¡Hello, hellou! Hoy estoy de regreso, muy contenta por que he subido un fanfic que tenía muchas ganas de publicar. No lo había hecho por que estaba esperando subir este capítulo concretamente. En mi pequeño universo ambos se conectan jajaja. Una disculpa por haber tardado tanto, he estado ocupándome te un montón de cosas y he dejado correr el tiempo ¡Lo siento si te tengo en ascuas mi querida Lady Jupiter! ya que eres la única que teoriza sobre esta loca historia XD.
Sin más, aquí está el cap.
…
"Si tu mente está cerca a caer, déjala flotar como una nube, para que se abra la puerta de llave dorada y puedas volver a renacer por dentro"
Infinito, Zoé.
…
XV
Alma y mente
…
Trunks cayó. Cayó de espaldas en esa profundidad oscura. Cayó durante mucho tiempo sin posibilidad de alzar el vuelo. Quizás ese era su destino: caer a la nada.
Despertó, no recordaba quedarse inconsciente, tampoco sentir algún golpe. Se puso de pie y el shock fue tan duro que sus pies se quedaron clavados en la tierra.
Su tierra.
Bajo esa noche helada y sin estrellas los escombros se convertían en sombras mortíferas. Las calles habían dejado de ser calles, los autos y cualquier cosa que hubiera estado en ellas sólo formaba parte de un cúmulo de cosas que la humanidad había dejado a su paso. Los restos de un todo.
El frio le caló hasta los huesos y se abrazó a sí mismo.
¿Dónde estaba exactamente?
¿Ciudad Estrella Naranja? ¿Alguna de las capitales? Debía de haber sido alguna de las ciudades grandes, los edificios derrumbados se veían muy cerca.
De principio no pudo volar, fue allí cuándo se preguntó si estaba soñando. Lo más probable.
Decidió caminar. No podía reconocer el lugar en donde estaba. Todo era escombros y bajo esa oscura noche no podía distinguir nada que le fuera familiar, no más familiar que la decadencia. Por fin le pareció encontrar camino. Las ruinas le parecían conocidas y al final encontró su casa. Su casa de toda la vida.
Hacía mucho más frío, pero el caminar lo hacía soportable. Hasta que pisó la nieve. Trunks movió la pesada capa, que en la oscuridad era de un color gris sucio, con su bota derecha comprobando que era nieve.
Alzó la vista y fue cuando estuvo seguro de que era un sueño.
No. Una pesadilla recurrente.
El miedo le nació desde lo más recóndito de su alma. Era un niño asustado llegando a su casa. Corporación Cápsula era un gran edificio circular, el techo del piso superior y el anterior a éste estaban dañados, un gran boquete era apreciado a primera vista. La terraza estaba desprendida casi en su totalidad, sólo la barandilla en los extremos quedaba. Trunks miró con profunda tristeza que la pintura amarillenta estaba botada, incluso a tan poca luz.
Él era un niño escurridizo, un niño que pretendía hacer más de lo que podía.
Entró por el viejo acceso. Su madre y las personas que trabajan para ella lo usaban para las cosas que se adquirían para el albergue. El albergue tan gris como lo recordaba, estaba vacío. Las ollas de la comida lucían abandonadas, los catres desnudos.
Era una noche oscura y fría, no una pálida mañana y Trunks subía las escaleras. El antepenúltimo escalón estaba desmoronado, lo recordaba bien.
Caminó por el largo y curveado pasillo. Creyó escuchar murmullos y volteó a ver hacia las puertas de los lados, oscuridad total. Luego alcanzó la terraza y caminó hasta la barandilla. Era una noche nevada aunque no había visto caer la nieve. Todo lo cubría ese color gris sucio; color de fantasma.
A su izquierda había un cuarto. Un lugar abandonado y destartalado. Un lugar sucio y...
Trunks no quería entrar allí. Era arrastrado por su pesadilla y ojalá allí terminara, pero aquello había sido recurrente.
—¿Por qué no quieres entrar? —Preguntó una voz.
Trunks entre abrió la desvencijada puerta.
—Tú deberías de estar aquí conmigo.
No, no.
Con un ruido chirriante, que rompió el silencio mortecino de la noche, se abrió la puerta. Un brillo plata destelló improbable en el interior.
Trunks alzó el brazo y atrapó una flecha vieja y oxidada. El golpe lo hizo perder el equilibrio por un momento y la soltó, pero algo había quedado en su mano.
No, no.
Incluso sin un atisbo de luz sabía lo que era. Negra y caliente escurría por su puño la sangre.
—¡Tú me mataste!
—¡Déjame!
Trunks intentó salir de allí, pero ya estaba adentro, atrapado y sólo era oscuridad.
—Me asesinaste —siseó el hombre tras su espalda, colérico.
Trunks intentó huir y a su paso pisó el mar de muñecas que cubrían el suelo. Muñecas sin brazos, sin piernas, sin ojos, quebradas y desbaratadas.
—¡Asesino!
—¡No! ¡Tú le hiciste daño! —intentó defenderse Trunks. Su grito le había desgarrado la garganta.
Encontró la puerta y tiró con fuerza. La mano ensangrentada se resbaló, sus intentos por abrir allí no servían de nada. Su fuerza no lo salvaba de ninguna pesadilla.
¿Era sólo otra pesadilla?
—No soy una pesadilla, has regresado y cobraré mi venganza. Deliciosa, deliciosa…
¡NO!
El hombre más grande que él lo alcanzó. Trunks se giró.
—¿Por qué me mataste? —reclamó el hombre muerto.
—¡Porque le hiciste daño! —repitió Trunks
—¡Tú me mataste!
—¡Tú la mataste y me hiciste daño a mí! —acusó el niño asustado.
Él lo había dañado, se habían hecho daño mutuamente, esa era la verdad.
La puerta cedió tras él y Trunks cayó por el hueco de la terraza, cayó hasta golpear con la nieve. Su cuerpo se había girado en la caída y ahora tenía el rostro húmedo, no sabía si por la nieve o por el llanto.
Corporación Cápsula había desaparecido, pero no el horror.
Trunks perdió el aliento al ver los cadáveres en el suelo. Uno sobre otro, una eternidad le costó alcanzar con la vista la cima de aquella pila de cadáveres.
Todo su cuerpo se contrajo en un rictus de horror.
—Sube —dijo una voz desde lo alto—, no hay otro camino.
No, por favor.
—Sube —repitió.
—No puedo…
—Sube…
Trunks tragó el nudo que tenía en la garganta con dolor. A donde mirara había cuerpos. ¿No tenía otra salida? No podía subir. Intentó elevarse, pero no podía volar, así que no había otro camino.
—Sube…
Inició su escalada pisando los cuerpos. Cometer ese sacrilegio le hizo llorar en silencio y cerró los ojos, intentando ignorar lo blando que se sentía caminar sobre ellos. Era la larga marcha de la muerte, a él le había tocado llevarla a cabo.
Pronto la pila se volvió tan empinada que tuvo que tomarse de brazos y piernas para escalar. A ratos creyó escuchar murmullos. Los ojos abiertos y medio abiertos parecían observarlo al pasar junto a ellos. Creyó escuchar que se quejaban, giró a verlos con atención, con el corazón en un puño, quizás había alguien vivo, pero todos estaban quietos. Luego creyó que le pedían ayuda a gritos. No podía soportarlo más y aquella pila se había convertido en una montaña.
—Sube —repetía la voz cada tanto.
Una luz blanquecina alcanzó a ver en la cima. Trunks subió sus manos a un frío suelo y se empujó hacia arriba, sobre una superficie plana descansó su cuerpo. Sus ojos estaban vidriosos y el aliento le había abandonado. Se sentía seco; vacío, impuro; manchado.
El peor ser de la existencia.
—Míralos —dijo la voz.
Allí había de pie una mujer vestida de un blanco refulgente, tenía los ojos velados bajo unas blancas y largas pestañas, su piel era tan blanca que traslucía. Apuntaba su huesudo dedo tras él.
Trunks se giró. Un mar de muertos se extendía tan lejos que no le alcanzaba la vista.
Eran miles o millones, ¡eran todos los muertos del mundo!
—¡Son todos a los que mataste!
—¡No! —gritó Trunks —¡Yo no!
El dolor del que era presa lo dobló y cayó de rodillas. Era tanta muerte, era imposible que fuera tanta muerte.
—¿No los has asesinado tú? —preguntó ella.
¿No los había asesinado él cuando no los pudo salvar? ¿No era lo mismo? ¿Por qué él estaba vivo si nadie más lo estaba?
—¿Acaso —dijo la mujer tras a él— no eres un asesino?
Sí, lo era.
—¿Eres un asesino?
¿Por qué ella le hacía esto? ¿Quién era?
—Sí, lo soy… —respondió Trunks.
Lo era, desde hacía mucho.
—Asesino —acusó ella.
Trunks dejó de abrazarse a sí mismo y se miró las manos, manchadas de sangre. Tenía las manos manchadas de sangre. Era un asesino letal, en eso se había convertido, no dudaba como otros, no dudaba como sus amigos en el pasado, como Goku, como todos ellos. Él era como su padre, sabía cuándo tenía que terminar con alguien, el proceso podía ser rápido, pero a diferencia de su padre él cargaba con ello para siempre. Se había convencido de que tenía que hacerlo para impedir que lastimaran a otros, para que no se causase más daño.
—¿Por qué lo has hecho?
—Porque, al final, no había de otra…
—¿Por qué?
—Porque yo era más fuerte, no podía permitir que otros más débiles cargaran con eso… por que no podía dudar cuando estaba en juego la vida de otros. En esos momentos… pensé que sólo yo podía hacerlo…
—Te justificas.
—No, no. ¡Sé lo que soy…! ¡Soy un asesino! ¡Lo soy! ¡Lo lamento, en verdad lo lamento, pero era necesario!
—¿Eso crees?
Trunks miró la muerte bajo sus pies, la que había causado él, la que lo había alcanzado a él.
—Eso fue lo que decidí.
Matar o morir, matar o dejar morir. Esa fue su elección.
De pronto estaba empapado. Trunks elevó la vista hacia el cielo y la lluvia empapó su rostro. Era tan gruesa que sólo era visible ese resquicio de tierra bajo él. La lluvia lavó la sangre de sus manos. Como un recuerdo, aquella lluvia era una mancha en su memoria.
—Trunks.
Su voz provino de algún lugar muy cerca y el corazón de Trunks se detuvo.
—¿Por qué te culpas tanto?
Trunks giró a su derecha y lo miró bajo aquella lluvia. De pie, con el dogi empapado, pero con vida, estaba Gohan. El Gohan de su tiempo, el formidable guerrero que había perecido a causa de los androides.
—¡Gohan!
—¿Por qué te haces sufrir tanto? —le preguntó de nuevo.
Trunks calló. Él no sabía todo lo que había sucedido. Todo lo que había luchado y en lo vano que había sido.
—No puedes seguir culpándote por todo lo que salió mal —dijo Gohan terminado de acortar la distancia entre ellos —. No todo está en tus manos, debes dejarlo ir, déjalo ir Trunks.
Trunks miró la lluvia rebotar con fuerza sobre el suelo.
—No sé cómo hacerlo. Sigo sintiendo que fallé en todo.
—Sabes que eso no es cierto. Has hecho mucho bien a otros.
—Gohan, soy un pecador por ello.
Gohan sonrió de lado y lo miró con orgullo y cariño.
—Todos lo somos Trunks, tú has ido más allá buscando un propósito de lo más noble.
—Pero…
Gohan miró hacia arriba, la lluvia golpeó su rostro con gozo.
—Me has visto en otro tiempo… ¿cómo soy allí Trunks?
Trunks boqueó.
—Estás vivo —contestó Trunks mientras tragaba duro—. Tienes una familia, una hija. Terminaste tus estudios, tienes un empleo… pareces feliz…
—Y ni te pregunté qué hacías allí —suspiró Gohan volviendo a verlo—. Y así muchos otros. Has sacrificado todo por los demás y no lo saben. Sé que no lo crees así porque que crees que has perdido todo.
—Lo he perdido todo Gohan.
—Aún no, aún te tienes a ti mismo. Todo cuanto eres. Debes dejar atrás tanta muerte Trunks, no pudiste salvar esas vidas, pero has salvado otras. No eres un Dios, no puedes seguir cargando con ello. Busca el perdón dentro de ti para ti mismo y has las paces con tu vida.
—¿A dónde vas? —preguntó Trunks mirándolo dar la vuelta sobre sus pasos.
—A dónde siempre he estado...
—Pero… ¿dónde es eso?
Gohan sonrió de lado.
—Dentro de ti, en tu conciencia.
Trunks lo vio desaparecer bajo la lluvia. Alzó el rostro con los ojos cerrados y dejó que la lluvia lo golpeara. Luego la lluvia comenzó a menguar y el cielo se abrió en tonos pasteles.
Ahora estaba seguro de que aquello era una especie de sueño y no. Ahora en aquella renaciente paz estaba seguro de que estaba allí por alguna razón.
Miró hacia los lados, ahora el paisaje era visible. Aquel lugar era muy parecido al que llegó Freezer buscando a Goku, pero había montañas muy altas y delgadas, rocas planas se apilaban unas sobre otras. Elevó el vuelo casi con extrañez y surcó el cielo. A algún lugar tendría que llegar, pero se sentía perdido.
Sobre voló durante un tiempo que le fue imposible de medir. Cuando encontró a alguien detuvo su vuelo y miró con atención.
Abajo, sobre un montículo de roca estaba él. Sus blancas botas destellaban a la distancia y lo oscuro de su ropa era roto por el telar rojo atado a su cintura. ¡Era él!
Trunks tuvo un extraño shock cuando comprobó que efectivamente era él. Su contraparte lo recibió con una media sonrisa, maldad pura en la mirada. ¡Era él, pero él como Black!
Aquella malvada contraparte despegó hacía él. Trunks se puso en guardia e intentó bloquear su golpe, pero Black Trunks lo golpeó de regreso en el estómago muy fuerte.
Trunks cayó y se enterró en la roca de una montaña. El golpe había sido tan duro que estaba luchando con regularizar su respiración.
Trunks Black apareció frente a él y le tomó del cabello.
—¡Hola inútil debilucho! —dijo con una torva y burlona sonrisa.
Con fuerza impactó su rostro con una de sus rodillas. Trunks cayó golpeando las rocas hasta aporrear contra el suelo. La nariz le sangró, giró el cuerpo lentamente y se puso de pie con gran dificultad.
Black Trunks ya estaba tras él. Trunks intentó golpearlo con el codo, pero una patada lo mandó de regreso hacia la montaña. Con un estruendo las rocas se desprendieron y cayeron sobre él. Fue golpeado con todo aquel peso y la luz fue tragada por la oscuridad que lo atrapó. Un momento después el ruido de la caída cesó.
Lo escuchó caminar sobre él, luego la roca se abrió y fue jalado por un puño hacía afuera.
—¡No puedes derrotar a nadie! ¡No mereces tu sangre! —dijo número diecisiete, sin ser número diecisiete. Trunks miró el símbolo del Red Ribbon sobre su brazo.
Sintió su cuerpo elevarse en el aire y luego ser pateado en las costillas. Rodó por la tierra sin control, golpeándose y cuando se detuvo, varios metros después, miró a su contra parte avanzar hacia él acumulando energía en las manos.
—Levántate y pelea pedazo de nada —siseó.
Trunks se movió lo más rápido que pudo. Sus golpes le dolían como hierros candentes. Comenzó a acumular energía en sus propias manos y la hizo colisionar contra la de su oponente. Su esfuerzo por contrarrestar el ataque fue inútil, pero pronto perdió el terreno.
—¡No eres lo suficiente para derrotarme! ¡Ni para derrotar a nadie!
Cortó el ataque y se barrió por la tierra. Corrió lo más rápido que pudo y se escondió tras unas rocas, respirando agitadamente.
—¡Cobarde! ¡¿Es así como enfrentas a tus enemigos?! ¡Escondiéndote como el gusano rastrero que eres!
Trunks se mordió el labio inferior, rabioso. No podía ser, no podía continuar así. ¡Esconderse de Black había sido lo más deshonroso y degradante que como guerrero había hecho! Al ver que era mucho más fuerte que él esconderse había sido el único camino para sobrevivir y poder regresar al pasado, pero ahora no se estaba escondiendo.
¡N!.
Él podía ser mucho más fuerte, pero no se estaba escondiendo. Su temor a morir ya había desaparecido porque simplemente no tenía a quien más proteger. ¡Ya no tenía nada que perder!
Y él sabía luchar hasta el final.
—¡Sal de allí y enfréntame!
Trunks se puso de pie, decidido, y salió a su encuentro. Su contraparte compuso una mueca de maldad y se regodeó soltando una risita. Había vuelto a ser Black Trunks.
—Vaya, vaya, el insecto sayajin se ha dignado a salir.
—¿Quién eres? —preguntó Trunks.
Black Trunks bajó hasta posarse en el suelo e inclinó su cabeza hacia un lado.
—¿No es obvio? —preguntó divertido ante la cuestión.
—No —respondió Trunks dudoso.
—Es un problema que no puedas reconocerlo.
El oscuro se encogió de hombros y se puso en guardia. Estiró dos dedos al frente y lo llamó a pelear. Trunks juntó el ceño y con un una ráfaga de poder se convirtió en súper sayajin.
—Así es como me gusta —y él también se elevó a su nivel.
La batalla dio inicio. El cielo pareció llenarse de relámpagos. Las montañas más cercanas sufrieron avalanchas de rocas debido a las ondas de los golpes.
Cada golpe y maniobra, defensiva y agresiva, que realizaba Trunks era bloqueada por su oponente. Y los golpes que él le daba comenzaban a parecerle bastante obvios. Después de unos momentos se dio cuenta de que peleaban igual, su estilo de pelea era el mismo. Quizás era porque se estaba haciendo pasar por él, o quizás porque era él, en cierta forma. Era él, su cuerpo… ¿Podría ser su mente también?
La pregunta cruzó por su cabeza como un calambre doloroso. ¿Con quién estaba peleando? ¿Con Zamasu o con él mismo? No podía ser él, él no era ese ser malvado y satírico que tenía en frente. Pero había días, sí, había habido días, atrás, en que se preguntaba si se había convertido en un ser oscuro y vacío. En un guerrero que ya no lo era porque no quería seguir siéndolo, alguien a quien ya no le importaba nada, porque efectivamente eso era lo que tenía. Nada.
Su intento de suicidio, las peleas que había provocado, la forma en que se trataba a sí mismo. Todo, todo eso era el resultado del dolor y la amargura que lo había poseído. Había sido inevitable, pero había días, esos mismos días, de humor negro y pensamientos oscuros, en que se daba cuenta de lo mucho que estaba cambiando. En lo poco que le importaba detener todos aquellos pensamientos tortuosos en su cabeza. Tampoco detenía aquellos ataques de dolor emocional, se había estancado allí horas y horas, así estuviera entrenando, se ejercitaba por fuera, pero por dentro era como caer más hondo.
Dolía, pero no se había sorprendido al encontrar cierto placer en ello. Masoquismo.
¿A dónde iría a parar de seguir así? ¿Era correcto todo aquello? ¿Estaba bien sólo… dejarlo así? Seguir ignorándolo, como si no estuviera allí, en él. Su respuesta, su decisión.
Eso era… su pregunta. La pregunta. ¿Cómo? ¿Cómo continuar? ¿Cómo salir adelante? ¿Cómo superar todo aquello? ¿Cómo convivir con el dolor y la pena; la culpa y la vergüenza? Y todo aquello que se arremolinaba dentro de él.
No podía ser él. ¡No!
Sí. Odiaba como había terminado. La verdad es que odiaba ser cobarde, un llorón y no comprenderse a sí mismo. Odiaba verse así. Lo detestaba. La verdad era que no quería convertirse en él.
Trunks elevó más y más su poder, mientras su contraparte parecía no parar tampoco.
—¡No puedes derrotarme! —gritó Black Trunks golpeándolo con una ráfaga de ki.
Trunks respondió con otra.
—¡Te derrotaré! —contestó más seguro que nunca.
—¡No podrás! —Gritó Black Trunks mientras lo hacía retroceder hacia la tierra—, ¡Voy a terminar contigo y cuando eso suceda ya no quedará más! ¡Ya no habrá nada! ¡¿No es eso lo que querías?!
«Morir —pensó Trunks—. Eso era lo que deseaba, porque no tengo nada».
Aún no, aún te tienes a ti mismo. Todo cuanto eres.
—¡Dame las gracias antes de morir insecto!
Todo cuanto eres
Y lo supo. Supo por quién valía la pena luchar. Por quien valía la pena vivir y continuar y seguir y buscar un nuevo camino, pero nada era nuevo. Todo había estado allí desde un principio. La razón, el porqué. Devolviendo la mirada en el espejo cada día.
Trunks fue envuelto en la energía de Black Trunks. El villano arriba sonrió satisfecho mientras la luz iluminaba su rostro y lo dejaba entre sombras, como una lámpara titilando, luego su faz fue de completo enfado.
—Maldición…
Cuando aquella energía se dispersó Trunks estaba de pie. Irradiando energía. Una mirada letal colisionó con otra demencial.
—¡No puedes derrotarme! —Escupió Black Trunks—. ¡¿No lo entiendes?!
—Sí. Ahora lo veo —contestó Trunks decidido.
Trunks desenfundó la espada y voló hacia su encuentro. Arriba Black Trunks materializó su propia espada y chocaron los filos. Trunks ya lo esperada, pero se movía con más fluidez, sólo él podía ser mejor con la espada. Sonrió, él tenía el control.
Black Trunks fue perdiendo terreno en la espada mientras Trunks avanzaba en cada estocada, él apenas lo retenía y finalmente Trunks lo desarmó.
Black Trunks le lanzó un golpe, que Trunks paró con una mano y luego posó la otra al nivel de su corazón. Descargó una candente energía y su contraparte comenzó a quemarse como un papel al viento. Un brillo azul nació desde su interior.
Trunks se echó hacia atrás cuando Black Trunks desapareció y el viejo sayajin tomó su lugar. Como si llevara puesto un disfraz que se consumió por el fuego.
—¡¿Papá?!
Vegeta soltó un bufido con los labios cerrados y se cruzó de brazos.
—¡Pensé que nunca te darías cuenta mocoso!
—¿Qué…
—Todo este tiempo… ¡Has sido demasiado lento! —lo regañó y cerró el puño conteniéndolo como si quisiera ir a parar a alguna parte superior de la anatomía de su hibrido hijo.
—Bueno, sí, yo…
—¡Deja de tartamudear como un idiota! Eres demasiado fuerte y obstinado como para dejarte vencer. ¡Te lo dije! ¡Aún hay mucha fuerza escondida en ti!
—Pero papá… —interrumpió Trunks con desespero —. Tú sabes lo…
—¡Sé lo que ha pasado! ¡Tonto! ¡Me pasó a mí!
Trunks se volvió a echar para atrás ante el grito de Vegeta.
Era verdad, él sabía de qué hablaba. Aquella comprensión nunca había sido tan evidente en sus ojos. Un silencio nunca había dicho tanto entre ellos.
—Tienes la sangre real en tus venas, mi sangre. ¡Eres mi hijo! ¡Nosotros no nos dejamos derrotar incluso…
—Incluso cuando nos hemos quedado sin nada —contestó Trunks.
Vegeta se volvió a cruzar de brazos y guardó silencio por un momento.
—¿Y bien?
Trunks tomó aire. Siempre se ponía ligeramente nervioso cuando de hablar con su padre se trataba.
—Ya lo entendí.
—¿Así? —preguntó con sorna Vegeta.
Trunks asintió.
—Sí, soy yo —y tenía que admitir que se sentía raro decirlo. Como lo más egocéntrico que hubiera confesado, pero era la verdad. La única verdad—. Yo soy el motivo.
Vegeta no dijo nada, pero Trunks miró complacencia en lo oscuro de sus ojos.
—¿Y qué harás ahora?
Trunks hizo girar sus ojos.
—Debo liberarme de lo que me ata…
—Tu mente —dijo Vegeta —, debes liberar tu mente Trunks.
El dominio de todo, su mente, su espíritu su fuerza.
—¿Qué… —inició Trunks—, qué fue lo que te permitió continuar adelante después de perderlo todo?
Tenía que hacerle esas preguntas ahora que estaban allí, le había pedido que no volviera y así sería, lo que significaba que no volverían a verse. Necesitaba saber.
Vegeta sonrió de lado.
—El propósito de todo guerrero.
—Hacerte más fuerte, lo sé, pero…
Vegeta pareció aburrido y levitó por encima de él. Trunks le siguió el paso.
—¡Papá!
Vegeta se detuvo y lo miro de lado.
—Tome lo que el universo me ofrecía, hijo. No siempre te da lo que tú quieres, pero siempre acierta en lo que necesitas.
Trunks juntó el ceño extrañado.
—Ahora deja de quejarte tanto y sigue tu camino —advirtió como sólo su padre podía advertir algo.
Vegeta desapareció. Trunks suspiró más sereno, más en paz que en mucho, mucho tiempo.
Ahora que lo veía aquel lugar era donde había visto a su padre por primera vez. Incluso allá abajo estaba el lugar donde todos juntos habían esperado al señor Goku, el gran cráter que su pelea con Freezer había causado estaba a lo lejos y a aquellas rocas donde se habían sentado eran…
¡No podía ser!
Al otro lado, con el casco brillando por el sol, estaba la máquina del tiempo.
—¿Cómo es posible? —se preguntó mientras emprendía el vuelo hacia ella.
Bajó justo a su lado. Era la vieja máquina del tiempo, en la que su madre había escrito HOPE! en uno de sus costados. La abrió y se trepó en ella.
Aquel viaje había sido el inicio de todo, sin saber que todo aquello significaría el final de su mundo, quizás sí había salvado a una dimensión, pero condenando a otra.
El recuerdo de un beso ardió en su boca, la muerte de Mai lo alcanzó tan duro que deseó salir de allí y ese pensamiento le hizo preguntarse si tenía que ir a algún lugar ahora. La máquina se activó sola en ese momento y desapareció para luego aparecer en otra parte muy diferente.
Era el universo, el espacio. Había estrellas a lo lejos y planetas oscuros con grandes anillos. La compuerta de la maquina se abrió y Trunks descubrió que se acercaba algo. Era una puerta, una puerta común y corriente de color amarillo pálido. Se agazapó sobre la máquina y saltó hacia ella, tomó el pomo y lo giró.
Sus pies aterrizaron sobre un suelo de baldosas blancas. Era un cuarto con paredes amarillas y gran iluminación. Al centro había una mesa con sólo tres sillas y al fondo el ambiente se abría hacia una cocina.
Tama estaba dormido sobre una de las sillas, su pequeño cuerpecito subía y bajaba con cada respiración. Un destello de color azul se asomó por la cocina y Bulma entró en su campo de visión.
—¡Oh Trunks! —dijo con alegría mientras se movía por la cocina—, ya has llegado. Siéntate a la mesa.
Trunks caminó hacia la mesa, pero no se sentó, lo único que deseaba hacer era beberse con los ojos a su madre. Bulma rodeó la isla y se acercó a la mesa llevando dos platos de comida.
—¿Qué haces allí de pie? —preguntó—. Siéntate a la mesa, ya está la comida.
Trunks no pudo contenerse y se abrazó a ella. Bulma sonrió con cariño y dejó los platos en la mesa.
—Lo siento tanto —gimió Trunks—. No pude salvarte.
Bulma se dejó caer en la silla y acogió a su hijo en su regazo. Trunks soltó el llanto. Ella le acarició el cabello y le dejó llorar como a un niño pequeño.
—No quiero que estés triste porque he partido —susurró ella, sus labios pegados a su cabeza—. Así tenía que ser algún día.
—No de esa manera —replicó Trunks con la voz ahogada por el llanto—. No así.
—Eso no lo decide nadie —explicó Bulma como si fuera un simple cálculo matemático—. Ni tú, ni yo —Luego lo tomó de la cara y lo obligó a mirarla —. Escúchame Trunks. Tenías algo muy importante que hacer, yo lo sabía. Tú lo sabes.
Trunks se quedó quieto. Cuando habló, habló con tanto enfado que su faz se distorsionó como una mole de músculos que se retuercen en ángulos anormales.
—Eso no sirvió de nada.
Bulma lo miró afligida, desesperada. Incluso indignada, pero, como la buena madre que era, la paciencia ganó al final.
—¿Qué no sirvió de nada? Tú estás vivo y ese monstruo ha desaparecido. Has hecho lo que tenías que hacer, Trunks.
»Desde que eras un niño e ibas por allí queriendo enfrentar a los androides supe que tenía que soltarte, tuve que dejarte hacer, no había para mí amor más grande y tuve que dejarte enfrentar todas esas cosas porque sólo tú podías hacerlo.
»Hubiera querido protegerte siempre, evitarte todo esto, pero era inevitable. No podía ser tan egoísta cuando sólo tú podías salvar al mundo. Estuve dispuesta porque era la única manera de legarte un mejor lugar, de que tú vivieras otra vida, mejor y libre.
»Sé que has tenido un doloroso revés, pero sé de qué estás hecho y nada cambiará lo orgullosa que estoy de ti. Debes estar seguro de ello.
Trunks no pudo sostener su mirada por un momento, la vergüenza lo carcomió por dentro, pero su madre le sostenía como siempre que las cosas le parecían tan grandes y difíciles que no encontraba una solución y luego le demostraba que no había puente que no pudiera cruzar. Una madre era así de sabía, todo tenía solución en sus manos. Los miedos, las inseguridades, los dolores del corazón, no eran más que nubes grises imaginarias en el cielo, ella siempre demostraba que el día era soleado a pesar de las oscuras sombras.
Trunks tomó sus manos y las besó.
—Te extraño…
—Y yo a ti, pero recuerda que estoy aquí —y apuntó a su corazón—. No me iré nunca.
—¿Me perdonas? He sido muy débil.
—Te has sentido muy solo, eso es todo. Y sí, pero es más importante que tú te perdones y dejes de lastimarte.
Trunks asintió.
—Lo haré mamá, lo prometo.
—Te amo hijo.
—Yo más.
Su madre estaba allí, nunca se iría. Estaba en él, eso era ahora y nunca moriría.
—Hay una cosa más —dijo Bulma.
—¿Qué?
—Aun quiero nietos Trunks —y lo besó en la mejilla.
Aquellas palabras se repitieron en su mente una y otra vez mientras era arrullado por su voz. El ruido del agua lo calmó y dejó que su cuerpo flotara a la deriva, meciéndose.
—Trunks.
Escuchó su nombre. No, no. Así estaba bien.
—Trunks.
Hay una cosa más.
¿Qué?
Una cosa más.
Aun quiero...
Trunks abrió los ojos. Sí, aún quería...
Notó que apenas y flotaba sobre el agua en cuando se sentó y se puso de pie. El agua era tan limpia y cristalina que no parecía estar allí. Bajo ella había crecido un campo de flores y sus colores, tan variados y vivos, resaltaban con intensidad creando reflejos de luz en aquel cielo abovedado. Una aurora se movía etérea y sutil, un reflejo de todos aquellos colores.
Era el paraíso.
Había llegado a él, al fin. Trunks corrió salpicando agua y haciendo que las flores se mecieran a causa de su andar.
—¡Mai!
—Trunks.
Allí flotaba como un ángel vestida de blanco. Su largo cabello negro ondeaba como flotando en el agua, como apenas mecido por el viento. Era hermosa, su piel brillaba como hecha de pequeños diamantes y refulgía calidez bajo la aurora.
La alcanzó, pero aun así estaba más arriba. Ella flotaba en el cielo, él tenía los pies sobre el agua.
—Eres hermosa…
Mai se sonrojó con su confesión.
—Te amo niño.
Trunks sonrió. Siempre le llamaba así cuando él hacía algo que la incomodaba a ella.
—Te amo —respondió él.
Pasaron siglos, el tiempo desapareció. Todo era perfecto. Era el paraíso. Su corazón era el de un niño, era todo felicidad. Todo estaba bien.
—Baja Mai, por favor —pidió Trunks después de esa eternidad—, no puedo alcanzarte.
No pudo evitar que la preocupación se palpara en el timbre de su voz.
—Eso es porque no puedes Trunks.
—¿Qué? ¡No! ¿Por qué?
—Porque estás vivo —respondió Mai mirando hacia abajo.
Trunks miró sus pies en el agua.
—Entonces moriré, pero no quiero irme Mai, quiero quedarme aquí contigo.
—Lo sé —suspiró ella—, pero no puedes.
—¿Por qué no? Eso es lo que más deseo.
—No siempre podemos tener todo lo que deseamos. Me prometiste que continuarías y no te lo pedí por mí, ni porque sé que cumples tus promesas, sino porque es algo que te puedes cumplir a ti mismo.
—Pero… No, yo...
—Nuestro tiempo ha terminado, es justo que sigas adelante.
—¡No es justo! ¡No ha sido para nada justo! ¡Yo no quiero…!
—¡El primer amor no siempre es justo!
—¡No merecemos esto Mai! —Trunks se interrumpió, ¿por qué aquellas flores le recordaban algo que no lograba tener claro en su mente? — ¡No quiero que te vayas! —le suplicó.
—Ya me he ido Trunks.
—Te traeré de vuelta, lo haré. He sido un tonto, debí encontrar la manera de hacerte volver en vez de perder el tiempo.
Mai pareció terriblemente ofendida.
—¡Te prohíbo que hagas eso! —clamó y aquella mujer aguerrida y madura salió a flote.
—¿Por qué no? Estamos destinados, ahora he entendido muchas cosas y estoy seguro que encontraré la forma de…
—¡Basta! —le interrumpió ella—. Estar destinados no significa pertenecer al otro, puede que el tiempo conspire en ello, pero no es una verdad absoluta.
Trunks cerró los puños y contuvo las lágrimas. Ella parecía tener un buen punto. Siempre parecía tener la razón.
—Entonces…
—Entonces abraza todo aquello que te haga feliz y ser un mejor hombre.
—¿Aunque no estés aquí, aunque… no sea a ti?
—Niño, yo sólo soy una parte de eso.
Aquello pareció poner todo en su lugar, como cuando su espada encajaba con perfección en su funda.
Comprender eso le dejó un regusto amargo, como muchas cosas, como otras viejas cosas en su vida, pero supo que podía pasarlo. Más aún, supo que era lo correcto. No significaba perder una guerra, significaba seguir adelante.
—Nunca te olvidaré ¡Mai nunca te olvidaré!
Y la oscuridad lo engulló otra vez.
...
Gracias por leer este extremadamente fumado capitulo, nos veremos pronto, lo prometo.
Dragon Ball by Akira Toriyama.
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