Desde que había llegado, había sentido la frialdad y el silencio que cubría la mansión Agreste. Posiblemente porque su tía, Emilie no estaba más.

Pues su tío Gabriel Agreste, nunca fue la persona más amistosa o alegre. Más bien, siempre fue serio y reservado, pero incluso así, fue un devoto y amoroso tanto como esposo, como padre; tal vez era por su seriedad que él sentía la necesidad de ver más emociones o expresiones en él.

Y tal vez por eso, junto a Adrien, le hacían algunas travesuras. Sin importar que al final, terminaran siendo regañados y en ocasiones, salvados por sus madres.

Suspiró ligeramente, mientras miraba la habitación en la que se estaría quedando. Era espaciosa y sencilla, con una cama, un librero, escritorio y muebles para sentarse además de una mesa; era más que suficiente para él, aunque el blanco en las paredes le resultaba un poco molesto.

Más tarde vería si podía cambiar el color, fue lo que pensó antes de echarse en la cama y mirar con aburrimiento el techo. Su vida no parecía haber cambiado en lo más mínimo, y si algo había cambiado, era el ahora residir en Francia y posiblemente asistir a una nueva escuela pero nada más.

El sonido de su puerta siendo golpeada lo sacó de sus pensamientos, haciéndolo sentarse y voltear en su dirección. Preguntándose por un momento si sería su madre, la secretaria de su tío o…

- Soy yo, Adrien…

Ah, sólo se trataba de su primo.

– Adelante.

Adrien entró, un poco cohibido mientras cerraba la puerta. Y no lo culpaba de ser tímido, él incluso se sentía así por no saber cómo era ahora su primo después de no verse por un largo tiempo. Era normal no saber cómo comportarse o saber qué decir.

- Como… ¿Cómo has estado, Félix?

-… Ahí va – ni él sabía cómo estaba, se sentía vacío y perdido. Y aunque estaba tratando de sobrellevar la pérdida de su padre para no preocupar o entristecer a su madre, decir que estaba bien, era mentira –. ¿Y tú?

- Pues… Bien, creo – respondió con una sonrisa, que salió en automático mientras rascaba su nuca con nerviosismo –… Yo… Lamento tu pérdida.

- Sí… Y yo la tuya.

Félix volvió a suspirar y habló antes de que un silencio incómodo se instara en la habitación –. Siéntate, me siento mal el verte parado ahí.

Adrien volvió a sonreír, pero esta vez agradecido. Su primo no estaba apartándolo, pese a lo serio y distante que se notaba.

- Gracias.

- Por cierto, ¿Conoces por aquí una escuela?

Adrien sonrió tenso –. Sí… Se llama Françoise Dupont, aunque… De hecho, no he ido a una escuela.

- Espera… Conoces el nombre de una escuela pero, ¿Nunca has ido a una? ¿Por qué?

-… Desde que mi mamá ya no está, mi papá se ha vuelto bastante cauteloso. Tomo clases con Nathalie en casa y, sólo salgo cuando voy a hacer modelaje o una sesión de fotos.

- Básicamente, eres un canario en una jaula, ¿eh? – comentó sarcástico, sonriendo con amargura.

Si su tía estuviese viva, lo más seguro era que Adrien hubiese asistido a una escuela como cualquier chico de su edad. Porque lo único que su tío estaba haciendo, era que Adrien no tuviera la oportunidad de crecer y experimentar lo que la vida tenía por ofrecerle y mostrarle.

Y de paso, estaba haciendo de Adrien una persona ingenua que podría caer fácilmente ante las mentiras o engaños que pudieran hacerle.

Esto era horrible e injusto, ni siquiera el miedo a perderlo era justificación para privarlo así del mundo.

¿Qué pasaría el día de mañana cuando Adrien debiera hacerle frente al mundo, solo?

Bueno, este era el primer cambio en su vida. Y posiblemente también, para su primo.

- Adrien, ¿Tú quieres ir a la escuela? – preguntó, mirándolo con seriedad. Si Adrien tenía la determinación, entonces le echaría una mano –. Sinceramente, ¿Tú quieres?

- ¡…Yo quiero! – al darse cuenta del sobresalto de su primo y de que se había exaltado, carraspeó. Y sin apartar la mirada de la de su primo, continuó hablando, con un tono moderado –… Yo de verdad quiero ir a la escuela, en serio. Pero, aunque se lo haya pedido a mi padre, él no accede – exhaló, con una sonrisa amarga –. Estoy cansado de vivir como un ave enjaulada, conformándome con sólo salir cuando es cuestión de negocios… Incluso ver anime, comienza a ser aburrido, ¿sabes?

- Sé que no tiene que ver con el tema pero, ¿Desde cuándo vez anime, Adrien? Y también, ¿De qué tipo?

- Ehhh…

- Sin mentir.

-… R-Romance escolar.

Félix no pudo evitar reírse, volviendo a echarse en su cama por la risa. Con Adrien muriéndose en silencio de la vergüenza.

¿Qué había de malo de disfrutar un anime de romance escolar? Habían dramáticos, lindos y hasta divertidos.

- Ay Adrien, no todo lo que pasa en los animes y sobre todo de ese tipo, es real.

- Y-Ya sé pero…

- Sí, sí, entiendo… ¿Sabes? Tal vez podrías experimentar tu propio romance escolar.

- No creo… – respondió, desanimándose ligeramente.

- ¿Y por qué no? Si es por tu papá, no hay problema – pasó sus brazos por su cabeza, recostándose sobre estos mientras miraba al techo –. Podemos escabullirnos e ir a esa escuela que dices.

Adrien volteó a verlo, estupefacto. Félix le sonrió con picardía, como en antaño.

- ¿…Y cómo haríamos eso?

- Yo me encargo de eso, sólo necesitamos lo que necesitamos para la escuela… Y ser sigilosos y correr como si nuestra vida dependiera de ello.

Adrien sonrió.

- Esto me recuerda cuando solíamos hacer travesuras…

- Lo sé. Por eso te pregunto, ¿Quieres hacerlo, Adrien?


Nota: No mentiré, me encanta la dinamica de Félix y Adrien. Ya quiero ver cómo será la de Félix y Marinette.