Durante todo el camino de vuelta al edificio, Chifuyu sentía cómo su incertidumbre le nublaba los sentidos. Era tanta e intolerable, que ya ni siquiera percibía el frío en el ambiente. No había espacio para ello.

Su cuerpo contenía mil y un cuestionamientos que ansiaba dejar fluir de su boca, escupirlos de una vez por todas, aunque terminaran sonando como un reclamo. Un reclamo que tal vez no tenía el derecho de hacer.

En tanto él caminaba a pasos lentos, con la cabeza hecha un nudo y la mirada al suelo, Baji iba por delante dejando su cabello revolotear por la brisa.

Perdido en ese movimiento, Chifuyu maldijo en un susurro. Todo sería más sencillo si el capitán dijera algo, lo que sea, entonces él podría partir de ahí.

Se detuvo justo antes de pisar el segundo escalón al percatarse de que, en ese momento, se encontraban en un sitio neutro para conversar; por lo que era ahora o nunca. Si Chifuyu no se daba prisa, su oportunidad se perdería esta noche al igual que en ocasiones anteriores.

Estaba consciente de ello, así que clavó la mirada al piso considerando sus opciones. Lo difícil era decidir por dónde comenzar.

—¿Por qué te detienes?

Aquella voz lo hizo quedarse petrificado por más tiempo, ahora sí sentía el frío y el bombeó acelerado de su corazón. Pero no había nada qué temer, solo era Baji, solo eso.

Cuando Chifuyu se atrevió a posar sus ojos en él, algo en su interior tembló. Baji le esperaba cerca del final de los escalones, tenía el cuerpo apoyado contra la pared en una posición casual, pero que lo hacía lucir genial.

Desde ahí, se sentía tan pequeño, tan insignificante, como una hormiga ante un elefante. Le parecía como si estuvieran a kilómetros de distancia. Como si andar a su lado, hombro con hombro, ya no le fuera permitido.

—¿Se te olvidó algo? —insistió aquel. Chifuyu solo atinó a negar con la cabeza—. ¿Entonces qué esperas para subir? Tu madre ya debe haber llegado, no querrás que se preocupe.

Lo observó retomar el camino, ignorante del caos que llevaba por dentro. Así que obligó a sus piernas a moverse, trepando los escalones de dos en dos y darle alcance antes de que fuera tarde.

—Baji-san —le habló, pero sin acercarse demasiado para que este regresara sobre sus pasos.

Logró su objetivo, Baji se dio media vuelta con la intención de escuchar lo que tenía para decirle.

—¿Qué pasa, Chifuyu?

Muchas cosas, habría querido responder.

Pasa que debemos aclarar los términos bajo los que hacemos, lo que hacemos, Baji-san.

¿Qué significado tienen los besos para ti?

¿Por qué no me dijiste nada sobre lo de Kazutora?

¿Ya no confías en mí?

¿Qué opinión te merece la luna esta noche? Es bonita, ¿verdad?

No obstante, lo único que fue capaz de decir fue…

—Quería contarte que le compré un gorro nuevo a Peke-J —soltó finalmente, y sonrió con ganas para hacerlo más creíble.

—¡¿Qué?!—exclamó el otro en respuesta. Pudo ver como el entrecejo de Baji se frunció. No entendía, esperaba que la mentira le hiciera ilusión—. ¡No puedes estar hablando enserio!

—¿Por qué… no? —preguntó con cautela.

—¡Porque justo hoy le acabo de pedir una docena en una tienda en línea! —explicó un mortificado Baji—. Debiste decírmelo antes, Chifuyu. Deja te muestro los diseños.

Chifuyu exhaló aliviado mientras lo observaba sacarse el celular de uno de los bolsillos, pronto lo tuvo a escasos centímetros mostrándole cada uno de los curiosos y coloridos gorritos que había escogido especialmente para el felino.

Esto le despertó ternura, pues a veces pasaba por alto esa faceta de Baji. Y es que cuando se trataba de Peke-J, el capitán parecía sufrir una transformación que le permitía verlo como un hombre más blando, más dulce, más real . No como el bárbaro exterminador de tipos físicamente más robustos que cualquiera.

En algún punto, Chifuyu dejó de escuchar la explicación que le daba sobre su nueva compra y ladeó la cabeza para enfocar sus ojos en su rostro. Había un brillo, un brillo de emoción que refulgía en esos ojos marrones al hablar sobre algo que realmente le interesaba, Sobre algo que de verdad apreciaba.

¿Le brillarían igual al hablar de él?

—Mitsuya me ayudó a elegirlos, me dijo que la tela es súper suave, entonces no… —hablaba Baji, mientras él se dedicaba a recorrer con la vista sus masculinas facciones, sus tupidas cejas y respingada nariz—. Oye, ¿Qué tanto me miras?

Atrapado nuevamente, tragó saliva sin saber muy bien qué inventarse.

—Baji-san, yo…—musitó inseguro, luego se remojó los labios con la lengua. De repente se sintió sediento, incapaz de articular más palabras.

No se esperó que Baji relajara el rostro, se mordiera el labio inferior y apartara la mirada hacia la calle.

—Oh no. No me hables de esa manera justo ahora, Chifuyu —le rogó, con esa voz que solo podía escuchar cuando se encerraban en su habitación. Los recuerdos de la primera ocasión le inundaron de golpe. Al instante, su rostro se coloreó—. Tu madre está en casa y la mía también. No es posible hacer algo hoy.

—No. Espera, no es… —negó repetidamente con ambas manos—. Baji-san no quiero hacer nada ahora —aclaró.

Lo escuchó suspirar aliviado y eso lo abochornó más. Chifuyu ni siquiera estaba pensando en aquello.

—Pues más vale —fue advertido por él, con una risita en la que asomaba los colmillos. Baji metió los manos en los bolsillos de su vestimenta y le dio la espalda—. Ya es tarde. Nos vemos mañana.

Chifuyu separó los labios, pero nada salió.

Las palabras se quedaron atrapadas en su garganta, ahora sentía demasiada vergüenza de sus pensamientos como para intentar alargar el momento y la incomodidad. Levantó la mano en señal de despedida como si este pudiera verlo.

Un día más se terminaba y él se había quedado con más dudas que antes.


Por la tarde del día siguiente, Chifuyu y su compañero de locuras, Takemichi Hanagaki, estaban enfrascados en cumplir una nueva misión. Esto no ocurrió sin que antes le hubiera reclamado su traición, pues Chifuyu estaba casi seguro de que Takemichi sabía lo que Kazutora y que él, al igual que Baji, lo había excluido del tema.

Eso lo hería, pero su mismo compañero alegó para hacerle ver que no era cierto. De hecho, Takemichi tampoco estaba enterado de nada, porque lo único que hacía era pasear en moto con Mikey y no preguntar demasiado.

Fue así como Chifuyu terminó perdonándolo antes de que se le soltara a llorar en plena calle. No había de otra, Takemichi siempre era más de lo mismo.

Llevaban cerca de una hora dando vueltas dentro de una tienda de mascotas, de las más alejadas del edificio en el que residía. Esto, según Chifuyu, con el fin de que Baji no los fuera a ver ni por casualidad.

Y bueno, al principio no andaban solos, pero ya hacía rato que el resto de los amigos de Takemichi se habían ido, todo a causa del aburrimiento que les causó el esperar tanto. Así que se quedó únicamente con Takemichi tratando de ayudarle a decidir.

Hasta el momento había descartado ya varias opciones. Chifuyu necesitaba encontrar un gorro lo suficientemente raro para convertir su mentira piadosa, en una verdad incuestionable.

Lo único malo era que una buena parte de sus ahorros de todo el año, se perderían para siempre en esa absurda compra. Pero era mejor que quedar como un embustero frente a Baji. Chifuyu estaba más que convencido de ello.

—¿Qué tal uno con forma de banana? —le propuso Takemichi, jugando con el pequeño gorro entre sus manos—. Es lindo, ¿no?

—Lo es, pero Baji-san ya pidió uno como ese —rechazó de inmediato. Debía ser el gorrito más extraño sobre la tierra o nada.

—Hmmm, ¿y uno de arbolito de navidad?

—Falta mucho para que sea navidad otra vez —contestó comenzando a exasperarse. A este paso se les iría toda la tarde en lo mismo.

—¿Es necesario que compres un gorro solo para que Baji-kun no sepa que le mentiste?

—Absolutamente, compañero. Absolutamente.

Siguieron esculcando por aquí y por allá en silencio.

Al cabo de unos minutos más, Chifuyu recordó que a unas cuantas calles se encontraba otra tienda de ese tipo. Con un poquito de suerte allá sí encontraría algo que le convenciera. Sin embargo, cuando se disponían a abandonar el local, la casualidad hizo de las suyas poniéndolos en aprietos.

—¿Uh? ¡TAKEMITCHY!

La voz emocionada de Mikey resonó desde la caja, donde el dependiente empacaba una compra y se la entregaba a Draken. Para colmo, Baji también se encontraba con ellos.

Chifuyu comenzó a sudar frío.

—¡Mikey-kun!

Ni lento ni perezoso, su compañero encaminó sus pasos hacia donde se hallaban los tres chicos. Por su parte, Chifuyu se empeñó en disimular los nervios de casi haber sido descubierto, porque fue por esa razón por la que su pulso se aceleró. No tenía nada que ver con que Baji luciera brutalmente sexy con el cabello atado en un moño informal.

No, nada que ver.

Acalorado, regresó la mirada a Takemichi, quien llegó frente a los inesperados chicos en un parpadeo.

—¿Q-qué haces aquí, Mi-Mikey-kun? —lo escuchó preguntar. La voz de su amigo había sonado demasiado turbada para su gusto, tanto, que Chifuyu hubiera querido darle un buen coscorrón, pero se abstuvo de hacerlo.

—Venimos por algo para la mascota de Pah, ¿Y ustedes?

—¿Nosotros? Pues nosotros… Uh… venimos …

Ante la lentitud de Takemichi, Chifuyu se vio obligado a intervenir.

—Venimos porque Takemitchy va adoptar un gato, ¿cierto, compañero? —se apresuró a relatar, pasando su brazo por encima de los hombros de Hanagaki. El gesto solo duró unos segundos, pues Mikey había afilado la mirada en una clara señal de advertencia.

—Ah… ¡sí! Claro, por supuesto. Pienso adoptar un gatito pequeño, pero no hoy.

—¿Y eso por qué? —inquirió Mikey, colocándose con poca amabilidad entre ambos. Chifuyu rodó los ojos, el líder no podía ser más evidente—. Yo puedo ayudarte a elegir uno, si quieres.

—Es que hoy va a llover y no quiero que se vaya a mojar —Chifuyu quería arrancarse el cabello mientras escuchaba la respuesta—. Mejor otro día.

Por supuesto, ni Baji ni Draken se tragarían tal cosa. Sin embargo y contrario a ellos, Mikey pareció quedar conforme con ello y sonrió para enseguida jalar a Takemichi.

—Bien, entonces vamos a tomar algo todos juntos. Ken-chin paga.

—¡¿Ah?! —exclamó Draken siguiendo al líder para reclamarle.


Terminaron en una cafetería de esas con mesas pequeñísimas y sillas bastante altas. Draken tuvo que ayudar a Mikey a subirse a una, no sin antes advertirle que no fuera a abusar a la hora de ordenar. Ante esto, Takemichi se apresuró a aclarar que él podía pagar lo suyo y lo de Chifuyu.

—No hace falta, compañero. Yo pagaré mi consumo —habló solemne. Era un gasto extra, pero seguro se trataba del jodido karma o cosa de los dioses. Quién sabe.

Le pareció escuchar a Baji chistar, aunque lo dejó pasar y no agregó nada más.

Los minutos pasaron entre Draken contestando mensajes, tratando de ignorar los berrinches de Mikey para que Takemichi le permitiera alimentarlo cual niño pequeño, y él, preguntándose si sería prudente retirarse a su casa. Todavía le quedaban muchas cosas por hacer esa tarde.

Indeciso, se llevó la pajita de su malteada a la boca, solo le quedaba un poco, así que sorbió paseando la vista entre sus amigos. Todo iba bien hasta que se encontró aquellos ojos marrones a los debió evitar.

Baji le lanzaba una mirada que a estas alturas ya era capaz de reconocer, una a la que incluso le había asignado un nombre. Uno para nada apropiado.

—Ya vengo —anunció, poniéndose de pie.

Escapó hacia el sanitario para no dejar volar su alocada imaginación, puesto que no era el lugar indicado para ello. Mucho menos estando tantas personas alrededor, aun si nadie tenía la facultad de leer su mente.

Le asustaba admitirlo, pero la realidad era que se estaba convirtiendo en un completo depravado. Y la culpa no era exclusivamente suya.

Una vez en el sanitario, Chifuyu caminó hasta el lavamanos y metió sus manos bajo el agua fría para recolectar un poco con ellas. Se enjuagó el rostro repetidas veces, refregó sus ojos con fuerza pese a saber que no era lo más recomendable, y enseguida se secó la humedad con una servilleta.

Estaba en esas cuando Baji ingresó dando pasos largos. Cargaba en sus labios esa sonrisa burlona que no venía al caso y, como era de esperarse, le comenzó a atosigar.

—También se te paró, ¿cierto?

Chifuyu fingió no perturbarse, pero aquello había sonado más como una afirmación. Baji sabía muy bien lo que provocaba en él.

—Estás demente —le respondió de mala gana, depositando la servilleta en un bote de basura a su izquierda. Luego juntó valor para enfrentar su mirada—. Aunque no lo creas, sé comportarme apropiadamente, Baji-san.

—¿Te parece apropiada la forma en la bebiste tu malteada mientras me mirabas? —la pregunta provocó que su boca se frunciera en una mueca de desconcierto. Baji caminó hacia él, hasta quedar a centímetros de su rostro —. Eres travieso, Chifuyu —le susurró demasiado cerca de rozar sus labios.

—Podría entrar alguien —expresó, adelantándose a sus intenciones.

Sus ojos se intercalaban entre él y la puerta. Estaba cerrada, pero no por eso podía fiarse. Debía ser precavido. Ambos, solo que a Baji le encantaba el peligro.

—Que entren —recibió como contestación, viendo el suave movimiento de sus hombros—. ¿O qué? ¿Te da miedo?

Y con eso bastó.

Fue el mismo Chifuyu quien se impulsó para unir sus labios, en tanto sus manos, más desesperadas de lo usual, se movieron con habilidad sobre el cinturón de Baji. Sabía lo que el otro quería, por eso no tenía caso tontear al respecto. Chifuyu también lo deseaba.

Baji lo empotró contra los lavamanos sin dejar de devorarle la boca, había saliva y mordeduras de por medio. Ninguno de ellos sabía besar apropiadamente en un principio, pero estaban creando su propia técnica. A Baji le gustaba juguetear con su lengua, Chifuyu prefería sentir el filo de esos colmillos antes de que volviera a atacar.

Cuando estuvo a punto de colar su mano en la ropa interior de Baji, Chifuyu fue detenido de inmediato.

—Oye, oye —le habló con la respiración agitada—. ¿En serio piensas sacarlo aquí?

—¿No era eso lo que querías? —preguntó, determinado a continuar lo que el mismo Baji había provocado.

—Hagámoslo así.

—Ensuciaremos la ropa —objetó—. Eso será problemático.

—Nada que un poco de agua y jabón no arreglen, Chifuyu.

Baji le dedicó una sonrisa maliciosa, justo el tipo de sonrisa a la que jamás podría resistirse.

Pronto, estaban de nuevo en lo suyo. Con Baji refregándose contra él, sintiendo su dureza y el calor que emanaba de todo el cuerpo, pero especialmente en esa zona. Baji le descubrió parte de sus clavículas, removiendo hacia un costado el cuello de su playera. Se pondría holgada y su madre lo regañaría por ello, pero, llegados a este punto, a Chifuyu no le importaba.

Jadeó de gusto cuando Baji succionó la piel disponible, acción que tal vez terminaría dejándole marcas. El movimiento de sus caderas se volvió frenético, sus dedos se aferraron a la chaqueta del capitán y…

Con su nublada visión alcanzó a notar la manija de la entrada girarse de un lado a otro. Trató de advertir a Baji, pero ya era muy tarde para eso.

La puerta del sanitario fue abierta por una persona a la que conocían muy bien.

—Permiso —habló Draken con total normalidad. Como si no los hubiera encontrado frotándose cual animales en celo.

Baji se apartó de él ni bien se percató de la presencia de su amigo, contuvo una risita y caminó hacia uno de los mingitorios.

Por su parte, Chifuyu se apresuró a acomodarse la ropa mirando de reojo hacia donde Draken se encontraba. Esperaba que comentara algo al respecto, pero el joven de trenza simplemente se lavó las manos en silencio.

Fueron los treinta segundos más incómodos de su corta vida.

—Mikey derramó su malteada sobre el tonto de Takemichi —inició Draken, secándose las manos con especial dedicación—. Será mejor que nos retiremos antes de que suceda algo más, ¿no creen? —les preguntó sin voltear a verlos. Tenía la voz calmada, sin una gota de reproche real.

La vergüenza en las mejillas de Chifuyu se diluyó de a poco. Vio a Baji terminar lo suyo, abrochando de nuevo su cinturón y dejando salir un quedo: ahora vamos.

Draken pasó a su lado como si nada hubiera sucedido, dejándolos de nuevo a solas. Al parecer ese círculo de amigos compartían esa característica en común y era un fastidio para él.

—Nos vio —declaró, como si no hubiera sido obvio.

Baji se rio sin una pizca de pudor. Divertido con lo sucedido.

—¿Qué haremos ahora, Baji-san? —insistió, preocupado más por su capitán que por él mismo.

—Tranquilo, Chifuyu. Es Draken.

Y como si esa fuera una razón suficiente, Baji salió de ahí para reunirse con el resto.