Baji no era ningún tonto. Gustaba de fingir que lo era, algo muy diferente.

Podía estar tirándole los dientes a puñetazos a algún pobre diablo, y reflexionando sobre sus actividades del día al mismo tiempo. Nunca olvidaba hacer sus tareas, aunque no tuviera ni la menor idea de cómo hacerlas. Confiaba en sí mismo, en su capacidad para salir delante de cualquier adversidad y, sobre todo, en sus amigos.

Sin embargo, Keisuke Baji estaba en pleno desarrollo y eso solo significaba una cosa: Más problemas.

Nunca fue un niño igual a los demás ni tuvo interés en serlo, por consiguiente, se hizo de amistades bastante… peculiares. Por desgracia, una vez llegados los cambios de la pubertad, le fueron abrumando ciertos temas que ya no era capaz de tocar ni siquiera con ellos, y no por falta de confianza. Llámenlo pudor, vergüenza o lo que fuera, simplemente no lo hacía y trataba de disipar sus dudas por cuenta propia.

Total, en internet encontraría lo que fuera.

Baji crecía. Él mismo notaba los cambios al mirarse al espejo por las mañanas, especialmente cuando ataba su cabello y se embadurnaba de gel. Y es que por más que insistía en mantener su facha de nerd con peinado lamido por una vaca, a estas alturas su rostro ya lucía distinto.

Más varonil, más afilado.

Los rastros de la infancia eran cada vez menos, su voz se engrosaba con el correr de los meses, su cuerpo poseía bello en zonas donde él solía pensar que jamás crecería. Incluso tenía indicios de que presentaría barba y bigote en algún momento.

Esto le mortificaba.

—Si no cuidas tu piel apropiadamente, terminarás con la cara llena de granos antes de lo que canta un gallo —le había advertido su madre un año atrás.

Desde entonces llevaba una rutina diaria de skin care bastante estricta que le ayudaba lo suficiente. En algún momento, se corrieron rumores al respecto dentro del instituto, pero no duraron mucho. Después de todo, ¿Quién en su sano juicio se burlaría de Keisuke Baji considerando su historial?

A excepción de Mikey, por supuesto, quien no lo hacía más que por molestar. El enano era suertudo, conservaba la piel suave como la de un bebé a diferencia del resto. Baji lo envidiaba un poco por ello, aunque solo se trataba de pensamientos fugaces que, así como aparecían, se esfumaban.

Su desarrollo no solo era notorio para su madre o para él mismo, sino también para gran parte de las personas que le rodeaban. Especialmente para las chicas.

Más de una vez encontró notitas adhesivas sobre la superficie de su banca, contenían números de teléfono, nombres o pequeños piropos hacia su persona. A Baji le provocaba un tic en el ojo cada que esto ocurría, lo cual era más frecuente de lo que su escasa tolerancia podía soportar.

Sin embargo, el perfecto estudiante que se había propuesto llegar a ser, no podía armar un escándalo por pequeñeces.

No estoy interesado, fue la respuesta que le dio a una valiente chica que le declaró sus sentimientos frente a todos en un día de San Valentín. Desde entonces, las notitas se redujeron considerablemente, y él no pudo estar más agradecido de que sucediera. Si bien quedaron por ahí algunas jovencitas que suspiraban al verlo, ninguna hizo un movimiento más.

Él era feliz pateando traseros, golpeando rostros e incendiando algo de vez en cuando. No necesitaba complicarse la vida con otras cosas.

No obstante, el panorama cambiaba al regresar a su hogar. Toda su indiferencia y rebeldía se veía disminuida teniendo enfrente a una persona en específico. La única capaz de jalarle las correas y hacerlo temblar:

—¿Sabes, hijo? A las mujeres nos gustan los chicos que huelen bien —le comentaba su madre aquella mañana, rociándole de una nueva colonia amaderada que recién le había obsequiado. Baji simplemente se dejaba hacer, no siendo capaz de llevarle la contraria—. Verás que pronto te harás de una buena chica, Keisuke. Confía en tu madre.

Era un tema desgastado. Que si las chicas, las citas, los noviazgos, etc. Baji preferiría que le dijera que no, que todavía era muy joven para pensar en relaciones, pero resultaba todo lo contrario. A su madre le entusiasmaba la idea.

—No quiero una novia —susurró bajito, casi rechinando los dientes.

—Sí, sí. Lo que digas, Keisuke —su madre abandonó el botecito de colonia a un lado, luego se enfocó en él y lo tomó por los hombros con delicadeza—. Ahora agarra tu mochila y date prisa —un par de besos fueron a dar a cada una de sus mejillas—. Chifuyu debe estar esperándote ya.

Cierto. Chifuyu.

Cada vez que escuchaba ese nombre, su cuerpo se ponía alerta. Era así desde aquel día, el día que tanto Chifuyu como él recuerdan muy bien. Tampoco olvida lo ocurrido en los días posteriores a ese, las idas frecuentes a su casa, terminar en la habitación.

El saber que puede contar con Chifuyu para lo que sea, lo alentó a buscar nuevas experiencias junto a él. Chifuyu no lo cuestionó, le otorgó el permiso a través de gestos y miradas de complicidad. Baji estaba convencido de que, si Chifuyu no estuviese de acuerdo con continuar experimentando de aquella forma, no se quedaría callado. Nunca tendría problema en decirlo.

Porque no lo tendría, ¿cierto?

Sacudió de su ser la pequeña punzada de duda, repasando internamente todo lo que tendría que hacer a lo largo del día. Entregar tareas, terminar actividades, pasar a comprar comida para Peke-j y, de haber tiempo, también ordenar un poco su habitación.

Se despidió de su madre y salió de casa muy consciente de que se encontraría con él abajo. Estaría recargado en la pared única y exclusivamente a la espera de su presencia, llevaría ese cabello teñido cubriéndole la frente con gracia y se enderezaría en cuanto lo viera.

Entonces ocurriría, los ojos de Chifuyu se iluminarían como el sol al verlo, justo antes de decir…

—Buenos días, Baji-san.

Y ahí estaba, tal como lo había predicho. Con las manos metidas en el pantalón del uniforme, relajado, sonriente.

Antes de que pudiera responder a su saludo, el celular le sonó dos veces en el bolsillo derecho. Baji pensó que probablemente se trataba de su madre, pero al bajar las notificaciones pudo darse cuenta de que no era así.

Tora:

Qué día tan aburrido, Baji. Saltémonos clases

¿Qué dices? ¿Vienes o voy?

Sus cejas se contrajeron al leer el mensaje de su amigo. Era cierto que estaba dedicando su máximo esfuerzo en hacer que Kazutora se reintegrara a la vida en sociedad de la mejor manera posible, quería ayudarlo a recuperar el brillo, a sentirse bien. Sin embargo, lo que le estaba proponiendo ni siquiera podría considerarlo.

Ni de broma. Ve a clases.

Tecleó rápidamente antes de volver a bloquear su teléfono y emprender el camino al colegio.

—¿Ocurre algo, Baji-san? —Chifuyu caminó a su lado mientras le preguntaba. Sonreía de una manera inocente, genuina. Y por un momento deseó que Chifuyu siempre le sonriera así solo a él.

Baji carraspeó al asimilar ese último pensamiento tan intenso. No se sentía correcto.

—Nada importante —le aseguró, enfocando la mirada en el camino.

Después de todo, ayudar a Kazutora era una misión que había decidido cumplir por su cuenta. Se lo debía. Además, Chifuyu ya le ayudaba bastante en todo sentido, tampoco quería aprovecharse de la buena voluntad del chico.

—Oh, entiendo.

La voz de Chifuyu salió más apagada, la sonrisa de hace un momento ya no estaba más. Un silencio se instaló entre ellos por lo que restaba de camino y le pareció que su amigo tenía prisa. Eso o simplemente era él quien estaba caminando demasiado lento.

Baji le dio alcance pronto con la intención de examinarlo un momento, trataría de ver más allá, de saber si había dicho algo malo. Chifuyu no se veía diferente con respecto a otros días, por lo que terminó asumiendo que solo estaba exagerando. No obstante, seguía sintiendo que había demasiada tensión ahí y de verdad quiso decir algo para cortarla, pero nada se le ocurrió.

De todas maneras, ¿qué podía decirle?

Quizás algo como:

Hey, Chifuyu ¿Qué tal la manoseada que nos dimos ayer, eh?

¿Te gustó?

¿Tuviste que bañarte con agua fría como lo hice yo?

No, definitivamente no sería lo más adecuado.

De todas formas, ya no había tiempo para conversar, su destino estaba a unos cuantos metros de ellos. Sacó sus gafas de un costado de la mochila y se las colocó antes de ingresar a la escuela.


Los días de la semana se le iban como agua entre las manos. Cuando no estaba con los chicos en actividades de la ToMan, estaba con Kazutora paseando por la ciudad y poniéndose al corriente con sus vidas. Su amigo todavía no terminaba de aclimatarse del todo a la existencia fuera de la correccional, por lo que adaptó su rutina para no dejarlo por su cuenta.

Además, seguían a la espera de la respuesta de Mikey. Algo que sí lo tenía un poco ansioso, pero Baji ya se había prometido no presionarlo. Dejaría que las cosas se acomodaran.

Sin embargo, esa tarde en concreto no estaba haciendo ninguna de las cosas ya mencionadas. Más bien se encontraba pasando tiempo de "calidad" con una persona con la que normalmente no lo haría. Eran amigos y todo el rollo, pero casi siempre andaba cada uno en lo suyo.

Era probable que por eso se sintiera extraño. También observado.

—Y, ¿qué se supone que hacemos aquí? —preguntó, paseando la vista alrededor del local. En algo tenía que distraerse o terminaría volviéndose loco.

El lugar estaba semivacío pese a la hora, había unas cuantas meseras haciendo lo suyo aquí y allá. Todo olía demasiado bien, así que no se quejaba, pero tanto misterio le agotaba la paciencia.

—Venimos a almorzar, ¿qué más haríamos? —Draken habló, haciendo énfasis en lo último. Lucía despreocupado y con sus manos sosteniendo una bebida refrescante.

—No me vengas con mierdas —comentó, cruzándose de brazos. Se estaba fastidiando porque en fondo intuía lo que su amigo en realidad tramaba—. Vamos, habla claro antes de que Mikey aparezca.

—Mikey no vendrá, encontró un gato abandonado en un bote de basura y fue a llevárselo a Takemitchy —le escuchó explicar, aunque no se sorprendió en lo absoluto. Al contrario, eso le permitía relajarse un poco. Muy poco por desgracia.

—¿De verdad se tragó el cuento de que quería un gato? —Draken lo miró con ojos de ¿tú qué crees?—. Qué estúpido.

—Lo más probable es que lo agarre de pretexto para permanecer en su casa un buen rato. Tenemos tiempo de sobra, así que tranquilízate, ¿quieres?

Una hermosa joven llegó con los platillos que habían ordenado, les acomodó todos los condimentos y se fue, claro que no sin antes desearles buen provecho.

Todo se veía apetitoso. Baji habría dejado a un lado su paranoia si no fuera porque conocía bien a Draken. Bueno, y también porque tenía algo en su negra conciencia haciéndole ruido. Él sabía el verdadero motivo por el que estaban ahí.

Vio a Draken comenzar a degustar sus alimentos con total calma, pero ya no podía aguantar más.

—Es sobre lo que viste el otro día, ¿no? —lo confrontó, decidido a ir al grano— Ya, Draken ¿Por qué no solo dices lo que tengas que decir de una vez?

Su amigo devolvió la vista hacia él, tomándose unos instantes para masticar y tragar antes de hablar.

Los segundos corrían, Baji movía sus piernas bajo la mesa.

—Siempre fui consciente de que tu vínculo con Chifuyu era muy fuerte, pero no imaginé hasta qué punto.

Y por fin, el tema había sido puesto sobre la mesa.

—No pensarás sermonearme, ¿verdad? —atacó, arqueando una de sus cejas.

—De eso se encargará tu madre el día que te descubra, sobre todo si sigues o más bien siguen —corrigió— actuando imprudentemente —Baji tragó saliva de forma disimulada ante el comentario—. Ni siquiera voy a preguntar la historia detrás de sus devaneos o hasta dónde han llegado ya, porque no es asunto mío —Draken tomó un trago de su bebida y continuó—. Como tu amigo, yo solo quiero saber si estás consciente de lo que implica.

—Lo estoy —respondió, convencido de ello. Casi.

—¿Ah sí? —una de las cejas de Draken se elevó en automático.

—Por supuesto —ratificó, luego dejó de mirarlo para probar su comida. Él sabía muy bien lo que hacía como para que lo cuestionaran al respecto, maldita sea.

—¿Y Chifuyu?

El trozo de carne que estaba por llevarse a la boca, cayó de vuelta al plato. Baji chasqueó la lengua antes de responder.

—¿Qué con él?

—Me gustaría saber si él opina lo mismo que tú.

—Claro —de nueva cuenta tenía que estar sosteniendo sus palabras en un mismo rato. Se recordaría no volver a aceptar invitaciones de Draken en el futuro.

—¿Se lo preguntaste o solo estás asumiendo que es así? —sintió la pesada mirada de Draken analizarlo con detenimiento, tal como lo haría un padre a un hijo. Uno que esperaba a que cometa un error para reprenderlo.

—Y dijiste que no me sermonearías —comentó, rodando los ojos.

—No lo hago —aclaró Draken, alzando ambas manos en señal de conciliación.

Seguidamente, continuaron comiendo en silencio como si la conversación de antes no hubiese tenido lugar, o eso es lo que Baji pretendía aparentar. Sería mejor así, porque no quería quebrarse la cabeza con las preguntas retóricas de su amigo gigante, las cuales lo dejarían peor.

Ya bastante tenía con los exámenes que se avecinaban en el colegio.

Maldición, tendría que pedirle ayuda a Chifuyu.

—Baji, respóndeme una cosa.

—¿Qué? —respondió de mala gana. Sabía que el silencio era demasiado bueno para ser verdad.

—¿Has notado la forma en la que Chifuyu te mira?

—Claro —contestó con total seguridad, aunque no tuviera ni idea de a lo que su amigo se refería. Lo mejor sería darle por su lado y listo.

—Explícamelo.

Y mierda, ahí estaba de nuevo, con esas preguntas de tipo examen. Solo faltaba que dijera justifica tu respuesta. Doble mierda.

Baji resopló y se rascó el cuello, pidiéndole paciencia a todos los dioses habidos y por haber. Si hubiera sabido que la comida gratis en realidad tendría un alto precio, habría comido lo que sobró de la cena en su casa. Con su gato intentando robarle un trozo, lo cual sería mil veces mejor.

Sin más remedio, tuvo que poner sus neuronas a trabajar.

—Con admiración, ¿cómo más? —expresó al cabo de un minuto, como si fuera lo más evidente—. Tú lo sabes, yo lo sé, todo el mundo lo sabe. Incluso él mismo me lo ha dicho.

—¿Y tú? —contraatacó su amigo, colocando los codos en la mesa y juntando ambas manos—. ¿Tú cómo miras a Chifuyu?

Baji rodó los ojos con fastidio. Draken no se saldría con la suya.

—Escucha. Tus preguntas están produciéndome jaqueca. Ve al punto o déjame comer tranquilo —le advirtió.

—Es muy simple, Baji. Me refiero a que-

Dos golpecitos sobre el cristal a su costado interrumpieron lo que Draken estaba por decir. Al buscar el origen de estos, se encontraron con una menuda figura de cabellera rubia del otro lado, que los miraba con ojos acusadores.

—Mierda, Mikey.


Hola, Hola

Aprovecho para agradecerles por leer esta historia, pero también me gustaría saber qué les está pareciendo o si tienen alguna sugerencia. Cualquier comentario es bien recibido.

Tardé un poco más en actualizar porque: vacuna de refuerzo :c

Saludos de puñito uwu