¡Hola a todos!
Aquí estoy, con mi colaboración de Halloween de este año. A la hora de pensar en una historia, vi que no tenía tiempo de escribir, pero bueno, ¿para que crear nuevas situaciones teniendo a una bruja en nuestra historia? Entonces, esta vez, mi aportación es con un capítulo de esa historia que tengo en edición. La verdad, es que al reescribirla, estoy cambiando bastantes cosas que ya no veo con tanto sentido.
La verdad es que estoy a tope y me cuesta poder ir escribiendo, pero bueno, intento poder seguir escribiendo para intentar actualizar pronto.
Bueno, espero que os guste.
Dislaimer: los personas de MK no me pertenecen, yo solo creo situaciones diferentes a las ocurridas.
Capítulo 1: Aires de cambio
Un nuevo día había comenzado en la capital japonesa. En una mansión, situada algo alejada de las otras viviendas, coronada por varias decoraciones en forma de serpiente, el día había comenzada mucho antes de que el astro rey hiciera presencia en el firmamento. No era para menos, pues allí vivía una bruja de hermosos cabellos rojizos y ojos carmín, poseedora de la magia roja. Había pasado toda la noche realizando hechizos y estudiando sobre nuevos. A pesar de vivir entre los humanos jamás podría dejar de lado el poder que ella tenía, manteniendo el orgullo del clan al que pertenecía. Cuando el reloj marcó la hora, la hermosa joven dejó atrás todos sus artilugios de brujería, preparándose para su jornada humana con más entusiasmo que unos meses atrás. Eran las 8:00 a.m cuando salía de su casa, paseando por las tranquilas y solitarias calles. Al vivir alejada podía darse el lujo de disfrutar de algunos minutos de soledad antes de comenzar a ver el barullo general de una mañana cualquiera.
Nunca había sido una persona que amara la compañía, es más, a excepción de su ayudante no solía tener un contacto de confianza con nadie. Con el tiempo había aprendido a no fiarse de la gente, ni encariñarse con nadie. Solo era una bruja que cumplía sus objetivos, enamorando a todos los que estuvieran a su alcance para afianzar su poder, hasta que cierto ladrón rompió eso, cambiando de cierta forma su manera de ver el mundo. No solo él, con su aparición aparecieron dos personas más en su vida: su amiga de la infancia y razón de su fracaso a la hora de enamorarlo y un detective inglés algo entrometido, que, aunque supo que había caído a sus pies, jamás lo demostró, no como el resto.
Toda su vida había cambiado desde que llegó a esa nueva escuela. Pensó que apenas estaría un par de meses, como siempre, pero al final deseó quedarse allí para siempre. Una pequeña sonrisa se pintó en sus labios mientras empezaba a ver más movimiento por las calles. Todo en su vida parecía estar bien, y así debería seguir. Estaba completamente relajada, hasta que sintió una presencia cerca de allí, una que le hacía estar en guardia. Giró su cuerpo en busca de su procedencia, pero había desaparecido en unos segundos, preocupándola. Miró a su alrededor, los jóvenes estudiantes pasaban, pero nada parecía haber cambiado.
Se mordió los labios. Sentía que algo malo iba a pasar pronto, lo sabía. Estaba tan enfocada en buscar esa energía que no notó como una persona se acercaba a su espalda.
— Buenos días, Akako — exclamó esa voz, haciéndole pegar un salto por la sorpresa girándose para encarar a aquella muchacha, que al verla cambió su rostro de alegría por uno de preocupación - ¿Estás bien? Estás muy pálida.
— No deberías darme esos sustos, Aoko — respondió la bruja roja, intentando relajar su respiración mientras la joven la miraba arrepentida.
Ella era Aoko Nakamori, una de sus compañeras de clase y la amiga de la infancia de aquel mago a quien tanto le debía. Su actual amiga, a la que adoraba por mucho que más de una vez sintiera que le rompía los tímpanos. Su cabello moreno estaba tan alborotado como de costumbre y sus ojos azules brillaban reflejando el arrepentimiento.
— Lo siento, no quería asustarte — se disculpó bajando levemente la cabeza.
— Tranquila, y lo siento por haberte hablado así – dijo la pelirroja suspirando, a fin de cuenta no era por ella que estaba así. Simplemente había cargado su ira con ella, que no se lo merecía. Observó los alrededores en busca de la figura que siempre solía acompañar a aquella muchacha — ¿Dónde está Kaito? ¿Acaso no has pasado la noche con él? — inquirió de manera pícara intentando aligerar el ambiente y de paso, provocar un poco a la chica.
No tardó en tener efecto. El rostro de la muchacha adquirió un tinte carmín ante tal suposición, negando efusivamente con la cabeza, provocando la risa de su compañera — Solo me quedé con él para estudiar. Bastante tengo con aguantarlo durante el día — aseguró desviando la cabeza.
—¿Solo estudiar? Menudo desperdicio — articuló la mujer comenzando a caminar, acompañada por Aoko — Creí que tratándose de Kaito, intentaría avanzar más rápido.
Aoko sonrió dulcemente ante eso — Aunque no lo creas, cuando quiere se comporta como un caballero — manifestó poniéndose a su lado. Akako sonrió en respuesta, sabía perfectamente como era su compañero y lo mucho que apreciaba a la chica — Llevamos bastante poco tiempo juntos, aún nos estamos acostumbrado a esta nueva relación.
— Es normal, después de tantos años juntos es normal que os estéis readaptando a esta nueva situación. Aunque por lo que he podido ver, no os cuesta demasiado — comentó Akako, recordando varias escenas de aquellos dos en aquellos meses desde que habían empezado su relación — Aun así, eso no explica por qué no viene contigo hoy — articuló sagaz, viendo oscurecerse la mirada de la chica.
— Sus bromas, ya sabes – dijo, intentado no tener que decir más detalles, pero la mirada de la pelirroja pedía más, suspiró — Después de la agradable velada estudiando, el tonto no tiene otra cosa que decir que no sea lo bien que me queda el blanco — expuso, inflando las mejillas y sonrosándose al tener que repetir aquellas palabras.
— Vaya, llevaba tiempo sin hacerlo. Creí que estarías ya acostumbrada a ese tipo de cosas — comentó, recordando como ese hecho más de una vez había suscitado fuertes peleas en ellos. La chica la miró y ella suspiró — Sabes como es.
— Claro que lo sé, pero…- se quejó, jugueteando con sus dedos.
— Hay algo más, ¿verdad? — inquirió recibiendo un débil asentimiento en respuesta — No es solo por eso que estás así. ¿Quieres hablar de ello?
La muchacha negó, y le dirigió una cálida sonrisa — Quizás en otro momento. Ahora, dejemos de hablar de Kaito y pasemos a temas más importantes, ¿de acuerdo? — cuestionó emocionada. La bruja asintió sin remedio. Ya hablarían cuando la castaña lo decidiera —¿Tienes ganas de que llegue Saguru?
Ante la pronunciación de ese nombre, la pelirroja no pudo evitar sonreír. Saguru Hakuba volvía esa noche tras un viaje de una semana a Londres para arreglar ciertos asuntos — Claro que tengo ganas. Lo echo de menos — respondió, recibiendo una mirada centelleante de su amiga — Estoy segura de que el día hoy se me hará bastante largo.
Nada más acabar de decir la frase, unas manos taparon sus ojos, sumiéndola en la oscuridad. Sin embargo, no la asustó. Conocía esas manos perfectamente, así como también el olor del cuerpo que la tenía sujeta. Sonrió instintivamente — No puedo creer que me hayas mentido, Saguru.
Las manos fueron retiradas, a la vez que un joven de ojos castaños y cabellera clara se ponía frente a ella — Se supone que me deberías haber dejado preguntar antes de adivinarlo — comentó él divertido, abriendo los brazos, no tardando en recibir el cuerpo de la bruja — Por cierto, yo también te he echado de menos.
—¿Por qué no me dijiste que volverías antes? — preguntó la muchacha de rojiza cabellera, sintiendo como la felicidad la embargaba al abrazar a ese muchacho.
— Quería darte una sorpresa — confesó sin culpa — Y al parecer lo he conseguido.
— De eso que no te quepa duda — sonrió sin separarse de él. Parecía mentira que solo había pasado una semana y lo hubiese extrañado a tal punto.
Se quedaron ahí, abrazados durante varios minutos, disfrutando del contacto ajeno. En un momento dado, Akako recordó con quién hablaba antes de la llegada del detective, pero al buscarla no pudo encontrarla.
Saguru vio su gesto y sonrió — Aoko se fue nada más llegar yo — le explicó, separándose al fin de ella, aunque prefiriera quedarse así — Fue mi cómplice para entretenerte un poco entre que yo llegaba.
Akako se rio. Sin duda Aoko había hecho un gran trabajo. Tomados de las manos continuaron entonces su camino. Saguru sacó su reloj, se acercaba la hora del inicio de la jornada, y si no apresuraban el paso no llegarían. Sin embargo, no corrían. Querían disfrutar mínimamente de ese corto tiempo juntos. Hablaron de los sucesos en esa última semana separados. Saguru contaba orgulloso cómo en su corta estancia, había resulto más de diez casos, mientras Akako lo miraba orgullosa. Esa sensación seguía presente en su cuerpo, pero en esos segundos solo quería olvidarla y disfrutar esa compañía que tanto había extrañado. Sin duda, ella había cambiado mucho.
— Por cierto, hablando de casos. Hoy se cumplen seis meses desde ese día — comentó de pronto, haciendo sonreír nostálgica a su compañera — Parece mentira.
Seis meses habían transcurrido desde la desaparición definitiva del ladrón más famoso de Japón, algo en lo que ambos ayudaron a pesar de sus antiguas diferencias con el travieso mago. Ese fue el verdadero inicio del cambio, iniciado con la destrucción de aquella maldita joya del sufrimiento, objeto que ella misma ayudó a localizar.
— Desde entonces hemos podido estar algo tranquilos — expuso la pelirroja, mirando los ojos castaños de su compañero.
— Con Kuroba eso de estar tranquilos es imposible — rio el detective, haciendo asentir divertida a su compañera — Que, por cierto, ¿dónde estaba? Aoko estaba sola cuando la vi.
— Al parecer han discutido — el castaño puso los ojos en blanco, y ella sonrió, aquella situación era bastante común en esos dos.
— Y seguro que la culpa es de Kuroba — pronunció, recibiendo la afirmación de su novia — ¿Sabes por qué ha sido?
Akako negó. Sabía que lo poco que le había dicho Aoko no era la verdadera razón. Iban a continuar su conversación, sin embargo, el detective notó en su reloj que ya no tenían tiempo para ir relajados, no si querían llegar puntuales. Por ello, ambos apresuraron el paso, hasta llegar a su aula minutos antes de que la campana sonara. Una vez dentro, respiraron tranquilos, y se encaminaron hacia sus mesas.
Akako soltó sus cosas en el pupitre, y revisó la clase. La mayoría de sus compañeros estaban ya presentes, y muchos, la observaban de reojo, como acostumbraban. A pesar de ello, faltaba la presencia de los dos alumnos más ruidosos.
— Parece que esos dos no están — dijo el inglés a su lado, observando hacia las mesas vacías — Creí que Aoko iba delante nuestra.
— Y así era — afirmó la pelirroja — Pero parece que Kaito la habrá interceptado. No es capaz de permitir que ella esté cabreada con él, no mucho tiempo, al menos.
— Si es así, la habrá arrastrado a algún sitio poco concurrido — comentó, cruzándose de brazos — Querrá hablar con ella en privado.
Akako solo asintió, dirigiendo ahora su mirada al cielo. Las nubes empezaban a cubrir lo que en un principio parecía un día soleado.
No muy lejos, en la azotea, estaban los dos alumnos faltantes en el aula. Tal como había previsto el detective, se habían colocado estratégicamente en un sitio nada concurrido, puesto que el acceso estaba restringido. Sin embargo, el inglés no había acertado con su segunda idea. Ambos se mantenían bien pegados, algo ocultos por si a alguien se le ocurría ese día subir, con sus bocas enlazadas y sin mantener espacios entre sus cuerpos. Aoko tenía las manos apoyadas en su pecho, mientras las manos de él, que en un inicio habían estado en su cintura, habían descendido hasta su trasero. No sabían cuánto tiempo llevaban allí, y tampoco les había importado mucho hasta ese momento, pero cuando la campana sonó, Aoko salió de su burbuja, separándose de los labios del mago, pues, si permitía que siguiera, ambos sabían que no saldrían de ahí.
—¿Qué pasa? — inquirió el mago, con un gesto de inocencia que nadie podía creer que fuera real.
—¿No lo has escuchado? Tenemos que ir a clase — respondió, inflando las mejillas ante los gestos indiferentes de su novio.
—¿Es necesario? Ya sabes, es matemáticas. Ambos sabemos que eres la que menos necesitas esas clases — intentó convencerla, apretando su trasero, volviendo a acercarse a milímetros de su boca, volviendo a seducirla y atraerla a esa burbuja.
Ambos estaban a milímetros de unir sus labios, con los ojos cerrados esperando el roce con los contrarios, cuando se escuchó el chirrido de la puerta de entrada, haciéndoles mover la cabeza apresuradamente.
—¿Hay alguien aquí? — preguntó una voz masculina que desconocían.
La pareja, salió de las sombras observando frente a ellos a un hombre unos diez años mayor que ellos, de cabello violeta y ojos ámbar, que los miró esbozando una gran sonrisa.
— Tenía entendido que no debería haber nadie aquí — comentó el hombre, llevando sus manos detrás de su espalda.
Kaito vio su gesto y algo le hizo sentir que ese hombre no era de fiar. Ahora, recuperado de la sorpresa inicial al ser casi pillados, analizó al hombre frente a él. Notó su postura tensa, a pesar de su sonrisa se podía intuir que no esperaba ni le había agradado encontrarlos ahí. No sabía quién era, pero algo le decía que, por desgracia, muy pronto lo sabría.
— Lo sentimos, es cierto que no deberíamos estar aquí. Es solo... — contestó la muchacha, sin poder dirigirle la mirada al hombre, que sí que había centrado la suya en ella.
— Ha sido culpa mía, yo insistí en subir aquí — terminó de responder el mago, enfureciéndose al ver como el hombre no lo miraba, sino que seguía escaneando a su novia de arriba abajo — Será mejor que nos vayamos, o llegaremos tarde a nuestra próxima clase.
Al decir eso, tomó de la mano a la joven, y tiró suavemente. Ella le siguió sin dudarlo, despidiéndose ambos del hombre al salir.
Una vez que los jóvenes se habían marchado, el hombre cambió su expresión alegre a una lúgubre. Cerró la puerta a sus espaldas, asegurándose de que no hubiera nadie, de nuevo. Había sido una sorpresa encontrar intrusos en esa zona, aunque, no había que ser un genio para saber a lo que habían ido allí, pues los labios hinchados de ambos los delataban. Lo curioso, había sido lo familiar que se le había hecho aquella joven, cuando jamás la había visto. Algo en ella lo atraía mucho, a pesar de solo haberla visto apenas unos minutos y en compañía de su novio, que al parecer había notado su análisis. Cuando acabara con su tarea, quizás se dedicaría a ahondar más en aquella muchacha, porque en esos momentos, era algo que no se podía permitir.
Subió su vista al cielo, tornándose sus ojos ámbar en escarlatas, a la vez que un círculo negro se abría ante su vista.
Por los pasillos, Aoko y Kaito deambulaban en silencio rumbo a su correspondiente aula. Sus manos se mantenían fuertemente enlazadas, aunque la cabeza del mago estaba lejos de ese lugar, mientras Aoko lo observaba sin saber si debía hablar. Por su parte, el mago no podía dejar de pensar en ese hombre. Su alarma interna le avisaba de un peligro, algo que como Kid jamás le había fallado.
— Kaito — al final, la mujer se decidió a llamarlo y detener el paso, antes de llegar a la clase —¿Te pasa algo?
Kaito la miró. Sus ojos mostraban confusión, muy diferente a la tristeza y enfado de esa mañana. Sonrió ante su preocupación por él — No es nada, cariño — contestó, tirando de su mano para poder besar su frente — Tonterías mías — la tranquilizó, pues veía inútil preocuparla con sus presentimientos, que bien podrían ser infundados.
— ¿Estás seguro? Si pasa algo malo quizás te retire el salmón de la cena de hoy — articuló, intentando hacer reír al mago, algo que consiguió.
Cuando se habían encontrado esta mañana, Kaito no había dudado en arrastrarla a la azotea, no sin quejas de ella, que al final se lo permitió, aunque no sin avisarle del plato que había pensado realizar esa noche, algo que lo hizo sudar frío. Poco después, estaba disfrutando los besos del mago, dejando atrás el infantil enfado, pues su reacción fue algo exagerada, agrandada por otros sucesos, que, aunque involucraban al mago, no eran culpa de él, solo de ella y sus propias inseguridades.
— Aunque mi amor por el pescado ya es conocido por ambos — ironizó, haciendo sonreír a la chica — Debo reconocer que no me pasa nada — articuló, no dispuesto a preocuparla — Así como también debo añadir que reitero mi postura de hace un par de horas. El blanco te favorece muchísimo, aunque bueno, no he encontrado aún ningún color que no me guste cuando te lo pones — finalizó, aguantando la risa que pugnaba por salir de su garganta, mientras su novia pasaba al tono escarlata.
— ¡Eres imbécil! ¡Y encima yo preocupándome por ti! — estalló, sacando una mopa de quién sabe dónde, con la que atacó al mago, que paró el ataque con una mano, no sin esfuerzo.
— Prefiero verte así que preocupada — comentó, para después, aprovechando su momento de despiste, dejarla caer sobre sus brazos y, a la vez que ella rodeaba su cuello con sus manos para no caerse, él volvía a besarla.
— Sigues siendo imbécil — articuló la mujer, con las mejillas pintadas de carmesí.
— No lo he negado — sonrió el joven, feliz de haberle hecho olvidar el tema anterior.
Así, con las manos entrelazadas, se dirigieron hacia su clase. Tras ellos, observando desde uno de los pasillos, lejos de sus vistas, estaba el hombre que acababa de ver en la azotea, con los puños apretados, casi haciendo sangrar sus palmas. Pues, esa escena con la esa muchacha de por medio, le producía un enfado increíble, sin saber muy bien por qué.
Extrañamente, la profesora de matemáticas aún estaba ausente. Eso permitió a la pareja entrar sin tener que soportar una regañina. Kaito marchó con los chicos, mientras que Aoko se sentó en su pupitre, cansada.
— Ya creí que no apareceríais para esta hora — dijo a su lado la voz de la pelirroja, que se sentó sobre la mesa del pupitre de Kaito, ahora desierto — O bien porque estaríais dando rienda suelta a vuestra pasión o porque lo matarías.
— Sabes que la más probable sería la primera. Si no lo maté por su gran secreto, no creo que haya mucho por lo que lo pueda hacer — le respondió, con una sonrisa algo forzada.
— Aoko…Sabes que puedes contarme lo que sea, ¿verdad? — inquirió, bajando el tono. Aoko asintió — ¿Por qué no me dices que te pasa?
— Porque…Es una tontería. Son inseguridades, ya sabes — contestó, sin embargo, la pelirroja seguía esperando mal. Suspiró — Muchas veces, me preguntó por qué está conmigo — comentó mirando disimuladamente al mago, con una sonrisa triste — Siendo él, tanto como Kaito como el otro, tienen varias pretendientas. Sobre todo, el segundo — manifestó, evitando decir el nombre de Kid — El otro día, vi un programa que hablaba sobre los supuestos romances de Kid.
— Esos son mentiras. Kid no aparece e intentan sacar noticias de dónde no las hay — contrarrestó la bruja, con el ceño fruncido.
— Quizás. Pero, cuando vi a esas mujeres, tan hermosas con grandes pechos y curvas…— cortó, incapaz de seguir. Tampoco hacía falta que dijera más, Akako la había entendido.
— Aoko, tú no eres menos. Eres muy linda, tanto por dentro como por fuera. Necesitas tenerte más confianza en ti misma. Es más, te diré algo. Aunque es imposible que Kaito te deje, si en un giro rocambolesco, llegará a pasar, el perjudicado será él — musitó, para que solo ellas dos se enteraran.
Aoko iba a contestar, pero vio como por la puerta entraba el hombre que habían visto en la azotea, mandando a todos a sus sitios. Akako se fue, pero jurándole que esa conversación seguiría más adelante. Kaito la sustituyó en el sitio, con rostro de pocos amigos.
El hombre, de cabello púrpura se situó frente a la pizarra, escribiendo su nombre en ella.
— Buenos días chicos, soy Erik. Desde hoy en adelante, seré vuestro profesor de matemáticas — se presentó, con una enorme sonrisa.
Se escucharon murmullos. Keiko alzó la mano — ¿Qué le ha ocurrido a la profesora? — inquirió, diciendo la duda de todos.
— Al parecer, sufrió un pequeño accidente de tráfico. Está bien, pero para una recuperación tranquila, ha pedido la baja. Por tanto, el mes que queda, estaréis a mi cargo — explicó, dejando aún más dudas en el alumnado, que no estaban contentos solo con esa explicación.
Los alumnos seguían preguntando, mientras Erik trataba de contestar a todos, mandando alguna mirada disimulada hacia cuatro asientos, aunque concentrándose más en el de cierta chica de ojos zafiros, que miraba al cielo gris.
Akako por su parte, observaba a la castaña, para después seguir el rumbo de su mirada. Su cuerpo le gritaba que estaba en peligro, que debía prepararse para una guerra. Y, aunque deseaba que fuera una falsa alarma, pero en el fondo, sabía que no lo era.
