El disparador para este fanfic fue esa historia que se ubica justo cuando termina el arco de las doce casas en el anime, donde Saori/Athena se preocupa por Seiya y Mu le explica que como diosa tiene que amar a todos sus santos por igual y no a uno solo.

Advertencias:

-soy de Buenos Aires, Argentina, por lo que hablo y escribo en español rioplatense (sí, con el vos y los verbos acentuados de forma distinta). Así que si no les gusta esta variante del idioma, pueden evitarse la molestia de leer. Obviamente no voy a incluir modismos que muy poca gente entienda. No se preocupen que no van a encontrarse con un "che, boludo"; uso otro tipo de registro;

-este fanfic está marcado para mayores de 18 años porque van a haber escenas de sexo más adelante;

-tanto Shaka como Mu van a tomar el rol de activo y pasivo;

-cualquier duda que tengan siempre pueden consultarme;

Aparece la letra de una canción, que seguramente podrán reconocer: "Chikyuugi", el primer opening de la saga de Hades. La traducción la hice yo misma.

Disclaimer: Saint Seiya y sus personajes son propiedad de Masami Kurumada. Todo lo escrito aquí es de mi autoría con el propósito de entretener sin recibir ninguna remuneración económica.

Capítulo 1

Los pastos se movieron en vaivén cuando sentí aquella calidez divina y tan triste. A la distancia escuché la voz cantante que esperaba; cinco días los tacones de su dueña hicieron eco al atravesar mi recinto de ida y vuelta. Siempre cantaba la misma canción, casi ausente, como si no hubiera nadie que la escuchara ni perturbara. Su voz era clara y suave, pero el sentimiento que transmitía apretaba el corazón de uno que hasta parecía que iba a romperlo.

Varias veces quise preguntarle a qué se debía esa tristeza que quedaba conmigo un rato largo aunque ella estuviera lejos. Sin embargo, una parte de mí sabía que lo más acertado era darle espacio; después de todo, a pesar de ser una diosa, no dejaba de ser una chica como cualquier otra. Supuse que era difícil abandonar esa identidad construida por toda una vida para cargar el peso de la humanidad sobre sus hombros.

Al tercer día que pasó por la primera casa me acerqué a saludarla. Ella me miró con dulzura y devolvió el gesto. Intercambiamos un par de palabras insignificantes; en ningún momento conseguí el valor para plantearle mis incógnitas. La dejé ir tras dedicarle una reverencia. Nunca aparté la mirada de su cabellera lacia y antes de perderla decidí ir tras ella para averiguar a dónde se dirigía.

Caminó al lugar más recóndito del Santuario, más allá del bosque; no tardé en descubrir cuál era su destino: la fuente de Athena donde curaban las heridas de los santos de bronce. Tal accionar no me extrañó del todo. Sabía bien cuán grande era el aprecio que les tenía y recordé la misión tan dura que debieron enfrentar unos días atrás, en la que incluso pusieron sus vidas al límite en nombre de la diosa. Con seguridad ella debía estar preocupada por los caballeros, como tanto lo estuvo en la batalla de las doce casas. Pero en el fondo me sentía intranquilo y su canción no ayudaba:

«Los fragmentos de mis sueños, la persona que amo,

la forma del amor que imaginé,

siempre, siempre los seguiré buscando».

Me quedé escondido entre los árboles mientras Athena caminaba de un lado a otro a metros de la entrada. En ningún momento dejó de arrugar la frente, ni siquiera cuando cerraba los ojos y respiraba para calmar los nervios. A veces se detenía con la mirada en el cielo, pero unos segundos después repetía la acción.

En una de esas vueltas cantó. Me recosté contra un árbol para dejar que su voz llegara a mí. Esa fue la primera vez que escuché la canción completa en una sola sesión; para mi sorpresa, con todos los viajes de la diosa a través del templo bajo mi custodia había logrado aprenderla.

Cuando Athena terminó de cantar volví a verla. Juntó las manos con los dedos entrelazados sobre el pecho y pronunció un nombre que llegó a mis oídos como si me lo hubiera susurrado:

—Seiya.

Al sexto día decidí ayudar a mi diosa en un terreno para el cual no había entrenado. Estuve en la fuente desde temprano con la excusa de querer información sobre el estado de los caballeros de bronce. Aún no despertaban y las heridas tardaban bastante en sanar.

Pasé a verlos uno por uno; estaban tan débiles que parecía que la brisa más ligera les volaría la vida. Era molesto, me dolía el pecho de solo tenerlos enfrente, en especial al santo de Pegaso.

No era que yo no sintiera la más mínima empatía por ellos, al contrario, les estaba muy agradecido de haber confiado en mí y de haberme permitido regresar al Santuario después de tantos años. Sin embargo, pensar en cómo se había llegado a esa instancia, en todos los guerreros que habían caído, en lo desprotegida que se encontraba nuestra fortaleza y, para colmo, los propios sentimientos de Athena hacían que las dudas perturbaran mi mente por momentos. Parecía imposible lograr la victoria en esa situación. Era entonces cuando recordaba a mi maestro, el gran patriarca Shion. Si realmente quería ser un sucesor digno de la armadura de Aries, dudar me estaba prohibido.

Volví a ver a Seiya y los demás. Aunque quisiera, mi cosmos solo podía curarles las heridas; despertar dependía de ellos.

—Confío en ustedes, caballeros de bronce.

Entonces me encontraba en la entrada que llevaba a la fuente cuando sentí que Athena se acercaba igual de angustiada que los días previos. Su voz terminó de cantar a la salida del bosque:

«La, la, la, la, la, la, la, la, la

La, la, la, la, la, la, la, la, la, la

En lugar de lágrimas, una canción tierna

En lugar de tristeza, tu calor».

El sol que pegó de lleno sobre su persona la hizo parecer más deslumbrante de lo que era. La brisa meció su pelo y vestido mientras caminaba con la vista en el suelo. Era Saori Kido, la humana. En ese estado iba a ser imposible que nos guiara en la siguiente guerra que se avecinaba. Si mi maestro hubiese seguido vivo, no había duda de que haría todo lo que estuviera a su alcance para ayudar a nuestra diosa. Pero como no era el caso decidí ser directo y tomar la responsabilidad como su discípulo, sin olvidar jamás que delante tenía a la gran Athena y a la señorita Saori.

Me paré en su camino y le dije:

—Supuse que vendría, Athena.

Ella levantó la cara al mismo tiempo que frenó el paso. Los ojos le temblaron de manera leve y sus labios se abrieron con sorpresa. A pesar de ser una diosa todavía era una joven, por lo que al tener unos años más que ella traté con toda mi determinación de mostrarme firme pero sereno, así como era con mi pupilo.

Su mirada me decía que tenía miedo, incluso vergüenza de haber sido descubierta. Luego de tragar grueso forzó una sonrisa.

—Por supuesto, Mu —me dijo—. No puedo estar tranquila sabiendo que mis caballeros siguen sin despertar. Soy Athena, después de todo.

Bajó la cara de a poco, mientras que los ojos le brillaban cada vez más y su semblante volvía a entristecerse. Continuó en tono bajo:

—Además, por mi culpa-...

—Es parte de ser santo de Athena luchar y resultar herido. No importa que se deje la vida en el campo de batalla —le dije para calmarla—. Incluso estaremos en paz si morimos en nombre de nuestra diosa. Por lo que no debe preocuparse.

Cerró los ojos y arrugó la frente.

—Pero —dijo con la voz entrecortada— si llega a pasarle algo a Seiya, yo...

No fue capaz de terminar lo que quería decir. La mandíbula le temblaba tanto como las manos que formaron un par de puños. Luego volvió a mirarme firme.

—Por favor, dejame pasar, Mu.

Aunque ella avanzó no me moví. Por el bien del Santuario -y de toda la humanidad- era mi deber ayudar a Saori Kido a entender a Athena. Tal vez le causara dolor, pero confiaba en que su esencia divina haría que sanara rápido.

—Seiya va a estar bien —dije en tono monótono.

Ante mis palabras volvió a frenar y puso una expresión de nerviosismo mucho más evidente de la que ya traía. «Señorita Saori, créame que me duele tanto como a usted tener que romperle las ilusiones siendo tan joven, pero es por el bien de toda la humanidad», pensé al ver cuán angustiada estaba por no saber cómo responderme. Cerré los ojos a la par que agachaba la cabeza; me pareció ver a mi maestro asentir, como si quisiera asegurarme de que hacía lo correcto.

—El amor de Athena no puede ser para un solo santo —le dije sin cambiar mi posición—, debe ser para todos los santos por igual.

Con su expresión -pálida al principio y sonrojada después con los ojos bien abiertos- me dejó saber que había entendido a qué me refería. Aunque intentara mostrarme sereno, por dentro estaba más que preocupado: toda mi vida la había dedicado al Santuario, las armaduras y el entrenamiento; no tuve tiempo para esa clase de emociones. Además, la mayoría de las mujeres que conocía tenía como anhelo máximo ser santos de Athena, por lo que tampoco podía hacerme mucha idea de qué manera ayudar a una joven en la situación de Saori Kido. «Aunque sea una diosa y una chica, no tiene por qué haber diferencia en cómo tratar a cualquier otro ser humano», pensé.

—No puede ser para uno solo. —La escuché susurrar.

Aunque fuera desagradable era la única manera de hacerle entender. Elevé la vista a la estatua de Athena. Entonces procedí a contarle del origen de la fuente, de cómo se había formado por una lágrima de aquel monumento y sanó a los caballeros que estaban a punto de morir tras una de las tantas guerras santas. Con eso su expresión de nerviosismo pasó a una de arrepentimiento.

—Decime, Mu —habló de frente—: ¿alguna vez sentiste algo así?

Mi cuerpo se tensionó por la pregunta a la vez que mi corazón latió intenso. Temí haberla ofendido con mis palabras, más por el hecho de que jamás había tenido esa clase de sentimientos. Sus ojos brillantes no me abandonaban; me dio la impresión, incluso, de que podía obtener la respuesta sin que se la dijera.

Solté un suspiro leve y agaché la cabeza, arrepentido.

—Le ruego disculpe mi hipocresía —le dije con una mano en el pecho—, pero nunca sentí algo como a lo que refiere.

Me mantuve con la cabeza gacha varios segundos. Al no recibir el reproche que esperaba, levanté la cara. No pude distinguir si era Athena o Saori Kido quien me miraba con lástima.

—¿En serio nunca sentiste eso? —preguntó casi en un susurro, como si aquello fuera un secreto.

Sentí un hormigueo en el estómago que se disipó poco a poco. Negué levemente para luego responder:

—Los santos de Athena dedicamos la vida a nuestra diosa y nos preparamos para la guerra, especialmente los que nacimos para coincidir con su advenimiento.

Se cubrió la boca y con los ojos vidriosos dijo:

—Entonces ser santo de Athena es mucho más doloroso de lo que pensaba.

Cerré los ojos para mantenerme sereno y volví a abrirlos.

—Como le dije: para un santo es suficiente con luchar en su nombre, incluso si dejamos la vida en batalla.

Creí ver una lágrima escapar de su ojo izquierdo cuando hizo una reverencia en un movimiento rápido. Di un paso atrás, sorprendido por esa reacción, sobre todo con lo que me dijo después:

—Perdón, Mu.

No supe qué pensar, quedé inmóvil. Sin que pudiera responderle ella dio media vuelta y se fue enseguida por donde había llegado. Estiré una mano en su dirección, pero el resto de mi cuerpo seguía plantado al suelo. «Y yo que creía que Kiki berrinchudo era complicado», pensé. Me mordí el labio a la vez que busqué una señal de lo que debía hacer a mi alrededor y solté un suspiro al no encontrarla.

El viento hizo ondear mis mechones y capa. Acababa de meterme en un terreno peligroso. Arrugué la frente y con dificultad intenté recordar algún momento de mi vida en el que hubiera sentido algo como lo que la parte humana de Athena experimentaba. Sin embargo, por haber crecido de entrenamiento en entrenamiento, ya fuera en el Santuario o en Jamir, las únicas memorias que venían a mi mente eran con mi maestro, compañeros y discípulo. Por todos ellos guardaba distintos tipos de afecto, quizás con una raíz común, pero no estaba seguro de que fuera suficiente para comprender a la diosa.

Rememorar era algo que no solía hacer seguido; incluso había veces en que sentía que por mi propio bien debía evitarlo, como si fuera una manera de protegerme o quizá, simplemente, había olvidado por el paso del tiempo. Esforzarme por conseguir algo más me daba dolor de cabeza, lo que reforzaba mi idea de que era mejor no traer ciertos hechos del pasado, sobre todo al tener en cuenta cómo había sido mi vida para llegar a ser un santo de oro.

Algunos recuerdos -tal vez la mayoría- me estrujaban el pecho: dolor, lágrimas, también sangre y la soledad propia del camino que seguí para portar la armadura de Aries. Encuentros, despedidas, la gente que seguía conmigo. También risas, momentos que compartí con quienes creía amigos, calidez y el cuidado de varias personas.

Me masajeé un costado de la frente cuando sentí una puntada: era lo normal cada vez que intentaba recordar algo especifico. Sacudí la cabeza y miré a la estatua de Athena.

—Cuando era más chico parecía más grande —dije para mí mismo.

Poco antes de ser nombrado santo de Aries Shion me trajo consigo al Santuario para completar mi formación. Aunque tuviera seis años, no era excusa para que mi maestro no fuera exigente. De hecho, cuando no estábamos en hora de lección su trato era como con un familiar, tal vez por la historia de la civilización que nos unía.

—Tenés un potencial enorme y ahora es cuando vas a demostrarlo, Mu.

Me aferré más fuerte a la mano arrugada que me llevaba. Los pasos que daba mi maestro eran demasiado largos para mis piernas infantiles; levantaba tierra al tratar de seguir el ritmo sin tropezar.

—Al ser mi discípulo, muchos tienen grandes expectativas puestas en vos.

Frente a nosotros se abrió el coliseo de paredes y gradas que se alzaban casi hasta el cielo, donde varios aprendices y maestros ya cumplían con sus rutinas. Al notar la presencia de Shion todos se detuvieron a inclinarse para saludarlo. Levanté la mirada; el casco y el pelo canoso que nada conservaba de su color original no me dejaron ver su expresión.

Retomó su andar conmigo colgado de la mano. En un sector de las gradas un grupo de aspirantes jóvenes se puso de pie. Los dos al frente saludaron como habían hecho los demás; el resto imitó la acción.

—Mu, ellos son los próximos santos dorados al igual que vos.

Tras decir eso me obligó a unirme al grupo. Hice más fuerte mi agarre y lo miré con miedo. La mano libre del maestro me acarició la cabeza.

—Son tus compañeros de ahora en más. Aioros y Saga, al ser los mayores, están a cargo.

Sentí que alguien me tocaba el hombro. Cuando volteé me encontré con los ojos brillantes de Aioros, quien dijo con una sonrisa:

—Vení, Mu. Ya vamos a empezar.

Bajé la cabeza. Aioros me llevó con los demás. Vi de nuevo a mi maestro y me dedicó unas últimas palabras antes de separarnos:

—Una vez a la semana voy a venir a buscarte para comprobar tu progreso.

Shion dio media vuelta y a paso lento abandonó el coliseo. A pesar de sus palabras y de que fuera habitual que me dejara para atender sus labores como Patriarca, por un instante creí que no iba a volver. Tantos años de aislamiento en Jamir habían dado como resultado que mis capacidades sociales se deterioraran. Desde mi llegada al Santuario, hacía unos cuatro días, había estado bien sin salir de los aposentos de mi maestro; apenas me había acostumbrado un poco a hablar con los asistentes de Shion y las doncellas que me cuidaban cuando él no estaba. Pero todo era parte del pasado ya: no solo iba a entrenar con los aspirantes, sino también convivir con ellos a diario fuera del coliseo.

Huir implicaría manchar la reputación del Patriarca, así que no tuve más alternativa que atender a la clase. Saga y Aioros eran los encargados de guiarnos en las lecciones y ejercicios.

—Athena odia las armas tanto como la lucha injusta—decía Saga con autoridad—. Si los vemos en peleas desiguales en número, van a recibir un castigo acorde a sus actos.

—Divídanse en parejas para empezar a practicar —dijo Aioros en un tono firme pero dulce.

Todos empezaron a moverse y conversar, excepto cierto rubio y yo. Lo miré de reojo: estaba sentado dos gradas más arriba que yo, con los párpados cerrados, apenas se le movía el pelo por la brisa. Los demás ya tenían equipos formados, pero nadie se había acercado a él. Pensé que a lo mejor estaba en una situación similar a la mía y todavía no tenía amigos, pero no se me ocurría nada para comenzar a hablarle.

De repente escuché una voz a pocos pasos de mí:

—¿Ya tenés compañero?

Me giré para encontrar a un nene de ceja poblada, bastante robusto que hasta parecía regordete -producto del entrenamiento que había recibido a esa edad.

—¿Eh? —Fue lo único que escapó de mi boca.

—¿Querés practicar conmigo? —preguntó risueño.

Asentí con un movimiento que por fortuna llegó a captar. Caminamos para alejarnos de los asientos. Miré atrás un instante, al rubio que se mantenía inmóvil.

—Ese es Shaka.

La voz de mi compañero llamó mi atención.

—Duerme en el mismo cuarto que yo —continuó—. Es el aspirante a la armadura de Virgo. No habla mucho, siempre está meditando. Ah... Yo me llamo Aldebarán y espero ser el santo de Tauro.

Me extendió la mano. La miré unos segundos hasta que entendí cuál era su intención.

—Soy Mu —le dije al tiempo que acepté el saludo.

—Bueno, Mu —Se puso en guardia—, podés atacar con tu mejor técnica.

Su gesto me hizo reír un poco. Luego asentí para comenzar el entrenamiento.

Los ejercicios se extendieron hasta que se puso el sol; apenas habíamos tenido diez minutos de descanso a la tarde. Al finalizar estábamos agotados. Después del baño Saga y Aioros nos llevaron a las habitaciones para los más jóvenes. Como los primeros días me había quedado con mi maestro no pude elegir a mis compañeros de cuarto, por lo que me mandaron al único que quedaba disponible.

Me alegró bastante haber quedado en el mismo dormitorio que Aldebarán, con quien había pasado todo el día y ganado más confianza. Sin embargo, cuando fui a dejar mis cosas mi nuevo amigo no se encontraba. En cambio, sentado en el centro de la habitación estaba Shaka. Al verlo en lo que parecía el momento de meditación me quedé de pie bajo el marco de la puerta.

«¿Debería venir más tarde?», pensé y abracé la bolsa de tela donde llevaba mis pertenencias.

—Tu cama es esa. —Señaló a la que estaba pegada a una de las paredes.

«¡¿Habla?!», exclamé para mis adentros.

Shaka volvió a apoyar la mano derecha sobre la palma izquierda con los pulgares unidos.

—Gra... Gracias —le dije en un tono tan bajo que inclusive a mí me pareció un susurro.

Caminé en puntas de pie lo más rápido que pude para llegar a la cama. Dejé la bolsa sobre el colchón mientras me sentaba; era casi tan cómoda como la de mi maestro.

Con las piernas colgadas a varios centímetros del piso observé cada detalle del cuarto. No era amplio, pero cabían tres camas, una al lado de la otra con espacios para caminar, y un escritorio. Tres lámparas que se encendían con el cosmos -tal vez como ejercicio sencillo- sobre cada cabecera y otra sobre la mesa de estudio, aunque una sola estaba encendida, la más alejada a la mía; supuse que era la de Shaka.

En cuanto a mi nuevo compañero, no se había movido. Con la luz tan tenue apenas distinguía su figura. El pelo le llegaba poco más abajo de los hombros y la túnica que vestía dejaba al descubierto parte de su espalda donde se le marcaban los huesos.

—¿Hay algo que quieras saber?

De la nada me hizo esa pregunta y me sobresalté levemente. Si no hubiese sido porque no había nadie más aparte de mí, habría creído que le hablaba a otra persona.

—N-no... Yo... Es que... no quería interrumpirte.

—Ya terminé.

—Ah...

Había algo en él que me repelía pero al mismo tiempo me llamaba, una especie de aura muy distinta a la del resto de mis compañeros. Además, esa tarde lo había visto entrenar con Saga y Aioros casi a la par; su control del cosmos y habilidad eran sorprendentes, inimaginables para alguien con su apariencia.

La lámpara sobre mi cama se encendió, por lo que pude ver mejor a Shaka. Él dio vuelta hacia mí todavía sentado.

—¿Vos sos el discípulo del Patriarca, no?

—S-sí... Me llamo Mu.

—Ya sé. Dijeron tu nombre en el coliseo.

Agaché la cabeza, un poco avergonzado.

—Aldebarán ya te dijo mi nombre seguramente.

No le respondí. Trataba de hacer el menor contacto visual posible aunque él tuviera los ojos cerrados.

—Además del Patriarca, no había tenido la oportunidad de conocer a un descendiente del continente Mu.

—No quedamos muchos, menos que quieran venir al Santuario.

—Entonces es seguro que vas a conseguir la armadura de Aries.

—N-no sé si estoy preparado.

—Con esa actitud es un hecho que no.

Esa declaración me dejó boquiabierto. Shaka volvió a darle la cara a la puerta. Inflé los cachetes, no se me ocurría una respuesta. Me había dolido y sentía rabia, no por mí, sino porque podría ser una prueba de que Shion fallaba como maestro; eso era algo que no podía permitir.

Solté el aire, apreté los puños y me senté al lado de Shaka.

—¿Hace cuánto estás en el Santuario? —le pregunté.

—Tres días.

—¿Tres días?

Apenas movió la cabeza como una afirmación.

—Pareciera que mucho más.

Me detuve a ver sus manos que seguían unidas en el mudra dhyana. Luego a sus ojos que no se habían abierto en ningún momento. «¿Será ciego?», me pregunté junto con otras cosas más.

Entonces recordé la cantidad enorme de preguntas que me hicieron las doncellas cuando llegué y decidí usarlas con Shaka.

—¿Qué edad tenés?

—Seis años —dijo.

—Yo también... ¿Y de dónde sos?

—De la India.

—Yo soy del Tíbet —le respondí con un poco más de emoción.

A pesar de tener la misma edad Shaka imponía respeto. Me daba cuenta con tenerlo al lado, quieto y silencioso, del poder que guardaba. Pero, al mismo tiempo, había algo más que me daba curiosidad y no era solo por querer saber cómo serían sus ojos. De cierta forma me transmitía calor, una tranquilidad que relajaba el cuerpo, como una canción de cuna. Necesitaba saber por qué provocaba tantas sensaciones contradictorias entre sí.

—¿Quién es tu maestro? —me animé a preguntar.

—Buda —respondió corto y conciso.

Parpadeé un par de veces antes de volver a preguntar.

—¿Buda?

—Él me enseñó todo lo que sé.

—¿Cómo?

—Me habla. Su voz es la primera que recuerdo haber escuchado.

Sus respuestas me dejaron con más dudas de las que tenía, pero de a poco comencé a emocionarme y a entender por qué causaba todo aquello en mí.

—Buda —dije con una sonrisa—. Él es tu maestro... Con razón...

Entonces Aldebarán se asomó por la puerta; detrás de él pasaron caminando Aioria, Camus y Milo en dirección al comedor.

—Mu, ya es hora de cenar —me dijo.

Me levanté del piso y caminé a la puerta. Aldebarán siguió al resto. Shaka, como era su costumbre, no se había movido. Me volteé hacia él y lo llamé:

—Shaka, ¿vas a venir?

Asintió, se levantó y las telas de su túnica cayeron en un movimiento elegante para cubrirle hasta los tobillos. Salí del cuarto, pero no me alejé demasiado para esperar a Shaka que caminaba con toda la serenidad del universo. Cuando pasó a mi lado seguí su ritmo a través del pasillo.

—¿Querés practicar conmigo mañana? —le pregunté.

Me sorprendí a mí mismo al haberlo hecho. La expresión de Shaka se mantuvo fija. Abrimos la puerta del comedor; las voces de nuestros compañeros y otros aprendices nos aturdieron. Sin embargo, las palabras «Está bien» que salieron por los labios de Shaka me llegaron a los oídos como si fuéramos los únicos allí.

Cuando nos sentamos a cenar fuimos el centro de atención por unos minutos. Aldebarán no creía que había mantenido una conversación con Shaka; en los pocos días que llevaba en el Santuario todo el mundo se había mantenido alejado de él. Entendía las razones, pero no creí que fuera justo, así que decidí que trataría de estar cerca por si necesitaba la ayuda de alguien.

Poco a poco, no fue solo mi vínculo con Shaka el que se hizo fuerte. El grupo entero de los que seríamos santos dorados comenzó a unirse, a pesar de que había una especie de tendencia entre todos de formar alianzas. Aldebarán era con quien pasaba más tiempo por compartir habitación y su forma de ser tan extrovertida, seguido de Shaka y a veces Aioria. Mi maestro se alegraba de verme relacionarme con ellos y dejar mi timidez de lado, especialmente porque tarde o temprano íbamos a tener que confiar los unos en los otros por el bien de Athena.

Cuando no teníamos que cumplir con obligaciones del Santuario, nos divertíamos como cualquier otro nene de nuestra edad. Fue gracias a todos ellos que pude crear recuerdos felices en ese camino que podría habernos costado la vida a todos antes de lo debido.

Suspiré agobiado ante la cantidad inmensa de recuerdos y la incapacidad de comprender a mi diosa. Aunque el presente no era mejor: la mitad de los santos de oro estaban muertos, los restantes cargábamos más responsabilidades de las que hubiéramos imaginado, sin contar las bajas que habíamos sufrido en las otras unidades. El sello que impedía una guerra santa podía romperse en cualquier momento y Athena debía dejar de lado sentimientos humanos que no debía experimentar.

No tenía nada que hacer en la entrada a la fuente más que divagar en mi memoria, entonces volví a la casa de Aries para retomar mi puesto. Todo estaba en silencio; mi discípulo había desaparecido. El resto de las horas hasta que llegó la noche me dediqué a tratar de hallar otra forma de ayudar a Athena, pero sus palabras no dejaban de resonar dentro de mi cabeza:

«Decime, Mu: ¿alguna vez sentiste algo así?».

Se me ponía la piel de gallina ante ese recuerdo.

Parado en la entrada de la casa que custodiaba miré al cielo, a las estrellas brillantes que se escabullían entre las nubes que pasaban. Me recordaban a los ojos de Athena llenos de lágrimas mezcladas con lástima. A pesar de las horas la sorpresa no se me iba y se hizo mucho mayor cuando sentí un cosmos poderoso seguido de pasos a mis espaldas. La paz e intranquilidad que transmitía esa presencia era inconfundible.

—Mu de Aries.

Di media vuelta y respondí con el mismo tono:

—Shaka de Virgo, qué raro verte por acá.

Shaka caminó hasta salir del templo; la luz de la luna hizo que su pelo rubio brillara mucho más que la armadura que portaba.

—¿Qué se te ofrece? —le pregunté.

—Esta tarde presencié algo muy curioso pasar por la casa de Virgo.

Enseguida imaginé que, después de nuestra charla en la entrada de la fuente, Athena volvió directo a la sala del patriarca o al menos había hecho parte del recorrido hasta allí. Pero para que el guardián de la sexta casa bajara a hablar conmigo debió haber pasado algo excepcional.

—¿Qué fue lo que viste? —le pregunté intrigado y -muy en el fondo- nervioso.

—Primero, Athena bajó como se le hizo costumbre estos días. Ya no me llama la atención, a decir verdad.

—¿Entonces qué fue eso que te pareció tan curioso?

Sin mover ni un solo músculo facial que no le hiciera falta y con ojos cerrados respondió:

—Athena regresó con mucha más tristeza de la que llevaba a la ida.

Bajé la mirada poco a poco. Sabía que mis palabras tendrían ese efecto en Saori Kido, pero de igual manera no era agradable confirmarlo.

—Además, no iba sola —Shaka volvió a hablar.

—¿Cómo? —Lo miré con el entrecejo arrugado.

—Tu discípulo la seguía tratando de animarla.

—Con razón...

—¿Nnh?

—Pensaba en voz alta —le dije a la vez que negaba con la cabeza—. Entonces como viste a Kiki con Athena pensaste que yo podría saber por qué está tan triste y por eso viniste.

—Alguien tiene que confirmar mis sospechas y al parecer vos sos el más indicado, Mu de Aries.

Lo que dijo trajo una memoria de cuando éramos chicos; más que dolor de cabeza me hizo reír por lo bajo.

—¿Qué es tan gracioso?

—Nada —le respondí con los ojos cerrados—, solamente me hiciste acordar algo.

Un leve movimiento de su ceja derecha me dio a entender que quería una mejor explicación. Suspiré y miré al cielo para hablar:

—Cuando éramos chicos y coincidíamos en el mismo equipo durante las prácticas de estrategias, siempre decías que era el único que entendía tu punto de vista y por eso me mirabas... a tu manera, claro, apenas terminabas de exponer tu propuesta para que diera mi opinión.

Sopló el viento y el pelo dorado de Shaka bailó con él.

—¿Y eso qué? —preguntó cortante.

Volví a verlo para responderle:

—Me parece raro que siga siendo así después de todo lo que pasó en estos trece años.

Shaka no se movió ni un milímetro, no hubo un solo cambio en su expresión. Si no hubiese sido por su pelo que no dejaba de ondear con el viento, hubiera creído que frente a mí estaba una estatua; sonreí un poco ante ese pensamiento. Enseguida Shaka rompió esa ilusión.

—Estoy tranquilo de saber que no me había equivocado con vos.

El tono con el que habló fue tan monótono que habría puesto a dormir a cualquiera. Pero si Shaka era como lo poco que recordaba, sabía que sus palabras estaban cargadas de mucha emoción. De cierta forma me alegraba que todavía existiera una porción mínima de lo que conocía de él antes de que cada uno siguiera su propio camino a los siete años. Hasta me dio un poco de ternura recordar la imagen de aquel nene rubio despeinado, con la cara llena de tierra y lágrimas después de un entrenamiento.

Por primera vez desde nuestro reencuentro noté lo alto que estaba, lo largo que era su pelo y que a pesar de mantener su delgadez había desarrollado bastante masa muscular. «Shaka también creció. Me alegra haber vuelto para verlo yo mismo», me mordí el labio para evitar reír por ese pensamiento.

—Qué bueno —le respondí con una sonrisa.

—Todavía no aclaraste todas mis dudas.

Siempre parecía ir un paso adelante y en esa oportunidad no fue la excepción.

Le conté lo que había hablado con Athena en la tarde, de mis sospechas de lo que nuestra diosa sentía por el santo de Pegaso. Por momentos tuve la impresión de que hablar sobre ese tema con Shaka era lo mismo que hacerlo con una piedra; ni siquiera asentía como para darme a entender que me seguía la charla. Tampoco esperaba que saliera con alguna devolución típica de un iluminado, pero al menos me hubiese gustado escuchar un «sí, entiendo» o cualquier cosa que me confirmara que trataba con un ser viviente.

—Hiciste bien.

Me respondió recién cuando le conté todo, aunque no me sentía a gusto por completo, ni por su respuesta como tampoco por la situación en la que me encontraba.

—Vos mismo lo dijiste —continuó—: lo hiciste por el bien de la humanidad.

—Sí —dije en un suspiro—, pero ahora me preocupa que no se recupere de la desilusión.

—Sos muy sentimental, Mu.

—¿Qué?

—Estamos hablando de Athena, una diosa.

—Que hasta hace poco había vivido creyendo que era alguien que realmente no es.

—Lo va a superar —repitió con toda la seguridad del mundo.

Creía en Athena y confiaba en que tarde o temprano nuestra charla iba a quedar en sus recuerdos lejanos junto con los sentimientos que tenía por Seiya. Sin embargo, sus preguntas y reacciones no dejaban de darme vueltas en la cabeza. Me pasé la mano por la frente hasta tirarme el pelo hacia atrás mientras miraba a un costado.

—No creo que los sentimientos de Athena sea lo que tanto te atormenta —dijo Shaka.

Me dio un cosquilleo en la nuca. Volví a ver a mi compañero poco a poco y mi garganta soltó lo que parecían fragmentos de voz. Esperé a que él siguiera, pero como no lo captaba le hice un gesto con las manos para darle a entender lo que quería.

—Te dijo otra cosa, ¿no?

Separé más los párpados y moví la cabeza unos milímetros hacia atrás. Sentía cómo me temblaba la frente. Cuando le conté lo que había hablado con Athena omití el detalle de la pregunta que me tenía tan meditabundo.

Pocas fueron las veces en que había hablado de sentimientos románticos en mi vida y jamás se me había pasado por la mente siquiera tratar el tema con el santo de Virgo: él no generaba ni la más mínima pizca de confianza para hacerlo. Me costaba incluso imaginarlo. No encontraba relación alguna entre Shaka y amor romántico.

Su imagen seguía de pie frente a mí. Aunque tuviera los ojos cerrados, sentía que mi compañero me miraba e intentaba meterse en mi alma para descubrir la razón en el retraso de la respuesta. El viento volvió a mecerle el pelo, una hebra dorada que parecía invisible se enredó entre sus pestañas; hasta me dieron ganas de sacárselo de lo molesto que me pareció. La comisura derecha de sus labios estaba elevada casi de manera imperceptible -una sonrisa bajo sus términos. Él sabía que le ocultaba algo.

—¿Y, Mu de Aries?

Respiré hondo, después solté el aire lento por la boca. Fruncí los labios y miré a Shaka para decirle:

—¿Alguna vez te enamoraste?

Me sentí el idiota más grande del mundo por haber dicho eso. Shaka dio la impresión de que estuvo a punto de abrir los ojos. No lo culpo: no se me había ocurrido otra manera mejor de preguntarle. Incluso con la armadura puesta se notó cuando tensó y a los segundos relajó el cuerpo, a la par que curvó una ceja hacia arriba.

—¿En serio te preguntó eso?

Asentí sin verlo a cara; no soporté el tinte jocoso que usó. Shaka inclinó la cabeza hacia un costado y continuó:

—¿Y qué le dijiste?

Era evidente que intentaba aguantarse la risa. Sentí una puntada en el estómago al verme obligado a responder. Hice una presión leve con los puños.

—Shaka, vos sabés bien que los santos dedicamos nuestra vida a Athena.

—¿Ni siquiera en los trece años fuera del santuario? —preguntó con la boca torcida.

Lo miré extrañado.

—No me digas que vos-...

Levantó la mano en señal de alto a la vez que dijo:

—Esa clase de sentimientos serían un obstáculo en mi rol como santo de Athena y mi camino para alcanzar el Nirvana.

—Ah... Ya me parecía —dije en un suspiro.

El deseo de querer salir corriendo era inmenso, pero ese era mi templo y no podía abandonarlo. Tras unos segundos en silencio en los que me dediqué a observar el piso el caballero de Virgo volvió a hablar:

—Creo entender por dónde va el asunto.

—¿S-sí?

Asintió.

—Te sentís culpable de prohibirle a Athena tener sentimientos humanos por un santo, siendo que vos nunca experimentaste algo así por nadie y no podés ponerte en su lugar.

Me congelé por un instante: Shaka había entendido cómo me sentía. No había dudas de que era un iluminado.

—En serio sos muy sentimental, Mu de Aries.

De nuevo el tono de burla.

—¿Tiene algo de malo? —le pregunté serio.

—Mientras los sentimientos no interfieran con tu deber, no.

Shaka dio media vuelta. Su pelo se balanceó y reflejó la luz de la luna. Empezó a caminar para entrar a la casa bajo mi custodia.

—Yo que vos dejaría de pensar en querer entender los sentimientos de la parte humana de Athena. Es una pérdida de tiempo.

No quise responderle, dejé que se fuera por donde había llegado. Lo seguí con la mirada hasta que se me hizo difícil distinguir su figura entre la oscuridad de mi templo.

Suspiré y volví a mirar al cielo justo cuando las nubes cubrieron la luna.

Y acá termina el primer capítulo.

¿Qué les pareció?

Originalmente este capítulo incluye dibujos hechos por mí, pero como también estudio en la universidad no llego a terminarlos para las actualizaciones (especialmente porque prefiero hacer los que son para Entre Aries y Virgo, una historia exclusiva de Wattpad; medio que es el encanto de ese fanfic... creo).

Una vez que lo termine de publicar todo cada capítulo va a tener su portada y dibujos y va a estar en mi blog personal.

La actualización va a venir mañana; voy a actualizar todos los días hasta que vaya a la par con Sweek y Amor Yaoi. La idea es alcanzar a la publicación en Wattpad hasta que todas vayan al mismo ritmo.

Para estar al tanto de todo sobre mis historias pueden seguirme en mis redes sociales:

Twitter / Instagram: mayulu_

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Por último solo me queda pedirles que compartan este fanfic para que le llegue a más gente ^^

Muchas gracias por haber leído hasta acá.

Nos vemos en unas semanas.

Cuídense.