El calor volvió a invadir el cuerpo de Tashigi. Por mucho que sus piernas siguieran resintiéndose del asalto anterior, su cuerpo estaba más que preparado para el siguiente. Esta vez era completamente diferente, no sentía miedo, ni vergüenza, ni cohibición, simplemente deseaba disfrutar de aquel momento, de aquella última oportunidad que les brindaba la noche y la oscuridad de volverse uno hasta una nueva y lejana ocasión.

La capitana se incorporó y se abalanzó sobre el chico. Sus suaves manos apretaron el pecho del espadachín, haciendo que su espalda se pegase al cabecero. Se montó a horcajadas sobre él y pegó su cuerpo intensamente. Esta vez fue ella la que devoró sus labios, con lujuria. Introdujo su húmeda lengua en la boca del espadachín, recorriendo cada recoveco. Sentía como el chico le correspondía con intensidad, a decir verdad, estaba segura de que el cuerpo del espadachín nunca se había apagado. Alzó sus manos e introdujo los dedos entre el cabello del espadachín. Era grueso y desaliñado, y lo notaba ligeramente más largo.

El chico agradeció el acto lujurioso de la compañera. Llevaba muriendo de ganas por realizar un nuevo encuentro desde que se levantó de la cama, pero temía el rechazo de la chica y que le viera como un simple animal. Después de todo, era evidente el contraste entre sus personalidades. Ella seguía siendo una joven tímida y él una auténtica fiera salvaje.

Los besos lujuriosos de la capitana le enloquecían. Prácticamente se dejaba llevar por ella, disfrutando de su iniciativa. Sus bocas se separaban para volverse a unir, hambrientas. Volvían a enroscar sus lenguas a la par que mordisqueaban sus labios y lamían las comisuras de sus labios. Zoro bajó las manos hasta el trasero de la chica y lo apretó firmemente, como si deseara atraparla para siempre jamás y no dejarla ir nunca de esa habitación.

Sus dedos se hundían en la prieta y abundante carne de la chica. Su cuerpo le volvía loco. Su duro trabajo diario en el entrenamiento de la esgrima le había proporcionado un cuerpo firme y voluptuoso, lleno de magníficas curvas a las que agarrarse y disfrutar. Amasó con fuerza el trasero de la chica y lo apretó pegando su cuerpo al de ella.

Estaba excitado de nuevo, tan excitado como un animal en celo. Su miembro había vuelto a hincharse y entre sus piernas tenía una creciente y palpitante erección. El vello de todo su cuerpo se erizaba cuando notaba su dureza rozar contra el húmedo sexo de la capitana, expuesto a su miembro debido a la postura de la chica. Instintivamente comenzó a mover las caderas hacia delante y hacia atrás rítmicamente, frotándose contra ella.

Ante aquello, Tashigi no pudo contener un lastimero gemido. Ese roce la enloquecía. Notaba cómo aquella sensación se trasladaba de nuevo hacia sus piernas, haciendo que éstas se aflojaran. Pero esta vez no podía flaquear y simplemente dejarse llevar por las acciones del pirata, debía actuar en consecuencia, batirse en ese duelo con él. De esta forma, ella también comenzó a mover sus caderas al son del ritmo que marcaba el espadachín. Ambos bailaban aquel placentero baile que amenazaba con hacerles perder lo que les quedaba de cordura.

La complicidad entre ambos era máxima. ¿Cómo podían cambiar tanto las cosas en unas pocas horas? Era simplemente aterrador. Habían pasado de la indiferencia, de casi el odio irracional a unirse de la más intensa de las maneras. Su relación se había caracterizado por una concatenación de medias verdades, situaciones dispares y momentos demasiado fugaces. Pero todo estaba aclarado, o al menos, lo que acontecía al pasado. Lo único que les atormentaba en aquella casi perfecta situación era, ¿Y qué ocurrirá en su futuro?

Aunque esa pregunta se encontraba presente en un rincón de su mente, ambos la apartaban para centrarse en aquel momento. No importaba cómo fuera el futuro, lejano o cercano, lo importante para ellos en aquel momento era crear un vívido e intenso recuerdo del que poder disfrutar y perderse en los peores momentos de soledad que, inevitablemente, vendrían tras el alba.

Los movimientos de ambos cuerpos seguían acompasados, con un ritmo cada vez más intenso y desbocado. Aquello no era suficiente, ya nunca más. Necesitaban unirse de nuevo y convertirse en uno solo, llegar al clímax de sus cuerpos. Zoro apartó la mano derecha del trasero de la chica y agarró rudamente su miembro, frotando burdamente con él el clítoris de la capitana. Mientras, separó sus labios de los de la chica y mordió el cuello de su compañera. Moría cuando la veía así, indefensa como un pequeño conejillo, a merced del placer que le provocaba. Estuvo tentado de introducir su miembro en el sexo de la capitana, pero paró en seco. Otra vez no lo iba a volver a hacer así, esta vez él la iba a poseer a ella, iba a fundir su cuerpo sobre el de la chica hasta que cada centímetro de piel quedara irremediablemente en contacto.

Dejó de morder a su compañera y agarró su sudorosa y pequeña cintura. La alzó en el aire y justo después la tumbó sobre las húmedas sábanas impregnadas de la esencia de ambos. La luz del fuego brillaba aleatoriamente sobre su piel, creando cambiantes y brillantes formas. Pasó la mano derecha por su cabello y la perdió entre la enmarañada y espesa melena oscura, que llegaba mucho más allá de la cintura de la chica. No se lo había dicho, pero le encantaba su largo cabello. En aquellos momentos fantaseaba con coger su pelo suavemente para someterla ante sus embestidas. Pero eso sería en otra ocasión, esperaba que en un futuro igual de intenso y, sobre todo, cercano.

Cogió las piernas de la capitana y tiró hacia abajo en la cama, para justo después separarlas. Miró el sexo de la capitana, que brillaba por la humedad, listo para recibir su entrada. Su boca volvía a hacerse agua, deseaba volver a hundir sus labios de nuevo, pero sabía que el tiempo jugaba en su contra, y que en cualquier momento aquella momentánea paz y tranquilidad se rompería ante los gritos de cualquiera de ambas tripulaciones.

Volvió a agazaparse sobre ella, como un felino acecha a una fiera, y comenzó a besar su cuerpo, con ansia. Besaba la cara interna de sus muslos, los huesos prominentes de sus caderas, su ombligo y costillas, ambos senos, cada centímetro de su cuerpo, para acabar de nuevo en sus labios. Inclinó su masivo cuerpo, acercándolo más y más al cuerpo de la chica, deseando entrar en su interior.

Y justo después ambos volvieron a fundirse en uno solo. El espadachín volvió a agarrar su grueso miembro y, de una única embestida lo introdujo en el sexo de la capitana, que también ansiaba ese momento. Ya no había vuelta atrás, solamente debían dejarse llevar hasta alcanzar el placer.

Tashigi temblaba de nuevo, todo su cuerpo. Aquella vez era diferente, pero seguía sin acostumbrarse, por completo, a esa sensación. Sentía que iba a partirse en dos por el grosor del miembro de su compañero. Aun así, pequeñas descargas recorrían placenteramente sus extremidades, por lo que se dejaba llevar por aquella sensación. Pero ella no era menos, ella también iba a corresponder fogosamente cada una de las acciones del chico, ella también iba a seguir su movimiento acompasadamente para intensificar la fricción entre ambos.

Levantó los brazos y los introdujo por debajo de los brazos de su compañero, hincando las uñas en la piel de la espalda del espadachín, haciéndole despertar un intenso rugido. Acto seguido, alzó su cabeza y volvió a besar con intensidad a su compañero, focalizando de nuevo su atención.

Los movimientos de ambos espadachines eran rítmicos y totalmente sincronizados. El vaivén de sus cuerpos era cada vez más rudo e intenso, si seguían así terminarían en unos pocos instantes. Pero Zoro estaba demasiado excitado y se negaba a seguir de la misma manera. Sin mediar palabra alguna, se separó bruscamente de la sorprendida chica y se sentó sobre la cama, sobre sus rodillas. Observó su miembro palpitante, repleto de vasos sanguíneos a punto de estallar y puso una mueca. Sabía que no le quedaba mucho tiempo para acabar, estaba tan excitado que ni siquiera podía controlarse lo más mínimo. Tenía que hacer todo lo posible para que ella acabara incluso antes que él.

Tomó a la capitana de nuevo, la levantó de la cama y la puso de espaldas a él, de rodillas. Comenzó a besar lascivamente su nuca y su cuello mientras acariciaba su cuerpo. Tomó su pierna izquierda y la alzó, abriendo su sexo de nuevo. Con su mano derecha volvió a coger su miembro y lo introdujo en el sexo de una confundida capitana, que ante aquello se dejaba hacer, expectante.

Comenzó a embestir de nuevo, pero esta vez extendió su mano derecha y comenzó a frotar en círculos el clítoris de la capitana. Los gemidos que salieron de la boca de la chica sonaban a pura música. Sabía que con aquello la hundiría en un placer desmedido en apenas unos pocos minutos. Notaba cómo Tashigi había perdido absolutamente el control y se había rendido ante sus acciones. Siguió moviendo rítmicamente su cadera y su mano derecha, que frotaba en suaves círculos el clítoris de la chica.

Las piernas de Tashigi comenzaron a flojear de nuevo, ¿Cómo podía ser tan tremendamente vulnerable? Su carne era débil y se rendía al placer que le proporcionaba el espadachín con una tremenda facilidad. No podía soportarlo más, el calor desbordaba su sudoroso cuerpo que estaba a punto de explotar de placer. Un agudo gemido salió de lo más profundo de su garganta, cortando el silencio de la noche. Aquella vez fue incluso más intenso, notaba las sacudidas y palpitaciones en su sexo que se extendían al resto de su cuerpo durante interminables segundos.

Aquello enloqueció a Zoro, que tampoco podía soportarlo más. Había estado aguantando, al límite de sus fuerzas, pero el fogoso gemido de la capitana precipitó su orgasmo. Notó cómo eyaculaba en el interior de la chica, abundantemente. Aquella sensación electrizante también había recorrido intensamente sus extremidades. Simultáneamente, ambos cayeron, desfallecidos, entre las sábanas. Estaban exhaustos, complemente agotados por la actividad física y la falta de descanso. Definitivamente aquella experiencia iba a quedar fijada en sus recuerdos para siempre.

- ¡Zooooorooo! ¿Estás despierto? –

De repente, la chillona voz del capitán pirata sonó por el pasillo de la estancia. Ambos espadachines, que hicieron el amago por acercarse de nuevo, dieron un brinco ante la temida voz. Aquel momento que tanto querían que no ocurriera había llegado.

- ¡Ro-Roronoa! ¿¡Qué hacemos!? – susurró la capitana, atemorizada, mientras envolvía las sábanas alrededor de su cuerpo.

-Tú coge tu ropa y métete en el baño, ¡rápido! – contestó bruscamente el espadachín mientras cogía las pertenencias de la chica y se las lanzaba – Algo se me ocurrirá, si viene solo no pasa nada, mi capitán es un zoquete –

Tashigi asintió y corrió hacia el baño, vistiéndose apresuradamente. Aquella sensación sí le resultó desagradable. Tras aquella noche de pasión se sentía sucia al ponerse la ropa por su cuerpo sin pasar por una agradable ducha. Pero no quedaba otra, debía esperar, expectante, a cualquier oportunidad para escapar. De repente, la puerta de la habitación se abrió bruscamente y el capitán pirata entró en la estancia.

- ¡Oi, Zoro! ¿Por qué huele raro aquí? – dijo el capitán mientras olfateaba la estancia, con curiosidad.

- ¿¡Pero qué se supone que estás haciendo aquí idiota!? ¡Estoy intentando dormir! – dijo el enfurecido espadachín que, al menos, había tenido el tiempo suficiente para ponerse la ropa interior –

- ¡Ah, así que era eso! Has debido de tener una buena pesadilla porque el grito se ha escuchado en toda la casa, shishishishi –

Tashigi estaba muerta de vergüenza, ¿Y si al igual que el idiota del capitán pirata lo había escuchado también lo habían hecho el resto de los habitantes? ¿Cómo iban a explicar aquello si alguien pedía explicaciones? La chica se sentía impaciente, deseaba con todas sus fuerzas que Zoro solucionara aquel percance con éxito.

- ¿Ah? Qué grito, baka senchou – dijo el espadachín echando balones fuera - ¿Y se puede saber qué haces despierto a estas horas? –

- Vamos a hacerle una broma a Usopp, shishishi – dijo el chico, con ilusión, mientras le comentaba a su subcapitán – Vamos a pegarle una barba en la cara para que se parezca al viejo barrigudo –

Zoro vio la oportunidad y decidió aprovecharla. Lo que menos le apetecía en esos momentos era gastarle una broma a ninguno de sus compañeros, pero debía dejar libre la habitación para que saliera la capitana.

- Está bien, está bien. Yo me voy con vosotros – dijo el espadachín mientras se ponía el pijama, rápidamente, y tiraba de la mejilla de goma de su capitán.

- Shishishishi… verás mañana, en el desayuno habrá dos gordos barrigudos –

Tashigi se asomó ligeramente a la puerta y observó las espaldas de los dos piratas abandonando la habitación. Suspiró ligeramente y se apoyó sobre el marco de la puerta. Sabía que terminaría así desde el principio, después de todo, sus mundos eran completamente diferentes. Sacudió la cabeza y salió del baño. Observó que los dos piratas habían desaparecido y corrió hacia su habitación. Entró corriendo, soltó un suspiro y se dejó caer pesadamente sobre la cama. ¿Qué iba a ocurrir al día siguiente? Tenía respuestas del pasado… ahora necesitaba respuestas para el futuro.

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A pesar del cansancio, de todas las emociones, de la pasión desatada, Tashigi apenas pudo dormir. Cada vez que el sueño la vencía soñaba con el cuerpo desnudo del espadachín. No podía soportar su propia vergüenza cada vez que se levantaba, sobresaltada, con semejante imagen grabada en su mente. ¿Cómo iba a poder mirarle a la cara después de tantas e intensas situaciones?

Era todavía temprano cuando decidió levantarse y darse una ducha. Aunque su cuerpo estaba sucio y pegajoso, lo cual le desagradaba, cada parte de su piel olía a él, y no soportaba la idea de borrar las pruebas de su intensa y lujuriosa noche. Lo que más deseaba en esos momentos era correr de nuevo hacia la habitación del espadachín y meterse entre sus sábanas. No quería pensar en lo insoportable que iba a ser todo una vez retomaran sus caminos. Ya le había probado, había disfrutado de su cuerpo, se había enganchado a su esencia, iba a ser imposible olvidarle.

Tras la rápida ducha secó su pelo y lo recogió como solía hacer habitualmente, en un pequeño moño dejando parte de éste suelto. Del interior de su maleta tomó un jersey estampado, de flores, y unos vaqueros claros. Se calzó unas botas negras altas y sobre su jersey se colocó una parka blanca corta con un gorro de abundante pelo beige y en cuyos brazos se podía leer, en horizontal y en color azul, la palabra Marine. Por último, se puso sus gafas y ató su espada al cinto.

Salió de su cuarto y echó un rápido vistazo a la puerta de la habitación del espadachín, que estaba completamente cerrada. Sintió la tentación de acercarse, pero justo en ese momento varios de sus hombres la saludaron animadamente y la llevaron al gran comedor para desayunar.

- ¡Buenos días, Tashigi-chan! ¿Qué tal has dormido? – preguntó uno de sus hombres.

- Buenos días, chicos. Muy bien, gracias –

- ¿Nosotros también nos vamos a ir tan pronto, capitana? ¡Se está muy bien en esta isla, permanezcamos un poco más! –

Tashigi se sentía confundida, ¿A qué se refería su subordinado con nosotros? Si no recordaba mal, el barco de los Mugiwara se encontraba atrapado en el hielo, ¿Eso significaba que ya podían abandonar la isla? ¿Qué ya se había extraído todo el carbón necesario? Tenía toda la lógica, después de todo había pasado más tiempo del que originalmente habían pensado quedarse. Fuera cual fuese la respuesta, estaba segura de que iba a descubrirla pronto. Bajaron las escaleras y llegaron al gran comedor, donde la actividad era mayor de lo esperado por la hora. En la estancia, Claus organizaba numerosas cajas de víveres, por lo que todo apuntaba que la tripulación pirata se preparaba para partir. De repente, Tashigi perdió todo el apetito. El momento era inminente, y no estaba preparado para volver a la casilla de salida. Necesitaba ver de nuevo a Zoro, no sabía muy bien para qué, ni qué iba a decirle, pero deseaba volver a verle.

No tuvo que esperar mucho, pues la puerta de la estancia se abrió y apareció el espadachín. Los ojos de Tashigi comenzaron a brillar al verle. Llevaba un abrigo corto naranja, con los detalles en negro y con una capucha con abundante pelo de color negro también. En la parte inferior llevaba unos pantalones negros aptos para la nieve y unas gruesas botas, ambos de color negro. Sus miradas se cruzaron, pero por poco tiempo.

- ¡Mi preciosa Tashigi-chan! ¿Qué te apetece desayunar? Puedo prepararte lo que más desees, bajaría hasta la luna para ti – interrumpió ruidosamente Sanji, que se moría en halagos por la capitana.

- G-gracias… con un chocolate caliente es suficiente – dijo tímidamente la chica, que, aunque no le apetecía tomar nada, sabía que esa era la única de las maneras de que la pudiera dejar tranquila.

- A tus órdenes, bella dama – dijo el cocinero mientras tomaba la mano de la chica y la besaba gentilmente – Ojalá pudiera cocinar más tiempo para ti, si no fuera porque nuestro kuso senchou quiere partir de inmediato en busca de una nueva aventura, gustosamente cocinaría para ti el resto de mis días –

Tashigi dio un leve respingo. Definitivamente la tripulación pirata abandonaba la isla. ¿Cómo lo iba a hacer para volver a encontrarse con él, sobre todo de manera casual? Pero no tuvo que pensar mucho, pues su gran baza era la mala orientación del espadachín.

- ¿Ya hay suficiente carbón para el funcionamiento del rompehielos? – preguntó repentinamente el vicealmirante, que se encendía uno de sus puros mientras bebía de una taza de café.

El anciano se incorporó, con cierto trabajo por sus problemas de ciática y su sobrepeso, y se dirigió hacia el vicealmirante, sentándose junto a él y sirviéndose una taza de caliente café.

- Nuestros hombres han hecho un excelente trabajo durante vuestra partida a la nieve – dijo el rollizo hombre mientras añadía varias cucharadas de azúcar a su café – Después de todo era lo necesario, ¿No? Aunque habéis dado toda una lección de cordialidad, marines y piratas no están destinados a permanecer mucho tiempo juntos.

Tashigi sintió una punzada en el pecho, aquella frase le taladró el alma. Había sido una estúpida todos esos días, ¿De verdad, en alguna parte de su corazón, había pensado que algo más era posible? Ya podía dar gracias por lo que había ocurrido apenas hacía unas horas. Rodó la vista desde su taza de humeante chocolate hasta el espadachín, que parecía distraído cargando varias cajas. Deseaba poder hablar con él, decirle unas últimas palabras.

- No estoy de acuerdo, Claus-san – interrumpió Nami, que se sentó junto al anciano y al marine a compartir un café en la mesa - ¿Por qué ser debemos ser tan extremistas? –

- Ho, ho, ho, ¿Por qué piensas lo contrario, querida Nami? ¿Acaso la experiencia habitual no es esa? –

- Es cierto… pero eso es fruto del desconocimiento – le comentó la chica mientras sorbía de su taza - ¿Sabe? Yo odiaba profundamente a los piratas. Con todo mi corazón. Los piratas mataron a mi madre, que además era marine – comenzó a relatar la joven.

Tashigi desvió la mirada hacia la chica pirata, sin dar crédito. ¿Cómo podía, entonces, ser miembro de una de las bandas de piratas más importantes de la época? Pero mientras se hacía esa pregunta sentía que ella misma podría contestarse a esa pregunta. ¿Qué significaba exactamente ser marine o ser pirata? ¿Eso definía enteramente tu persona? Después de años en la Marina y de rencillas con piratas sabía que no podía ser purista, que no se ajustaba a la realidad.

- ¿Y cómo una chica que odia así a los piratas acaba convirtiéndose en uno de ellos? – preguntó Claus, con todo conciliador, puesto que empatizaba con la muchacha.

- Porque no todos los piratas son malos, al igual que no todos los marines son buenos – sentenció tajantemente la chica – Luffy me salvó la vida, a mí y a mi pueblo. Ni mi propia madre, marine, pudo acabar con ellos, eso le costó la vida. Así que yo le debo a los piratas lo peor y lo mejor de todo lo que me ha ocurrido, por eso he aprendido que no puedo generalizar – sentenció conciliadoramente la chica, que, a la misma vez, levantaba sus brillantes y vívidos ojos y los clavaba en los de la capitana marine – Hay buenos piratas, ¿Cómo si no se explica que hayamos arriesgado nuestra vida para salvar la vida de una marine? –

La capitana no aguantó la mirada de la chica. Era extremadamente terca, y le había tomado años asimilar esas palabras a través de numerosas acciones a su alrededor. No sólo la habían salvado a ella, habían salvado a aquellos niños en Punk Hazard. No sabía de otros, pero ellos sí eran buenas personas, y estaba viva por ellos. Estaba viva por Zoro.

- ME ABURROOOOOO –

El capitán pirata rompió la extraña atmósfera que se había creado, devolviendo a todos a la realidad. Aunque las palabras de Nami fueran ciertas, era imposible luchar contra el mundo, así que debían seguir hacia delante, haciendo frente a los obstáculos. No obstante, nada de ellos evitó que la navegante golpeara con fuerza el rostro de su capitán, que siempre encontraba la oportunidad para ser el más inoportuno.

- ¡Idiota! ¿Es que tus neuronas no funcionan dentro de tu cabezota? –

- Shishishishi, yo no tengo de esas cosas raras, ¡Nami! –

- Seguro que no… -

La tripulación pirata comenzó a revolucionarse, como era habitual. Realmente eran diferentes al resto. Estaban organizando distintas cajas con regalos de los lugareños cuando llamaron a la puerta de la posada. Un total de tres hombres, perfectamente abrigados pero con las ropas tiznadas de carbón entraron en el interior, interrumpiendo la escena.

- Claus-san, está todo listo, Esket está a pleno rendimiento y ya se encuentra en las inmediaciones del barco pirata – dijo uno de los hombres, que parecía ser el líder del pequeño grupo.

- ¡Eso es una buena noticia para nuestros invitados! Por nuestra parte está todo solucionado, podéis partir cuando os plazca –

- ¡Chicos, os vamos a echar mucho de menos! – dijo una llorosa Elin, que había estado ayudando a Sanji en el desayuno – Aunque hemos vivido emociones muy fuertes, lo hemos pasado muy bien con vosotros, ¡Volved a visitarnos cuando paséis cerca de la isla! –

- Muchas gracias por vuestra hospitalidad, Elin-san – dijo Robin, que se acercaba a la chica y le dedicó una amplia sonrisa – Estaremos encantados de volver en un futuro –

- ¡Vamos a ayudar a los Mugiwara con las cajas! – rugió uno de los integrantes del G5.

- ¡Sí, se lo debemos por ayudarnos a salvar a nuestra capitana! –

- ¡Solicitamos permiso, vicealmirante! –

Smoker miraba la escena desde cierta distancia. No estaba interesado en los asuntos de los piratas ni en los discursos lacrimógenos. Él no tenía tan claro que los piratas pudieran ser, en el fondo, también buenas personas. ¿Quién en su sano juicio se hacía llamar pirata si en realidad era una buena persona? Pero cumpliendo con el ideal de justicia decidió mantenerse en un segundo plano, puesto que lo más justo para los ciudadanos era precisamente eso.

- Haced lo que queráis –

- ¡Vamos, cargad! –

De repente, la frenética actividad invadió el lugar. Entre muchos de los integrantes del G5 y ciudadanos de la localidad comenzaron a transportar todos los regalos hacia el Sunny Go. Tashigi, sin mediar palabra, cogió una caja de peso medio y comenzó a cargarla. Salió por la puerta de la casa y siguió a la estela de hombres que se dirigían al barco. Actuaba casi por inercia, todavía no tenía del todo claro cómo volver a su papel de capitana. Seguía perdida en sus pensamientos, en sus deseos de poder volver a hablar con él. De repente, sintió que alguien se acercaba a ella y le retiraba de entre los brazos la pesada caja. Era él, Roronoa Zoro.

- ¿Q-Q-qué estás haciendo, Roronoa? ¡Yo puedo llevar la caja sin problemas! – le dijo Tashigi, que no quería que pensara, bajo ningún concepto, que era una debilucha –

- ¿Ah? Me da igual que puedas, estás convaleciente aun y no pienso tirar todo el trabajo por la borda – contestó escuetamente el espadachín, que se quedó junto a la capitana, caminando a su lado.

Tashigi no supo qué contestar, así que permaneció en silencio, caminando junto a él. Se sentía avergonzada, ¿Qué pensarían de ellos las demás personas que había alrededor? ¿Les habría escuchado alguien la noche anterior? ¿Cómo podían interpretar que hubieran arriesgado sus vidas así, el uno por el otro? De repente, junto a ellos se situó Nami.

- Así me gusta, Zoro, que un zoquete como tú cargue con esas cajas – dijo burlonamente la chica.

- ¿¡Qué me has llamado, usurera? –

- No lograrás ofenderme así, baaaaka – continuó Nami, que se divertía con la situación – Por cierto, ¡Recuerda no perderte! Gira a la derecha en la bifurcación –

- Baka onna, ¡No recibo órdenes de ti! ¡Yo sé por dónde ir! –

Pero cuando llegaron a la bifurcación que contemplaron en su primer día de viaje, Zoro hizo exactamente lo contrario, tomó el camino de la izquierda, ante la sorpresa de Tashigi.

- P-pero, ¡Roronoa, tu compañera ha dicho que es el otro camino! –

- Yo no escucho a esa bruja –

- ¡P-pero…! – dijo la capitana, que paró de hablar, de repente, al ver el rostro confidente de la navegante pirata, que le guiñaba un ojo de forma amistosa.

Se habían equivocado de camino. Ahora mismo iban, no sabían muy bien por dónde, pero completamente solos. Siguieron caminando durante unos minutos cuando el camino pasó por una espesa zona de altos pinos que tapaban parcialmente la luz del sol. No muy lejos de allí se apreciaba la costa, y el barco pirata listo para zarpar en cualquier momento.

De repente, Zoro se paró en seco y dejó caer las cajas al suelo. Se giró felinamente y se abalanzó sobre la capitana, que no se esperaba semejante reacción, puesto que lo había notado excesivamente frío durante toda la mañana.

El espadachín la agarró de la cintura y la elevó en el aire. Acercó su rostro al de la capitana y fundió sus labios con los de la chica en un intenso y caliente beso. Tashigi le correspondió inmediatamente, había deseado ese momento con todas sus fuerzas desde que abrió los ojos temprano por la mañana. Se sentía enormemente aliviada, no había sido un espejismo, él seguía interesado realmente por ella. Tras la larga demostración de pasión, ambos separaron sus rostros, aunque sus cuerpos siguieron completamente pegados, dándose mutuamente calor.

- Es hora de separarnos, onna

- S-sí… -

- ¿No tienes nada más que decir? –

- Y-yo… - Tashigi quería ser sincera, quería decirle que le inquietaba el futuro, pero no sabía cómo canalizar sus palabras - ¿Cómo será todo a partir de ahora? –

- ¿A qué te refieres?

- Pues… ¡Yo soy marine, tú un pirata! – dijo la chica, que estaba ligeramente molesta por la despreocupación del espadachín, ¿Acaso a él no le atormentaba, ni lo más mínimo, esa distinción?

Zoro lanzó una sonrisa torcida y alzó el dedo índice de su mano derecha para golpear con él varias veces la frente de la capitana.

- ¿Es que sigues siendo tan tozuda que no te das cuenta? – dijo el chico, que seguía repiqueteando su frente – Esa distinción la hacéis vosotros… la haces tú. Para mí la gente no se divide en marines o piratas… sino en buenas y malas personas. ¿Aun sigues pensando que soy una persona horrible a la que quitarle sus espadas? –

- Y-yo… ¡Claro que no! Y-yo… ¡lo entiendo! ¿Pero qué debo hacer? – dijo la chica, que no pudo evitar que salieran unas incipientes lágrimas.

- Sigue buscando las respuestas de tus preguntas, ¿No querías defender la justicia? –

La capitana bajó la vista. A decir verdad, en aquel momento tenía aun más preguntas que hacía una semana. Todas sus creencias se habían tambaleado, ¿Quién era bueno y quién no? De repente, se dio cuenta de que el chico tenía razón. Aun necesitaba madurar como persona, eso era imprescindible para seguir forjando su camino, para consolidarse como una persona que quiere dedicar su vida a mejorar la de los demás.

- Gracias por todo, Roronoa – dijo cálidamente la chica – Gracias por estos días… he podido darme aun más cuenta de que todavía tengo mucho por aprender, y que si quiero defender la justicia necesito seguir buscando las respuestas a todas las preguntas que me puedan surgir –

- Entonces esto es una promesa, capitana – dijo el chico mientras le tendía la mano derecha – la próxima vez que nos veamos habremos cumplido nuestros sueños –

- Por supuesto, Roronoa… te enseñaré todas mis nuevas Meitou, y subiré de rango para defender a los que más lo necesitan – contestó la capitana mientras estrechaba su mano, formalizando la promesa entre ambos.

Ambos espadachines se acercaron para darse un último beso, pero se separaron bruscamente al escuchar la intensa sirena que producía el rompehielos. Se giraron y vieron cómo la gran obra de ingeniería se abría paso, siendo seguido muy cerca por el Sunny.

- ¡Ah, Roronoa! ¡Que te dejan aquí! –

- ¡Esos malditos, se han olvidado de mí! –

Ambos espadachines corrieron en dirección a los barcos, olvidando las cajas tras ellos. Todo había terminado de forma precipitada, pero habían sabido desde siempre que era consecuencia de sus respectivos caminos. En eses momentos cada uno debía perseguir sus sueños, estaban seguros de que el destino los volvería a unir de nuevo como ya lo había hecho tantas veces y, con seguridad, en una circunstancia diferente para ambos, donde un futuro común fuera posible.