Secretos de una Noche


Olores y Colores


Era un buen día para soñar. Caían las últimas horas de la tarde, el sol proyectaba sombras alargadas cuando conseguía abrirse paso entre las densas nubes, pero en su mayor parte la luz dorada y traslúcida se quedaba prendida en las copas de los árboles y dejaba el lecho del bosque sumido en misteriosas sombras.

En el aire del verano, cálido y húmedo, flotaba el perfume rosado y dulzón del néctar de madreselva, mezclado con el rico aroma marrón de la tierra y de la vegetación podrida, además del penetrante olor a verde de las hojas. Para Hinata Uchiha, los olores tenían color, y desde que era pequeña se entretenía Poniendo colores a los aromas que percibía a su alrededor.

La mayoría de los colores eran obvios, extraídos del aspecto que tenía cada cosa. Naturalmente, la tierra olía a marrón; por supuesto, aquel aroma fresco y fuerte de las hojas era verde en su mente. El pomelo olía amarillo brillante; nunca había comido pomelo, pero en cierta ocasión había cogido uno en la frutería y había olfateado su piel, titubeante, y el olor había explotado en sus papilas gustativas, agrio y dulce a la vez.

Le resultaba fácil poner color al olor de las cosas en la mente; en cambio, el color de los olores de las personas era más difícil, porque las personas no eran nunca una sola cosa, sino diferentes colores mezclados entre sí. Los colores no significaban lo mismo en los olores de la gente que en los de las cosas.

Su madre, Hanna, despedía un aroma rojo profundo y picante, con algunas volutas de negro y amarillo, pero el rojo picante casi aplastaba todos los demás colores. El amarillo era bueno en las cosas, pero no en las personas; ni tampoco el verde, ni siquiera algunos de sus matices.

Su padre, Fugaku, era una insoportable mezcla de verde, morado, amarillo y negro. Con él fue verdaderamente fácil, pues desde una edad muy temprana lo había asociado con el vómito. Beber y vomitar, beber y vomitar, eso era lo único que hacía papá. Bueno, y mear. Meaba mucho.

El mejor olor del mundo, pensó Hinata mientras deambulaba entre los árboles contemplando los rayos de sol capturados y guardando su felicidad secreta en lo más hondo de su pecho, era el de Naruto Namikaze. Hinata vivía por los breves atisbos de él que alcanzaba a ver en la ciudad, y si se encontraba lo bastante cerca para oír el sonido ronco y profundo de su voz, temblaba de alegría.

Hoy había logrado estar lo bastante cerca de él para olerlo, ¡y él incluso la había tocado! Aún flotaba en una nube tras vivir aquella experiencia.

Había entrado en la tienda de Konoha con Shion, su hermana mayor, porque ésta le había robado a Hanna un par de dólares del bolso y quería comprarse un esmalte de uñas. El olor de Shion era anaranjado y amarillo, una pálida imitación del aroma de Hanna. Salieron de la tienda llevando el preciado frasco de esmalte de uñas rosa intenso cuidadosamente escondido en el sostén de Shion para que Hanna no lo viera.

Shion llevaba ya casi tres años usando sostén, y eso aunque sólo tenía trece años, un hecho que ella utilizaba para burlarse de Hinata cada vez que se le ocurría, pues Hinata tenía once años y aún no le habían salido tetas. Sin embargo, últimamente los pezones planos e infantiles de Hinata habían empezado a hincharse, y se sentía muy avergonzada de que alguien se los viera.

Se daba mucha cuenta de cómo despuntaban bajo la fina camiseta que llevaba, pero cuando estuvieron a punto de chocar con Naruto en la acera cuando éste entraba en la tienda y ellas salían, Hinata se olvidó de lo liviano de su camiseta.

—Una camiseta muy bonita — había dicho Naruto con sus claros ojos brillando divertidos, y le había tocado el hombro.

Naruto estaba pasando en casa las vacaciones veraniegas. jugaba al fútbol americano para la universidad en la posición de defensa en su primer curso. Tenía diecinueve años, medía más de uno ochenta y seguía creciendo, y pesaba ciento cinco compactos kilos. Hinata lo sabía porque lo había leído todo en la página deportiva de la gaceta local.

Sabía que corría un 4,6 cuarenta y que tenía una gran velocidad lateral, fuera eso lo que fuera. También sabía que era muy guapo, no a lo fino, sino con el mismo estilo salvaje y poderoso que el estimado semental que poseía su padre, Kurama. Se le notaba su ascendencia europea en el color oscuro y en la fuerte y nítida estructura ósea de su cara.

Tenía cabello rubio y abundante que le caía sobre los hombros y le daba el aspecto de un guerrero de la Edad Media que se encontrara accidentalmente en la época actual. Hinata se leía todas las novelas que caían en sus manos sobre caballeros medievales y sus bellas damas, por eso reconocía un Caballero en cuanto lo veía.

Sintió un cosquilleo en el hombro cuando la tocó Naruto, y sus pezones hinchados se estremecieron y la hicieron sonrojarse y bajar la cabeza Todos sus sentidos giraron en un torbellino al percibir su olor, compuesto por una mezcla penetrante e indefinible que no supo describir, caliente y almizclada, con un rojo aún más intenso que el de Hanna, lleno de tentadores colores de matices profundos y lozanos.

Shion sacó hacia afuera sus senos redondos, cubiertos por una blusa rosa sin mangas. Se había dejado desabrochados los dos botones superiores.

—Y mi camiseta, ¿qué? —preguntó poniendo morritos para que sus labios también sobresalieran, tal como había visto hacer a Hanna miles de veces.

—Te has equivocado de color —dijo Naruto endureciendo el tono y poniendo en él una gota de desdén. Hinata supo la razón: Era porque Hanna se acostaba con su padre, Jiraiya. Había oído cómo hablaban los demás de Hanna, y sabía lo que significaba la palabra «puta».

Naruto pasó entre ambas, empujó la puerta y desapareció en el interior de la tienda. Shion se lo quedó mirando por espacio de unos segundos y después posó sus voraces ojos en Hinata.

—Déjame tu camiseta —le dijo.

—Te queda demasiado pequeña —replicó Hinata, y se alegró enormemente de que así fuera. A Naruto le había gustado su camiseta, la había tocado, y ella no estaba dispuesta a renunciar a aquello.

Shion frunció el gesto ante aquella obvia verdad. Hinata era pequeña y delgada, pero incluso sus estrechos hombros pugnaban contra las costuras de su camiseta, que se le había quedado pequeña hacía dos años.

—Ya conseguiré otra —declaró.

Ella también, pensó Hinata ahora mientras contemplaba con expresión soñadora el parpadeo del sol entre los árboles. Pero Shion no tendría la que había tocado Naruto; ella se la había quitado nada más llegar a casa, la había doblado con todo cuidado y la había escondido debajo del colchón.

La única forma de encontrarla era deshaciendo la cama para lavar las sábanas, y como ella era la única que hacía tal cosa, la camiseta permanecería a salvo y ella podría dormir encima todas las noches.

Naruto. La violencia de sus emociones la asustó, pero no podía controlarlas. Lo único que tenía que hacer era verlo, y el corazón empezaba a latirle con tal fuerza en su delgado pecho que le hacía daño en las costillas y sentía calor y escalofríos a un tiempo.

Naruto era como un dios en la pequeña población de Konoha; era indómito como un potro, según decía la gente, pero estaba respaldado por el dinero de los Namikaze, e incluso de niño había poseído un duro e inquieto encanto que hacía aletear los corazones de las féminas. Los Namikaze habían engendrado un buen número de pícaros y renegados, y Naruto pronto demostró tener el potencial para ser el más indomable de todos. Pero era un Namikaze, y aun cuando armara bronca, lo hacía con estilo.

A pesar de todo eso, nunca había sido desagradable con Hinata, tal como había ocurrido con algunas personas del pueblo. Su hermana Karin escupió una vez en su dirección cuando Hinata y Shion se tropezaron con ella en la acera. Hinata se alegraba de que Karin se encontrase en Nueva Suna en un estirado colegio privado para señoritas y de que no fuera a casa con demasiada frecuencia, ni siquiera durante el verano, porque estaba en casas de amigas.

Por otra parte, el corazón de Hinata había sufrido durante meses cuando Naruto se marchó a la universidad; aunque no estaba tan lejos, pero durante la temporada de fútbol no le quedaba mucho tiempo libre e iba a casa sólo en vacaciones. Siempre que sabía que Naruto estaba en casa, Hinata intentaba dejarse caer por el pueblo en los lugares donde pudiera acertar a verlo, paseándose con la gracia indolente de un gato grande, tan alto y fuerte, tan peligrosamente excitante.

Ahora que era verano, Naruto pasaba mucho tiempo junto al lago, lo cual era uno de los motivos de la excursión de Hinata a través del bosque. El lago era privado, abarcaba más de ochocientas hectáreas y estaba totalmente rodeado por las tierras de los Namikaze. Era alargado y de forma irregular, con varias curvas; ancho y bastante superficial en algunos sitios, estrecho y profundo en otros.

La gran mansión blanca de los Namikaze estaba situada al este del lago, la humilde casa de los Uchiha al oeste, pero ninguna de las dos se encontraba de hecho a la orilla del agua. La única casa de la ribera era la mansión de verano de los Namikaze, un edificio blanco y de una sola planta que contenía dos dormitorios, una cocina, un cuarto de estar y un porche provisto de una rejilla que lo rodeaba por entero.

Debajo de la casa había un cobertizo para botes y un embarcadero, y también una barbacoa de ladrillo que habían construido. A veces, en verano, Naruto y sus amigos se juntaban allí para divertirse nadando y remando toda la tarde, y Hinata se deslizaba entre los árboles de la orilla para alegrarse el corazón observándolo.

A lo mejor estaba allí hoy, pensó, sintiendo ya el dulce anhelo que la embargaba cada vez que pensaba en Naruto. Sería maravilloso verlo dos veces en un mismo día.

Estaba descalza, y los raídos pantalones cortos que llevaba no le protegían las piernas de los arañazos y las serpientes, pero Hinata se encontraba tan cómoda en el bosque como las otras tímidas criaturas; no la preocupaban las serpientes, y no hacía el menor caso de los arañazos. Su largo cabello de color negro azulado tendía a colgarle en desorden por delante de los ojos y molestarla, de modo que se lo había echado hacia atrás y lo había sujetado con una goma.

Se deslizaba igual que un espectro entre los árboles, con una expresión soñadora en sus grandes ojos de luna al imaginar a Naruto en su mente. A lo mejor estaba allí; a lo mejor un día la veía oculta entre los arbustos, o asomada detrás de un árbol, y entonces le tendería la mano y le diría: «— ¿Por qué no sales de ahí y vienes a divertirte con nosotros?». Se perdió en la deliciosa fantasía de formar parte de aquel grupo de chicos bronceados por el sol, risueños y pendencieros, de ser una de aquellas muchachas que eran todo curvas y lucían breves bikinis.

Incluso antes de llegar al borde del claro en el que se alzaba la casa de verano, vio el brillo plateado del Corvette de Naruto enfrente del edificio, y el corazón empezó a latirle con familiar violencia. ¡Estaba Allí! Se deslizó silenciosamente tras el parapeto de un gran tronco, pero al cabo de unos instantes se dio cuenta de que no oía nada. No se percibía ningún ruido de chapoteos, voces, chillidos ni risas.

A lo mejor estaba pescando desde el embarcadero, o quizá hubiera tomado el bote para dar un paseo. Hinata se acercó un poco más y torció hacia un lado para tener una vista del embarcadero, pero éste se encontraba desierto. Naruto no estaba allí. Sintió que la invadía la desilusión. Si había tomado el bote, no había forma de saber cuánto tiempo hacía de eso, y ella no podía quedarse a esperarlo. Había robado aquel rato para sí, pero tenía que regresar pronto y ponerse a preparar la cena y cuidar de Abiru.

Estaba dando media vuelta para marcharse cuando le llegó un sonido amortiguado que la hizo detenerse con la cabeza inclinada para localizarlo. Salió de entre los árboles y dio unos cuantos pasos en dirección al claro, y entonces oyó un murmullo de voces, demasiado débil e indistinto para entenderlo. Instantáneamente, el corazón le dio otro vuelco; después de todo, sí que estaba allí. Pero se encontraba dentro de la casa; sería difícil atinar a verlo desde el bosque. Sin embargo, si se acercaba más, podría oírlo, y eso era todo lo que necesitaba.

Hinata poseía el don de las criaturas pequeñas y silvestres para guardar silencio. Sus pies desnudos no hicieron el menor ruido al acercarse a la casa. Procuró permanecer fuera del campo visual en línea recta de todas las ventanas. El murmullo de las voces parecía provenir de la parte posterior de la casa, donde estaban los dormitorios.

Alcanzó el porche y se acuclilló junto a los escalones, e inclinó otra vez la cabeza en un intento de entender lo que estaban diciendo, aunque sin éxito. Pero era la voz de Naruto; los tonos graves eran inconfundibles, al menos para ella. Entonces oyó un suspiro, una especie de gemido, de una voz mucho más aguda.

Atraída de forma irresistible por la curiosidad y por el imán de la voz de Naruto, Hinata abandonó su postura en cuclillas y tiró con cautela de la manilla de la puerta. No estaba cerrada. La abrió apenas lo suficiente para que pudiera pasar un gato, y deslizó su cuerpo delgado y ligero al interior, y después, con idéntico silencio, dejó que se cerrase la puerta. Se puso a gatas y avanzó sobre las tablas del porche en dirección a la ventana abierta de uno de los dormitorios, del cual parecían provenir las voces.

Oyó otro suspiro.

—Naruto —dijo la otra voz, una voz de chica, tensa y temblorosa.

—Chist —murmuró Naruto, un sonido grave que apenas le llegó a Hinata. Dijo algo más, pero fue algo que Hinata no logró entender. Luego dijo — Mon chére — y en ese momento todo encajó de pronto.

Naruto estaba hablando en francés, y tan pronto cayó en la cuenta las palabras cobraron sentido en su mente, como si hubiera hecho falta aquella pequeña comprensión para que los sonidos encontrasen el ritmo necesario en su cerebro. Aunque los Uchiha no eran inmigrantes franceses ni criollos, Hinata entendía la mayor parte de lo que Naruto estaba diciendo. La mayoría de los parroquianos hablaban y entendían francés, en diversos grados.

Sonaba como si estuviera tratando de tranquilizar a un perro asustado, pensó Hinata. Su voz era cálida y arrulladora, salpicada de ¡rases halagadoras y cariñosas. Cuando la muchacha habló de nuevo, su voz todavía sonó tensa, pero esa vez tenía un matiz de embriaguez.

Llevada por la curiosidad, Hinata se echó hacia un lado y movió con cuidado la cabeza para asomar un ojo por el marco de la ventana abierta Lo que vio la dejó congelada en el sitio.

Naruto y la chica estaban desnudos en la cama, la cual estaba colocada con el cabecero debajo de la ventana de la pared adyacente. Ninguno de los dos tenía probabilidades de verla, lo cual era un golpe de suerte, pues Hinata no podría haberse movido incluso aunque ambos se la hubieran quedado mirando directamente.

Hinata se sintió mareada, y cayó en la cuenta de que le dolía el pecho de aguantar la respiración. Exhaló el aire con cuidado y apoyó la mejilla contra la madera blanca. Sabía lo que estaban haciendo. Tenía once años y ya no era una niña aunque todavía no le hubieran empezado a crecer los pechos.

Varios años antes había oído a Hanna y a papá haciendo lo mismo en su dormitorio, y su hermano mayor, le había explicado gráficamente y sin ningún pudor cómo era la cosa. Ella había visto a perros hacerlo, y también había oído chillar a los gatos mientras lo hacían.

La chica lanzó un grito, y Hinata volvió a mirar.

Naruto era tan grande y fuerte, con su bronceado cuerpo, elegante e intensamente masculino, mientras que Lindsey era esbelta y bien proporcionada, delicadamente femenina en su manera de suspirar.

Hinata los contempló a ambos con ojos ardientes. No estaba celosa. Naruto estaba tan por encima de ella, y ella era tan joven, que nunca había pensado en él en sentido romántico y posesivo. Naruto era el brillante centro de su universo, un ser al que había que rendir culto desde lejos, y ella se sentía tontamente feliz con sólo verlo de forma ocasional. Hoy, cuando él de hecho llegó a hablarle, y tocó su camiseta, se sintió en el paraíso. No podía imaginarse a sí misma en el lugar de Lindsey, desnuda entre sus brazos, ni siquiera imaginarse cómo sería aquello.

A Hinata le latía el corazón con fuerza, y se apartó de la ventana con los ojos muy abiertos para deslizarse por la puerta acristalada y salir del porche tan silenciosamente como había entrado. De modo que así era. Había visto a Naruto haciéndolo, precisamente. Sin la ropa, era todavía más guapo de lo que había imaginado.

No había hecho los asquerosos ruidos parecidos al resoplar de un cerdo que hacía papá, cuando estaba lo bastante sobrio para convencer a Hanna de que entrase en el dormitorio, lo cual no sucedía muy a menudo en los dos últimos años.

Si el padre de Naruto, Jiraiya, era tan guapo haciéndolo como lo era Naruto, pensó Hinata con vehemencia, no podía censurar a Hanna por haberlo preferido a papá.

Alcanzó la seguridad del bosque y se deslizó en silencio entre los árboles. Era tarde, y probablemente papá le echaría una reprimenda al llegar a casa por no estar allí para hacerle la cena y ocuparse de Abiru, tal como se suponía que debía hacer, pero valdría la pena. Había visto a Naruto.

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Exhausto y feliz, tembloroso y jadeante tras el orgasmo, Naruto levantó la cabeza de la curva que formaban el cuello y el hombro de Lindsey. Ella también jadeaba, con los ojos cerrados. Había pasado la mayor parte de la tarde seduciéndola, pero el esfuerzo había merecido la pena. Aquella larga y lenta preparación había hecho que el sexo fuera mejor de lo que había esperado.

Un relámpago de color, un movimiento minúsculo en su visión periférica, atrajo su atención, y volvió la cabeza hacia la ventana abierta y la arboleda que se extendía más allá del porche. Alcanzó a ver sólo por un instante una figura pequeña y frágil coronada de pelo azulado oscuro pero eso le bastó para identificar a la más joven de los Uchiha.

¿Qué haría la niña merodeando por el bosque tan lejos de su choza? Naruto no dijo nada a Lindsey, pues a ésta le entraría el pánico si creyera que alguien podía haberla visto colarse en la casa con él, aunque ese alguien fuese sólo un miembro de aquella gentuza de los Uchiha.

Ella estaba prometida a Dewayne Mouton, y no le haría ninguna gracia que nada le jodiera eso, ni siquiera su propia jodienda. Los Mouton no eran tan ricos como los Namikaze —nadie lo era en aquella parte de Konoha—, pero Lindsey sabía que podía manejar a Dewayne de una forma en que jamás podría manejar a Naruto. Naruto era el pez más gordo, pero no sería un marido cómodo, y Lindsey era lo bastante astuta para saber que de todos modos no tenía ninguna posibilidad con él.

—¿Qué pasa? —murmuró, acariciándole el hombro.

—Nada. —Naruto volvió la cabeza y la besó, intensamente, y después desentrelazó los cuerpos de ambos y se sentó en el borde de la cama —Es que acabo de darme cuenta de lo tarde que es.

Lindsey echó un vistazo a la ventana y observó que se iban alargando las sombras, y se incorporó con un gritito.

—¡Dios mío, esta noche tengo que cenar con los Mouton! ¡No voy a poder estar lista a la hora!—Saltó de la cama y empezó a recoger las prendas de ropa dispersas por la habitación.

Naruto se vistió más pausadamente, pero su cabeza seguía dando vueltas a la pequeña de los Uchiha.

¿Los habría visto? Y si era así, ¿diría algo? Era una niña extraña, más tímida que su hermana mayor, que ya daba signos de ser una ramera tan grande como su madre. Pero la pequeña tenía unos ojos maduros en aquella carita de niña, unos ojos que le recordaban a la luna llena, de color gris con manchas plateadas, de forma que unas veces eran grises y otras parecían plateados.

Tenía la sensación de que ella no se había perdido mucho; debía de saber que su madre era la amante del padre de él, que los Uchiha vivían en aquella casucha sin pagar alquiler para que Hanna estuviera a mano cada vez que Jiraiya Namikaze. la deseara. La niña no se arriesgaría a ponerse en contra de ningún Namikaze.

Pobre niña, tan delgada y pequeña y con aquellos ojos de luna. Había nacido en la basura, y nunca tendría la oportunidad de salir de ella, suponiendo que quisiera hacerlo. Fugaku era un borracho mezquino, y los dos chicos mayores, Rai y Shisui, eran unos matones vagos y ladrones, tan mezquinos como su padre y con visos de convertirse también en borrachos. A la madre, Hanna, también le gustaba la botella, pero no había permitido que la dominase como le había pasado a Fugaku.

Ella era lozana y hermosa, a pesar de haber parido cinco hijos, y poseía aquel cabello negro azulado que sólo había heredado su hija pequeña, además de los ojos perlas y el delicado cutis de nata. Hanna no era mezquina, como Fugaku, pero tampoco hacía mucho de madre con sus hijos. Lo único que le importaba era que la follaran. Incluso se hacían bromas sobre ella en la parroquia.

Hanna permanecía abajo, siempre que hubiera un hombre dispuesto a subirse encima de ella. Exudaba sexo, sexo lascivo, y atraía a los hombres hacia ella igual que una hembra en celo a un perro.

Shion, su hija mayor, ya andaba a la caza de cualquier polla dura que pudiera encontrar. Tenía la misma fijación mental que Hanna en lo que se refería al sexo, y Naruto dudaba mucho de que todavía fuera virgen aunque sólo estuviera en los primeros años de la secundaria. No dejaba de ofrecérsele a él, pero Naruto no se sentía tentado lo más mínimo. Antes se follaría a una serpiente que a Shion Uchiha.

El chico más joven de los Uchiha era retrasado. Naruto lo había visto sólo una o dos veces, y siempre agarrado a las piernas de la hermana pequeña... ¿Cómo se llamaba esa niña, maldita sea?

Un minuto antes había pensado algo que le recordaba a ella... ¿Hin? ¿Hin la de los ojos de luna? No, era otra cosa, pero que se le parecía... Hinata. Eso era.

Con una familia así, la niña estaba perdida. Un par de años más y seguiría los pasos de su madre y de su hermana, porque no conocería otra cosa. Y aunque conociera otra cosa, de todas formas, todos los chicos la rondarían como lobos sólo por ser una Uchiha, y no aguantaría mucho tiempo.

La parroquia entera estaba al corriente de que el padre de Naruto se acostaba con Hanna, y de que llevaba años haciéndolo. Por mucho que Naruto quisiera a su madre, suponía que no podía censurar a Jiraiya por buscar en otra parte; Mito era la persona menos física que había visto.

A sus treinta y nueve años seguía siendo tan fría y encantadora como una Virgen María, indefectiblemente pulcra y compuesta, y distante. No le gustaba que la tocaran, ni siquiera sus hijos. Lo increíble era que hubiera tenido hijos. Por supuesto, Jiraiya no le era fiel, jamás lo había sido, para gran alivio de ella.

Jiraiya Namikaze era lujurioso y de sangre caliente, y se había abierto camino hasta muchas camas ajenas antes de sentar la cabeza, más o menos, con Hanna Uchiha. Pero siempre era amablemente cortés y protector con Mito, y Naruto sabía que no la dejaría nunca, sobre todo por una puta barata como Hanna.

La única persona que estaba molesta con aquella situación, por lo visto, era su hermana Karin. Afectada por el distanciamiento emocional de Mito idolatraba a su padre y sentía unos celos feroces de Hanna, tanto en nombre de su madre como porque Jiraiya pasaba mucho tiempo con ella. En la casa había mucha más calma ahora que Karin se había ido a un internado y había empezado a relacionarse con sus amigas de allá.

—Naruto, date prisa —rogó Lindsey frenética.

Él metió los brazos por las mangas de la camisa, pero no se molestó en abotonársela y la dejó abierta.

—Ya estoy listo. —La besó y le acarició el trasero—. No permitas que se te alboroten las plumas, chérie. Lo único que tienes que hacer es cambiarte de ropa. El resto de ti está maravilloso, como eres tú.

La muchacha sonrió, contenta por el cumplido, y se calmó un poco.

—¿Cuándo podemos repetir esto? —preguntó al tiempo que salían de la casa.

Naruto rió en voz alta. Le había costado la mayor parte del verano meterse en las bragas de la chica, pero ahora ella no quería perder más tiempo. Perversamente, ahora que ya era suya, una buena parte de su implacable determinación se había evaporado.

—No lo sé —respondió en tono perezoso—. Pronto tengo que regresar a la facultad para practicar con el fútbol.

Para mérito suyo, Lindsey no hizo pucheros. En lugar de eso, sacudió la cabeza para que el viento le levantara el pelo mientras el Corvette avanzaba por el sendero privado en dirección a la carretera, y le sonrió.

—Cuando quieras. —Era un año mayor que él, y poseía su dosis de seguridad en sí misma. El Corvette entró derrapando en la carretera, agarrándose al asfalto con los neumáticos. Lindsey rió mientras Naruto manejaba con facilidad el potente automóvil.

—Te dejaré en casa dentro de cinco minutos —Prometió. Él tampoco quería que nada interfiriese en el compromiso de Lindsey y Dewayne.

Pensó en la pequeña y escuálida Hinata Uchiha, y se preguntó si habría conseguido llegar bien a su casa. No debería andar por ahí sola en el bosque de aquella manera. Podría hacerse daño, o perderse.

Peor aún aunque se trataba de una finca privada, el lago atraía a los chicos del instituto como un imán, y Naruto no se hacía ilusiones acerca de los Adolescentes cuando formaban pandilla.

Si perseguían a Hinata, tal vez no se detuvieran a pensar lo joven que era, sólo pensarían que era una Uchiha, Caperucita Roja no tendría ninguna posibilidad frente a los lobos. Alguien tenía que vigilar más de cerca a aquella niña.


Continua