Como intuyó, ya casi no podía mover sus extremidades. Su visión a veces se tornaba borrosa, respirar empezaba a ser difícil así como permanecer despierto; Giyu le ayudaba a levantarse, comer o bañarse, era complicado por tan sólo tener un brazo y siendo sincero, odiaba lo que estaba sucediéndole.
Se estaba volviendo una carga, un inútil y le desesperaba. Aunque sabía que esto era señal de que pronto se iba a ir.
Y dolía porque, eso significaba dejar solo a Giyu. Pero, esté era el precio por la marca… Lo irónico, era que ahora no quería irse.
Hoy, esta noche, era la última. Y como sería así, quiso pasar esos últimos momentos con Giyu en la terraza mientras recostaba su cabeza en su regazo y disfrutaba que él acariciara sus cabellos. Porque pasarla en la habitación donde ambos dormían y compartían, y morir ahí, acostado en el futón matrimonial.
Era miserable.
Si iba a morirse, preferiría que fuese de esta manera. Como si fuese otro día normal en sus vidas, ellos dos juntos, tomando el fresco nocturno.
-… Giyu – cerró lentamente los ojos, cansado –… Gracias…
Giyu asintió en silencio, mirando como lentamente su esposo se iba.
- Y también… Lo siento.
-… No es tu culpa – le respondió en voz baja, inclinándose para besar su frente (y mantenerse fuerte) –… Yo también, te doy las gracias… Por todo.
Sanemi sonrió.
- No vayas a llorar…
-… No lo haré.
-… Giyu.
- ¿…Sí?
-… Nos veremos luego, ¿De acuerdo?
- ¿Lo prometes…? ¿Sanemi?
-… Sí, es una promesa, tonto.
-… Sanemi.
- ¿…Mmm?
- Te amo. Te amo mucho, Sanemi.
Sanemi volvió a sonreír –. Y yo a ti, Giyu.
