Habían salido a caminar con tal de no sólo quedarse en casa todos los días, y en esta ocasión, iban a salir a ver los cerezos.
Caminando en silencio hasta llegar a donde estaban, siendo Giyu quien se acercara a uno de los árboles y extendiera su mano para alcanzar una pequeña rama; entretanto, Sanemi los contempló un poco más alejado pero no demasiado en caso de que Giyu se accidentara o algo parecido.
Y en algún punto, de contemplar los cerezos, empezó a mirar a Giyu. Quien miraba con calma los cerezos y sonreía a la vez que se cubría ligeramente el rostro cuando algunas hojas le rozaban el rostro.
Sigiloso fue hasta donde él estaba, retirando algunas hojas que quedaban en su cabello, en silencio. Mientras Giyu le sonreía en agradecimiento y dicha.
Y fue en ese momento, que Sanemi recordó que ya no le estaba quedando tiempo. Su muerte, estaba horriblemente cerca; el pecho se le oprimía de sólo pensarlo.
Giyu notó como su mirada violeta comenzaba a mostrar un brillo de tristeza, preocupándolo –. Sanemi, ¿Qué pasa?
Sanemi respiró hondo y suspiró, y con delicadeza tomó su mano. Besándola con cariño.
- Recuerda esto, Tomioka Giyu… Que te amo.
Fue una confesión hecha en una melancólica tarde bajo un cerezo. Que le estrujó el corazón de la manera más dolorosa que puedo existir.
Nota: El siguiente es el último.
