Secretos de una Noche


La Oscura Noche


Eran las diez y media de la noche cuando Naruto y el doctor Nara salían del hospital de Nueva Suna. A Naruto le ardían los ojos de cansancio, y estaba entumecido a causa de la montaña rusa emocional que había vivido aquel día. Karin había sido por fin estabilizada e intervenida, y estaba durmiendo apaciblemente, bajo sedantes.

Había sufrido una parada cardiaca a poco de llegar al hospital, pero el equipo de urgencias consiguió reanimar su corazón casi inmediatamente. Le pusieron cuatro unidades de sangre antes de operarla, y otras dos más durante la intervención. El médico que se encargó de la tarea de reparación opinaba que no existían daños permanentes en la muñeca derecha, pero en la izquierda se había seccionado un par de tendones y tal vez no recuperase del todo la movilidad de aquella mano.

Lo único que le importaba a Naruto era que iba a sobrevivir. Se había despertado durante breves instantes cuando la trasladaban de la sala de recuperación a la habitación privada que él le había conseguido, y había murmurado medio atontada:

—Lo siento, Naruto —al verlo.

No sabía si con ello había querido decir que lamentaba haber intentado suicidarse, no haberlo conseguido o haberle causado a él tanta preocupación. Escogió creer que su hermana se refería a la primera posibilidad, porque no podía soportar la idea de que pudiera intentarlo de nuevo.

—Ya conduzco yo —dijo el doctor Nara, levantando la mano para darle una palmada en el hombro—. Tienes un aspecto horrible.

—Es que me siento horrible —masculló Naruto—. Necesito un café.

Se alegró de que condujera el doctor Nara. Tenía la sensación de que su cerebro era un terreno baldío; probablemente no sería seguro que se encargara él de conducir, y además el coche era del médico. Las rodillas volverían a juntársele con la barbilla, pero por lo menos tendría espacio para respirar.

—Yo puedo solucionarte eso. Hay un McDonald's a unas pocas manzanas de aquí.

Naruto se plegó para introducirse en el vehículo, y dio gracias a Dios de que el Chrysler tuviera un salpicadero acolchado. De no haber sido así, se habría llenado las espinillas de moratones.

Quince minutos más tarde, con un gran vaso de poliestireno llena de humeante café en la mano, contemplaba cómo pasaban las luces del tráfico de Nueva Suna. Algunos de los años más felices de su vida los había pasado allí, en la universidad.

Había recorrido la ciudad entera, un muchacho indómito, lleno de energía, perpetuamente cachondo, a la caza de un poco de acción, y la había en abundancia. Nadie sabía divertirse mejor que alguien de ascendencia francesa, y Nueva Suna estaba lleno de personas como él. Aquellos cuatro años se los había pasado en grande.

No hacía tanto tiempo que había vuelto a casa para siempre, sólo habían transcurrido un par de meses, pero a él se le antojaba una vida entera. Aquel día de pesadilla, interminable, había acabado definitivamente con aquel muchacho tan fogoso, había marcado una nítida línea de separación entre las dos partes de su vida.

Naruto había ido creciendo poco a poco, como la mayoría de la gente, pero hoy habían volcado sobre sus hombros toda la responsabilidad de la vida adulta. Sus hombros eran lo bastante anchos para soportar la carga, de manera que hizo acopio de fuerzas e hizo lo que había que hacer. Si el hombre que emergió del naufragio era más serio y más despiadado que el que se había levantado de la cama aquella mañana... Bueno, aquél era el precio de la supervivencia, y lo pagaría con gusto.

Más problemas lo aguardaban en casa. En aquellas circunstancias, la mayoría de las madres habrían tenido que ser apartadas del lado de la cama de su hija con una barra de acero, pero Mito no. Ni siquiera había podido hablar con ella por teléfono. En lugar de ello había hablado con Oriane, la cual le dijo que la señora Mito se había encerrado en su habitación y no quería salir.

Obedeciendo órdenes suyas, Oriane le había transmitido a Mito la información de que Karin se pondría bien a gritos desde el otro lado de la puerta cerrada con llave.

Por lo menos no tenía miedo de que Mito intentase la misma escena que Karin. Conocía demasiado bien a su madre; estaba demasiado centrada en sí misma para causarse daño.

A pesar del café, lo venció el sueño de camino a casa, y se despertó solo cuando el doctor Nara detuvo el automóvil frente a la entrada trasera de la clínica. Había dejado bajada la capota del Corvette, pues tenía cosas más importantes en mente, de modo que los asientos estaban cubiertos de rocío. Se mojaría el trasero conduciendo de vuelta a casa, y casi se sintió agradecido.

Tal vez aquello lo mantuviera despierto.

—¿Podrás dormir esta noche? —preguntó el doctor Nara—. Si lo necesitas, puedo darte algo.

Naruto dejó escapar una breve carcajada.

—Mi problema será permanecer despierto hasta que llegue a casa.

—En ese caso, tal vez fuera mejor que durmieras en la clínica.

—Gracias, doc, pero si el hospital me necesita, me llamará a casa.

—Está bien. Entonces ten cuidado.

—Lo tendré. —Naruto pasó la pierna por encima de la puerta del corvette y se deslizó hasta el asiento.

Sí, sin duda se iba a calar el trasero. El frescor de la humedad lo hizo estremecerse.

Dejó la capota bajada para que el aire lo golpease en la cara. Los aromas de la noche eran dulces y despejados, más frescos que cuando estaban recalentados por el sol. Al dejar atrás Konoha, se cerró sobre él la oscuridad del campo, protectora y balsámica.

Sin embargo, un oasis de luminosidad perturbó la negrura. Jimmy Jo's, el motel local, seguía con las luces encendidas. El aparcamiento de grava estaba abarrotado de coches y camionetas, el rótulo de neón parpadeaba dando interminablemente la bienvenida y las paredes vibraban a causa de la música. Cuando se acercó, perforando la noche con el Corvette negro, salió del aparcamiento una desvencijada furgoneta que se cruzó en su camino haciendo rechinar los neumáticos contra el suelo.

Naruto clavó el pedal del freno y el Corvette se detuvo derrapando.

Una furgoneta patinó hacia un costado y estuvo a punto de volcar, pero logró enderezarse. Los faros de Naruto iluminaron los rostros de los ocupantes, que lanzaban risotadas mientras el que ocupaba el asiento del pasajero, agitando una botella en la mano, sacaba medio cuerpo fuera y le gritaba algo.

Naruto se quedó petrificado. No entendió lo que le habían gritado, pero no tenía importancia. Lo que importaba era que los ocupantes eran Rai y Shisui Uchiha y que llevaban la misma dirección que él, la finca de los Namikaze.

Los muy hijos de puta no se habían ido. Todavía estaban en su propiedad.

Notó cómo iba creciendo la cólera; una cólera fría, pero poderosa. Con extraño distanciamiento, la sintió venir, naciendo de los pies y ascendiendo poco a poco, como si fuera transmutando las células mismas de todo su cuerpo. Le alcanzó el vientre y le tensó los músculos, y a continuación le llenó el pecho antes de extenderse hacia arriba para explotar en su cerebro.

Fue casi un alivio, ya que despejó la fatiga y las nieblas de su mente y dejó los procesos mentales frescos y precisos y todos los sistemas preparados para el máximo rendimiento.

Hizo girar el Corvette y enfiló de vuelta hacia Konoha. Al sheriff Biwa le sentaría muy mal que lo despertasen a aquellas horas de la noche, pero Naruto era un Namikaze, y el sheriff haría lo que él le dijera. Diablos, hasta disfrutaría haciéndolo. Librarse de los Uchiha reduciría a la mitad la tasa de delincuencia de la zona.

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Hinata no había conseguido relajarse en todo el día. Había estado todo el tiempo casi enferma por la sensación de pérdida y desastre, incapaz de comer nada. Abiru, que se dio cuenta de su estado de ánimo, había estado temeroso y gimoteante, constantemente aferrado a sus piernas e interrumpiéndola mientras ella trataba mecánicamente de cumplir con sus tareas.

Aquella mañana, después de que Naruto se marchase, había comenzado a hacer el equipaje, aturdida, pero Fugaku le había propinado una bofetada y le había gritado que no fuera idiota. A lo mejor Hanna permanecía fuera un par de días, pero regresaría, y el viejo Namikaze no permitiría que aquel joven hijo de puta los echase de su hogar.

Incluso en su desolación, Hinata se preguntaba por qué su padre llamaba viejo a Jiraiya, cuando éste tenía un año menos que él. Al cabo de un rato, Fugaku había cogido la furgoneta y se había ido a tomar una copa. En cuanto se perdió de vista, Shion se metió en el dormitorio y empezó a rebuscar en el armario de Hanna.

Hinata siguió a su hermana y la contempló atónita mientras ella empezaba a arrojar prendas sobre la cama.

—¿Qué estás haciendo?

—Mamá ya no va a necesitar todo esto —respondió Shion alegremente. Jiraiya le comprará ropa nueva. ¿Por qué crees que no se llevó esto consigo? Pero puedo usarlo yo. Ella nunca me dejaba ponerme ninguna de sus cosas. —Aquello último lo dijo con una pizca de amargura. Sostuvo en alto un vestido amarillo con el cuello bordado de lentejuelas.

A Hanna le había sentado maravillosamente, con su cabellera negra azulada, pero hacía un efecto horrible en contraste con los bucles color amarillo de Shion .

—La semana pasada tuve una cita pasional con Lane Foster y quise ponerme este vestido, pero mamá no me lo dejó —dijo con resentimiento—. Tuve que llevar mi viejo vestido azul, que ya me lo había visto.

—No cojas la ropa de mamá —protestó Hinata con los ojos llenos de lágrimas.

Shion le dirigió una mirada de exasperación.

—¿Por qué no? Ya no va a necesitarla.

—Papá ha dicho que regresará.

Shion soltó una carcajada.

—Papá no es capaz de distinguir su culo de un agujero en el suelo. Naruto tenía razón. ¿Por qué diablos va a volver? No, aunque Jiraiya se raje y vuelva corriendo a casa con ese témpano de hielo con el que está casado, mamá obtendrá de él lo suficiente para estar guapa durante mucho tiempo.

—Entonces tendremos que marcharnos —dijo Hinata, y una lágrima salada le resbaló por la mejilla y se le quedó en la comisura de la boca—. Deberíamos estar haciendo las maletas.

Shion le puso una mano en el hombro.

—Hermanita, eres demasiado inocente para tu propio bien. Naruto estaba hecho una furia, pero de todos modos, no va a hacer nada. Sólo se estaba desahogando. Creo que voy a ir a verlo y tal vez consiga lo mismo que tiene su padre con mamá. —Se pasó la lengua por los labios y su rostro adoptó una expresión hambrienta—. Siempre he tenido curiosidad por saber si lo que tiene dentro de los pantalones es tan grande como dicen.

Hinata se apartó de un salto, sintiendo la punzada de los celos en medio de su abatimiento. Shion no tenía cabeza para comprender que un bola de nieve tendría más posibilidades de sobrevivir en una merienda un cuatro de julio en el Ecuador que ella de atraer a Naruto, pero cuánto envidiaba Hinata la audacia de su hermana para intentarlo.

Trató de imaginarse cuánta fuerza debía de dar poseer la necesaria seguridad en una misma para acercarse a un hombre y estar segura de que él la encontraba atractiva. Aun cuando Naruto rechazara a Shion, eso no haría mella en su ego, porque había otros muchos chicos y hombres que jadeaban por ella. Simplemente haría que Naruto fuese un reto mayor.

Pero Hinata había visto el frío desprecio en los ojos de Naruto aquella mañana, al examinar la choza y sus habitantes, y se había sentido, sacudida por la vergüenza. Había sentido deseos de decir: «Yo no soy así»; había querido que él la mirase con admiración. Pero es que era así, en lo que a Naruto concernía, por vivir en aquella miseria.

Tarareando alegremente, Shion se llevó el estridente arco iris que formaban las ropas de Hanna a la habitación posterior para probárselas y ponerse unos alfileres en el talle, porque Hanna tenía más pecho.

Conteniendo a duras penas los sollozos, Hinata tomó a Abiru de la mano y se lo llevó a jugar afuera. Se sentó en un tronco con la cara entre las manos mientras el niño empujaba sus cochecitos por la tierra.

Normalmente Abiru era feliz haciendo aquello durante todo el día, pero al cabo de una hora volvió con Hinata y se acurrucó junto a sus piernas, y pronto se quedó dormido. Ella le acarició el pelo, aterrada por el ligero tinte azulado de sus labios.

Se balanceó adelante y atrás en el tronco, con la mirada fija y ensombrecida por el abatimiento.

Mamá se había marchado y Abiru se estaba muriendo. No había manera de saber cuánto iba a durar, pero no creía que fuera más de un año. A pesar de lo penoso de su situación anterior, por lo menos existía una cierta seguridad, porque las cosas seguían tal cual un día tras otro y sabía lo que podía esperar.

Ahora todo se había derrumbado, y estaba aterrorizada. Había aprendido a salir adelante, a manejar a papá y a sus hermanos, pero ahora nada sucedía según el plan y se sentía impotente. Odiaba aquella sensación, la odiaba con tal ferocidad que se le formaba un nudo en el estómago.

Maldita sea mamá, pensó con rebeldía. Y maldito sea Jiraiya Namikaze. Lo único en que pensaban era en sí mismos, no en sus familias ni en el trastorno que iban a ocasionar.

Hacía mucho tiempo que no se sentía como una niña. Sus frágiles hombros venían soportando la responsabilidad desde muy temprana edad, y eso había dado a sus ojos una madurez solemne que chocaba con su juventud, pero en aquel momento acusó profundamente la falta de años.

Era demasiado joven para hacer nada; no podía agarrar a Abiru y marcharse de allí, porque era demasiado joven para trabajar y mantener a los dos; era demasiado joven incluso para vivir sola, según la ley. Estaba desamparada; su vida estaba totalmente controlada por el capricho de los adultos que la rodeaban.

Ni siquiera podía escaparse, porque no podría llevarse a Abiru. Nadie cuidaría de él, y el niño era casi tan desvalido como un bebé. Tenía que quedarse.

Así que se pasó la tarde sentada en el tronco viendo pasar las horas, demasiado triste para entrar en la vivienda a ocuparse de sus labores habituales. Tenía la sensación de estar en una guillotina aguardando a que cayera la cuchilla, y conforme fue aproximándose la noche creció y aumentó la tensión hasta ponerle todos los nervios de punta, hasta que le entraron ganas de gritar para hacer añicos aquella lenta quietud. Abiru se había despertado y estaba jugando junto a sus piernas, como si tuviera miedo de alejarse demasiado de su hermana.

Pero llegó la noche, y la cuchilla no cayó. Abiru tenía hambre y tiraba de ella para que entrase en casa. De mala gana, Hinata abandonó su sitio en el tronco y llevó al niño adentro en el preciso instante en que Rai y Shisui salían para correrse una de sus juergas nocturnas. Shion se puso el vestido amarillo que tanto codiciaba y se fue también.

A lo mejor Shion estaba en lo cierto, pensó Hinata. A lo mejor Naruto sólo se había desahogado un poco y no había dicho en serio lo que había dicho. A lo mejor Jiraiya se había puesto en contacto con su familia a lo largo del día y había calmado la situación. Tal vez hubiera cambiado de idea sobre el hecho de marcharse y hubiera negado tener a Hanna consigo. Cualquier cosa era posible.

Sin embargo, de todas formas no esperaba que volviera Hanna. Y sin Hanna, aunque Jiraiya regresara con su familia, no tendría motivo alguno para permitirles seguir en aquella casucha. No era gran cosa, pero al menos era un techo, y gratis. No, de nada servía albergar esperanzas; había que utilizar el sentido común.

De un modo o de otro, quizá no inmediatamente pero sí muy pronto, iban a tener que marcharse. Pero Hinata conocía a su padre y sabía que no movería un dedo para irse hasta que se viera obligado. Exprimiría de los Namikaze hasta el último minuto gratis que le fuera posible.

Dio de cenar a Abiru y lo bañó, y acto seguido lo metió en la cama. Por segunda vez consecutiva disponía de una noche de bendita intimidad, y se apresuró a darse un baño ella también y ponerse el camisón. Pero cuando sacó su preciado libro no pudo concentrarse en leer. La escena que había tenido lugar aquella mañana con Naruto le venía una y otra vez a la mente, igual que una película de vídeo que no dejase de reproducirse en su cabeza.

Cada vez que pensaba en aquella mirada de desprecio de Naruto, el dolor la golpeaba en el pecho hasta casi no dejarla respirar. Rodó hacia un costado y hundió la cara en la almohada, luchando contra las lágrimas. Ella lo quería mucho, y él la despreciaba porque era una Uchiha.

Al final se quedó dormida, exhausta por la inquietud de la noche anterior y el trauma sufrido aquel día. Siempre tenía el sueño ligero y permanecía alerta como un gato, se despertaba y repasaba mentalmente la lista cada vez que llegaba a casa un miembro de la familia. Papá fue el primero en aparecer.

Venía borracho, naturalmente, después de haber comenzado tan temprano, pero por una vez no bramó pidiendo una cena que de todos modos no iba a consumir. Hinata escuchó los tumbos que iba dando en su camino al dormitorio. Momentos más tarde le llegaron los familiares y trabajosos ronquidos.

Shion llegó a casa a eso de las once, de mal humor y haciendo pucheros. La noche no debía de haberle salido como ella pensaba, se dijo Hinata, pero permaneció tendida en silencio en su jergón y no preguntó. Shion se quitó el vestido amarillo, hizo una bola con él y lo arrojó a un rincón. Después se tumbó en su camastro y dio la espalda a Hinata.

Era temprano para todos. Los chicos llegaron no mucho más tarde, riendo y armando bulla, y, como de costumbre, despertaron a Abiru. Hinata no se levantó, y pronto volvió a reinar el silencio.

Ya estaban todos en casa, excepto mamá. Hinata lloró en silencio secándose las lágrimas con la ligera sábana, y enseguida se quedó dormida otra vez.

Un enorme estruendo la hizo despertarse de golpe, aterrada y confusa. Un haz de luz brillante la cegó y una mano ruda la sacó en volandas del jergón. Hinata chilló y trató de zafarse de aquella garra que le hacía daño en el brazo, trató de resistirse haciendo fuerza, pero quienquiera que fuese la alzó del suelo de un tirón como si no pesara más que un niño pequeño y literalmente la arrastró por la vivienda. Por encima de sus propios gritos de terror oyó los chillidos de Abiru y las voces de su padre y de los chicos maldiciendo y vociferando, entre los sollozos de Shion.

En el patio había un semicírculo de luces brillantes y penetrantes, Hinata tuvo una impresión borrosa de un montón de gente que se movía adelante y atrás. El hombre que la sujetaba a ella abrió de una patada la puerta de rejilla y la empujó al exterior. Tropezó en los desvencijados escalones y fue a caer de bruces en el suelo, con el camisón subido hasta los muslos.

Las piedras y la gravilla le desgarraron la piel de palmas y rodillas y le hicieron una raspadura en la frente.

—Ven aquí —dijo alguien—. Trae al niño.

Abiru fue depositado sin ningún miramiento junto a Hinata, chillando histérico y con sus redondos ojos fijos y aterrorizados. Hinata consiguió adoptar la posición de sentada, se cubrió las piernas con el camisón y refugió a Abiru en sus brazos.

Empezaron a volar cosas por el aire, que se estrellaban y caían a su alrededor. Vio a Fugaku agarrado al marco de la puerta mientras dos hombres de uniforme marrón lo sacaban a rastras de la casa. Agentes, pensó Hinata con una sensación de vértigo. ¿Qué estaban haciendo allí? A no ser que hubieran pillado a papá o a los chicos robando algo.

Mientras contemplaba la escena, uno de los agentes propinó un golpe a Fugaku en los dedos con su linterna. Fugaku lanzó un alarido y soltó el marco de la puerta, y los hombres lo llevaron hasta el patio.

Una silla salió volando por la puerta, y Hinata la esquivó echándose hacia un lado. Fue a dar contra el suelo justo donde estaba ella antes y estalló hecha pedazos. Medio reptando, con Abiru agarrado de su cuello y entorpeciendo sus movimientos, luchó por buscar refugio en la vieja camioneta de su padre, donde se acurrucó contra el neumático delantero.

Contempló aturdida aquella escena de pesadilla, intentando encontrarle algún sentido. Por las ventanas salían cosas de todo tipo, prendas de vestir, platos y cacerolas. Los platos eran de plástico y armaban un ruido tremendo al aterrizar. Alguien vació un cajón lleno de cubertería por una ventana, y su contenido de acero inoxidable barato relumbró bajo los faros de los coches patrulla.

—Vacíenla del todo —oyó que rugía una voz grave—. No quiero que quede nada dentro.

¡Naruto! Se quedó petrificada al reconocer aquella amada voz, de cuclillas en el suelo estrechando a Abiru contra sí en un gesto protector. Lo descubrió casi de inmediato, con su figura alta y poderosa, de pie y cruzado de brazos, al lado del sheriff.

—¡No tienes derecho a hacernos esto! —se desgañitaba Fugaku, intentando agarrar a Naruto del brazo. Éste se lo quitó de encima sin más esfuerzo que si se tratara de un perrito molesto—. ¡No puedes dejarnos tirados en plena noche! ¿Qué va a ser de mis hijos, de mi pobre hijo retrasado? ¿Es que no tienes sentimientos, para tratar así a un niño pequeño y desvalido?

—Te dije que los quería fuera de aquí antes de que se hiciera de noche, y lo dije en serio —replicó Naruto—. Recojan lo que quieran llevarse, porque dentro de media hora voy a prender fuego a lo que quede.

—¡Mi ropa! —exclamó Shion saltando del lugar donde se había puesto a salvo, entre dos coches.

Empezó a recorrer frenética todos los enseres desparramados, cogiendo prendas y desechándolas de nuevo al comprobar que pertenecían a otra persona. Las que eran suyas se las echaba al hombro.

Hinata se incorporó con dificultad llevando a Abiru todavía aferrado a ella, con una fuerza nacida de la desesperación. Las posesiones de la familia probablemente no serían sino basura para Naruto, pero era todo cuanto tenían.

Consiguió aflojar las manos de Abiru lo suficiente para agacharse a recoger unas cuantas prendas enmarañadas, las cuales volcó en la parte trasera de la camioneta de Fugaku. No sabía qué pertenecía a quién, pero no importaba; tenía que salvar todo lo que pudiera.

Abiru seguía pegado a ella como una lapa, decidido a no soltarse. Con aquel estorbo, Hinata, agarró a Fugaku del brazo y lo sacudió.

_¡No te quedes ahí! —chilló con urgencia—. ¡Ayúdame a meter nuestras cosas en la camioneta!

Él reaccionó apartándola de un empujón que la lanzó por el suelo.

—¡No me digas lo que tengo que hacer, estúpida hija de puta!

Hinata volvió a incorporarse de un salto, sin notar siquiera las nuevas magulladuras y los arañazos, anestesiada por la urgencia. Los chicos, todavía más borrachos que Fugaku, se movían sin rumbo fijo dando tumbos y soltando juramentos. Los agentes habían terminado de vaciar la choza y permanecían de pie, contemplando el espectáculo.

—Shion, ayúdame! —Hinata agarró a su hermana cuando ésta pasaba furiosa a su lado, llorando porque no encontraba su ropa—. Coge todo lo que puedas, lo más rápido que puedas. Ya lo ordenaremos después. Recoge toda la ropa, y así sabrás que la tuya está también ahí dentro.

—Fue el único argumento que se le ocurrió para lograr la colaboración de Shion.

Las dos muchachas comenzaron a moverse a toda prisa por el patio, recogiendo todos los objetos con que se topaban. Hinata trabajó más que nunca en su vida, doblando su esbelto cuerpo una y otra vez de un lado para otro, tan deprisa que Abiru no podía seguirla. Iba detrás de ella sollozando amargamente, y se agarraba a sus faldas con sus manitas regordetas cada vez que la tenía a su alcance. Hinata sentía la mente entumecida.

No se permitió a sí misma pensar, no podía pensar. Se movía de manera automática, e incluso no se dio cuenta de que se había hecho un corte en la mano con un recipiente roto. Pero uno de los agentes sí lo advirtió, y le dijo en tono hosco:

—Eh, muchacha, estás sangrando —y le envolvió la mano en su pañuelo. Ella le dio las gracias sin saber lo que decía.

Era demasiado inocente y estaba demasiado aturdida para darse cuenta de que los faros de los coches atravesaban la delgada tela de su camisón revelando la silueta de su cuerpo juvenil, sus esbeltos muslos y sus senos altos y gráciles. Ella se agachaba y se levantaba, mostrando una parte diferente de su cuerpo con cada cambio de postura, tensando la tela del camisón sobre el pecho y revelando la suave protuberancia del pezón, la vez siguiente resaltando la curva redondeada de una nalga.

Sólo tenía catorce años, pero bajo aquella luz dura y artificial, con su larga y gruesa cabellera flotando sobre los hombros semejante a una llama oscura y entre las sombras que destacaban el ángulo de sus altos pómulos y oscurecían sus ojos, no se apreciaba su edad.

Lo que se apreciaba era su extraordinario parecido con Hanna Uchiha, una mujer que no tenía más que cruzar una habitación para provocar mayor o menor grado de excitación en la mayoría de los hombres presentes. La sensualidad de Hanna era seductora y vibrante, un auténtico faro para los instintos masculinos. Cuando los hombres miraban a Hinata, no era a ella a quien veían, sino a su madre.

Naruto permanecía silencioso, observando lo que ocurría. Aún sentía rabia, una rabia fría y voraz, concentrada. Lo invadía una sensación de asco al ver a los Uchiha, padre e hijos, deambulando de un lado para otro, maldiciendo y profiriendo salvajes amenazas. Pero estando allí el sheriff y sus ayudantes, no harían otra cosa que cerrar el pico, de modo que Naruto no les hizo caso.

Fugaku se había librado por los pelos cuando empujó al suelo a su hija pequeña; Naruto cerró con fuerza los puños, pero al ver que la muchacha se levantaba, aparentemente sin haber sufrido daño alguno, decidió contenerse.

Las dos muchachas corrían de un lado para otro, intentando sin descanso recoger los objetos más necesarios. Los chicos desahogaban en ellas sus estúpidas y crueles frustraciones, arrancándoles las cosas de las manos y tirándolas al suelo, y proclamando en voz alta que ningún hijo de puta iba a echarlos de su casa y que no perdieran el tiempo cogiendo cosas porque no se iban a marchar a ninguna parte, maldita fuera. La hermana mayor, Shion, les rogaba que las ayudasen, pero sus bravatas de borracho ahogaban todo esfuerzo que ella pudiera hacer.

La hermana pequeña no desperdiciaba el tiempo tratando de razonar con ellos, sino que se limitaba a moverse en silencio e intentaba poner orden en el caos pese a que el niño se aferraba a ella constantemente. A pesar de sí mismo, Naruto cayó en la cuenta de que su mirada la buscaba continuamente y de que se sentía fascinado de manera involuntaria por el contorno grácil y femenino de su cuerpo bajo aquel camisón casi transparente. El propio silencio de la joven llamaba la atención, y cuando Naruto lanzó una mirada a su alrededor, descubrió que la mayoría de los agentes también la estaban observando.

Había en ella una extraña madurez, y un juego de las luces le causó la extraña sensación de estar viendo a Hanna en vez de a su hija. Aquella puta le había arrebatado a su padre, lo cual había hecho que su madre se retrajera mentalmente y casi le había costado la vida a su hermana, y allí la tenía de nuevo, tentando a los hombres encarnada en su hija.

Shion era más voluptuosa, pero también era ruidosa y barata. La larga cabellera negra azulada de Hinata se mecía sobre el brillo perlado de sus hombros desnudos bajo los tirantes del camisón.

Parecía mayor de lo que era, y también un tanto irreal, una encarnación de su madre moviéndose en silencio a través de la noche, una danza carnal a cada movimiento.

Sin quererlo, Naruto notó que su verga vibraba y se engrosaba, y sintió asco de sí mismo. Miró a los agentes que lo rodeaban y vio la misma reacción reflejada en sus ojos, un deseo animal que debería avergonzarlos, por ir dirigido a una muchacha tan joven.

Dios, él no era mejor que su padre. No hacía falta más que darle a oler una mujer de la familia de los Uchiha, y se ponía como un potro salvaje en celo, duro y dispuesto. Karin había estado a punto de morir por causa de Hanna Uchiha, y allí estaba él, contemplando a la hija de Hanna con la polla temblando dentro de los pantalones.

La joven avanzó hacia él llevando un fardo de ropa. No, no venía hacia él, sino hacia la camioneta que estaba a sus espaldas. Sus ojos perlas se posaron en él por espacio de un instante con una expresión sombría y misteriosa.

Se le aceleró el pulso, y aquella visión hizo trizas el tenue control de su temperamento. Los acontecimientos de aquel día se acumularon en su cabeza y atacó con una fiereza devastadora, deseando que los Uchiha sufrieran tanto como había sufrido él.

—Eres basura —dijo con voz dura y profunda cuando la muchacha estuvo a su altura. Ella se detuvo, petrificada en el sitio, con el pequeño aún aferrado a sus piernas. No miró a Naruto, sólo mantuvo la vista fija al frente, y el contorno nítido y puro de su rostro lo puso todavía más furioso—. Toda tu familia es una basura. Tu madre es una puta y tu padre un borracho de mierda. Lárguense de esta ciudad y no se atrevan a volver nunca.


Continuará...