La chica siguió tirando del pantalón con ambas manos, mientras tragaba saliva, completamente nerviosa. Estaba a punto de hacerlo, no había vuelta atrás. Se deslizó ligeramente hacia atrás, mientras aun se tapaba burdamente con la tela, y terminó de retirar la prenda. Podía observar la erección del espadachín bajo la ropa interior.

La noche era completamente cerrada, y Tashigi, por vergüenza, apagó la luz central de la habitación, quedando ambos únicamente iluminados por la lumbre de la chimenea. Entre el expectante silencio escuchaba el chisporrotear de los troncos, que se consumían poco a poco por el fuego.

El cuerpo de Zoro estaba bañado por aquella luz naranja rojiza, más bello aun si podía ser. Recostado sobre la cama, apoyado contra la almohada parcialmente incorporado, observaba expectante a su compañera. Tashigi seguía escudriñando su cuerpo, con las manos agarradas a la gomilla de la ropa interior. Notaba la tela tensa por la erección, y sabía que no podía demorarlo más. El espadachín, observando las inminentes intenciones de su compañera, movió ligeramente la cadera, alzándola.

Tashigi aprovechó aquella pequeña ayuda y jaló de la tela con cierta brusquedad. No pudo evitar cerrar los ojos de la gran timidez que sentía. Quería hacerlo, se moría por hacer, su cuerpo lo pedía, simplemente tenía que vencer la barrera de la timidez. Cuando abrió los ojos tuvo que tragar saliva. La erección de su compañero era considerable, y no sabía bien cómo manejarla. Había tenido contacto con otros hombros, no excesivo ni prolongado, pero nunca había sido tan íntimo ni explícito como en aquel momento. El miembro del espadachín se alzaba complemente erecto, con el glande parcialmente retraído. Podía observar el brillo en la parte superior por la lubricación.

La piel de Tashigi se erizó por completo. Él estaba muy excitado, y todo por culpa de ella. Debía estar a la altura, debía hacerle sentir lo mismo que había sentido ella. Ella no iba a ser menos, podía hacerle disfrutar también y se lo iba a demostrar. Agarró su despeinada melena y la apartó hacia un lado, despejando su rostro. Sus ojos abiertos brillaban intensamente bajo las llamas. Dejó caer la sábana que cubría su cuerpo, mostrando su desnudez ante él, de nuevo. Lanzó una última mirada al espadachín, con ojos titilantes, y volvió a bajar la mirada.

Cerró los ojos y aumentó la concentración. Abrió su boca y se encontró, de lleno, con la erección del espadachín. Sus oídos escucharon el rugido que salió de la boca de su compañero cuando su lengua se enroscó felinamente en el glande. Aquello era música para sus oídos. Alzó la mano derecha y agarró el miembro del chico con ella. Lo introdujo más en su boca, intentando averiguar hasta qué punto podía llegar. De repente, sintió que había llegado a su límite y se retiró con un rápido movimiento. La saliva salió por su boca y corrió mojando la comisura de sus labios.

Zoro se sentía extasiado, al borde de la locura. Observarla así, con las mejillas encendidas, su cuerpo desnudo y con la saliva corriendo por la comisura de sus labios lo volvía un animal. Se incorporó bruscamente y se abalanzó sobre ella. Quería que siguiera lamiendo con sus labios hasta hacerle tocar el cielo, pero las ganas de besarla eran todavía mayores. La agarró fuertemente entre sus brazos y comenzó a devorar sus labios. Lamía la comisura de su boca bebiendo su saliva. Sus lenguas se movían frenéticamente, fundiéndose la una con la otra.

De repente, Tashigi paró en seco, puso las manos sobre el pecho del chico y lo separó. Aquello le gustaba, pero no era el momento. Ella debía cumplir con su parte y llevarlo a él por el mismo camino. Siguió empujando levemente con sus manos y le hizo tumbarse nuevamente sobre la cama. Volvió a inclinarse sobre su compañero y esta vez, más decidida, se inclinó ferozmente sobre su miembro.

Lamía su glande frenéticamente con su lengua, mientras su mano derecha frotaba el tronco en toda su extensión. Las comisuras de su boca ardían hasta el punto de perder sensibilidad. Su boca era demasiado pequeña, o no estaba acostumbrada a ello. Aún así, dio su mejor esfuerzo y no disminuyó el ritmo. Alternaba entre su mano y su boca, enloqueciendo al espadachín.

Zoro pensaba que iba a morir. Conocía muy bien su cuerpo, lo que no entendía es como ella, que era la primera vez que lo tocaba, podía hacerle sentir tan bien. Notaba su inexperiencia y su nerviosismo, pero eso le enloquecía aún más. Su pureza y candidez le resultaban encantadoras. Notaba como con cada lametazo, con cada subida y bajada su final estaba más cerca, y casi no lo podía controlar.

No quería que acabara así. Sabía que tenían toda la noche por delante para seguir disfrutando más y más, pero deseaba unirse a ella de una manera más íntima, fundirse con su cuerpo hasta volverse uno solo. Zoro tomó el rostro de la chica entre sus manos y la hizo parar. Los ojos de ambos entraron en contacto, y la atmósfera de la habitación se electrizó. Zoro se puso de rodillas sobre la cama y atrajo el cuerpo de su compañera sobre él. Agarró la cintura de Tashigi fuertemente para que no escapara, pero tampoco es que esa fuera la intención de ella. La chica notaba la erección del espadachín entre los labios de su sexo, frotando su parte externa. Mientras, sus boca volvieron a acercarse y a fundirse de nuevo. Sus lenguas se mezclaban, y entre beso y beso mordían sus labios que se encontraban hinchados y rojizos. Los senos de Tashigi estaban completamente pegados al torso de su compañero. El sudor los lubricaba, haciendo que resbalasen entre sí. Acto seguido, Zoro bajó su mano derecha y garró su miembro, el cual dirigió hacia el interior de la chica.

El sexo de Tashigi volvía a arder en fuego. Notaba como el flujo mojaba sus labios, que estaba preparada para ser penetrada. No se resistió ante las acciones de su compañero, sino que las facilitó. Rodeó con sus manos el cuello del chico, hundió su cabeza en su hombro y separó las piernas facilitando la entrada. Notó como el miembro del espadachín se abría paso en su interior. Los movimientos de Zoro eran burdos y, al comienzo, descompasados, como si fuera una bestia desbocada que apenas podía controlar su lívido y sus acciones. Tashigi intensificó su abrazó y comenzó a mover su cuerpo rítmicamente, invitando al espadachín a seguirla.

Zoro se sentía totalmente desbocado, como una bestia sin conocimiento. Estaba perdiendo la razón con esa situación. De pronto, los movimientos rítmicos de la chica lo devolvieron a la realidad, al control parcial de la situación. Los movimientos de su cadera eran exquisitos y lo estimulaban aun más que su movimiento errático. Notaba los músculos tensos del interior de la capitana apretando contra su miembro, y sintió que debía dejarse llevar y dejarse hacer.

Tashigi se sentía mucho más cómoda en esa situación, llevando ella el control. Se sentía extremadamente sensible, apenas se había recuperado del asalto anterior, por eso sabía que, si seguía así, ella volvería a terminar en cualquier momento. No le importaba, puesto que esa noche era para ellos y su cuerpo insaciable estaría disponible una y otra y otra vez. Levantó su rostro hundido y sostuvo su fogosa mirada contra la del espadachín. Se sentía segura de sí misma, triunfal y decidida. Aumentó el ritmo de sus movimientos, el vaivén de sus caderas. Notaba cómo el miembro del espadachín entraba y salía limpiamente de su interior una y otra vez. El movimiento era cada vez más frenético. Debido a la excitación pasó sus manos bajo los brazos de su compañero y hundió las uñas en la espalda del espadachín. Solamente podía acelerar más, quería tener un orgasmo en esa posición.

El chico no se encontraba diferente, jamás pensó que la propia capitana pudiese llevar aquel ritmo. Aun así, después de todo, ella tenía una buena forma física y lo estaba haciendo notar. Su cuerpo palpitaba, en espacial su miembro, que no soportaba más el roce y la tensión. Su momento llegaba, sabía que iba a eyacular en el interior de su compañera.

- Y-ya no puedo soportarlo más – rugió de forma grave mientras hundía su cara en el pelo de la chica y mordía su cuello –

Tashigi notaba el cuerpo tenso de Zoro bajo el de ella. Segundos después, tras ver la reacción de su compañero, se precipitó su propio orgasmo. Era incluso más intenso que el primero. Notaba las extremidades vibrar de forma eléctrica, y todo su clítoris, incluida la parte interna, sacudirse de placer. En si interior el semen de su compañero la llenaba, y al más leve movimiento sabía que se desbordaría.

En aquella posición, aun unidos y con los rescoldos del éxtasis conjunto, se dejaron caer agotados sobre la cama.

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Tras lavarse en el pequeño aseo de la habitación, cayeron rendidos entre las tibias sábanas. Sus cuerpos se encontraban entrelazados, compartiendo calor. El sueño les sorprendió y ambos se dejaron llevar por el abrazo de Morfeo. La habitación se encontraba en absoluto silencio, solamente se escuchaba el crepitar de las llamas que consumían la madera en la chimenea y las tenues respiraciones de ambos espadachines.

Varias horas pasaron descansando plácidamente hasta que, el ruido de sus compañeros subiendo a sus habitaciones despertó a Zoro. En espadachín se levantó, completamente desnudo, y se acercó a la ventana. Corrió la cortina y pudo ver la noche sobre ellos. Había parado de nevar, y en el horizonte se podía vislumbrar los primeros signos de no un lejano amanecer. El chico volvió a dejar la cortina y se acercó a los rescoldos de la candela. Apenas quedaban unas brasas calentado la estancia, así que, grácilmente, cogió a Sandai Kitetsu y cortó un gran tronco en pequeños trozos de madera que echó a la chimenea, los cuales empezaron a arder rápidamente avivando el fuego y la luz en la estancia.

Ante las caprichosas y danzantes sombras de las llamas, Tashigi comenzó a abrir perezosamente sus ojos. Extendió las manos por las tibias sábanas, pero no encontró el cuerpo de su compañero. Se incorporó levemente y lo encontró de cuclillas mirando al fuego crepitar. Su desnudo y musculoso cuerpo era caprichosamente iluminado por las llamas, que habían arrancado un intenso rubor en sus mejillas. Tashigi no podía dejar de observar cada centímetro de su piel desnudo, la forma de todas las curvas de su cuerpo. Definitivamente era todo un espectáculo.

De repente, comenzó a sentir el frío aire que había fuera de la cama, lo que hizo que se le erizara la piel y, sin poder contenerlo, soltara un pequeño y coqueto estornudo que llamó la atención del espadachín. Avergonzada, la capitana se llevó las sábanas hasta los ojos, tapando cada recoveco de su piel con la tela. Zoro lanzó una media sonrisa y dejó sus espadas a un lado, caminando de nuevo hacia la cama. Tashigi pudo ver todo su cuerpo completamente desnudo y, sin quererlo, fijó la vista en su miembro, que bamboleaba de un lado hacia otro al ritmo de los pasos del espadachín. Aun más avergonzada, se metió completamente debajo de las sábanas, sin saber muy bien qué hacer o cómo actuar.

- ¿Acaso necesitas calor, capitana? – dijo coquetamente Zoro mientras se metía bajo las sábanas y agarraba la cintura de la chica – No creo que Chopper se alegre si te ve resfriada –

- Y-yo… yo – tartamudeó Tashigi, increíblemente nerviosa de nuevo, sintiendo cómo el chico la atraía hacia sí y amoldaba su cuerpo al suyo.

- ¿Qué te ocurre? ¿Acaso todo lo anterior fue demasiado para ti? – dijo burlonamente Zoro mientras echaba la sábana hacia atrás dejando la cabeza de ambos al exterior.

- ¡C-claro que no! No te creas que fue especial o algo parecido – dijo altivamente la chica mientras levantaba su barbilla – Es solo que… me resulta extraño, ¿A ti no? –

Zoro observó los grandes ojos oscuros de la capitana, entendía perfectamente lo que quería decir. Aun le resultaba difícil de digerir cómo había terminado todo. Había tantas cosas que realmente no sabían el uno del otro, y, por supuesto, de lo imposible de aquella relación… él era pirata, y ella marine.

- Lo que más extraño me resulta es que precisamente tú hayas hecho esto – le dijo Zoro, distraído, mientras comenzaba a acariciar la piel de sus hombros - ¿Cómo Doña Capitana Perfecta, cuya vida se rige por el absoluto ideal de justicia, termina acostándose con su peor enemigo? –

- ¿A-ah? ¿De verdad crees que te considero mi peor enemigo? – dijo la chica, molesta, mientras fruncía el ceño - ¿Y tú? ¿Cómo es que te has acostado con una mujer imitadora parecida a no sé quién? –

Zoro dio un pequeño respingo y dejó de acariciar la piel de la chica. Aquel comentario había sido demasiado certero. Es más, ni siquiera él mismo podía explicar cómo se había sucedido todo aquello. Hacía mucho tiempo que no pensaba en Kuina, y más de aquella manera, de la misma forma en la que había pensado en Logue Town.

- Tú sí que sabes hacer buenos comentarios, capitana – dijo el espadachín entre dientes – Esa historia… es algo ya del pasado – continuó el chico, distraído, mientras miraba al techo.

- B-bueno, es cierto que ya no haces esas referencias cada vez que nos encontramos, pero… ¿Quién era ella? – preguntó Tashigi, con gran interés, mientras se despegaba del espadachín y apoyaba los codos sobre la cama y las manos sobre sus mejillas, expectante, esperando escuchar aquella interesante historia.

- ¿Te refieres a Kuina? – preguntó Zoro mientras volvía la vista y miraba su curioso rostro. No es que hablar de Kuina fuera lo que más le interesaba del mundo en aquellos momentos, pero sabía que, llegados a ese punto, era lo único que podía deshacer todos los entuertos y malentendidos que casi les habían costado la vida a ambos

Tashigi abrió de par en par sus ojos y se mordió el labio inferior, con impaciencia. Kuina. Era una chica, había una chica, pero ¿Qué relación tenía con ella? Se moría por preguntar, por azuzar al espadachín en búsqueda de más respuestas, pero entendía que se estaba abriendo en canal para ella y que eso requería tiempo. Por fin iba a entenderlo todo, su forma de ser con ella, sus comentarios, su actitud.

-Kuina… ella… era mi mejor amiga, y mi referente a seguir – dijo vagamente mientras quitaba la mirada de la chica y la fijaba en una de sus espadas – ella era la dueña de Wado Ichimonji antes que yo –

- ¡¿Tu espada le perteneció a ella?! Y-y-y, ¿Qué pasó? – dijo la chica mientras daba un ligero respingo, incapaz de contener la emoción y el interés, aunque sabía que debía controlarse.

- Pues, ella murió – dijo sencillamente Zoro mientras volvía a mirarla de nuevo, mas su vista se encontraba realmente en el pasado, recordando todos esos momentos – Ella tuvo un accidente y murió al caer por las escaleras.

- E-eh… yo… l-lo siento… no debía haber p-preguntado… -

- Ella me recuerda mucho a ti, decís las mismas cosas – le cortó Zoro mientras volvía al presente y ponía las manos detrás de la cabeza – Ella también hacía referencia a su cuerpo, no quería convertirse en una mujer porque sabía que se haría más débil que un hombre – continuó mientras cerraba los ojos.

Tashigi bajó la vista. No creía que ellas dos dijeran las mismas cosas, realmente pensaba que todas las mujeres como ellas pensaban así. Se sentía ligeramente decepcionada por aquello. Quizás es que Zoro no estaba tan acostumbrado a lidiar con mujeres, después de todo. Cualquier mujer que quisiera ocupar la posición que le correspondía en el mundo debía enfrentarse a un hombre que la ocupaba ilegítimamente, y eso lo sabían desde bien pequeñas.

- Me ganó 1001 veces, nunca pude derrotarla, ni con espadas de verdad – continuó el espadachín, que estaba más hablador de la cuenta – Nos prometimos que uno de los dos sería el mejor espadachín del mundo, y ahora debo cumplir el sueño de ambos, por eso no puedo perder esa espada de ninguna de las maneras –

Tashigi bajó la vista y se mordió el labio inferior. Ahora entendía el apego que sentía por el arma. Era la materialización de un sueño, era el último nexo en la Tierra que le quedaba con ella. ¿Cómo iba a enfrentarlo y quitarle su espada después de aquello? Su ideal de justicia volvía a zozobrar.

- Por cierto, se parecía muchísimo a ti… tenéis el mismo color de pelo, de ojos, las mismas expresiones – terminó de decir Zoro mientras volvía a mirarla, de forma intensa.

- ¡TENÍAS QUE HABER EMPEZADO POR AHÍ, IDIOTA! – le gritó la chica mientras se incorporaba bruscamente - ¡Ahora sí entiendo la perturbación! – continuó enfurecida, sin darse cuenta de que seguía desnuda.

- ¿Ah? Pero ella nunca ha sido ni será como tú ahora – dijo el chico mientras modificaba su postura y movía su cuerpo, acechando a la capitana – Tú eres tú… y tú puede que odies tu cuerpo de mujer, pero de esta forma soy débil ante él, tu forma me hace perder la cabeza – se sinceró el chico mientras se abalanzaba fieramente contra la capitana, agarrando uno de sus senos entre su boca.

- R-roronoa, n-no… ¡P-por favor! – dijo fogosamente la chica mientras se deshacía entre los brazos del espadachín – N-no puedo otra vez… dame un r-respiro –

- ¿Acaso no eres capaz de aguantar otro asalto? - Zoro despegó sus labios del seno de la chica y le lanzó una burlona sonrisa.

- ¡C-claro que puedo! P-pero aun necesito un poco de tiempo – dijo avergonzada, mientras sentía todavía los calambres en sus piernas.

- Pues eso es todo por mi parte – dijo el espadachín mientras volvía a tumbarse junto a ella, zanjando el tema de Kuina – al principio no lo entendía bien, y me sorprendía, pero después de Punk Hazard me di cuenta de que sois personas diferentes, vi a otra capitana –

Tashigi se sentó sobre el respaldo de la cama y subió las sábanas hasta su cuello. Tras las palabras de su compañero rememoró, fugazmente, todo lo vivido en aquella absurda isla. Se llevó la mano al hombro, instintivamente, y recordó cómo la había cargado. Había fantaseado con ese momento todos y cada uno de los días posteriores hasta que se encontraron de nuevo. De repente, todo volvió a cuadrar en su cabeza.

-En Punk Hazard… ¡T-tú cortaste a la mujer pájaro! ¡Puedes cortar mujeres! –

- Pues claro que puedo cortar mujeres, puedo cortar lo que quiera –

- No me refiero a eso… a ella la cortaste, a mí no. ¿Es que acaso t-tú…? ¿E-en Punk Haz-zard… t-tú? –

Tashigi estaba muerta de vergüenza. Si sus sospechas eran ciertas, Zoro también llevaba bastante tiempo colado por ella. Si eran verdad la había defendido de la mujer pájaro porque le importaba, le había vendado el brazo y la había cargado porque no quería que le pasara nada malo y, por supuesto, no iba a hacerle ningún tipo de daño.

-No preguntes algo que ya sabes, mujer – dijo el espadachín bruscamente mientras tiraba de ella y volvía a acercarla a su rostro – Hay cosas que no quiero cortar, y tú estás entre una de ellas – terminó de decirle a la chica mientras fundía sus labios con los de ella en un intenso nuevo beso.