Notas Oscuras
Disclaimer: Esta historia no me pertenece, es una adaptación para el universo. Espero que les guste.
Adaptación © Fandom Naruto
Naruto © Masashi Kishimoto
Notas Oscuras © Pam Godwin
1.
...
...
SAKURA
La pobreza.
Solía ser más fácil.
Tal vez porque no puedo recordarla mucho en mi infancia.
Porque era feliz.
Ahora todo lo que queda es pena, gritos y facturas sin pagar.
A los diecisiete, no sé mucho sobre el mundo, pero me parece que ser infeliz e indeseable es más difícil de soportar que no tener nada que comer.
El nudo en mi estómago se contrae. Tal vez si vomito antes de salir de casa me relajará y despejará la mente. Excepto que no puedo permitirme perder las calorías.
Una respiración profunda confirma que los botones de mi blusa más bonita siguen en su lugar, mi considerable escote conservador todavía oculto. La falda hasta la rodilla se amolda mejor esta mañana de lo que lo hizo en la tienda y las zapatillas de ballet... olvídalo. No hay nada que pueda hacer con las suelas agrietadas y las rasgaduras en las puntas. Son las únicas zapatillas que tengo.
Salgo del baño y camino de puntillas por la cocina, pasando mis dedos temblorosos por mi cabello. Los mechones mojados caen por mi espalda y empapan mi blusa. Mierda, ¿mi sujetador se ve a través de la tela húmeda?
Debí alzarme el cabello o secarlo, pero ya no tengo tiempo, lo cual me revuelve aún más el estómago.
Jesús, no debería estar tan ansiosa. Es solo el primer día de escuela. He hecho esto muchas veces.
Pero es mi último año.
El año que determinará el resto de mi vida.
Un error, un promedio menos que perfecto, una violación al código de vestimenta, la más pequeña infracción alejará el foco de atención de mi talento y lo pondrá en la pobre chica de Treme. Cada paso que doy en los críticos pasillos de mármol de La Academia Le Moyne es un esfuerzo para demostrar que soy más que solo esa chica.
Le Moyne es una de las más reconocidas y caras preparatorias de élite en artes escénicas en la nación. Es intimidante. Jodidamente aterradora. No importa si soy la mejor pianista de Nueva Orleans. Desde mi primer año, la academia ha estado buscando una razón para expulsarme, para llenar mi muy peleado lugar con un estudiante que aporte talento y donaciones monetarias.
El hedor a humo rancio me hace aterrizar en la realidad de mi vida.
Enciendo el interruptor de la pared de la cocina, iluminando pilas de latas de cerveza aplastadas y cajas de pizza vacías. Platos sucios llenan el fregadero, colillas de cigarro dispersas en el piso y, ¿qué demonios es eso?
Me apoyo en la encimera y entrecierro los ojos hacia el residuo quemando en la cuchara.
Hijo de puta. ¿Mi hermano usó nuestros mejores utensilios para cocinar cocaína? La lanzo a la basura en un ataque de ira.
Tobirama afirma que no puede pagar las facturas, pero el bastardo sin trabajo siempre tiene dinero para fiestas. Y no solo eso, la cocina estaba impecable cuando me quedé dormida, a pesar del moho floreciendo en las paredes y el laminado desprendiéndose de las encimeras. Maldita sea, este es nuestro hogar. Lo único que nos queda. Él y mamá no tienen ni idea de lo que he soportado para mantenernos al corriente con los pagos de la hipoteca. Por su bien, espero que nunca se enteren.
Un suave pelaje roza mi tobillo, atrayendo mi atención al piso. Enormes ojos dorados miran hacia arriba desde un rostro naranja atigrado y mis hombros se relajan al instante.
Schubert ladea su barbilla desaliñada y sus bigotes se frotan contra mis piernas, su cola moviéndose en el aire. Siempre sabe cuándo necesito cariño. A veces creo que es el único amor que queda en esta casa.
—Tengo que irme, dulce chico —susurro, inclinándome para rascarle las orejas—. Sé un buen gatito, ¿está bien?
Saco la última porción de pan de plátano de su escondite en la parte posterior de la despensa, aliviada de que Tobirama no la encontrara. La envuelvo en una servilleta y trato de escapar hacia la puerta tan silenciosamente como puedo.
Nuestra casa en ruinas tiene una habitación amplia y cinco habitaciones más pequeñas. No hay pasillos. Con las habitaciones una frente a la otra y todas las puertas alineadas, podría pararme en la entrada trasera, disparar una escopeta a la puerta y no darle a las paredes.
Pero podría dispararle a Tobirama. Deliberadamente. Porque es una maldita carga y un desperdicio de vida. También es nueve años más grande, casi setenta kilos más pesado, y el único hermano que tengo.
Los tablones de madera de doscientos años crujen bajo mis pies, y contengo la respiración, esperando el rugido borracho de Tobirama.
Silencio. Gracias, Jesús.
Sosteniendo el pan envuelto contra mi pecho, paso primero por la habitación de mamá. Pasé por ella hace treinta minutos, medio dormida y arrastrando los pies para ir al baño en la oscuridad. Pero con la luz de la cocina resplandeciendo por la puerta, el bulto en su cama luce inconfundiblemente humano.
Tropiezo con sorpresa, tratando de recordar la última vez que la vi.
¿Hace dos... tres semanas?
Un palpitar se agita detrás de mi esternón. ¿Tal vez regresó a casa para desearme suerte en mi primer día?
Tres pasos silenciosos me llevan a la cama. Las habitaciones rectan- gulares son estrechas y pequeñas, pero los techos tienen cuatro metros o más de alto. Papi solía decir que los techos de dos aguas y el largo diseño desde la parte delantera hasta la trasera era un diseño de ventilación para asegurar que su amor pudiera fluir por todas partes.
Pero mi papá se ha ido y lo único que circula por la casa es el hedor a moho saliendo de las rendijas del aire acondicionado.
Me inclino sobre el colchón, esforzándome para ver el cabello corto de mamá en las sombras. En cambio, me encuentro con el hedor amargo de la cerveza y la hierba. Por supuesto. Bueno, al menos está sola. No tengo interés de conocer al hombre-del-mes con el que ha estado follando.
¿Debería despertarla? El instinto me dice que no, pero maldita sea, muero por sentir sus brazos a mí alrededor.
— ¿Mamá? —susurro.
El bulto se mueve y un profundo gemido retumba desde las mantas. Un gemido de hombre que conozco con horrible intimidad.
Un escalofrío se desliza por mi columna mientras retrocedo. ¿Por qué está el mejor amigo de mi hermano en la cama de mamá?
El fuerte brazo de Hiruzen se eleva y su mano me agarra de la nuca, empujándome hacia él.
Dejo caer el pan en mi intento por alejarme, pero es más fuerte, infame y nunca acepta un no por respuesta.
»No —digo de todos modos, el miedo elevando mi voz, mi pulso rugiendo en mis oídos—. ¡Detente!
Me lanza hacia la cama, colocándome boca abajo bajo su cuerpo sudoroso. El aliento caliente de cerveza me sofoca. Su peso, sus manos... oh
Dios, su erección. La clava contra mi culo, levantando mi falda, su pesado jadeo rozando mis oídos.
» ¡Quítate de encima! —Me agito violentamente, mis dedos arañando las mantas, llevándome a ninguna parte—. No quiero esto. Por favor, no...
Su palma se cierne sobre mi boca, callándome mientras su fuerza limita mis movimientos.
Mi cuerpo se hace cada vez más reticente, insensible, colapsando como una cosa muerta, sumergiéndome en mi propio mundo en mi cabeza.
Me dejo absorber, mi concentración en la seguridad de lo que sé, lo que amo, ligeros movimientos de teclas de piano en un ritmo atonal mientras todo mi ser está rodeado de una atmósfera oscura. Veo mis dedos deslizándose por las teclas del piano, escucho la inquietante melodía y siento como cada nota me arrastra más y más a la oscuridad. Lejos del dormitorio. Lejos de mi cuerpo. Lejos de Hiruzen.
Una mano serpentea bajo mi torso, apretando mi pecho, tirando de mi blusa, pero estoy perdida en las notas disonantes, recreándolas con cuidado, distrayendo mis pensamientos. No puede herirme. No aquí con mi música. Nunca más.
Se mueve, empujando la mano entre mis nalgas, dentro de mis bragas, explorando toscamente el agujero en la parte posterior que siempre hace sangrar.
La sonata se hace añicos en mi mente, y tratao de montar los acordes otra vez. Pero sus dedos son implacables, obligándome a soportar el manoseo, su palma amortiguando mi grito. Jadeo en busca de aire y pateo frenéticamente con las piernas cerca de la mesita de noche. Mi pie choca con la lámpara y se estrella contra el suelo.
Hiruzen se queda inmóvil, su mano apretando mi boca.
Un fuerte golpe retumba en la pared cerca de mi cabeza, un puño golpeando desde la habitación de Hiruzen. Mi sangre se congela.
— ¡Sakura! —La voz de Tobirama se eleva desde el otro lado de la pared—. ¡Maldita puta buena para nada, me despertaste!
Lorenzo se levanta de un salto y se apresura hacia la luz proveniente de la puerta de la cocina. Tatuajes tribales ennegrecen su pecho y holgados pantalones deportivos cuelgan de sus caderas estrechas. Una persona modesta podría considerar atractivo su vigoroso físico y sus marcadas facciones latinas. Pero las apariencias solo son la piel del alma, y su alma está podrida.
Ruedo de la cama, acomodo mi falda y agarro el pan envuelto del suelo. Para llegar a la puerta principal tengo que pasar por la habitación de Tobirama y luego por la sala. Tal vez no ha dejado la cama todavía.
Con un pulso tembloroso, me adentro a la oscura caverna que es la habitación de Tobirama y... ¡Auch! Golpeo contra su pecho desnudo.
Esperando su reacción, me alejo de la trayectoria de su primer golpe, solo para exponer mi mejilla a la fuerte bofetada de su otra mano. El impacto me manda a la habitación de mamá y él se mueve conmigo, sus ojos nublados por el alcohol y las drogas.
Y pensar que solía parecerse a papá. Pero eso era antes... Cada día, el cabello grisáceo de Tobirama se esfuma, sus mejillas se hunden más en su pastoso rostro y su vientre cuelga más bajo sobre esos ridículos pantalones cortos de entrenamiento.
No ha estado bien desde que desertó de los Marines hace cuatro años.
El año en que nuestras vidas se fueron a la mierda.
— ¿Por. Qué. Carajos... —dice Tobirama, empujando su rostro en el mío—, estás despertando a toda la maldita casa a las cinco de la mañana?
Técnicamente, casi son las seis, y tengo que hacer una parada rápida antes del trayecto de cuarenta y cinco minutos.
—Tengo escuela, idiota. —Me enderezo lo más que puedo, a pesar del terrible miedo carcomiendo mi estómago—. Lo que deberías preguntar es por qué Hiruzen está durmiendo en la cama de mamá, por qué tenía sus manos sobre mí, y por qué estaba gritando para que se detuviera.
Sigo la atención de Tobirama hacia su amigo. Tinta descolorida garabatea los costados del rostro de Hiruzen, indiscernible bajo la oscura sombra de sus patillas. Pero el tatuaje fresco en su garganta arde tan llamativo y negro como sus ojos. Dice: Destruir. Y por la forma en que me está mirando, es una promesa.
—Ella vino otra vez a mí. —La mirada de Hiruzen fija en la mía, su expresión un lienzo lleno de malicia—. Ya sabes cómo es.
— ¡Tonterías! —Me giro hacia Tobirama, mi voz suplicando—. No me dejará en paz. Cada vez que te das la vuelta me está quitando la ropa y...
Tobirama agarra mi cuello y me lanza de frente contra la jamba de la puerta. Trato de esquivarla, luchando contra la fuerza de su ira, pero mi boca se estampa con la filosa esquina.
Dolor estalla por mi labio. Cuando saboreo la sangre, levantó el mentón para mantener el lío lejos de mi ropa.
Me suelta, sus ojos opacos y pesados, pero su odio me golpea más fuerte que nunca.
—Si le vuelves a mostrar las malditas tetas a mis amigos, te las arrancaré. ¿Me entendiste?
Mi mano vuela a mi pecho y mi corazón se hunde mientras mi palma se desliza a través de la enorme V de mi blusa. Al menos dos botones han desaparecido. ¡Mierda! La Academia me levantará un reporte, o peor aún, me expulsará. Desesperadamente escaneo la cama y el suelo, buscando pequeños puntos de plástico en el mar de ropa esparcida. Nunca los encontraré, y si no me voy ahora, habrá más sangre y más botones perdidos.
Me doy la vuelta y corro por la habitación de Tobirama, sus gritos furiosos impulsándome a ir más rápido. En la sala, agarro mi bolsa del sofá donde duermo y acto seguido salgo por la puerta, exhalando de alivio hacia el cielo gris. El sol no saldrá en al menos otra hora, y todo está tranquilo en la calle vacía.
Mientras doy un paso fuera del jardín, trato de olvidar los últimos diez minutos compartimentándolos en una maleta de estilo antiguo, forrada en cuero marrón con pequeñas hebillas de bronce. Luego imagino que el equipaje se queda en el porche, porque no puedo llevar tanto.
Un trote breve me lleva hacia la línea 91. Si me apresuro, todavía tengo tiempo de comprobar a Minato antes del próximo autobús.
Esquivando los baches que arruinan las majestuosas calles arboladas, paso por una hilera de cabañas y casas rectangulares, cada una pintada de vibrantes colores y adornadas muy al estilo sureño. Barandillas de hierro forjado, lámparas de gas, ventanas de guillotina y gabletes grabados con ornamentos de volutas, todo está allí si puedes mirar más allá de los pórticos deteriorados, el grafiti y la basura podrida. Lotes vacíos y llenos de vegetación manchan el paisaje de la calle, como si necesitáramos recordatorios del último huracán. Pero la repercusión de Tsunade prospera en el suelo fértil, en la historia cultural y en las sonrisas desgastadas de las personas que llaman a las inmediaciones de la ciudad, su hogar.
Gente como Minato.
Llego a la puerta con pesados barrotes de la tienda de música y encuentro la cerradura abierta. A pesar de la escasez de clientes, abre la tienda desde el instante en que despierta. Después de todo, este es su medio de vida.
La campana suena al entrar, y mi atención se dirige compulsivamente al viejo en la esquina. Me he pasado cada verano tocando las teclas de ese piano hasta que mi espalda me dolía y mis dedos se entumecían desde que tengo memoria. Con el tiempo, las visitas se convirtieron en un empleo. Atiendo a los clientes, me hago cargo de la contabilidad, el inventario y lo que sea que se necesite. Pero es solo en los veranos cuando no tengo los medios para ganarme mi otro ingreso.
— ¿Sakura? —La áspera voz de barítono de Minato resuena por la pequeña tienda.
Dejo el pan de plátano en el mostrador de cristal y grito hacia la parte posterior.
—Solo vengo a dejar el desayuno.
El sonido de sus mocasines arrastrándose indica que se aproxima y su cuerpo encorvado emerge de sus aposentos en la trastienda. Noventa años y el hombre todavía puede moverse rápido, cruzando la tienda como si su frágil cuerpo no estuviera atormentado por la artritis.
El aspecto turbio en sus ojos denota su escasa vista, pero cuando se acerca su mirada se posa inmediatamente en los botones que faltan en mi blusa y en la herida en mi labio hinchado. Las arrugas bajo el borde de su gorra de béisbol se profundizan. Ha visto la obra de Tobirama antes, y estoy muy agradecida de que no pregunte u ofrezca compasión. Puedo ser la única chica blanca en este barrio, y definitivamente soy la única con una educación en una escuela privada, pero las diferencias terminan ahí. Mi equipaje es tan común en Tsunade como los collares arrojados en la Calle Bourbon1. Hace referencia a los collares que se usan en la celebración del Mardi Gras, la cual se realiza cada año en Nueva Orleans.
Me examina de pies a cabeza mientras se rasca la barba, pequeños vellos blancos contra su tez negra como el carbón. Visibles temblores recorren sus brazos, cuadra sus hombros, sin duda en un intento de disfrazar su dolor. He estado viendo su salud deteriorándose durante meses, y soy incapaz de detenerlo. No sé cómo apoyarlo o aliviar su sufrimiento, y lentamente me está matando por dentro.
He visto sus finanzas. No puede permitirse medicamentos o visitas al doctor o incluso cosas básicas como los alimentos. Ciertamente no puede permitirse un empleado, lo cual repercutió de una manera agridulce en su nómina durante el último verano. Cuando me gradúe de Le Moyne en la primavera, dejaré Tsunade y Minato no se sentirá obligado a cuidar de mí.
Pero, ¿Quién cuidará de él?
Saca un pañuelo del bolsillo de su camisa, su mano temblando mientras la levanta hacia mi labio.
—Te ves muy elegante esta mañana. —Sus astutos ojos se clavan en los míos—. Y nerviosa.
Cierro los ojos mientras limpia la sangre. Ya sabe que mi aliada más fuerte en la academia renunció a su posición como instructora principal de música. Mi relación con la Sra. McCracken me tomó tres años. Era la única persona en Le Moyne que me respaldaba. Perder su apoyo para una beca era como empezar de nuevo.
—Solo tengo un año. —Abro los ojos y los enfoco en los de Minato—. Un año para impresionar a un nuevo instructor.
—Y todo lo que necesitas es un momento. Solo asegúrate de estar ahí.
Tengo que tomar la línea 91 a pocas cuadras de distancia. El trayecto en autobús dura veinticinco minutos. Luego son diez minutos a pie para llegar al campus. Reviso mi reloj. Ahí estaré, con botones faltantes y el labio roto, pero mis dedos todavía funcionan. Haré que cada momento cuente.
Deslizo la lengua sobre la herida y me estremezco ante la hinchazón alrededor de la piel.
— ¿Se nota?
—Sí. —Me mira con ojos entrecerrados—. Pero no se nota tanto como tu sonrisa.
Mis labios se elevan en una sonrisa, lo cual estoy segura que era su intención.
—Eres todo un don juan.
—Solo cuando ella lo vale. —Abre el cajón desordenado a la altura de su cadera y con una mano temblorosa rebusca entre plumillas de guitarra, lengüetas... ¿qué está buscando?
¡Ah! Tomo el seguro junto a su dedo y busco otro.
— ¿Tienes más?
—Es el único.
Después de algunos ajustes estratégicos, logro acomodar el frente de mi blusa y le doy una sonrisa agradecida.
Con una suave palmadita en mi cabeza, hace un movimiento para que me mueva.
»Ve. Sal de aquí.
Lo que realmente está diciendo es: ve a la escuela para que puedas salir de esa casa. Para que salgas de Tsunade. Para que dejes esta vida.
—Te traje esto. —Deslizo el pan por el mostrador.
—Oh no. Tómalo.
—Me darán de comer en la escuela.
Sé que escucha la mentira pero de todos modos lo acepta.
Cuando me doy la vuelta para irme, me agarra por la muñeca con más fuerza de la que lo creía capaz.
—Tienen suerte de tenerte. —Sus oscuros ojos resplandecen—. Malditos hijos de puta afortunados. No dejes que lo olviden.
Tiene razón. Solo porque mi familia no puede brindar cuantiosas donaciones o conexiones poderosas no me convierte en un caso de caridad. Mi matrícula de cuatro años se pagó en su totalidad cuando tenía diez y pasé las audiciones necesarias cuando tenía catorce, al igual que mis compañeros. Mientras continuaba eclipsando a los demás en los cursos, recitales, ensayos y disciplina, la academia no puede presionarme para que me vaya.
Con un beso en la mejilla arrugada de Minato, me dirijo hacia la parada de autobús, incapaz de detener el temor regresando a mi estómago. ¿Qué pasa si mi nuevo instructor de música me odia y se niega a ser mi mentor o a apoyarme en el proceso de registro para la universidad? Papa estaría devastado. Dios, ese es mi mayor sufrimiento. ¿Papi está mirándome? ¿Ha visto las cosas que he hecho para llegar a fin de mes? ¿Las que haré de nuevo tan pronto como anochezca? ¿Me extraña tanto como yo lo extraño?
A veces el terrible vacío que dejó atrás duele tanto que no puedo soportarlo. A veces quiero sucumbir al dolor y unirme a él, donde quiera que esté.
Es por eso que estoy moviendo mi desafío más grande a la cima de mi lista de tareas.
Hoy, voy a sonreír.
Buenooooo, una nueva adaptación para el fandom Naruto uwu.
Espero que les guste, y:
Como vemos, la vida de Sakura no es para nada fácil, me da pena como su hermano la trata ustedes que piensan (?) estuvo mal uwu.
Aquí, todo va hacer muy diferente, ella quiere ser una panista profesional y va tener un profesor algo muy peculiar.
Esto, va hacer un romance oscuro, muy misterioso, y también un romance entre una estudiante de piano y un profesor uwu.
Disfruten, la tensión sexual que va a ver entre ellos.
Sin, nada más que decir nos leemos.
Los leo, en los comentarios.
Comenten su parte favorita, y comparta uwu.
Se despide su escritora, fanática a esta pareja.
