Disclaimer: Esta historia no me pertenece, los personajes son de Stephenie Meyer y la autora es tufano79, yo sólo traduzco sus maravillosas palabras.
Disclaimer: This story doesn't belong to me, the characters are property of Stephenie Meyer and the author is tufano79, I'm just translating her amazing words.
Thank you tufano79 for giving me the chance to share your story in another language!
Gracias a Yani por ser mi beta en esta historia.
Capítulo Treinta y cinco: Señor y señora
BPOV
—Bella, debes tener despedida de soltera —me engatusó Alice—. Es tradición. —Estaba saltando en el sofá de nuestra oficina, rogándome con la mirada. Ignoré firmemente sus patéticos intentos de hacerme cambiar de parecer.
—Eso es un montón de mierdas, no tendremos despedidas —dije mientras leía mi correo electrónico. Faltaba una semana para mi boda con Edward y Alice estaba intentando, a su "manera Alice", controlar la situación. Pero no iba a ceder. No quería una despedida de soltera. Edward no quería una despedida de soltero. No significa no, Alice—. Con un carajo, Alice. Deja de hacer pucheros.
—Es tradición —se quejó.
—¿Quieres que te retire la invitación? Lo haré —dije severamente mientras veía que Tanya y su novio Steve habían dicho que vendrían a nuestra boda. Sonreí y añadí sus nombres a la lista de invitados. Básicamente todos los que habíamos invitado vendrían. En definitiva, sería una boda pequeña, menos de treinta personas. Edward y yo éramos hijos únicos y no queríamos ni necesitábamos una enorme boda de sociedad como la de Rose y Emmett. Acordamos mutuamente tener una boda pequeña e íntima en nuestro patio trasero con nuestros amigos más cercanos y familia. Para seguir con el tema de nuestra boda pequeña, ambos decidimos no tener acompañantes. Nuestros testigos serían la mamá de Edward para mí y mi papá para Edward. Era poco convencional, pero el ministro dijo que era apropiado hacerlo así.
—Lo siento, Bella —suspiró Alice—. Es que…
—Es que otra vez estás intentando controlar nuestra boda. Puedes tener tu circo de tres pistas cuando te cases —la reprendí—. ¿Jas ha dado indicaciones de cuándo te hará la pregunta?
—No. —Alice hizo un puchero—. Amo a Jazzy, pero no sé si él me ama de la misma forma.
—Oh, Alice —dije con simpatía, me levanté de mi lugar frente a la computadora y abracé a mi amiga—. Él te ama, cariño.
—Entonces, ¿por qué no me lo pide?
—No sé —dije—. Habla con él, Ali. Es tu mejor opción.
—Lo he intentado, pero él sigue ignorando el tema. ¿Debería darle un ultimátum?
—¿Un ultimátum para que se case contigo? Eso no suena a algo que tú harías, además, Alice, no soy la persona adecuada para preguntar. Mi única relación ha sido con Edward y ya ves cómo resultó esto —me reí con nerviosismo—. En una semana nos casaremos. —Alice suspiró y se acurrucó donde estaba en mi oficina. Pagué algunos recibos antes de asentir para indicarle que podíamos hacer mi prueba final para el vestido de bodas. Habíamos trabajado sin descanso para terminarlo. Después de una salida en vano con Esme, había decidido hablar con Alice para que diseñara e hiciera mi vestido. Era exactamente lo que había imaginado. Era llamativo como prefería, pero no era vistoso en exceso.
El vestido era en forma de tubo de satín blanco con encaje y con una capa de pedrería. Tenía tirantes gruesos y un escote de corazón que acentuaba mis curvas. En la parte de atrás tenía una pequeña cola, pero nada muy dramático. El cabello me lo rizaría y me ataría la mitad, y dejaría la mitad suelta con un tocado de flor blanca. No quería velo ni una tiara elegante. No era la reina de Inglaterra. Aunque todavía no me decidía por la joyería. La única pieza que estaba segura de usar era mi anillo de compromiso en la mano izquierda. Tendría que quitarme mi anillo de promesa. Detestaba eso, pero así tenía que ser.
Terminamos con la prueba y Alice se fue, seguía molesta ya que no había cedido en todo este tema de la despedida de soltera. Decidí sacarlo de mi cabeza y bajar al gimnasio del sótano para hacer ejercicio. A pesar de que ya no estaba en entrenamiento activo, quería seguir manteniendo mi figura. Definitivamente podía ver la diferencia en mi cuerpo desde que dejamos de entrenar de forma diaria. Mi cuerpo era más suave y no tan definido. Edward parecía amarlo ya que no podía mantener sus manos lejos de mí. Hacíamos el amor muy seguido. Ambos sabíamos que cuando Edward entrara a la escuela nuestro tiempo juntos disminuiría significativamente.
Terminé de hacer ejercicio y subí para bañarme antes de comenzar con la cena. Edward estaba en la biblioteca con su compañero de laboratorio trabajando en un proyecto final para su clase de bioquímica. Ya casi había terminado con la cena cuando Edward entró en la cocina. Dejó su mochila en el suelo y se acercó a mí para rodearme la cintura con sus brazos.
—Te extrañé —murmuró, besando mi cuello—. ¿Cómo se portó la Pequeña?
—Estaba empecinada en que debía tener despedida de soltera —respondí, girándome para besarlo de forma suave en los labios—. Le dije que no.
—¿Te hizo un berrinche? —se burló Edward, acariciándome el cabello.
—Sí, pero la mayor parte de su terquedad se debe a la falta de propuesta por parte de Jasper. Sin embargo, eso no tendría por qué afectar nuestra boda. —Fruncí el ceño—. En fin, ¿cómo te fue en la biblioteca? ¿Terminaste tu proyecto?
—Sí. Lo terminé y lo envié. —Edward sonrió—. ¿Tengo tiempo de bañarme antes de la cena?
—Tenemos unos veinte minutos antes de que termine de cocinarse —dije—. No hay tiempo para que te acicales como siempre, Edward.
—No me acicalo —bufó.
—Claro que no —resoplé, despeinándole la mata color bronce que tenía en la cabeza. Tenía un poco de gel en el cabello y estaba ingeniosamente despeinado. Edward me frunció el ceño antes de jalarme a un profundo beso. Gimoteé y Edward se apartó, me sonrió al salir de la cocina. Seguí cocinando el salmón horneado y el arroz. Para cuando estaba poniendo la comida en platos, Edward ya había regresado, olía delicioso y se veía sumamente sexy. La verdad quería olvidarme de la cena y saltarle encima, pero habíamos tomado la decisión de abstenernos de tener sexo hasta la noche de nuestra boda. Había sido en definitiva un gran reto ya que hasta hacía unas semanas habíamos estado follando como estrellas porno.
—Bella, comamos la cena antes de que terminemos haciéndolo en la isla de la cocina —resopló Edward.
—No sería la primera vez. —Le guiñé.
—O la última, amor —ronroneó.
xx FO xx
La semana pasó sin incidentes. Edward hizo los exámenes finales de sus dos clases, anatomía humana y bioquímica. Recibió la calificación en cuanto terminó y sacó dos dieces. Eso definitivamente lo puso feliz y le dio confianza. Temía regresar a la escuela después de un descanso de cuatro años.
Hoy era el día de nuestra cena de ensayo. Hoy más temprano el patio trasero fue transformado en un paraíso natural color lavanda, verde salvia y blanco. Con ayuda de Esme creamos un paraíso de hadas para nuestra boda de cuento de hadas. Yo estaba en el baño rizándome el cabello para la cena de ensayo mientras Edward se rasuraba en el lavabo junto a mí. Él se quedaría en un hotel esta noche. Esa era la única tradición que había mantenido ante la insistencia de Alice. Cuando los chicos se fueran, las mujeres nos quedaríamos en la casa. Rose y Alice me ayudarían con mi peinado y maquillaje la mañana siguiente.
—¿Puedes creer que mañana a esta hora ya estaremos casados? —preguntó Edward cuando terminó de rasurarse la cara.
—No puedo esperar —sonreí. Agaché la cabeza y me esponjé el cabello. Al enderezarme, me acomodé el cabello detrás de las orejas y sentí a Edward detrás de mí. A través del espejo vi la mirada depredadora en sus ojos y sentí su agitada respiración—. ¿Estás bien, Edward?
—Te deseo tanto, amor —dijo con voz ahogada. Sus manos se movieron a mis caderas y empujó mi culo contra su dureza—. ¿Sientes lo que me haces?
—Yo te deseo igual, Edward —gemí—, pero tenemos que esperar. Mañana en la noche podremos hacer el amor hasta caer rendidos de cansancio.
—Oh, eso pretendo, amor. No habrá parte de tu cuerpo que se quede sin atender por mis labios, lengua, dedos y polla —ronroneó, mordiéndome la oreja. Chillé, cerrando los ojos brevemente. Los labios de Edward encontraron el punto donde mi hombro y mi cuello se encontraban, y lo besó lentamente, subiendo hacia mi mandíbula. Sus manos acunaron mis pechos sobre mi bata de seda, jugaron y provocaron mis pezones.
—Tenemos que detenernos —dije sin aliento.
—No, no tenemos que hacerlo —se rio oscuramente, meneando las caderas sobre mi culo, empujando su polla todavía más dura contra mi nalga izquierda.
—Hemos esperado tanto tiempo. Podemos esperar otras veinticuatro horas —lo regañé al salir de sus brazos. La mirada en su rostro era cómicamente triste. Sus hombros se hundieron y casi perdió seis pulgadas de altura al avanzar dando pisotones hacia la tina para sentarse ahí con aire de rechazo—. Oh, nada de eso, Edward. Sabes que te amo.
—También te amo, pero te extraño —murmuró.
—También te extraño —susurré al caer de rodillas entre sus piernas—. Mañana después de nuestra boda podremos hacer el amor y reconectar.
Edward acunó mi cara en sus manos y pasó su pulgar por mi mejilla. Sus ojos verdes perforaban los míos mientras sus dedos acariciaban mi cara. Con una profunda respiración, Edward se inclinó y me besó profundamente. Después de ese beso derrite bragas, me ayudó a pararme y me abrazó contra su duro pecho. Me derretí en su cuerpo.
—Mañana en la noche y luego durante toda la jodida luna de miel —se rio entre dientes.
—¿A dónde iremos? —me reí.
—Todavía no te diré. Alice y Rose empacarán para ti —sonrió, besando mi frente.
—Genial, eso significa delgadísimos bikinis y lencería diminuta —gruñí—. Necesito decirles que no uso bikinis. Tengo cicatrices, ¿recuerdas?
—Bella, relájate —me calmó Edward—. Rose y Alice saben sobre tus cicatrices, y no empacarán bikinis. Si lo hacen, no los uses.
—¿Y si eso es todo lo que empacan?
—Te amo, con o sin cicatrices. Además, no son tan malas como piensas —explicó—. Date la vuelta y abrázame. —Hice lo que me pidió y me quitó la bata, exponiendo mi espalda desnuda. Volteé sobre mi hombro para ver hacia donde me estaba acariciando Edward—. Solo puedes verlas si las buscas. Confía en mí cuando digo que nadie estará buscando tus cicatrices, Bella. Verán lo hermosa que eres y no dirán nada. Además, yo veo más aquí arriba —ronroneó, subiendo sus manos a mi tatuaje. Con un suave beso en mi hombro, me volvió a poner la bata—. Te dejaré para que termines de alistarte. Si no me voy, en serio te voy a tomar sobre la barra del baño.
Me reí y asentí. Con un último beso salió del baño. Respiré para calmarme unas cuantas veces y terminé de maquillarme. Al hacerlo, pensé en lo que había dicho Edward. Cuando yo veía mis cicatrices, veía las puntadas y los feos moretones. Pero cuando él rozaba sus dedos por mi espalda, apenas se notaba que estaban ahí. Había pasado mucho tiempo desde que Lauren me atacó la espalda y, afortunadamente, el doctor que me atendió se aseguró de que el proceso de cicatrizado fuera mínimo.
Me quité la bata y me di la vuelta para verme la espalda. Mis cicatrices siempre estarían ahí, pero sí podía salir en bikini, especialmente si mi esposo pensaba eso. Con una sonrisita, me preparé para los momentos sexys que tendría con mi esposito usando un bikini en una ubicación desconocida.
Poniéndome el vestido, terminé de alistarme para el ensayo. El vestido que usaba era de un ligero color lavanda con un nudo en la cintura y tirantes delgaditos. La joyería que llevaba eran las perlas que mi papá y mi mamá me habían dado. Las recibí de mis padres cuando me gradué de la universidad. Mientras me vestía podía escuchar las conversaciones en la cocina y afuera. Casi todos los del ensayo estaban aquí, ya todo lo que necesitábamos era a la novia y al novio.
Después de ponerme mis zapatos plateados bajé para el ensayo. La primera persona que vi en la casa fue Esme. Me estaba esperando. Llevaba un vestido color coral con un profundo cuello en V y un par de tacones de cuña color piel. Su joyería era una mezcla entre colores coral, durazno y dorado. Se veía muy linda y sus ojos brillaban con lágrimas contenidas.
—¡Bella! —exclamó—. Te estamos esperando.
—Perdón, estaba terminando de arreglarme —sonreí al abrazar a mi suegra/única dama de honor—. ¿Todo está bien?
—Todo bien, cariño. Me preguntaba si podríamos platicar —susurró. Agrandé los ojos—. No es nada malo, Bella. Solo tengo unas cuantas cosas que darte. —Asentí y avanzamos hacia la sala—. No sé si mañana tendremos la oportunidad de platicar, pero quería agradecerte. Agradecerte por regresarme a mi hijo. Estaba tan perdido cuando murió su padre y cuando su exnovia Kate lo engañó. Fuiste tú quien finalmente lo volvió a hacer feliz. Bella, eres una mujer tan maravillosa y me siento muy bendecida de tenerte en mi vida. Edward es un hombre afortunado por estar contigo, rezo para que tú y él sean felices por el resto de sus vidas juntos.
»Ahora, sé que ya no tienes una relación con tu madre. Tampoco quiero apoderarme de su rol en tu vida. —Esme se rio entre dientes.
—Oh, hazlo, por favor. Mi mamá era una mujer egoísta y odiosa. Ni siquiera la extraño —resoplé.
—Bueno, en ese caso, espero que empieces a decirme "mamá" —dijo Esme al abrazarme—. Cuando estés lista, claro. —Me besó la mejilla y tomó mis manos—. Bien, tengo unas cuantas cosas para ti, Bella. Edward es mi único hijo, pero sigo guardando algunas cosas que eran de mi madre. Cosas que quería darle a una hija. Obviamente Edward no es mi hija, pero me encantaría compartir esto contigo. —Esme estiró la mano detrás del reposabrazos del sofá y agarró una pequeña bolsa plateada. Sonreí enormemente y abrí la bolsa. Dentro había un pañuelo color lavanda y verde. Era de seda y suave. Pasé los dedos con cariño sobre la tela. Bordadas con hilo lavanda estaban las iniciales E.M.P—. Elizabeth Margaret Platt —dijo Esme—. Era de mi madre.
—Es muy hermoso, Esme —dije con reverencia.
—Quédatelo y dáselo a tu hija —dijo Esme—. Yo lo llevé conmigo en mi ramo. Espero que puedas hacer lo mismo.
—Lo haré, Esme —dije. Mirando la bolsa, noté que también había una cajita envuelta en papel plateado. Abriendo el regalo, jadeé cuando vi lo que había dentro. Acomodado en un cojín de satín había un broche de color amatista con piedras blancas alrededor—. Oh, Dios… es… es… no tengo palabras.
—Es precioso —sonrió suavemente—. La piedra del centro es una amatista y las que la rodean son diamantes. Este era el broche de la madre de mi madre, y lo usó en su boda. Me gustaría que lo usaras en la tuya. Se vería perfecto en la espalda de tu vestido, justo donde termina el zipper.
—Me honraría mucho usarlo —dije, las lágrimas me llenaban los ojos. Cerré la caja y abracé a Esme con fuerza. Nos estábamos meciendo y sollozando cuando Edward entró a la sala.
—Nada de llorar. ¿Por qué lloran mis dos mujeres favoritas? —comentó.
—Solo estamos teniendo un momento madre e hija —dijo Esme, limpiándome las mejillas—. También tengo algo para ti, Edward. —Se giró y agarró una bolsa para él. Edward tomó la bolsa y miró adentro. Sus ojos verdes se agrandaron y miró a su mamá. Esme asintió. Él sacó un estetoscopio. Pasó sus dedos gentilmente sobre el estetoscopio, específicamente sobre las iniciales—. Es el estetoscopio de tu papá, Edward. Espero que lo uses y salves vidas con él.
—Pensé que te habías deshecho de esto, mamá —dijo en voz baja.
—Nunca. Tu papá quería que lo tuvieras —dijo Esme, las lágrimas caían por sus mejillas. Se paró y abrazó a Edward. Ambos lloraron en voz baja, extrañando a Edward Senior—. Tu papá estaría muy orgulloso de ti, Edward Anthony. —Se separaron y me unieron a su abrazo. Éramos un trío de tontos sollozando, pero eran las mejores lágrimas. Lágrimas de felicidad, de satisfacción y, más importante, de amor.
No fue hasta que Carlisle carraspeó que nos separamos. Necesitábamos empezar con el ensayo. Saliendo hacia el patio fuimos recibidos por el ministro, que era un buen amigo de Carlisle. Todos los invitados a la boda vinieron al ensayo. Después del ensayo, nos iríamos a un restaurante local para comer y festejar. De ahí, los hombres se irían al hotel y las damas se quedarían en la casa conmigo.
En el restaurante, Edward y yo les entregamos unos regalos a nuestros padres. Yo le di joyería a Esme para que la usara mañana en la boda y Edward le dio a mi papá un set de tarros personalizados, una navaja de bolsillo y un set de parilla personalizado. Antes de separarnos para ir a nuestros respectivos sitios para dormir, nuestros amigos nos entregaron una caja a Edward y a mí. Compartimos una mirada y abrimos el regalo. Adentro había un montón de juguetes sexuales, lubricantes, lencería y una tanga para Edward. Él sacó una tira de bolas negras y alzó una ceja. Emmett sonrió y dijo que las bolas anales se sentían geniales al sacarlas mientras un hombre llegaba al orgasmo. Soltándolas como si fueran veneno, Edward se escondió detrás de mí gimoteando en voz baja.
Poco después de eso, Edward se fue al hotel con los chicos. Yo me fui con las chicas, manejando de regreso a la casa. Rose manejaba la Hummer de Emmett que estaba atiborrada con varias mujeres muy borrachas: Alice, Tanya y Esme. Yo estaba sobria, igual que Meg, la mamá de Jared. En la casa, las chicas me arrastraron hasta la sala después de ponernos los pijamas. Alice puso una tiara sobre mi cabeza y me empujó al sofá.
—¿Qué es todo esto?
—No es una despedida de soltera —dijo Alice arrastrando las palabras.
—Esas son mierdas, Pequeña —resopló Rose—. Es una mini despedida de soltera. Nada de estríperes. Nada de libertinaje estando borrachas. Solo un grupo de mujeres que quieren asegurarse de que estés lista para tu luna de miel.
—El regalo que nos dieron en el restaurante es más que suficiente —dije, sonrojándome furiosamente—. Ni siquiera tengo idea de para qué es la mitad de esa mierda.
—La mayor parte es en broma —explicó Alice—. Lo que hará que Edward se ponga duro como roca es lo que te daremos ahora.
—Calzones sexys —bramó Tanya—. Bragas sin entrepierna, camisones sensuales, y sostenes y bragas que harán que Edward esté perpetuamente duro. Abre el mío primero. —Me aventó una bolsa y sonrió. Abrí la bolsa y miré dentro. Tanya se carcajeó—. ¡Sácalo, Bella!
Agarré el camisón blanco transparente y las bragas sin entrepierna estilo mariposa que iban en conjunto. Mi cara estaba de un rojo brillante cuando lo enseñé.
—Gracias, Tanya.
—Úsalo mañana, amor. Edward se morirá al ver tu pequeño clítoris rodeado de encaje blanco —dijo Tanya con un movimiento sugestivo de cejas. Mi cara ardió todavía más, pero me gustaba la idea. Lo usaría mañana. Haría explotar a Edward de deseo y necesidad.
Irónicamente, el regalo de Tanya fue el más conservador. Cada caja y bolsa que abría tenía lencería más y más atrevida. También recibí pintura corporal de sabor chocolate, velas para masajes y un kit Weekender* sabor fresa además de la lencería. Guardé los regalos (en mis maletas de la luna de miel, excepto por el camisón blanco estilo mariposa que me dio Tanya, el cual se iría a mi bolsa de noche para nuestra primera noche como señor y señora Masen). Luego fue momento de compartir y dar consejos. Cada mujer en la habitación me dio palabras de sabiduría sobre cómo complacer a mi hombre.
Sabemos cómo complacerlo. No necesitamos consejos.
Aunque es muy divertido escuchar sus consejos.
O perturbador. Tu suegra te está dando consejos de cómo dar una mamada. ¿No te enferma esto?
Un poco.
¿Un poco? Estamos traumadas de por vida. ¿Dónde está Brit cuando lo necesitas?
—Bella, te fuiste a las nubes, amiga —se rio Rose.
—Perdón. Solo intentaba sacar de mi cerebro la imagen mental de Esme aconsejándome sobre cómo dar una mamada.
—Es bastante perturbador —aceptó Rose—. ¿Estás lista para irte a la cama?
—Probablemente debería estarlo —dije con nostalgia—. Será raro no tener a Edward en la cama conmigo.
—Lo sé. Estoy temiendo no dormir con Emmett —dijo Rose en voz baja, abrazándome en su costado—. Dormiré contigo, Swan. Solo no me patees. —Asentí y subimos las escaleras. El resto de las damas nos siguieron y fueron a sus respectivas habitaciones.
xx FO xx
La mañana siguiente llegó pronto. Ya no podía seguir durmiendo. Me levanté de la cama que compartí con Rose y fui a bañarme antes de tener que cocinarle a todas algo de desayunar. Sin embargo, cuando bajé a la cocina encontré a Alice sentada en la isla bebiendo café.
—Buenos días —dijo cansada.
—Hola, Pequeña —sonreí, sirviéndome un poco de café—. ¿Qué tal la resaca?
—No tan mal como pensé —se rio—. ¿Estás lista?
—Lo estoy —dije, sonriendo enormemente—. No estoy nerviosa. Estoy emocionada y lista para que Edward sea mi esposo y para ser su esposa. Él es un hombre maravilloso, soy muy afortunada.
—Lo eres, Bella —dijo Alice, chocando su taza de café con la mía.
—¿Quieres ayudarme a preparar el desayuno para todas?
—Bella, sabes que no sé cocinar —exclamó Alice.
—Puedes tostar el pan —dije, aventándole una bolsa de pan y unos bollos—. Yo haré el resto.
Trabajando juntas, preparamos el desayuno y todas empezaron a bajar a la cocina. Era una mañana tranquila ya que había algunas con resaca, pero de todas formas era lindo pasar tiempo con todas antes de la locura del día. Cuando estaba terminando sonó el teléfono. Esme contestó y habló brevemente.
—Era Aro. Él y su servicio de catering ya vienen en camino.
—Probablemente tendremos que desalojar la cocina —me reí.
—¿Necesitas bañarte, Bellarina? —preguntó Rose.
—Nop. Ya lo hice. Ustedes alístense —dije al dirigirme a la oficina para esperar a Aro. Diez minutos después, la camioneta de Aro llegó a la entrada. Lo dejé pasar junto a sus hermanos y trabajadores. Aro me besó las mejillas, felicitándome por la boda. Luego parloteó cada plato italiano que iba a preparar para la boda. A pesar de que mi estómago estaba lleno por el desayuno, cada manjar que describía me hacía agua la boca. Con un último beso en mi mejilla, me sacó de la cocina y subí las escaleras. Alice ya había transformado mi habitación en un salón de belleza con pinzas para rizos, maquillaje y mi vestido que estaba colgando de la puerta del baño.
—Ponte la lencería y tu bata —dijo Rose desde su lugar junto a la pinza. Asentí y agarré mi tanga estilo mariposa y me cambié en el baño. Envolviéndome el cuerpo con mi kimono de seda, regresé a la habitación. Rose comenzó a rizar mi cabello mientras que Alice se ponía a mis pies para hacerme una pedicura. Terminaron con mi cabello y Rose comenzó a sujetarlo y girarlo en una suave media cola. Luego añadió la flor blanca sobre mi oreja izquierda—. Perfecta —susurró.
Alice había terminado con mis pies y también me hizo una manicura. Me dijo que no me tocara las manos mientras ella trabajaba en mi cara. Mi piel fue exfoliada, pulida y humectada antes de que comenzara en realidad la aplicación de maquillaje. Casi tres horas después de que me había sentado en la silla, mi maquillaje ya estaba perfectamente aplicado; mi cabello rizado y apartado de mi cara.
—Te ves hermosa, Bella —dijo Alice en voz baja—. Tenemos algo para darle un toque final.
—Bueno, nosotras no. Fue Edward —exclamó Rose—. Aquí tienes, Bellarina. Iremos a alistarnos mientras tú intentas no sollozar por las poéticas palabras de tu futuro esposo. —Rose me entregó una bolsa adornada y se fue. Alice la siguió, saltando hacia la puerta. Viendo dentro de la bolsa, encontré primero una tarjeta. Abriendo el pesado sobre color crema, saqué una sencilla y elegante tarjeta que decía "Para mi esposa en el día de su boda" en letras plateadas. Abrí la tarjeta y encontré la letra de Edward adentro.
Querida Isabella,
Mi amor.
Mi único amor.
Mi esposa.
No puedo creer que hoy uniremos nuestras vidas. Nunca en toda mi vida había anticipado encontrar mi futuro en mi compañera de patinaje. Tú eres todo lo que pude haber deseado en una pareja, una mejor amiga, una amante y una esposa.
Ahora, no soy muy bueno con la poesía. Para nada. Así que tomaré prestadas unas palabras de un británico muy famoso. El Bardo.
Soneto 18 de Shakespeare
¿Debo compararte a un día de verano?
Tú eres más adorable y estás mejor templada.
Rudos vientos agitan los dulces capullos de mayo
y el estío termina su arriendo brevemente.
A veces brilla el sol con demasiado fuego
y a menudo se vela su dorado semblante.
A veces la belleza declina de su estado,
por causas naturales o causas imprevistas.
Mas tu eterno verano jamás se desvanece,
ni perderá su instinto de tener la hermosura,
ni la muerte jactarse, de haberte dado sombra,
creciendo con el tiempo en mis versos eternos.
Mientras el ser respire y tengan luz los ojos,
vivirán mis poemas y a ti te darán vida.
Te amo muchísimo, Bella. No puedo esperar para escucharte decir "Acepto". Pronto, mi amor. Pronto, estaremos unidos para siempre.
Con todo mi amor,
Edward "Swan" Masen.
(Igual tú vas a tomar mi apellido, pero consideraría añadir el tuyo al mío como segundo nombre. Te amo, Bell.)
Me aferré la tarjeta al pecho, intentando evitar que las lágrimas me cayeran por las mejillas. No llores, cantaba mentalmente. Puedes llorar después de la ceremonia. Exhalando un suspiro, me asomé en la bolsa y encontré tres cajas adentro. Comencé con la caja más pequeña y desenvolví un par de aretes de diamantes y esmeraldas. Oh, Dios. Los puse en la cama antes de agarrar la siguiente caja. Era un collar a juego con los aretes. La última caja contenía un brazalete de esmeraldas que hacía juego con los aretes y el collar.
—Edward Anthony… —me quejé en voz alta. Me puse mi joyería nueva y agarré mi celular.
¡Estás en grandes problemas, Edward! – B
¿Por qué? *Agita las pestañas* – E
Por la pequeña fortuna que te gastaste en mí – B
Ninguna fortuna. No gasté ni un centavo – E
Mierdas – B
Bien, mentí. Gasté tres dólares en la tarjeta y otros cuatro en la bolsa y el papel de envoltura. Pero nada más ;) – E
¿Pero? – B
Es mi herencia. De mi abuela paterna. Vas a usar el broche de mi abuela materna. Era justo que mi abuela paterna también estuviera representada – E
Gracias, Edward. Todo es muy hermoso. Además, elegiste uno de mis sonetos favoritos de Shakespeare – B
Me alegra que te gustara – E
¿Mi papá te dio tu regalo? – B
Nop. Todavía no. ¿Eres tú en una caja para poder hacerte el amor? Ja, ja – E
Perdón, cielo. Sigo en la casa. En fin, espero que te guste el regalo. No es joyería ni nada así – B
Me mordí el labio al pensar en lo que le compré a Edward. Una parte de su regalo era en broma, corbatas que tenían diferentes microbios en ellas y células óseas de peluche. Le había dado varios regalos con temática de doctor. El más caro era el maletín nuevo que podía usar como su bolsa de trucos de doctor. Mientras veía el celular, animando mentalmente a Edward para que me llamara, este sonó en mi mano. Chillé y lo tiré al piso.
—¿Hola?
—Bella, es increíble —dijo—. Me encantó todo. ¡Las corbatas! Son graciosísimas. Jasper quiere saber dónde las compraste.
—¿Estás seguro? Quiero decir, no es tan "sentimental" como tu regalo —susurré.
—Bell, pudiste haber envuelto mierda de perro y me habría encantado ya que es de tu parte —se rio Edward.
—Eso es asqueroso, Edward.
—Amor, de verdad amé mis regalos de bodas. Y también la tarjeta —murmuró Edward—. Solo unas cuantas horas más.
—Lo sé —susurré—. ¿Ya están listos?
—Yo sí. Estoy usando mi esmoquin e intentando inútilmente ponerme el adorno de solapa —se rio—. El fotógrafo llegará dentro de poco para tomar nuestras fotos antes de ir contigo.
Alice y Rose entraron a la habitación con Esme. Alice me frunció el ceño y cruzó los brazos bajo su pecho.
—¡Mierda! Me descubrieron —me reí—. Tengo que irme. Alice me está mirando con la ceja alzada.
—Te amo, Bell. Te veré en el altar.
—Yo seré la que está bañada en esmeraldas y diamantes, usando el vestido blanco —dije sarcástica—. También te amo. —Colgué el teléfono y le saqué la lengua a Alice. Ella extendió la mano sin decir palabra y deposité mi teléfono en su palma. Jodida nazi de bodas.
La siguiente hora la pasamos retocando mi maquillaje y poniéndome el vestido. Cuando estuve lista, el fotógrafo llegó y tomamos las fotos. No era un montaje tradicional de bodas. Solo fueron unas cuantas tomas en la casa y entre nosotras. Una hora después, los chicos llegaron en la limusina que Edward había pedido para ellos. Me escondí en la oficina de abajo mientras los invitados llegaban junto con los músicos. Miré desde la ventana, viendo a Edward moverse grácilmente de un invitado a otro, agradeciéndoles a todos por venir.
Charlie se escabulló en la oficina y me sonrió, admirando mi vestido de novia.
—Oh, Bells —suspiró—. Estás preciosa.
—¿De verdad, papi? —pregunté, parándome de puntillas para verlo.
—Nunca he visto a una mujer más hermosa, Bells. Edward es un hombre afortunado —murmuró Charlie al abrazarme—. Tengo tu ramo y algo de mi parte. No es mucho, pero sigue siendo un pequeño detalle de parte de tu viejo. —Me entregó una caja. La abrí y dentro había un collar con un dije de oro en forma de patín, un corazón y una herradura para la suerte. Había perdido un collar idéntico cuando fui atacada por Lauren y me sentí desconsolada cuando sucedió.
—¡Papi! ¿Dónde lo encontraste?
—Lo mandé a hacer, Bella. Sé que es un poco tarde, pero es la primera pieza de joyería que te di. Me sentí muy mal cuando se perdió. Ahora ya lo tienes otra vez —dijo Charlie, abrazándome con fuerza—. Te amo, bebita.
—También te amo, papi —sollocé, acurrucándome cerca de él—. ¿Puedes ponérmelo?
—No quedará bien con lo que estás usando, Bella. —Charlie frunció el ceño.
—Al carajo con eso, papá. Quiero usar algo tuyo —dije, sacando el collar. Charlie me lo puso en el cuello y sonrió suavemente cuando lo vio posado entre mis clavículas, sobre el collar de esmeralda que llevaba puesto.
—¿Bella, Charlie? —nos llamó Esme—. Es hora. —Se veía hermosa con su vestido lavanda. Llevaba el cabello rizado y usaba la joyería que yo le había dado. Con una sonrisa suave, Esme me entregó el ramo y lo agarré, sosteniéndolo con el pañuelo que me había dado ayer. Me abrazó y me susurró al oído—. Te quiero, Bella. Somos tan afortunados de tenerte en nuestra familia.
—Yo soy la afortunada —exhalé, apretando mi agarre en ella. Nos separamos y ella salió de la oficina. Charlie, viéndose muy apuesto en su esmoquin, me ofreció su brazo y me aferré a él con todas mis fuerzas—. No me dejes caer, papá.
—Jamás —dijo, besando mi frente. Salimos de la oficina y caminamos hacia el área donde se había puesto el altar en la orilla de nuestro patio, con vista al agua. El cuarteto de cuerdas tocó música tradicional hasta que Alice les dio la señal para hacer el cambio a la canción que Edward había compuesto para mí. Cuando cambió la música tomé una profunda inhalación y apreté el brazo de mi papá. Charlie me besó la sien y empezamos a descender hacia el altar. Mantuve la mirada pegada al suelo por el miedo de caerme de culo. Caminar en tacones sobre el pasto no es exactamente una buena idea.
Casi al llegar frente al altar alcé la vista y se me atoró el aliento cuando vi a la belleza que era mi futuro esposo. Sus ojos verdes brillaban con lágrimas. Su cabello bronceado estaba un poco controlado, pero seguía despeinado a su manera única y sexy. El corte de su esmoquin quedaba perfecto con su cuerpo atlético y, santo Dios, estaba usando un corbatín. Díganme rara, pero los corbatines me parecían jodidamente sexys.
¿Tal vez tu esposito pueda atarte, Bella?
Esa idea tiene su mérito…
¡Vamos a jugar! Espera… ¿y si es de broche?
Mierda.
Revisé el corbatín de Edward para ver si era de los que tenían un broche. Edward alzó una ceja, una chispa de diversión apareció en sus orbes esmeraldas. Charlie puso mi mano en la de Edward, me besó la mejilla y le palmeó el hombro a Edward. Luego se paró detrás de mi prometido, asumiendo su "postura de policía" con las manos detrás de su espalda, algo que le daba una actitud muy imponente a mi padre. Esme estaba parada detrás de mí.
—Buenas tardes —dijo el ministro—. Estamos reunidos aquí hoy para presenciar la unión en matrimonio de Edward Anthony Masen e Isabella Marie Swan. Es un compromiso que muchos toman a la ligera y con frivolidad. Durante mis conversaciones con esta joven pareja, noté que sus posturas sobre el matrimonio, el compromiso y el "para siempre" son muy fuertes y afines las del uno con las del otro. El amor que sienten entre ellos es profundo y refrescante. El respeto es evidente en su relación y me honra llevar a cabo esta ceremonia, uniéndolos el uno al otro para siempre. Y creo que su amor es uno que durará hasta que tomen su último aliento. Ahora, antes de entrar al "quid de la cuestión", ¿alguien se opone al matrimonio de esta pareja? —Esperó y miró a nuestros amigos y familiares—. Bien. Ahora, Edward y Bella me indicaron que cada uno tiene sus propios votos que decirle al otro. Edward, tú primero.
—Fabuloso —dijo, girándose para quedar de frente a mí. Tomó mi ramo y se lo entregó a su madre, entrelazando sus dedos con los míos—. No soy poeta ni romántico, pero lo voy a intentar.
—Claro que no eres romántico —se mofó Jasper—. ¡Todas las chicas quieren que les propongan matrimonio en un Campeonato Mundial por tu culpa, Brit!
—Calla, doctor Tanga —siseó Edward, alzándole una ceja a nuestro amigo. Alice codeó a Jasper en las costillas, lanzándole una mirada de enojo—. Lo siento. La edad combinada de nuestros amigos es de siete años.
—No pasa nada —se rio entre dientes el ministro.
—Regresando a lo que iba a decir —dijo Edward, fulminando con la mirada a Jasper y retándolo a hablar—. Bella, cuando te conocí estaba en el momento más sombrío de mi vida. Nunca esperé encontrar un brillante faro del amor y la esperanza en ti. Para nada. Cuando lo intenté contigo, estaba seguro de que me dirías que te dejara en paz y regresara a Reino Unido y desapareciera. Pero, afortunadamente, me diste una oportunidad y fue tu amistad lo que me centró. Recuerdo esa primera noche que comimos pizza, supe que eras alguien increíblemente especial. Me abrazaste mientras lloraba como bebé por la muerte de mi padre y el final de mi relación con "la que no debe ser nombrada". —Sonreí, recordando esa noche. Recordaba haberlo abrazado con fuerza mientras mi Edward sollozaba de forma tan desgarradora. También recordaba haberme quedado dormida en su regazo hasta que empezó a llover.
»Después de eso, nuestra relación se convirtió en algo más. Creo que supe que te amaba después de nuestro primer beso. Todavía lo siento cuando te toco, Bella. Cada vez que nuestras manos se tocan, que nuestros labios se rozan, que estoy en contacto contigo, siento esta electricidad. Esa sensación se ha intensificado con el progreso de nuestra relación y ahora la ansío. Me calma y me centra de una forma que jamás creí posible.
»Me honra que estés conmigo, Bella. Eres de verdad mi mejor amiga. Me viste en mi peor momento y me diste una oportunidad. Te juro que siempre estaré contigo y te amaré por el resto de mis días. Sé que los siguientes años serán un reto, pero juntos podremos hacer lo que sea. Solo tú y yo, nena. Eso es todo lo que necesitamos para ser felices. Ansío nuestro futuro y lo que nos tiene preparado. Si es algo parecido a nuestro pasado, seremos imparables —inhaló—. Te amo, Bella. Siempre te amaré. Para toda la eternidad.
—¿Bella?
—¿Me permite un momento? —sollocé mientras tomaba un pañuelo. Me limpié cuidadosamente las mejillas, intentando sonarme la nariz de forma elegante. Después de unas cuantas respiraciones tranquilizadoras, tomé las manos de Edward—. Perdón. Para alguien que no es poeta, eso fue malditamente bueno.
Edward se sonrojó y agachó la cabeza.
—Solo hablé desde el corazón, Bella —murmuró, mirándome tímidamente.
—Ahora es mi turno —respondí. Entrelacé mis dedos con los suyos y miré a sus infinitos orbes verdes—. Edward, antes de ti mi vida consistía solo en patinar, comer y dormir. Nunca me divertía. Nunca me tomaba el tiempo para vivir y pasarla bien. Una parte se debía al miedo a lo desconocido y la otra parte era mi impulso por alcanzar la perfección dentro y fuera del hielo. Contigo comprendí qué era lo que le faltaba a mi vida, y era alegría. Tú me traes tanta alegría, Edward. Verte experimentar cosas aquí en Estados Unidos y ser capaz de compartirlas contigo me dio una nueva perspectiva de la vida. Dentro y fuera del hielo.
»Edward, verdaderamente eres mi mejor amigo. Siento que puedo contarte absolutamente todo sin miedo al ridículo, a la malicia o a que me juzguen. También me has enseñado tanto sobre la vida, sobre el amor y encontrar la felicidad. Por primera vez en mi vida, soy verdaderamente feliz. Eso es lo que hizo que nuestro viaje al campeonato mundial fuera tan emocionante. Me sentía feliz y eufórica por patinar.
»Planeo mantener la misma felicidad en nuestro matrimonio. Sé que en menos de un mes tú te embarcarás en el viaje más difícil de tu vida: la escuela de medicina. Será retador y emocionante, pero debes saber que siempre estaré aquí para ti. Sin importar lo temprano que sea, lo tarde, lo cansado o emocionado que estés. Mi promesa para ti es que siempre te amaré y te apoyaré. Para siempre. Somos un equipo, Edward. Comenzamos como patinadores, emparejados por nuestros entrenadores. Nuestro compañerismo se convirtió en una fuerte amistad. Luego esa amistad se desarrolló en la relación que tenemos ahora aquí. Te amo, Edward. Muchísimo. Siempre estaré aquí para ti igual que tú lo estarás para mí.
—Gracias por sus emotivos votos. Ahora, Isabella y Edward no son muy religiosos, pero sí pidieron una lectura. Proviene de 1 de Corintios 13: 4-8: El amor es paciente, es bondadoso. El amor no es envidioso ni jactancioso ni orgulloso. No se comporta con rudeza, no es egoísta, no se enoja fácilmente, no guarda rencor. El amor no se deleita en la maldad, sino que se regocija con la verdad. Todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta… ¡el amor durará para siempre!
»Y este amor durará para siempre. —El ministro sonrió—. ¿Me permiten los anillos? —Charlie buscó en su bolsillo y le entregó al ministro la bolsita con los anillos. Los bendijo brevemente antes de girarse hacia Edward. Con una sonrisa suave, Edward tomó el anillo que le ofrecía y lo puso en mi dedo anular izquierdo—. Repite después de mí, por favor…
—Te doy este anillo como símbolo de mi amor por ti. Que sea un recordatorio de que siempre estaré a tu lado y de que siempre seré una pareja fiel para ti. Bella, te doy este anillo como símbolo de mi amor. Mientras rodea tu dedo, que siempre te recuerde que estás rodeada de mi amor eterno —murmuró Edward al llevar mi mano a sus labios para besar la argolla de diamantes que rodeaba mi dedo anular.
—Te doy este anillo como símbolo de mi amor por ti. Que sea un recordatorio de que siempre estaré a tu lado y de que siempre seré una pareja fiel para ti. Edward, te doy este anillo como símbolo de mi amor. Mientras rodea tu dedo, que siempre te recuerde que estás rodeado de mi amor eterno —respondí al deslizar la banda de platino en su dedo, frotando el cálido metal.
—Por el poder conferido en mí, los declaro marido y mujer —dijo el ministro alegremente—. Puedes besar a la novia.
Edward soltó una exclamación de júbilo y tomó mi cara en sus grandes manos.
—Señora Masen —susurró antes de que sus labios se posaran sobre los míos. Mis manos se movieron a su cabello y se enredaron en sus mechones color bronce. La mano izquierda de Edward bajó a mi cintura y me levantó, pegándome a su musculoso pecho—. Mi esposa. Eres mi esposa, Bella —ronroneó sobre mi boca, mordiéndome los labios—. Te amo, nena. Muchísimo.
Gemí y profundicé el beso. Mi boca se abrió y nuestras lenguas se masajearon lentamente hasta que el ministro carraspeó. Nos separamos respirando pesadamente y juntando nuestras frentes.
—Me causa gran alegría presentarles por primera vez a ¡el señor y la señora Edward e Isabella Masen!
Esme me entregó mi ramo y nos giramos hacia nuestros amigos y familia. Explotaron en vítores y todos se pusieron de pie. Edward me agachó y me besó otra vez antes de cargarme en brazos. Me llevó por el pasillo mientras me besaba suavemente, murmurando su felicidad sobre mi boca. Avanzando por nuestro patio, Edward me bajó en nuestro pequeño gazebo y sus besos se hicieron cada vez más y más apasionados. Acepté gustosamente su boca, regresándole mis besos con la misma pasión y exuberancia. Podía escuchar el leve chasquido de la cámara, pero no podía importarme. Estaba en los brazos de mi esposo y la vida no podía ser más perfecta en este momento.
Separándonos, nos miramos a los ojos mientras desmantelaban el altar y en su lugar ponían la pista de baile. Firmamos el certificado de matrimonio y el ministro nos deseó buena suerte antes de irse. Edward y yo pasamos unas cuantas horas tomándonos fotos nosotros dos, con nuestros padres y nuestros amigos antes de poder empezar a disfrutar de la recepción.
Como prometió, la comida de Aro estaba deliciosa y exquisita. Edward y yo nos dimos de comer el uno al otro picatta de ternera, lasaña y sopa de bodas italiana. Sacaron el pastel antes del platillo principal y nos embarramos felizmente las caras con pastel relleno de cannoli. Edward disfrutó mucho de lamer el postre dulce de mis labios. Los sonidos que hacía mientras besaba mi boca, mejillas y cuello eran completamente pornográficos.
Cuando terminamos con la comida, el DJ que contratamos nos llamó a la pista de baile y nos mecimos con los seductores sonidos de Michael Bublé. Edward cantó en voz baja la canción mientras me sostenía contra su pecho. En nuestra perfecta burbuja, me acurruqué cerca de mi esposo. Sus brazos se apretaron alrededor de mí y me besó la frente.
Ya había terminado el primer baile y ahora era momento de divertirnos. El DJ comenzó a mezclar música popular y todos se pararon a la pista de baile. Bailamos toda la noche hasta que fue hora de irnos al hotel donde pasaríamos nuestra primera noche como marido y mujer juntos. Esme, Carlisle y Charlie se encargarían de limpiar la casa. Nosotros nos iríamos a nuestra luna de miel desde el hotel.
Antes de dejar la casa, lancé mi ramo al grupo de damas. Primero cayó en brazos de Meg. Pero Alice se lo arrebató antes de que siquiera pudiera registrar que el ramo estaba en sus manos. Edward rodó los ojos y me ayudó a subirme a la limusina. Una vez dentro, la tensión sexual era palpable. Cada caricia que me daba Edward incendiaba mi piel con fuego. Quería que me arrancara el vestido del cuerpo y me tomara en la maldita limusina. Pero su serena sonrisa indicaba que ese no sería el caso. Solo me acurruqué con él hasta que nos detuvimos afuera del Fairmont Olympic de Seattle. Me reí entre dientes de la ironía. Este fue el lugar donde Edward se quedó cuando vino a la audición para ser mi compañero.
—¿De qué te ríes, amor? —preguntó Edward.
—Del hotel —dije.
—Oh, sí. Lo planeé así —dijo, guiñándome—. Ya estamos registrados. Hice los arreglos antes de dejar el hotel y debería estar todo listo para entrar. —Metiendo la mano a su bolsillo, sacó la tarjeta de la habitación. Entramos a recepción después de que Edward le pagara al chofer y subimos al elevador. La tensión sexual de la limusina no era nada comparada con la tensión sexual del elevador. Las gentiles caricias de Edward en mis brazos mientras estaba parado detrás de mí me excitaban muchísimo. Probablemente habría arruinado mis bragas si tuvieran tela en la entrepierna. Pero no tenían. Así que mi excitación se filtraba en la parte superior de mis muslos.
Se abrieron las puertas del elevador y Edward me cargó en sus brazos. Me reí al enterrarme más en su pecho. Los ojos de Edward eran casi negros a causa del deseo mientras me llevaba a la habitación.
—¿Me haría el honor, señora Masen? —preguntó, su voz sonaba ronca a causa del deseo.
Y sexo, Bella. Te van a follar esta noche.
¡Maldición, así era!
¡Uju! ¡Fiesta en la vagina!
Metí la tarjeta a la puerta y se abrió. Empujando la puerta con la cadera, entramos a la suite penthouse del hotel.
—Edward —susurré—. Te necesito, cielo. —Miré sus ojos y su necesidad era visible—. Quiero que mi esposo me haga el amor. Pero no puedo esperar hasta que lleguemos a la habitación.
—Yo tampoco, Bell —dijo con voz ronca al bajarme. En cuanto mis pies tocaron el suelo, sus labios descendieron sobre los míos y caminamos hacia el sofá del lugar. En realidad no le había prestado atención a la decoración de la suite, pero todo el lugar estaba bañado en el cálido resplandor de la luz de las velas. Me giró y me quitó con mucho cuidado el broche que estaba en la parte trasera de mi vestido antes de bajar el zipper. Sus labios nunca abandonaron mi piel mientras sus dedos subían por mis brazos para llegar a los tirantes. Con reverencia, primero me bajó el tirante derecho, besando cada centímetro de mi cuello y hombro. El tirante cayó a mi hombro y la parte superior de mi pecho quedó expuesta. La mano de Edward se movió a mi pecho derecho, liberándolo de su prisión de satín. Retorciendo y acariciando, tocó mi pecho mientras su otra mano bajaba el otro tirante, haciendo que mi vestido de novia cayera hasta mi cintura. La mano izquierda de Edward agarró mi pecho izquierdo y masajeó mis senos mientras nos besábamos lentamente. Su anillo de bodas brillaba bajo la luz de la habitación—. Necesito verte toda, Bella. Date la vuelta —murmuró sobre mi boca. Me moví para quedar de frente a él y me sonrió suavemente. Con un solo dedo, lo pasó sobre toda mi piel que quedó desnuda ante él. Sus ojos nunca abandonaron los míos mientras jugaba con mis pezones, haciéndome gemir y empujar mi pecho más hacia él.
Alcé las manos y le empujé el saco del esmoquin por los hombros. Las manos de Edward tomaron mis caderas y me bajó el vestido por el cuerpo, revelando mi figura casi desnuda. La única cosa que quedaba en mí eran mis bragas estilo mariposa. Sonreí y desaté su corbatín. No era de broche. ¿Tal vez pueda traerlo a la luna de miel? Desabroché hábilmente su camisa. Debajo de su camisa blanca estaba su perfecto pecho. Me moví hacia enfrente y besé sus clavículas, bajando por su cuerpo, lamiendo con mi lengua su piel salada. Con gentileza, Edward acunó mi mentón y me guio de nuevo hacia arriba.
—Esta noche se trata de ti, amor —dijo, llevándome al sofá—. Siéntate, Bella.
Alzando una ceja, me senté en el afelpado sofá de microfibra. Edward se arrodillo frente a mí y me jaló más cerca de él. Mis rodillas estaban a cada lado de su pecho desnudo.
—No habrá parte de tu cuerpo que no haya probado, mi amada esposa. Necesito sentirte, Bella. Quiero sentir que te corres en mi lengua, amor —ronroneó seductoramente, inclinándose hacia enfrente. Sus labios se encontraron con los míos en un beso amoroso. Era inocente y lleno de promesas. De forma tierna, la lengua de Edward se deslizó entre mis labios y bailó con la mía. Mis manos se enredaron en su cabello mientras sus dedos paseaban por mis piernas. Las puntas de sus dedos acariciaban mis muslos, acercándose cada vez más a mi centro, que estaba chorreando de excitación.
La boca de Edward se apartó de la mía y bajó besando por mi cuello. Sus manos me separaban las piernas mientras él se acercaba cada vez más y más a mi coño.
—Por favor, Edward —rogué—. Te necesito. ¡Tócame!
—Te estoy tocando —ronroneó, chupándome la clavícula. Alzó la vista a mí, podía ver la sonrisita en su cara—. ¿Dónde quieres que te toque? ¿Aquí? —Sus labios me rodearon el pecho y giró su lengua alrededor de mi pezón. Santo cielo. Eso se siente bien, pero no es lo que quiero. Gemí y roté las caderas—. ¿Qué tal aquí? —Edward besó sobre mi pecho para cruzar al otro pezón, todo esto mientras sus dedos estaban a solo centímetros de mi coño. Latía por sus dedos, su lengua, su polla…
—Edward, sabes qué es lo que quiero —gruñí—. ¡Deja de provocarme!
—Si meto mi mano dentro de tus bragas, ¿sentiré lo mojada que estás? —preguntó, su voz sonaba oscura y llena de lujuria.
—Tócame —le rogué—. Haz que me corra, Edward. Fóllame con tu lengua.
—Demonios —espetó eróticamente mientras metía su mano en mis bragas, solo para comprender que no era verdaderamente necesario. Agrandó los ojos al retroceder, me abrió las piernas y miró directamente a mis bragas sin entrepierna. Alcé un dedo y lo bajé por mi cuerpo, llegué a mi endurecido clítoris y empecé a hacer círculos en él. Caí contra el respaldo y me mecí contra mi mano mientras Edward se quedaba ahí sentado, pasmado ante lo que estaba viendo. Cuando apartó su vista de mi coño, sonrió diabólicamente mientras se inclinaba hacia enfrente y apartaba mi mano con gentileza—. Mía —ronroneó antes de tomar mi clítoris con su boca y acariciarlo con su lengua.
Devoró cada centímetro de mi sexo. Su lengua alcanzó partes de mí que no sabía que existían y en pocos minutos ya me encontraba gritando su nombre repetidamente al correrme rápido y con fuerza. Estaba regresando de mi euforia cuando Edward se quitó los pantalones y el bóxer. Se sentó en el sofá y me jaló sobre sus piernas.
—Date la vuelta, Bella. Quiero que veas mientras hacemos el amor —dijo.
—¿Qué?
Señaló detrás de mí y ahí había un espejo que llegaba hasta el techo de frente al sofá. No lo había notado antes ya que estaba muy consciente de Edward. Sonreí y me giré, agité mi culo al sentarme. Edward agarró su excitación y la guio hacia mi calor. Gemí al llenarme con su dureza.
—Míranos, Bella. —Miré sobre mi hombro una última vez antes de dirigir mi atención a la porno en vivo que se veía en el espejo. Las caderas de Edward se movieron y me llenó todavía más. Llegaba tan profundo de esta manera. Además, verlo físicamente enterrado en mis pliegues hacía que me excitara todavía más. Empecé a menear las caderas lentamente y a disfrutar de la sensación de tener a mi esposo dentro de mí. Completándome. Llenándome hasta el alma.
Ahora, por muy erótico que fuera esto, detestaba no poder besarlo. Detuve mis caderas y me levanté, para disgusto de Edward. Me di la vuelta y puse su polla en mi entrada. Me dejé caer de golpe sobre su cuerpo, lo que lo hizo gruñir.
—No podía ver la hermosa cara de mi esposo cuando se corriera. No podía besarte —expliqué mientras mis labios descendían sobre los suyos con ansias. La forma en que hacíamos el amor era ruidosa, tierna, sensual y, más que todo, amorosa.
—Bella —ronroneó—. Mi Bella. Te amo muchísimo, nena.
—También te amo —grité cuando mis movimientos se hicieron más erráticos—. Estoy tan cerca, Edward. Necesito sentirte. —Nos miramos a los ojos cuando mis músculos se contrajeron alrededor de su polla. Gemí, jalándole el cabello al correrme. Mi liberación desencadenó la suya y gruñó el amor que sentía por mí mientras se derramaba dentro de mi cuerpo.
La suite quedó en silencio excepto por nuestras pesadas respiraciones y suaves besos. Una vez que Edward se salió de mi cuerpo, se levantó y me cargó a la habitación. Me pegué a él, pero sabía que no me tiraría. Hicimos el amor tres veces más antes de colapsar en un exhausto sueño.
Al día siguiente ambos estábamos doloridos y cansados. Pero partiríamos a nuestra luna de miel desde SeaTac. Edward seguía sin decirme a dónde íbamos, pero sabía que era en el extranjero porque me entregó mi pasaporte. Antes de registrar la salida, Alice, Rose, Jasper y Emmett pasaron por nuestras cosas con las que pasamos la noche y lo intercambiamos por el equipaje para nuestra luna de miel. También noté que algo brillaba en la mano izquierda de Alice.
—¿Alice? —pregunté.
—Sí —sonrió.
—¿Qué es eso? —cuestioné, señalando su mano.
—Un anillo de compromiso —sonrió.
—¿Cuándo sucedió? —preguntó Edward, mirando a Jasper—. Hmm. ¿Doctor Tanga?
—Vete a la mierda, Masen —resopló Jasper—. Sucedió anoche. Después de que se fueron. Alice estaba regodeándose de haber atrapado el ramo y decidí hacerlo.
—Fue muy dulce —dijo Rose con suavidad—. El doctor Tanga estaba nervioso y tiró el anillo. Dos veces.
—No, tres veces —intervino Emmett desde el asiento del conductor.
—No importa cuántas veces tiré el maldito anillo. ¡Le propuse matrimonio! —dijo Jasper petulante.
—Ahora, ¿le propusiste matrimonio porque te viste obligado o porque la amas? —preguntó Edward, alzando una ceja.
—Le propuse matrimonio porque la amo —dijo Jasper, besando suavemente a Alice—. Fui un idiota por haber esperado tanto tiempo. Y mantengan libre Nochevieja. Es cuando queremos casarnos.
—¡En LAS VEGAS! —gorjeó Alice.
—Ahí estaremos —cometamos todos, ganándonos un aplauso emocionado de Alice.
Con abrazos y besos, Edward y yo dejamos a nuestros amigos y entramos al aeropuerto. Nos registramos y nos llevaron hacia la sala de espera de primera clase. Seguía confundida ya que íbamos a volar a Hawái, pero Edward dijo que solo era la primera parada antes de ir a nuestro destino.
Casi quince horas después llegamos a las islas Maldivas. Nos quedaríamos en un resort de cinco estrellas llamado el Viceroy, en una villa privada. Como prometió, Edward y yo pasamos toda la luna de miel en traje de baño o desnudos. Hicimos el amor tanto como nos lo permitían nuestros cuerpos y nos conectamos de una manera que nunca imaginé posible. Nuestro amor era fuerte y estábamos felices.
Pero todo lo bueno llega a su fin. Dos semanas después de haber llegado a las islas Maldivas, empacamos nuestras pertenencias para regresar a casa. Edward me prometió que regresaríamos, pero no podía evitar sentirme triste. Estábamos cerrando un capítulo de nuestras vidas y avanzaríamos al siguiente. La vida de Edward ya estaba tomando forma con él yendo a la escuela de medicina. Yo seguía perdida sobre lo que quería hacer. Edward notó mi trepidación cuando volábamos ya cerca de Estados Unidos. Tenía el ceño fruncido y me aferraba con fuerza a su mano.
—Bella, tienes que relajarte, amor —se rio entre dientes.
—¿Qué hago ahora? —murmuré.
—Lo que te haga feliz —respondió.
—Tú. Tú me haces feliz —bromeé, acurrucándome en su abrazo—. Pero todo es diferente ahora.
—Lo es, Bella. Pero eso no es algo malo —dijo sabiamente—. Tienes que recordar que sin importar qué hagas, yo estaré aquí junto a ti, señora Masen. Igual que cuando estábamos en el hielo. Solo tú y yo, amor.
—Solo tú y yo —sonreí.
*Kit Weekender: es un kit erótico que contiene diversos productos sexuales y viene en diferentes sabores.
N/T: Este es el último capítulo de la historia, ya solo nos falta el epílogo que se publicará el día de mañana. Muchas gracias a todos los que leyeron y comentaron, gracias por acompañarme en otra traducción ;)
