Secretos de una Noche
¿Donde esta Hanna?
—Papá no vino a casa anoche.
Karin estaba de pie Junto a la ventana del comedor, con el rostro contraído por la vergüenza.
Naruto continuaba desayunando; no había muchas cosas que pudieran quitarle el apetito. De modo que aquélla era la razón por la que Karin se había levantado tan temprano, porque por regla general no se movía de la cama hasta las diez o más.
¿Qué habría hecho? ¿Esperar hasta que Jiraiya volviera a casa? Suspirando, se preguntó qué pensaría Karin que podía hacer él acerca del modo en que pasaba el tiempo su padre. ¿Mandarlo a la cama sin cenar? No recordaba ninguna época en la que Jiraiya no hubiera tenido una querida, aunque Hanna Uchiha ciertamente tenía mucho más poder de permanencia que el resto.
A su madre, Mito, no le importaba en absoluto dónde pasaba la noche Jiraiya, siempre que no fuera con ella, y simplemente fingía que las aventuras de su marido no existían. Como a Mito no le importaba, a Naruto tampoco. Habría sido distinto si Mito se sintiera afligida, pero ése no era precisamente el caso. No era que no quisiera a Jiraiya; Naruto suponía que sí lo amaba, a su manera.
Pero es que a Mito claramente le desagradaba el sexo, le desagradaba que la tocasen, aunque fuera por casualidad. Para Jiraiya, tener una amante era la mejor solución de todas. No trataba mal a Mito, y aunque jamás se molestaba en esconder sus aventuras, la postura de ella como esposa era segura.
Era un arreglo muy a la antigua que tenían sus padres, aunque a Naruto no le gustaría nada tener algo así cuando por fin decidiera casarse, pero les convenía a ambos.
Sin embargo, Karin nunca había podido verlo de aquella manera. Se sentía dolorosamente protectora con Mito, pues estaba unida a ella de una forma en que Naruto jamás podría estarlo, e imaginaba que Mito se sentía humillada y herida por las aventuras de su marido.
Al mismo tiempo, Karin adoraba a su padre y nunca era tan feliz como cuando él le prestaba atención. En su mente se hacía una idea de cómo tenían que ser las familias, estrechamente unidas y amorosas, siempre apoyándose entre sí, los padres entregados el uno al otro, y llevaba toda la vida tratando de que su familia encajase con aquella idea.
—¿Lo sabe mamá? —preguntó Naruto con calma, y se abstuvo de preguntarle a Karin si de verdad creía que a Mito iba a importarle algo si lo supiera. A veces sentía lástima de su hermana, pero también la quería y no trataba deliberadamente de hacerle daño.
Karin sacudió la cabeza en un gesto negativo.
—Aún no se ha levantado.
—Entonces, ¿de qué sirve preocuparse? Para cuando se levante, cuando llegue papá ella creerá que regresa de algún sitio a donde habrá ido esta mañana.
—¡Pero ha estado con ésa! —Karin se volvió para mirar a Naruto con los ojos inundados de lágrimas—. Con esa Uchiha.
—Tú no lo sabes. Puede que se haya pasado la noche jugando al póker. —A Jiraiya le gustaba jugar al póker, pero Naruto dudaba que los naipes tuvieran algo que ver con su ausencia. Conocía a su padre, y lo conocía muy bien, y sabía que era mucho más probable que hubiera pasado la noche con Hanna Uchiha o con alguna otra mujer que le hubiera llamado la atención. Hanna era una necia si creía que Jiraiya le era más fiel a ella que a su esposa.
—¿Tú crees? —preguntó Karin, ansiosa de creer cualquier excusa que no fuera la más probable.
Naruto se encogió de hombros.
—Es posible. —También era posible que un día un meteoro se estrellase contra la casa, pero no era muy probable. Se bebió lo que le quedaba del café y empujó hacia atrás su silla—. Cuando llegue, dile que he ido a inspeccionar la propiedad de la que estuvimos hablando. Estaré de vuelta a las tres, como muy tarde. —Como su hermana seguía pareciendo tan desamparada, le pasó un brazo por los hombros y le dio un apretón.
Por algún motivo Karin había nacido sin la decisión ni la arrogante seguridad del resto de la familia. Hasta Mito, por muy distante que se mostrara, siempre sabía exactamente lo que quería y cómo conseguirlo. Karin siempre parecía desvalida frente a las fuertes personalidades de los demás miembros de su familia.
Enterró la cabeza en el hombro de Naruto durante unos instantes, igual que hacía cuando era pequeña y acudía corriendo a su hermano mayor cada vez que pasaba algo malo y Jiraiya no estaba allí para arreglar las cosas. Aunque él le llevaba sólo dos años, siempre se había mostrado protector con ella, e incluso desde niño sabía que su hermana carecía de la fortaleza interior que poseía él.
—¿Y qué hago si en realidad ha estado con esa fulana? —preguntó Karin con la voz amortiguada contra el hombro de Naruto.
Éste procuró reprimir su impaciencia, pero se le filtró algo en el tono de voz.
—No harás nada. No es asunto tuyo.
Ella se echó hacia atrás, herida, y se lo quedó mirando con un gesto de reproche.
—¿Cómo puedes decir eso? ¡Estoy preocupada por él!
—Ya lo sé. —Naruto consiguió dulcificar el tono—. Pero es una pérdida de tiempo, y él no va a darte las gracias.
—¡Tú siempre te pones de su parte, porque eres igual que él! —Las lágrimas ya le resbalaban lentamente por las mejillas, y se volvió de espaldas—. Seguro que esa propiedad resulta que tiene dos piernas y un par de tetas grandes. Pues nada, ¡que te diviertas!
—Así lo haré —repuso Naruto con ironía. Era verdad que iba a ver una propiedad; lo que haría después era otra historia. Era un hombre joven, sano y fuerte, con un impulso sexual que no había dado señales de ir a menos desde su adolescencia.
Era una quemazón constante en el vientre, un dolor hambriento en los testículos. Era lo bastante afortunado de poder tener mujeres para calmar aquel apetito, y lo bastante cínico para darse cuenta de que el dinero de su familia contribuía mucho a su éxito sexual.
No le importaba cuáles fueran los motivos de la mujer, si venía a él porque le gustaba y disfrutaba de su cuerpo o si tenía el ojo puesto en la cuenta bancaria de los Namikaze. Las razones no importaban, pues lo único que quería era tener a su lado un cuerpo suave y cálido que absorbiese su impetuoso deseo sexual y le diera satisfacción durante un tiempo.
Nunca había amado a una mujer, pero estaba claro que amaba el sexo, amaba todo lo que tenía que ver con él: los olores, las sensaciones, los sonidos. En particular, lo maravillaba su momento favorito, el instante de la penetración, cuando notaba la ligera resistencia del cuerpo de la mujer a la presión que ejercía él, y luego la aceptación, la sensación de ser absorbido y rodeado por carne caliente, tensa, húmeda.
¡Dios, aquello era maravilloso! Siempre ponía sumo cuidado en protegerse contra embarazos no deseados y usaba un condón aunque la mujer dijera que estaba tomando la píldora, porque sabía que las mujeres mentían en cosas como ésas y un hombre inteligente no debía correr riesgos.
No lo sabía con seguridad, pero sospechaba que Karin aún era virgen. Aunque era mucho más emocional que Mito, todavía había en ella algo de su madre, una especie de profundo distanciamiento que hasta el momento no había permitido que se le acercara demasiado ningún hombre.
Era una extraña mezcla de las personalidades de sus padres, había recibido una parte del frío distanciamiento de Mito pero nada de su seguridad en sí misma, y otra parte de la naturaleza emocional de Jiraiya sin su intensa sexualidad. Por otro lado, Naruto poseía la sexualidad de su padre atemperada por el control de Mito. A pesar de lo mucho que deseaba el sexo, no era esclavo de su polla como lo era Jiraiya. Él sabía cuándo y cómo decir no. Además, gracias a Dios, por lo visto él tenía más sensatez eligiendo mujeres que Jiraiya.
Tiró de un mechón del pelo rojo de Karin.
—Voy a llamar a Orochimaru, a ver si sabe dónde está papá. —Orochimaru Akatsuki, un abogado de Konoha, era amigo de Jiraiya.
Los labios de Karin temblaron, pero sonrió a través de las lágrimas.
—Él irá a buscar a papá y le dirá que venga a casa.
Naruto soltó un resoplido. Resultaba increíble que su hermana hubiera llegado a los veinte sin haber aprendido absolutamente nada de los hombres.
—Yo no estoy tan seguro de eso, pero puede que así te quedes tranquila.
Tenía la intención de decirle a Karin que Jiraiya se encontraba en una partida de Póker, aunque Orochimaru supiera hasta el número de habitación del motel donde Jiraiya estaba pasando la mañana follando.
Fue al estudio desde el que Jiraiya atendía la miríada de intereses financieros de los Namikaze y en el que él mismo estaba aprendiendo a atenderlos. A Naruto lo fascinaban las complejidades de los negocios y las finanzas, tanto que voluntariamente había dejado pasar la oportunidad de jugar al fútbol como profesional para zambullirse de cabeza en el mundo de los negocios.
No había supuesto un gran sacrificio para él; sabía que era lo bastante bueno para jugar como profesional, porque habían observado su rendimiento, pero también sabía que no tenía madera para ser una estrella. Si hubiera dedicado su vida al fútbol, habría jugado durante ocho años o así, eso si hubiera tenido la suerte de no lesionarse, y habría ganado un sueldo bueno pero no espectacular.
Al final, lo que pesaba más era que, por mucho que le gustase el balón, amaba más los negocios. Aquél era un juego al que podía jugar durante mucho más tiempo que el fútbol, además de ganar muchísimo más dinero, y era una pelea entre iguales.
Aunque a Jiraiya le habría estallado el pecho de orgullo al ver a su hijo como profesional del deporte, Naruto opinaba que en cierto modo se había sentido aliviado al ver que elegía regresar a casa. En los pocos meses que habían transcurrido desde que Naruto se graduó, Jiraiya no había hecho otra cosa que llenarle la cabeza de conocimientos sobre los negocios, material que no podía encontrarse en un libro de texto.
Naruto pasó los dedos por la madera pulimentada del gran escritorio. Había una enorme fotografía de Mito en un rincón del mismo, rodeada de fotos más pequeñas de él y de Karin en diversas etapas de su crecimiento, como una reina con sus súbditos reunidos a su alrededor.
La mayoría de la gente habría pensado que era una madre con sus hijos pegados a la falda, pero Mito no era maternal en lo más mínimo. El sol matinal iluminaba de costado la foto y resaltaba detalles que por lo general pasaban inadvertidos, y Naruto se detuvo a mirar la imagen fija del rostro de su madre.
Era una mujer muy guapa, aunque poseía un tipo de belleza muy diferente al de Hanna Uchiha.
Hanna era el sol, caliente, audaz y brillante, mientras que Mito era distante y fría. Tenía un cabello rojo, abundante y sedoso, que llevaba peinado en un sofisticado moño, y unos encantadores ojos que no había heredado ninguno de sus hijos.
No era criolla francesa, sino llanamente americana vieja; algunos parroquianos se habían preguntado si Jiraiya no se habría casado con alguien inferior. Pero ella había resultado ser más regia de lo que podría haberlo sido ninguna criolla nacida para ese papel, y aquellas antiguas dudas habían quedado olvidadas hacía ya mucho tiempo.
Sobre el escritorio estaba la agenda de citas de Jiraiya, abierta. Naruto apoyó una cadera contra la mesa y recorrió con la vista las citas que había apuntadas para aquel día. Su padre tenía una reunión con Danzo Shimura, el banquero, a las diez. Por primera vez, Naruto sintió una punzada de inquietud. Jiraiya nunca había permitido que sus mujeres interfirieran en sus negocios, y jamás acudía a una cita sin afeitar y sin haberse puesto ropa limpia.
Enseguida marcó el número de Orochimaru Akatsuki, y su secretaria respondió al primer timbrazo.
—Akatsuki y Hatake, abogados.
—Buenos días, Anko. ¿Ha llegado ya Orochimaru?
—Por supuesto —repuso ella con buen humor, pues había reconocido inmediatamente el distintivo tono grave de Naruto, semejante al terciopelo—. Ya sabes cómo es. Haría falta un terremoto para que no entrase por la puerta al dar las nueve. Espera un momento, voy a llamarlo.
Naruto oyó el chasquido de la llamada en espera, pero conocía a Anko demasiado bien para pensar que estaba hablando con Orochimaru por el interfono. Había estado en aquella oficina muy a menudo, tanto de niño como de hombre, y sabía que la única ocasión en la que Anko usaba el interfono era cuando había delante un desconocido. La mayoría de las veces se limitaba a girarse en su silla y levantar la voz, ya que el despacho de Orochimaru estaba justo a su espalda, con la puerta abierta.
Naruto sonrió al recordar cómo Jiraiya reía a carcajadas al contarle que Orochimaru había intentado una vez que Anko adoptase una actitud más formal, más propia de un bufete de abogados.
Orochimaru, no tenía la menor posibilidad de vencer a su secretaria. Ésta, sintiéndose ofendida, se volvió tan fría que la oficina se congeló. En lugar del habitual «Orochimaru» empezó a llamarlo «señor Akatsuki» cada vez que se dirigía a él, utilizaba siempre el interfono, y la cómoda camaradería que había entre ambos se esfumó. Cuando él se paraba de la mesa de ella para charlar, Anko se levantaba para Ir al cuarto de baño.
Todos los esos pequeños detalles de los que en otro tiempo se había ocupado como algo normal, quitándole a Orochimaru una buena parte de trabajo, ahora así aparecían amontonados sobre la mesa de él. Orochimaru empezó a llegar más temprano y salir más tarde, mientras que Anko de pronto pasó a tener un horario de lo más preciso. No cabía pensar en sustituirla; las secretarias de bufete no eran fáciles de encontrar en Konoha. Al cabo de dos semanas, Orochimaru se había rendido humildemente, y desde entonces Anko le hablaba a voces a través de la puerta del despacho.
La línea telefónica chasqueó de nuevo cuando Orochimaru cogió el auricular. Por el hilo sonó su forma de hablar tranquila y bonachona.
—Buenos días, Naruto.—. Hoy has madrugado, según parece.
—No tanto. —Siempre madrugaba más que su padre, pero la mayoría de la gente suponía que de tal palo, tal astilla—. Voy a ir a echar un vistazo a una propiedad Orochimaru, ¿sabes tú dónde está mi padre?
Se hizo un pequeño silencio al otro extremo del cable.
—No, no lo sé. —Otra breve pausa de cautela—. ¿Ocurre algo malo?
—Anoche no vino a casa, y hoy a las diez tiene una cita con Danzo Shimura.
—Maldición —dijo Orochimaru suavemente, pero Naruto percibió el tono de alarma en su voz—. Dios, no creía que él fuera a... ¡Maldita sea!
—Orochimaru. —El tono de Naruto era duro y afilado como el acero, y cortaba el silencio—. ¿Qué está pasando?
—Naruto, te juro que ni: yo pensaba que fuera a hacerlo —dijo Orochimaru afligido—. Puede que no lo haya hecho. Puede que se haya quedado dormido.
—Que no haya hecho ¿qué?
—Lo mencionó en un par de ocasiones, pero sólo cuando estaba bebido. Te juro que jamás pensé que hablara en serio. Dios, ¿Cómo podía ser?
El plástico del auricular crujió bajo la mano de Naruto.
—¿A qué te refieres?
—A dejar a tu madre. —Orochimaru tragó saliva de forma audible, con un sonido seco—. Y fugarse con Hanna Uchiha.
Con mucha suavidad, Naruto volvió a dejar el auricular en su sitio. Permaneció inmóvil unos segundos contemplando el aparato. No podía ser... Jiraiya no podía haber hecho semejante cosa. ¿Por qué habría de hacerla? ¿Por qué escaparse con Hanna cuando podía acostarse con ella, y de hecho lo hacía, cada vez que se le antojase? Orochimaru tenía que estar equivocado. Jiraiya jamás abandonaría a sus hijos ni su negocio... Sin embargo, se sintió aliviado cuando él escogió rechazar el fútbol profesional y le impartió un curso acelerado sobre cómo dirigirlo todo.
Por espacio de varios instantes de aturdimiento, Naruto permaneció atontado por la sensación de incredulidad, pero era demasiado realista para que dicho estado le durase mucho. La sensación de entumecimiento comenzó a ceder, y una rabia intensa vino a llenar el hueco que aquél había dejado.
Se movió igual que una serpiente atacando, agarró el teléfono y lo lanzó por la ventana, haciendo pedazos el cristal y provocando que varias personas acudieran de inmediato al estudio a ver qué había pasado.
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Todo el mundo durmió hasta muy tarde excepto Hinata y Abiru, y Hinata salió de la casucha en cuanto hubo dado de desayunar al niño y se lo llevó al arroyo para que pudiera chapotear en el agua e intentar atrapar pececillos. Jamás lo conseguía, pero le encantaba intentarlo.
Hacía una mañana magnífica, el sol brillaba con fuerza a través de los árboles y arrancaba destellos al agua. Los aromas eran frescos y penetrantes, llenos de colores buenos y limpios que lavaban las acres mismas del alcohol que aún percibía, exudadas por las cuatro personas que había dejado durmiendo tras los efectos de la pasada noche.
Esperar que Abiru no se mojara era como esperar que el sol saliera por el oeste. Cuando llegaron al arroyo le quitó la camisa y los pantalones y dejó que se metiera en el agua llevando sólo el pañal. Había traído otro seco para cambiarlo cuando volvieran a casa.
Colgó con cuidado la ropa de unas ramas y seguidamente se metió en el arroyo para chapotear un poco y vigilar a Abiru. Si se le acercase una culebra, el niño no sabría que debía alarmarse. Hinata tampoco les tenía miedo, pero desde luego obraba con cautela.
Lo dejó jugar durante un par de horas y después tuvo que cogerlo en brazos y sacarlo del agua con gran pataleo y protestas por parte del pequeño.
—No puedes estar más en el agua —le explicó—. Mira, tienes los dedos de los pies arrugados como una pasa.
Se sentó en el suelo y le cambió el pañal, y a continuación lo vistió. Fue una tarea difícil, ya que Abiru no dejaba de retorcerse. Iba a escapar de vuelta al agua.
—Vamos a buscar ardillas —le dijo Hinata—. ¿Ves alguna ardilla?
Distraído, el pequeño miró inmediatamente hacia arriba con los ojos muy abiertos por la emoción mientras trataba de descubrir ardillas entre los árboles. Hinata cogió su mano regordeta y lo condujo lentamente a través del bosque, por un sendero que serpenteaba en dirección a la choza.
Quizá para cuando hubieran regresado Hanna ya estuviera en casa.
Aunque no era la primera vez que su madre pasaba fuera toda la noche, aquello siempre inquietaba a Hinata. Lo tenía siempre en un rincón de su cabeza, pero vivía con el miedo constante de que Hanna se marchara una noche y no regresara nunca.
Hinata sabía, con amargo realismo, que si Hanna conociera a un hombre que tuviera un poco de dinero y le prometiera cosas bonitas, se largaría sin pensarlo dos veces. Probablemente, lo único que la retenía en Konoha era Jiraiya Namikaze y lo que éste podía darle. Si alguna vez Jiraiya la dejase, no se quedaría allí más que el tiempo necesario para hacer las maletas.
Abiru logró descubrir dos ardillas, una que correteaba por la rama de un árbol y otra que trepaba por un tronco, así que se sentía feliz de ir a donde Hinata lo llevase. Sin embargo, cuando tuvieron la choza a la vista, el niño advirtió que regresaban a casa y empezó a proferir gruñidos de protesta y tirar hacia atrás en un intento de soltarse de la mano de su hermana.
—Para, Abiru —dijo Hinata al tiempo que lo sacaba a la fuerza de entre los árboles para salir al camino de tierra que llevaba hasta la choza—. Ahora mismo no puedo seguir jugando contigo, tengo que hacer la colada. Pero te prometo que jugaremos a los coches cuando...
En eso, oyó a su espalda el rugido grave del motor de un automóvil, que iba aumentando de intensidad a medida que se acercaba, y su primer pensamiento de alivio fue: «Mamá está en casa».
Pero lo que apareció al doblar la curva no fue el reluciente coche rojo de Hanna, sino un Corvette negro descapotable, adquirido para sustituir al plateado que conducía Naruto desde la escuela secundaria.
Hinata se detuvo en seco, olvidándose de Abiru y de Hanna, sintiendo que se le paraba el corazón y que luego empezaba a golpearle el pecho con tal fuerza que casi se sintió enferma. ¡Era Naruto quien venía!
Estaba tan aturdida por la alegría que casi se olvidó de apartar a Abiru del camino y quedarse entre las hierbas de la cuneta. Naruto, cantaba su corazón. Un leve temblor le empezó en las rodillas y le subió poco a poco por el cuerpo al pensar que de verdad iba a hablar con él de nuevo, aunque sólo fuera para musitar un saludo.
Clavó la mirada en él, absorbiendo todos los detalles, mientras lo veía acercarse. Aunque iba sentado detrás del volante y ella no alcanzaba a ver mucho, le pareció que estaba más delgado que cuando jugaba al fútbol y que llevaba el pelo un poco más largo. Sin embargo, sus ojos eran los mismos, azules e igual de tentadores. Se posaron en ella durante unos segundos cuando el Corvette pasó por delante de donde se encontraban ella y Abiru, y la saludó cortésmente con una inclinación de cabeza.
Abiru se revolvió y tiró de la mano, fascinado por el hermoso automóvil. Le encantaba el coche de Hanna, y Hinata tenía que vigilar para que no se acercase a él, porque a Hanna la ponía enferma que el niño lo manosease y dejase las marcas de sus manitas en la pintura.
—Está bien —susurró Hinata, aún aturdida—. Vamos a ver ese coche tan bonito.
Volvieron a entrar en el camino y siguieron al Corvette, que ya se había detenido enfrente de la choza. Naruto se izó detrás del volante y pasó una pierna por encima de la puerta, después la otra, y salió del bajo automóvil igual que si éste fuera el cochecito de un bebé. Subió los dos escalones de la entrada, abrió de un tirón la puerta de rejilla y penetró en el interior de la vivienda.
No había llamado a la puerta, pensó Hinata. Eso estaba mal. No había llamado.
Apretó el paso tirando de Abiru de tal modo que sus cortas piernas tuvieron que acelerar, y el niño lanzó un quejido de protesta. Se acordó de su corazón, y el terror le causó una punzada en el estómago. Enseguida se detuvo y se inclinó para tomar al niño en brazos.
—Lo siento, cariño, no pretendía hacerte correr.
Le dolía la espalda por el esfuerzo de cargar con el pequeño, pero no hizo caso y volvió a caminar deprisa. La grava rodaba inadvertida bajo sus pies descalzos y cada golpe de talón levantaba pequeñas nubes de polvo. El peso de Abiru parecía abrumarla, impedirle alcanzar La choza. La sangre le batía en los oídos, y en el pecho le nacía una sensación de pánico que casi la asfixiaba.
Oyó un rugido débil y lejano que reconoció como la voz de su padre, amortiguada por el tono más grave de la de Naruto. jadeante, imprimó mayor velocidad a sus piernas y por fin llegó a la choza. La puerta de rejilla chirrió cuando la abrió de un tirón y entró a toda prisa en la casa, sólo para detenerse de golpe, parpadeando para adaptar los ojos a la penumbra. Se vio rodeada de gritos ininteligibles y maldiciones que le causaron la misma sensación que si estuviera atrapada en un túnel de pesadilla.
Tragando aire a borbotones, dejó a Abiru en el suelo. Asustado por los gritos, el pequeño se aferró a las piernas de su hermana y escondió la cara contra ella.
Cuando su vista se fue adaptando poco a poco y el estruendo de sus oídos empezó a disminuir, los gritos fueron cobrando sentido, y deseó que ojalá no fuera así.
Naruto había sacado a Fugaku de la cama y estaba arrastrándolo a la cocina. Fugaku chillaba y juraba, aferrado al marco de la puerta en un intento de frenar a Naruto. Sin embargo, no tenía ninguna posibilidad frente a la fuerza de aquel joven furibundo, y lo único que podía hacer era procurar no perder el equilibrio mientras Naruto lo empujaba hacia el centro de la habitación.
—¿Dónde está Hanna? —ladró Naruto, irguiéndose amenazador sobre Fugaku, que reaccionó encogiéndose.
Los ojos vidriosos de Fugaku recorrieron rápidamente la estancia, como si buscase a su mujer.
—No está aquí —farfulló.
—¡Ya veo que no está aquí, maldito imbécil! ¡Lo que quiero saber es dónde diablos está!
Fugaku se balanceaba de delante atrás sobre sus pies descalzos, y de pronto soltó un eructo.
Llevaba el pecho al aire y los pantalones todavía desabrochados. Su cabello desordenado apuntaba en todas direcciones, estaba sin afeitar, tenía los ojos inyectados en sangre, y su aliento despedía un tufo a sueño y alcohol. Como contraste, Naruto se elevaba por encima de él con su metro ochenta de músculo magro de acero, el pelo rubio pulcramente peinado hacia atrás, la camisa de un blanco inmaculado y los pantalones hechos a medida.
—No tienes derecho a empujarme, no me importa quién sea tu padre —se quejó Fugaku. A pesar de su bravata, se encogía cada vez que Naruto hacía un movimiento.
Rai y Shisui habían salido rápidamente de su dormitorio, pero no hicieron ningún gesto para apoyar a su padre. No era su estilo enfrentarse a un Naruto Namikaze furioso, ni tampoco lo era atacar a nadie que pudiera ocasionarles problemas.
—¿Sabes dónde está Hanna? —preguntó Naruto de nuevo con voz gélida.
Fugaku alzó un hombro.
—Debe de haber salido —musitó en tono hosco.
—¿Cuándo?
—¿Qué quieres decir con eso de cuándo? Yo estaba durmiendo. ¿Cómo diablos voy a saber a qué hora se fue?
—¿Vino a casa anoche?
—¡Naturalmente que sí! Maldita sea, ¿qué es lo que estás diciendo? —chilló Fugaku con una pronunciación ininteligible que daba testimonio del alcohol que seguía teniendo en la sangre.
—¡Estoy diciendo que esa puta que tienes por esposa se ha ido! —chilló Naruto a su vez, con el rostro congestionado por la furia y el cuello en tensión.
Hinata sintió que la invadía el terror, y la vista se le nubló otra vez.
—No —exclamó con voz contenida.
Naruto la oyó, y giró la cabeza súbitamente. La escrutó con sus ojos azules brillantes por la furia.
—Por lo menos, tú pareces estar sobria. ¿Sabes dónde está Hanna? ¿Volvió a casa anoche?
Hinata, aturdida, movió la cabeza en un gesto negativo. El negro desastre se erguía ante ella, y percibió el olor penetrante, acre y amarillo del miedo... su propio miedo.
Naruto curvó el labio superior mostrando sus blancos dientes en un gruñido.
—Ya sabía yo que no. Se ha fugado con mi padre.
Hinata volvió a negar con la cabeza, y entonces se dio cuenta de que no podía dejar de hacerlo. No. Aquella palabra le reverberó por todo el cerebro. Dios, por favor, no.
—¡Estás mintiendo! —chilló Fugaku, dirigiéndose con paso vacilante hacia la desvencijada mesa para dejarse caer en una de las sillas—. Hanna no es capaz de abandonarnos a mí y a los chicos. Ella me quiere. Ese putero padre tuyo se habrá largado con alguna que habrá encontrado por ahí...
Naruto se lanzó hacia delante como una serpiente en posición de ataque. Su puño se estrelló contra la mandíbula de Fugaku, nudillos contra hueso, y tanto Fugaku como la silla fueron a parar al suelo. La silla se desintegró hecha añicos bajo su peso.
Con un lamento de terror, Abiru escondió de nuevo el rostro en la cadera de Hinata, la cual estaba demasiado paralizada para ni siquiera pasarle el brazo por los hombros para consolarlo, y el pequeño rompió a llorar.
Fugaku se incorporó atontado y dio unos pasos tambaleándose para poner la mesa de por medio entre él y Naruto.
—¿Por qué me has pegado? —gimió, frotándose la mandíbula—. Yo no te he hecho nada. ¡No es culpa mía lo que hayan hecho tu padre y Hanna!
—¿Qué es todo este griterío? —intervino la voz de Shion, deliberadamente provocativa, la que empleaba cuando intentaba engatusar a un hombre. Hinata volvió la mirada hacia la entrada del colgadizo y sus ojos se agrandaron de horror.
Shion estaba posando apoyada contra el marco de la puerta con su cabellera rubia despeinada y echada hacia atrás para dejar ver sus hombros desnudos. Sólo llevaba encima unas bragas de encaje rojo, y sostenía la camisola de encaje a juego contra su pecho con disimulada coquetería de modo que apenas le cubriera los senos. Miró a Naruto con una inocente caída de ojos, tan descaradamente falsa que Hinata sintió que se le retorcían las entrañas.
La expresión de Naruto se endureció de asco al mirarla; curvó la boca y deliberadamente le volvió la espalda.
—Los quiero fuera de aquí antes de que se haga de noche —le dijo a Fugaku en tono de acero—. están ensuciando nuestras tierras, y ya estoy harto de oler su peste.
—¿Qué nos marchemos de aquí? —graznó Fugaku—. Maldito bastardo engreído, no puedes echarnos. Existen leyes...
—No pagan ningún alquiler —replicó Naruto con una sonrisa de hielo en los labios—. Las leyes de desahucio no se aplican a los intrusos. Largo de aquí. —Dio media vuelta y echó a andar hacia la puerta.
—¡Espera! —exclamó Fugaku. Su mirada de pánico se movía en todas direcciones, como buscando inspiración. Se pasó la lengua por los labios y dijo—: No tengas tanta prisa. Puede... puede que hayan ido a dar un paseo. Ya volverán. Sí, eso es. Hanna volverá, no tenía ningún motivo para marcharse.
Naruto soltó una carcajada agria y recorrió la estancia con una mirada de desprecio, observando el pobre interior de la vivienda. Alguien, probablemente la chica más pequeña, había hecho un esfuerzo por mantenerla limpia, pero era como intentar contener la marea. Fugaku y los dos chicos, que eran copias de su padre, sólo que más jóvenes, lo miraban con expresión hosca.
La hija mayor seguía apoyada en la puerta, tratando de enseñarle todo lo que pudiera de sus tetas sin retirar del todo la escasa prenda. El niño pequeño con síndrome de Down se aferraba a las piernas de la hija más joven y lloraba a voz en grito. Ella permanecía de pie, como si se hubiera convertido en piedra, y lo contemplaba con sus enormes ojos perlas. El pelo de color negro azulado le caía en desorden alrededor de los hombros, y llevaba los pies descalzos y sucios.
Estando tan cerca de él, Hinata podía leer la expresión de su cara, y sintió una punzada por dentro al ver cómo recorría con la vista la casucha y a sus habitantes, para por fin posarla en ella.
Estaba catalogando su vida, a su familia, a ella misma, y estaba descubriendo que no valían nada.
—¿Ningún motivo para marcharse? —se mofó—. Por Dios, que yo pueda ver, ¡no tiene ningún motivo para regresar!
En el silencio que siguió, dejó a Hinata a un lado y empujó con violencia la puerta de rejilla, la cual chocó contra el costado de la choza y volvió a cerrarse con un golpe. El motor del Corvette cobró vida con un rugido, y un momento más tarde Naruto se había marchado. Hinata se quedó petrificada allí de pie, con Abiru todavía aferrado a sus piernas y llorando.
Sentía la mente entumecida. Sabía que tenía que hacer algo, pero ¿qué? Naruto había dicho que tenían que irse, y la enormidad de aquel hecho la dejó atónita. ¿Marcharse? ¿Adónde se marcharían? No lograba que su mente se pusiera a funcionar. Lo único que pudo hacer fue levantar la mano, que le pareció pesada como el plomo, y acariciar el suave cabello de Abiru diciendo:
—Está bien, está bien —aunque sabía que era mentira. Mamá se había ido, y las cosas ya nunca volverían a estar bien.
Continua
