A Baji le costó conciliar el sueño durante la noche, y eso que se había ido a la cama a una hora prudente. Al no haber tareas pendientes, salidas con los chicos o reuniones de la ToMan, asumió que no le quedaba más opción que acostarse y tratar de dormir.

No fue sencillo, se quedó dormido hasta después de medianoche, puede que haya sido incluso más tarde. Las preguntitas sin sentido que su amigo Draken le estuvo haciendo durante la tarde del día anterior, lo dejaron con un nudo de ideas y dudas en la cabeza. Dio más vueltas que un trompo antes de, al fin, quedarse profundamente dormido.

¿De qué manera miraba a Chifuyu?

¿Qué era lo que Draken le iba a decir antes de que Mikey apareciera?

La intriga lo carcomía por dentro. Aunque ese no era su problema principal.

No, no. Baji tenía una preocupación más grande ahora.

Abrió la puerta de su habitación con sumo cuidado, necesitaba hacer el menor ruido posible hasta asegurarse de que su madre no estuviera en casa. Eran casi las once de la mañana y había estado haciéndose el tonto hasta calcular el momento en el que ella ya no estuviera. Los sábados solía salir a hacer la compra para la semana, más o menos sobre esas horas.

Asomó la cabeza y miró con atención, parecía que, efectivamente, ya no había muros en la costa. Lo que le daba libertad de acción.

Encaminó sus pasos a prisa hacia el cuarto de lavado con las sábanas de su cama hechas una bola entre sus manos, luego regresó también por su pijama manchada. En cuestión de un par de minutos, la lavadora estaba en marcha ayudándolo a eliminar la evidencia de su más reciente sueño húmedo.

En tanto las telas giraban ahí dentro, decidió ir a la cocina por un vaso de agua y de paso a ver qué podía hacerse para desayunar.

No era la primera vez que le pasaba, pero sí la primera vez que recordaba el porqué de aquella descarga en su ropa. Dos palabras: Chifuyu Matsuno.

El escenario del sueño fue nada más y nada menos que su salón de clases, iluminado por el ingreso de diversos rayos de sol entre las cortinas separadas. No había nadie más que ellos dos, tampoco alcanzó a escuchar ningún sonido proveniente del exterior. Él, sentado en su lugar de siempre, con el pantalón desabrochado dejando libre su pene erecto y brillante. Brillante a causa de la saliva del rubio teñido en cuestión.

Sí, Chifuyu estaba arrodillado entre sus piernas, degustando de la textura de su carne y sus fluidos con un rostro lascivo.

«Baji-san… ¿te estoy haciendo sentir bien?»

Evitó seguir rememorándolo y golpeó un costado de la estufa con su puño.

Todo se estaba saliendo de control. Él mismo estaba perdiendo el control de sus instintos, de sus deseos. De su propia vida.

Maldijo al darse cuenta de que estaba quemando los huevos en el sartén. Sí seguía así, pensando con lo que le cuelga entre las piernas, se quedaría sin desayunar y hasta sin casa.

No. Definitivamente ese no era él.

—¿Keisuke? ¿qué estás haciendo? Huele a quemado.

La voz de su madre resonó desde la sala acompañada del sonido de un par de zapatillas.

Solo esto le faltaba, ella se daría cuenta de lo sucedido y entonces tendría que enfrentar la charla. La maldita charla bochornosa por enésima vez.

Apretó fuerte sus parpados preparándose para el interrogatorio, sus manos se aferraron a un trapo de cocina y caminó como un condenado a muerte hacia su destino final. Ya había puesto un pie en la sala cuando ella miró en su dirección, había una sonrisa tímida en los labios de su madre y las llaves de la casa colgando entre sus dedos.

—Las olvidé —dijo ella, andando una vez más hacia la salida—. Creo que hoy amanecí muy distraída —Baji enarcó una ceja sin entender, ¿no lo iba a regañar?—. Volveré enseguida, cariño. Si vas a salir, primero limpia tu desastre y aspira la alfombra.

—Claro —respondió, pero su madre ya había cerrado la puerta.

Al cabo de una hora ya había hecho lo indicado y estaba de nueva cuenta en su habitación, tumbado de espaldas sobre la cama tecleando en su celular.

Aprovecharía la privacidad para sacarse una inquietud de encima. Un problema a la vez, se mentalizó.

La cantidad de páginas que le arrojó su búsqueda, lo dejó boquiabierto. Había tantas con títulos bastante interesantes sobre el mismo tema, pero, como todo buen investigador, eligió la primera de la lista.

Baji leyó con atención cada uno de los párrafos que contenía aquella página, lo cual era un gran logro considerando que lo suyo no era el leer. Quizá se debió a que el tema de verdad le interesaba. Sin embargo, no encontró exactamente lo que él quería saber.

Dejó el celular sobre la almohada y se giró una vez que terminó de leer. Todavía tenía sueño, estaba bostezando muy seguido y sentía los párpados pesados. Había tenido una mala noche, también una mala mañana. Seguía lleno de dudas en un sábado que debería estar disfrutando por ahí, saliendo con los chicos, paseando en moto, etc.

También podría llamar a Chifuyu o ir directamente a su departamento y…

¿Y luego qué?

¿Cómo se atrevería a mirarlo después de haber soñado aquello?

Es decir, ellos la pasaban bien y se ayudaban mutuamente cuando necesitaban saciar sus más bajos instintos, pero eso era algo así como un favor de amigos, ¿no?

Un intercambio en el que ambos resultaban beneficiados, no dañaban a nadie, adquirían experiencia para el futuro, descubrían qué les gustaba y que no. Todo esto como amigos. Muy buenos amigos. Los mejores.

Muy diferente era soñar con él en ese tipo de situaciones. Se supone que debería fantasear con una bella chica, una idol, un personaje de los mangas que ha leído, una de sus compañeras o tan solo con un cuerpo femenino; uno voluptuoso y bien formado. No con Chifuyu y sus ojos acuosos, con sus mechones rubios cubriéndole los ojos, con sus manos apretando la tela de su pantalón.

Ah, mierda.

Baji se golpeó las mejillas para despejarse, su sangre había comenzado a acumularse en aquella parte que debería estar completamente flácida. Pero qué remedio, todo esto no estaría sucediendo si no hubiera buscado a Chifuyu para repetir lo del festival.

Lo ocurrido habría quedado en el pasado y ahora estaría tranquilo echando la siesta. No así, como un estudiante de filosofía con crisis existenciales de mierda.

¿Qué pensaría Chifuyu si le comentara sobre su sueño? ¿Le molestaría? ¿Se ofrecería a hacerlo realidad acaso?

A la mierda. Estaba torturándose demasiado por cosas tan simples. Chifuyu era una persona muy noble y diligente, comprensivo sobre cualquier tema. Jamás lo había juzgado por más estupideces que llegaran a ocurrírsele.

Chifuyu era verdaderamente extraordinario.

Baji se levantó de un salto para buscar ropa en su closet, eligió unas prendas al azar y se ató el cabello. El clima de ese día era demasiado caluroso como para andar a greña suelta.

Salió de casa para dirigirse unos pisos abajo, descendió las escaleras casi trotando, recuperando en cada paso algo de los ánimos perdidos. El aire fresco le hacía bien, le despejaba la mente.

Qué tonto había sido al quedarse varias horas abrumándose en su cuarto, pudiendo salir a buscar a Chifuyu y hacer algo divertido.

Divertido, no pervertido, se recordó.


Peke-J se ocultó entre la pared y la puerta de la cocina asomando apenas media cabeza para vigilar a su objetivo. Seguro que el felino asumía estar bien oculto ahí, pero su cola se movía sobre el piso como una serpiente que aparecía y desaparecía detrás de la puerta.

Baji se levantó del sofá para cargarlo. En algo tenía que entretenerse mientras Chifuyu terminaba de explicarle a Takemichi cómo cuidar de su nueva mascota paso por paso.

No esperaba llegar a casa de su amigo y encontrarse con esa escena. O sea, a Hanagaki cargando sobre su regazo a un gatito atigrado naranja, mientras estaba sentado en el borde la cama de Chifuyu. Por supuesto, antes de que pudiera preguntar algo, Chifuyu se encargó de explicar lo que hacían.

Y gracias a todos los cielos que lo hizo, porque si le permitía sacar sus propias conclusiones, su imaginación, traicionera y perversa, le haría formular toda clases de escenarios. Sobre todo, tomando en cuenta que estuvieron en su habitación. A solas, desde quién sabe qué hora.

Si Mikey quería quedar bien con el rubio llorón, mínimo le hubiera ayudado con la crianza y cuidados del felino recién rescatado. ¿Qué necesidad tenía Chifuyu de andar asesorándolo al respecto?

Ah, cierto. Que son amigos.

¿Y entonces por qué razón Takemichi se salió de la habitación en cuanto lo vio llegar? ¿Qué había de malo en que los tres se juntaran ahí adentro?

Baji tenía algunas ideas para pasarla bien. Podían jugar a ver cuántas uvas le cabían en la boca a Takemichi antes de que se atragante, o…

—Creo que ya entendí lo que tengo que hacer. Gracias Chifuyu —el rubio llorón se levantó del sofá para meter a la bola naranja en su transportadora.

Baji se percató de que Takemichi estaba visiblemente ansioso, esa sonrisa maltrecha lo delataba, pero en fin. Había aprendido por ahí que lo mejor de las visitas es cuando se van (en su caso no aplicaba porque la mamá de Chifuyu le había dicho que ya es como de la familia), y no podía estar más de acuerdo.

—No es nada, compañero —respondió Chifuyu, colocando su mano sobre el hombro de Takemichi y regalándole una de esas sonrisas amables—. Sabes que puedes contar conmigo para lo sea.

Dejó de acariciar el lomo de Peke-J al escucharlo decir la última parte. Dirigió toda su atención hacia ese par que parecía gustar de extender las despedidas. A diferencia de ellos, él no era tan afectuoso con sus amigos. Bastaba con un golpecito en el hombro y una que otra palabra. Al menos en la actualidad.

Aunque Chifuyu también era su amigo y lo besaba. Qué va, decir que lo besaba era poco. Le devoraba la boca y marcaba su cuello, entre otras cosas.

Peke-J se removió incómodo al ya no estar recibiendo mimos de su parte, así que decidió dejarlo marcharse.

—Hasta luego, Baji-kun.

—Adiós, Takemichi. —contestó una vez que notó que el chico pasaba a su lado con dirección a la salida—. Cuídate —dijo eso último más en tono de advertencia que de cortesía, sonriendo con fingida inocencia.

Mientras Chifuyu se encargaba de cerrar la puerta, Baji volvió a acomodarse en el sofá, cruzando una pierna sobre la otra y echando la cabeza hacia atrás. Al fin podrían hacer algo divertido, porque siendo sinceros ya empezaba a desesperarse.

—Lo lamento, Baji-san. ¿Te hice esperar mucho?

—No —respondió, mirando como se acomodaba a su lado, pero dejando una distancia prudente entre ambos—. Tenias que atender a tu… amigo —hizo énfasis la palabra y sonrió.

—Sí, bueno, es que Takemitchy no tiene ni la menor idea de cómo cuidar de una mascota. Apuradamente y puede mantenerse con vida.

—Y qué lo digas —concordó, guardándose el resto de sus pensamientos para sí mismo.

—¿Entonces?

—Vine porque quiero que hagamos algo.

—Oh —Chifuyu apuntó los ojos al suelo y jugueteó con sus manos. Baji notó que por alguna razón había comenzado a ponerse rojo hasta las orejas—. A veces eres demasiado directo, Baji-san.

Fue ahí cuando se dio cuenta de que había elegido mal las palabras, o simplemente era fáciles de sacar de contexto.

—Oye. No es lo que piensas —casi gruñó. Las imágenes de su sueño volvieron a reproducirse en su cabeza.

—¿Ah no? —preguntó Chifuyu con un tono de sorpresa y esperanza mezcladas.

—No. Vine porque estaba aburriéndome horrores encerrado allá arriba así que… ¿qué tal si damos una vuelta?

—Claro. Dame un momento, iré a cambiarme.

De un salto, Chifuyu se puso de pie y se perdió en camino hacia su habitación.

Baji estuvo tentado a seguirlo por mera costumbre, no es como si nunca hubiera estado ahí dentro. De hecho, conocía perfectamente cada parte del dormitorio de Chifuyu, la manera en la que tenía acomodado cada mueble y objeto de decoración, su basta colección de mangas ordenados en…

Claro.

Baji chasqueó sus dedos recordando que había uno que dejó a medio leer hace como un mes, lo cual ocurrió mientras Chifuyu chequeaba la ortografía de uno de sus trabajos escolares.

Con la idea de pedírselo prestado por un par de días, se encaminó hasta la habitación y abrió la puerta sin ser consciente de que estaba invadiendo su privacidad.

Se encontró a Chifuyu de espaldas a punto de colocarse una playera color azul cielo. Sus ojos marrones se enfocaron en la amplia espalda descendiendo de a poco, hasta dar con un par de atractivos hoyuelos que alcanzaban a notarse por encima del pantalón.

Ingresó dejándose guiar por su curiosidad hasta pasar sus dedos por esa zona, justo antes de que la tela cubriera por completo la espalda de Chifuyu.

—Pero q- ¿Baji-san? ¿qué pasa? —lo escuchó cuestionarlo, con el rostro ladeado en su dirección. Estático. Inquieto.

No dejó de repasar sus pulgares en los hoyuelos, levantando con ellos la playera ya colocada también. Él no tenía unos así en su espalda ¿o sí?

—No es nada, solo me dio curiosidad —comentó casual, como si no estuviera poniendo especial atención ahora en lo ajustados que eran los jeans de Chifuyu.

—Ah, ya-ya veo.

Sus manos quedaron en el aire cuando su amigo se apartó para acercarse al espejo y arreglarse el cabello un poco.

Baji aclaró su garganta después de notar lo extraño de la situación, más que nada porque hasta hace solo unos minutos había dicho que no quería hacer nada sexual.

Últimamente se estaba contradiciendo demasiado.

—¿Sabes? Anoche tuve un sueño —empezó a hablar, dejándose caer sobre el colchón mientras Chifuyu terminaba.

—¿Qué soñaste?

—Cosas.

—Está bien. Si no quieres contarme yo lo entiendo —como siempre, no fue presionado por él.

Baji suspiró antes de atreverse a continuar.

—Era sobre nosotros.

Sintió la mirada asombrada de Chifuyu desde la distancia. Levantó la cabeza y lo vio, estaba girado a medias esperando saber más. Había un brillo inusual en sus ojos.

—¿Nosotros?

—Sí. Tú y yo est-

El tono de llamada cortó la descripción que estaba por hacerle. Su móvil sonaba desde la sala. Debió dejarlo ahí una vez que se puso a jugar con Peke-J.

Bufó al mismo tiempo que salía de la habitación para ir a contestarlo. Jodido aparato que siempre era tan oportuno y también la persona del otro lado de la línea.

—¿Qué hay, Tora? —preguntó, apoyándoselo entre la oreja y el hombro mientras se ajustaba la coleta.

—Dijiste que veríamos una película hoy. Supongo que ya vienes, ¿verdad?

Mierda. Lo había olvidado por completo.

—Sí, en esas ando —mintió, mordiéndose el labio—. Y… Llevaré a Chifuyu para que se conozcan.

—Vaya, ya era hora.

Con la risita de Kazutora aun sonando de fondo, Baji colgó la llamada.