Disclaimer: Esta historia no me pertenece, los personajes son de Stephenie Meyer y la autora es tufano79, yo sólo traduzco sus maravillosas palabras.
Disclaimer: This story doesn't belong to me, the characters are property of Stephenie Meyer and the author is tufano79, I'm just translating her amazing words.
Thank you tufano79 for giving me the chance to share your story in another language!
Gracias a Yani por ser mi beta en esta historia.
Capítulo Treinta y tres: Finales y proposiciones
BPOV
—Bella, amor, tienes que levantarte —ronroneó Edward sobre mi garganta—. Es un día importante hoy.
—¿Nos fugaremos a Las Vegas? —bromeé.
—Hmmm, tentador —ronroneó Edward, envolviendo mi oreja con sus labios—. Señora de Edward Masen. Bella Masen… me encanta cómo suena eso.
—Tú podrías tomar mi apellido —me reí, abriendo un ojo—. Edward Swan suena bien.
La boca de Edward formó una línea firme con enojo fingido. Sus ojos color esmeralda estaban bailando con diversión.
—Qué graciosa, Swan. Comiquísima. En fin, las gemelas Barbie están tocando la puerta, rogando por entrar y ponerte más preciosa. Aunque me gusta el aspecto que tienes ahora.
—Edward, mi cabello es un desastre, tengo aliento mañanero y marcas de las almohadas. Soy jodidamente sexy —dije inexpresiva.
—Sí lo eres —gruñó, atacando mi cuello. Me reí y me retorcí bajo su agarre. Nos dio la vuelta y quedé sentada a horcajadas en su cintura. Los labios de Edward se encontraron con los míos y nos besamos apasionadamente hasta que un ruidoso golpe llenó nuestra habitación. Salté y rodeé el cuello de Edward con mis brazos—. Voy a ahorcar a la Pequeña y a su secuaz amazona.
—Edward, te prometo que esta noche los pondremos celosos a todos con los ruidos que haremos, ¿de acuerdo? —Guiñé.
Gimoteó y le mordí el labio.
—¡Bella! ¿Cómo demonios se supone que debo patinar en la competencia final del Mundial con una erección permanente?
—Fácil. Jálatela en el baño, Romeo —dije al bajarme de su regazo—. Imagina que son mis labios los que rodean tu dura polla, amante.
—Te odio —gruñó, entrecerrándome los ojos.
—No, no es cierto.
—No, no te odio. Pero eres malvada, mujer —gruñó. Bajó la vista a su evidente excitación y suspiró—. Vamos. Tengo una cita con Manuela. —Agarró su neceser y se dirigió al baño. Abrí la puerta de nuestra habitación y efectivamente la Pequeña y la Amazona estaban paradas afuera.
—Espero que no hayamos interrumpido nada —se rio Rose.
—Ambas son horribles —gruñí. Alice me agarró del brazo y me llevó a su habitación que tenía el baño más grande de la villa donde nos estábamos quedando. Pronto me quitaron la ropa y me metieron a la ducha. Me lavé todo el cuerpo y rasuré cada centímetro, excepto por mis partes femeninas. Me había depilado con cera antes del programa corto y en realidad no necesitaba nada de atención. Seguía tan suave como trasero de bebé.
Terminé mi ducha y salí descalza hacia la habitación usando la bata que Alice me había dejado en el mostrador. Rose estaba sosteniendo la secadora y Alice estaba armada con sus prácticas brochas de maquillaje. Me dejé caer sobre la silla y durante las siguientes dos horas y media, me transformaron en Isabella Swan, una diosa del sexo. Sí, era patético, pero así quería decirme Alice. Solo alcé una ceja mientras la veía, parpadeando rápidamente ante su total estupidez. Rose puso los ojos en blanco y empujó a Alice, que cayó de culo.
—¡Perra! —se rio Alice—. ¿Por qué me empujaste?
—Porque eres una idiota, Cullen —se burló Rose—. Bellarina, te quiero, pero no eres una diosa del sexo. Bueno, no en el sentido tradicional. Eres sensual. Tienes confianza y puedo ver por qué Edward no puede quitarte las manos de encima. Ahora, hoy sobre el hielo canaliza a tu Rosalie interior, que es una maldita diosa del sexo, ¡patea todos esos culos y gana el oro! —Tiró de mi mano y me llevó al baño. Me sorprendió lo que vi. Mi cabello estaba atado en una sexy coleta baja. Mis ojos bordeados con maquillaje ahumado y seductor, y mi piel brillaba debido al polvo con brillos que Alice usó sobre todo mi cuerpo—. Sí te follaría.
—Gracias, Rose —dije secamente—. Me alegra que mi atractivo trascienda las líneas del género. Eso no es lo que intento lograr.
—De todas formas, te ves caliente —se rio Alice mientras acomodaba un pelo rebelde en mi coleta—. Tenemos dos conjuntos para ti. Uno es para antes y está diseñado por comodidad. El otro para después de la competencia es muy sexy ya que vas a salir a comer con Edward después de patinar.
—¿A dónde iremos?
—Solo Edward sabe. —Rose sonrió—. Vamos a cambiarte de ropa. ¿Ya recibieron el orden en el que van?
—Somos los últimos —respondí—. Ya que estamos en primer lugar.
—¿A qué hora empieza la final?
—En una hora —respondo—. En cuatro horas, el último grupo estará listo para patinar.
—Entonces, ¿tenemos tiempo de comer algo antes de irnos? —preguntó Alice.
—Sí —sonreí—. ¿Está bien si como algo? No quiero arruinar tu obra maestra.
—Por supuesto, Bella. Por eso tengo esta bolsa —se rio Alice, agitando su bandolera que obviamente estaba llena con todos los materiales necesarios para retocarme de ser necesario. Sonrió y agarró mi vestuario de su armario, saliendo de la habitación. Rose sacudió la cabeza y la siguió. Me vestí con el conjunto que habían sacado para mí. Bajando las escaleras alfombradas, noté un enorme buffet con un montón de comida ante mí.
—Vaya —exhalé—. No creo que Edward pueda levantarme con toda esta comida.
—Oh, calla —me regañó Edward al pararse detrás de mí, rodeándome la cintura con sus brazos—. Estás pequeñísima. Podrías comerte todo en este buffet y no ganar ni una libra.
—Pues no lo intentaré, y solo optaré por un poco de huevo y un pan tostado —dije, empezando a prepararme un plato para comer. El desayuno fue ruidoso con la imitación de Emmett de unos oficiales franceses. Luego Jasper intervino con ayuda de Alice para imitar a James y Victoria, lo cual fue jodidamente gracioso. Dos horas después de empezar el desayuno, nos metimos a los carros y manejamos hacia el recinto. Estaba increíblemente nerviosa, a pesar de lo bien que nos la pasamos en la mañana. Edward debió notar mis nervios ya que presionó gentilmente mi oreja sobre su pecho. Suspirando en voz baja, escuché el tum-tum-tum-tum de su corazón.
Llegando al recinto, nos guiaron hacia nuestro vestidor y el oficial nos deseó buena suerte. En francés. A diferencia del programa corto, ahora solo estábamos Carlisle, Edward y yo en el vestidor. Alice estaba en las gradas con nuestra familia. Sin embargo, me había entregado su bolsa de maquillaje al bajarse del carro.
Oh, Dios santo.
—Bien, no los aburriré con un sermón sobre cómo necesitan patinar allá afuera —resopló Carlisle—. Ambos saben lo que tienen que hacer, ¿cierto?
—Recrear porno sobre el hielo —dijo Edward con cara seria. Me llevé la mano a los labios, ahogando las risitas que amenazaban con escapar.
—Um —escupió Carlisle—. Bueno… no exactamente eso…
Me acerqué a Edward y me senté a horcajadas sobre sus caderas. Sus ojos verdes se agrandaron.
—¡Oh, sí Edward! —gemí—. ¡Te sientes tan bien! —Meneé las caderas sobre su regazo, dándole un estriptís bastante casto.
—¿Te gusta así, nena? —gruñó Edward.
—Más fuerte —rogué, mirando sobre mi hombro.
—Bien, suficiente —dijo Carlisle al ponerse de un brillante rosa—. Estoy profundamente traumado.
—Entonces, porno no —dijo Edward con sarcasmo al girarme en su regazo, presionando su miembro ya endurecido entre mis nalgas.
—Um, no. —Carlisle se rio entre dientes—. Será suficiente con follar sucio.
—¿Como recibirla por el culo? —pregunté, alzando una ceja.
—Ya me voy a callar —dijo Carlisle, pasándose una mano por la cara—. ¿Quién eres y qué le has hecho a mi inocente y dulce Isabella?
—Ella ya hace mucho que se fue, Carlisle —resoplé.
—¿Puedo continuar? —preguntó Carlisle, ahogando un suspiro.
—Sí —nos reímos Edward y yo.
—Bien, regresando a lo que estaba diciendo, saben lo que tienen que hacer. Olviden a la audiencia y patinen solo para ustedes. Las medallas no importan. Tampoco la multitud. Y no importa si no ganan, estoy orgulloso de ambos. A pesar de que combinados tienen la edad mental de un niño de cuatro años.
—Nos amas —sonrió Edward.
—Así es. Y voy a extrañar trabajar con ustedes dos. De todos mis patinadores, son mis favoritos —murmuró Carlisle—. Rezaré para que ambos encuentren la felicidad fuera del patinaje. Los quiero como si fueran mis propios hijos. Bella, he trabajado contigo durante años y el crecimiento que he visto en ti es poco menos que maravilloso. Este deporte te extrañará profundamente cuando te retires. Edward, puede que hayamos tenido una relación corta como patinador y entrenador, pero eres el patinador más genuino, amoroso y talentoso que he conocido. Te convertirás en un maravilloso doctor.
—Carlisle —sollocé.
—Aw, mierda. No pretendía hacerte llorar —dijo, entregándome un pañuelo—. Ahora los voy a dejar que hagan sus estiramientos y luego deben prepararse en unos quince minutos. Bella, Alice dijo que Edward puede atarte el corsé del vestuario. ¿Él sabrá qué hacer?
—¿Lo sabes?
—Puedo averiguarlo. —Edward se encogió de hombros—. Es un corsé, no ciencia aeroespacial.
—No quiero tener un problema de vestuario en la pista en Niza, Masen —sonreí—. Nadie puede ver a estas cachorras más que tú, ¿entendido?
—Entendido, amor —se burló. Edward se agachó y me besó la nariz mientras que Carlisle se levantaba para salir del vestidor. Una vez que se fue, Edward me ayudó a pararme y nos estiramos. Bueno, me estiró a mí. Mi cadera seguía muy tensa por lo de ayer y necesitaba un poco de asistencia para formar y soltar ciertos movimientos. Con un toque tierno, Edward manipulaba mis piernas y caderas como lo haría Jasper, sintiendo y escuchando por cualquier crujido de mis huesos. Edward sería un gran doctor. Podía verlo con el cuidado que se tomaba mientras me hacía los estiramientos.
Cuando Edward terminó conmigo sentía que tenía la consistencia de una tira elástica. Me besó suavemente antes de entregarme mi vestuario. Me metí al cuartito trasero y me puse las medias. Después de eso me puse el vestido y salí hacia el área principal. Edward ya se había puesto su vestuario y se estaba acomodando el cabello con un poco del gel que Alice había dejado en su bolsa.
—Bien, necesito tu ayuda, Brit.
—Empiezo en la parte superior, ¿cierto? —preguntó Edward tomando el listón que tenía yo en las manos. Asentí y Edward comenzó a atar mi vestuario mientras yo lo sostenía sobre mis pechos. Ató mi corsé justo como Alice lo hizo para la final en las Nacionales. Dejó un suave beso en mi cuello—. Todo listo. Incluso le hice doble nudo para que no les enseñes nada a los pervertidos jueces franceses.
—No, son los jueces checos los que son pervertidos. El tipo del final me estaba viendo como si fuera un filete. —Me estremecí.
—Pues eres mi filete y nadie más que yo puede verte como pervertido —dijo Edward, aplastándome contra su pecho.
—Muu —me reí, presionando mi boca en la suya.
—¿Acabas de hacer muu? Dios, Bella, estás loca, pero te amo, carajo —gruñó, mordiéndome el lóbulo de la oreja.
—¿Qué? Me dijiste que era tu filete. El filete viene de las vacas. Así que muu. —Me encogí de hombros al ver sus ojos verde bosque—. Tomé la decisión de que hoy será sobre divertirnos. No estoy nerviosa. Bueno, sí lo estoy, pero no me sentiré mal si perdemos. Nos estamos divirtiendo, nos follaremos sobre el maldito hielo.
—Tampoco puedo creer que me hicieras un estriptís falso frente a nuestro entrenador —resopló—. Solo a ti se te ocurre, Bell.
—Me amas —bromeé.
—Eso sí, mi amor. Eso sí.
Pasamos los siguientes cuarenta y cinco minutos en una silenciosa reflexión. Edward me abrazó en su regazo mientras esperábamos nuestro turno a ser llamados hacia el hielo. Podíamos escuchar a la multitud desde nuestro vestidor y sonaban emocionados. Nos estábamos poniendo los patines cuando el oficial tocó nuestra puerta. Edward avanzó hacia la puerta y los escuché conversar en voz baja en francés. La única palabra que entendí fue merci. La puerta se cerró y Edward me dedicó su característica sonrisa torcida.
—Es hora, amor. ¿Lista para arrasar con esto?
—Síp —dije, poniéndome el cubre botas sobre el patín—. ¡Enseñémosle a la federación mundial de patinaje lo maravillosos que somos patinando y cómo se debe terminar con estilo! —Edward me agarró la mano y me jaló a su pecho. Le rodeé la cintura con las piernas y nos besamos apasionadamente hasta que se escuchó otro golpe en la puerta.
Carlisle nos estaba esperando al pie de las escaleras que llevaban a la pista. Edward llevaba en sus brazos mi sudadera que había usado en la pista y sus dedos estaban entrelazados conmigo. Nos quedamos en una sala con cortinas con el resto de los patinadores finales. Heidi y Demetri se veían llenos de confianza, casi hasta llegar a la "arrogancia". Ivan e Irena se mordían las uñas, hablando en voz baja. Las otras tres parejas, James y Victoria, la pareja china, y Austin y Chelsea estaban todos de pie mirando los monitores que mostraban las puntuaciones y los videos de las presentaciones anteriores.
—James, ¡detente! —espetó Victoria—. Me alegra tanto que después de esto vayamos a tomar caminos diferentes.
—Eso es porque no quieres patinar conmigo, Vic. Todo se trata de ti —dijo James mordaz—. ¡Somos un equipo!
—Jódete, cabrón —se mofó Victoria al alejarse de él avanzando a zancadas por el pasillo.
—¿Problemas en el paraíso? —se burló Edward. Miré como ella seguía su discusión con James en el pasillo. Me mordí el labio y asentí. Edward me rodeó con sus brazos y me besó la frente. Mientras esperábamos, la pulidora de hielo estaba limpiando la pista. Terminó y los oficiales abrieron las puertas para que hiciéramos nuestro calentamiento. Edward y yo patinamos lánguidamente alrededor del perímetro de la pista, acostumbrándonos al hielo. Estaba resbaladizo y suave, más lento que el día del programa corto. Agradecía eso ya que nuestros movimientos eran más intrincados y no quería caerme.
Después del calentamiento, Edward me puso la sudadera sobre los hombros y nos sentamos en el área cerrada por cortinas. Nos quedamos sentados, mano en mano, mientras cada una de las otras parejas realizaban sus rutinas. No queríamos verlos en los monitores. Sin embargo, James y Victoria fracasaron completamente. Victoria apenas podía contenerse en el Kiss and cry. Una vez que estuvieron dentro del área cerrada, le dio una cachetada a James y dijo que ya había terminado con este deporte. La verdad me sentí mal por el tipo. Se quedó ahí parado, completamente desconcertado.
Sin siquiera prestarle atención a nadie, James siguió a su hermana y compañera, maldiciendo por lo bajo. Edward y yo compartimos una mirada, sintiéndonos mal por el tipo. Sí, fue un patán cuando empezamos a patinar juntos, pero nadie merece ese tipo de reacción o ira de sus compañeros.
Las siguientes dos presentaciones fueron tan malas como la de James y Victoria. La pareja china pasó más tiempo deslizándose sobre el hielo de culo que patinando de verdad. Austin y Chelsea se vieron igual de torpes que la pareja china. Ivan e Irena miraban engreídos los monitores mientras se burlaban. Heidi y Demetri veían con aspecto desinteresado, casi aburridos con lo que sucedía a su alrededor.
Ya íbamos a la mitad del último grupo de patinadores. Actualmente, James y Victoria se encontraban en primer lugar, seguidos de Austin y Chelsea con la pareja china en tercer lugar. Heidi y Demetri estaban parados en el hielo, preparándose para su programa largo. Ivan e Irena estaban estirando en una esquina. Yo, a pesar de mis afirmaciones de que no iba a permitir que los nervios me afectaran, empezaba a desmoronarme. Estremeciéndome incontrolablemente, miré alrededor de la pista hacia la multitud, los jueces y los compañeros patinadores.
—Bella —susurró Edward—. Nena, cálmate.
—Esto es todo, Edward —murmuré, mirando sus ojos verdes—. Vamos…
—Shh —me tranquilizó—. Solo tú y yo, nena. Eso no importa. Mírame a los ojos, siente mi corazón… todo esto es por ti. Mi amor por ti.
—Eres tan romántico —bromeé, inclinando mi frente para tocar la suya. Acunó mi cara en sus manos, besándome suavemente los labios. Nos quedamos acurrucados en nuestra pequeña burbuja de amor hasta que Carlisle tocó el hombro de Edward.
—¿Es hora? —preguntó Edward.
—Síp. Ivan e Irena están haciendo sus reverencias para dirigirse al Kiss and cry —dijo Carlisle. Me quité la sudadera y se la entregué a Carlisle mientras nos acercábamos a la orilla de la pista. Edward miró a Carlisle, dedicándole una sonrisa nerviosa. Nuestro entrenador solo le palmeó el hombro a Edward.
Ivan e Irena salieron de la pista y deambularon hacia el Kiss and cry. Edward y yo patinamos sobre el hielo, quedando de frente a Carlisle. Él solo sonrió.
—Saben lo que tienen que hacer. Diviértanse y todas esas cosas.
—Carlisle, gracias por todo lo que has hecho por nosotros como entrenador —dijo Edward, agarrándole el hombro—. He crecido mucho como patinador y extrañaré trabajar contigo.
—Sí, Carlisle —seguí—. Solo desearía… —Las lágrimas llenaron mis ojos.
—Nada de lágrimas, Bella —me calmó Carlisle—. Estás cerrando la puerta a una parte de tu vida y abriendo una nueva. Sin embargo, muéstrenles a esos jueces y esta audiencia de lo que son capaces…
—… ¡Isabella Swan y Edward Masen! —gritó el anunciador.
—Ganen el oro —dijo Carlisle al besar mi frente.
—Vamos, amor —dijo Edward, entrelazando sus dedos con los míos. Nos giramos y patinamos alrededor del hielo ante un ensordecedor vitoreo. Alzamos las manos y llegamos al centro de la pista, sonriendo enormemente. Edward apretó mis dedos y patinamos hacia nuestras ubicaciones de inicio. Llegamos a nuestras posiciones y alcé la vista hacia Edward. Su mandíbula estaba firme y sus ojos ardían con un fuego verde—. ¿Quieres darles un espectáculo?
—Oh, sí —dije con burla, guiñándole un ojo a mi compañero, mi novio, mi amor…—. Terminemos con esta mierda.
Como si estuviéramos atados, adoptamos nuestras poses iniciales simultáneamente, fulminándonos con la mirada el uno al otro. Los timbales estallaron y nos movimos al unísono, completamente en sincronía. Edward me agarró la mano y empezamos nuestra preparación para la primera maniobra, una elevación en giro triple. Edward me alzó fácilmente sobre su cabeza y giré rápidamente, aterrizando en sus brazos y firmemente en un pie. Me acercó a él, acarició mi mejilla mientras nos movíamos hacia nuestra combinación de giro.
Nuestra rutina avanzaba sin problemas. El poder que se proyectaba entre Edward y yo era palpable. Solo tuvimos un traspié y esa fui yo aterrizando en dos pies nuestros axel dobles lado a lado. Estábamos llegando al final de la rutina, avanzando hacia el lanzamiento triple axel.
—Te amo, mi Bella —dijo Edward al sostenerme contra su pecho—. Puedes hacerlo. ¡Vuela, nena! —Me impulsó lejos de su cuerpo y sostuve mis brazos y piernas lo más cerca de mí que podía, girando tres veces antes de aterrizar sólidamente en mi cuchilla. Sostuve mi pose de salida mientras Edward me alcanzaba, cargándome en sus brazos. Mis piernas le rodearon la cintura mientras me dejaba caer hacia atrás, sintiendo su mano caer entre mis pechos. Me agarró la mano y me jaló hacia arriba, alzándome fácilmente en una elevación estrella.
Cuando la música llegó a su final, Edward y yo adoptamos las poses finales conmigo entre sus piernas, siendo sostenida sobre el hielo por los fuertes brazos de Edward. La música de nuestro programa terminó y nos miramos a los ojos.
—Lo hicimos —jadeé.
—Lo hicimos —dijo, ayudándome a enderezarme. Rodeándome el cuerpo con sus brazos, enterró la nariz en mi cabello—. Te amo, nena. No pude haber hecho esto sin ti.
—Te amo muchísimo, Edward —dije, enredando mis manos en su cabello húmedo a causa del sudor. Se apartó y me besó agresivamente los labios antes de girarme para hacer una profunda reverencia. Sostuve su mano mientras saludábamos al público y aceptábamos nuestro aplauso. ¡Fue incluso una ovación de pie! Patinamos fuera del hielo y caminamos hacia el Kiss and cry. Normalmente Edward y yo nos sentaríamos lado a lado, pero en esta ocasión me jaló a su regazo y me rodeó la cintura con sus brazos. No se dijo nada entre Edward, Carlisle y yo. Lo hecho hecho estaba. Patinamos con nuestro mejor esfuerzo y ahora esperaríamos la decisión de los jueces.
Sentía que estaba debajo del agua escuchando la distorsionada voz del anunciador. Aunque en realidad no podía entender en francés. Edward miraba el monitor frente a nosotros mientras el anunciador leía las puntuaciones. Su agarre en mi cintura se apretó más.
—Dios mío —exhaló Edward—. Lo hicimos, nena. —Lo miré expectante, temerosa de mirar el monitor. Guio mi cara para ver las puntuaciones—. ¡Ganamos! Ganamos el oro, amor.
Me llevé las manos a la cara y las lágrimas empezaron a caer por mis mejillas. Habíamos ganado el oro, habíamos derrotado a Heidi y Demetri por casi dos puntos completos. Edward me cargó y su boca cubrió mi cara con besos frenéticos y amorosos. Mientras bañaba mi cara de besos, Carlisle se reía, intentando hacernos regresar al hielo. Caminamos hacia la orilla de la pista y ambos fuimos abrazados por nuestro entrenador. Carlisle tomó la mano de Edward, guiñándole al soltar su mano.
Algo pasa aquí, Swan… Edward está conspirando con Carlisle.
Oh, calla. Solo están felices.
Sigue repitiéndote eso, querida.
Nos paramos en un lado de la pista junto con las otras dos parejas que estaban en el top tres: Heidi y Demetri que habían ganado la plata, y Austin y Chelsea que se llevaron el bronce. Parecían sorprendidos de haber logrado entrar a los primeros tres ya que Ivan e Irena habían tenido una mejor presentación. Sin embargo, no fue suficiente para asegurarles un lugar en la posición de la medalla de bronce. Estaban ensamblando el podio en medio de la pista con tres plataformas a diferentes alturas.
—Damas y caballeros, ¡por favor brinden un aplauso para los Medallistas Mundiales del 2012! En tercer lugar, representando al Reino Unido y recibiendo la medalla de bronce, ¡Austin Wheier y Chelsea Buckingham! —La multitud aplaudió mientras ellos patinaban alrededor de la pista, sonriendo enormemente. Llegaron al podio y se pararon en la plataforma más baja. El oficial les entregó a ambos un brillante ramo en colores rojo y azul, y les colgaron las medallas al cuello.
»En segundo lugar, representando a Italia y recibiendo la medalla de plata, ¡Demetri y Heidi Vulturi! —Demetri tomó la mano de Heidi y patinaron lentamente alrededor de la pista, disfrutando de su tiempo sobre el hielo. Demetri giró a Heidi e hicieron una reverencia antes de subir a la segunda plataforma. El oficial una vez más les entregó un ramo de flores junto con sus medallas de plata. Ambos sonreían enormemente mientras saludaban al público.
»Finalmente, en primer lugar, representando a los Estados Unidos de América y ganando la medalla de oro, ¡Edward Masen e Isabella Swan! —Edward se giró hacia mí y dimos nuestra vuelta al hielo, saludando a la multitud mientras nos animaban y gritaban. En la esquina donde estaba sentada nuestra familia había una sábana nueva. ¡Terminaron con gran éxito! ¡Ganadores del oro, Isabella y Edward! ¡LOS AMAMOS! La señalé discretamente y Edward se rio entre dientes mientras llegábamos al centro de la pista. Edward me giró y doblé la rodilla mientras Edward hacía la reverencia. Me ayudó a levantarme y me alzó sobre la plataforma más alta del podio. El oficial nos entregó nuestras flores y puso las medallas de oro en nuestros cuellos—. Damas y caballeros, favor de quitarse los gorros, permanezcan sentados y pongan su atención en el centro del hielo mientras honramos a Edward e Isabella tocando su himno nacional.
Se bajaron las banderas y la nuestra quedó en el nivel más alto de entre las tres. La mano de Edward se aferraba a mi cintura mientras sonaban las notas de La bandera estrellada. Lágrimas caían por mis mejillas mientras me deleitaba con nuestra victoria. Aunque era algo agridulce. Debimos haber tenido más tiempo. Me habría encantado ir a las Olimpiadas con Edward. Ganar el oro olímpico con él.
—Un último asunto, damas y caballeros, antes de concluir nuestra competencia. A Edward Masen le gustaría decir unas cuantas palabras —dijo el anunciador. Me giré hacia Edward, que estaba tomando el micrófono que le ofrecía uno de los oficiales.
—Bien, sé que esto es muy inusual —dijo Edward, su acento sonaba muy marcado como cuando estaba nervioso—. Pero, como saben, esta rutina, esta competencia es la última para Bella y para mí. Después de nuestra rutina de exhibición mañana, nos retiraremos y avanzaremos hacia cosas distintas en nuestras vidas. Yo perseguiré mi sueño de convertirme en doctor y Bella trabajará en recuperarse de su lesión en la cadera y espalda. También, como ya saben, Bella y yo somos pareja. Y la amo muchísimo. —Se giró hacia mí y metió la mano a su bolsillo. Mordiéndose el labio, bajó una rodilla al piso.
¡Santa mierda!
»Isabella Marie Swan, desde el momento en que te vi supe que eras la mujer para mí. Eres mi pareja dentro y fuera del hielo. Eres mi mejor amiga, mi amante, y mi alma gemela. Quiero cerrar este capítulo de nuestras vidas con broche de oro y llevar nuestra relación al siguiente nivel. Prometo amarte cada momento de la eternidad. ¿Me harías el extraordinario honor de convertirte en mi esposa? ¿Te casarías conmigo?
—Dios mío, Dios mío, Dios mío —exhalé—. Me estás pidiendo matrimonio.
—Eso hago —sonrió—. Y me gustaría tener una respuesta, amor. El mundo quiere conocer tu respuesta. —Alzó un precioso anillo y tomó mi mano izquierda en la suya.
—¡Sí! ¡Sí! ¡Mil veces sí! —grité mientras más lágrimas caían por mis mejillas. La sonrisa que me dio en respuesta Edward mientras deslizaba el anillo sobre mi nudillo fue cegadoramente hermosa. Se paró y me rodeó con sus brazos—. Te amo, prometido.
—Así es —gruñó mientras sus labios descendían sobre los míos y me tocaban ansiosamente. Su lengua se deslizó entre mis labios y bailó con la mía mientras me abrazaba fuertemente contra su pecho. Ladeó la cabeza y profundizó más el beso, enredando los dedos en mi cabello. La abrumadora necesidad de respirar nos separó, ambos respirábamos pesadamente—. Te amo muchísimo, Bella. Cerraremos este capítulo de nuestras vidas, y juntos viajaremos al siguiente. Contigo a mi lado, seremos imparables, nena. Señora Masen.
—Señor Swan —me reí.
—No, Bell. Solo no —dijo, besándome la nariz.
—Felicidades, amigo —dijo Austin, sonriéndonos—. Tienes a una chica maravillosa y qué forma de pedirle matrimonio.
—Todas las chicas van a querer a su propio Edward —se rio Chelsea.
—Fue muy romántico —dijo Heidi soñadora—. Si tan solo mi novio fuera la mitad de romántico que tú, Edward.
—Heidi, tú no tienes novio —se burló Demetri.
—¡Cállate, stronzo! —espetó Heidi, pegándole en el hombro a su hermano—. Esos son detalles. En fin, felicidades.
Los oficiales nos pidieron a todos que nos subiéramos a la plataforma más alta y nos tomaron las fotos. Mi mano izquierda estaba orgullosamente explayada sobre el pecho de Edward, mostrando mi anillo de compromiso. También nos tomaron fotos individuales con nuestras parejas antes de que nos enviaran a los vestidores. Nuestras familias estaban paradas afuera de nuestro vestidor con enormes sonrisas felices en sus rostros.
—¡Todos lo sabían!
—Nop. Los únicos que sabían eran Edward, Charlie y Carlisle —exclamó Emmett—. ¿Crees que yo podría haber guardado el secreto?
—No, Emmett —se rio Edward entre dientes—. Apenas puedes contener tus episodios de verborrea.
—Pues este episodio de verborrea viene acompañado de buenas y malas noticias. La buena es que estoy feliz por ustedes dos. La mala es que si lastimas a nuestra Bellarina, te patearé el culo. Con patines recién afilados.
—Entendido, Emmett. Pero Bella es mi futuro y nunca la lastimaría. La amo —dijo, enterrando la nariz en mi cuello—. Mi prometida. No puedo creer que hayas dicho que sí.
—No puedo creer que me lo pidieras en el podio —me reí—. Carlisle te dio la mano, ¿fue cuando te entregó el anillo?
—Síp —sonrió.
—De acuerdo, tórtolos. Los vamos a separar por un ratito. Edward hizo reservaciones para ustedes dos y van a pasar la noche en uno de los hoteles más románticos de Niza: Hotel La Perouse —dijo Alice con una sonrisita sardónica.
—¿Te refieres a que no podremos avergonzar a Emmett y Rosalie con nuestros gritos? —Hice un puchero.
—Podremos ser más ruidosos, amor. Tenemos el último piso. —Edward sonrió, mordiéndome los labios—. Aun así podrán escucharnos.
—Ugh, que asco —gimió Emmett. Mi papá se veía un poco verde y, bueno, en negación. Sí, papá. No soy virgen. Edward y yo somos sexualmente activos. Dios—. Vamos, Edward. Nos topamos a James y dijo que podíamos usar su vestidor para ponerte todo guapo y esas mierdas.
—¿Estás canalizando a tu Alice interior? —bromeó Edward.
—Cállate, cabrón. Vamos —espetó Emmett, golpeando a Edward en la cabeza. Jasper enlazó su brazo con el de Edward y lo guiaron por el pasillo. Alice, Esme y Rose me arrastraron al vestidor. Una vez más me vi atacada con pinzas para rizos, brochas de maquillaje y otros implementos de tortura. Luego me vistieron con una lencería muy reveladora y un vestido de tubo sencillo, pero original en color azul marino. Me rizaron el cabello y lo dejaron colgando sobre mis hombros en ondas color caoba. El collar que Edward me regaló en Navidad brillaba entre mis clavículas. En la mano derecha, brillaba mi anillo de promesa y en la izquierda resplandecía mi anillo de compromiso. Alice me entregó una bolsa de mano color gris con flores que iban a juego con el azul de mi vestido.
Luego de vestirme, Alice me llevó al pasillo donde esperaba Edward, estaba usando un pulcro traje gris con una camisa blanca y una corbata azul que combinaba con mi vestido. Tenía el cabello húmedo, así que debió haberse bañado. En el hombro llevaba colgando una maleta con cosas para pasar la noche y sostenía una solitaria rosa roja.
—Cliché, lo sé. Pero no quería que nuestros ramos se desperdiciaran. Saqué una rosa roja para mi hermosa prometida —sonrió torcidamente—. Eres mi prometida. Serás mi esposa. ¡Uju!
—Oh, eres demasiado adorable para describirlo, Edward —dije, acercándome a él y rodeándole la cintura con mis brazos—. Y hueles delicioso.
—Sabes lo mucho que sudo después de patinar —se rio entre dientes—. Emmett y Jasper me empujaron hacia la ducha con las narices tapadas.
—Sudas mucho. No hueles mal —dije, fulminando con la mirada a mi terapeuta físico y doctor.
—Papa, patata —dijo Jasper con un gesto desdeñoso de mano.
—Sí, como digas, doctor Tanga —dije con sarcasmo.
—¿Doctor Tanga? —preguntó Emmett, alzando una ceja.
—Bella, por favor, no —me rogó Jasper. Alzó las manos frente a él, rogándome con sus ojos.
—A Jasper le gusta ponerse la lencería de Alice —exclamó Edward mientras enterraba la cara en mi hombro.
—¿Qué? —bramó Rose al mirar a Jasper—. ¿Te gusta usar las bragas de la Pequeña?
—Te odio, Edward —espetó Jasper—. A ti también, Bella.
—Oh, vamos. Es gracioso —se burló Edward.
—Eso explica tantas cosas —dijo Alice, fulminando con la mirada a Jasper—. Siempre sentí curiosidad de por qué mis camisones estaban estirados y mis bragas me quedaban flojas de las caderas. Te voy a dejar sin nada de nada, Jasper Whitlock.
—Doctor Tanga —resopló Charlie.
—Cierto, gracias, Charlie. Doctor Tanga —dijo Alice al irse dando pisotones—. Diviértete en el restaurante, Bella. Al menos tu prometido es normal y usa bóxeres.
—No, Pequeña. No llevo nada puesto justo ahora. —Edward sonrió al tomar mi mano en la suya. Chillé y alcé la vista hacia él—. Pero personalmente no le veo el atractivo al hilo dental en el culo. Así que cada quien lo suyo, doctor Tanga. Dicho esto, nos vamos. —Entrelazó sus dedos con los míos y nos dirigimos hacia la salida del recinto, evitando las conferencias de prensa y a los fotógrafos. Esperando afuera de la pista había una larga limusina blanca. El chofer abrió la puerta y nos guio hacia dentro del elegante auto.
—¿En serio, Edward? ¿No llevas nada? ¿Estás mintiendo solo para provocar a Alice? —bromeé.
—Nop. Olvidé empacar un bóxer en mi maleta, así que no llevo nada. Liam dijo que me traería unos para la exhibición de mañana. —Edward sonrió al estirar la mano para tomar la champaña que estaba enfriándose a su lado. Y era en verdad champaña de la provincia de Francia. Abrió la botella y sirvió dos copas, entregándome una—. Por mi hermosa prometida. Te amo muchísimo, Bell, y estoy increíblemente feliz de que hayas dicho que sí.
—¿Creíste que diría que no?
—En realidad, no, especialmente con la broma de fugarnos a Las Vegas de esta mañana, pero no fue la propuesta más privada del mundo. Quiero decir, estuvimos tú, yo y unos cuantos billones de nuestros amigos más cercanos —se rio con nerviosismo.
—Edward, pudiste habérmelo pedido en bóxer con un alambre y habría dicho que sí. Te amo. Eres mi mejor amigo y mi alma gemela. No puedo esperar para pasar el resto de mi vida contigo.
—Qué bueno, porque no puedo esperar para pasar el resto de mi vida adorándote y amándote, señora Masen —ronroneó, besándome los labios—. ¿Quieres saber a dónde vamos?
—No me importa siempre y cuando pueda pasar tiempo contigo, señor Ganador de la medalla de oro.
—Ganamos el oro, pero eso ni siquiera importa para mí, Bell. Tú eres mi premio. Podré pasar el resto de mi vida contigo, amándote, haciendo bebés contigo, envejeciendo contigo y nunca apartándome de tu lado —dijo al jalarme a sus brazos.
—Edward, te amo, pero eso fue cursi. Incluso para ti —me reí.
—Me pasé mucho con el sentimentalismo —se burló—. Pero en serio, mi medalla de oro está en mi mochila enterrada debajo de mi ropa sudorosa de patinaje. Tenerte en mis brazos es mucho más importante.
—Por muy feliz que me sienta de haber ganado, no puedo evitar estar un poco triste —suspiré—. Sí, gané el premio contigo, pero cuando regresemos de Niza nuestras vidas no serán más sobre patinar. Tú regresarás a la escuela para convertirte en doctor y yo…
—Planearás nuestra boda —dijo—. A menos de que te quieras casar antes de que empiece la escuela en septiembre.
—Señor Masen, ya llegamos —dijo el chofer de la limusina.
—Gracias. Te llamaré cuando estemos listos para ir al hotel —dijo Edward.
—¿Ya se registró? —preguntó.
—Sí. Llamé mientras me estaba cambiando y me registré por teléfono —respondió Edward.
—Entonces puedo ir a dejar sus maletas, señor. Una cosa menos de la que deba preocuparse.
—Eso sería grandioso, gracias. —Edward sonrió. Nos bajamos de la limusina y entramos en un restaurante de aspecto muy elegante llamado La Reserve de Niza. Estaba justo en la costa y nos sentaron en una sala privada con vistas hacia el Mediterráneo—. Pues lo hicimos, amor —dijo Edward con una mirada suave en su rostro.
—Lo hicimos —exhalé—. ¿Puedes creerlo?
Edward tomó su copa de champaña y la chocó gentilmente con la mía.
—Por nuestro futuro, señora Masen. Hoy es el primer día de nuestras nuevas vidas y cada día será una aventura.
—Por nuestro futuro, señor Swan —bromeé. Rodó los ojos—. Que nuestras vidas estén llenas de alegría, amor y grandes cantidades de sexo.
—¿Estás excitada, Bell? —dijo Edward con sarcasmo mientras bebía su champaña. Alcé mis dedos, separándolos solo por unos centímetros—. Hmm, yo también. No puedo esperar para hacerle el amor a mi prometida.
—Prometida —ronroneé—. Me encanta. Nos vamos a casar.
—Así es, amor —exhaló Edward. Sus ojos verdes brillaron bajo la luz de la luna y su piel destellaba gracias a las velas. Se veía tan guapo, y el amor que sentía por mí era evidente en todo lo que hacía. Solo esperaba que yo también pudiera mostrarle tanto amor como él me mostraba a mí.
Llegó un mesero y tomó nuestra orden. O más bien, Edward le dio nuestra orden ya que todo el menú estaba en francés. Recitó fluidamente lo que queríamos de cenar y el mesero se fue. Una vez que se fue, Edward se paró y me ofreció su mano.
—¿Bailas conmigo? —preguntó.
—Por supuesto —dije, poniéndome de pie. Estando en sus brazos, un suave tango llenó la habitación. Me reí—. ¿Planeaste esto?
—Te juro que no —se rio entre dientes—. Aunque sí me hace recordar la primera vez que te tuve en mis brazos.
—Me oponía tanto a ti en ese entonces —gemí—. Me alegra haberte dado una oportunidad.
—Hmm, a mí también —dijo, me agachó y presionó sus labios sobre mi cuello—. Tenía tantas ganas de besarte esa noche, amor. Al final del baile quería rozar mis labios sobre los tuyos.
—Tan reservada como me porté, también quería que lo hicieras. —Me sonrojé—. Te veías tan guapo y tan sexy, Edward. Sin mencionar que eras un caballero.
—Los hombres que tratan a las mujeres como si fueran carne son animales. Las mujeres son tesoros que deberían ser adorados, amados y respetados. Y te prometo hacerlo para siempre, Bella —murmuró, besando suavemente mis labios. Nos besamos con pereza hasta que llegó el mesero con nuestra comida. Nos sonrió. Nos felicitó en francés por nuestra victoria en la Competencia Mundial. También nos felicitó por nuestro reciente compromiso. Con un guiño, terminó diciendo que la casa nos invitaba la comida. Edward se sonrojó y le agradeció graciosamente por su generosidad. El mesero se rio entre dientes y dijo que el gerente había insistido.
Pasamos el resto de nuestra comida hablando sobre el futuro y sobre planes para nuestra boda. Nada quedó decidido. La única certeza era que queríamos que sucediera antes de que Edward comenzara en la escuela de medicina y que Alice no tenía permitido ser parte de nada de la planeación.
Terminamos nuestra comida y Edward dejó el costo de la comida en euros además de una generosa propina a pesar de la comida gratis del gerente. Era lo correcto, sonrió Edward. Salimos del restaurante y nos tomamos fotos con el gerente. Quería añadir nuestra foto a su pared de la fama de gente famosa que venían a comer a su restaurante. Aceptamos felizmente.
Después de tomarnos las fotos, Edward y yo nos subimos a la limusina que nos esperaba y nos dirigimos al Hotel La Perouse. Edward le dio propina al chofer y entramos a la lujosa recepción. Edward avanzó hacia el mostrador y le informó a la encargada rubia quién era y que nos estábamos registrando. O más bien, que estábamos listos para subir a nuestra habitación. Ella asintió y le entregó nuestras llaves a Edward, diciendo que nuestras maletas ya estaban en la suite.
Mientras subíamos en elevador, la tensión sexual irradiaba a nuestro alrededor. Edward frotaba gentilmente todo el largo de mi brazo con su dedo, incendiando mi piel. Nuestra tarde sobre el hielo y el baile en el restaurante fueron diferentes formas de juego previo y ahora nos estábamos acercando al clímax de nuestra noche. El elevador sonó y los dedos de Edward se deslizaron por mi brazo hacia mi mano, entrelazándose con los míos. Sonrió suavemente al tirar de mi mano para avanzar por el pasillo hacia nuestra suite. Metiendo la tarjeta en la ranura, la luz roja se volvió verde y Edward abrió la puerta de la suite.
La habitación estaba llena de velas que le daban un cálido brillo. Sobre la cama había un ramo de rosas rojas y una nota. Me acerqué a la cama y agarré la nota.
—¡Dios mío!
—¿Qué? —preguntó Edward, rodeándome la cintura con sus brazos y apoyando su mentón en mi hombro. Alcé la tarjeta.
Para Edward y Bella…
Consideren esta habitación un regalo de todos nosotros. Salvaremos a nuestros oídos de los gritos que darán mientras celebran su compromiso. Y si caminan raro mañana, sabremos por qué…
Con amor,
El Escuadrón Pervertido.
—Cabrones —resopló Edward—. Debimos quedarnos en la villa y celebrar allá.
—No. Prefiero estar aquí. De esa forma, puedo tener a mi futuro esposo todo para mí —ronroneé, aventando la tarjeta a la cama.
—No sé tú, pero yo estoy muy cansado. —Edward bostezó, estirando los brazos sobre su cabeza. Se giró y me sonrió al bajar sus brazos—. Creo que solo me meteré en esta cama linda, grande y cómoda, luego de quitarme toda la ropa, y me dormiré. ¿No suena bien?
Me quedé boquiabierta y miré a Edward como si tuviera cuatro ojos, tentáculos y piel azul. Mi mandíbula se abrió todavía más cuando Edward se quitó el traje y comenzó a desvestirse hasta quedar desnudo para meterse a la cama.
—Buenas noches —dijo al enterrarse debajo de las cobijas—. ¿Puedes apagar las velas, amor? Gracias, nena.
—Ed… qu… ¡MALDICIÓN! —dije, dando un pisotón—. ¡¿Es en serio?!
Edward se levantó y soltó un coro de carcajadas.
—¿Creíste que hablaba en serio? Bella, eres demasiado fácil de molestar.
—Eres un cabrón. Aquí está tu anillo —dije, tomándome el dedo.
Edward gateó fuera de la cama y me tomó en sus brazos.
—Estaba bromeando, nena. Estoy tan excitado como tú —ronroneó, meneando sus caderas contra mi vientre, rozando su enorme excitación sobre mi estómago—. Esta noche ha sido toda una lección de control, Bella. Después de que dijiste que sí necesité de todo mi poder para no quitarte el vestuario y tomarte ahí en el maldito podio. Y ese anillo se quedará en tu dedo hasta que mueras, ¿me oíste?
—Bueno, puede que tenga que quitármelo cuando me embarace. Los dedos se hinchan, sabes —me reí sobre sus labios. Edward gruñó y me aventó a la cama, quitándome el vestido del cuerpo. ¿Cuándo me lo desabrochó? Maldición, es bueno. Gateó sobre mi cuerpo y sus labios se encontraron con los míos, atacando ansiosamente mi boca. Los besos dulces y castos de hace rato se vieron remplazados con besos apasionados, moja-bragas. La lengua de Edward se metió entre mis labios y jugó con la mía, masajeándola y reclamándome.
—Supongo que tendremos que practicar esto de embarazarte, a pesar de que no me gustará verte sin mi anillo —canturreó Edward. Su mano subió por mi brazo y jaló el tirante de mi sostén. Su boca atacó mi cuello y bajó por mi garganta hasta que llegó a mi pecho expuesto—. Dios, la visión de ti embarazada con nuestro bebé es mi perdición, Bella. —Sus labios se pegaron a mi pecho, las cosas que podía hacer con su lengua…
Movió la mano a mi espalda y mi sostén se vio aventado al otro lado de la habitación, Edward repitió su tratamiento de lengua en mi otro pecho. Mis dedos estaban enredados en su suave cabello bronce mientras agasajaba mis pechos con su boca. Bajando por mi cuerpo, Edward llegó a la orilla de mis bragas y me guiñó antes de jalarlas sobre mis caderas. Lo miré mientras besaba lentamente y lamía mi pierna derecha, llegando a la cima de mis muslos, provocándome donde más lo quería. Luego cambió a la otra pierna, mordiendo sobre mi suave piel. Al llegar a mi centro, miró mi cuerpo y salivó ante lo que vio frente a él.
—¿Te depilaste? ¿Por completo? —gimió.
—Síp. Alice y Rose insistieron que lo hiciera antes del programa corto —sonreí, meneando las caderas—. ¿Te gusta?
—¿Qué crees? —gruñó al sumergirse de cabeza entre mis piernas. Besó y lamió mi sexo con fervor, llevándome al borde del éxtasis, luego jalándome de regreso. Era increíble lo que hacía con su boca, dientes y lengua en mi cuerpo. Cuando añadió sus dedos, mi clímax barrió sobre mí como una ola y solté un grito ronco mientras jalaba con fuerza de su cabello.
Edward subió por mi cuerpo, su cara brillaba a causa de mi reciente orgasmo.
—Eso fue increíble, Bella —dijo, acariciando mi cuello—. Nunca te habías corrido tan fuerte, nena.
—Eso se debe a que tengo al mejor —dije, subiendo y bajando mis dedos por su espalda. Moviendo mi mano izquierda a su cara, jalé sus labios hacia los míos, probando ansiosamente los restos de mi clímax. Gimió cuando nos giró para que yo quedara a horcajadas sobre su cintura. Se sentó y acunó mi cara mientras nos besábamos lentamente, vertiendo nuestro amor en ese abrazo. Con una sutil elevación, Edward me acomodó sobre su cuerpo y se deslizó con facilidad dentro de mí. Ambos gemimos cuando su erección me llenó.
Hicimos el amor de forma lenta, sensual y amorosa. Se trató de dos almas uniéndose en una sola, celebrando nuestro compromiso, nuestra victoria y nuestras vidas juntos. Cada embestida, cada beso, cada caricia fue especial y tierna. Cuando nos corrimos, lo hicimos en silencio con palabras de amor y promesas mientras nos mirábamos a los ojos. Edward me besó el hombro al salirse de mi cuerpo, pero me abrazó cerca de su sudoroso pecho.
—Cada vez que estoy contigo, Bella, es como un sueño —murmuró sobre mi piel. Me miró y había lágrimas en sus ojos—. Me siento tan bendecido de tenerte, Isabella. Te amo muchísimo.
—Te amo más, Edward —dije, apoyando mi frente en la suya.
—Sé que te dije que quería que tuvieras tu anillo puesto para siempre, pero lo mandé grabar —dijo Edward al levantar mi mano izquierda—. Creo que te gustará. —Me quitó el anillo con gentileza y con la luz de la luna que bañaba nuestra habitación, vi la inscripción en la banda de mi anillo de compromiso. I.M.S + E.A.M te amo para siempre. Solo tú+yo.
—Edward —exhalé al verlo.
—Odié tener que usar términos de mensajes, pero me quedé sin espacio —se rio entre dientes al ponerme de nuevo el anillo en el dedo, besándolo suavemente—. Estoy muy cansado. De verdad, y necesito dormir, nena.
—Bien —sonreí—. Lamento haberte hecho pasar un mal momento…
—Bella, no. Quería hacerte el amor, solo estaba jugando. Tal vez te compensaré en medio de la noche si siento la urgencia —dijo con un movimiento sugestivo de cejas—. Así que no te vistas.
Me reí y lo abracé con fuerza mientras él nos acomodaba debajo de las cobijas. En cuando Edward apagó todas las velas, quedé muerta para el mundo, resguardada y a salvo en los brazos de mi prometido.
Dormimos profundamente hasta que los rayos del sol llenaron nuestra habitación. Las manos de Edward estaban deslizándose sobre mi cuerpo hasta que llegaron a mi centro. Mi espalda se presionó contra su pecho y podía sentir su excitación sobre mi culo. Metió gentilmente sus dedos en mí y gemí. Acunó tiernamente mi mentón con su otra mano y besó mis labios mientras su cuerpo se deslizaba dentro del mío. Se movió lentamente, llenándome profundamente y rodeándome con su amor, seguridad y devoción. Me murmuró en voz baja palabras en francés al oído mientras me amaba.
Nos caímos los dos juntos al precipicio, besándonos y tocándonos mientras me llenaba con su liberación. Edward me apartó el sudoroso cabello de la cara y me murmuró que me durmiera. No respondí, pero permití que mis párpados se cerraran.
