¡Hola! No me extiendo mucho para que podáis empezar a leer la historia enseguida :) Solo quería recordaros que este fanfic es una secuela de "Dulce perdición", mi fanfic de Dramione. ¡No sigáis leyendo si no habéis leído el primero porque os haréis unos buenos spoilers! :)
La mayoría de personajes que aparecen, junto con todo el universo de la historia, pertenecen a JK Rowling... pero esta historia es enteramente creación mía :) Por cierto, va a ser mucho más cortita que la otra, calculo que unos 5 capítulos, así que no os preocupéis porque enseguida estará acabada y leerla no os va a robar mucho tiempo libre 😊
Os recomiendo que si hace mucho tiempo que terminásteis "Dulce perdición" os releáis la parte final del epílogo, la que está ambientada 17 años después de la guerra, para comprender mejor quiénes son los personajes protagonistas de esta historia.
Disfrutad del primer capítulo y no olvidéis dejarme vuestra opinión ❤️
- ¡Theo!
El moreno apartó la cabeza de la ventana dando un respingo, entornó los ojos y se estiró perezosamente.
- No hace falta que grites.
Teddy contuvo la risa y se levantó para coger su baúl.
- Ya, lo que tu digas, pero te he llamado 5 veces y no me escuchabas. Deberías vestirte - se tambaleó y consiguió mantener el equilibrio ante el peso del baúl -, llegaremos en 10 minutos.
- ¿Dónde vais?
- Tenemos que hacer la ronda de prefectos, buscar a los de primer año y todo eso - contestó Victoire mientras ella y Teddy se dirigían hacia la puerta del compartimento -. ¿Nos vemos después de la cena?
- Intentad que mis hermanos no se caigan del bote… o empujadlos, lo que mejor os parezca - Theo sonrió para sí mismo, intentando ocultar el nerviosismo que le provocaba la Ceremonia de Selección de ese año.
Victoire rodó los ojos y se terminó de ajustar la túnica.
- Hasta luego - añadió Teddy antes de lanzarles una mirada significativa a Theo y Lydia y cerrar la puerta a sus espaldas.
Lo que instantes atrás había sido un ambiente distendido y calmado, se llenó de pronto de una tensión que casi nublaba la vista. Lo cierto es que no habían estado juntos a solas desde aquella última noche del curso pasado... y tampoco habían hablado sobre ello. Theo se había pasado la mayor parte del verano dándole vueltas al asunto, y había llegado a la conclusión de que, o a Lydia le daba igual, o incluso le parecía un error. Pero necesitaba comprobarlo.
- Deberías darte prisa, ya los has oído. Estamos llegando - Lydia rebuscó entre las pertenencias de su mochila de mano hasta que sacó su túnica, púlcramente doblada.
- Parece mentira - comentó Theo con fingida normalidad mientras cogía su túnica - lo rápido que ha pasado el verano.
- ¿Tú crees? - contestó Lydia mientras daba vueltas y vueltas a la prenda entre sus manos sin lograr ponerla del derecho -. A mí los veranos se me hacen eternos.
- Sí, pero no sé - el muchacho elevó una ceja y adoptó una postura despreocupada, como si lo que fuera a decir a continuación no le pusiera los nervios a flor de piel -, ¿no tienes la impresión de que el último día del curso pasado fue ayer?
La chica dejó caer la prenda que todavía no había conseguido poner bien al suelo, y maldijo para sus adentros. Pero es que no se esperaba una pregunta así, ¿estaba haciendo el moreno alusiones a aquella noche? ¿Y si...? A lo largo del verano, se había convencido de que Theo, o bien no daba importancia a su encuentro sexual, o incluso le parecía un error... pero quizás había malinterpretado las señales. Aquello encendió una llama en su pecho.
El moreno, disimulando una sonrisa astuta al haber logrado el resultado que buscaba, se agachó y recogió la túnica del suelo del compartimento, la enderezó en un par de movimientos y se la tendió a Lydia, que lo observaba con curiosidad.
- Gracias - la chica extendió la mano para cogerla, y ambos se quedaron mirándose, sin que ninguno de ellos soltara la prenda.
El tiempo pareció detenerse, como si todo a su alrededor se desvaneciera y solo quedaran ellos dos.
- No hay de qué - respondió finalmente Theo notando la boca seca. Soltó la túnica y se giró para ponerse la suya justo cuando el expreso comenzaba a aminorar la marcha. Quizás se había precipitado pensando que ella se arrepentía de que se hubieran acostado.
- ¿No estás nervioso? - preguntó Caden Belfort a su compañero de habitación, mientras se hacía a un lado para dejar hueco a la gente que seguía llegando.
- Bastante la verdad - Teddy alzó el cuello, pero no logró encontrar a Albus entre el grupo de los de primero, que aguardaban a la entrada a que la directora McGonagall fuera a buscarlos. Algunos ya parecían haber entablado nuevas amistades, y los que se conocían con anterioridad, hijos de padres magos con familias relacionadas, formaban pequeños corros, todos igual de nerviosos, comentando en qué Casa querían o creían que se les seleccionaría -. Albus lleva una semana tan nervioso que apenas a pegado ojo. Cree que podría ir a Slytherin, ¿sabéis?
- ¿Y tú qué opinas? - comentó la chica que se sentaba junto a Caden.
- Lo conozco desde que nació; su apariencia y su sangre son Gryffindors. Pero él... él es un Slytherin. Y, en el fondo, creo que desea serlo - el metamorfomago se encogió de hombros y se sumó a los aplausos que irrumpieron cuando la fila de los asustados alumnos de primero comenzó a desfilar por el pasillo central.
- Tranquilos, pronto habrá acabado - logró susurrar Victoire cuando Rose y Scorpius, casi al principio de la fila, pasaron a su lado. Hizo lo mismo cuando le tocó a Albus, a quien parecía que se le iban a salir los ojos de las órbitas, y se conmovió al ver la inquietud de los pequeños. Entendía a su primo Albus, porque, aunque no estuviera escrito en ningún sitio, cualquier descendiente de la familia Weasley sabía que sus antepasados habían sido Gryffindors. Incluso ella no podía dejar de moverse el día de su propia selección. Lo mismo había pasado con sus hermanos Louis y Dominique, con Marcus y Sarah, con James y con tantos otros primos suyos, hijos de los diferentes hermanos Weasley, que se sentaban ahora a la mesa o ya habían acabado sus estudios. Los Weasley eran Gryffindors, y parecía ilógico pensar otra cosa.
- Victoire, respira - sonrió Ludmilla Taylor desde el otro lado de la mesa -. Ya has pasado por esto muchas otras veces, ¿cuál es el problema?
Victoire dirigió su mirada a Albus y a la ya formada línea de niños de primero que esperaba a que McGonagall terminara su breve discurso.
- Que con todos los anteriores, estaba claro cuál iba a ser la decisión del Sombrero Seleccionador.
- Eh Black - Andrew Davis asió por los hombros a su amigo -, tu hermana está más guapa de lo que recordaba.
Theo obsequió al rubio con una mirada de advertencia.
- Espero que sigas admirándola desde la distancia.
Andrew soltó una risita y se inclinó sobre él al mismo tiempo en que la mesa de Hufflepuff se sumía en aplausos para recibir al primero de sus nuevos miembros.
- Vamos, solo intento animarte. Estás apretando los puños con tanta fuerza que no me extrañaría que te rompieras algún dedo. Tú piensa que… ¡ESO ES! ¡ESO ES! - no terminó la frase porque la mesa de Slytherin se levantó en una ola cuando una niña de primero fue seleccionada a su Casa.
Theo se secó el sudor de las manos en su túnica, cuando McGonagall leyó:
- Black, Rose - el silencio era tal que Theo no se atrevía ni a respirar. Observó a su hermana sentarse y calarse el sombrero hasta las cejas. Pasó casi un minuto en absoluta quietud, y cuando el corazón parecía a punto de reventarle, el sombrero proclamó:
- ¡GRYFFINDOR! - la mesa de Gryffindor se puso en pie para dar la bienvenida a la que, sin duda, era la primera Black de su historia. A Theo no le importó ser el único de su mesa que aplaudía, aunque con ello se ganara alguna que otra mirada de reproche.
- Black, Scorpius - el pequeño, que parecía la imagen andante de Draco Malfoy a su edad, se adelantó de la fila y anduvo el camino que acababa de hacer su melliza. Esta vez la decisión fue inminente -. ¡SLYTHERIN! - Theo fue apenas consciente de levantarse y aplaudir. Chocó la mano a su hermano pequeño cuando este pasó por su lado, y lo observó sentarse en la mesa con la otra chica de primero, ahora ya mucho más tranquilo.
Lydia se contuvo las ganas de aplaudir cuando Scorpius fue seleccionado en Slytherin. Sabía lo nervioso que Theo había estado por sus hermanos, y al menos ahora tenía a uno de ellos con él. En ese momento, el moreno se giró, como si notara que lo estaban observando, y su mirada se encontró con la de Lydia, que le brindó una cálida sonrisa. Theo sonrió de medio lado, con esa sonrisa astuta que tanto le gustaba a la Ravenclaw, y la obsequió con un guiño antes de volver a enfrascarse en la selección.
- Potter, Albus - el efecto fue inmediato. Por el comedor se extendió un murmullo mientras cientos de alumnos estiraban el cuello para intentar ver mejor a la figura de pelo moreno desordenado y brillantes ojos verdes que se acercaba al taburete con la cara de quien va a la silla eléctrica.
- Interesante, muy interesante. Veo en ti un gran potencial. Hay inteligencia y bondad, pero también astucia y coraje. Mmmm, una difícil elección.
Albus escuchaba las palabras del viejo sombrero resonar en su cabeza, aferrado con todas sus fuerzas al taburete. Sabía, por lo que su padre le había dicho, que podía pedirle al sombrero no estar en Slytherin pero, ¿era eso lo que quería?
- Muchacho - el sombrero advirtió lo que el chico pensaba -, tu padre me pidió no estar en Slytherin, pero tú no eres igual que él. ¿Estás seguro de lo que deseas?
- Mi madre es una Weasley, mi padre es un Potter; mi familia ha pertenecido a Gryffindor durante generaciones. ¿No está mi lugar con ellos? - pensó Albus, sabiendo que el sombrero lo escuchaba.
- La Casa no es una tradición, es algo que se lleva más profundo, en el alma. La Casa responde a tus mayores deseos... y no hay duda de que tú lo deseas.
- Lo sé - Albus se aferró todavía más fuerte, sabiendo que la decisión que acababa de tomar marcaría su vida para siempre -. Hazlo pues.
Una especie de risita, como si naciera de lo más profundo del Sombrero Seleccionador, retumbó en su cabeza.
- Esa determinación es la que te diferencia a los demás de tu familia. No tienes miedo a ser diferente, eres astuto y ambicioso, puedes hacer grandes cosas. Tu corazón lo está pidiendo a gritos, y tu mente también. Eres, sin lugar a dudas, un ¡SLYTHERIN! - la última palabra la gritó para que todo el mundo le oyera, y cuando McGonagall le quitó el sombrero y el Comedor apareció de nuevo ante él, una bomba parecía haber detonado en la sala. Todos los alumnos cuchicheaban entre sí, mirándolo como si fuera una alucinación y hablando de él con descaro. Pero nada de aquello le importó. Se levantó, y se dirigió con una sonrisa de oreja a oreja hacia la mesa de la derecha, que tras unos breves segundos de desconcierto, había estallado en vitores para recibirlo.
- ¡Bien hecho Albus! - logró oír que Theo le gritaba por encima de todo el jaleo, y se sentó al lado de Scorpius, notando la cabeza embotada como si estuviera en una nube.
- Has estado como cinco minutos con el Sombrero, la gente ya comenzaba a ponerse nerviosa - le comentó Scorpius, que parecía casi tan feliz como él -, ¿qué tal te encuentras?
- Mejor que nunca - y era verdad. Albus sentía que, de ahí en adelante, todo iría bien.
Theo se apoyó despreocupadamente contra una de las columnas del hall principal, mientras observaba a la maraña de estudiantes salir del Comedor, llena de viejos amigos que se reencontraban felices y se ponían al día sobre sus aventuras de verano. Observó a los de primero, guiados por los prefectos de sus Casas, que los instalarían en los que iban a ser sus dormitorios durante los próximos 7 años.
- Luego nos vemos - dijo Teddy al pasar por su lado, y Theo lo vio alejarse seguido de una fila de niños como si fuera una mamá pato con sus patitos.
- Estabas muy nervioso, ¿verdad? - el Slytherin intentó ocultar la sensación estática que lo recorrió al oír de nuevo esa voz, y se encogió de hombros.
- No más que cualquier otro año.
- Ya - replicó Lydia mientras rodeaba la columna y se apoyaba a su lado -. Te conozco desde hace tanto tiempo, que puedo saber cuándo mientes - dijo mientras le miraba con expresión astuta.
- Oh sí - contestó Theo, que se giró para observarla de frente -, eso es lo que yo te dejo pensar.
- Creo que no es necesario que lleves ese uniforme - replicó la chica mientras le dedicaba una mueca -. Cualquiera que intercambie más de una frase contigo se daría cuenta de que está hablando con un Slytherin.
Theo miró a su alrededor y, tras cerciorarse de que no había nadie lo suficientemente cerca como para escucharle, susurró:
- ¿Me lo quito entonces?
Los ojos violeta de la chica se clavaron en sus pupilas, y durante breves segundos se desarrolló entre ellos un intercambio silencioso de sensaciones.
- No he dicho eso - dijo por fin Lydia, mirándolo desafiante.
- Pero lo has pensado - el moreno arqueó una ceja, sugerente.
- No se me ocurre nada que desee menos que verte haciendo un striptease en medio del hall.
- ¿En tu habitación mejor?
Lydia trató de evitar sonrojarse y mantuvo la compostura.
- No conseguirías entrar a la torre de Ravenclaw ni aunque la pista fuera una multiplicación de dos cifras.
El moreno frunció el ceño y atrajo a la chica hacia sí.
- Tú y yo sabemos que eso no es verdad - le apartó el pelo de la oreja y le susurró en el oído -. Y, por si te interesa, tampoco te haría falta llevar uniforme, porque con ese tono de grandilocuencia, cualquiera sabría que eres una Ravenclaw.
Lydia sintió el aliento del chico golpearle el cuello, y una profunda decepción la asoló cuando Theo se separó de ella.
- ¿Vamos a esperar a Victoire y Teddy al Salón? - sugirió la morena, sin saber qué otra cosa decir.
Theo asintió.
- Yo iré delante para que puedas ir mirándome el culo.
- O - Lydia rodó los ojos - podemos ir a la par, manteniendo una conversación como dos personas normales.
- Como quieras, pero estás renunciando a un espectáculo sin igual - Theo sonrió y le pasó un brazo por los hombros a su amiga. Algo le decía que ese año iba a ir muy bien.
Tras acabar la segunda guerra mágica, hacía ya 17 años, muchas cosas habían cambiado en Hogwarts. Los primeros años habían sido muy duros: faltaban alumnos, padres, amigos… pero poco a poco, el colegio fue renaciendo de sus cenizas, y con él los estudiantes. Sin embargo, en el octavo piso del castillo se abrió una herida que jamás podría cerrarse: tras la explosión que hubo cuando Hermione, Ron y Harry destruyeron la diadema de Ravenclaw, la Sala de los Menesteres tal y como se la conocía desapareció. Esa pared de piedra que una vez había creado diferentes salas para ayudar a los estudiantes con todo lo que necesitaran, se convirtió en un agujero que daba a un espacio vacío de unos 90 metros cuadrados. Todas las pertenencias que los estudiantes habían depositado a lo largo de los siglos se perdieron con el recuerdo de la Sala de los Menesteres, y aunque se podría haber considerado una pérdida de valor incalculable, aquella nueva sala en el ala oeste de la octava planta, se convirtió en un símbolo de la unión entre las cuatro Casas. Con el tiempo, Slytherin consiguió limpiar su reputación y abrirse un hueco en el corazón de Hogwarts y, en recuerdo de la sala que había alojado a todos los que se escondían durante el mandato de los Carrow, la antigua Sala de los Menesteres se convirtió en el llamado Salón Común.
La función del Salón era simple: servía como una sala de encuentro y reunión para los amigos de diferentes Casas, y cualquier alumno podía acceder a ella, pues no era necesario una contraseña. Puesto que no pertenecía realmente a ninguna de las otras Casas, el Salón Común se abría a las 6 de la mañana y se cerraba a las 11 de la noche, pero durante todo el día se encontraba abarrotado de gente. Si en otra época la segregación había causado estragos en el ambiente en Hogwarts, aquel puente de unión entre las cuatro Casas funcionó como un símbolo de paz, y logró que se enterrara el hacha de guerra.
Pero, por supuesto, las Salas Comunes seguían siendo los lugares más concurridos, y todos los alumnos llevaban los colores de su Casa con orgullo; simplemente, no dejaban que eso los separase del resto.
- Yo creo que cada año son más pequeños - dijo Lydia mientras colocaba otra carta en la torre de más de tres pisos de naipes explosivos.
- O nosotros más mayores - repuso Teddy en el mismo momento en el que la torre explotó y se derrumbó. El chico frunció el ceño y se apresuró a recoger los restos de la tercera partida que perdía -. Estos naipes no funcionan bien.
- Sí ya - Victoire le depositó un beso en la mejilla -. Pues a mí los de primero me parecen adorables.
- Eso es porque no tienes dos niños de 11 años viviendo en tu casa - Theo se reclinó hacia atrás y cerró los ojos -. Están con la adolescencia subida hasta las cejas, es insoportable.
- Bueno, no es que tú seas fácil de llevar - masculló Lydia, ganándose una mirada altiva del moreno.
- Tienes razón, no podrías seguirme el ritmo - Theo le guiñó un ojo y se incorporó a tiempo para esquivar el puño de la Ravenclaw. Estiró un brazo y la atrajo hacia sí, mientras le revolvía el pelo a sabiendas de que ella odiaba eso -. Vamos Lydia, no te lo tomes todo tan a pecho.
Victoire y Teddy intercambiaron miradas cómplices, y la Gryffindor se miró el reloj y carraspeó:
- Chicos - Theo y Lydia dejaron de pelear -. Tenemos dos horas hasta las 11.
A las 11 comenzaban las fiestas de bienvenida en cada respectiva torre, y los de séptimo llevaban a cabo una lectura de nombres de los recién elegidos, a los que se sometía a un par de pruebas típicas de cada Casa. Nada peligroso ni vergonzoso, era una forma de que los de primero se conocieran y se soltaran antes de empezar las clases... y, a decir verdad, los más mayores se lo pasaban en grande.
Lydia sonró y susurró:
- ¿Quedamos delante del cuadro de los dragones rojos en diez minutos?
Sin necesidad de intercambiar más palabras, los cuatro amigos se levantaron y se separaron: Teddy y Theo se dirigieron hacia las plantas inferiores, hacia las mazmorras y las cocinas, y Lydia y Victoire emprendieron el ascenso hacia sus respectivas torres.
- Me pego todo el verano deseando que llegue este momento - Lydia iba a la cabeza del grupo, que avanzaba en silencio pegado a los muros del castillo. No querían encender sus varitas, y la única iluminación provenía de la tenue luz que se filtraba por las ventanas y del cielo, tan despejado que podían verse hasta las estrellas más diminutas.
- Y pensar que el año que viene ya no estaremos aquí…
- Por favor, solo os pido que no os peguéis todo el año pensando en el año que viene - cortó suavemente Theo a Victoire -. Tenemos que disfrutar este todo lo que podamos.
Sin previo aviso, Lydia se detuvo, haciendo que Teddy se chocara con ella, que Theo se chocara con Teddy y que Victoire se chocara con Theo.
- Perdón - susurró la morena -, pero ya no puedo acercarme más.
- Esperadme aquí. Cuando oigáis el silbido, acercaros - susurró Victoire mientras se separaba de la pared y caminaba pegada a los troncos de los árboles, intentando ocultarse de cualquiera que pudiera verle por las ventanas.
- Lo paso fatal viéndola acercarse tanto - Teddy, que ya volvía a llevar el pelo azul como casi siempre, intentó relajar los músculos sin conseguirlo.
- Pero se le da genial - Lydia observaba la figura de su amiga acercarse más y más al sauce boxeador, mientras a sus oídos llegaba una melodía triste -. Mira.
Las ramas del sauce respondieron en cuanto reconoció la melodía, y comenzaron a moverse al compás de la música, balanceándose de lado a lado como si lo meciera el viento. Un minuto después oyeron la señal, y se apresuraron en silencio hasta Victoire.
- Cada año lo haces más rápido - sonrió Theo mientras palpaba la rugosa corteza del árbol -. Te tiene cariño. Si me acercara yo, me mandaría al lago de un golpe -. No era una suposición; hablaba desde la experiencia.
- Solo hay que saber manejarlo - susurró la rubia mientras acariciaba la superficie del tronco.
Cuando, hace tres años, habían descubierto que una de las capacidades que se habían transmitido a través de las generaciones de veelas en la familia de Victoire era el canto, y que con su canción conseguía calmar a los animales mágicos, habían decidido aprovechar al máximo esa revelación.
Como todos los años, Teddy entró el primero al pasadizo, y una vez estuvo dentro encendió la luz de su varita para guiarse en la oscuridad. Los demás le dejaron un margen de un minuto y, acto seguido, lo siguieron.
Teddy conocía bien la historia de ese pasillo, pues Harry le había explicado de pequeño para qué lo utilizaban los Merodeadores; todo lo relacionado con su padre le ponía melancólico, y por ello le gustaba realizar solo el camino hacia la Casa de los Gritos, recorriendo con su mano los arañazos de las paredes y preguntándose cómo sería su vida si sus padres vivieran. Era feliz con su abuela y la familia de su padrino, pero no podía evitar que el corazón le encogiera al contemplar la luna llena bañar con su luz el firmamento, o al leer las palabras que su padre, bajo el pseudónimo de "Lunático", le dedicaba al consultar el Mapa del Merodeador que Harry le había legado hacía tantos años.
En un respetuoso silencio, pasaron 20 minutos hasta que se encontraron con una puerta, que consiguieron abrir con un sencillo Alohomora. A continuación, uno tras otro los cuatro fueron entrando en la vieja casa y, sin necesidad de hablar, se dirigieron al salón principal, la única habitación que aún conservaba todas sus paredes.
Con un sencillo movimiento de varita, Lydia despejó la sala de polvo y consiguió que la manta roja que utilizaban todos los años se limpiara y extendiera en el suelo, mientras Teddy se encargaba de encender las velas repartidas por la estancia. Tomaron asiento en un corro uno junto al otro, con la emoción reflejándose en sus semblantes, y durante un minuto, ninguno de los cuatro habló. Finalmente, Victoire extrajo del bolsillo de su capa una bolsita de terciopelo negra con el número 6 bordado con fino hilo dorado, y la dejó en el centro. Eso daba por comenzada la tradición del primer día de curso.
Aproximadamente a mitad de su primer año en Hogwarts, en uno de sus encuentros nocturnos en las aulas del segundo piso, Teddy les confesó a sus amigos todo lo que sabía acerca de los secretos de Hogwarts y sobre la existencia del Mapa del Merodeador. Desde ese momento, se habían servido de él en todas y cada una de sus bromas y aventuras, y habían decidido inaugurar una tradición: el primer día de cada curso, después de la ceremonia de selección, irían a la Casa de los Gritos y cada uno de ellos aportaría un objetivo simbólico, el que mejor recuerdo le trajera del año anterior. Después, guardarían los cuatro objetos en una bolsa en la que se indicaba de qué curso eran los recuerdos, y esa bolsa en una caja que se escondía debajo del viejo tocador de la esquina del salón, camuflada por el decrépito sofá. Como una especie de cápsula del tiempo que habían elaborado durante los siete años de su estancia en Hogwarts, y que abrirían al terminar sus estudios.
- Empiezo yo si queréis - dijo al fin Lydia, y sus amigos asintieron al oírla. El ambiente de la sala era calmado, y un profundo respeto emanaba de los cuatro estudiantes, que consideraban ese momento casi trascendental. La Ravenclaw rebuscó en el bolsillo interior de su túnica y sacó una pulsera de hilo grueso de color azul con numerosa manchas negras -. La pulsera que llevaba puesta cuando el calamar gigante del lago nos atacó - sus amigos lanzaron risitas suaves al recordarlo -. Intenté limpiarla, pero nunca conseguí quitar la tinta.
Se la tendió a sus amigos, que se la pasaron con actitud solemne.
- Estuve estornudando negro durante al menos una semana… pero me lo pasé genial ese día. Aunque al principio pensara que el calamar nos haría papilla - sus amigos lo recordaban. Habían acabado los exámenes de enero, y decidieron que no tenían otra cosa mejor que hacer que incordiar al calamar gigante.
Cuando el objeto volvió hasta ella, lo metió en la bolsa y la volvió a depositar en el centro del corro. Teddy, que era el siguiente a su derecha, carraspeó.
- Yo... bueno - el metamorfomago se removió en su asiento, nervioso. A continuación, sacó una especie de piedra ovalada del bolsillo y la giró entre sus dedos -. Lo mio no es en recuerdo de ninguna broma, es… - lanzó una mirada de reojo a Victoire - es un hueso de melocotón.
La rubia lanzó un respingo, y Theo y Lydia se volvieron sin comprender.
- Sé que dijimos que los recuerdos tenían que ser de nuestras aventuras… pero también tienen que ser de nuestros recuerdos favoritos. Nuestro primer beso - miró a su novia, que lo observaba emocionada -, fue debajo del melocotonero del invernadero número tres. Este es el hueso del primer melocotón que dio el árbol el año pasado - sonrió avergonzado y se encogió de hombros -. Ese beso fue mi momento favorito del año pasado.
Con aquel discurso se ganó otro beso de su novia, y los otros dos apartaron la mirada para concederles algo más de intimidad. Cuando por fin se separaron y el hueso hubo pasado entre los dedos de todos, el metamorfomago lo introdujo en la bolsa, cediéndole así el turno a Victoire. La rubia sonrió, como si llevara tiempo esperando ese momento, y les mostró una pluma de halcón larga y brillante.
- Es una de las plumas de la corona de Firenze - sus amigos se volvieron con los ojos como platos. Casi a finales del año pasado, habían realizado una incursión al Bosque Prohibido. No es que nunca lo hubieran hecho, pero esa última estuvo a punto de acabar muy mal al encontrarse con una manada de centauros… hasta que Theo les contó que su madre era la Ministra de Magia que había aprobado las leyes de protección de las criaturas mágicas, y Theo confesó ser ahijado del famoso Harry Potter, al que Firezne parecía tener en mucha estima. Los centauros accedieron entonces a la compañía de los chicos, y les permitieron pasar todo un día con ellos, hablándoles de sus costumbres y su historia, y enseñándoles valiosas lecciones sobre el firmamento.
- ¿Cómo la conseguiste? - preguntó Lydia asombrada.
- Firenze me la regaló - Teddy arqueó una ceja.
- ¿Le gustaste al rey de los ponis? - Theo sonrió levemente -. Y yo que pensaba que ya nada podría sorprenderme.
La pluma volvió a llegar hasta Victoire, que ignoró su comentario y la guardó con cuidado en la bolsa.
- Ese día me lo pasé genial, y no podéis negar que vosotros también.
Sus amigos asintieron y, tras unos segundos de silencio, se volvieron hacia Theo, que era el único que faltaba.
- Los últimos serán los primeros - añadió mientras extraía una figura de su bolsillo y la alzaba para que sus amigos la vieran -. Es un alfil del ajedrez de la habitación cambiante.
El Slytherin observó complacido las miradas de asombro de sus amigos mientras se pasaban la figura de mármol negro de uno a otro.
El año anterior habían conseguido encontrar el sexto secreto o pasadizo de Hogwarts: la habitación cambiante. Según la leyenda, la habitación cambiante era una estancia viajera del castillo, que una vez cada 187 años, la noche en la que Júpiter, Saturno y Marte se alineaban, se mostraba en algún lugar del castillo, cada vez en uno diferente. Si esa noche recorrieses los pasillos de piedra, te darías cuenta de que algo era diferente: Hogwarts ya no se movía. Las escaleras no cambiaban de dirección y los retratos parecían sencillos cuadros muggles, con sus ocupantes posando tal y como habían sido pintados. Era como si el colegio, durante toda una noche, se congelara; pero si escuchabas al castillo, si lograbas seguir las pistas que iba dejando, llegarías a esa habitación cambiante. La leyenda decía así:
"Cuando de nuevo se reúnan,
padre, hijo y abuelo...
Cuando de nuevo el colegio,
duerma un sueño placentero...
Ese día has de buscarme,
mas no olvides, pasajero...
Alimentar mi riqueza,
con tu corazón sincero."
La comprensión del poema era relativamente fácil: con padre, hijo y abuelo, se refería a los planetas Júpiter, Saturno y Marte según sus dioses romanos (Saturno era padre de Júpiter, y Júpiter era padre de Marte). En el tercer y cuarto verso, se hacía alusión al hechizo que paralizaba la actividad de retratos y escaleras durante la noche. Y, en las últimas líneas, se recogían los requisitos de la visita: podías llevarte un objeto de la habitación, siempre y cuando aportaras a la misma una de tus más queridas posesiones.
Los chicos habían oído la leyenda numerosas veces, y, al enterarse de que esa alineación de planetas tendría lugar en noviembre de su sexto año, decidieron que no podían dejar pasar la oportunidad de comprobarlo. Habían deseado ese momento desde su cuarto año, y, cuando por fin llegó la noche del cuatro de noviembre de 2014, se citaron a la una de la mañana junto a la estatua de la bruja jorobada. Apenas fueran capaces de articular palabra al darse cuenta de que la leyenda era cierta; por primera vez en los seis años que llevaban ahí, por primera vez en todas sus escapadas nocturnas, Hogwarts dormía. Tuvieron que recorrer el castillo durante dos horas hasta dar con la pista que buscaban: en medio de la quietud de los pasillos había un retrato, en el ala este del cuarto piso, que parecía ajeno a aquel hechizo. En el cuadro se mostraba a una mujer ataviada con lujosas vestimentas propias del siglo XVII danzando en una oscura y vacía habitación.
- Disculpe, ¿nos oye? - había preguntado Teddy, a lo que la mujer cesó su baile y, con semblante confuso, se giró para mirarlos.
- Ya no llueve - afirmó, sonriendo ampliamente.
- No ha llovido en todo el día - replicó Victoire.
- Perro y mendigo han vuelto a su lugar - fue toda la contestación de la mujer.
- ¿Señora? - Lydia se adelantó -. Nos preguntábamos si había oído usted hablar de la habitación cambiante.
- Ya no llueve - repitió, antes de darse la vuelta y continuar bailando.
Los chicos se miraron entre sí.
- ¿Creéis que está loca?
- Tiene que ser una pista - apuntó Victoire, frunciendo el ceño mientras intentaba pensar con claridad -. No puede ser casualidad que sea el único retrato que se mueve.
- "Ya no llueve", "perro y mendigo han vuelto a su lugar"... - repitió Lydia, mientras una sonrisa se dibujaba en su semblante -. Creo que ya lo entiendo.
- ¿En serio? - preguntó Theo ansioso.
- Nos ha dicho dónde encontrar la habitación. En el tercer piso, junto al aula de Encantamientos, hay un cuadro en el que llueve tanto que apenas se distingue nada y, a su lado, hay pintados un señor vestido con andrajos y un perro viejo, que casi nunca están en su cuadro. Y entre ellos…
- ¡Hay un hueco en el que cabría una puerta! - completó Teddy con los ojos abiertos como platos -. Eres genial, Lydia, tiene que ser eso. Vamos.
Se apresuraron y, al llegar al lugar, pudieron comprobar que una puerta se había materializado donde antes solo había pared. Estaba flanqueada por un cuadro que mostraba un paisaje despejado de suelo mojado, y por un cuadro de un mendigo abrazando un perro blanco y marrón, ambos retratos sumidos en una quietud total. Ante ellos, la puerta no tenía pomo, ni tampoco respondió a sus Alohomora.
- Creo que necesita una contraseña - susurró Theo.
- Pero no la sabemos.
- Sí que la sabemos - respondió el moreno -. El poema.
Tras unos segundos de duda, Lydia comenzó:
- "Cuando de nuevo se reúnan,
padre, hijo y abuelo…"
- "Cuando de nuevo el colegio
duerma un sueño placentero…" - siguió Teddy.
- "Ese día has de buscarme,
mas no olvides, pasajero…" - continuó Victoire.
- "Alimentar mi riqueza,
con tu corazón sincero." - terminó Theo, y tras pronunciar la última palabra, la puerta cedió ante ellos, invitándolos a entrar.
Se miraron, con las mejillas rojas por la emoción, y entraron uno detrás del otro en la estancia. Recorrieron la habitación en silencio: una gruesa capa de polvo cubría todas las pertenencias de su interior, como si se tratara de una casa abandonada hacía cientos de años. Había diarios, muñecas de trapo, vestidos, cartas, placas con el nombre de viejos alumnos… las posesiones más preciadas de los pocos que, a lo largo de los siglos, habían tenido la suerte de encontrar la habitación cambiante.
Se dejaron llevar por la solemnidad de la sala, por el olor a tradición, por los recuerdos de viejos alumnos que debían haber fallecido hacía cientos de años. Era escalofriante pensar que todos esos objetos, que se les antojaban antiguos y desconocidos, una vez habían sido una vez muy valiosas para sus dueños. Y, cuando tras más de una hora admirando todo cuanto había, se decidieron a abandonar la habitación, coincidieron en no hablar a nadie sobre aquella incursión nocturna. En silencio, depositaron las pertenencias que habían llevado y escogieron el tesoro que querían con respeto y admiración; lo guardarían como recuerdo y prueba de que esa noche había sido real.
- Pero Theo… - susurró Teddy mientras admiraba el alfil de mármol -, este objeto es para ti. Es un recuerdo muy valioso.
- Un recuerdo de una aventura que vivimos juntos, y quiero que esté en la caja con los demás. Encontrar esa habitación fue… en fin - se encogió de hombros -. Fue maravilloso. Quiero poder recordarlo en el futuro; cogí ese alfil de un ajedrez al que ya le faltaban piezas, con la idea de traerlo hoy aquí.
- Gracias - dijo Lydia mientras le devolvía la figura y sentía como el pecho se le hinchaba de ternura -. Por compartirlo con todos.
El moreno asintió y, en silencio, guardó el último recuerdo en la bolsa de terciopelo y la depositó de nuevo en el centro. Instantes después Teddy, como cada año, cogió la bolsa y se dirigió hacia la esquina de la estancia para guardarla con el resto.
- ¿Volvemos? - sugirió al regresar con sus amigos -. Falta menos de una hora para las 11.
- ¡Mi chapa de prefecta!
Los chicos se detuvieron al oír la exclamación de la Gryffindor.
- La tenía en la Casa de los Gritos, se me habrá caído allí - Victoire sonaba preocupada -. Tengo que recuperarla. Seguid sin mí…
- No. Yo voy contigo - Teddy se giró y buscó la mirada de su novia -. Me quedaré más tranquilo - añadió para relajar la expresión de Victoire -. Oye, ya sé que puedes valerte por ti misma, pero no quiero que vayas sola.
La rubia finalmente cedió.
- Está bien, lo siento mucho chicos. Seguid sin nosotros, no os preocupéis.
- También podemos acompañaros a…
- No - Victoire cortó a Theo -. No os preocupéis, en serio. Llevamos ya andado casi todo el camino, volved al castillo.
- Como queráis - Lydia se hizo a un lado para dejar pasar a Teddy -. ¿Nos vemos mañana entonces?
- Sí, pasaroslo bien en las fiestas - añadió Teddy mientras él y Victoire reemprendían el regreso.
Cuando Victoire y Teddy doblaron la esquina, Lydia y Theo se vieron sumidos en una oscuridad profunda, apenas iluminada por la débil luz de sus varitas.
- ¿Te ocurre algo? - preguntó el Slytherin al observar el semblante consternado de la chica, en el que no había reparado hasta el momento.
Lydia tardó en contestar.
- Es solo que… llevo un rato pensando y bueno, me siento un poco... - la morena se mordió el labio - tonta.
Theo arqueó una ceja. En cualquier otro momento hubiera soltado un broma, pero no le parecía que Lydia la hubiera apreciado.
- ¿A qué te refieres?
- Vuestros recuerdos… los de los tres. Han sido preciosos. La pluma de halcón, y el hueso de melocotón, y por las barbas de Merlín, ese alfil… Y lo único que yo he sido capaz de aportar este año ha sido una pulsera sucia.
Theo conocía a Lydia desde hace muchos años; la conocía bien, y conocía todas sus inseguridades. Siempre se exigía lo mejor, siempre intentaba dar la talla en todo, y a veces eso se volvía en su contra. La Ravenclaw había aprendido a esconder bien esos miedos bajo una fachada despreocupada y alegre, pero tenía un enemigo: su propia cabeza. Los sentimientos de inferioridad recurrentes la llevaban a puntos de cansancio emocional y mental en los que se derrumbaba. Theo había presenciado muchos de sus ataques de ansiedad, y por ello la quería todavía más: había visto sus debilidades, sus imperfecciones, y le parecían maravillosas.
- Lydia - se inclinó hacia delante y tomó el rostro de la chica con delicadeza entre sus manos -, tu pulsera ha sido una aportación tan buena como las del resto. Ese día del calamar gigante fue genial, y si a ti te pareció un momento tan bueno como para meterlo en la caja de los recuerdos, está bien. Y si hubieras decidido traer una piedra, o una hoja, o un trozo de tiza, también estaría bien, porque lo que importa no son los objetos, sino los recuerdos que nos despiertan.
Depositó un beso en la frente de la chica y la apretó entre sus brazos, dejando que ella enterrara la cabeza en el hueco de su cuello y sintiendo como un escalofrío le recorría desde las puntas de los pies hasta la coronilla.
- Todo suena tan bien cuando lo dices tú… - susurró contra la piel del cuello del chico.
- Claro que suena bien cuando yo lo digo - el moreno rió -, tengo alma de poeta.
Lydia se separó un poco de él y lo observó con una ceja elevada.
- ¿Ah sí?
- Escucha y disfruta - el moreno se aclaró la voz -. Las rosas son rojas, las violetas azules, y la paloma de tu escudo… ¡Au! - gritó mientras se apartaba de los golpes de la chica.
- Sabes… - Lydia le lanzó un golpe suave al hombro - perfectamente… - otro golpe - que es… - golpe de nuevo - un águila.
Theo se reía a carcajadas mientras trataba de apartarse de la Ravenclaw.
- ¿Dibujada por un niño de cinco años?
La chica se cruzó de brazos y frunció el ceño.
- Idiota.
- Eso es, esa es la Lydia que me gusta.
- Te encanta que te insulte.
- Lo sé - Theo le guiñó un ojo y a continuación suavizó la voz -. ¿Pero he conseguido quitarte las dudas?
La morena asintió, y lo miró en silencio. Había admirado tantas veces sus rasgos, que podría dibujarlo de memoria. Esos ojos azules como el cielo, enmarcados por pestañas largas y negras que conferían a su mirada un aspecto seductor e incluso amenazador; la suave curva que describía su afilada y delicada nariz; la boca, pequeña de dientes perfectos, que se curvaba en las sonrisas más adorables que jamás había visto; y ese pelo, de un color castaño casi negro, y revuelto como las ramas de un árbol, que le otorgaba un aspecto juvenil y travieso. No era musculoso, pero tampoco delgado... en conjunto, era perfecto. Y ese carácter tan fuerte, con toques de diversión que conseguían exasperarla y volverla loca, le hacía desear más. De él, deseaba todo, tanto como pudiera darle.
- ¿Volvemos? - preguntó el moreno.
Lydia abrió la boca como para decir algo, pero la cerró antes de hacerlo y sonrió.
- Vamos - se giró, callando lo que su corazón le pedía a gritos, y tratando de ignorar la sensación punzante que se instaló en su pecho.
Los primeros meses del curso transcurrieron con calma, y los chicos enseguida se vieron sumidos en la vorágine del año escolar. Pero ese año era especial, pues en todas sus clases, sin excepción, había un tema recurrente: los ÉXTASIS. Aunque estos se realizaban en junio, la preparación comenzaba desde el primer día de clases, y la cantidad de deberes, trabajos y teoría que tenían que preparar era ingente. Si bien los cuatro habían sacado siempre y seguían sacando buenas notas, la exigencia de ese año les quitaba gran parte del tiempo libre que tenían. Aun así, todavía podían disfrutar de alguna que otra broma, entrenamientos de Quidditch, partidos e incluso fiestas, como tan bien había predicho Theo el primer día de curso.
Pasó la Navidad y tras ella llegó enero. Nevaba casi a diario, obsequiando así a los estudiantes con unos jardines blancos hasta donde alcanzaba la vista. Los muñecos de nieve decoraban cada esquina, y los alumnos disfrutaban numerosas guerras de bolas de nieve e incluso, los más atrevidos, patinaban sobre la superficie helada del lago.
Pero Lydia siempre se había considerado una persona de interior; ese día había terminado ya todos sus deberes, y se encontraba refugiada en el calor de su habitación, enfrascada en la lectura de un libro muy especial: el diario de William Barrow. Cuando el año anterior habían encontrado la habitación cambiante, Lydia había decidido, tras un simple vistazo a la estancia, que se llevaría un libro. Los libros eran para ella su posesión más preciadas: historias de amor, aventuras, misterio, te aguardaban entre las páginas, permitiéndote entrar a mundos lejanos, evadirte de la realidad. Ella quería empaparse de la historia de Hogwarts, le maravillaba pensar en lo que habría pasado en ese mismo castillo a lo largo de los años. Y qué mejor forma de hacerlo, que leyendo un diario de uno de sus propios estudiantes, que databa de 1640. Lo que la atrajo de ese diario más que cualquier otro, fue el emblema de Ravenclaw que aparecía dibujado en la portada; pronto descubrió que ese tal William era un Ravenclaw brillante, con una capacidad innata para la narrativa, que le permitía visitar, a través de sus vivencias, el Hogwarts de 1640.
Y aunque era la quinta vez que Lydia releía el diario, lo disfrutó tanto como la primera. Pero, tras leer el último pasaje, datado en el 30 de noviembre de 1640, y justo antes de cerrar el libro, se dio cuenta de que había una última página pegada a la contraportada en la que nunca antes había reparado. Con un cuidado infinito consiguió separar la página sin que esta se rompiera, y su ceño se frunció en una mueca de confusión al descubrir que, en esa última página, solo había un poema que parecía escrito por el propio William Barrow:
"En el jardín de las hadas
hemos jugado tú y yo…
mariposas con sus alas,
luciendo todo el color
de sentimientos y ansias
disfrazados de pudor.
Y las hadas sonreían,
entre árboles y flores;
nos miraban a escondidas,
y en sus mejillas… rubores.
¿Quién hubiera imaginado,
que estaba siendo engañado?
¿Acaso fue nuestra culpa
el ceder a sus encantos?
Hoy maldigo aquel día
en que el jardín encontramos,
y maldigo la avaricia
que te apartó de mi lado.
Mi querida Madeleine,
ya nada tiene sentido.
Espérame con paciencia;
pronto me tendrás contigo."
Releyó el poema tres veces. Si aquel fuera cualquier otro libro, le habría pasado inadvertido. Pero algo le decía que William se había esforzado mucho porque, quien encontrara el diario, entendiera que aquel poema escondido era mucho más que eso. Lo leyó de nuevo y sintió que un escalofrío la recorría. ¿Y si…? Reflexionó un instante: tenía que decírselo a Theo.
¡Y HASTA AQUÍ EL PRIMER CAPÍTULO!
Antes de nada, bienvenidos de nuevo ❤️
Y digo bienvenidos de nuevo, porque supongo que todos aquellos que leáis esta historia, ya habréis leído "Dulce perdición" 😊
En primer lugar, os tengo que agradecer infinitamente la buena acogida que tuvo el final de la historia de Dramione. Me hace muy feliz escribir y compartirlo con vosotros, y como ya hacía tiempo que tenía la idea de esta historia metida en la cabeza, he decidido que qué mejor momento para escribirla que en estos días de cuarentena :)
Y, bueno... ¿qué os ha parecido este primer capítulo? Si os ha gustado, estad atentos, porque todos los que vengan van a ser todavía mejores
No quiero contaros mucho porque seguro que se me escapa algún spoiler 😜 Pero sí que quiero aclarar que, si bien uno de los temas que va a tratar la historia es el amor, no va a ser el principal: las relaciones de los personajes se van a ir desarrollando como complemento a las aventuras que vayan viviendo y que, os aseguro, van a ser increíbles y os van a hacer desear, una vez más, poder formar parte de el maravilloso mundo de Hogwarts.
En este capítulo tan solo he dejado la historia a medio comenzar y os he presentado a los personajes... ¿qué os han parecido? Estoy muy contenta con el resultado final de este primer capítulo, porque refleja con fidelidad la forma de ser de cada uno de los cuatro protagonistas tal y como yo la tenía en mente :) Esta historia supone un desafío mucho más grande para mí que la anterior, aunque aviso que va a ser mucho más corta. Planeo que dure un máximo de 5 capítulos, así que no os preocupéis, para dentro de un par de meses ya podréis disfrutar de la historia al completo 😊 Porque aunque tenga que estudiar bastante, también tengo mucho tiempo libre, y me encanta invertirlo en escribir. Me hace muy feliz 😊
Me podéis seguir en la cuenta de instagram de mi biografía y así estaréis al tanto de cómo van los capítulos y cuando serán las actualizaciones, o podéis activaros el Go y seguirme :) Si conocéis a alguien que haya leído "Dulce peridición", no dudéis en recomendarle esta secuela, para que la disfrute tanto como vosotros ❤️
¡Y no olvidéis dejarme una review para que pueda saber qué os ha parecido! Ya sabéis que para mí es muy importante mantener la comunicación con mis lectores, y el conocer vuestra opinión me ayuda también en el desarrollo de la historia. Os dejo una pregunta planteada para que me la respondáis: ¿perferís a Theo, Teddy, Victoire o Lydia? Por cierto, en mi instagram voy a colgar fotos de cada uno de los personajes tal y como yo me los imagino, para ayudaros a representar la historia en vuestra cabeza :)
Con cariño, hasta el próximo capítulo;
Daphnea ❤️
P.D.: espero que todos estéis bien, y que lo estén vuestros familiares. Con esta historia, trato de haceros un poco más amenos los días, contribuyendo con mi granito de arena. Por favor, haced caso a las normas establecidas en vuestros países, y quedaros en casa. ¡La sociedad os lo agracederá! ¡Os quiero! ❤️
P.D.2: el poema de la habitación cambiante lo escribí yo, y la segunda mitad del del jardín de las hadas también. Pero la primera mitad del poema del jardín de las hadas, es obra de Andrés Mª y lo encontré en internet: /blog/mostrar-poema-233857
Os dejo la dirección de su página por si queréis echarle un vistazo a sus obras. Ya que me sirvo de un poema suyo, al menos le doy el crédito que merece 😊
