Advertencias:
BL / Slash (Boy's Love).
Perryshmirtz (Human Perry / Dr. Doofenshmirtz).
Resumen: Hay verdades que no deben pronunciarse, líneas que jamás se deberían cruzar, pero hay cosas que se vuelven inevitables con el tiempo, como las mentiras blancas han construido una buena parte de su vida, tanto profesional como personal. Hasta que estas mismas se encuentran enredadas en la única persona que amenaza con descubrirlas.
Mencionarlas por una última vez o por fin ceder a la verdad.
¿Decir un último engaño sería lo mejor para los dos?
Prólogo
― ¿Perry el ornitorrinco?
Escucha su voz temblar, dudar, como si realmente creyera que el solo hecho de llamarlo no lo detendría en el marco de la puerta; y quizás hubiera sido una suposición correcta si no fuera porque ve la mirada de preocupación que se aferra a su cara. No era el tipo de expresión que comúnmente mostraba en el silencio, no era la misma inseguridad que podía calmar con un solo gesto. Había algo que lo estaba inquietando al grado que lo hacía lucir indefenso.
Y Heinz era todo lo contrario aquello, lo sabe porque ha batallado con él, ha escuchado sus historias y planes peculiarmente innovadores como hilarantes. Tenía la certeza de que era más que un inventor malvado con trágicos monólogos; porque sabe cómo detenerlo, porque encontró la manera de hacerlo ceder aunque sea por cinco minutos.
Él había encontrado la forma de preocuparlo al ser un amigo extraño.
Da pequeños golpecitos en el reloj de muñeca, advirtiendo que el tiempo que corre en ese preciso momento es importante, pero que se quedará, por lo menos, hasta que su hora límite se lo impida.
― ¿Sabes? He tenido esta duda desde hace unos días ―ni siquiera necesita una invitación para tomar un asiento en el suelo y recargar sus manos sobre las rodillas. ―Tú, ¿me mentirías? Ya sabes, ¿me esconderías algo? ―lo mira incrédulo, quizás porque para ambos la respuesta es obvia. ―No me refiero al tonto reglamento de espía que les da mono-ceja. Hablo como némesis.
No hay una contestación de su parte, no parece necesitarla en ese momento porque no ha concluido, lo sabe por la manera en que sus labios se fruncen ante una inquietud fuertemente enganchada al tema.
―Sé que hemos tenido nuestras diferencias pero creo que tengo derecho de saber sobre la persona con quien estoy combatiendo ―puede notar sus ojos cansados, arrastrado por las bolsas de los ojos que parecen haberse profundizado.
Había detalles que no notó hasta ahora que parlotea del motivo de su extrañeza.
Aún es capaz de seguir el hilo de la conversación, de comprender cada palabra mientras se impulsa para levantarse, tratando de detener la verborrea que le impide puntualizar concretamente lo que le hace retenerlo con tanto recelo; toma su hombro, casi como una súplica de que comenzara a respirar las ideas que realmente quería sacar.
«Solo dilo» intenta expresar con sus actos.
Y le alegra que realmente Doofenshmirtz pueda leer con sencillez el mensaje.
Lo ve respirar hondo, intentando arrebatar las palabras de la faringe. ―Nunca me lastimarías, ¿verdad?
Entiende perfectamente que no se refiere a los combates que ha mantenido durante todo ese tiempo, sin embargo, no comprende completamente a qué tipo de daño se está refiriendo. No lo ve titubar, ni siquiera luce como alguien quien espera una respuesta concreta.
Solo parecía querer apaciguar esa invasiva sensación que ahora intenta extinguir cuando le sonría con la seguridad que en el castaño se ausenta.
Su reloj suena, es momento en que su retirada debe ser definitiva o terminará metiéndose en problemas. Le mira, casi suplicante, prometiendo recompensar esa conversación con alguna buena pelea, o evitando romper la puerta durante las próximas semanas. Parece ser suficiente, quizás porque ambos están completamente ocupados, porque sabe el motivo del porque ni siquiera hace un desesperado movimiento para seguirlo manteniendo ahí; sonríe como una promesa de que las cosas mejorará si deja de enredar esos pensamientos.
Pero no es consciente de que es su persona quien tensa los hilos y los obliga a cruzarse cuando una inocente sacudida de mano revela una de las piezas que obligan a la incógnita a mentir sobre sus propias mentiras.
