. » [Anuncio de Blake River, presentador de los juegos del hambre, para el banquete, en el cuarto día en la arena.]
Sadfire Williams — 18 años — Distrito uno
«Olvidate de las alianzas, Sadfire. Filipo está desquiciado y Cormorant dudo mucho que cambie de bando a estas alturas del juego. Vas a tener que ser estratégica. »
Suelto un golpe contra el suelo, rabiosa, nada más leer la nota de mi mentora, la cual viene con un cicatrizante que me permitirá aliviar mis heridas más graves y así poder desplazarme por la Cornucopia (el día anterior me dio comida y agua suficiente para no tener que moverme demasiado de mi franja de la arena para cazar). Y recuerdo con ira mi batalla contra los tributos del distrito doce y ese chico del once y el estado en que quedó mi alianza por ello. Pensé que Filipo se recuperaría, que el ataque de locura que le indujeron sería temporal, pero al parecer me he quedado sola. Y lo peor es que ni siquiera pude matar a Gallo en esa contienda. El chico del distrito doce se me adelantó.
Y me irrita, definitivamente lo hace ¿Quiénes eran esos chicos de distrito para desarrollar una estratagema tan temible contra nosotros? ¿Y por qué Alec se movía casi como un profesional por la arena? Sé que sacó un nueve, pero, incluso así, no lo termino de entender.
Y luego está Cormorant…
«Sadfire, no caí en el juego de tu aliado, ¿quién te dice que lo haré en el tuyo?»
En el baño de sangre me puso de los nervios, no solo porque no me hizo caso y siguió en su empeño de rechazar la alianza profesional, sino que tampoco parecía dispuesto a morir pronto. No importaba los golpes que le diese, siempre se defendía, a la par que retrocedía hacia una salida; y todo ello sin dejar de mirarme con esa estúpida sonrisa de vencedor que tenía. Lo peor es que ninguno de los ataques que logré acertarle sirvió de nada porque su aliada le ayudó a escapar. La misma que Kleo asesinó y cuya muerte me agradaría sino fuera porque Gallo no tuvo las agallas de matarle, tanto antes como después de que la chica del distrito cuatro sucumbiese. Siempre sospeché que el chico del distrito cuatro era, junto conmigo, el mejor profesional de estos juegos, pero claro tenía que ponerse en mí contra.
—Bueno, un objetivo a la vez. —Admito, resignada, aplicando el cicatrizante en mis heridas, con la mayor tranquilidad posible, mientras pienso en qué me esperará en el banquete. Además de Cormorant y el chico del siete, todavía quedan su compañera de distrito, el del cinco, Alec y, obviamente, Filipo. No puedo enfrentarme a todos a un tiempo, lo tengo más que claro. Tendré que escoger uno y arriesgarme a atacar. Luego entraré a la Cornucopia y veré qué regalo me dejaron los vigilantes. Y si puedo matar a alguien, antes de que agarre el suyo, mejor. Así podré ganar con todas las de la ley.
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Cormorant Jones — 17 años — Distrito cuatro
«Manteneos juntos lo más posible. Recordad que tenéis la ventaja numérica de vuestro lado, pero no os ceguéis. Os enfrentáis a dos profesionales temibles y a un chico de distrito que es más hábil de lo que parece, además del chico del distrito cinco. Pensad bien antes de actuar. »
Asiento, guardando la nota de mi mentor y me preparo para el banquete. Personalmente hubiera preferido otro tipo de mensaje, pero tiene razón en que no nos favorece enfrentarnos a todos los que quedan en solitario.
—¿Qué vamos a hacer? —Susurra Sonya, inquieta. —Estoy un poco asustada. —Debo admitir que yo también lo estoy, pero he llegado demasiado lejos como para retroceder. Poco importa lo que piensen de mí en mi distrito, me concentraré en ganar los juegos y lidiaré con ese tema cuando toque lidiar.
—Pensar en un plan y aplicarlo. —Tercio, mientras hago acopio de las provisiones que nos restan. Al parecer, dimos un mejor espectáculo de lo que pensé porque recibimos comida y hasta algo de medicina, aunque no la suficiente para que Jack esté en óptimas condiciones. —Jack, dudo mucho que puedas correr hasta la Cornucopia, así que avanza con cautela y mantente detrás de Sonya. Es muy probable que haya tanto un cicatrizante, como más armas, si juzgan que las necesitamos para ganar. Yo, por mi parte, me lanzaré al ataque. No es que pueda con todos, pero necesitamos una distracción. Además de que soy el menos herido del grupo, junto a Sonya, así que… —Me encojo de hombros, es cierto que Gallo me hirió en esa batalla que tuvimos, pero como él estaba más concentrado en matarme rápido, que en divertirse, ninguna de esas heridas resultó ser de gravedad. Y del cansancio de la batalla ya me repuse ayer.
—Podrías morir. —Responde Sonya, preocupada, sujetándome de las manos. Sí, yo también lo he pensado, pero no hacer nada no solucionará las cosas.
—Todos debemos morir para que uno gane, Sonya. —Le recuerdo con dulzura. Ella agacha la cabeza, pero no me contradice, Jack, en cambio, asiente. —Filipo, sin embargo, me preocupa. Tiene un arco. No importa que se le haya vaciado la mayoría del carcaj en el enfrentamiento que tuvimos Jack y yo con él. Si su mentor no le da las flechas se las darán en el banquete. Eso es lo que significa una oportunidad de oro —explico.
—Podemos intentar ocuparlo —, decide Jack, firme. —Tienes razón en que no puedo correr, sin que mi pierna me perjudique, pero puedo avanzar bien si me protejo y calculo bien mis movimientos hasta llegar al centro. Allí seguro que hay algo que nos proteja de sus flechas. Dudo mucho que el que nos asesine a todos de un disparo sea sinónimo de espectáculo para el Capitolio y seguimos estando en uno. —Por la forma en que lo dice me queda claro que ambos recuperamos nuestro acto, ante la situación en la cual nos encontramos. —Sonya, ¿crees que podrás hacerle algo a José? —Ella nos observa muy asustada.
—¿Qué? ¡No! —Por el tono en que lo dice parece que mi compañero de alianza ha hecho una atrocidad, al nombrarlo. Seguidamente se tapa la boca, avergonzada, pero no se lo reprocho. Yo tampoco estaría seguro de poder asesinarle en su misma situación.
—Entonces busquemos una forma de que no nos perjudique. —Decido. —Gallo está muerto, de todos modos. Así que no creo que piense en vengarse. Y a Sadfire y Filipo es obvio que no puede acercarse sin una buena estrategia. Se la podemos proporcionar —. Ella asiente, suspirando, aliviada. Debo admitir que me preocupa verla en el filo de la acción. Es demasiado bondadosa para asesinar a una persona, lo tengo claro. Pero si hay algo que aprendí de la única vez que nos enfrentamos es que con la suficiente motivación puede tanto defenderse como atacar. Y ahora creo que la tiene. —Como es obvio, podría negarse, pero creo que a estas alturas…
—Le conviene más quitarse enemigos fuertes de encima, entiendo. —Coincide Jack, conmigo. —Luego veremos cómo lidiar con él, si sobrevive a los profesionales que quedan. —Me fijo en que Sonya se sobresalta, nada más escucharle y él cambia su tono. —Sonya, sé que la participación es obligatoria, pero si te sientes incapaz de…
—¡No! ¡Puedo hacerlo! —Lo interrumpe ella, casi gritando. Creo que está desesperada y se le nota, pero mejor eso que nada. —¿Qué hacemos con el del doce? —Sonrío un poco, recordando a Alec, si mal no recuerdo es el favorito de los telespectadores, aunque yo tampoco me quedé atrás. Defender a mis aliados en la entrevista me dio mucha más fama de la que tenía prevista. No creo que le impidan enfrentarse a alguien, si lo desea, la cuestión es, ¿a quién escogerá?
—Dejar que se confíe, obvio. —Explico, a la par que saco la red de Kleo de mi mochila y juego con ella, concentrado. No estoy seguro de por qué me la quedé, probablemente porque ella me la lanzó, o por otro motivo. Pero no la desperdiciaré. —Cogí esto de mi compañera de distrito, por si la necesito en algún momento. Confiad en mí, todo esto nos saldrá bien.
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José Eduard Bayley (Martínez) — 17 años — Distrito cinco
«No pierdas la confianza, José. Los vigilantes te han proporcionado un arma para ganar ¡Utilizala! Y recuerda que no estás solo en la arena. »
Las palabras de mi mentor se han vuelto un pensamiento borroso ante la situación en la que me encuentro, frente a la Cornucopia. Tengo miedo, mucho miedo. Estoy solo frente a profesionales como la chica del distrito uno, su compañero de distrito, que parece un loco psicópata, y el del cuatro que les observa con una sonrisa tan segura que da miedo. Y eso sin contar a Sonya, su compañero de distrito y el chico del distrito doce. Lo único que me impide echarme a temblar es el brillo violáceo de mi arma después de untar la hoja en acónito. Tengo un arma pero no el valor de matar.
Así que me precipito al centro de la Cornucopia, en busca de algo que me dé valor frente a los demás. Sonya también lo hace y al verla mi primer impulso es agarrar mi arma y situarla frente a mí.
—¡N-no te acerques! —Le grito, asustado, ella emite un sollozo, pero asiente, sosteniendo su cuchillo con más fortaleza de la que me esperaba de su parte. –¡No me obligues a disparar!
—José, por favor, baja eso. No queremos hacerte daño —dice su compañero de distrito, con un tono más tranquilo y se acerca a nosotros. Me fijo en que tiene la pierna derecha vendada, pero no parece molestarte demasiado. Suelto una carcajada irónica.
—¡¿Acaso os creéis que yo sí?! —Pregunto, casi temblando e intento enfocarle, pero Sonya se sitúa ante él, con intención de protegerlo. —Pero estamos en los juegos del hambre, Sonya. No puedo… —La expresión de Jack parece convertirse en una de resignación y agarra su brazo, con intención de apartarla, justo cuando otro tributo se une a la contienda: el chico del distrito uno. Y a él sí que le disparo.
Pero mi mano tiembla tanto que no solo no acierto donde debo acertar, sino que no tengo tiempo de apartarme antes de que él cargue su arco y lo haga también.
Y él sí que acierta de pleno.
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Filipo Aristarco – 15 años – Distrito uno
Un paquete de flechas.
Fue lo que me disuadió de atacar a alguno de los múltiples tributos que tenía frente a mí. Los cuales había buscado, infructuosamente el día de ayer, fiero y desesperado, hasta que el cansancio pudo conmigo. Quería ganar los juegos.
Pero, al parecer, los vigilantes no estaban dispuestos a permitir que eso sucediera hasta hoy, cuando fenómenos como el movimiento del suelo o el surgimiento de obstáculos frente a mí cesaron a la par que se escuchaba aquel anuncio tan ridículo de Blake. El que me dio el empuje necesario para, al fin, aceptar las provisiones de mi mentor y prepararme para el gran final.
Quiero matar a todos los tributos que se encuentran frente a mí, sin excepciones.
Y para eso necesito las flechas que Klaus no me pudo proporcionar antes.
Por eso, lo primero que hago es echarme a correr hacia el paquete de flechas de la Cornucopia, mientras que tributos como Sadfire, Cormorant, e, incluso, el chico del doce, se lanzan al ataque. Lo recojo de un gesto y cargo la primera flecha, buscando a Jack y su compañera de distrito con la mirada, pero el tributo del distrito cinco me dispara antes.
Por fortuna, él tiembla tanto que su cuchillo no aterriza en mi corazón, sino más abajo y de no ser porque escucho el cañón, justo después de disparar, estaría furioso. Ese chico me quitó la iniciativa.
La chica del distrito siete suelta un grito de furia y, sin pensar, se lanza sobre mí. Intento contraatacar con mi arco, pero no me da tiempo de cargar una flecha que ya la tengo encima, kunai en mano. No tengo más remedio que sacar el tantō que utilicé, tanto con Cromwell y Brunel, en pleno ataque de locura, como con Alaïa, poco después, e interponer-lo. Mientras, su compañero de distrito nos observa con miedo, pero justo cuando pienso que se acercará también algo le distrae. No tengo ocasión de ver qué, pero debe ser lo suficientemente importante como para disuadirlo de unirse a la contienda, mientras que ella agarra la hoja de cuchillo que me lanzó el chico al que maté y la arranca, con fuerza, sacándome un grito de dolor.
Entonces la furia me embarga de tal forma que mi mente se nubla al completo, haciéndome olvidar todo lo que ocurre a mi alrededor. Todo excepto a la chica, rabiosa, que tengo frente a mí y a la que asesinaré con saña para ganar los juegos.
No hay otra idea en mi mente.
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Sonya Daskalova – 16 años – Distrito siete
Ver a José caer muerto, frente a mis pies, mientras yo y Jack intentábamos razonar con él, con intención de aplicar el plan de Cormorant, poco después, es más de lo que puedo soportar. Una ola de ira homicida me posee, haciéndome olvidar, no sólo el plan, sino también la presencia de Jack, detrás de mí y del cual me suelto para lanzarme sobre el chico del distrito uno. Filipo intenta cargar una flecha, para dispararme, pero no le doy tiempo. Me tiro encima, con intención de atravesarle el corazón con mi kunai. Pero él se protege con aquel sable extraño, que tiene enlazado en la cintura, sacándome una mueca, frustrada, cuando otra idea me cruza la mente, al centrar mis ojos en aquella hoja de cuchillo que mi antiguo aliado le clavó y se la arranco con mi otra mano.
Si mal no recuerdo, Mazda me dijo que algo sobre el hecho de tener armas arrojadizas o flechas clavadas en la piel, no puedes arrancarlas con fuerza, sin causar una hemorragia. Y yo quiero causar dolor a este chico.
Filipo grita y me ataca con más furia, pero no me amedrento, lanzándome al ataque en sucesiones de golpes de ambas armas que sostienen mis manos. Quiero asesinarle. Quiero asesinarle y que sea consciente de que lo estoy haciendo. Quiero hacerlo porque no solo lo he visto hacerlo con José, sino también, porqué Jack me desveló lo que ocurrió en su enfrentamiento con él, el día que nos encontramos. El como no solo estaba dispuesto a hacerlo con él, sino que le perseguía y acorralaba como si aquello fuera un simple juego muy divertido para el chico. Y no me gusta nada.
Suelto un grito de furia cuando Filipo me estampa su puño en el rostro, con intención de desconcentrarme y mi próximo ataque incide en su mano, rasgándola de tal forma que, de tener los conocimientos de Mazda, esta prácticamente se habría vuelto inservible para él. Filipo suelta otro grito de dolor que, no sé por qué, me hace sonreír. Pero su sable me molesta, interponiéndose ante mi kunai cada vez que intento alcanzarle en alguno de los puntos vitales que Mazda me comunicó que todos los humanos teníamos. No me doy cuenta de que me he convertido en una fiera descontrolada que solo piensa en atacar y contraatacar, abandonando la empresa de matarlo rápido, al ver que cada vez que lo intento su sable me lo impide. En lugar de eso, me concentro en apuñalar cada hueco de defensa de que encuentro ante mis ojos, ignorando el dolor que me causa su sable en mi piel, cada vez que este se escapa de mi rango de visión. Quiero asesinarlo, quiero hacerlo antes de que él haga lo mismo conmigo.
Sigo atacando, una y otra vez, hasta que, no sé por qué, noto que sus movimientos se ralentizan, a la par que sus ojos se cierran, sin que pueda evitarlo e intento coger el valor de darle el golpe de gracia. Pero una ola de debilidad me traspasa, haciéndome tambalear frente a él. Estoy demasiado herida como para continuar, lo sé, pero no pienso permitir que este chico me asesine. Así que con las fuerzas que me quedan alzo el kunai en un gesto tan desesperado como determinante y ataco, sin pensar en las consecuencias de mis actos.
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Alec Wagner — 16 años — Distrito doce [empieza antes de que se inicie el banquete]
De no ser porque los vigilantes nos concedieron un respiro de un día, tal vez no habría encontrado el valor de seguir adelante. No habría tenido el tiempo suficiente para asumir que no solo había tenido el coraje de coger desprevenido al profesional del distrito dos y atacarle, con intención de asesinarlo; sino también de romper la alianza en mil pedazos con un ataque tan vil como el que planeé aquel día, sin pensar en las consecuencias de mis actos. Menos teniendo en cuenta que la arena rosa de la bolsa de mi compañera de distrito, no solo resultó ser muy efectiva para dejar fuera de la contienda al profesional del distrito uno; sino que también me ayudó a salir de la situación límite en la que Alaïa y yo nos habíamos metido cuando la tributo del distrito uno se deshizo del drogado de su compañero de distrito y atacó.
Siendo sincero, todavía me costaba asumir la tranquilidad que mostré ante Gallo, tanta que ignoraba cual parte de ella era real y cual parte una actuación perfecta para las cámaras. Todo estaba saliendo bien, era en lo único que podía pensar. Todo debía salir bien para tuviese la oportunidad de vencer este juego en el que me había metido por mi propia voluntad y regresar con Dan. No me di cuenta de la persona en la que me había convertido, hasta que sentí la mano de mi compañera de distrito llevar la mía hacia aquella bolsa y comprendí lo que pretendía hacer. Pero entonces era demasiado tarde.
Y lo hice, definitivamente, lo hice. Agarré un puñado de la arena, ignorando el dolor agudo de mis dedos y ataqué, sin pensar en que iba a asesinar una persona por sobrevivir. Lo hice y seguí adelante, llevado por sentimientos tan fuertes como la desesperación y el miedo frente a la muerte. Y lo peor es que, a pesar de ver caer a Alaïa frente a mis ojos, no tuve el valor de seguir allí y defenderla, sabiendo que iba a morir. No quería morir yo también, quería regresar con Dan, era en lo único que podía pensar.
Por eso cuando vi el rostro de Alaïa en el cielo, la noche del segundo día en la arena, no pude evitar quebrarme y llorar, consciente de la horrible persona en la que me había convertido. Pero entonces me llovieron los regalos y mi determinación regresó.
Alaïa tenía razón, nada de lo que había hecho habrá valido la pena si me dejo morir aquí. Debía coger mi coraje a dos manos y enfrentarme a todos los tributos que quedaban, consciente de que podía tanto morir, como ganar y fue por eso que acudí a aquel banquete que se iba a celebrar, nada más comenzar el cuarto día de los juegos.
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Y, por un instante, fue como si regresara al mismísimo baño de sangre, solo que esta vez ya tenía un arma entre mis manos. El ambiente oscuro, las luces que incidían sobre nosotros, los regalos, … Todo era tan similar y diferente que no pude evitar sentir miedo. La chica del distrito uno me observa con furia antes de desenfundar su espada y correr hacia mí. Yo levanto mi mazo, preparado para contrarrestar cualquiera de sus golpes. Pero ninguno de ellos llega a efectuarse porque el chico del distrito cuatro también se lanza al ataque y sus armas chocan frente a mí.
—Quitate, Cormorant, me ofuscas. —Dice ella, retirando su espada hacia atrás, en un intento de protegerse de la embestida de su lanza, él ríe, como si aquello no fuera nada para él y responde:
—¿Por qué? ¡Afróntalo, Sadfire! ¡No controlas nada en esta arena! —Ella suelta un grito de rabia y se lanza a atacarle con su espada, dirigiéndole una frase tan cruda que me asusta:
—¡Te odio! —Y al instante los tengo delante, entrechocando sus armas como si no hubiera nada más que ellos en esta arena. La chica del distrito uno es fiera y decidida, determinada a atacar a su adversario por todos los frentes posibles. Él, en cambio, es más calmado y reflexivo, tanteando defensa y ataque sin dejar de observarla, como si la estuviera probando de alguna forma. Me doy cuenta fácilmente de que cualquiera de los dos puede vencer en esa contienda y reconozco que me asusta. No tanto porque dudo mucho que pueda vencerlos a ambos, que también, sino porque me preocupa que el vencedor no sea Sadfire precisamente. Y después de todo lo que ha pasado, con Alaïa y conmigo en estos juegos, en lo único que puedo pensar es en que quiero asesinar a Sadfire.
Así que me cuelo en medio de su enfrentamiento, con intención de apartar al chico del distrito cuatro para poder atacar a la chica del distrito uno. Pero él no es Cromwell, no pierde tiempo en orientar su lanza frente a mí, con intención de asesinarme, también. El golpe es tan crudo y certero que de no ser por mi mazo el resultado hubiera sido muy diferente. Entonces Cormorant sonríe con una seguridad tan fuerte que no puede evitar asustarme y sigue atacando. Me doy cuenta, fácilmente, que me he metido en un lío al atacarlo, sin prever su reacción. Ese chico no solo es tan reaccionario y previsor que apenas logro encajarle ningún golpe, sino que en el único momento en que logro imponerme, gracias a que la chica del distrito uno también se une a la contienda, con intención de matarme antes que él, un hacha se me clava en la mano, obligándome a soltar mi mazo, a la par que suelto un grito de dolor. Y la ventaja que había conseguido al quebrar la lanza de Cormorant de un golpe se esfuma ante mis ojos...
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Jack Lastra Thibodeau – 18 años – Distrito siete
De no ser porqué me inquieté más de buscar un cicatrizante para mis heridas que de afrontar a mis adversarios podría haberlo previsto todo. No estábamos solos en esta contienda, lo tenía más que claro. No estábamos solos, teníamos muchos enemigos que afrontar si queríamos ganar los juegos y la única forma de hacerlo era mantenernos juntos. Era lo que nos habían insinuado nuestros mentores, tanto el día de ayer, como hoy, proporcionándonos los paracaídas en conjunto y orillándonos a pensar una estrategia para sobrevivir al banquete. Sin embargo, al final, todo se descontroló ante mis ojos cuando el chico del distrito uno asesinó a José de un disparo.
—¡Sonya, espera! —Grito, intentando detenerla, pero ella no me hace caso y se lanza sobre el chico del distrito uno, furiosa, sin darle tiempo de cargar la próxima flecha. Irónicamente funciona para que Filipo no la asesine a ella, también, sino que saca un sable y empiezan a luchar. Los observo muy asustado, consciente de que si no hago nada Sonya morirá frente a mis ojos, sin que pueda hacer nada por evitarlo. Y no es la única.
—Cormorant, ¿dónde estás? —Susurro, desviando la mirada hacia atrás, buscando al chico del distrito cuatro. Sé que él se iba a lanzar al ataque y por su respuesta a Sonya me ha quedado claro que no quería que se lo impidiésemos porque solo puede sobrevivir uno a esa contienda. Sin embargo…
No estoy preparado para verle morir a él tampoco. Me queda claro al atisbarlo luchar contra el chico del distrito doce, al cual Sadfire observa como si fuera su próxima presa, en vez de un chico tan determinado a vivir como yo. Que no me importa lo que le pase en esta contienda, con tal de que mi aliado sobreviva. Y es por eso que nada más ver la lanza de Cormorant quebrarse agarro mi hacha y la lanzo directa hacia las manos de ese chico, sin pensar en las consecuencias. Y todo se frena.
Para cuando tanto Sadfire como él descubren que no estaban solos en esta contienda, es demasiado tarde. Mi mano tantea el suelo de la Cornucopia en busca de otra arma que lanzar, tocando dos cosas, una espada y un cinturón de hachas, el cual agarro, determinado a hacerles frente. Curiosamente, la otra arma no puede ser para Sadfire, ella ya tiene una, y el chico del doce dudo mucho que aprendiera a manejar espadas en su distrito, así que solo me queda una opción:
Cormorant.
El mismo que me observa, perplejo, mientras que Sadfire lo hace, también, con la ira brillando en sus grandes ojos, mientras que el chico del distrito doce está muy asustado. Ambos me observan como si fuera la amenaza más peligrosa de esta arena, pero yo no me amedrento y grito, consciente de que he llegado a un punto de no retorno y no precisamente por sobrevivir:
—No me mires así, Cormorant ¡Reacciona! ¡Hay una espada en la Cornucopia! ¡Agarrala mientras yo me encargo de distraerlos! ¡No me importa lo que pase al final!
Aquello es suficiente para hacer a mi aliado espabilar e, inmediatamente, saca la red de su compañera de distrito para dirigirla hacia las piernas del chico, al cual lanzo otra hacha, impidiéndole reaccionar y por la forma en que sus piernas quedan atrapadas, me queda claro que la única razón por la cual Cormorant no lo asesina en este justo instante, (además de que está desarmado), es por la manera en que nos está observando Sadfire. Con una ira tan fuerte que, de no ser por mí y mis hachas, ella ya habría asesinado tanto a Cormorant como el chico del distrito doce de un salto, para luego lanzarse sobre Sonya y yo y matarnos también. Le lanzo una hacha, por si acaso, a la par que Cormorant obedece, corriendo hacia nosotros. Y me mantengo atento a su avance, por si necesito lanzar otra, pero abandono la idea al ver que ella lo deja huir y se concentra en el chico del distrito doce.
Es entonces cuando, al fin, me giro para encarar la batalla de Filipo y Sonya y comprendo que mal que bien he llegado demasiado tarde.
El chico del distrito uno no está bien, su cuerpo está cubierto de cortes y golpes infligidos por una descontrolada Sonya. La cual ataca, sin pararse a pensar que ella tampoco está saliendo indemne de esta contienda. Me doy cuenta, con sorpresa, que la única razón por la cual ella se está imponiendo es el brillo de color violeta que recubre la hoja ensangrentada que José lanzó hacia el chico del distrito uno. Un brillo tan familiar que comprendo, enseguida, por qué José no tuvo reparos en dispararle. Sabía que podría matarle, otra cosa es que sobreviviese a ello.
Y Sonya tampoco lo hace, se tambalea de tal forma que en el instante en que consigo el valor necesario para separarlos y atacar yo también, el sable de Filipo la atraviesa y suenan dos cañonazos más.
—Sonya, ¡no! —Grito, acercándome hacia ella, desesperado, y lo único que me impide derrumbarme ante el estado de mi compañera de distrito es la mano de Cormorant quién me sostiene, firme. —Lo siento, Cormorant, ¡no pude salvarla!
—No te preocupes, Jack —dice él, sereno, aunque una mirada a sus ojos es suficiente para comprender que está tan afectado como yo o más —. Suficiente es que lo hayas hecho conmigo ¿Crees que podrás continuar?
Asiento silenciosamente, orillando mis sentimientos personales hacia un lado, justo cuando otro cañón suena tras nosotros.
Y comprendo que la batalla todavía no ha terminado.
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Nota: Estoy actualizando muy rápido, lo sé, pero es que necesitaba escribir este capítulo, también. Tenía los hechos grabados en mi cabeza de forma tan nítida que o los escribía, o los escribía. Y aunque el resultado final no es el que predije creo que ha quedado incluso mejor. Os dejo los encomios de este Capítulo:
José Eduard Bayley (personaje de Yolotsin Xochitl): Tengo muchos sentimientos encontrados contigo, José, eras y seguirás siendo un personaje maravilloso. Un chico de distrito común, sin habilidades especiales, y determinado a hacer lo necesario para sobrevivir a estos juegos. Nunca pensé que me llegarías a este punto del juego. Quería que lo hicieras, pero factores ajenos a tu progreso en el juego se interpusieron y créeme cuando te digo que de no ser porqué en algún punto de la pausa enorme entre actualizaciones del syot los ánimos se calmaron; habría hecho una tontería contigo. Me gustabas José, me gustabas mucho, a pesar de que vivir resultó ser un reto tan grande que te me destrozaste en el camino. Era algo que tenía que pasar en cualquier momento. Y lo único que me alivia frente al dolor que sufriste en estos juegos es que este ya se terminó. Gracias por el tributo.
Filipo Aristarco (personaje de Soly): Seré sincera, Filipo, nunca te tuve en mi lista de posibles vencedores de estos juegos, no tanto porque fueras un profesional, eso me da literalmente igual, sino que para mí eras y siempre fuiste un villano. Una persona que vino a traer espectáculo a los juegos y que irónicamente terminó en una espiral de muerte y destrucción tan fuerte que solo pensaba en matar. Enloquecerte siempre fue mi objetivo final, Filipo, aunque todos los que siguieron tus aventuras y desventuras en este syot saben que nunca fuiste un chico cuerdo. Querías jugar, querías matar, querías ganar y querías hacerlo solo por el simple placer de hacerlo. Y si bien no llegaste al objetivo final, sí que lo hiciste con los demás. Gracias por el tributo.
Sonya Daskalova (personaje de Soly): Creo que tu muerte es, con diferencia, la más dolorosa de este Capítulo. Podías conseguirlo, Sonya, era lo que tu dueña me gritaba a los cuatro vientos y que yo me negaba a escuchar hasta que te tuve encausada entre mis manos y supe por dónde quería llevarte. No dejaba de estudiar tu ficha con dolor, buscando esos recovecos de fuerza que ella me aseguraba que tenías, a pesar del sufrimiento que te iba a hacer subir. Y los encontré, Sonya, encontré la fuerza de llevarte a luchar tu vida, sabiendo que ibas a tener que hacer cosas horribles por sobrevivir. Me horroriza el estado en que te dejé frente a tu compañero de distrito, pero piensa en una cosa Sonya, mataste con tus propias manos a uno de los personajes más crueles de estos juegos. Y vengaste a tu aliado en el camino. Es algo de lo cual sentirse orgullosa a las puertas de la muerte. Gracias por el tributo.
Y antes de que me reclaméis, sé perfectamente que me falta alguien a la lista, pero como no he escrito su muerte todavía, me daré la concesión de hacerlo más tarde cuando logre escribir el final correcto para estos juegos llenos de imprevistos ¡Hasta pronto!
