Cualquiera de sus conocidos podría pensar que Shinazugawa era el más pervertido de la relación. O mejor dicho, ellos lo creían.

No es como si eso a Sanemi le importase realmente, le importaba un carajo de hecho. Pero la realidad era que, de los dos, Giyu era el más pervertido; y bien escondido lo había tenido el maldito.

Arañándole la espalda, mordiendo su hombro, besándole el cuello provocándole moretones y otras cosas; Sanemi estaba sorprendido al principio cuando iban a tener su primera vez, pero conforme las caricias se hicieron más sugerentes y los besos más fogosos, el asunto quedó en segundo plano.

Y más adelante, terminó acostumbrándose.

Aunque eso significase terminar exhausto y sudoroso por quien tuviera que hacer casi todo el trabajo, mientras Giyu yacía abajo, acostado en el futón y las desordenadas sábanas.

Al menos se daba el lujo de devolverle las mordidas a Giyu en el proceso, así como la satisfacción de ver esos ojos azulinos opacos por el placer y su expresión temblorosa.

… Bueno, tal vez él también era igual de pervertido que Giyu.