Felicitación pendiente.

Estuvo bastante bien. Fue gratificante y muy disfrutable si dejamos de lado lo moralmente cuestionable que resultaba toda la escena.

Pensé que algo saldría mal, porque uno nunca sabe: quedar con un montón de desconocidos en ir a una "fiesta de citas" en Nochebuena, de la cual podrías salir acompañado, apelando al natural nihilismo de nuestra época, pensando en absolutamente ninguna consecuencia luego de un encuentro casual, pues obviamente se podría quedar frente a un escenario bastante adverso: acercamiento al abuso del alcohol, las drogas, enfermedades venéreas, y desde luego, a que la chica resulte ser otra cosa y quiera cerrar su noche jugando "a los espadazos".

¿Que si eso me asustaba?

Desde luego que me asustaba. Porque no era el estereotipo que todo mundo creería al ver mi apariencia, así que perdón por ser apuesto, perdón por ejercitarme con regularidad, y perdón por tener dinero. ¿Qué clase de mundo es este donde el éxito debe ser excusado?

Pero volviendo al momento, todo había salido bien: la fiesta de Nochebuena fue amena dentro de la esperada indiferencia, hablé con un par de chicas enmascaradas, y una de ellas me resultó particularmente simpática, era de mi edad, y bebía con más moderación que las otras, además de que no usaba nada en el amplio catálogo de sustancias que eran ofrecidas en el lugar, igual que yo. Tal fue el éxito de la conquista, que pudimos establecer una conversación… bueno, en tanto pueda llamársele de esa forma a una interacción constantemente interrumpida por la música estridente y los intentos de otros fulanos por llamar su atención.

Decididos a dejar eso atrás, optamos por irnos a otro lugar, lo que nos llevó hasta donde estábamos. La fiesta, como parte de sus servicios, daba transporte seguro al hotel, motel, hotel del amor, o domicilio del solicitante, evitando que el festejado condujera ebrio, y ayudándolo a mantener el anonimato por lo que quedaba de la celebración.

Desde luego, pedí un buen hotel en una parte más o menos céntrica de la ciudad, porque me pareció una buena chica, y no iba a llevarla a uno de esos horribles tugurios a los que cercanos míos menos preocupados acostumbraban a llevar a sus conquistas, según me contaban.

Entre conmovedoras caricias, la mañana nos alcanzó unas horas después, habiendo dormido las últimas dos. Ya con más lucidez, alguien enunció lo que yo sentía, en medio de aquella ofuscante resaca:

—Ay, demonios… la cabeza me va a estallar… —La voz, aunque cavernosa por el contexto, era agradable, y sólo hasta que la acompañante de lecho se levantó, dejándome ver su espalda, es que noté que tanto ella como yo seguíamos llevando encima la máscara de tela que protegió nuestras identidades desde la noche anterior—. No puedo creer que hice esta estupidez… ¿en qué estaba pensando? Voy a colgar a Tomoyo del cabello.

Esa declaración fue reveladora. Al parecer, la joven era más parecida a mí de lo que pensaba, pues yo tampoco acostumbraba o siquiera sabía de esa versión avanzada de una cita a ciegas. La vi quitarse el antifaz con pesadumbre, desarreglando aún más su caótica cabellera castaña, mientras pensaba que yo mismo había conocido a una Tomoyo años atrás.

—Si te sirve de consuelo, yo la pasé bien —dije, lanzando a un lado mi propia máscara con pereza.

La chica respingó al escucharme, seguramente se pensó sola, y con ojos bien abiertos se giró hacia mí. El reconocer su rostro, junto con sus siguientes palabras, quedarían grabadas en la infamia histórica del universo de las citas:

—¿Li? —preguntó con voz temblorosa, abriendo los ojos aún más.
—¿Kinomoto? —la cuestioné también.
—Ay, no, por favor… de entre todos los patanes del mundo, ¡Tú no! —se cubrió los ojos con las manos, aterrorizada.
—Bueno, hace un rato no parecías tan contrari… ¿cómo que "patán"?

Más allá de lo profundamente ofendido que me hizo sentir su forma de referirse a mí, estaba esa animadversión que me mostraba… por favor, sé que no soy perfecto, pero… más importante aún, ¿por qué habría de interesarme lo que ella pensaba de mí, en primer lugar?

Sin embargo, habría que explicar algunas cosas acerca de aquella alrevesada situación, y para ello, era menester empezar desde el principio. Hora de la clase de historia:

En mi casa, las cosas fueron… particulares, aunque no tanto como para no ser considerado un cliché: Soy chino, de padres adinerados con la necesidad de seguir expandiendo el imperio. Papá y mamá me mandaron a estudiar negocios a Japón. Al no ser ese mi objetivo en la vida, peleé con ellos, y el señor de la casa me expulsó de la familia. Mamá, con un poco más de sentido común, me liberó un generoso fideicomiso, sustentando su elección en el apotegma de que las riñas con los padres eran algo común, y que eventualmente se resolvería, y mientras eso sucedía, yo cambié mi carrera de negocios internacionales a filosofía.

Y reforzando una reflexión anterior: nunca fui el estereotipo que todo mundo creía que era.

No consumía drogas. No me alcoholizaba a menudo; no tenía algún padecimiento mental, como la depresión o la ansiedad que solían tener las grandes mentes estudiantes de las humanidades de este país, ni nada que me llevara a buscar desahogo en tales vicios; porque seguramente eso es lo que viene a la mente de la mayor parte de la gente que escucha sobre un estudiante de filosofía.

Sobre mi apariencia y lo que de ella se puede concluir… pues la verdad es que nunca fui mujeriego, siempre fui más bien tímido, y a veces demasiado directo. Si alguien no coincidía conmigo, normalmente lo confrontaba hasta destruirlo…

Caray…

Llegado a ese razonamiento, ubiqué el problema con Kinomoto.

Kinomoto y yo cursamos juntos la preparatoria cuando mis padres me mandaron a Japón. Seijo era una escuela modesta que yo mismo elegí para pasar lo más desapercibido posible, además de que tenía buen nivel.

A decir verdad, ella y yo apenas si coincidíamos en algunas clases, y los primeros dos años nos hablamos de forma cordial, pero distante, y es que no pudo ser de otra forma:

Ella era la popular dueña de los suspiros del vulgo, hermosa, pero con la dicotomía de charlas que demostraban que tenía la mente inocente de un ángel, pero piernas que te hacían pensar en cosas que te mandarían directo al infierno, producto de las rigurosas rutinas a las que se sometía y sometía a las demás al ser la capitana del equipo de porristas.

Yo, por mi parte, encontraba más gratificación en los libros, aún cuando los deportes no se me daban mal, y fui por otro derrotero: desarrollé mi elocuencia y traté de nutrirme más de conocimientos, me enrolé en el club de debate, y me hice capitán desde el primer año. Gané varios certámenes regionales. La pregunta básica en esa coyuntura era: ¿No se antojaba a broma el coincidir en el universo, siendo tan diferentes?

—Kinomoto… —tanteé, girándome hacia mi lado de la cama, con mi timidez siendo nuevamente dueña de mi proceder, evitando mirarla mientras buscaba su ropa—. ¿Sigues molesta por lo que pasó en el bachillerato…?
—Hay que tener coraje para preguntar algo así… no cabe duda que algunas personas nunca cambian.
—Por favor, han pasado casi cuatro años…
—¡Cuatro años en los que los idiotas de tus y mis amigos me recordaban la humillación que pasé por tu culpa! ¡Tú, sin en cambio…!
—"Sin en cambio" no existe, puedes decir "sin embargo" o "no obstante", pero…
—¡Ah! ¡Cierra la boca! —refunfuñó apenas un par de rayitas debajo del grito—. ¡Siempre era lo mismo contigo! "¡Eso no se pronuncia así!" —hizo una molesta voz infantil, imitando una de las frases que yo solía utilizar antes de aprender la valiosísima lección de no corregir a las personas, al menos no públicamente.
—De acuerdo, admito que podía ser un poco fastidioso…
—¿Un poco fastidioso? ¡Eras una maldita hemorroide! —me recriminó, dándose la vuelta y señalándome con su índice acusador— ¡Un año entero de pesadilla fue sólo el inicio de tu legado en mi vida, Li!
—Yo… —esa declaración me tomó un poco por sorpresa—. No entiendo, ¿de qué estás hablando? sólo fue un debate y…
—¿Sólo un debate? Déjame contarte lo que pasó ese día —dijo, bajando la voz, pero conservando el ímpetu. haciéndome notar lo rápido que se había vestido, a diferencia de mí, que con incomodidad trataba de cubrirme, ante la total indiferencia de ella respecto a mi desnudez parcial—. ¿Tú más o menos por qué crees que te reté en un debate?
—No lo sé… quizás querías mostrarnos a todos lo lista que realmente eras.
—¿Qué nunca te cansas de burlarte de mí?
—¡No me estoy burlando! —De verdad no lo hacía. Siempre me pareció una muchacha inteligente.
—¡Era capitana del equipo de porristas! ¿¡En qué maldito momento de la vida podría dedicarme a estudiar tanto como tú, ratón de biblioteca!? —Comenzó a caminar en círculos, con las manos levantadas sobre la cabeza, haciendo aspavientos—. ¡Cada vez que intentaba que la gente me viera como algo más que una cara bonita, alguien se burlaba de mí! Y ese miserable de Clow…

La iluminación cayó entonces, mientras armaba el rompecabezas.

Clow fue nuestro maestro de historia, una eminencia en su campo, y también una mente… peculiar. Disfrutaba de hacernos discutir en clases, metiéndonos en temas a cuál más polémico, como la religión, la política, la moral, y la dicotomía del bien y el mal por momento histórico repasado. Era la clase en la que Kinomoto realmente se animaba a hablar, porque era terrible para las ciencias duras, como las matemáticas.

Tenía opiniones interesantes, con una pulimentación adecuada, podría haberse convertido en una gran oradora.

Y una tarde, en una clase al inicio del tercer año… ella defendió una postura que Clow no creyó adecuada.

Ahora que lo pienso, todo fue un ardid de él, que informó al club de debate que ella quería desafiar al mejor ponente que tuviéramos, que desde luego, era yo. Él la había arrojado a la arena con los leones, y yo nunca lo supe. Al pensar que el desafío era legítimo, di lo mejor de mí… y la destrocé.

—Yo no tenía idea…
—No puedo creerte. Deberías haber visto tu cara de satisfacción mientras barrías el piso conmigo delante de toda la escuela. Ojalá ahí se hubiera terminado el problema, pero no… esas muchachitas irritantes de tu club, en especial Meilin… no tuve un momento de paz en lo que la preparatoria terminó. ¡Incluso mis compañeras de club se burlaban de mí! "Ahí viene la banshee" me decían todo el tiempo.
—¿La banshee?
—Porque era mejor que no abriera la boca, según ellos.

Tuve que morderme la lengua para no soltar una carcajada. Era un gran chiste… pero lo cierto era que nacía de una tragedia personal bastante fea, misma que yo había creado, e incluso tal vez fomentado. Ella continuó, ignorando mi dilema:

—Cuando la preparatoria terminó, pensé que todo el asunto terminaría también, pero no… al menos un par de los idiotas de tu club terminaron en mi universidad y extendieron el rumor. Estaba socialmente condenada desde el principio. Estoy por graduarme y no puedo sacudirme ese estigma, ¡He estudiado muchísimo! ¡He cultivado mi vocabulario y acervo cultural en todo lo que he podido! ¡Y sólo basta que me ponga nerviosa para que diga una estupidez…! Como "sin en cambio" y todo se vaya al demonio.

Esperando que no tuviera más reclamos que hacer, me atreví a hablar.

—Sé que es un poco tarde, pero… de verdad, nunca fue mi intención que eso pasara. De hecho, estaba bastante feliz al recibir el reto… es decir… eras la mismísima Sakura Kinomoto, inspiración de cada muchacho de la escuela, y querías enfrentarte directamente a mí… no iba a faltarte al respeto siendo condescendiente contigo.

Se dio la vuelta para arremeter nuevamente, pero se detuvo al verme, y supuse que asumió que mis palabras eran legítimas. Eso se sustentaba en mis acciones. Más allá de que apenas si cruzamos palabra entonces, jamás me burlé de su desempeño o su forma de hablar. Nunca utilizaría un recurso tan bajo como la falacia del hombre de paja en contra de nadie, en especial de ella… y entonces volvió a mí la sensación… había olvidado cómo me hacía sentir, una vez que reconocí para mi mismo que me gustaba mucho, y lo inalcanzable que creí que sería… y no sólo porque fuera bonita y popular, a diferencia de mí, que seguía siendo igual de tímido aún en mi madurez, sino porque la distancia intelectual, social y emocional entre ambos era abismal… o al menos esa era la imagen que tenía preconcebida de ella.

Se calmó un poco, según parecía, cansada de pelear. Definitivamente teníamos peores problemas que resolver.

—Espero no me lo tomes como un atrevimiento, pero… ¿cómo es que terminaste aquí en Nochebuena? —pregunté, apenas moviéndome para terminar de vestirme.
—¿Cómo es que tú terminaste aquí? —reviró, suspicaz.
—Eriol. Además de que no es como si tuviera mucha familia por aquí.
—Ya veo…
—Yo ya respondí, pero tú no.

Suspiró con pesadez, aparentemente, resignada. Habíamos pasado la noche juntos, ¿qué más daba compartir algo de información?

—Derivado de todos los eventos mencionados, me recluí y concentré en mis estudios. Traté de pasar lo más desapercibida posible, y eso me volvió bastante solitaria, la universidad es un mundo de diferencia con la preparatoria, ahí de verdad no importaba lo bonita, y la popularidad no me seguía por las razones que ya te conté. Muchas de las chicas del equipo terminaron en carreras comerciales o buscando un buen marido, pero yo… bueno, a mí siempre me gustó la filosofía. Recibí muchas burlas cuando apliqué para estudiarla. —Debía reconocer lo mucho que había crecido. Su discurso había sido sólido y bien estructurado, además de claro y conciso—. Pensé que me pasaría la universidad oculta de todo el mundo, pero entonces… conocí a Hiro. El único hombre que no parecía tener inconvenientes con mi pasado. Fue acercándose a mí, y terminó ganándose mi corazón. Llevábamos saliendo dos años.

Cualquiera con dos dedos por delante, podría reconocer el gesto que puso: una sonrisa melancólica, producto de algo que sin lugar a dudas, provocó muchas alegrías, y también grandes dolores.

—¿Y qué pasó? —pregunté, notando el silencio y sentándome a su lado, ya debidamente vestido.
—Pues… que estaba tan distraída en estar feliz porque alguien se fijaba en mí por lo que realmente era, que ignoré que se acercó a muchas personas a la vez. Y fue, o muy descarado, o muy estúpido como para tratar de conquistar a Tomoyo mientras salía conmigo. El imbécil quería un ménage à trois. Ni siquiera se molestó en fingir que no era así. Me sentía terrible después de confrontarlo y terminar con él. Quién sabe cuántas semanas me la pasé penando por ese… sinvergüenza. Tomoyo me dijo: "vamos, no puede ser peor que lo que ya nos pasó…" La respuesta está justo aquí. Qué ingenua fui.
—Lamento escucharlo.
—¿Y tú? ¿Acostumbras ir a esas fiestas?
—En absoluto. Pero conoces a Eriol, puede ser…
—Persuasivo. Veo que él tampoco ha cambiado.
—Pues… la conmiseración suele ser buena para calmar los dolores propios, así que si te hace sentir mejor, esta fue mi primera vez.
—La mía también, y la última, nunca volveré a ir a estas fiestas.
—Creo que no me estás entendiendo.

Me miró confundida por un instante.

Luego, finalmente cayó en cuenta de las implicaciones de mi aseveración.

—No es cierto…
—Yo creo que sí.
—Li… ¿eres… virgen?
—¡Claro que no!
—Qué aliv…
—Ya no, dejé de serlo hace unas horas.
—¡¿Y en qué maldito universo eso podría hacerme sentir mejor?!

Volvió a ponerse de pie, profiriendo cada grosería que conocía, e incluso haciéndome aprender un par al no ser el japonés mi lengua madre, se puso a dar vueltas por la habitación, obnubilada. Ella quizás no podía entender que eso era, en lo que a mí concernía, un evento enorme, pero no tanto al mismo tiempo… tratando de simplificarlo, eso de "perder la virginidad" no me parecía el mayor evento de la vida…

Por otro lado…

Mi inocencia se había perdido con la chica que me gustó en la preparatoria. Era una extraña pesadilla concluida con la concreción de un sueño.

La providencia y sus extraños caminos.

Traté de explicarle eso en palabras sencillas, pero era complicado razonar con una mujer así de emocional y en medio de una coyuntura tan dura como la que ella enfrentaba, aunque debería puntualizar que eso último no era mi culpa.

—Claro, para ti es fácil decirlo —concluyó, tratando de calmarse, sentándose en una silla a un lado de la ventana y sacando una cajetilla de cigarrillos de su bolso. Me ofreció uno, que yo rechacé amablemente con un gesto, dejando claro que no fumaba—. En realidad, fumar es estúpido —dijo, poniendo cara de desagrado después de la primera calada, apagándolo, y lanzando la cajetilla al cesto—, empecé a hacerlo por culpa de Hiro, creo que es un buen momento para dejarlo. Pero volviendo al momento, ojalá yo hubiera tenido la misma suerte y hubieras sido tú quien…

Se interrumpió a sí misma, y mantuvo la mirada baja, asumiendo que dijo algo que no debía.

—¿Perdona? —cuestioné.

Llevó entonces las gemas que tenía por ojos simbólicamente al cielo, consciente de que no podía hundirse más, continuó sin verme a la cara.

—Cuando íbamos en preparatoria… ¡Ah, lo diré! ¿Qué importa ya, de todas maneras? Tú me gustabas. —Un conato de sonrisa apareció—. Tu forma de hablar, esa indiferencia que le mostrabas a las personas, y que yo tontamente creía que podría corregir si es que lograba acercarme a ti. Eras cautivador. Luego te volviste un imbécil, pero por todo segundo año estuve enamorada de ti.

Y entonces, el que se quedó sin palabras fui yo.

—Es una maldita broma, ¿verdad, Kinomoto?
—¿Y ahora por qué estás molesto?
—¿Que por qué estoy molesto, preguntas? ¡No pasó una noche en ese curso que no soñara contigo! ¡Nunca me atreví a decir nada por el miedo que te tenía! Me imaginé a mí mismo cientos de veces acercándome a ti para hablarte, y que me rechazabas mirándome como si fuera un mono parlante, sin dignarte siquiera a responderme.
—¿Qué? ¡Yo nunca me hubiera comportado así!
—¿Y yo cómo iba a saberlo?

Dejamos de discutir después de eso. Pasado ese punto, ciertamente las cosas no podrían ponerse más raras o incómodas, y me limité a esperar a que ella pusiera una resolución a esa extraña situación. Yo seguía sentado en la cama, y ella en su silla. Ella tenía la cabeza entre las manos, mientras que yo apuntaba con mis ojos al suelo, más precisamente a sus pies, sólo cubiertos por las medias.

En un escrutinio soterrado en la introspección, volví a ver a la mujer ante mí. No había dejado de ser tan bella como la conocí, de hecho, las libras y los centímetros ganados entre la última vez que la vi y esa ocasión, la habían favorecido bastante, y había comprobado de primera mano que su figura era natural.

Imaginé muchas veces, antes de terminar el bachillerato, que ella accedía a salir conmigo, pensé en mí mismo haciendo todo para enamorarla en una idílica persecución, conociendo a su familia y ajustándome a sus intereses y gustos. Yo no lo supe, pero ella terminó estudiando lo mismo que yo, pudimos habernos ayudado muchísimo en el camino de la realización, en especial la intelectual… dentro de mi mente, ella olía a flores, justo como descubrí que era en realidad, mientras que con aquella soltura que me sorprendió, me guiaba por los caminos del amor físico. También la imaginé atenta, amable, tal como se comportaba entre mis brazos entre asaltos, buscando afecto y confort en esos intervalos de descanso.

Entonces… que fuera natural su comportamiento en esas faenas, ¿significaba que era así con cada amante que había tenido en el pasado? ¿Cuántos hombres habían gozado de esa ternura en el tiempo que estuvimos separados? Eso me hacía entonces… nadie especial. Uno más en la lista. Ella misma corregiría esos pensamientos:

—Es gracioso —dijo, con un tono mucho más relajado—. Yo sólo he tenido una pareja, y le tomó muchísimo tiempo llevarme a la cama. Tal vez por eso, el muy animal buscaba ese tipo de interacción con otras mujeres… no creas que estoy tratando de justificarme contigo ni mucho menos…
—No es como si tuvieras que hacerlo —agregué, al verla dudar.
—O como si me importara —puntualizó, burlona—. Pero mi punto es que llegamos tan lejos… sólo porque me recordabas a ti mismo… ¿ridículo, no?
—No tienes idea.
—Tengo que reconocer que aún el día del debate, te comportaste como un caballero. A pesar de mi pobre preparación, no tomaste eso para ridiculizarme… aunque en ese sentido, yo sola hice un gran trabajo, pero al menos no cobraste esa ventaja.
—Nunca haría eso. Eras mi rival entonces, y merecías mi respeto como contendiente. Además, no habría podido hacerle eso a la chica que me gustaba.

Se dignó a observarme entonces, con un gesto muy difícil de interpretar. Demonios, sus ojos eran bellísimos, recordé que había puntualizado eso la noche anterior, en algún momento, cuando nuestras miradas coincidieron, a la mitad de un clímax. Verde, mi color favorito, fulgurante como el sol, pero al mismo tiempo, profundo como el océano.

Quizás ella estaba en el mismo trance que yo para ese momento, mientras llegaba directo a mi corazón aquello que sentí por ella en esos años pasados, con la misma o mayor intensidad que entonces, inundándolo, desbordándolo.

Soy una persona sumamente escéptica, pero…

Si el destino realmente existía, quizás esa fuera una de sus manifestaciones.

—Estamos completamente fastidiados —concluyó al fin, levantándose para buscar sus zapatos—. Por cierto para ser un principiante, estuviste muy bien.
—Kinomoto… por favor, no quiero que creas que esto es consecuencia sólo de lo ocurrido anoche, pero creo que tú y yo…
—No, Li, no lo digas. —Eso había salido con dolor de su pecho. De hecho, lo dijo estando lista para marcharse, a unos pasos de la puerta—. Esto fue un error… tan estúpidamente terrible, que nos llevó a un escenario que pudimos desear ambos, pero que al mismo tiempo, nos dejó sin futuro. Fue lindo, sin ninguna duda, quedémonos con eso, ¿de acuerdo? Feliz Navidad.

No me dio oportunidad de responder. Así que la felicitación que era para ella, no llegó a sus oídos. Dejándome en absoluto estupor, me quedé ido, mirando la puerta que acababa de atravesar.

Algún tiempo después revisé la pantalla del móvil, era poco antes de las nueve de la mañana, la habitación sería mía por unas tres horas más, y era domingo.

Sin entender exactamente porque, sentí un pesado nudo en la garganta. Me dejé caer de espaldas sobre el colchón desarreglado, el mismo que la noche anterior había presenciado todo aquel amor que inocente e inconscientemente se había profesado a dos fantasmas, y que lo habían recibido sin imaginarse que estaba dirigido para ellos ex profeso. Dejé que mis lágrimas mojaran la almohada mientras me abrazaba al cobertor, agradecido de que conservara parte de su aroma, pero al mismo tiempo sobrecogido por el conocimiento de que daría lo mismo si aquello pasó sólo en mi mente o en el mundo real.

Entonces… eso era lo mejor… es decir, así se sentía haber amado y perdido.


—¡Magister Li! —llamó mi atención el pasante que hacía de mi asistente, levantando una mano.
—Relájate, Yamasaki —lo reprendí amistosamente al llegar a su lado—, estoy en proceso de tesis magisterial, algunos podrían ofenderse de que me llames magister desde ahora.
—Lo sé, lo siento. Me cuesta algo de trabajo mantener la boca cerrada, en especial si la premisa…
—Es una mentira.
—En su caso particular, una predicción.
—Ya basta. Y hazme el favor de hablarme de "tú".
—Tal vez a la próxima. —Con diligencia, se puso a arreglar el nudo de mi corbata—. Tendrá que resumir un poco los primeros temas, la hora y media de exposición se redujo a una hora exacta.
—De acuerdo —le di un manotazo—, deja de hacer eso, la gente comienza a pensar que eres mi pareja.
—La culpa es suya, nada de novias, y mire que las propuestas no han faltado.
—La divulgación no deja tiempo, mi amigo.

Asintiendo de conformidad, y dando una firme palmada en mi hombro, gesto tanto más varonil que agradecí, se puso a guiarme hacia uno de los bonitos auditorios de la Universidad Nacional de Seúl.

Pasamos por muchos de los lugares de aquel país, tan diferente a mi madre patria y a la patria de mi alma mater, y a la vez tan semejante, que daba escalofríos, hasta que llegué al teatro en el que debía presentarme con un plantel de expositores, mi lugar era el último, y el cierre de las disertaciones del día, y el póster con mi cara en él, me hizo sentir una gran satisfacción, mientras leía la leyenda debajo:

La llegada e influencia de la cosmovisión occidental en las culturas de Oriente, y las consecuencias vistas y por ver en la segunda mitad del siglo XX y la primera mitad del siglo XXI.

Expositor: Xiao-Lang Li, pre magister, Universidad de Tokio.

Con orgullo, vi que las conferencias serían concurridas, dado el flujo de gente que detecté. Esa era una recompensa increíble, misma que Yamasaki parecía disfrutar junto conmigo.

—Hice mis investigaciones, y hay más de un par de lugares que visitar para celebrar cuando terminemos aquí —afirmó mi amigo.
—Nada de prostíbulos —respondí burlón, a lo que él soltó una carcajada sincera.
—Imposible, mis testículos están en Tokio, resguardados por Chiharu.
—¿Conseguiste lo que te pedí? —cambié el tema.
—Sí. Seguí la agenda de la pre magister Kinomoto. También anda dando vueltas por Asia, y al parecer, en breve se aventurará a Europa.
—Siendo Daidoji su agente, no me sorprende en absoluto.
—Gracias por lo que me toca. Lo que sí es sorprendente es que no hayan coincidido hasta hoy… siendo que mucho de su trabajo y apostolado está inspirado en usted…
—¿Y cómo sabes que no es a la inversa y el mío está inspirado en su trabajo?

Yamasaki me miró sorprendido, e hizo el ademán con las manos de que su cabeza explotaba.

Aunque como reflexión personal, a pesar de que ambos estábamos en una línea de pensamiento semejante, la verdad es que mi trabajo no estaba inspirado en la matriz ideológica que nos caracterizaba… sino en el impulso moral que tomé de ella cuando nos encontramos en esa afortunada, pero a la vez, catastrófica fiesta y consecuente noche. Siempre supe que la batalla cultural era lo mío, y de forma rebuscada y, si se quiere ver así, romántica, ella me ayudó a descubrirlo, pues en esa extraña lista de coincidencias, encontré mi destino.

A menos que tal concepto como son las coincidencias, no tuvieran lugar en la realidad. Lo que justificaría mi misión de los últimos meses, en los que había intentado, de manera muy sutil, buscarla… para darle las gracias.

Me distraje en esas ideas mientras caminábamos, hasta que una persona que andaba en contraflujo a mí, me embistió, casi haciéndome caer. Noté que era una mujer, aunque siendo invierno, no me sorprendió el pesado gorro sobre su cabello, la bufanda cubriéndole medio rostro y las gafas obscuras en contramedida al sol y la nieve.

—¡Discúlpeme, por favor! —dije de inmediato, sujetándola para evitar que cayera.
—Descuide, fue mi culpa —dijo en coreano, arreglando mi abrigo apenas estuvo de pie, y siguió su camino.

Finalmente me dispuse a continuar con lo mío, y entré al auditorio, colándome tras las bambalinas.

Las exposiciones fueron ricas y variadas, tanto, que no hubo los comunes bostezos con los que temas de filosofía, sociología y política eran recibidos.

Finalmente fui llamado al estrado.

Una ronda respetuosa de aplausos me recibió, y tomé mi lugar frente al micrófono, listo para iniciar mi exposición.

—Buenas tardes, estudiantes de la Universidad Nacional de Seúl. Mi nombre es…

Nada más estridente que el tono de un celular en un auditorio repleto de gente silenciosa y expectante. El teatro resonó con la tonada de "La Cucaracha" en un antiguo sonido polifónico.

—Qué desafortunado —continué con una risa discreta, tomándolo con humor, mientras veía a la audiencia rebuscarse en los bolsillos, esperando cada uno no ser el responsable de la interrupción—. Como decía, mi nombre es Xiao-Lang Li, con estudios de filosofía en la Universidad de Tokio y actualmente…

Un segundo timbrazo sobresaltó a todo el auditorio, esa vez acompañado de los primeros murmullos y alguna exclamación sutil de molestia.

—La persona que tenga ese teléfono, háganos favor de apagarlo o abandonar la sala, es complicado tratar de exponer así. —Dejé pasar un minuto, en el cual, el público se mantuvo vigilante junto conmigo, esperando a que una nueva interrupción se diera—. Bien… esperando que finalmente estemos listos, actualmente estudio un magister en filosofía política. Viendo que a nadie realmente le importa eso, hablemos de la influencia de… ¡Vamos, ¿es en serio?!

Exploté cuando el tercer timbrazo me interrumpió una vez más. No fui el único, incluso algunos de los estudiantes en el auditorio se pusieron de pie, e increparon al resto de los presentes a ser respetuosos, pues todos querían escuchar la conferencia.

Y entonces, en medio de esa pausa obligada, pasó. Mi mano hurgó mi bolsillo, en busca del pañuelo perfumado con el que refrescaba mi rostro cada que me estresaba, y encontré que había algo más ahí.

—Creo que debo disculparme con ustedes —dije, sacando el objeto de mi bolsillo.

Era un viejo teléfono celular, de esos de finales del siglo pasado. En él había tres mensajes de texto, y era el responsable de las interrupciones. Un último mensaje llegó con el aparato ya entre mis manos.

¿No te da vergüenza?

Hacer una presentación con un celular encendido.

¡Qué pobre preparación!

Esto podría dejarte sin futuro, fastidiosa hemorroide.

Me tomó sólo unos segundos intuir la procedencia del aparato y los mensajes… la mujer con la que choqué a la entrada del auditorio chocó conmigo para plantarlo en mi bolsillo… esos mensajes tan crípticos y a la vez tan personales…

—Bien, terminada lo hora de la comedia, comencemos con el tema —resolví, sabiendo que no volvería a sufrir interrupciones de nueva cuenta.

Al finalizar la conferencia, fui recompensado con una prolongada ronda de aplausos, y muchos de los encargados me preguntaron si tenía planeado el lanzamiento de un libro, entre otras cosas. Justo terminaba de felicitarme Yamasaki, cuando "La Cucaracha" volvió a sonar.

Cafetería del edificio del Museo de Arte Moderno en el campus Gwanak. No tardes.


La tarde seguía siendo gélida, pero no me hacía sentir incómodo. Llegué a la nevada terraza del sitio donde fui citado, y me tomó un minuto ubicar mi destino. Dos mujeres departían ahí, y al reconocerme, una de ellas se puso de pie, caminó hacia mí, pero me pasó de largo, no sin darme una bella sonrisa que reconocí de inmediato. Daidoji. Seguí hasta alcanzar la mesa.

—A pesar de tu gran popularidad, eres difícil de seguir —dijo Kinomoto, retirándose el gorro y las gafas, y bajando la bufanda de su rostro, mostrándome una mejillas enrojecidas por el inclemente frío.
—Lo mismo digo, aunque creo que eso tiene más que ver con mi pasante. Me pusiste en un gran dilema hace un rato.
—Llamémoslo "retribución". —Sonriente, me ofreció un asiento delante de ella.
—¿Sabes? Me sienta de maravilla que hayamos coincidido. Había una última cosa que llevo años queriendo decirte.
—En realidad son dos, pero adelante —dijo, intrigándome.
—¿Dos…? Oh, no importa… lo que quería decir es… Gracias.
—¿Por qué me agradeces?
—Porque sin saberlo, me ayudaste a convertirme en quien soy. Eso que vi en ti allá en nuestra lejana adolescencia y nuestro accidentado encuentro navideño, me inspiró de muchas maneras, incluso me hizo recuperar ciertas creencias, en cosas tan ridículas como el destino. Estaba buscándote para decírtelo en persona. De verdad, muchas gracias, Kinomoto.

La mujer me miró ladeando un poco el rostro, al parecer, completamente tomada por sorpresa. La inocencia en su mirada, estaba seguro, podría derretir la nieve a nuestro alrededor.

—Vaya… aún conociendo el tipo de caballero que eres, no dejas de sorprenderme.
—¿Cuál era la segunda cosa que debía decirte?
—Bueno, esa mañana de Navidad, yo te felicité, pero tú no devolviste la cortesía, así que hay una felicitación pendiente para mí.
—Ah… sí, lo recuerdo… me dejaste en esa habitación, y me quedé sin palabras. Me disculpo por ello.
—¿Y bien? ¿Dónde está mi felicitación?

Seguía perdido en sus ojos, y pude ver que su intención de recibir esa respuesta era legítima, y eso me dio una idea:

—Es cierto que te la debo… pero no puedo devolvértela.
—¿Eh? ¿Y por qué no? —preguntó, casi ofendida.
—Pues porque… faltan unos días para Navidad. Yo, de mil amores te devolveré lo que te debo si accedes a recibirlo cuando se debe: en Navidad.

La sonrisa volvió a su rostro, junto con una mirada suspicaz.

—¿Me estás invitando a salir en Nochebuena?
—Algo así. Estaré en el continente estos días, aprovecharé para ir a Hong Kong y ver a mis padres. Si no te importa una típica celebración navideña china, estás más que invitada.
—Pensé que no te hablabas con ellos.
—Mamá tenía razón, esos problemas se resuelven solos, además, papá vio el beneficio de mi prestigio, y me ve como un camino a colarse en la política.
—Nadie sabe para quién trabaja.
—Ya lo creo, pero le va a dar algo cuando se entere que no estoy interesado en la burocracia. —Ambos reímos—. Pero estás evadiendo la pregunta: ¿Aceptas la invitación?

Inconscientemente había tomado su mano enguantada sobre la mesa. El rubor que traía encima ya no podía imputarse al frío.

—¿Cómo fue que hicimos todo tan mal desde el principio? —preguntó al final.
—No lo sé. Fuimos cobardes y prejuiciosos, y también un poquito egoístas. No podemos cambiar el pasado, pero el futuro está justo delante, y más importante aún: tenemos el presente. —Me concentré directo en sus ojos, tratando de intensificar tanto como pudiera mi mirada, para transmitirle en más de un lenguaje mi siguiente oración—: y al menos a mí, me fascina lo que veo en él.
—Fuiste muy valiente al reconocer que te gustaba cuando éramos adolescentes —admitió, recuperándose—. Al parecer, yo tampoco sabía que era esto justo lo que me hacía falta. Creo que pasé todos estos años esperando a que me invitaras tal como estás haciendo ahora, así que sí, Li, acepto viajar contigo a Hong Kong.
—Es una cita, Kinomoto.
—¿Saben lo ridículos que se ven planeando una cita mientras se hablan por los apellidos? —salió de una voz a unas mesas de distancia. Daidoji nos grababa con una cámara—. ¡Déjense de formalidades! ¡Ya se conocen todos los chakras!

Mi primer impulso fue gritarle un par de cosas a aquella peculiar mujer, pero de inmediato rechacé la idea.

Ante mí, Sakura… porque la llamaría así desde ese momento, se mostró en todo su bello esplendor. Y era porque había superado lo malo que sin querer le había hecho pasar, y eso realmente era algo digno de agradecer y admirar, porque en su redención, encontró una oportunidad para los dos.

No tenía idea de qué tipo de Navidad tendríamos en unos días, pero haría lo necesario para que este nuevo comienzo para ambos, creciera y se convirtiera en algo más. Después de todo, desde esa Nochebuena loca, me había guardado, así que una segunda vez entre sus brazos, no estaría para nada mal.

Fin.


Para Cherry's Feathers, con mucho afecto, de tu amigo P. Ilhuicamina. Siempre que tengo que escribir para ti, es un desafío monumental.

Muchas gracias por compartir con todos nosotros este año, siempre es un deleite verte comentar mis obras, y espero sigas teniendo la confianza para ir de la mano con nosotros en el camino que estás recorriendo.

¡Feliz 2022!