Quería llevar las cosas con templanza, sabiendo que no importara cuando actualizara, el syot estaba terminado, hiciese lo que hiciese. Pero al final no pude y me puse a escribir hasta que culminé el capítulo y ahora solo quiero subirlo. Aviso de que es bastante largo, para ser un solo pov. Pero me apetecía abordarlo así. Espero que aun así guste.
Capítulo Veintiuno: El vencedor
Cormorant Jones – 17 años – Distrito cuatro –Vencedor de los Vigésimo Cuartos Juegos del hambre.
Un eclipse de sangre…
Fue lo que vino a mi mente al elevar la vista hacia el cielo de la arena, en un intento de distraer a Sadfire Williams, para que no me asesinase. Un eclipse de sol, su mirada perdiéndose en el mismo punto que la mía y su espada retirándose en el segundo exacto en el que decidí actuar, ignorando el dolor de mi mano diestra. No tenía tiempo de inquietarme por ello, debía contrarrestarla o sucumbiría. Fue en lo único que pensé antes de utilizar aquel frasco a mi favor. Mi señuelo para Sadfire convertido en un arma contra ella y una oportunidad para mí. La única que tenía desde el instante en que ella me clavó su espada en la mano y alejó la mía. No iba a morir, iba a ganar los juegos, era el pensamiento que me dominaba, entonces; e iba a hacerlo bien.
Fue por ello que no dudé en, no sólo desestabilizar a la chica y tirarla al suelo, sino que también le robé la espada y tracé aquel arco en su cuerpo. Un eclipse de sangre, eso realicé, o al menos lo más parecido a ello que era capaz de crear con aquella espada. No iba a ser una muerte bonita, lo tenía claro. Pero en aquellos momentos lo último que deseaba era ser compasivo con Sadfire.
Incluso así, no tuve el coraje de mirarla a los ojos, mientras se desangraba frente a mis pies. Preferí incorporarme, siendo consciente de que no importaba lo que hiciese, ella moriría en unos minutos. Y esperar a que me proclamasen vencedor. Tal y como ocurrió una vez finalizó el eclipse.
Y entonces la luz del sol me deslumbró, obligándome a cerrar los ojos para no terminar ciego, mientras descendía aquel aerodeslizador y no tardé mucho en rendirme al agotamiento de mi propio cuerpo.
Mis últimos recuerdos sobre la arena son aquella luz intensa, atravesándome la mirada y el momento en que Blake me proclamó vencedor. El resto se volvió tan difuso como mi conciencia hasta el instante en que escuché aquella voz:
.
—Apenas reacciona desde que despertó, ¿estará bien? —La tierna preocupación de Mags me resulta irreal después de todo lo que hice. Estoy en una habitación demasiado iluminada para mi gusto, o quizás el problema venga de esa luz que una mujer del Capitolio agita ante mis ojos. También escucho una risa, aunque en este caso es más familiar: Timeo.
—Por la forma en que le sostiene la muñeca a la doctora diría que está de maravilla. —Juzga mi mentor, sin ningún ápice de reproche o malicia en la voz, aunque sí que le noto diversión. —Relajate, Cormorant, ya no estás en la arena —dice.
Ya no estás en la arena.
Es el conjunto de palabras que me hace soltar el brazo de la mujer, poco después de apagar la linterna que sostenía, arrepentido. Ni siquiera advertí que la había agarrado. Ella me observa, muy asustada, y retrocede, pero apenas le presto atención. Prefiero enfocarme en mi mentor y esa frase que dijo: ya no estás en la arena. Me la repito una y otra vez en la cabeza hasta que suena creíble y encuentro el valor de hablar, o al menos intentarlo. Todo está bien, ya no estoy en la arena, no tengo ninguna razón para actuar como si todos quisieran matarme al menor descuido.
—Lo siento. —Murmuro, siendo consciente de lo que acabo de hacer. —Es solo que… La luz. —Las últimas palabras suenan tan débiles que casi parecen un susurro. Luz, una luz tan intensa que me perforaba los ojos. Cuando levanté la mirada, junto a Sadfire, apenas me molestó, pero después sí lo hizo. Timeo asiente, acercándose a mí, sin apenas mostrar inquietud en su rostro.
—No te preocupes, todos tenemos nuestros problemas con las arenas. —Explica, sereno, disculpándome. —¿Te encuentras mejor? ¿Puedes cazar mi mano? —Le hago caso e intento hacer lo que dice. Es cuando remarco que no siento ningún dolor en la mano derecha y la observo, sin comprender. Tampoco tengo heridas, ni marcas, por resto del cuerpo, a excepción de una raya blanquecina que me cruza la mano, haciéndome suspirar. —El Capitolio quería reemplazarla, pero les dije que la preferirías así, ¿te duele? —Informa y yo niego con la cabeza, aliviado de tener aunque sea una marca de todo lo que he subido. No me gusta la idea de poder moverme como si nada, pero no es como si no me lo esperara. —Bien.
Poco después, observo a Mags a los ojos e intento decir algo pero me siento incapaz. Mi mente se bloquea en la última imagen que recuerdo de mi compañera de distrito, atravesada por aquella lanza y su sangre tiñendo aquel río donde ambos batallamos y escucho la voz de Jack:
«Sabes que si regresas tu distrito te odiará, ¿verdad?»
Parpadeo, intentando espantar las lágrimas, pero no sirve de nada. No sé a quién pretendo engañar en estos momentos. No estoy bien. Mags suelta un suspiro, enfadada y también se acerca a mí. Por un momento creo que me va a dar una bofetada, pero se lo piensa mejor y dice:
—No reacciones así, ¿quieres? Kleo era voluntaria. —Me recuerda y aunque asiento no me siento mejor. —Ella sabía tanto o más que tú lo que arriesgaba al entrar en el juego y aún así aceptó. Ambos rompisteis el pacto aquel día, no solo tú. —Vuelvo a asentir, sin estar muy convencido, tiene parte de razón, si no quisiéramos matarnos nos habría bastado con avisar a nuestras respectivas alianzas o actuar. Pero yo al menos tenía claro que no podía salvarla si quería vivir.
—Lo sé, lo sé. Pero es que no paro de darle vueltas. —Explico, desviando la mirada y me limpio las lágrimas con la mano. No quiero llorar ahora. —¿Ellos están bien? —Interrogo, refiriéndome a James y Marine, es lo único que me importa de toda esta historia. Ella asiente, aunque por algún motivo no me la creo. —¿Seguro? —Timeo suelta un suspiro, rabiado y por la mirada que le envía tengo claro que él sí que va a ser sincero conmigo. Seguidamente dice, casi gritando:
—¡Pues claro que están bien! ¡Eres el vencedor!, ¿recuerdas? —Asiento de forma automática, por el tono que utiliza creo que me está intentando decir otra cosa. —Eres el vencedor, no pueden hacerles nada mientras sigas vivo. O al menos nada grave. —Termina con un susurro y yo asiento, articulando un gracias casi inaudible que él corona con una sonrisa. —Haz las cosas bien, Cormorant. —finaliza, cogiéndome de las manos, severo, y yo asiento. —Y tendrás al Capitolio de tu parte. Hazlas mal…
.
—Y terminarás tan destrozado que ya no podrás ponerte en pie. —Murmuro, taciturno, recordando el último consejo que mi mentor me dio, antes de mi preparación para la coronación. Estoy en las gradas del plató de entrevistas, haciendo lo posible por mantenerme firme, mientras espero a que me llamen para el resumen de los juegos. No es que me apetezca verlo, pero no tengo elección: Soy el vencedor.
—Con ustedes, ¡Cormorant Jones! —El grito de Blake es acallado por unos todavía más fuertes, provenientes del público. Me obligo a avanzar hacia adelante, con mi máscara impasible, cuando la intensidad de los focos hace que me detenga en seco, usando mi brazo de pantalla. Los ojos me duelen, pero, al igual que en la arena, no me permito cerrarlos hasta que no tengo más remedio. —¿Te molestan los focos, Cormorant?
Asiento a la pregunta extrañamente amable de Blake, intentando cazar el eclipse de mi cabeza. El presentador se ha acercado a mí y por su actitud no parece odiarme por no haber avanzado. Por fortuna, no solo el traje gris oscuro y elegante, que llevo, resulta ser una buena pantalla frente a la luz, sino que a una seña de Blake esta se reduce hasta hacerse soportable.
—Supongo que entenderás por qué no podemos apagarla, ¿verdad? —Explica, vuelvo a asentir, a su tono dócil, intentando recuperar la compostura. No puedo flaquear ahora. —¡Entonces mejor no hagamos esperar más al público y vamos! ¡La película está a punto de comenzar!
La emoción que se aspira tras sus palabras es suficiente para hacerme caer a la realidad del lugar en donde estoy, no sé qué tipo de actitud benévola me esperaba de Blake, pero desde luego esta no. Desvío la mirada al suelo, apretando los puños ante mi mentor, quién me observa con el sarcasmo pintado en la suya, antes de indicarme, (por señas disimuladas), que levante la cabeza y me sienta en el sillón, como el digno vencedor que supuestamente soy. Le hago caso antes de hacer una tontería de la que me arrepienta después. No estoy en mi distrito, estoy en el Capitolio y cualquier paso en falso me puede salir caro. Blake se asegura de que esté cómodo antes dar la señal de inicio y el resumen comienza…
Nada más ver el sello del Capitolio, en pantalla, me doy cuenta de que no importa cuantas veces me lo diga, no estoy preparado para ello. Y menos la forma tétrica en que todo comienza, conmigo y Kleo, presentándonos como tributos ante el distrito cuatro, aunque, como es obvio, lo enfocan más en mí que en ella. En la extrema seriedad con la que afronto mi propia cosecha y el justo instante en que asumí que nadie se presentaría voluntario por mí. Posteriormente, muestran las expresiones de Marine y James, antes de pasar a las demás cosechas. Mi mejor amigo parece sobrecogido, mientras que ella mantiene un cruce entre rabia y dolor que no desaparece hasta que me ve en la tarima. Recuerdo lo afectados que parecían ambos en el edificio de justicia, en contraste conmigo y la forma en que lo estaba llevando. "Voy a ganar los juegos", era lo que me repetía cada vez que sentía el miedo amenazando con destruirme. No voy a morir, voy a ganar los juegos y así seguía la canción hasta que encontraba el valor de seguir adelante. Soportar las demás cosechas no resulta fácil, más dado que Diana, Jack e, incluso, Sonya, están entre esos jóvenes que nunca regresarán a su hogar, pero mal que bien lo he asumido.
En el desfile, en cambio, no me enfocan solo a mí, sino también a Diana y Jack e incluso Sonya, un poco. Todavía no estoy seguro de si lo hacen por nuestra alianza, o por otra razón, pero prefiero no enfocarme demasiado en el detalle. Los entrenamientos son más centrales, aunque no por ello menos dolorosos, nos enfocan demasiado a Diana y a mí, lo tengo claro. Pero también a los profesionales y otros tributos. Muestran mi primer intercambio con Jack y como Diana fue directa a por mí, en cuanto comprendió que había rechazado a los demás profesionales. Para luego no separarnos en toda la tarde. Y aunque Jack se nos acopla al segundo día de entrenamiento, me queda claro por la forma en que nos enfocan, que Diana y yo llevamos las riendas, en cuanto a popularidad y cohesión dentro de la alianza. Nunca se lo comenté, limitándome a mediar entre ambos, cuando veía que se acercaban a algún conflicto, pero en mi mente ya se estaba perfilando una estrategia alternativa respecto a Diana. Nos entendíamos demasiado bien y si bien nunca quise utilizarla para ganar, nuestra compenetración era demasiado innegable como para que no pensara en ello cada dos por tres.
Kleo y yo, en cambio, no aparecemos expuestos en ningún momento, debido al hecho básico de que los ascensores no tienen cámaras televisivas, lo cual me produce un cierto alivio. Tal vez si me concentro en dar a entender que no teníamos ningún trato especial, antes de los juegos, su asesinato me perjudique menos. Al fin y al cabo, son los juegos del hambre. Aparco el asunto de mi mente mientras, en pantalla, desfilan detalles más ínfimos, como las puntuaciones y mi entrevista. Luego comienzan los juegos:
Nada más comienza el baño de sangre me convierto, de nuevo, en el asunto central del programa. La cámara me sigue la pista, alternando imágenes de las muertes del baño de sangre e imágenes mías. Me veo agarrando esa mochila y siguiéndole la pista a Diana, una vez que ella se adentra en la Cornucopia. Posteriormente agarro esa lanza, más que dispuesto a asesinar a la chica del distrito once, con tal de ayudarla, y cuando Sadfire se pone en medio el grito que suelta el público, al vernos cruzar las armas, por primera vez, casi me vuelve sordo.
—Emocionante, ¿verdad? —Comenta Blake, con una gran sonrisa, como si ella y yo estuviésemos librando un pequeño duelo amistoso, en vez de una feroz batalla, que solo podía saldarse con la muerte de uno de los dos. —Sadfire y tú os llevasteis casi toda la audiencia del baño de sangre y más todavía cuando Diana también se unió a la contienda. —Asiento, con una pequeña sonrisa de orgullo para Diana, al verla tras la tributo del distrito uno con aquel látigo. Sé que de no haber sido por el temblor ella no hubiese acertado, pero incluso con ello me resulta valiente.
El encuentro con Jack, poco después, no hace más que crear dudas entre los telespectadores sobre cuánto aguantaríamos como alianza, enfureciéndome un poco, pero no se lo demuestro. Es inútil hacerlo, dado quién llegó más lejos, al final. Me escucho dudando de sus argumentos, pero decidiendo confiar en él. Él pudo largarse aquel día y no lo hizo. Prefirió quedarse con nosotros a pesar de que tenía cada vez menos motivos para hacerlo. Sobre todo con la estocada final:
«Mantente quieta, un minuto, ¿quieres?» Me escucho hablando con una molesta Diana, mientras le ayudo a ponerse esa venda. «Sé que duele, pero te puedo asegurar que una vez termine te sentirás mejor. » Ella hace una mueca, nada contenta, pero no se mueve, seguidamente dice:
«Para ti es fácil decirlo. No es tu cabeza la que golpearon ¡Quiero matar a la del once! » Me escucho reír, muy animado, antes de contestarle en un tono demasiado amistoso para el tema que tratamos:
«No te creas que no quiero hacerlo yo también, Diana. Con lo bonita que estabas en la entrevista y mirate ahora. Das miedo. » Y entonces lo veo: el tono escarlata de sus mejillas y la forma sorprendida en que nos observa Jack, como si no nos reconociera a ninguno de los dos. Diana se aparta, enseguida, tratándome de idiota y por la forma en que me mira tengo claro que si no la hubiera cogido de la mano, para recordarle que estábamos en un espectáculo, me habría cruzado la cara de una bofetada. Me estaba pasando. Me veo guiñarle un ojo a mi aliado, con una pequeña sonrisa, para luego seguir hablando con Diana como si fuera su amigo, en vez de su contrincante. Y por los comentarios que escucho tengo claro que la audiencia estaba asegurada. Me hace sentir mal porque por más unidos que estuviéramos siempre tuve claro que no podía salvarla si quería vivir. E incluso así su muerte me dolió.
.
«¡Suéltame, estúpida!» Escucho las protestas de Diana, mientras ella se debate dentro de esa red, en la cual la atrapó Kleo, cuando la pantalla deja de mostrar las imágenes del primer día de los juegos, para pasar a las del segundo. Y por el semblante que muestro en el cuadro de la pantalla, acompañado de los gritos y suspiros ahogados de los telespectadores, tengo claro que si Kleo y yo no nos hubiéramos batido aquel día, lo podríamos haber hecho en cualquier otro momento. No soporto ver a mi aliada atrapada de esa forma y más sabiendo cómo terminó todo para ella al final. Me obligo a dejar de mirarla y concentrarme en mi batalla con Gallo, en un intento de comprender la razón por la cual lo dejé escapar a él y no a Kleo, aquel día. Pero nada más escucho nuestra pequeña conversación lo tengo claro. He entendido el cuento al revés.
Creía que Kleo y Gallo estaban compinchados para asesinarme. Era lógico para mí, dado el lugar en donde estábamos. Y la razón por la cual me lancé sobre ella, dejándome llevar por mis sentimientos más oscuros. Era algo que Gallo tenía previsto desde el inicio y por eso la llamó, nada más verla atrapar a Diana. Que me dejara cegar por mi rabia y atacara, sin pararme a pensar que yo mismo estaba en peligro. El ver la trampa en la que caí, tan fácil, me produce una ira tan fuerte que mi primer pensamiento es que debí asesinarlo a él y no a Kleo. Es un pensamiento vil, dado el hecho de que él también está muerto en los juegos, pero no es hasta que veo mi expresión furiosa, en la pantalla del Capitolio, que consigo cazarlo de mi mente.
Agacho la cabeza, completamente avergonzado y arrepentido de las ideas que cruzaron mi mente, en aquel instante, y me pongo jugar con la cicatriz de mi mano derecha, decidiendo ignorar el resto de la retransmisión. Soy una persona horrible, no solo porqué asesiné a mi propia compañera de distrito y seguí adelante, sino porque no importa las veces que me repita que Gallo recurrió a esa artimaña para sobrevivir, sigo pensando en que debí asesinarlo y hacer un espectáculo de ello. Y aquello no solo es algo completamente impropio de mí, sino que me parece demasiado cruel; independientemente del hecho de que Gallo también se presentó voluntario a aquellos juegos. Gallo no es ningún sanguinario, lo he constatado en su recorrido hasta el instante en que Alec lo golpea con aquel mazo, terminando con su vida, en el enfrentamiento que están reproduciendo ahora mismo, en pantalla, poco después del nuestro. No es ningún sanguinario y yo tampoco, ¿entonces por qué me estoy comportando como tal?
«Porque es más fácil. » Recuerdo las palabras de Timeo durante una de las charlas que tuvimos, en referente a mi estrategia para los juegos del hambre. Aunque en aquel tiempo la palabra no era más que un símil bajo el que camuflaba otra que sonaba todavía peor: intuición. «Es más fácil dejarse llevar y hacer las cosas horribles que esperan de ti, con tal de sobrevivir ¿Quieres acudir a la arena acompañado de personas tan compatibles contigo, como lo son Jack y Diana, comparado con los profesionales? ¡Hazlo! Haz todo lo que necesites para sentirte seguro en los juegos, sin olvidarte del objetivo principal ¡Es la única forma de ganar!»
.
Me obligo a frenar mis movimientos inconscientes, al notar que me estoy rascando tan fuerte, que casi me hago sangre. No quiero parecer un vencedor desequilibrado. Y me animo a seguir atendiendo a la retransmisión. Me veo agarrando a Sonya para lanzarla sobre mi aliado, completamente consciente de lo que podría haber pasado, si Jack fuese otro tipo de persona. Y luego disculpándome con ella por ese arrebato. Y complotando contra los demás tributos en aquel banquete. Reconozco que el truco de Alec era sobrecogedor y si todavía tuviera aquel veneno en los juegos podría haberse convertido en un auténtico peligro para nosotros. También Sadfire, pero ella ya era peligrosa de por sí. Ambos eran personas, que de no ser por qué estaban concentradas en asesinarse mutuamente, podrían haber acabado conmigo en el momento en que nos enfrentamos. Pero no solo no lo hicieron, sino que fue Jack el que aprovechó para actuar a mi favor, cuando yo nunca llegué a hacerlo tanto con Diana, como con él. Es por ello que me sorprendí al escucharlo, entonces, pero decidí aprovechar e ir a por aquella espada. E incluso así, llegado el momento de la verdad, me centré más en mis técnicas para vencer a Sadfire y por ende en agarrar aquel frasco, que no hacía más que llamarme la atención desde el momento en que lo vi en la Cornucopia; que en la suerte que podría correr mi aliado. Y lo peor es que no importa cuántas veces me repita la escena en mi cabeza, nunca, jamás, habría actuado de forma diferente. He sido fiel a mí mismo hasta el final y por eso sobreviví.
Las últimas escenas de la pantalla se centran en aquel instante en que se tumba mi estrategia; y como la actitud arrogante y triunfal de Sadfire, desde el momento en que le clavó aquella hacha, en el estómago a Jack, no hacía más que sacarme de quicio. Iba a perder, fue lo que me dijo mi intuición al sugerirme algo tan absurdo como lanzar aquella hacha. Que como no tomara el control de mis propios sentimientos todo podría caer ante mis ojos. Fue por ello que logré aparcar la idea de asesinarla, nada más verla haciéndome señas; y me concentré en culminar con el sufrimiento de Jack. Sabía que si estuviéramos en otro punto del juego, quizás habría podido aguantar un poco más, (aunque no sobrevivir), pero estábamos en la recta final. Luchar solo prolongaría su agonía. Y no me interesaba tenerla sobre mi conciencia.
Para el instante en el cual Sadfire abandona su paciencia y se lanza al ataque es demasiado tarde. Me he despistado y al hacerlo logré la suficiente estabilidad como para que, a pesar de mi furia, la batalla que encanamos no se salde con mi derrota temprana. E incluso así la subestimé, creyendo que se concentraría más en recuperar su regalo, que en asesinarme. De no ser por aquel frasco el muerto sería yo.
«¡Señores y señoras! » Grita la voz de Blake, en pantalla, mientras esta reproduce una imagen de mí mismo observando el eclipse. «Les presento al vencedor de los Vigésimo cuartos Juegos del Hambre! ¡Cormorant Jones!» Aquella es mi señal para levantarme del sillón, en el justo instante en que suena el himno de Panem. Veo a la presidenta avanzar, observándome con una sonrisa tan tétrica que si no supiera de ella, me hubiera sobrecogido. La corona que sostiene entre las manos tiene un diseño tan curioso, como horrible. Es fina, puntiaguda y demasiado brillante, al igual que el eclipse; pero decorada con unos tonos verdosos, negros y rojizos. Me recuerda demasiado a la arena e imagino que esa es la intención.
Me obligo a cazar los recuerdos de mi mente y bajarme hasta quedar a su altura, para que me la coloque sobre la cabeza, sonriendo con una expresión tan falsa como lo son mis sentimientos en aquel momento. E inmediatamente se suceden gritos y vítores a nuestro alrededor. No dejo de saludar hasta que Blake se despide de los espectadores y le recuerda que vuelvan mañana para mi entrevista. Mi mentor está orgulloso, lo veo en su semblante. Yo, en contrapartida, no.
.
—¿Quieres relajarte, Cormorant? ¡Lo estás haciendo de maravilla! —La voz emocionada de Timeo, mientras me sostiene las manos, no ayuda a que me sienta mejor. El banquete del vencedor, en la mansión de la presidenta, fue tan agotador como lo imaginaba. Apenas tuve tiempo para comer, mientras mi mentor me arrastraba de lado a lado, presentándome patrocinadores y personalidades del Capitolio. La presidenta me había hecho la entrega de unas gafas oscuras, cuyo cristal reflectante estaba destinado a atenuar el dolor que me causaba observar elementos como la luz del sol, los focos y otro tipo de luces intensas, que no soporto. Pero no tuve tantas ocasiones de ponerlas como me gustaría.
Había mucha gente ansiosa de conocerme, buscando hacerse fotos conmigo y felicitarme. No era sencillo de soportar, pero no es como si no me lo esperara. Había hecho un espectáculo maravilloso, es lo que me decían todos en aquella fiesta, y yo no podía hacer más que sonreír y agradecerles sus felicitaciones y su apoyo durante los juegos. No había visto en ningún lado a la vigilante jefa de los juegos, pero no me importaba. Según me dijo mi mentor se encontraba mal y por ello no había querido asistir a la fiesta. El que sí asistió fue el controlador de mutos y dado lo que me dijo hubiera preferido que no lo hiciera.
James había tenido problemas durante mis juegos. Marine también, pero el echarse a llorar, nada más verme correr peligro aquel día, parecía haberla librado de los pormenores de la ira de nuestro distrito. Mi mejor amigo, en cambio, se limitó a mostrarse fuerte, para luego sonreír, aliviado, al ver que había sobrevivido. Y entre eso y lo que dijo en su entrevista, tengo claro que si yo no hubiera regresado, habrían hecho mucho más que darle una paliza aquel día. Y me hace sentir horrible.
—Para ti es sencillo decirlo. — Replico, en voz baja, en un intento de alejar el asunto de mi mente y concentrarme en mi preparación para la entrevista. —No te estás dejando convertir en una persona horrible, para conservar lo poco que queda de ti en el distrito cuatro. —Timeo se echa a reír a grandes carcajadas, para luego recordarme que se presentó voluntario para matar niños y se me pasan las ganas de protestar. —¿Crees que hice bien al pedirles que indultaran a Bruce y su padre? —Pregunto, refiriéndome a la familia y el rival y amigo de Kleo, en la academia. Él vuelve a reír y asiente.
—¿Preferirías que los asesinaran? —Responde y yo niego con la cabeza, horrorizado, claro que no. —Entonces re...la...ja...te. —Articula las palabras despacio, con la intención de que me tranquilice. —Ellos estarán bien, ya te lo dije. Estarán bien mientras sigas jugando a su juego y en eso te vas a concentrar. Que nuestro distrito piense lo que quiera, Cormorant. No podíais sobrevivir los dos.
No podíais sobrevivir los dos.
La cruda realidad de las palabras de Timeo me ayuda en encauzarme en el camino correcto. Blake me hace preguntas crudas, pero sencillas. Animándome a hablar al Capitolio de Diana y de lo que sentía por ella en aquellos juegos. Les digo la verdad, que nos entendíamos muy bien y que su muerte me descontroló. También me preguntan sobre Kleo y las palabras de Gallo a Filipo, para justificarla. Un pacto en contra de la alianza profesional, hubiera sido perfecto si yo fuera un mejor estratega de lo que soy. Pero decido reír y actuar como si el asunto no fuese conmigo. El Capitolio nunca reprodujo mi despedida a Kleo, de todos modos, así que nadie sabe que teníamos una tregua establecida, antes de entrar al campo de batalla. Además, tampoco es que ella lo detuviera con esas intenciones, lo sé. Así que prefiero no ahondar más en la herida de nuestro distrito.
Las otras preguntas versan sobre temas menos personales, como por ejemplo cual muerte me impresionó más. La chica del distrito once me baila en la mente, pero decido que la respuesta que necesitan oír es Sonya. Ella también fue mi aliada, al final, es lógico que su estado me haya horrorizado tanto como a Jack, entonces.
Sobre él también me preguntan, lo bien que nos llevábamos a lo largo del juego y lo que sentí al escucharle decir esa frase. No me importa lo que pase al final: fueron sus palabras y si bien tenía la intuición de que llegado el momento, terminaría por arrepentirse, decidí hacerle caso. Obviamente, no les cuento esa última parte, pero sí lo demás. Les hablo sobre nuestra complicidad y aquel acto de lealtad que me salvó la vida. Para luego hablarles del dolor que sentí al ver la herida que le infligió Sadfire. Y como no soportaba la idea de que sufriera más de lo que estaba haciendo, en aquellos momentos. Sadfire iba a morir de todos modos, lo tenía claro; iba a morir igual porque yo iba a asesinarla y es lo que le cuento a Blake, poco después. Que la odiaba lo suficiente como para querer matarla de la forma en que lo hice. Y como la rabia que le tenía era lo único que me ayudaba a luchar contra mi dolor y seguir adelante.
Tanto Blake, como el público que nos está atendiendo, se muestran conformes y hasta encantados con mis respuestas, haciéndome sentir un alivio parecido al que sentí cuando me proclamaron vencedor. Todo está bien, lo peor ya ha pasado, es lo que me dije entonces, a pesar de que sabía que era poco más que una falacia. Lo mismo que me repito hasta el instante en que el espectáculo termina y me permiten regresar al tren, que me llevará hasta el distrito cuatro. Otra cosa es que me lo crea.
.
—Timeo, hay una cosa sobre la cual me gustaría preguntarte. —Mi mentor arquea una ceja, al escucharme abrir la boca. Y aparta la mirada del televisor donde retransmiten mi entrevista, mientras cenamos, necesito distraerme de alguna forma. —En el banquete del vencedor un tal Coriolanus se acercó a hablarme, poco antes de Synnen. No te lo comenté porqué en aquel momento lo que dijo no me pareció importante. Pero ahora me preocupa: ¿sabes qué significa vasallaje? —Él vacila, observándome con tristeza, antes de comentarme algo sobre que será una especie de aniversario de la derrota de los distritos ante el Capitolio. Pero lo que dice después hace que me horrorice:
—No estoy seguro de lo que significa realmente. Pero según lo que escuché del asunto, pretenden introducir una premisa especial, con el fin de que los juegos del año que viene resulten todavía más emocionantes de lo que ya son. Puede ser cualquier cosa, pero conociendo al Capitolio…
—No será agradable. —Culmino en un pequeño susurro, con una sonrisa sarcástica, decidiendo no ahondar más en el asunto. Me preocuparé de ello cuando llegue el momento. Mags también está preocupada, pero coincide conmigo en que nos ocuparemos de ese tema el próximo año.
Tengo otros asuntos más importantes en los que centrarme en estos momentos, como la forma en que me reciben los habitantes de nuestro distrito, nada más llegar. Mi distrito siempre ha sido peculiar, siempre oscilando la balanza entre rebeldía y profesionalidad, que representan vencedores, como lo son Timeo y Mags, ante el Capitolio. Pero este año es cuando más lo siento, al notar la falsedad de los vítores que escucho, mientras las cámaras me fotografían en el instante en que me abrazo a Marine, y de nuevo siento ansias de llorar, tal y como lo está haciendo ella en estos momentos. Llorar de emoción y alegría por el simple hecho de tenerme de vuelta. Pero no es hasta que escucho aquel grito que todo se descontrola.
—¡Asesino! —Levanto la cabeza del regazo de mi tía abuela, nada más escuchar aquella voz. Bruce tiene coraje, es lo que pienso al verle acercarse, y la razón por la cual les hago seña a los agentes de dejarlo pasar. Quiero escuchar lo que quiere decirme. Su rostro golpeado prácticamente es un reflejo del de James, quién desvía la mirada, avergonzado, pero yo le lanzo una mirada comprensiva. Me quería de vuelta en el distrito, tanto como yo quería regresar, ¿qué se esperaban que hiciera entonces?
—Eres un asesino y una persona despreciable. —Dice, actuando como si él no hubiera estado entrenando para ser lo mismo y preparando a Kleo para ello. —No debiste nunca regresar y lo sabes. —Por la forma en que nos observan los periodistas, tengo claro que el chico hizo una tontería. De no estar rodeado de cámaras le habría dado la razón, pero me guste o no lo estoy. Así que digo otra cosa:
—Sí, lo soy. —Pronuncio las palabras con templanza, ignorando la forma en que Mags desvía la mirada hacia mí, intentando no mostrar su tristeza. Ella está junto al padre de Kleo, que se ha echado a llorar nada más ver su cadáver. Las cámaras ni siquiera lo enfocan. —Pero te guste o no, soy el vencedor de los juegos. Así que yo que tú me lo pensaría dos veces, antes de decir algo de lo que me arrepienta después. Estás vivo gracias a mí. No lo olvides. —Susurro la última parte en su oído, antes de partir en dirección a mi hogar, acompañado de mis seres queridos. No quiero mirarle a los ojos. No quiero mirar a nadie a los ojos, después de lo que acabo de decir.
No quiero hacer nada más que llorar; nada más ser consciente de todo lo que hice por sobrevivir. Y es lo que hago nada más los pormenores del espectáculo terminan y nos dejan acomodarnos en mi nueva casa de la villa de los vencedores. James no podrá venirse conmigo al final, es lo que me dijo el Capitolio cuando se lo propuse. Pero nuestra amistad es suficiente motivo para que lo dejen acompañarme al lugar. Y dado lo que hace al verme quebrarme, abrazarme por detrás, mientras yo desahogo todo el dolor que llevo dentro, no puedo más que agradecerlo.
—Estás vivo. —Susurra, sin soltarme en ningún momento. —Estás vivo y es lo único que importa. —Asiento despacio, replegando mis recuerdos de la arena, en especial esa última conversación que tuve con Sonya y Jack; en referente a la persona en la que me estaba convirtiendo. —Todo estará bien, Cormorant, lo superaremos. —Vuelvo a asentir, desviando la mirada hacia él y Marine, quién me dirige una sonrisa tan triste como orgullosa y lo entiendo:
Amar implica destruir.
.
.
Nota: Ufff, que Capítulo. Es tan emotivo, como simbólico e, incluso triste, pero me encanta. Sé que me he pasado de intensa, pero es en estos momentos que traslucen mis verdaderas emociones ante esta historia y mi vencedor. Descansa, Cormorant, todo ya pasó, creeme. Estarás bien. Estarás bien porque te quiero lo suficiente para no destrozarte más. Y es por ello que esta historia culmina aquí y no más adelante. Espero que os haya gustado el syot, a pesar de mi elección y nos leemos en cuanto me decida a continuar con Carcel emocional y Telaraña de Cristal. Chaooo! :D
