-Cuéntame la historia del fénix, mamá.

-Pero ya debes ir a dormir.

-Por favor, quiero soñar con él...

Suspiró y sonrió a los ojitos insistentes. Acomodó su cabello y acarició su rostro blanco. Entonces empezó.

Había una vez dos hermanos que se amaban con toda el alma. El mayor había prometido cuidar siempre de su hermano menor aunque ello implicara herirse. Los hombres disfrutan la violencia: la saborean, la aplauden y la incitan mientras sea siempre en el cuerpo de otros. Ver el sufrimiento y la necesidad ajena provoca cierta sensación de poder. El niño más grande recibía dinero arriesgando su vida para lastimar a otros. Estaba lleno de ira y rencor hacia aquellos que todo lo quitaban. El menor sólo veía con desesperación la sangre de su hermano que servía para llevarle el pan.

Pasó así mucho tiempo. Cada día crecía la furia del joven y la tristeza del niño. ¿Qué sentido tiene vivir si representamos solamente una carga para aquellos que amamos? Si mantener latiendo el corazón cuesta tanta sangre inocente derramada, ¿no sería la muerte una salvación tanto para el que quede vivo como el que tenga que decir adiós? Dicen que el pozo al que se arrojó el pequeño está ahora lleno por las lágrimas vertidas de su hermano mayor.

El odio colmó el espíritu del joven y se convirtió en un ave negra, cuyas llamas eran capaces de incinerar a cualquier ser vivo. Fue entonces cuando un dios despertó y le mostró que en sus ojos vivía su hermano muerto. El pájaro de la oscuridad juró lealtad al rey del inframundo y esta vez, no fallaría en protegerlo. En la guerra él siempre respondió por él, por su amor y su culpa. Su vida ya no era suya y sólo así tenía sentido. Él era su fuerza y cualquier otro sentimiento estaba ahora muerto. No volvería a ser débil. Sería el más poderoso de todos para poder cuidar a su señor.

A pesar de todo el odio que sentía, su corazón seguía motivado por un amor profundo. Ese sentimiento lo diferenciaba de otras estrellas malignas; sus enemigos lo percibieron y le perdonaron la vida.

Pero ya no más. Esa era la última batalla, aquella en la que entregaría la victoria en las manos a su único dios. El ave negra peleaba contra un guerrero noble, de espíritu fuerte y una lealtad de hierro hacia su diosa. Ambos debían de destruirse y lo sabían. Así que el hombre dorado decidió no abandonar a ese joven cuyo odio se desgarraba convertido en dolor. Se alzaron hacia el cielo convertidos en una bola de fuego que los calcinaría hasta la extinción.

La entrega de su enemigo, su nobleza y sacrificio lograron encender el corazón de Kagaho de Bennu, espectro de Hades. Olvidó su odio, su tristeza y su desesperación para que la promesa una vez hecha a su hermano menor lo consumiera. El amor transforma y el fuego purifica. El ave negra se convirtió en un ser de luz y fuerza.

Con su nueva forma, Kagaho bajó a la tierra y prometió que renacería para proteger a ese niño al que una vez le falló. Donko de Libra fue testigo del primer vuelo del ave Fénix.

Desde entonces existe la armadura sagrada, que aún no ha sido utilizada por ningún hombre. Sólo aquel que sea capaz de entender el odio, el sacrificio y el amor de Kagaho será capaz de soportar en su cuerpo el calor de su nueva forma. Quien sea el portador se convertirá en el hombre más poderoso de la Tierra pues tendrá la habilidad de destruir, sanar y renacer. Espéralo, mi amor. Quizá lo conozcas algún día...

-Mamá, cuando nazca mi hermanito le contaré esa historia todas las noches.

Sonrió cuando su respiración se tornó calmada y profunda. Antes de dormir, Pandora juró encontrar al Fénix. También juró quedarse con él.