Capítulo 17: En los juegos no hay honor

"En el juego de tronos o ganas o mueres"

Daisy Crawford

16 años

Distrito 7

"La luna llena sobre París ha transformado en hombre a Denise"

El himno termina. Esta noche no ha habido ninguna cara. Imagino que los vigilantes han tenido suficiente acción con el incendio de ayer. Hoy estarán entrevistando a los familiares. Solo quedamos siete. Me pregunto quién quedaría en el puesto octavo, qué familia tendría que salir en televisión después de haber perdido a uno de sus miembros. Es un pensamiento morboso, pero no puedo apartarlo de mi cabeza.

También me pregunto qué habrán dicho mis padres de mí. Sé que ellos estarán orgullosos. Yo no he traicionado ni he matado y ellos, que valoran tanto la bondad, deben de sentirse satisfechos. No obstante, también sé que la bondad no hace que ganes los juegos y que si no he matado aún es simplemente porque no he tenido la ocasión.

Linette y yo no nos hemos encontrado con nadie más después de huir de la casa. Hemos estado vagando por el bosque desde que salimos. Queremos alejarnos de la casa lo más posible para reducir las posibilidades de un encuentro desafortunado, al menos por un tiempo. Sería demasiado pedir que el resto se matara entre sí y solo quedáramos nosotras dos. Mis padres no se sentirían orgullosos, pero no puedo evitar pensar, por muy rastrero que suene, que si eso pasara yo sería la ganadora. Tengo un látigo mientras que Linette está desarmada. No sería una lucha justa, pero supongo que no hay nada justo en los juegos.

–Ese maldito del doce no ha muerto todavía.

Linette camina delante de mí, así que no puedo verle la cara, pero supongo que está poniendo esa mueca de desprecio que pone siepre que habla de Louie-Louie. Ha concentrado todo su odio en ese chico. A mí solo me provoca indiferencia, pero no fui yo la que mató a la niña. Debe de ser más fácil odiarlo a él que odiarse a ella.

–¿Pretendes enfrentagte a él si nos lo encontramos?

Lo cierto es que nunca ha hablado de eso. Solo se limita a decir lo mucho que lo odia. Linette suelta un gruñido como respuesta.

–Tampoco hace falta ponegse así –replico.

Ella se vuelve irritada.

–No he sido yo. ¿Qué crees que soy, un hombre lobo?

Nada más decir esto se tensa por completo. No puedo ver bien su rostro porque está oscuro, pero yo diría que está bastante asustada. Alza una mano y señala a un punto detrás de mí. Me doy la vuelta lentamente y entonces vuelvo a escuchar el gruñido, pero esta vez sé exactamente de dónde sale y sí, en efecto, ese ruido lo ha hecho un hombre lobo.

Retrocedo un paso despacio. Nunca he tenido que trabajar en los bosques del distrito, pero a todos los niños del siete nos enseñan en la escuela lo que hay que hacer si nos encontramos con una bestia: nada de movimientos bruscos ni de sonidos fuertes. Linette también debe de saberlo porque retrocede poquito a poco, igual que yo. La bestia no nos quita ojo, pero por ahora no hace ademán de ir a atacarnos.

Es una criatura realmente extraña. Camina a cuatro patas, pero tiene manos y pies con unas uñas larguísimas y manchadas de tierra. Su cuerpo es más grande que el de cualquier persona y está cubierto de pelo y rematado por una larga cola, pero su cara es lo más espeluznante. Es una mezcla entre rasgos caninos y humanos. Está también recubierta de pelo marrón y enredado, como todo lo demás, pero en sus ojos hay una inteligencia que va más allá de la que cualquier animal pueda tener.

Estoy demasiado ocupada mirando a la bestia como para mirar por dónde estoy pisando y mis pies chocan con una rama tirada en el suelo provocando un crujido perfectamente audible en la quietud del bosque.

Parece ser la señal que el monstruo estaba esperando para atacar. Salta y se lanza sobre mí. Alzo el látigo para defenderme, pero el golpe no parece provocarle ningún dolor. Linette comienza a trepar a un pino cercano, pero yo no tengo tiempo de hacer lo mismo. Sigo agitando el látigo. La cosa lo esquiva, pero al menos no se acerca más.

–¡Tienes que estrangularlo! –grita Linette desde el pino.

–Es muy fácil deciglo desde ahí arriba –murmuro.

El bicho se acerca más. Le doy en la cara con el látigo, pero eso solo parece enfurecerlo. Intento alcanzar su cuello, pero tengo que esquivar una ráfaga de dentelladas demasiado cerca para mi gusto. Retrocedo y mi espalda choca contra un árbol. Alzo el látigo aunque sé que será en vano. No obstante, algo impacta contra la cabeza de la criatura, que se vuelve en busca del origen del impacto. Un segundo objeto cae en su lomo y puedo ver que es una piña. Linette, aún en su pino, tiene otra en la mano, preparada para lanzar. Le hago un gesto y ella la suelta a la vez que yo me tiro hacia el monstruo, que ha dejado el cuello espuesto. Lo rodeo con el látigo y tiro y tiro de él, pero la bestia es fuerte. Estrangularla no va a ser tan fácil como yo pensaba. Lo sujeto como si se tratara de un perro al que pasear con correa, pero se revuelve lanzando zarpazos y mordiscos. Una de sus garras me araña la pierna y grito de dolor mientras caigo al suelo. Entre sus garras veo enganchado un girón de piel, pero no tengo tiempo de procesarlo bien cuando noto sus dientes clavados en mi brazo. El látigo se me escapa y sale volando. Siento cómo me desgarra el brazo. Linette le tira otra piña, pero el bicho está demasiado ocupado con su presa. Cierro los ojos y entonces escucho un aullido rabioso. Al abrirlos veo que Linette tiene al bicho agarrado por la cola. Él se vuelve en dirección a ella con las fauces abiertas y entonces Linette tira algo dentro de ellas. El muto se acerca y Linette pega un salto hacia atrás. La cosa la sigue. Sin embargo, a medio camino suelta un gañido de dolor y cae al suelo.

Linette corre hacia mí. Me dice algo, no sé qué de unas bayas, pero no puedo escucharla bien. Los ojos se me cierran. Siento como si la vida se me fuera por la pierna y por el brazo.

Noto a Linette a mi lado. Dice cosas que puedo oír, pero no entender: palabras como "Tranquila", "bien" y "paracaídas".

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May Belle Swanson

16 años

Distrito 11

"En los salones de reyes que ya no están Jenny baila con sus fantasmas"

Despierto de una pesadilla confusa en la que se mezclan recuerdos con cosas que nunca han pasado. Llevo el brazo a mi hoz instintivamente antes de darme cuenta de que se trata del que tengo roto. Me han llegado vendas y un minibotiquín capitolino, pero no he podido hacer demasiado. Intenté improvisar un conjuro de curación por si eso servía para que me enviaran algo más fuerte, pero no recibí nada más. La Morganne de mi cabeza se rio de mi patético intento de brujería. La Iralene de mi cabeza no dijo nada. Ella solo aparece de vez en cuando para recordarme cómo la abandoné, pero al menos no se ríe de mí.

Me siento en la hierba. Escucho un ruido a mis espaldas. Es tan solo el ulular de un buho, pero me pone los pelos de punta. Todo en esta arena me pone los pelos de punta. Respiro hondo. Algo pasa volando por encima de mi cabeza. Alzo la vista para encontrarme con un murciélago. Nunca me han gustado esos bichos, Cojo la hoz con el brazo bueno, pero el animal no parece que tenga intención de hacerme nada. La Morganne de mi cabeza susurra "paranoica" en mi oído.

–Son los juegos del hambre. Creo que tengo derecho a ser un poco paranoica –le contesto antes de darme cuenta de que estoy hablando en voz alta con una voz que solo yo puedo oír.

Morganne sabría convertir este ataque de pánico en una conversación con un espíritu, pero yo no. Yo ya estoy cansada de todo eso.

Un ruido me sobresalta. No obstante, me recupero enseguida. Lo que ha hecho ese ruido no está en este bosque. El sonido de trompetas proviene del Capitolio y solo puede significar una cosa: el banquete.

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Winston Morgan

18 años

Distrito 7

"Allá donde el viento habla y el cielo es más azul. Allá donde las estrellas te iluminan con su luz"

La voz de Lucius Malone, el comentarista de los juegos, resuena con fuerza en el silencio de la noche.

–Cuesta creerlo, queridos tributos, pero este es el amanecer del cuarto día en la arena, todo lo día que puede ser allí, claro –Se escuchan risitas enlatadas antes de que Lucius continúe–. Siete de vosotros habéis sobrevivido y como premio tenemos unos fabulosos regalos esperándoos en el cementerio. Que disfrutéis del banquete.

Teniendo en cuenta que la cornucopia ha ardido junto con el resto de la casa es normal que hayan decidido poner el banquete en otro lugar. Sin embargo, no sé dónde puede estar ese cementerio.

Algo asoma entre los matorrales. Al acercarme veo que se trata de una llamita azulada que flota en el aire. La miro con sorpresa mientras comienza a alejarse de mí. Al cabo de unos segundos se para y gira sobre sí misma. Es interesante. Vuelve a acercarse a mí y se aleja de nuevo. Parece un perro cuando quiere que su dueño lo lleve fuera de casa.

Me acerco para examinarla mejor y la llamita vuelve a ponerse en marcha. Debería dejar de distraerme con ella y comenzar a pensar en cómo encontrar el cementerio, pero cuando dejo de seguirla se vuelve a colocar a mi altura sin permitirme ignorarla. No parece una cosa natural, así que los vigilantes deben de estar controlándola. Quizá ellos quieran que la siga. A lo mejor es la guía para encontrar el cementerio. Al fin y al cabo sería ilógico decirnos que vayamos a un lugar sin enseñarnos el camino.

Echo a andar detrás de la llama. Estoy nervioso. No me he encontrado con ningún otro tributo desde que la alianza se disolvió. Puede que alguien haya decidido no acudir al banquete, pero la mayoría estarán allí y habrá otra pelea.

Sigue sin hacerme gracia la idea de matar. Mi objetivo siempre fue ayudar a las personas, no hacerles daño. No obstante, maté a Vivi, aunque fuera en defensa propia. Podría haber matado a Borealisse, que estaba herida, pero ella huyó y yo preferí quedarme a acompañar a Casian. Él no merecía morir. Era mucho mejor persona que ella. Casian nunca habría traicionado a la alianza como Vivi y Borealisse hicieron.

Me pregunto si Borealisse querrá vengarse de mí, si seguirá pensando que yo fui el traidor y no ella. Si sigue viva ya habrá curado sus heridas de algún modo, pero yo pude ganarle a Vivi y tal vez, por mucho que matar me siga pareciendo horrible, pueda ganarle a ella si nos enfrentamos. Al fin y al cabo si tengo que hacerlo, y a estas alturas de los juegos sé que no me queda otra, es mejor que sea a una traidora como ella.

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Linette Squab

16 años

Distrito 8

"En las noches de difuntos se puede ver una silueta. Es la de una mujer que llora sobre la tumba de Alonso"

La llama azul desaparece cuando Daisy y yo entramos en el cementerio, aunque quizá sería más correcto decir cuando yo entro en el cementerio con Daisy en brazos. He pasado la madrugada más larga de mi vida cuidando de ella, administrándole las medicinas que llegaron en el paracaídas y taponando las heridas lo mejor que pude. Aun así sigue ardiendo de fiebre, aunque al menos está consciente y en sus cinco sentidos.

Somos las primeras en llegar. Examino la zona. Veinticuatro tumbas y nada más. Sé que no puede ser casualidad y lo confirmo cuando leo en una de ellas el nombre del chico del uno y la posición en la que quedó. Hay paquetes encima de algunas tumbas, pero no me detengo a mirarlos. Voy directamente a la que supongo que será la mía.

No tardo en encontrarla ya que están ordenadas, pero no hay nada en ella. El bosque estaba oscuro, pero aquí la luna llena ofrece una buena iluminación y gracias a eso puedo ver con claridad que en la tumba de Tricot hay colocada una caja negra con un doce blanco pintado en la tapa: el regalo de Louie-Louie. Han dejado en la tumba de las víctimas el regalo para su asesino. Daisy no ha matado a nadie, pero yo tengo un regalo esperándome en la tumba de la niña del doce.

Suspiro. Daisy no es demasiado alta y es de complexión delgada, pero los brazos se me empiezan a cansar. La dejo en el primer sitio disponible, que resulta ser la parte superior de mi tumba. Es una visión macabra la de ella tumbada ahí con un brazo y una pierna cubiertos de vendajes manchados de rojo, pero ella no dice nada y yo tampoco.

Suspiro y me dirijo a la tumba de la pequeña Gil Garland. Allí está, una caja negra con un reluciente ocho blanco. La cojo con cuidado, como si temiera que la niña fuera a salir de su tumba para matarme, a pesar de que sé que ella no está enterrada ahí. Al abrir la caja encuentro un bote de cristal con un líquido blanco que parece leche. Me quedo mirándolo unos segundos. Es una tarea sencilla.

Tarea #1: Curar a Daisy

Paso 1: Llevarle la medicina.

Paso 2: Dársela.

Es muy simple, pero otra idea se cuela en mi cabeza. La medicina es blanca como la leche. A veces las cosas más anodinas pueden despertarnos un recuerdo. En mi caso es el de mi propia voz

«¿Quién se ha bebido la leche envenenada?»

Pero la leche de Marie-Claire no estaba envenenada. Saco de mi bolsillo la última de las bayas que cogí en el invernadero justo antes de matar a Gil. Miro a Daisy. Ha vuelto a cerrar los ojos y tiene la cara cubierta de sudor. Casi sería un acto de piedad. Mejor una muerte indolora que lo que otra persona podría hacerle. Por mucho que la medicina la cure ella no está en condiciones de pelear. No va a ganar de todas formas.

Echo la baya en la medicina y me dirijo hacia mi aliada. Ella abre los ojos y se incorpora como puede para tomársela.

–Gracias, Linette.

Es lo último que dice. Después cierra los ojos, pero los vuelve a abrir cuando siente el dolor. Me mira y es como si me estuviera gritando que soy una traidora. Sé que esa mirada me perseguirá mientras viva, si es que salgo viva de aquí. Le cierro los ojos. Es una señal de respeto, o quizá no, quizá solo es que quiero escapar de esa mirada aunque sepa que nunca podré hacerlo.

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Louie-Louie Oddity

16 años

Distrito 12

"El enemigo de mi enemigo es mi amigo"

La imagen que me recibe al llegar al cementerio es hermosa por lo trágica. Allí está la chica del siete tumbada sobre una de las tumbas mientras su aliada, la chica del ocho, le cierra los ojos con pesar. Si Linette Squab fuera una heroína de novela ahora mismo estaría recitando unos versos en honor a la pobre Daisy, pero no lo es, así que se limita a mirarme con rencor. La ignoro. Es más urgente saber cuál es el regalo que me espera. Si entiendo bien el dramatismo del asunto, el regalo debe de estar en la tumba de cada uno, mas mi tumba se encuentra vacía.

Linette me señala la tumba de su compañero, en la que reposa una cajita.

–Ccoge tu regalo, asesino –espeta.

–Mi memoria nunca me ha fallado y, si mal no recuerdo, tú también has matado.

–Maté a esa niña por tu culpa.

Parece a punto de llorar. Puede que le pese haber matado a la dulce Gil, pero creo que hay algo más. Observo la botellita en su mano. Puede que no sea verdad, pero a veces hay que sacrificar verdad en favor de espectáculo.

–Puede que sea a mí a quien de la muerte de Gil haya que culpar, pero de la muerte de tu aliada no se me puede acusar.

Hago un gesto en dirección a la botella vacía. La manera en que el rostro de Linette se contrae de rabia me indica que he dado en el clavo, pero no tengo tiempo de celebrarlo cuando ella se abalanza sobre mí. Saco el estilete con presteza, pero Linette no me lo va a poner tan fácil. Se tira sobre mí y me desequilibra haciendo que los dos caigamos al suelo. Agarro mi arma con fuerza, pero ella me clava las uñas hasta que consigue que abra la mano y la suelte. Parece una perra rabiosa, pero yo no me quedo atrás.

Atacamos con puñetazos, arañazos, patadas y algún mordisco. Yo enredo los dedos en su pelo y tiro de él, pero ella rodea mi cuello con sus manos hasta que siento que me quedo sin aire. Morir sin poder hablar es la peor muerte para un poeta.

No obstante, una figura se alza sobre nosotros y me la quita de encima. Es Everet. Mi antiguo aliado ha vuelto para salvarme. Es un giro inesperado para la trama, pero ciertamente épico.

Everett sujeta a Linette, pero ella se debate y consigue soltarse. Sin embargo, ahora somos dos contra una. Me levanto y recojo mi estilete del suelo. Linette, de espaldas, no me ve venir, pero Everet me facilita el camino hacia la espalda de la chica. Suena un cañón. A juzgar por la pelea que está teniendo lugar al otro lado del camposanto, no será el último de este banquete.

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Borealisse Lavis

17 años

Distrito 1

"Silenciosa como una sombra. Rápida como una serpiente"

La garra de oso se siente firme entre mis manos. Todo se ha desmoronado en estos juegos, pero nunca he perdido mi arma. Eso es una buena señal. En estos días he recibido medicinas para curar mis heridas. Aún me duele el pecho si hago movimientos bruscos, pero estoy mejor. Ahí fuera debe de haber un capitolino gordo y rico que haya dado su colección de johyas por mí o algo así porque patrocinios no me han faltado. Soy la única profesional que queda, al fin y al cabo.

Pensándolo en frío creo que Vivi y yo nos equivocamos. Me cuesta demasiado ver a Casian, Astor y Winston trazando un plan a nuestras espaldas. No obstante, tampoco es que vaya a pedirle perdón a mi antiguo aliado y ciertamente Winston no se ve como si quisiera concedérmelo.

No tengo un interés especial por pelear con él, pero ya que se acerca es tan buena víctima como cualquier otro.

Tiene un cuchillo en cada mano. Supongo que debió de cogerlos de los que había en la cornucopia antes de que todo se quemara. Se dirije hacia mí a buen paso, pero yo no me voy a quedar esperándolo. En un segundo me tiro a por él y lanzo un tajo con la garra de oso. Él tiene problemas para esquivarlo y más aún cuando lanzo otro más y otro justo después. Esa es mi especialidad: atacar sin pausa para no dar tiempo a devolver los ataques.

Él hace lo que puede, pero le cuesta seguirme el ritmo. Parece sorprendido. Le dedico una mirada burlona.

–¿Qué esperabas, un duelo de esos con reverencia y ataques por turnos? Esto son los juegos del hambre.

–No esperaba nada de ti, traidora.

Lo que ha dicho le ha sorprendido hasta a él. Winston no es una persona de discusiones. Me echo a reír mientras seguimos intercambiando golpes. Winston ha cogido carrerilla y ahora consigue atacar además de esquivar, aunque los dos somos lo bastante rápidos como para no estar haciéndonos demasiado daño.

–Sí, fui una traidora ¿y qué?

–Que yo tengo razón.

Lo dice como si fuera una verdad inapelable, como si eso significara algo en esta situación. Lanzo un golpe más bajo de lo normal con la garra de oso. Él se mueve para esquivarlo y entonces veo algo en su cara, primero duda y luego, un segundo después, determinación. Mete una pierna entre las mías y yo trastabillo y estoy a punto de caer al suelo. Consigo estirar un brazo hacia atrás y apoyar la mano en una tumba para sostenerme. Creo que es la mía, porque al lado estoy viendo la de Astor. Eso sí que no me lo esperaba. Estoy a punto de abrir la boca para decirle que eso no es jugar limpio cuando se agacha. Alzo la garra de oso con la otra mano, pero él me mira con decisión y antes de que me dé tiempo a hacer nada coge mi cabeza y la golpea contra el filo de la tumba una vez y otra y luego otra más. Esa es la estrategia: golpear tan rápido que no tenga tiempo de defenderme.

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Everett Walsh

18 años

Distrito 6

"El orgullo no da de comer"

Dejo caer el cadáver de la chica del ocho. Louie-Louie me dedica una sonrisa. Es increíble como es capaz de parecer un príncipe de cuento incluso en esta situación.

–La rueda de la vida ha girado y volvemos a encontrarnos, aliado.

Quiero decirle lo que había preparado por si nos encontrábamos, que el dolor por la pérdida de Kaylee me cegó y que por eso no pude encontrarlos y que creo que una alianza temporal en contra del resto nos podría venir bien. Es la verdad. Me hubiera ido mejor si me hubiera quedado con Louie-Louie, que está bastante bien y tiene pinta de no haber tenido escased de patrocinadores. Además, cualquier aliado es bueno en esta situación. No obstante, me quedo mudo viendo la pelea de los profesionales. Parece que no hemos sido los únicos aliados que hemos tenido problemas.

El chico del siete golpea la cabeza de su aliada una y otra vez hasta que suena el cañón. Entonces la deja y se vuelve hacia nosotros dos. Louie-Louie, en guardia, coloca en posición su estilete, pero el chico del siete respira hondo y le hace un gesto para que se detenga.

–Quedamos tres –dice.

–Cuatro –digo yo.

Señalo hacia la tumba tras la cual se halla escondida la bruja del once. Ella se apresura a salir de su escondite sosteniendo una hoz. El chico del siete le hace un gesto similar al que hizo con Louie-Louie para que la baje.

–Quedamos cuatro –comienza de nuevo–. Creo que podemos resolver esto de la manera más justa posible. Podemos dividirnos en dos grupos y tener un duelo y que los vendcedores se enfrenten en la final. Es lo más honorable.

Lo miro con incredulidad. La chica parece tan sorprendida como yo. Sin embargo, Louie-Louie suelta una risita, nos dedica una mirada cargada de significado a ella y a mí y alza su estilete.

–Decirte esto me causa un gran dolor, pero, querido, en los juegos no hay honor.

La bruja se adelanta con su hoz en mano.

–En los juegos no hay honor –dice.

Yo asiento y también doy un paso al frente.

–En los juegos no hay honor.

Tres personas echándose sobre una no es justo ni honorable, pero Louie-Louie tiene razón: en los juegos no hay justicia ni honor.

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Aquí el banquete. Sé que dije que habría otro capi antes, pero al final me salió así.

Las citas son de George Martin, Tino Casal, Martin otra vez, de la película Brave (por los fuegos fatuos), de Gustavo Adolfo Bécquer, un dicho popular, otra vez Martin y otro dicho popular.

Encomios:

Puesto 7: Daisy: Has sido valiente y fuerte hasta el final. Has tenido una muerte doblemente fea, pero he disfrutado mucho escribirte.

Puesto 6: Linette: Eras de mis favoritas. Amé llevarte y hacerte hacer todas esas cosas malas de las que sé que te arrepentías.

Puesto 5: borealisse: Sí que eras una profesional de verdad, toda una chica ruda. Me encantó escribirte y puedes estar orgullosa de lo lejos que has llegado.