El frío metal de Wado Ichimonji se clavaba sobre su garganta, pero ella permanecía tranquila, sabía con toda certeza que la punta de aquella espada jamás atravesaría su piel. Ni en ese momento, ni en ningún otro. Zoro la miraba de forma penetrante, evitando, a toda costa, que la capitana rompiese aquella barrera invisible que tanto se había esforzado en erigir entre ambos, pero sabía que podía hacerse añicos en cualquier momento, nada le garantizaba que pudiese seguir manteniendo las fuerzas para seguir alejándose de ella, no ahora que la tenía tan cerca.
- ¿Por qué te comportas así, Roronoa? –
- ¿Así cómo? ¿Cómo debería comportarme con mi enemiga, entonces?
- Es cierto que somos enemigos… rivales, a pesar de todo. Pero desde que despertaste en aquella cueva tus palabras se han vuelto más hirientes de lo habitual, ¿Qué razón tienes para ser así? ¡Dime! –
Zoro mantenía la mirada, no se achantaba, en apariencia, aunque las palabras de Tashigi estuviesen haciendo mella en su interior. Debía mantenerse fuerte en todo momento, alejarla de sí mismo para evitar hacerle más daño, para que los dos no tuviesen que encontrarse en la tesitura de qué hacer y cómo orientar sus vidas en semejante situación.
- ¿Se puede saber por qué te importa tanto lo que piense de ti, onna? ¿Qué más da? ¡Somos rivales, puedo pensar lo que quiera cuando quiera! –
Tashigi dio un leve respingo, aquellas palabras de Zoro hicieron que sus mejillas se encendiesen ligeramente. Había pensado mucho sobre aquello, ni ella misma lograba entender del todo por qué le importaba tanto lo que Zoro pensase de ella, pero estaba casi segura de que lo que sentía por él era amor, un amor primerizo e inocente que le hacía dar vuelcos constantemente a su corazón, al cual le importaba más que nada todo lo que estuviese relacionado con el espadachín.
- Y-yo… ¡No es que importe! ¡Te equivocas! Y-yo… yo sólo quiero saber por qué –
A pesar de sus palabras, a Tashigi le importaba lo que pensara Zoro de ella mucho más de lo pudiese admitir. Seguía sintiendo el frío metal de la espada contra su cuello, mientras las palmas de sus manos reposaban sobre la cálida pared de madera. De repente, sintió un frenético impulso y se lanzó hacia delante, apretando la delicada y blanquecina piel de su cuello contra el filo de Wado Ichimonji. El borde de la espada laceró superficialmente la piel de la capitana, que comenzó a brillar de un intenso rojo cuando las flameantes llamas del fuego de la habitación incidieron sobre las pequeñas gotas.
- ¿¡Pero qué haces, baka!? – le gritó el espadachín mientras retiraba su espada y observaba, con ojos desorbitados, la fina línea de sangre sobre su espada - ¡Por qué has hecho eso! –
- El filo de tu espada ha sido menos cortante que tus palabras – le replicó la capitana, mientras no podía evitar que las lágrimas afloraran en sus ojos – N-no te entiendo, ¡En absoluto! ¿Por qué has hecho todo eso por mí y después me tratas de esta manera? –
Zoro limpió el filo de su espada rozando ágilmente con los dedos índice y pulgar y la envainó con un grácil movimiento. Aquella pregunta le resultaba irónica, ¿Quién lo había hecho precisamente antes? Ella debía saber ya la respuesta, también debía haber sentido las punzadas de culpabilidad atravesando su corazón, la ansiedad por elucubrar los posibles peores finales.
- ¿¡Qué querías que hiciera!? Fue por mi culpa que te ocurriera eso, ¡Estaba en deuda contigo! Me da igual que seas marine… o una imitadora, no podía dejarte morir así. Debía hacer todo lo posible por salvarte –
Los ojos de la capitana se abrieron de par en par. Estaba claro que ella le importaba, tal y como había dicho el pequeño doctor. Si había subido a la cumbre más alta de la isla y se había expuesto a una muerte casi segura era porque de verdad le importaba. De repente, su cabeza hizo clic y todas las piezas empezaron a ordenarse automáticamente. No pudo evitar pensar fugazmente en todas las circunstancias que habían compartido en aquella casi semana. Se dio cuenta de que todo lo que él pretendía era alejarla la de ella, evitar su presencia y cualquier mínimo contacto que pudieran tener.
-T-tú… tú me estás evitando deliberadamente – le contestó la capitana mientras se abalanzaba hacia el espadachín apretando fuertemente los puños - ¿¡Por qué lo haces!? ¡Sigues pensando que soy débil! ¿Verdad? No quieres implicarte conmigo porque piensas que no estoy a tu altura –
Zoro enarcó una ceja y echó su cuerpo ligeramente hacia atrás. ¿¡Por qué siempre pensaba lo peor de él!? Era cierto que habían comenzado con mal pie, que le había dicho numerosas veces lo débil que era, pero aquella situación había marcado un antes y un después, pero ella no parecía darse cuenta. O, más bien, él había hecho extremadamente bien su trabajo, y había conseguido que ella comenzase a pensar de él de peor manera. Aun así, esa temida línea que no quería pasar estaba a punto de ser cruzada. Su corazón se estremecía irremediablemente al observar las lágrimas de la capitana correr por sus mejillas, y la culpabilidad le azotaba al ver la fina línea de sangre en su cuello. No lo soportaba más, sabía que todo el esfuerzo se iba a ir al garete, pero todo su ser necesitaba gritarle, de una vez por todas, todo lo que le importaba.
- ¡Cómo puedes ser tan baka, mujer! ¡Es que no ves que todo lo que he hecho ha sido para protegerte! – le gritó Zoro mientras cogía sus muñecas y la acercaba hacia su rostro – Todo ha sido por mi culpa, si no hubiésemos peleado no me habría perdido, no hubieses tenido que buscarme y nada del ataque hubiera sucedido –
Tashigi abrió aun más sus ojos, y no pudo evitar que sus labios se separaran bobaliconamente. Ella le importaba de la misma que él a ella. Sus sentimientos eran recíprocos, y con el contacto continuo en aquella isla habían aflorado hasta límites insospechados. Ya no había vuelta atrás, entre el miedo y la culpabilidad el amor había salido a flote.
- Tú... has admitido finalmente que te has perdido – dijo la capitana entre cándidas risas mientras apartaba la vista del espadachín.
-K-kono onna… -
Zoro se puso completamente rojo. Si algo le avergonzaba más que mostrar sus sentimientos era admitir de forma tan abierta que su sentido de la orientación era sumamente pésimo. Había expuesto uno de sus puntos más débiles, pero no le importaba, no al menos ya con ella.
El espadachín soltó las manos de la capitana y se giró, avergonzado. Era incapaz de mirarla en esos momentos. ¿Qué debía hacer? ¿Cómo se supone que tenía que actuar? Toda esa situación era lo que había estado intentando evitar a toda costa. De repente, sintió la pequeña mano de la capitana jalar su jersey. Se volteó de nuevo y vio su tímido rostro teñido de un intenso color rojo, tanto como el vestido que llevaba puesto. Era arrebatadoramente preciosa, su belleza era tan simple y pura que satisfacía su corazón.
Las ganas de tomarla entre sus brazos eran insoportables, sabía que la capitana no saldría de su habitación hasta el amanecer. Deseaba desnudarla y besar cada centímetro de su piel, aspirar su aroma, enredarse entre su pelo. Moría por besar sus labios hasta quedar sin respiración. Movido por el instinto, se terminó de voltear y agarró a la capitana por su estrecha cintura, atrayéndola hacia él. Quería devorar sus labios, recorrer el interior de su boca con su lengua. Acercó su rostro hacia el de la chica, acortando la distancia entre sus bocas, cuando, de repente, se paró en seco.
Zoro recobró su postura y soltó a la chica. Tashigi se sentía confundida, puesto que ella también había ansiado aquel momento. Lo observó, sin saber muy bien cómo actuar. De repente, el espadachín volvió la mirada a su propio pecho y, con cara de disgusto, comenzó a quitarse el jersey. Dejó a la vista su fuerte cuerpo bronceado por el sol. Tashigi admiró la belleza de sus músculos definidos, la armonía de su trabajado torso. Un incipiente rubor se mudó a sus mejillas a medida que se percataba lo que iba a venir después. Ni siquiera la había besado y ya lo veía semidesnudo.
- Ro-ro-ronoa… ¿¡Qué haces!? ¡Vas muy rápido! – gritó la capitana mientras se tapaba los ojos con ambas manos –
- ¿Eh? ¿Ah? – contestó Zoro ligeramente desubicado, pero, casi al instante, se percató que la capitana ni siquiera recordaba que le había derramado una bebida encima.
No pudo evitar que sus labios formaran una sonrisa torcida. Ella había forzado toda esa situación con su burda artimaña y ahora parecía no acordarse. Pero era precisamente su sencilla candidez lo que más le gustaba de ella.
- ¿Es que ni siquiera recuerdas tus tretas para acorralarme? – dijo coquetamente el espadachín mientras se acercaba semidesnudo y felino hacia ella – tendrás que pagar por tus despistes y tu impertinencia -
El espadachín volvió a tomar a la chica de la cintura, pero esta vez la elevó en el aire. Tashigi apartó las manos y las enroscó en el cuello del muchacho. El chico se dirigió hacia la cama, que se encontraba desecha de su siesta anterior. Posó el cuerpo de la capitana en las tibias sábanas invernales de un blanco inmaculado, y se posó sobre ella, limitando sus movimientos.
Deseaba dar rienda suelta a toda su pasión, pero tanto él como ella estaban aún convalecientes. Pudo observar la amoratada cicatriz de piel nueva y brillante en el hombro de la capitana, y esa punzada de deseo se encauzó a un sentimiento igual de pasional pero más controlado, para asegurarse de que no ponía en peligro, en ningún momento, a su compañera. Además, el frío invernal le animaba a tener un contacto más íntimo con ella, donde igualmente a sus cuerpos pudieran acercar también sus almas.
Besó tibiamente con sus labios la cicatriz de la capitana. Ser espadachín conllevaba muchos peligros, y, por supuesto, era casi imposible salir siempre ilesos. Aun así, la cicatriz de su brazo le resultó terriblemente atractiva, se le erizaba la piel de pensar en cómo la capitana había mejorado con su espada.
Tashigi, en cambio no se sentía cómoda con esa cicatriz. No era la más femenina, ni siquiera estaba obsesionada con los estereotipos de belleza, pero en esa situación, ante él, no podía evitar pensar en la cicatriz más en un defecto que en otra cosa. Seguro que sus compañeras de tripulación tenían pieles lisas y tersas, sin imperfecciones. Casi por instinto retiró el brazo, cortando el beso del espadachín.
- N-no la mires… p-por favor – dijo tímidamente la capitana – N-no quiero que veas estas imperfecciones sobre m-mi cuerpo –
El espadachín hizo caso omiso y volvió a tirar del brazo de la chica. Devoró a besos la cicatriz ante la atónita mirada de ella.
- ¿Imperfección? No seas tonta, capitana – dijo fogosamente el espadachín mientras lamía lascivamente su cicatriz – esto significa que estás viva y que tu cuerpo sigue caliente –
Las mejillas de la capitana se encendieron ante sus palabras. Verdaderamente no lo veía como algo poco atractivo, si no que le excitaba toda ella, en conjunto. La chica se relajó ante la cariñosa demostración, destensó su cuerpo. Solamente tenían unas horas para ellos mismos, con el despuntar del alba volverían a ser, de nuevo la capitana marine y Roronoa el pirata. Una vez saliese el sol aquella fantasía terminaría, así que debían aprovechar cada minuto como si fuera el último.
Los ojos de ambos espadachines se encontraron, y supieron exactamente qué iba a pasar a continuación. Tashigi extendió sus brazos y rodeó el cuello del espadachín, atrayéndolo hacia su cuerpo. Zoro descendió poco a poco hasta pegar su cuerpo al de la chica. Los rostros de ambos espadachines se acercaron hasta que fundieron sus labios en un húmedo beso.
Aquel momento era para ellos como encontrar agua en pleno desierto. Lo habían repetido en sus cabezas decenas de veces en aquellos días. A pesar de los silencios, a pesar de la incomodidad y de las evasivas, en sus cabezas ese momento había ocurrido incontables veces. Sus lenguas se entrelazaron frenéticamente, como si fuera una lucha de espadas. Las manos del espadachín acariciaban el cuerpo de su compañera. Zoro se inclinó hacia el lado izquierdo de la cama, librando a la capitana de su peso. Acto seguido alzó su mano derecha y tomó el seno derecho de la capitana, con rudeza. La chica separó sus labios de los de su compañero y dejó escapar un leve gemido. Era la primera vez que todo sucedía así.
El espadachín, viendo lo que podía causar en el cuerpo de la chica, siguió actuando de la misma manera. Abrió su mano derecha y amasó ambos senos de la capitana, alternando lascivamente. Mientras, comenzó a besar el cuerpo de la chica, que con los labios entreabiertos gemía lastimosamente. Aquellos ruidos le volvían loco hasta el extremo. Solamente podía pensar en entrar en ella, en fundir su cuerpo con el suyo. Tan enloquecido estaba que la erección entre su pierna amenazaba con rasgar el pantalón.
Tashigi se percataba del palpitante bulto del espadachín, que rozaba contra su muslo desnudo. A pesar del frío de la isla, aquella habitación se encontraba terriblemente caldeada. Su cuerpo se perlaba en sudor, y sentía que la ropa le sobraba. También quería actuar, corresponder al espadachín, pero aquella sensación agradable la desbordaba de tal manera que solamente podía centrarse en sentir y disfrutar de lo que el espadachín hacía con su cuerpo.
Zoro sentía su orgullo henchido, sabía que aquello estaba extasiando a la capitana. Acto seguido, agarró el escote en barco del vestido y lo bajó bruscamente, dejando a la vista los senos de su compañera, que no puedo evitar dar un bote de sorpresa. Un escalofrío recorrió su cuerpo, sobre todo su miembro, que vibró ante semejante imagen. Los voluptuosos senos de la capitana habían estado recogidos por la escueta tela. Jamás pensó que la chica podía ir sin ropa interior en la parte superior, y aquello le hizo despertar una lasciva sonrisa. Bajó de su cuello hasta llegar a su pecho, el cual comenzó a lamer lujuriosamente. Seguía amasándolo entre sus manos, cogía los pezones de la chica entre sus dedos mientras seguía besando y lamiendo la zona.
La capitana se encontraba avergonzada, pero era incapaz de reaccionar debido a la agradable sensación que sentía en aquellos momentos. Estaba increíblemente excitada, tanto que notaba excesivamente húmeda su entrepierna. Notaba la tela de su ropa interior completamente mojada, tenía claro que estaba más que preparada para el siguiente paso. Pero el espadachín parecía no tener prisa, seguía amasando sus senos y devorando sus pezones, haciéndola morir de placer.
Las manos de Zoro continuaron bajando, tirando del vestido, que se deslizaba por el cuerpo de la chica dejando más piel al descubierto. El espadachín se incorporó y tiró del trozo de tela, dejando a la chica solamente con unas braguitas de color rojo puestas. Le quitó gentilmente los zapatos y volvió a abalanzarse sobre ella. Se acercó a su rostro, de nuevo, y lo observó detenidamente. Le encantaban sus enormes ojos vibrantes, el característico y rojizo tono de sus mejillas, su espesa melena desordenada por los actos que estaban realizando. Volvió a besarla de nuevo, con lujuria. Agarró su labio inferior ligeramente con sus dientes y volvió a introducir su lengua en la boca de la chica. Estaba tan excitado que apenas podía controlarse, pero se había propuesto hacerla disfrutar a ella primero. Quería escuchar los quejidos de su garganta debido a la existencia de un orgasmo, solamente quería que ocurriera eso.
Despegó la boca de la de la chica, puesto que el próximo destino se le antojaba más exquisito. Se incorporó de nuevo y se limpió los húmedos labios con el dorso de la mano. Agarró las piernas de la chica y las separó, dejando el húmedo sexo de la capitana expuesto, aunque bajo la tela. Podía observar la tela oscurecida por el abundante flujo. Deseaba poder beberlo, lamerlo con su lengua. Pasó sus manos por los muslos de la chica hasta que llegó a ambos lados de su cadera. Aquellas braguitas eran un impedimento, así que tiró de ellas y las hizo trizas. Mientras él estuviera allí con ella no iba a necesitar ropa interior, simplemente deseaba que estuviera accesible en todo momento.
La capitana se estremeció de nuevo, era exactamente como lo había imaginado. El espadachín era duro y fogoso, sin término medio. Su cuerpo gigantesco se movía grácilmente sobre ella como un gato. Podía notar el calor que emanaban sus músculos, el peligro de sus movimientos. Su estómago dio un vuelco cuando lo sintió agarrar fuertemente sus piernas y separarlas. Sabía lo que iba a venir pero todavía no estaba preparada para un acto tan vergonzoso. Instintivamente se tapó los ojos con sus manos, muerta de la vergüenza, pero las apartó de nuevo, incorporándose ligeramente, cuando sintió la lengua del espadachín contra su sexo.
El joven pirata frotaba su lengua contra los labios de la capitana, relamiendo el flujo que había producido la chica. Mientras, apretaba sus rudas manos contra la parte exterior de los muslos de su compañera. El sexo de la capitana ardía en fuego, el espadachín notaba el calor que emanaba todo su cuerpo. Siguió lamiendo los labios de la chica y poco a poco se acercó a su clítoris. Tenía el tamaño de una canica, redondo, abultado, palpitante. Brillaba tenuemente por el flujo, con un color rojizo por la sangre agolpada. Sabía que en el momento en el que su lengua se moviera sobre él la capitana terminaría de enloquecer. Levantó la vista, la miró desafiante y comenzó a mover su lengua frenéticamente.
El cuerpo de la chica comenzó a convulsionar de placer. Jamás había sentido esa sensación antes. Sentía cómo su sexo comenzaba a palpitar más fuerte, y cómo sus piernas y brazos de aflojaban. Su cuerpo ardía en fuego, el sudor perlaba su piel. A cada lengüetazo del espadachín perdía más y más la cordura. No podía hacer nada, era simplemente una muñeca que disfrutaba de las acciones del espadachín. Las oleadas eran cada vez más intensas, tanto que arqueaba su espalda y, en un arrebato, llevó sus manos a la cabeza del chico, agarrando su pelo.
En su interior Zoro sonrió salvajemente, sabía que estaba acertando de lleno con la chica. Su lengua seguía moviéndose a un ritmo frenético sobre el abultado clítoris, sintiendo cada vez con más frecuencia las leves contracciones. Pensó que sus manos estaban demasiado desocupadas, así que alzó su mano derecha y agarró uno de los senos de la capitana, amasándolo. Su ritmo no decrecía, se mantenía constante sobre la chica. Deseaba verla enloquecer, arrancar un potente gemido de su garganta.
La capitana no lo soportaba más, su cuerpo estaba a punto de explotar. Sintió que una extraña e intensa sensación se precipitaba, algo en su interior venía. Sus piernas vibraban eléctricas, y su estómago se desataba. De repente, notó una oleada de placer sacudiendo su sexo, una descarga eléctrica recorrió su cuerpo. De su garganta nació un gemido agudo y entrecortado, música para los oídos del espadachín. Segundos después notó que la fuerza abandonaba su cuerpo, precipitándose hacia el colchón, de nuevo, completamente abatida.
El chico se incorporó con rostro triunfal mientras se limpiaba los flujos de la capitana con el dorso de la mano. Su lengua estaba entumecida, y le costaba trabajo cerrar su desencajada mandíbula. Lo había dado todo para ella. Observaba el cuerpo sudoroso de la chica sobre la cama, totalmente fuera de combate. Su orgullo estaba totalmente henchido, nada le satisfacía más en ese momento que el cuerpo satisfecho de su compañera. Cogió las sábanas y cubrió el cuerpo de la chica con ellas. Se acurrucó junto a su cuerpo y comenzó a pasar sus dedos tibiamente por la espalda de la chica. Deseaba que llegara su turno, deseaba morir también en aquella sensación de placer, pero estaba dispuesto a darle todo el tiempo del mundo a la espadachina para que se recuperase.
Las tibias caricias sobre la piel de su espalda eran reconfortantes. Jamás se había sentido tan relajada, es como si hubiera soltado un buen peso de encima. El cálido clima de la habitación era agradable, en contraste con el frío exterior. Sentía que no quería que aquella noche acabase nunca, que fuese eterna. Se giró y se encontró con el rostro de su compañero, que permanecía expectante. Alzó la mano y comenzó a acariciar, levemente, el pecho del chico. Sintió cómo la piel de Zoro se erizaba ante el contacto con sus dedos. Podía sentir su excitación, su ansia, sus ganas de disfrutar como lo había hecho ella. Siguió acariciando tibiamente su pecho, hasta que alzó la mano hacia su grueso cuello. Le excitaba la forma de su cuerpo, el ancho de sus músculos. Era terriblemente atractivo, no podía dejar de fantasear con la idea de cabalgar sobre él, abrazando mientras su torso desnudo y endurecido por el ejercicio.
Siguió subiendo su mano hasta acariciar los sabios del chico. Pasó los dedos por su labio inferior, rozando tibiamente hasta subir al superior. La boca de Zoro se entreabrió, asomando la punta de su lengua. Tashigi introdujo su dedo índice en la boca del espadachín, que lo succionó ligeramente. Aquel acto la hizo enrojecer, pues entendía perfectamente cuáles eran las segundas intenciones de su compañero. De nuevo, el fuego empezó a arder en su interior, y el vértigo por lo que iba a hacer le erizaba los vellos de su piel. Se incorporó, tapándose vergonzosamente con la sábana, y comenzó a besar a su compañero.
Primero lo hizo tímidamente, con los labios apenas entreabiertos. Poco a poco notó que la pasión se intensificaba de nuevo, sobre todo cuando sus lenguas se encontraron y comenzaron a mezclarse de nuevo. Mientras seguían besándose apasionadamente, Tashigi, a tientas, comenzó a tocar el cuerpo del espadachín. No soportaba verlo aun tan vestido, se moría de curiosidad. Apartó la cabeza, cortando el beso, pero mereció la pena.
Zoro también se incorporó, adivinando las intenciones de la chica, y facilitó a su compañera que pudiera desnudarle. Los temblorosos dedos de Tashigi se dirigieron hacia el pantalón del chico. Podía apreciar la erección de su compañero, intensa y abultada bajo la tela. La capitana tragó saliva, ¿Cómo se suponía que era de grande? ¿Cómo iba a poder manejarla? De repente, el miedo la invadió. Era la primera vez que iba a hacer algo tan osado. Había tenido contacto con otros hombres, pero no de manera íntima ni tan intensa. Pero si algo le atemorizaba de verdad era que él pensara mal sobre ella, después de todo, el espadachín parecía ganarle abismalmente con diferencia en esa situación.
- Sé que lo harás genial, onna – dijo repentinamente el chico, había analizado a la perfección su rostro – Me muero por verte bajar –
El rostro de Tashigi se encendió aun más, pero asintió ligeramente. Era su turno de actuar.
