La Tortura.
Epilogo.
Extra II.
(…)
La cama rechinó con el peso de dos cuerpos enredados en un fuerte amarre y uno que otro gemido se lograba oír lo suficientemente fuerte como para interrumpir el sonido de la lluvia torrencial. Si bien, la lluvia sorpresiva y el frío invierno habían enfriado sus cuerpos que aun vestían abrigos, ambos hombres buscaban en el otro la llama que los avivaba.
No pasó mucho tiempo antes de que las prendas encontraran su lugar en el piso. Primero las chaquetas de ambos, luego el chaleco de uno y el saco del otro. Con las manos frías juntaron torso contra torso y gruñeron de las ardientes sensaciones.
— Estás helado ─se quejó uno entre besos.
— Acércate más entonces ─gruñó el otro abrazando la espalda de su amante manteniendo las manos bajo la polera manga larga que usaba.
En venganza, el afectado metió sus manos bajo el cuello de la camisa del hombre que lo abrazaba. El contacto de las manos frías con la cálida piel les daba escalofríos y les quemaba las yemas de los dedos. En cuestión de segundos la polera manga larga terminó en el piso y un agudo gemido interrumpió su interacción.
— Te amo ─susurró el hombre con sus dientes mordiendo el pezón de su amante.
— Me duele… ─jadeó con poco aliento.
Una breve risa vibró en la garganta del hombre antes de besar y lamer la zona afectada para luego seguir mordiendo los alrededores del botón ahora erecto. Más quejas y gemidos salieron de la boca del amante, pero en ningún momento lo empujó, muy por el contrario. Una mano sujetaba la cabeza de su pareja y la otra intentaba abrazar sus hombros lo más cerca que podía a su cuerpo.
Las manos de la pareja bajaron a la parte inferior del cuerpo de su amante para sentarlo en su regazo. Esas manos se aferraron a todo lo que podían, las caderas, el trasero y las piernas, hacía todo lo que pudiera para amoldarlo a su propia forma, casi como si fuera posible absorberlo por completo.
— Espera un momento ─jadeó el hombre de torso desnudo mientras intentaba acomodarse en la cama.
Lentamente, sus hombros lograron acomodarse en el colchón, acostando encima suyo a su pareja, y con la fuerza de sus piernas levantó las caderas para frotarse contra el abdomen y bulto de este. La pareja logró aliviar su hambre y liberó los pezones para verlo a los ojos.
— ¿Qué crees que haces? ─sus manos acariciaban los muslos todavía vestidos del amante con toda intensión de poseerlos.
— Lo que quiero hacer…
El hombre de camisa tomó más distancia, se enderezó y dejó que las manos de su amante acariciaran su cuello, pectoral y abdominales hasta que volvieron a su propio cuerpo. El amante empezó a masturbarse, primero con ambas manos por sobre la ropa y de forma que hacía resaltar su erección, luego se desabrochó rápidamente el pantalón para tocarse directamente. Sus caderas dejaron de moverse contra el cuerpo de su pareja al encontrarse ahora distraído con el placer que se proporcionaba.
Con los ojos cerrados bajó sus calzoncillos lo suficiente para revelar su erección y facilitar su movimiento hasta que sintió la mano de su pareja buscar acceso a su retaguardia. Con una mano detuvo su exploración y volvió a mirarlo.
— ¿Y tú qué crees que haces? ─sus ojos brillaban por la lujuria que lo dominaba y un poco de malicia, muy consciente de lo que su pareja estaba haciendo.
— "Lo que yo quiero" ─le imitó.
— Así no se hace ─liberó su mano y mirando brevemente el mueble velador al lado de la cama─, te falta algo muy importante.
Su pareja entendió de inmediato. Se volvió a inclinar hacia adelante con el brazo extendido hacia el mueble cuando su amante lo tomó por la nuca para robarle los labios y él no se resistió, le dejó hacer lo que quisiera con su boca, con sus labios y finalmente con su lengua. Él ya se había rendido a todas las demandas de su amante años atrás y este no sería el día que le llevara la contra.
De algún modo, logró extraer el lubricante del mueble, pero no hizo nada más que saciar la necesidad de los labios de su amante. Estuvieron así por lo que se sintió como horas hasta que sus pulmones empezaron a demandar por oxígeno.
— ¿Ahora me dejas? ─preguntó mostrando el lubricante.
— Haz lo que quieras ─le respondió desabrochando los botones de su camisa y desvistiéndolo.
Ambos deseaban al otro con una pasión imposible de describir. La camisa se deslizó con suavidad a los pies de la cama hasta que unos pantalones la empujaron fuera en una caída estrepitosa.
— Creo que rompiste mi teléfono ─se quejó el amante distraído por el sonido.
— Me haré responsable ─sonrió la pareja.
El lubricante ya estaba abierto y los dedos de la pareja estaban en posición, acariciando el anillo de carne.
— Voy a entrar ─dijo e ingresó el primer dedo hasta el fondo. El cuerpo de su amante se estremeció ante la intromisión, congelándolo en el lugar.
El vaivén de su mano fue lento y profundo y de forma cuidadosa masajeó el anillo para que se ampliara a la forma que necesitaba. Su otra mano libre retomó el ataque al pezón de su amante y con la fuerza de su pulgar contra el dedo índice lo apretó y retorció. Su palma sintió el pecho de su amante llenarse de aire con un agudo gemido, los ojos cobrizos se llenaron de lágrimas y sus piernas se separaron más. El deseo los estaba acercando más y más a su clímax y todavía les faltaba llegar a la penetración.
— Te amo ─susurró nuevamente, ahora contra los labios de su amante, y empezó a besarlo al ritmo de sus embestidas con dos dedos que intensificaron la presión en el interior.
Esos dedos, esas manos, esos labios y todo ese cuerpo estaban dedicados a proporcionar a su amante todo el placer que quisiera y más. Este hombre se entregó por completo en un intento de compensar todos los males que había causado y desde el principio demostró lo dispuesto que estaba a recibir cualquier trato, todo golpe, todo grito que necesitara salir del pecho del amante.
Después de un rato, cuando la entrada ya se había estirado lo suficiente, la pareja acomodó su miembro y lo empujó lentamente. El ingreso fue doloroso por la falta de costumbre y prolongado. Una de las costumbres que había adoptado la pareja fue penetrar con cuidado el cuerpo de su amante, tal vez con la esperanza de que olvidara uno de los traumas que le provocó, pero en esta oportunidad ese lento ingreso se estaba convirtiendo en una tortura.
Los últimos tres meses se habían alejado, no porque terminaran su relación ni porque quisieron un descanso o porque uno no quisiera ver al otro, sino que fue el trabajo el que los obligó a pasar menos tiempo juntos. Simplemente sus horarios no cuadraron. La editorial para la que trabajaba uno programó entre dos ciclos una publicación especial de aniversario y, por lo mismo, la demanda por tener el apoyo del otro también aumentó. Así, mientras uno apenas tenía tiempo para volver a su departamento para dormir en la noche, el otro corría del estudio de un dibujante al de otro, pasando así varias noches en vela. En unas cuantas ocasiones, los hombres encontraron el tiempo suficiente para comer juntos, pero dormir juntos no había sido posible hasta este día en que el ciclo había terminado finalmente y si bien la pasión los atrapó bajo la lluvia, eso solamente logró avivar el deseo.
El amante se aferró a las sábanas de la cama en un inútil intento de contener las lágrimas que caían de sus ojos, pero lo intentaba porque no quería que su pareja se detuviera.
— Entró la cabeza ─avisó la pareja.
— No te detengas ahí… ─exhaló impaciente.
— ¿Te estoy haciendo daño? ─preguntó la pareja limpiando con los pulgares el camino de lágrimas.
La delicada mirada cobriza se enfocó en el mar profundo que lo analizaba.
— Hatori… ─susurró su nombre y sonrió, notó que los ojos de su pareja le estaban diciendo que estaba dispuesto a terminar la noche ahí, pero eso era lo último que quería─ continúa.
— Podemos parar en cualquier momento, no te preocupes por mí.
— Quiero más.
— ¿Qué más quieres de mí si ya lo tienes todo?
— No voy a repetir lo que ya dije.
— Tendré cuidado ─respondió a modo de conclusión, pero no se movió, solamente inhaló y exhaló profundamente por unos pocos segundos, los suficientes para impacientar a su amante.
Aburrido de esperar, el amante empujó a Hatori hasta sacarlo de encima suyo y revertir la postura. Sin darle mucho tiempo para reaccionar, se sentó sobre su miembro, empalándose a voluntad. Su respiración se agitó ante el ardor de la penetración, pero no estaba dispuesto a parar, movió sus caderas hacia abajo tanto como pudo hasta llegar a un punto que le era familiar. De sus ojos cayeron más lágrimas, sus manos se cerraron con fuerza y su cuerpo tembló por completo.
— ¿Qué haces? ─preguntó su pareja debajo de él, sujetando su cintura.
— Ya te dije, lo que quiero… ─repitió con la intención de seguir bajando, pero su interior no se lo permitía, todavía no estaba listo para tan profunda intromisión─ Muévete.
Gimió la orden y su pareja obedeció. El hombre empezó a mover sus caderas con suavidad, a un ritmo que los hacía suspirar a ambos, y poco a poco fue aumentando la velocidad según la necesidad de su placer. No les tomó mucho tiempo poder profundizar la penetración y moverse con fuerza. El amante se apoyó con ambas manos sobre los muslos de Hatori para cambiar el ángulo y recibir un golpe directo contra su próstata.
— Ahí está… mi gatito… ─celebró su pareja al oírlo gemir de placer.
— Cállate…
Si bien la respuesta fue dura, ambos hombres sonreían. Esta noche necesitaban tanto del calor del otro que no se dejarían frenar por un apodo tonto. Tampoco es que antes lo hayan hecho, pero el gatito decidió disfrutar la atención, solo por esta vez.
— Te amo ─volvió a susurrar Hatori. Detuvo sus cuerpos y se enderezó para tomar el rostro de su amante con ambas manos─, te amo ─y repitió entre miles de besos en su rostro.
— Hatori… espera… ─las manos de Yuu, su amante, sujetaron la cabeza del hombre, intentando redireccionar la atención─ no te detengas… ─suplicó.
La nueva postura de Hatori y su ataque de besos había detenido las penetraciones y Yuu solamente podía frotarse, pero eso no le bastaba.
— Te amo.
— Ya te oí.
— Te extrañé tanto… ─sus ojos se tiñeron con ese profundo deseo de algún día alcanzar el corazón de su amante─, te necesito.
Todos esos años peleando hasta por cosas tan absurdas, como quién se comió las galletas, establecieron el tipo de relación tóxica que mantendrían. Después de ese escándalo dijeron que nunca más se volverían a encontrar, pero el trabajo los obligó y esa misma mirada que Hatori tenía ahora Yuu la vio varias veces: cada vez que llegaba al estudio de un dibujante, cada vez que opinaba sobre algún sombreado y cada vez que se iba. Hatori lo miraba de una forma que él no quería entender en ese momento hasta que un día no pudo ignorarlo más.
Un día, Yuu se decidió a enfrentarlo y semanas después, cuando se encontraron los dos a solas en un ascensor, se atrevió a hacerlo. Lo que más recordaba de ese momento era el fuerte latir de su corazón.
— ¿Por qué siempre me ves así? ─le hizo ahora la misma pregunta de esa conversación.
— ¿Así cómo? ─en esta oportunidad, en la intimidad, Hatori preguntó en un tono suave, esa vez fue hostil.
— Así como si quisieras decirme algo.
— Tengo tantas cosas que decirte… ─empezó Hatori.
— "…y no sé por dónde empezar" ─completó Yuu.
— Tan insolente, como siempre.
Se alzó una sonrisa cómplice en sus rostros. Los besos no se hicieron esperar y la actividad volvió con la misma intensidad que ambos cuerpos deseaban.
(…)
La noche avanzó y la lluvia terminó por ceder. Yuu descansaba boca abajo con el rostro hundido en la almohada, como si así pudiera recuperar el aliento. Sobre él descansaba su pareja, Hatori, también intentando recuperar el aliento, pero con el rostro hundido entre los cabellos de Yuu. Sus brazos aun abrazaban el cuerpo de su amante, como si todavía no fuera suficiente, pero después de cuatro rondas y tres cierres de ciclo en el cuerpo ya no tenían la energía para seguir.
— ¿Qué hora es? ─preguntó Yuu, al fin sacando la cabeza de la almohada y mirando con un ojo su entorno.
— Son las… 11:52 ─respondió Hatori mirando su reloj pulsera.
— A esta hora… ─carraspeó Yuu con la garganta seca.
— Espérame un momento, te traeré agua.
Hatori finalmente salió de la cama para buscar el agua. Al volver, esperó que Yuu se sentara en la cama para entregarle el vaso.
— ¿No vas a tomar agua? ─preguntó Yuu después de tomar un sorbo. Vio a Hatori recoger la ropa del suelo y dejarla doblada en una silla.
— No, tengo que salir ahora si quiero alcanzar el último tren.
Yuu solamente hizo un sonido de asentimiento mientras lo veía vestirse. Todas sus noches juntos terminaban así, después de saciar su lujuria el visitante se devolvía a su propio departamento. Dos años de relación y todavía no podían amanecer juntos porque así lo habían acordado. Aunque la verdad es que Yuu fue quien impuso sus condiciones y Hatori quien decidió someterse y aparentemente estaba conforme con solamente poder tocarlo con su consentimiento, llegaba al punto de parecer masoquista cuando sonreía con los malos tratos que recibía, pero ambos sabían que esa no era la naturaleza del hombre.
Hatori siempre fue un hombre de pocas palabras y en el trabajo era conocido por parecer serio y estoico, nadie se atrevía a llevarle la contra o empezar discusiones con él, y cuando estaban los dos a solas Yuu podía gritarle todo lo que quisiera sin sufrir las posibles consecuencias de sus actos. Al principio de la relación Yuu logró sacarlo de sus casillas y se vio acorralado contra la pared en más de una ocasión, pero el hombre nunca lo tocó con brusquedad y con el paso de los meses dejó de reaccionar así; en vez de levantarse y enfrentarlo, bajaba la cabeza, se quedaba callado y cuando lo miraba lo hacía con ojos de perro abandonado. Pero una vez estaban en la cama, en pleno acto sexual, Hatori se movía con tal vigor que Yuu siempre terminaba con el rostro bañado en lágrimas y agotado por el fuerte placer que recibía. No, Hatori no es un hombre que puedas describir con palabras como sumiso o masoquista, él es un hombre dominante y Yuu era el masoquista, de no serlo no estaría con él y tampoco podría pedirle más.
Teniendo todo eso en mente Yuu observó a su pareja vestirse con prisa. Estaba casi listo cuando recordó algo.
— El otro día me encontré con Takano-san ─empezó a contarle─. ¿Sabías que están buscando más personal? Al parecer aumentó la cantidad de publicaciones.
— Ya veo ─le respondió Hatori abotonando su camisa.
— ¿No quieres volver a trabajar con mangas shoujo?
— Estoy aprendiendo mucho con los mangas shonen.
— ¿Dices que ya no te interesa?
Hatori se volteó hacia su amante mientras metía la camisa dentro de los pantalones, observándolo con una expresión de duda en el interés de su amante.
— Si Takano-san me necesitara, él mismo me llamaría.
— Ya veo ─asintió Yuu─. ¿Podrías traer mi portafolio? Está en la mesa de comedor.
El editor no se lo pensó mucho, salió rápidamente de la habitación y casi de inmediato volvió con el portafolio solicitado.
— Gracias ─recibió el objeto y de inmediato se acomodó en la cama mientras Hatori terminaba de reunir sus cosas─. También me dijo que estaban haciendo un concurso entre los asistentes con los que suelen trabajar y me invitó a participar.
— ¿Para trabajar como editor?
— No, para trabajar como mangaka ─sacó de la carpeta unas hojas y se las mostró a Hatori─. Este es mi borrador… ─ahora no sabía cómo seguir. Se quedó con el brazo extendido, pensando en su siguiente movimiento. Al ver que Hatori no se acercaba sacudió las hojas, esperando que las tomara, pero pronto se arrepintió, las empezó a ojear rápidamente y luego se enderezó─. Bueno, pensé que podrías ayudarme, pero si no te interesa el género, entonces…
— Déjame verlo ─su pareja se sentó en la cama, esperando que le entregara los papeles. Una vez los recibió miró nuevamente su reloj pulsera y se levantó─. Puedo verlos esta noche y mañana te los devuelvo con observaciones.
— Preferiría ─lo tomó de la manga de la camisa y lo volvió a sentar en la cama─ que lo viéramos juntos mañana ─se acercó más a Hatori para buscar una hoja─. No estoy muy seguro de esta parte, no estoy sé si la escena transmite los sentimientos con claridad.
Se devolvió unas pocas hojas y le señaló un cuadro de diálogo para explicarle el desarrollo de las siguientes páginas hasta la parte con la que no estaba conforme, le explicó qué era lo que había pensado en su momento cuando hizo el borrador y siguió avanzando en la historia que había creado para escuchar las opiniones de Hatori. No tardó en motivarlo. Hatori revisó las siguientes páginas leyendo rápido y cambiando las hojas él solo mientras Yuu se acomodaba a su espalda y le abrazaba por la cintura. Hatori señaló algunas partes que podrían mejorar y Yuu lo escuchó con atención.
— Bien, mañana lo trabajamos con calma. Tengo que ─decidido volvió a mirar la hora e intentó levantarse nuevamente, pero al darse cuenta de que era tarde se detuvo.
— ¿Qué hora es? ─preguntó Yuu apretando el abrazo y pegándose más a su cuerpo.
— Son las 12:36…
— Ya salió el último tren.
— Voy a tener que pedir un taxi ─se lamentó Hatori y volvió a intentar levantarse─. Voy a pedirlo abajo. Nos vemos mañana.
Tomó las manos de Yuu para que lo soltaran, pero en vez de que eso pasara, el agarre se fortaleció, y cuando giró la cabeza para protestar Yuu lo besó.
— ¿Cuándo vas a entender mis indirectas? ─le preguntó Yuu muy serio.
— Necesito escucharlo directamente de ti.
Hatori tomó una de las manos de Yuu sobre su vientre y le acarició el dorso con el pulgar mientras esperaba oír sus deseos. Lo sintió reacomodarse contra su espalda, al parecer buscando las palabras adecuadas. La cabeza de Yuu cayó sobre su hombro y lo sintió exhalar profundamente.
— Es tarde, hace frío y tú estás cansado. ¿Qué tal si te pasa algo por quedarte dormido en el taxi?
— Soy hombre, no me va a pasar nada.
Yuu gruñó contra su hombro, frustrado porque no quería decirlo en voz alta. Por su parte, Hatori estaba pasando un buen momento, le quedó claro que Yuu quería que pasara la noche con él, pero quería escucharlo directamente, quería que no hubiera dudas entre ellos. Y esperó ansioso por esas palabras que quiso oír tantas veces, pero tenía prohibido.
Pasaron un eterno minuto así hasta que Yuu se decidió. Aflojó su abrazo en la cintura del hombre y con torpeza tiró de la camisa para sacarla de los pantalones de Hatori.
— ¡Me cansé! Sácate esa camisa y pantalones, ahora te presto algo para dormir ─terminó de desordenar la camisa y de un salto salió de la cama en dirección a su armario. Se puso sus propios pantalones de pijama antes de hurgar sus cajones y sacar una camisa y pantalón extra que arrojó contra el pecho de Hatori─. Esta noche te quedas acá, conmigo. Es una orden. Y pobre de ti si no te encuentro acostado cuando salga del baño.
Dicho esto, Yuu salió de la habitación y de un portazo se encerró en el baño.
Una orden era una orden y, por más brusco que sea Yuu, cada paso que daba hacia el corazón de Hatori una pequeña parte de su alma se sanaba. Una sonrisa relajó la expresión del editor, se cambió de ropa y arregló la cama.
Cuando Yuu volvió a la habitación vestido con su propio pijama, vio a su pareja sentado en la cama, sin tapar y sin pantalones, solamente con calzoncillos. Lo más probable es que los pantalones de Yuu fueran una talla más pequeña que la de Hatori.
— Tápate ─le ordenó tomando su lugar en la cama y, dándole la espalda a Hatori, se tapó hasta las orejas.
Apagaron las luces y desde cada extremo esperaron que la noche trajera pronto el merecido descanso. Sin embargo, Yuu despertó pocas horas después por un escalofrío que recorrió su espalda. Naturalmente, se reacomodó en la cama para buscar una nueva postura que lo relaje, pero al acostarse hacia el centro de su cama no pudo controlar el terror que se instaló en su pecho.
Frente a su rostro estaba el de Hatori, durmiendo profundamente. Recordó que al momento de apagar las luces ambos se acostaron dándole la espalda al otro. Es muy probable que, entre sueños, Hatori se girara en la cama y terminara mirando hacia Yuu. Puede que sea por la costumbre de dormir solos que ambos, inconscientemente, tienden a rodar hacia el centro de la cama. El problema en esta oportunidad era que Yuu era consciente de los pocos centímetros que los distanciaban, Yuu casi lo tocó al voltearse. Una alarma en su cabeza le hizo preguntarse: "¿Me atacará mientras duermo?"
No lo quería admitir, pero todavía le temía a Hatori. Se acomodó bien en la cama para mirarlo de frente. Analizó su rostro e intentó racionalizar su miedo. Sí, su cuerpo e inconsciente tenían motivos suficientes para desconfiar de este hombre, pero su cabeza y corazón también lo desean, no quería que la noche terminara y que volviera a alejarse. Quería verlo, conversar con él, saber cómo terminó el ciclo esta vez, qué chisme podía tener de la oficina, si tuvo problemas con algún artista o con la imprenta. Quería escuchar su voz y pasar tiempo juntos.
Mientras racionalizaba sus pensamientos y buscaba calmarse también hizo una nota mental de los rasgos del rostro de aquél que llamaba pareja. La forma de la cara de Hatori es rectangular, pero de perfil se nota lo puntiaguda que es su barbilla; la línea de su pelo encuadra su frente, pero por la proximidad pudo notar que una esquina estaba ligeramente más pronunciada que la otra. Tomó nota mental: intentar no tirarle mucho el pelo. De forma inconsciente inspeccionó su propia línea del pelo para corroborar si él también tenía o no indicios de calvicie.
Notó que la frente y las oscuras cejas de Hatori no estaban tensas, un detalle tan simple pero que suavizaba su expresión. Siguió con los ojos y las oscuras ojeras. A veces se cuestionaba si Hatori había tomado una buena decisión al renunciar su puesto en Marukawa para empezar casi de cero en otra editorial más pequeña. No podía evitar preguntarse si en su puesto anterior tenía menos ojeras, aunque tampoco era como si pudiera hacer una verdadera comparación porque en esa época nunca le prestó mucha atención a su aspecto.
Siguió bajando, ahora por el ancho tabique de la nariz de Hatori hasta llegar a los finos labios. Recordó el último beso que se dieron, un beso superficial que él le dio. Quién le iba a decir que besar algo tan delgado se podría sentir tan bien.
Y, para terminar, sus ojos se entretuvieron en la insipiente barba de Hatori, no se veía bien por la falta de luz, pero al tacto pudo sentir algunos vellos rasguñar la punta de sus dedos. En ese momento, cuando sus dedos recorrieron la línea de la mandíbula de su pareja, los ojos de Hatori se abrieron levemente. Yuu se congeló en el instante que sus miradas se cruzaron, pero Hatori, con toda la calma de una persona dormida, solamente reaccionó a tomar la mano de Yuu y besar su palma antes de seguir durmiendo.
De nuevo sintió un escalofrío recorrer su espalda, pero estaba dispuesto a superarlo, no quería sentir miedo en la compañía de este hombre. Eso lo hacía sentir débil y chocaba de frente con el afecto que sentía por él. Para espantar sus miedos apretó la mano de Hatori y cerró los ojos, ahora pensando qué podría preparar para el desayuno. Para los dos. Una comida para ellos dos.
Sin embargo, no dejó de pensar en los sentimientos que Hatori despertaba en él y deseó nunca confesarlos, por el bien de ambos.
(…)
A/N: Ay, me cuesta dejar ir esta historia. ¡Qué difícil y qué extraño! ¡No pude evitarlo! Quiero seguir escribiendo sobre este romance (?), pero a la vez me pregunto qué más puedo hacer con estos personajes cuya relación no quiero emular. ¡Pero este de verdad que es el fin! (Aunque... ¡No, para! :')
De nuevo, muchas gracias por leer esta historia tan compleja (al menos para mí lo es) y un abrazo enorme libre de corona a todos los que me dejaron y dejan comentarios.
