Secretos de una Noche
Mi Hogar
Hinata se tumbó en la cama y contempló fijamente el techo, tratando de ordenar los hechos. Jiraiya no habría abandonado su casa, su familia y su fortuna sin tener una razón. Todo el mundo pensó que Hanna era una razón, pero Hinata sabía que no.
Y aunque simplemente se hubiera hartado de su matrimonio, ¿por qué no pidió el divorcio? Los Namikaze eran católicos, pero el divorcio no constituía un problema a menos que quisiera volver a casarse. Pero es que nunca dio la impresión de no ser feliz; ¿por qué no habría de serlo? Su mundo era tal como él lo quería. A Hinata no se le ocurría ninguna razón por la cual irse de forma tan brusca, sin decir palabra, y no ponerse jamás en contacto con su familia.
A no ser que estuviera muerto.
Aquella posibilidad —no, más bien probabilidad— resultaba pasmosa. Hinata experimentó una sensación casi de malestar mientras iba sopesando y descartando situaciones posibles. A lo mejor Jiraiya se había ido para estar fuera sólo un par de días y de pronto se puso enfermo, y quizá tuvo un accidente; pero si cualquiera de aquellas posibilidades se hubiera dado, lo habrían encontrado e identificado, se habría comunicado el hecho a su familia. Pero eso no había ocurrido. Jiraiya Namikaze había desaparecido la misma noche en que huyó su madre.
Cielo santo, ¿lo habría matado Hanna? Hinata se incorporó en la cama y se pasó las manos por el pelo, aturdida. No podía descartar aquella idea, aun cuando no se imaginaba a su madre haciendo algo semejante. Hanna tenía la moral de un gato callejero, pero no era, no había sido nunca, una persona violenta.
¿Fugaku, entonces? Eso le parecía más plausible. Si creía que podía salir bien parado, Fugaku era capaz de cualquier cosa. Pero recordaba muy bien aquella noche; Fugaku había llegado a casa tambaleándose alrededor de las nueve, y enseguida se había derrumbado y puesto a maldecir porque Hanna no estaba allí. Poco después llegaron Rai y Shisui, también borrachos.
¿Podría ser que alguno de los dos hubiera matado a Jiraiya, o tal vez los dos juntos? Pero nada parecía fuera de lo ordinario, y Hinata habría jurado que ellos se sorprendieron tanto como ella de que Hanna no hubiese vuelto a casa. Más que eso, simplemente no les importaba lo más mínimo que su madre se acostara con Jiraiya; y ya puestos, tampoco le importaba a Fugaku.
¿Quién más podía ser? Quizá la señora Namikaze. A lo mejor Mito había matado a su marido porque estaba cansada de sus infidelidades, aunque según todas las noticias le era infiel desde el comienzo de su matrimonio y a ella no pareció importarle nunca, incluso se sentía agradecida. Su lío con Hanna duró años; ¿por qué iba a oponerse a él de repente? No, Hinata dudaba que Mito se preocupara siquiera de regañarlo, y mucho menos de complicarse la vida con un asesinato.
Sólo quedaba una persona: Naruto.
Hizo un esfuerzo por rechazar aquella idea. No podía haber sido Naruto. Se acordaba de la expresión de su cara al entrar en la choza aquella mañana y cuando regresó aquella aciaga noche. Se acordaba de su furia, de su odio implacable. Naruto creía que su padre se había fugado con Hanna, y estaba furibundo.
Pero Naruto era quien más tenía que ganar con la muerte de su padre. Al desaparecer Jiraiya, él había tomado las riendas de la fortuna de los Namikaze y se había hecho todavía más rico, según lo que había comentado la bibliotecaria. Desde que nació había sido preparado para ocupar algún día el puesto de su padre. ¿Se habría cansado de esperar, y habría quitado a Jiraiya de en medio?
Los pensamientos corrían por su mente igual que una ardilla encerrada en una jaula que se golpeara contra los barrotes. En aquel momento la puerta de la habitación tableteó a causa de una serie de golpes fuertes que hicieron sobresaltarse a Hinata, sorprendida pero no alarmada. ¿Por qué iba a llamar nadie a su habitación? Nadie sabía dónde estaba, de modo que no podía ser un mensaje de la oficina. Se levantó y fue hasta la puerta, pero no la abrió. Reparó en que tampoco había mirilla.
—¿Quién es?
—Naruto Namikaze.
El corazón casi dejó de latirle. Habían transcurrido doce años desde que oyó por última vez aquella voz grave, profunda, pero sintió que le fallaban las fuerzas al oírla de nuevo, la emoción mezclada con el miedo. Él la había herido más gravemente que ninguna otra persona en su vida, pero todavía tenía el poder de electrizar cada célula de su cuerpo con nada más que su voz.
El solo hecho de oírlo otra vez la hizo sentirse como la niña que era a los catorce años, temblorosa y agitada por su proximidad. Y siempre, siempre, estaba aquel desagradable contrapeso que tiraba de ella en la dirección contraria: el vivo recuerdo de Naruto diciendo: «Eres basura». jamás había conseguido encontrar el equilibrio en lo que a Naruto se refería, jamás había conseguido olvidarlo, mezcla de sueño y pesadilla.
Lo oportuno de su llegada le puso la carne de gallina. ¿Lo habría convocado ella con sus pensamientos? Llevaba allí de pie tanto tiempo que la puerta tableteó de nuevo bajo el impacto del puño de Naruto.
—Abre. —En su tono se percibía la férrea autoridad de alguien que esperaba ser obedecido de inmediato, y que tenía la intención de encargarse de que así fuera.
Con cautela, Hinata soltó la cadena de la puerta y abrió. Alzó la vista hacia el hombre al que no había visto en una docena de años. No importó; no importaba cuánto tiempo hubiera pasado, ella lo habría reconocido de todas formas. Él permaneció en el pasillo, sin dignarse a entrar, y el impacto de su presencia física dejó a Hinata sin aliento.
Era más grande de lo que recordaba, pero es que un metro ochenta siempre parecía ser más cuando uno tiene que levantar la vista. Seguía teniendo delgadas la cintura y las caderas, pero se había ensanchado de pecho y hombros, había adquirido la dura solidez de un hombre adulto. Y era sin ningún género de dudas un hombre, hacía mucho que había perdido todo rasgo juvenil.
Su rostro era más magro, más fuerte, más duro, con surcos que enmarcaban su boca y arrugas de madurez en los ojos. Estaba contemplando la cara de un pirata, y comprendió por qué Ayame DuBois temblaba ante la sola mención de su nombre. Su cabello rubio, que él llevaba retirado de la cara y sujeto en la nuca, era ahora más largo. En el lóbulo de su oreja izquierda brillaba un minúsculo diamante.
Cuando tenía veintidós años era impresionante; a los treinta y cuatro era peligroso, un pirata de carácter y de aspecto. El hecho de mirarlo le provocó calor y temblor a un tiempo, el corazón de repente empezó a latirle con tal fuerza que se preguntó si él llegaría a oírlo. Reconocía los síntomas, y odió encontrarse en aquel estado. Dios, ¿es que estaba condenada a pasarse la vida entera desfalleciendo al ver u oír a Naruto Namikaze? ¿Por qué no podía superar aquel residuo de reacción infantil?
Por encima de la fina línea de la nariz, los pecaminosos ojos azules de Naruto seguían siendo fríos e implacables.
El sensual contorno de su boca se curvó al bajar la vista para mirarla a ella.
—Hinata Uchiha —dijo—. Ebisu tenía razón; eres exacta a tu madre.
Pero si él había cambiado, ella también. Hinata había adquirido seguridad en sí misma a base de esfuerzo. Le obsequió una sonrisa fría y ligera y respondió:—Gracias.
—No es un cumplido. No sé por qué estás aquí, y no importa. Este motel es propiedad mía, y tú no eres bienvenida, de modo que tienes media hora para recoger tus cosas y marcharte. —Esbozó una sonrisa lobuna que en realidad no era una sonrisa—. ¿O tengo que llamar al sheriff de nuevo para librarme de ti?
El recuerdo de aquella noche flotó entre ambos, con tal fuerza que casi era tangible. Por un instante Hinata vio otra vez los faros, experimentó la confusión y el terror de entonces, pero se negó a permitir que él le provocara el pánico.
En vez de eso, se encogió de hombros con gesto elegante, le dio la espalda y fue hasta la zona del cuarto de baño, donde recogió eficientemente sus artículos de tocador, los metió en su bolso de viaje y descolgó la única muda de ropa de la percha. Plenamente consciente de aquellos ojos que le taladraban la espalda, dobló la ropa sobre el brazo, se deslizó en sus zapatos, cogió su bolso y pasó presurosa al lado de Naruto sin alterar en ningún momento la expresión serena de su rostro.
Cuando arrancó el coche y se alejó del motel, rumbo a Nueva Suna, Naruto aún seguía de pie junto a la puerta de la habitación, mirándola fijamente.
¡Hinata Uchiha! ¿Qué tal eso como una ráfaga procedente del pasado? Naruto se quedó mirando las luces traseras del coche hasta que se perdieron de vista. Cuando Ebisu lo llamó para decirle que acababa de llegar al motel una mujer que era la viva imagen de Hanna Uchiha y que se había registrado con el nombre de Hinata U. Inuzuka, no le cupo ninguna duda acerca de su identidad.
¡Así que un miembro de la progenie de los Uchiha por fin había tenido el valor de regresar a Konoha! No le sorprendió que fuera Hinata; ella siempre había tenido más agallas que el resto de su familia junto. Lo cual no significaba que él fuera a dejarla quedarse.
Se volvió hacia la habitación iluminada que ella había abandonado con tan pocos aspavientos. Sin ningún aspaviento, maldita fuera. Si quería una pelea, ella desde luego no le dio el capricho. Ni siquiera había pedido que le devolvieran el dinero a su tarjeta de crédito. Sin pestañear siquiera, había recogido sus cosas y se había ido. No había tardado ni un minuto; diablos, ni treinta segundos.
Se había ido, y a excepción de la colcha arrugada de la cama, la habitación estaba tan inmaculada como si jamás hubiera estado allí, pero su presencia aún persistía en el ambiente. Era un aroma dulce, ligeramente almizclado, que flotaba en el aire y que anulaba el olor a rancio que era endémico de todas las habitaciones de motel.
Naruto sintió cómo se le aceleraba la sangre en una reacción instintiva. Era el olor a mujer, universal en ciertos aspectos, exclusivo de ella en otros. Se adentró un poco más en la habitación, atraído por aquel esquivo aroma, agitando las aletas de la nariz igual que un semental.
Hinata Uchiha. El solo hecho de oír aquel nombre le había traído de nuevo a la memoria aquella noche, y había vuelto a verla, grácil y silenciosa, con aquella cabellera de color medianoche y aquel cuerpo esbelto cuya silueta se recortaba tras la fina tela del camisón, arrojando un sensual hechizo sobre los agentes y sobre él mismo. En aquella época no era más que una niña, por el amor de Dios, pero ya entonces poseía el aura de sensualidad de su madre.
Cuando ella abrió la puerta de la habitación y él la vio de nuevo, se quedó estupefacto. Se parecía tanto a Hanna que sintió deseos de estrangularla, pero al mismo tiempo resultaba imposible confundirla con su madre. Hinata era un poco más alta, más voluptuosa, se había rellenado muy bien en los doce años que habían transcurrido desde la última vez que la vio. Su color era el mismo que el de Hanna: la melena negra azulada, ella la llevaba corta, los ojos semicerrados, ojos perlas grises, la piel traslúcida.
Pero lo que lo había puesto furioso era aquella sensualidad carente de todo esfuerzo y la reacción involuntaria que había sufrido él. No era nada que ella hubiera dicho o hecho, ni siquiera lo que llevaba puesto, que era un elegante traje de chaqueta. ¡Una Uchiha vistiendo de traje, por Dios! No, se trataba de algo intrínseco de su ser, algo que también poseía Hanna.
La hija mayor —no recordaba su nombre— no tenía aquel potente atractivo; era fácil y barata, no sexy. Hinata era sexy. No tan descaradamente como Hanna, pero con la misma intensidad. Al clavar la mirada en aquellos ojos de luna pensó en la cama que había detrás, pensó en sábanas revueltas y piel ardiente, en tenerla desnuda debajo de él y sentir cómo sus muslos le envolvían las caderas mientras él encontraba la blanda abertura que había entre sus piernas y empujaba al interior...
Naruto rompió a sudar y soltó un juramento en voz alta en medio de la habitación vacía.
¡Maldición, no era mejor que su padre! Sólo un fugaz olor y estaba dispuesto a olvidarse de todo en su afán por follarse a una mujer de los Uchiha. No, no a todas las mujeres de los Uchiha, corrigió mentalmente. Por lo menos de eso tenía que dar gracias a Dios. Había visto el poderoso atractivo de Hanna, pero le pareció resistible, y la idea de compartir una mujer con su padre le resultaba repugnante. La hija mayor no tenía nada que resultase atrayente a sus ojos. Sin embargo, Hinata... Si fuera cualquier otra cosa excepto una Uchiha, no descansaría hasta tenerla en la cama.
Pero era una Uchiha, y la sola mención de aquel apellido lo ponía furioso. Su familia había quedado destrozada por culpa de Hanna, y jamás podría olvidarlo. Olvidarlo era imposible, teniendo que vivir todos los días con las consecuencias de la deserción de Jiraiya. Su madre se había retraído hasta convertirse en una sombra de lo que había sido.
Se había pasado más de dos años sin salir de su habitación, e incluso ahora se negaba a aventurarse fuera de la casa excepto para acudir al médico en Nueva Suna en las raras ocasiones en las que se ponía enferma. Naruto había perdido a su padre, y a todos los efectos también a su madre.
Mito era un espectro de mujer triste y silencioso, que se pasaba la mayor parte del tiempo en su habitación. Tan sólo Orochimaru Akatsuki conseguía convencerla a base de mimos para que sonriera un poco y aportaba una pizca de vida a sus ojos. Algún tiempo atrás, Naruto se había dado cuenta de que Orochimaru se había enamorado de su madre, pero era una causa perdida.
Mito no sólo era ajena a aquella devoción, sino que no habría hecho nada al respecto, aunque fuera consciente. Estaba casada con Jiraiya Namikaze, y no había más que decir. El divorcio era algo impensable. A veces Naruto se preguntaba si Mito seguiría aferrada a la esperanza de que Jiraiya regresara. Él mismo había aceptado hacía tiempo que jamás volvería a ver a su padre. Si Jiraiya hubiera tenido intención de volver, no habría enviado el poder escrito que recibió Naruto dos días después de su desaparición.
Había sido sellado en la oficina de correos de Nueva Suna el día en que se fue; la carta estaba redactada de forma lacónica y precisa, sin ninguna indicación personal. Ni siquiera la había firmado con un «Te quiere, papá», sino que se había limitado a un formal «Atentamente, Jiraiya Namikaze».
Al leer aquello, Naruto supo que su padre se había ido para siempre, y se le llenaron los ojos de lágrimas por primera y única vez.
No sabía qué habría hecho sin Orochimaru en aquellos primeros meses de desesperación en los que luchó denodadamente por dar solidez a su posición con los accionistas y diversas juntas directivas.
Orochimaru lo había guiado por entre los escollos, peleó a su lado por ganar cualquier ventaja, hizo todo lo que pudo para ayudarlo con Mito y Karin. Orochimaru también había sufrido por la pérdida de su mejor amigo. Jiraiya y él habían crecido juntos, eran casi como hermanos. Se quedó perplejo al ver que Jiraiya realmente había dado la espalda a su familia por Hanna Uchiha y se había marchado sin siquiera despedirse.
En algunos aspectos, Karin era ahora más fuerte que antes. No estaba tan necesitada emocionalmente, no dependía tanto de los demás. Había pedido perdón a Naruto por su intento de suicidio y le había asegurado que jamás volvería a hacer nada tan estúpido. Pero aunque estaba más fuerte, también estaba más distanciada, como si aquel paroxismo de dolor y aflicción hubiera consumido su exceso de emotividad y la hubiera dejado tranquila pero también distante.
Había cobrado interés por el trabajo de su hermano y gradualmente se fue convirtiendo en una excelente ayudante, en quien uno se podía apoyar con plena confianza en su criterio y su capacidad, pero era casi tan solitaria como Mito. Karin sí que salía; era muy particular acerca de su aspecto físico, por lo que acudía regularmente a la peluquería y hacía un esfuerzo por vestir bien. Sin embargo, hacía años que no salía con ningún hombre.
Al principio, Naruto pensaba que se sentía avergonzada por su intento de suicidio y que iría relajándose a medida que desaparecieran las cicatrices. Pero no había sido así, y con el tiempo comprendió que no era la vergüenza lo que la recluía en casa.
Simplemente no la interesaba relacionarse con nadie. Lo hacía si se lo exigía el trabajo, pero en un nivel personal declinaba todas las invitaciones y rechazaba de plano las sugerencias que le planteaba Naruto para que regresara a la escena social. Lo único que él podía hacer para aumentar su seguridad era demostrarle lo mucho que confiaba en ella para el trabajo y pagarle un buen sueldo para que tuviera una prueba tangible de lo que valía, además de una sensación de independencia.
Sin embargo, el año anterior, el nuevo sheriff Suigetsu Hõzuki había conseguido convencerla de que saliera con él. Desde entonces, Karin lo veía con cierta regularidad. Naruto se sintió tan aliviado que le entraron ganas de llorar. Quizá, sólo quizá, su hermana tuviera la oportunidad de llevar una vida normal, después de todo.
No, jamás olvidaría lo que los Uchiha le habían hecho a su familia. Y con suerte, jamás volvería a ver a Hinata Uchiha.
Gracias. Aquélla había sido la única palabra que había pronunciado Hinata, aparte de preguntar quién llamaba a la puerta. Se había mostrado tranquila y enigmática, lo observó con ligera diversión, con un aplomo que no disminuyó ante la amenaza de él. Aunque no había sido una amenaza, sino una promesa. Si no se hubiera ido sola, la habría acompañado por segunda vez fuera de la ciudad, y habría tenido que llamar al sheriff, porque si la tocaba él mismo perdería el control, y lo sabía.
Ahora era una mujer, no la niña que él recordaba. Siempre había sido distinta del resto de los Uchiha, una criatura vidente del bosque que había crecido hasta convertirse en una tentación tan grande como su madre. Era obvio que algún pobre idiota lo había creído así, porque el hecho de que su apellido fuera ahora Inuzuka significaba que se había casado, pese a que no llevaba alianza.
Se había fijado en sus manos, esbeltas, elegantes, bien cuidadas, y le hizo cierta gracia que no llevase un anillo de boda. Hanna tampoco lo llevaba; le cortaba los vuelos. Estaba claro que su hija se sentía igual, por lo menos cuando viajaba sin el desconocido señor Inuzuka.
Parecía disfrutar de prosperidad; o sea que, como los gatos, había caído de pie. No se sorprendió. Las mujeres de los Uchiha siempre habían tenido un talento especial para encontrar a alguien que las mantuviese. Su marido debía de ser uno de los buenos, pobre tonto. Le habría gustado saber con qué frecuencia dejaba a su marido en casa mientras ella se iba de correrías.
Y también le habría gustado saber por qué había regresado a Konoha. Allí no tenía nada, ni familia ni amigos. Los Uchiha no habían tenido amigos, sólo víctimas. Tenía que saber que no iba a ser recibida con los brazos abiertos. Probablemente había creído que iba a poder dejarse caer por allí sin que nadie se diera cuenta, pero las gentes del lugar tenían muy buena memoria, y su parecido con su madre era demasiado acentuado. Ebisu la había reconocido en cuanto se quitó las gafas de sol.
Bueno, qué más daba. Por segunda vez había librado a la ciudad de aquella plaga de los Uchiha, y con mucho menos trabajo que doce años antes. Sólo deseó que la muchacha no hubiera venido, que no hubiera reavivado el potente recuerdo de su involuntaria reacción a ella, que no hubiera sustituido la imagen de niña que guardaba de ella por la imagen que tenía ahora de mujer. Deseó no haber oído su voz suave y tranquila decir aquel «gracias».
Hinata condujo a velocidad constante por la carretera oscura sin permitirse parar aunque por dentro iba temblando como si fuera de gelatina. Se negaba a dejar que su reacción la dominase. Años atrás había descubierto de forma muy dura lo que Naruto Namikaze pensaba de ella, y había aprendido a enfrentarse al dolor.
No estaba dispuesta a permitir que volviera a hacerle daño ni a apabullarla. No le había quedado más remedio que marcharse del motel, porque había visto la implacable determinación que mostraban sus ojos y sabía que no estaba bromeando cuando habló de echarla por la fuerza.
¿Por qué habría de reprimirse de hacerlo, cuando no había dudado un momento en echar a toda su familia? No obstante, su serena obediencia no significaba que él hubiera ganado.
La amenaza del sheriff no la asustó. Lo que la asustó y enfadó a la vez fue la intensidad de su propia reacción hacia Naruto. Incluso después de todos aquellos años, después de lo que él le había hecho a su familia, era tan impotente como un perro de Paulov para impedir aquella reacción. Era como para volverse loca. No había reconstruido su vida para dejar ahora que Naruto la redujera a la categoría de basura, de la que uno quiere verse libre lo antes posible.
Hacía mucho que había pasado la época en la que podían intimidarla. La niña silenciosa y vulnerable de antes había muerto en un verano caluroso, doce años atrás. Hinata seguía siendo una persona bastante callada, pero había aprendido a sobrevivir, a utilizar su férrea voluntad y su determinación para obtener lo que quería de la vida.
Incluso había adquirido suficiente seguridad en sí misma para dar rienda suelta a su temperamento de vez en cuando. Si Naruto quería librarse de ella, había cometido un error al forzar la situación. Pronto descubriría que lo que parecía una retirada significaba sólo que estaba recolocando su posición para atacar desde otro ángulo.
No podía permitirle que la pisoteara de nuevo. No era sólo una cuestión de honor; todavía no había averiguado lo que le había sucedido a Jiraiya. No podía olvidarse de ello, no podía dejarlo pasar.
Un plan comenzó a tomar forma en su ágil mente, y una sonrisa curvó sus labios mientras conducía el coche. Antes de que se diera cuenta, Naruto se encontraría superado en táctica. Iba a trasladarse a Konoha, y no había nada en absoluto que él pudiera hacer para impedírselo, porque para cuando se enterase, ella ya estaría cómodamente instalada.
Ya había pasado la hora de hacer frente a todos los viejos fantasmas, de cimentar el respeto por sí misma. Iba a dar prueba de su valía a la ciudad que la había despreciado, y entonces podría olvidarse del pasado. Y también quería demostrarle a Naruto que estaba equivocado acerca de ella desde el principio.
Lo deseaba con tanta intensidad que casi podía ya paladear el sabor dulce de la victoria. Debido a que ella lo había amado tan profundamente desde niña, que él había sido el juez duro e implacable, el ejecutor, por así decirlo, la noche en que los expulsó a todos de la ciudad, había adquirido demasiado importancia en su mente.
Pero no debía ser así, debería haber podido olvidarlo, pero aquéllos eran los hechos; no se consideraría otra cosa que basura hasta que Naruto se viera obligado a admitir que ella era una persona decente, moral y triunfadora. No sólo quería averiguar lo que le había ocurrido a Jiraiya; a lo mejor la cosa había comenzado así, o tal vez se había ocultado la verdad a sí misma, pero ahora tenía ya la certeza.
Quería ir a casa.
Continua
