Capítulo 13: Terror
"El miedo es la reacción que nos advierte del peligro"
Neelas Amaranta
18 años
Distrito 10
"Para una mente bien organizada la muerte no es más que la siguiente aventura"
La arena ha resultado ser una casa vieja. La cornucopia estaba en el patio y ahora Stock y yo caminamos por lo que parece ser la planta baja. Hemos dejado atrás un salón muy grande repleto de muebles antiguos y ahora hemos llegado a una especie de sala de juegos. Stock se deja caer en un sofá de cuero. Tiene toda la ropa manchada de sangre y cuando se quita la túnica, totalmente empapada, puedo ver que no solo se trata de la sangre del chico al que mató. Tiene toda la camiseta desgarrada y a través de ella puedo ver las heridas que el profesional le hizo antes de morir.
Stock se mira el pecho como si no supiera muy bien qué hacer. Si Angie estuviera aquí ya le habría dicho que debía desinfectarse las heridas. Ella era la que tomaba las decisiones de los dos. El pensamiento me apena, pero no tengo tiempo para llorarla, no cuando he de ocuparme del aliado que me queda.
Reviso la sala. El alcalde tiene una parecida, aunque más pequeña. No obstante, hay las suficientes similitudes entre las dos como para que sepa lo que tengo que buscar.
Encuentro mi objetivo debajo de una barra al fondo de la estancia. Abro la puertecita y allí está, una nevera llena de bebidas. Es lo que el alcalde llama un minibar. Rebusco entre las botellas de licor hasta dar con una que solo contiene agua. La abro y la huelo, pero no noto nada extraño, así que voy junto a Stock para desinfectarle las heridas. Él no tiene inconveniente en quitarse la camiseta y dejarse hacer. Parece bastante aliviado de que otra persona que no sea él tome las riendas de la situación.
Parece increíble que este chico tan dócil y tranquilo haya sido capaz de matar a un profesional. No obstante, lo ha hecho. Imagino que ha debido de ser una experiencia horrible para él. Carraspeo incómodo. No tengo claro de qué manera sería mejor abordar el tema. Sin embargo, sé que debo hablar con él. Finalmente me limito a preguntar.
–¿Cómo te encuentras?
–Duele, pero creo que no es nada grave.
–Ya, pero ¿cómo te sientes?
–es raro. Estoy cansado, pero a la vez siento que podría pasarme horas despierto. Pensé que estaría más nervioso, pero creo que en las entrevistas lo pasé peor. No sé. Esto es como irreal. Vi a Angie caer, pero no me hago a la idea. Es como si mi cerebro pensara que ella está por ahí haciendo sus cosas y que volverá en algún momento.
He oído de gente a la que le pasa eso, pero no es mi caso. La imagen del cuerpo de Angie tendido en el suelo con la lanza atravesándola está en una esquinita de mi mente y no se va de ahí por más que intente ocupar mi cabeza con otras cosas.
–es normal que tardes en asumir lo que ha pasado. Fue todo muy rápido.
–Angie era una persona muy viva en todos los sentidos. Me cuesta mucho imaginármela muerta.
Hay una especie de dulzura en su voz. Trago saliva para deshacer el nudo que se ha instalado en mi garganta. No puedo dejarme llevar por la pena. Tengo que seguir controlando la situación. No obstante, la imagen sigue ahí. La veo tan quieta en el suelo, tan falta de vida. El contraste que acaba de hacer Stock solo hace que la imagen sea más aterradora. Necesito cambiar de tema, así que digo lo primero que se me pasa por la cabeza.
–¿Cómo es matar a una persona?
Stock se encoge de hombros.
–No es difícil. Simplemente tienes que no dudar. Antes de hacerlo le das muchas vueltas, pero cuando estás en la situación solo tienes que dejarte llevar. Es tu vida o la suya, así que el instinto te va guiando.
–¿Y después? ¿No te sientes raro?
–La verdad es que no. No pienso en eso. Prefiero no darle muchas vueltas a las cosas. Lo de ese chico ya pasó. Ahora toca seguir.
Siento un escalofrío recorrerme la columna. Me gustaría pensar que Stock está mintiendo, pero creo que dice la verdad. Para este chico dócil y tranquilo no ha significado nada matar a otro tributo. ¿significaría algo para él matarme a mí?
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Deacon Earth
14 años
Distrito 11
"El pájaro, un nido; la araña, una tela; el hombre, la amistad"
La arena es una casa de ricos. Tiene gracia porque Sophie siempre fantaseaba con vivir en una mansión y yo puede que me muera en una, vieja y mal cuidada, pero igualmente elegante de algún modo. Hay un montón de habitaciones y también una escalera, pero he visto que la bruja y una de sus aliadas han subido por allí y prefiero no encontrármelas. Me pregunto qué habrá pasado con la otra. Supongo que habrá muerto. Han sonado siete cañonazos. Yo no vi morir a nadie. Fui el primero en salir corriendo. No cogí nada de la cornucopia, pero mejor eso que ser el octavo cañón.
Sigo explorando la casa y llego a una especie de despacho. Hay un escritorio de madera lleno de papeles. Nunca he sido mucho de leer, pero quizá digan algo interesante. Cojo el primero de la pila y me dejo caer en el sillón enorme que hay detrás del escritorio. Me siento como un gran señor por unos tres segundos, hasta que me doy cuenta de que algo empieza a moverse en mis piernas, muchos algos, de hecho. El maldito sillón era un nido de bichos. Me levanto de un salto y algunas arañas caen al suelo, pero otras siguen subiendo por mi túnica como si nada. Normalmente no me molestan demasiado las arañas, pero esto son los juegos del hambre y ningún bicho puede ser bueno. Me quito la túnica, pero más insectos han ido llegando y ahora el suelo está infestado de ellos. Salgo a correr pisando a algunos en el proceso, pero otros saltan y se me suben encima. Noto algunas de esas cosas corriendo por mis brazos y la piel me empieza a picar, pero no sé si es por los bichos o por el simple acto.
Enfilo un pasillo largo y entro a una especie de comedor. Rita, la chica del tres, está allí mirando por la ventana, pero se vuelve al oírme entrar. Al ver los bichos suelta un grito y se encara conmigo:
–¡No traigas esas cosas hacia mí!
–¿crees que yo quiero tenerlas cerca?
Doy manotazos para quitarme a los bichos de encima. Rita ya se está moviendo hacia una puerta lateral, pero los bichos la siguen. Algunas arañas se han metido debajo de su túnica y suben por sus piernas. Ella hace muecas de asco mientras abre la puerta, pero vuelve a gritar y yo no puedo hacer más que gritar con ella. En la habitación, que parece ser una despensa, hay una enorme tela de araña y en el centro un bicho el triple de grande que las arañitas que me venían siguiendo a mí.
Echo a correr con todas mis fuerzas. Rita está más cerca, así que quizá esa cosa vaya primero a por ella. Es un pensamiento rastrero, pero me da igual. No se ganan los juegos del hambre siendo generoso.
Ella echa a correr detrás de mí. El bicho también corre. Oigo el ruido que hacen sus patas sobre el suelo. Por el rabillo del ojo veo como lanza su tela hacia Rita, que trastabilla y cae haciendo volar la caja que ahora me doy cuenta que llevaba en las manos. Esta se abre y su contenido cae al suelo. Son algunas herramientas. Podría ser algo útil, pero no estoy como para detenerme a coger nada. Lo que me detiene es la tela pegajosa que me hace resbalar a mí también. No sé por qué pensé que el bicho querría ir de uno en uno.
Rita intenta soltarse y estira la mano hacia la caja de herramientas, pero la araña lo nota y se acerca hacia ella.
–¡Distráela para que pueda coger el martillo! –grita Rita.
–¡Ni de coña! ¡Yo estoy más cerca del martillo, así que tú la distraes!
Ella parece que va a discutir, pero la araña está cada vez más cerca y al final asiente y se vuelve hacia ella. Yo avanzo por la tela y alargo la mano hacia el lugar donde ha caído el martillo, que ya está totalmente cubierto de arañas de las pequeñas. Es completamente asqueroso cogerlo, pero lo sacudo como puedo y avanzo hacia donde Rita está intentando zafarse de la araña grande.
–¡dale en la cabeza! –ordena.
No estoy para discutir. Salto usando la tela como un elástico y aterrizo en la cabeza del bicho. Golpeo en la zona donde me señala Rita, donde se supone que está el cerebro del muto (prefiero pensar que es una mutación y que no hay arañas tan monstruosas fuera de aquí) y de repente es como si le hubiera dado al botón de apagado de esta cosa porque deja de moverse y las otras arañas comienzan a retroceder.
Rita y yo salimos de la tela. Ella aún conserva su túnica, pero lleva la capucha bajada y puedo ver que tiene una roncha roja y grande en el cuello. Ese monstruo debe de haberle picado.
Ella suspira y comienza a recoger sus herramientas, quitando las pocas arañas que quedan de ellas. Yo hago lo mismo. Estoy demasiado cansado como para plantearme si eso me conviene o no. Después abrimos la primera puerta que encontramos. Es una biblioteca.
–Estarás contenta –murmuro.
–Sí, estoy llena de gozo –contesta sarcástica.
Examino la habitación en busca de posibles bichos, pero no parece haber ninguno. Veo que Rita hace lo mismo. Luego se lleva la mano al cuello.
–No tendré que chuparte el venneno ni nada así ¿no?
–No, eso es con las serpientes.
Estoy a punto de preguntarle qué se hace con las picaduras de araña cuando un paracaídas desciende al otro lado de la ventana. Me acerco para cogerlo. Es un ungüento que debe ser para las picaduras. Junto con él hay un papel en el que están escritas las firmas de nuestros mentores. No se me dan bien las sutilezas, pero este mensaje es de todo menos sutil. Por ahora debemos permanecer juntos.
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May Belle Swanson
16 años
Distrito 11
"La amenaza de lo sobrenatural es que ataca donde las mentes modernas son más débiles, donde hemos abandonado nuestra armadura protectora de superstición y no tenemos una defensa que la sustituya"
La baranda de la escalera está medio suelta, así que decido no agarrarme para subir. Iralene sigue cogida de mi mano. Con la mano libre sostiene la maza. Yo cogí una hoz antes de dejar el baño de sangre. He visto a mi hermano y a mi padre usarla y en el centro de entrenamiento una instructora me enseñó a defenderme más o menos con ella.
Me pregunto qué arma habría cogido Morganne. No la vi nunca usando utensilios propios de su distrito como la guadaña, así que supongo que habría sido un cuchillo. De todos modos Morganne no tuvo oportunidad de coger nada porque la profesional del uno se lo impidió. Una voz en mi cabeza que suena un poco como la de la propia Morganne me recuerda que la única culpable no fue la chica del uno, que yo impedí que Iralene la salvara. Me digo a mí misma que solo hice lo que era mejor para Iralene, que ir a ayudar a Morganne hubiera sido demasiado peligroso, pero sé que esa no fue la única razón.
No se debe hablar mal de los muertos, pero Morganne era una mala persona. Ella me odiaba y yo la odiaba a ella. Cuando la vi en peligro solo podía pensar en que ella no movería un dedo por mí y en lo bien que estaríamos Iralene y yo solas en la alianza. Fue un momento de egoísmo y eso sumado al miedo que la profesional me inspiraba terminó de hacer que me decidiera por marcharme.
La Morganne de mi mente, que sé que en realidad no es más que mi propia conciencia, me recrimina que fui egoísta, traicionera y cruel. No puedo contradecirla. Es verdad, pero lo más cruel de todo es que no sé si me arrepiento de haberlo sido.
Siento unas incontrolables ganas de llorar. ¿Qué me está pasando? Yo antes no era así. No obstante, me reprimo y sigo avanzando con Iralene.
Ya hemos llegado a la planta de arriba. Es un lugar frío y tétrico. Hay humedades por todas partes y prefiero no mirar los siniestros cuadros que cuelgan en las paredes.
Algunas puertas están abiertas dejándonos ver dormitorios en penumbra. Estamos a punto de entrar en uno de ellos, pero un charco de aspecto sospechosamente parecido a la sangre nos hace decidirnos por la puerta de al lado, que está cerrada.
Al entrar tanto Iralene como yo soltamos un suspiro de alivio. Se trata de una habitación muy normal.
Está llena de polvo, pero no hay manchas extrañas ni cuadros macabros. En verdad parece un cuarto infantil. Hay muñecas y osos de peluche en las estanterías y un caballito balancín.
No hace viento, pero el caballo se mueve hacia delante y hacia atrás. Me pego a Iralene, pero ella me mira con extrañeza. Yo intento sonreír para quitarle importancia. Es una tontería que me asuste de eso. Habrá alguien en la sala de control moviéndolo. Niego con la cabeza y me dirijo hacia la cama con dosel. Descorro las cortinas. Esta vez tanto Iralene como yo damos un paso atrás. Hay alguien tendido en la cama. Es una niña. Está tan quieta que en un principio pienso que está muerta, pero entonces se escuchan gritos en el piso de abajo y abre los ojos. Su mirada es fría y carente de vida. Iralene y yo, aún cogidas de la mano, comenzamos a retroceder. Ella se incorpora en la cama y nos mira. Iralene levanta la maza y yo hago lo mismo con la hoz. Ella nos dedica una sonrisa. Al contrario que sus ojos, su sonrisa sí que parece de verdad. Es incluso dulce, o lo sería si no fuera por esos colmillos que sobresalen más de lo normal.
Esta vez sí que Iralene y yo echamos a correr. Corremos por los pasillos y subimos por otra escalera hasta llegar a una especie de altillo pequeño. Me asomo desde lo alto a mirar el pasillo que hemos dejado atrás para ver si el muto nos sigue. Para mi sorpresa descubro que está vacío. Espero unos minutos más, pero no ocurre nada.
–No nos ha seguido, Iralene.
–Quizá solo estaba ahí para asustarnos –susurra ella.
Quizá tenga razón. Cierro los ojos. Esto es un maldito infierno. Ahora sí que no soy capaz de contener las ganas de llorar.
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Linette Squab
16 años
Distrito 8
"El miedo y la culpa son hermanas"
Al fondo de la casa hay un pequeño invernadero. Parece tan descuidado como todas las habitaciones en las que hemos estado, pero entramos por si hubiera alguna planta interesante.
–Ten cuidado, Tricot –advierte Daisy.
Mi compañero se ha pinchado con una planta espinosa que no sé identificar, pero no parece muy preocupado. A estas alturas lo conozco lo suficientemente bien como para saber el porqué.
–No te preocupes. Solo se ha pinchado el intruso.
Daisy se queda con la boca abierta. Escuchó lo del intruso de Tricot en las entrevistas, pero no hemos tenido tiempo de hablar de ello. Yo lo dejo pasar. Al fin y al cabo Solo ha sido un pinchazo y Tricot parece que está bien.
No parece que haya nada comestible, pero sí que encuentro una planta familiar. La estudié en el centro de entrenamiento. Sus bayas son venenosas. Corto unas cuantas ramitas cargadas de frutos y me las meto en la mochila que conseguía sacar de la cornucopia y que, para mi decepción, resultó estar totalmente vacía. Bueno, ahora ya tiene algo al menos.
Daisy cruza al fondo del invernadero para ver lo que hay en los arbustos más lejanos. Tricot le susurra algo a su intruso. Me acerco para escucharlo, pero antes de llegar a él la puerta se abre.
Frente a nosotros aparecen los tributos del doce. Él lleva un estilete en la mano mientras que ella lleva dos cuchillos. Parece que les sorprende encontrarnos allí, pero enseguida se ponen en posición de ataque. Se me hace un nudo en el estómago. Sabía que tarde o temprano tendríamos que pelear con alguien, pero la perspectiva de que sea con esta niña me incomoda. Ella y el del once son los más pequeños de la edición y tienen la edad de mi hermana Delia.
Tricot y yo intercambiamos una mirada. Yo solo tengo la mochila y él cogió un único cuchillo de la cornucopia. Daisy cogió un látigo porque estuvo practicando cómo usarlo en el centro de entrenamiento y tuvo la suerte de encontrar uno en el suelo. Tuvo suerte de que los profesionales estuvieran ocupados y de que su compañero de distrito estuviera justo en el lado contrario porque se metió bastante cerca de la cornucopia para cogerlo. Se acerca a nosotros con el látigo desplegado.
El chico del doce la mira sorprendido, pero avanza con el estilete en posición. Me pregunto si hay una forma de evitar esta pelea, pero sé que no. Todos tenemos claro a lo que hemos venido.
Daisy y Tricot se lanzan contra el chico. Supongo que lo consideran una amenaza más seria que la niña. Ella se lanza a por mí con sus cuchillos. Es rápida y consigue hacerme un corte en el brazo, pero yo soy más fuerte y tampoco soy lenta. La cojo de la cintura y la levanto del suelo. Ella lanza otra cuchillada que me hubiera dado en el cuello si no fuera porque muevo la cabeza a tiempo. Unos cuantos mechones de mi pelo se quedan enganchados al cuchillo y ella frunce el ceño mientras lanza una cuchillada más con la otra mano. La dejo caer para esquivarla. No quiero hacerle daño, pero sé que en algún momento tendré que pasar de la defensa al ataque.
Gil, así se llama, cae al suelo de culo y yo aprovecho para forcejear con ella por los cuchillos. Tengo cierta experiencia en eso de quitarle a alguien cosas de las manos ya que a veces tengo que solucionar así peleas por un juguete entre mis hermanos menores, pero Gil es más fiera que todos ellos. Me llevo algunas cuchilladas muy superficiales en los dedos, pero finalmente consigo quitarle los cuchillos e inmovilizarla en el suelo.
Miro entonces la pelea de mis aliados con el otro chico y se me cae el alma a los pies. El tributo del doce tiene sujeto a Tricot y presiona el estilete contra su cuello. Daisy aún sostiene su látigo, pero no será lo bastante rápida como para hacer nada antes de que él le clave su arma a Tricot. Nuestras miradas se cruzan y sé lo que tengo que decir.
–Tu aliada por el mío.
–Perdona, querida, pero dudo de que seas capaz de quitarle a mi aliada la vida.
Me muerdo el labio. No sé si sería capaz de cumplir la amenaza, pero tengo que salvar a Tricot como sea.
–déjate de tonterías. Yo suelto a la niña y tú sueltas a mi compañero.
Noto que él se lo piensa.
–Bueno, está bien. Hagamos el trato. Tú no la matas y yo no lo mato.
Asiento y comienzo a soltar con lentitud a la niña. Ella termina de zafarse de mí y entonces su compañero sonríe; me mira a los ojos y clava la hoja de su estilete en el cuello de Tricot. Daisy contiene un grito. Yo no puedo hacerlo.
–¡Mentiroso!
Me suena infantil hasta a mí. Se oye un cañón y el chico deja caer el cuerpo de Tricot. Ardo de rabia y de impotencia. Tricot está muerto y ese cabrito del doce va a salirse con la suya. Alargo la mano y agarro el brazo de la niña, que todavía está cerca de mí. Ella se retuerce para librarse mientras que él avanza para ayudarla, pero ninguno tiene tiempo de hacer nada. Ni siquiera estoy pensando en lo que hago cuando le clavo un cuchillo en el corazón. Estoy demasiado furiosa para pensar en nada hasta que veo los ojos de la cría abrirse de par en par. Solo entonces me doy cuenta de lo que he hecho.
–La he matado –susurro.
El chico del doce, Louie-Louie, me dedica una mueca de desprecio antes de marcharse. Daisy hace amago de seguirlo, pero al final viene hacia mí. ¿Qué he hecho? Miro el cadáver. Tiene la edad de Delia, pero es más delgadita. Parece incluso más pequeña. ¿Qué he hecho?
–La he matado, Daisy. ¿Qué he hecho?
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Tenía ganas de escribir un capi de terror. Espero haberlo logrado.
Las citas son de Elia Barceló, J. K. Rowling, William Blake y las dos últimas de Shirley Jackson.
Encomios:
Puesto 17: Tricot: Me encantaste desde que leí tu ficha y me encariñé contigo desde que empecé a escribirte. Te echaré de menos y Linette te extrañará todavía más.
Puesto 16: Gil: Te tenía muchísimo cariño, pero siempre supe que Linette mataría a uno de los pequeños y te tocó a ti. Tu muerte es de las que más he sufrido hasta ahora.
