LA HUÉRFANA Y EL HIJO DEL JEFE PT. 1
Suministros. Hecho.
Compañeras de habitación sobornadas. Hecho.
Libro de los archivos. Hecho.
Papel y carboncillo. Hecho.
Daga desafilada (menor inconveniente). Hecho
Todo hecho.
Astrid se asomó por el pasillo. Mirando a la derecha y a la izquierda continuó hacia adelante cuidando cada paso sobre las tablas viejas y chirriantes de la vieja casa. Sus manos y nudillos blancos aferrando con fuerza la bolsa roída y desgastada colgada sobre su hombro para que no resbalase.
Afiló la mirada cuando llegó al final del pasillo agudizando el oído. Se sintió como si estuviera en una misión en terreno enemigo. Se contuvo de hacer una voltereta recordando sus pasados y torpes intentos, simplemente caminó con agilidad hacia la otra esquina del pasillo. Oía las voces de los otros niños al fondo de donde venía, probablemente reuniéndose para el desayuno en el comedor principal. Volvió la cabeza hacia atrás asegurándose de que no había nadie por cuarta vez.
Un nudo en su estómago le dificultó dar el siguiente paso. Estaba nerviosa. Ella nunca había estado nerviosa antes.
Se había escapado múltiples veces a cualquier hora del día. Era una costumbre, al igual que los castigos que venían después.
La cosa era que nunca había salido por tanto tiempo. Nunca había ido tan lejos.
Por eso había planificado esto tan meticulosamente. Unos cuantos sobornos a sus compañeras de habitación le compraron una cuartada estable de que había ido a acompañar a las mayores al mercado. Fácil.
Una rápida escapada a los archivos y el libro de dibujos de dragones desgastados estaba guardado en su bolsa, una vieja daga que "pidió prestada" de la cocina en su cinturón escondido entre los pliegues de su vestido. Todo estaba en orden.
Pisó las baldosas grises y manchadas de la cocina y miró en postura baja y encorvada a su alrededor antes de entrar. La puerta que daba al jardín trasero iluminaba el pequeño y caluroso cuarto a parte del fuego a penas encendido. Sonrió apoyada contra el marco mientras entraba. Casi podía saborear la victoria de una huida perfecta.
Casi.
"¿A dónde crees que vas, señorita?"
Astrid contuvo un chillido agudo pegando un bote. Una risa fuerte y ligera llenó la cocina. Engla la miró con una sonrisa divertida, los brazos cruzados sobre su delantal manchado de harina y un rodillo de madera en una mano. Las cejas de la mujer se alzaron escondiéndose bajo su flequillo desordenado y húmedo por el constante calor de la cocina. Astrid se dio una bofetada mental mientras se giraba haciendo chirriar sus botas específicamente escogidas para su pequeño viaje sobre el suelo de la cocina.
La niña sonrió con torpeza escondiendo la bolsa y los brazos tras la espalda.
"¡Engla!" saludó con una risa nerviosa entre medias.
Un silencio llenó el aire hasta que la mujer soltó una risa nasal que hizo que Astrid alzase una ceja.
"Ay niña...Esto se está volviendo una costumbre" dijo con una voz fuerte y acentuada salpicada de una sonrisa.
Astrid le sonrió de vuelta esta vez genuinamente relajando su postura.
Engla descruzó los brazos y volvió hacia una mesa donde una masa de pan cubierta de harina esperaba. Sin mirarla volvió a sonreír.
"¿Y adónde vas hoy, eh?" preguntó con tono despreocupado empezando a amasar con habilidad y experiencia la masa.
"Por ahí" soltó Astrid en el mismo tono que ella. Su respuesta amortiguada por los golpes del rodillo.
Engla la miró con una sonrisa cautelosa y una ceja alzada.
"Por ahí, ¿uh?"
Astrid unió las manos al frente y comenzó a balancearse hacia delante y atrás.
"¿Dirás algo?"
La mujer negó con la cabeza con gracia.
"¿He dicho algo antes?"
La niña se detuvo y habló sin pensar.
"¿Vas a responderlo todo con preguntas?"
Engla soltó una carcajada, mientras las mejillas de Astrid se sonrojaban con verguenza.
"Eres muy perspicaz niña" comentó entre risas volviendo su atención a la masa estirándola y volviéndola a poner en una bola repetidas veces.
"Tranquila, Astrid, la señora no sabrá nada de mí. Aunque no te puedo asegurar nada de los demás" siguió agitando la mano manchada de harina en el aire.
"Tengo eso cubierto"
"No me sorprende" le sonrió volviendo a reír "¿Cuando vuelves de..."por ahí"?" preguntó en un tono divertido.
Astrid se encogió de hombros y ando con tranquilidad hacia la puerta, el sol y los árboles llamándola desde el otro lado.
"No sé"
"Pues que sea antes de comer, por que después de eso no podré cubrirte más, ¿aye?" le advirtió con tono ligero amenazándola con el rodillo.
Astrid sonrió asintiendo distraída mirando la puerta. El sol empezaba a alzarse cada vez más, se quedaba sin tiempo.
"¡Tengo que irme ya, Engla!" soltó empezando a trotar torpemente hacia la salida.
"Ten cuidado, niña, eh" dijo con tono maternal.
La niña se apoyó en el marco de la puerta volviendo la cabeza para darle una última sonrisa a la mujer.
"Gracias, Engla"
La mujer negó con la cabeza, una sonrisa sincera en sus labios. De pronto se acordó de algo.
"Ah, niña, creo esta mañana habrá barcos en el puerto, dicen que el jefe de-"
Engla se volvió de la masa hacia la puerta ya vacía. El destello dorado de sus trenzas alejándose corriendo por la colina del jardín alejándose cada vez más.
"-Y ya se ha ido..." la mujer suspiró volviendo a moldear el pan con una sonrisa "Esa niña si que es otro caso..."
...
Hipo odiaba las ropas ceremoniales.
Picaban, daban calor, y las costuras rozaban en todas partes.
Volvió a estirar el cuello de su túnica verde con bordados dorados queriendo desesperadamente su ropa normal.
La mujer a su lado, como antes, volvió a darle una zape en la mano y después le alisó la túnica entre gruñidos y quejas.
"¡Aye, Hipo, niño! deja la ropa en paz, vas a estropearla toda"
Hipo se guardó un gruñido para él y puso los ojos en blanco hinchando las mejillas.
La mujer volvió a acomodarse junto a él, con las manos frente a su vestido de un rojo chillón combinando con su cabello no de buena manera y su capa de pelo oscuro demasiado voluminosa alrededor de sus ya rechonchos hombros y brazos.
El niño la miró de reojo frunciendo el ceño y se cruzó de brazos descuidadamente. Ilsa resopló quejándose del calor en el camarote del brazo dándose aire con su mano derecha. Hipo comenzaba a cansarse de la quejumbrosa y pesada presencia de la mujer cada vez que "necesitaba" supervisión.
Su padre se había perdido en la cubierta del barco hacía horas y había dejado a la mujer de mediana edad para cuidarlo.
Aún así, el niño estaba acostumbrado, si esa era la palabra, más bien, soportar a Ilsa.
La mujer había estado presente en casi todos los eventos "importantes" y los momentos donde Gobber, el mejor amigo y mano derecha de su padre que a veces le echaba un ojo cuando su padre lo llevaba a la forja donde el hombre trabajaba. Cuando Gobber no podía vigilarlo, lo llevaba a la pequeña casa de la Ilsa, la comadrona del pueblo, que le hacía de niñera.
El problema era que Hipo no soportaba a Ilsa y este sospechaba que el sentimiento era mutuo.
Bien, mejor para él
Hipo era, en palabras de la mujer: "demasiado distraído, demasiado pequeño y demasiado atolondrado en su mundo"
Solía desaparecer de la tutela de Ilsa contantemente dándole algunos sustos, o dibujaba y decía cosas extrañas y poco comunes para la cerrada y tradicional mente vikinga de la mujer.
Ilsa dió unos puntapies con sus botas demasiado grandes cubiertas de pelo a las tablas del barco.
"¿Cúando vamos a salir de este cacharro? Me está dando dolor de cabeza..." soltó gruñendo con su fuerte acento marcando cada palabra.
A mí también, pensó Hipo mientras balanceaba los pies distraídamente que flotaban sobre el banco en el que estaban sentados.
Las voces graves de órdenes y respuestas o risas fuertes se colaban hasta los camarotes interiores desde cubierta. Hipo reconoció la profunda voz de su padre entre las olas y los demás vikingos ordenando que bajasen la vela.
Como para no distinguirla.
Su padre, el gran Estoico el Vasto se caracterizaba por llenar cada espacio que ocupaba. Era imposible pasarlo por alto aunque fuera en una sala llena de cien vikingos borrachos y ruidosos.
Hipo suspiró aliviado. Eso significaría que por fin habían llegado a...¿a dónde iban de nuevo?
Hipo intentó recordar, de paso preguntándose por qué él tenía que haber dejado Berk también. ¡Tenía solo siete años! No iba a servir de nada en la firma de un tratado con la isla...la isla que fuera.
"¿Cómo se llama la aldea?" preguntó de pronto con tono curioso, su voz aún suave y aguda llamando la atención de Ilsa.
La mujer giró la cabeza hacia abajo para mirarlo con la nariz encogida. Hipo no sabía por qué su cara normal siempre era de mal humor.
"Visithug" escupió con su voz tosca.
Hipo no se creía que esta mujer fuera la encargada de traer a los niños a la vida en la aldea. Incluso a él en algún momento del pasado.
El niño repitió el nombre de la isla en su mente para recordarlo después. Ya lo había oído antes, lo añadiría a su cuaderno de bocetos cuando se instalaran en la aldea.
Las olas volvieron a sacudir el barco y se oyeron más órdenes desde arriba. Hipo miró a la mujer a su lado que se tapaba la boca con una de sus rechonchas manos mareada y pálida. Hipo pensó con gracia que para ser una vikinga no llevaba muy bien los barcos.
De pronto se escuchó una puerta abierta, unos pesados pasos ni muy rápidos ni muy lentos cada vez más cercanos.
"¡Ilsa! ¡Hipo, chico!"
La voz de su padre lo hizo levantarse del incómodo banco con un salto torpe. Estoico apareció en el pequeño cuarto con una expresión neutral y el pelo y la larga barba pelirroja despeinados por la brisa marina. Apoyó una mano en el marco sin entrar y miró directamente a la mujer que se levantó tras el niño.
"Ya hemos llegado. Id saliendo"
Y sin nada más, volvió a atravesar el pasillo hacia cubierta.
Ilsa sacudió la cabeza comenzando a salir intentando apartar las nauseas. Agarró la mano de Hipo y tironeó de él hacia fuera. Hipo dejó muerta su mano, no dudando de la fuerza bruta de la mujer, y se dejó llevar hacia fuera deseando ver la nueva isla y un poco de aire fresco por estar casi ocho horas encerrado en el apretujado camarote.
Subieron unas pequeñas escaleras chirriantes y lo primero que lo recibió fue el destello fuerte del sol en el horizonte. El niño sonrió ante las vista del océano brillante extendiéndose hasta donde se perdía la vista. Respiró hondo casi ahogándose por el fuerte olor marino. Vio a su padre en la otra punta del barco enrollando unas cuerdas agachado hablando con otros dos corpulentos vikingos.
Sonrió, entusiasmado por pisar al fin tierra firme. A él tampoco le agradaban mucho los barcos, pero era más por el aburrimiento que otra cosa.
Soltó la mano de Ilsa en un momento de descuido de la mujer y corrió hacia el costado de la embarcación asomándose por la borda. Una isla verde salpicada de grises y marrones de cabañas llenó el paisaje. Las enormes colinas cubiertas de árboles frondosos se superponían unas a otras dándole forma a la isla de una gran montaña en punta de flecha. Hipo soltó una risa burbujeante ante la vista. Esto era lo que le gustaba de viajar.
Su padre llegó tras él, alto como las montañas frente a ellos, imponente y calmado. Hipo giró a verlo sin borrar su sonrisa ilusionada. Estoico puso una mano casi tan grande como su cabeza en el pequeño hombro de su hijo, lo miró y le devolvió la sonrisa con suavidad casi cubierta por su frondosa barba achicando los ojos.
Hipo sabía que era pequeño. A parte de su corta edad, era más pequeño que los niños de su generación de la aldea. Pero nunca se sentía tan pequeño como cuando su padre se paraba junto a él. Incluso tenía que alzarse sobre la borda y agarrarse con las manos a la madera para poder ver bien al completo la isla que cada vez estaba más cerca. Pensó distraído si cuando fuera mayor sería cómo él. El mero pensamiento hizo que su pecho se hinchase con expectación. Las voces desde la isla eran cada vez más claras y las personas comenzaban a aglomerarse en las entradas del puerto.
Suspiró sin apartar la vista de la borda y esperó con impaciencia a que llegaran a Visithug.
Astrid volvió a tropezar con una raíz sobresaliente. Gruñó manteniendo el equilibrio sin apartar la vista del papel en sus manos. Volvió a tachar descuidadamente con el carboncillo el camino que había dibujado erróneamente. El improvisado mapa estaba arrugado, manchado y emborronado de carbón de tantos ajustes. Astrid se quejó en voz baja tras pasar por el mismo árbol por tercera vez.
El estúpido mapa no servía de nada.
Astrid tendía a guiarse por su instinto, pero en un bosque tan grande como ese, incluso ella prefería tener indicaciones para volver a casa.
Pasó el dorso de la mano que sostenía el lápiz sobre el camino tachado. Sus manos ya salpicadas de carbón desde hacía rato ya manchaban más el papel que limpiarlo. Soltó un resoplido alto, los modales que le enseñaban en el orfanato olvidados en la soledad del bosque. Miró su obra abstracta y confusa estirándola para verla mejor. Bueno, ella apestaba haciendo mapas.
La niña saltó otra raíz de un gran roble, se detuvo sacando su daga desafilada de su cinturón y marcó con esfuerzo una "x" en su corteza.
Eso era mejor que los mapas. Volvió a guardarla y de paso guardando también el intento de mapa.
Continuó caminando esta vez concentrándose más en lo que la rodeaba. El sol se colaba entre las altas copas dejando huellas doradas en su ropa y piel y la hierba bajo sus pies.
Sonrió entusiasmada saltando de una roca a otra envolviéndose en el aire fresco y temprano del bosque. Realmente era su sitio favorito de toda Visithug. Y esta vez no iba a detenerse a mitad de camino.
Esa idea hizo que su pecho se calentase y su voz quisiera gritar de alegría al aire.
Saltó desde el tronco de un árbol caído hacía tiempo y aterrizo sobre las piernas orgullosa. La niña miró a su alrededor absorbiendo el nuevo paisaje a su alrededor. Dio vueltas sobre sí misma riendo despreocupada.
Con cada paso más cerca su corazón saltaba en su pecho. Al fin iba a verlo con sus propios ojos.
Sacó el libro de dragones de su bolsa apresurada, notando la calidez familiar de tenerlo en sus manos, lo abrió y continuó hacia delante.
