Secretos de una Noche


Comité de Bienvenida


—Sí, eso es. Quiero que todo se haga en nombre de la agencia. Gracias, señor Suikazan. Sabía que podía contar con usted. —La sonrisa de Hinata se transmitió a través del teléfono como cierta calidez en la voz, algo que el señor Suikazan debió de captar, porque su respuesta la hizo reír en voz alta—. Más vale que tenga cuidado —bromeó—. Recuerde que conozco a su esposa.

Colgó el teléfono y su secretaria, Sakura Haruno, la miró con tristeza.

—¿Esa vieja cabra estaba coqueteando contigo? —preguntó Sakura.

—Naturalmente —dijo Hinata de buen humor—. Siempre lo hace. Lo emociona creerse malvado, pero en realidad es un buenazo.

Sakura soltó un resoplido.

—¿Un buenazo? Fuguki Suikazan tiene la bondad de una serpiente de cascabel. Afrontémoslo, tienes mano con los hombres.

Hinata se abstuvo de soltar un resoplido poco femenino. Si Sakura hubiera visto cómo Naruto la echaba de la ciudad por segunda vez, no pensaría que tenía mano con los hombres.

—Me limito a ser amable con él, eso es todo. No es nada especial. Y no puede ser tan malo como tú dices, de lo contrario no seguiría en el negocio.

—Sigue en el negocio porque ese viejo cabrón es un hombre de negocios muy inteligente — replicó Sakura—. Posee un genio único para oler las mejores propiedades justo antes de que se conviertan en las mejores, y las compra por nada. La gente sólo acude a él porque es el que tiene las tierras que ellos quieren.

Hinata sonrió de oreja a oreja.

—Como has dicho, es un hombre de negocios muy inteligente. Conmigo ha sido siempre de lo más amable.

Sakura podría haberse abstenido de resoplar, pero ella no tenía esas inhibiciones.

—Jamás he visto a un hombre que no haya sido amable contigo. ¿Cuántas veces te han parado por correr demasiado al volante?

—¿En total?

—Bastará con este año pasado.

—Hum... Cuatro veces, creo. Pero eso no es raro; es que este último año he viajado mucho.

—Ya. ¿Y cuántas veces te han puesto una multa?

—Ninguna —admitió Hinata, poniendo los ojos en blanco—. No es más que una coincidencia. Ni una sola vez he intentado salir del apuro negociando.

—No tienes necesidad de hacerlo, y a eso me refiero precisamente. El policía se acerca a tu coche, tú le enseñas el permiso de conducir y dices: «Lo siento, ya sé que iba como una bala», y él termina devolviéndote el carnet y diciéndote que no corras tanto, porque no le gustaría nada ver esa bonita cara destrozada en un accidente.

Hinata rompió a reír, porque Sakura iba con ella en el coche esa vez que la hicieron parar. El agente estatal en cuestión era un fornido caballero de la vieja escuela, con un poblado bigote gris y una forma de hablar arrastrando las palabras.

—Ésa ha sido la única vez que un policía me ha dicho algo de mi «bonita cara», fin de la cita.

—Pero lo pensaban todos. Admítelo. ¿Alguna vez te han puesto una multa por exceso de velocidad?

—Pues no. —Controló las ganas de reír. A Sakura le habían puesto dos multas en los seis últimos meses, y ahora tenía que cumplir estrictamente con la velocidad permitida, con gran resentimiento, porque si le ponían una tercera multa le retirarían temporalmente el permiso de conducir.

—Puedes apostar a que ninguno de los policías que me pararon a mí me aconsejó que corriera menos para que no me destrozase esta «bonita cara» —masculló Sakura—. No, señor, todos fueron de lo más formales. «Enséñeme el permiso de conducir, señora. Iba usted a sesenta y cinco millas por hora en una zona cuyo máximo es de cincuenta y cinco, señora. La fecha para presentar alegaciones será tal y tal, o bien puede enviar por correo el importe de la multa antes de tal y tal fecha y renunciar a su derecho de impugnar la denuncia.»

Parecía tan disgustada que Hinata tuvo que desviar el rostro para evitar reírse delante de sus narices. A Sakura no le parecía que sus dos multas tuvieran nada de gracioso.

—Jamás en la vida me habían puesto una multa —prosiguió Sakura, con el ceño fruncido. Hinata ya lo había oído muchas veces, de modo que casi era capaz de repetir lo mismo que iba diciendo su amiga—. Llevo media vida conduciendo sin que me hayan puesto nunca ni una multa de aparcamiento, y mira tú por dónde de repente todo empieza a salirme mal.

—Lo dices como si tuvieras multas para empapelar la pared.

—No te rías. Dos multas son algo bastante serio, y tres son una catástrofe. Voy a pasarme dos años renqueando a cincuenta y cinco millas por hora. ¿Sabes cómo destroza eso los planes de cualquiera? Tengo que levantarme antes y salir antes, vaya a donde vaya, ¡porque tardo muchísimo en llegar! — Parecía tan afectada que Hinata dejó de contenerse y empezó a soltar una risita.

Sakura era un encanto. Tenía veintiocho años, estaba divorciada y no tenía en absoluto la intención de seguir estándolo. Hinata no sabía lo que habría hecho sin ella. Cuando por fin reunió dinero suficiente para comprar la agencia, sabía llevar la parte del negocio que tenía que ver con los clientes, pero a pesar de su título en administración de empresas, había una diferencia enorme entre los libros de texto y la vida real.

Sakura había trabajado para I. Umino, el antiguo dueño de Umino Travel, y tuvo mucho gusto en realizar las mismas tareas para Hinata. Su experiencia había sido de un valor incalculable; había evitado que Hinata cometiera errores graves en cuestiones financieras.

Más que eso, Sakura se había convertido en una amiga. Era una mujer alta y delgada, con cabello rosa, y vestía de modo espectacular. No se andaba con rodeos al admitir que buscaba un marido nuevo —«Los hombres son un problema, querida, pero tienen algún que otro punto bueno, uno grande en particular»— y era tan afable al respecto que no tenía dificultades para conseguir citas. Su vida social habría dejado exhausta a la debutante más fuerte.

Que ella dijera que Hinata tenía mano con los hombres, cuando ésta rara vez salía con alguien y ella misma rara vez estaba en casa, era un tanto exagerado, en la opinión de Hinata.

—No te rías —la amonestó Sakura—. Uno de estos días te parará una mujer policía, y ahí se acabará tu suerte.

—Eso es precisamente, suerte.

—Claro. —Sakura abandonó el tema y la miró con curiosidad—. Y bien, ¿Qué es todo eso de una casa en la ciudad olvidada de Dios?

—Konoha —Le dijo Hinata con una sonrisa—. Es una pequeña ciudad que hay al norte de Nueva Suna, casi junto a la frontera.

Sakura resopló de nuevo.

—Lo que yo he dicho, olvidada de Dios.

—Es mi hogar. Nací allí.

—No me digas. ¿Y lo reconoces así, en voz alta? —preguntó Sakura con toda la incredulidad de una nativa de la gran capital.

—Me vuelvo a mi casa —dijo Hinata con suavidad—. Quiero vivir allí.

No era un paso que fuese a dar a la ligera; iba a regresar siendo plenamente consciente de que los Namikaze harían todo lo que pudieran para causarle problemas. Estaba situándose deliberadamente una vez más en la proximidad de Naruto, y el peligro que ello suponía no la dejaba dormir por las noches. Además de intentar descubrir lo que le había sucedido a su padre, tenía muchos fantasmas a los que enfrentarse, y Naruto era el mayor de todos.

Él la había atormentado, de una manera o de otra, durante la mayor parte de su vida, y aún estaba atrapada en un insuperable, infantil torbellino de emociones en lo que a él se refería. En su mente Naruto era omnipotente, más grande que la vida misma, con poder para destruirla o exaltarla, y el último encuentro que había tenido con él no había hecho nada para diluir aquella impresión. Necesitaba verlo como un hombre normal, tratarlo en pie de igualdad como una adulta en vez de una niña vulnerable y aterrorizada.

No quería que tuviera aquel poder sobre ella; quería vencerlo de una vez por todas.

—Ha sido por ese viaje que has hecho a Nueva Suna, ¿verdad?. Te acercaste mucho y no pudiste soportarlo. —Sakura no sabía lo que había ocurrido doce años antes, no sabía nada de la infancia de Hinata, excepto que había vivido en un hogar de acogida y que quiso mucho a sus padres adoptivos. Hinata jamás le había hablado del pasado de su familia.

—Supongo que es verdad lo que dicen de las raíces.

Sakura se recostó en su silla.

—¿Vas a vender la agencia, o qué?

Hinata, sorprendida, se la quedó mirando.

—¡Por supuesto que no!

El semblante de Sakura se relajó súbitamente, y de pronto Hinata comprendió lo alarmante que podía resultar aquella decisión para sus empleados.

—Todo va a seguir exactamente igual que antes, con dos pequeñas excepciones.

—¿Cómo de pequeñas? —preguntó Sakura, suspicaz.

—Bueno, para empezar, yo me voy a vivir a Konoha. Cuando el señor Suikazan me encuentre una casa, instalaré allí un teléfono, un ordenador y una fotocopiadora para estar en contacto contigo, aunque sea electrónico, tal como estoy ahora.

—De acuerdo, ésa es una. ¿Cuál es la otra?

—Que tú serás la encargada de todas las sucursales. Una directora de distrito, podríamos llamarlo, excepto que hay un solo distrito y tú eres la única directora. No te importará viajar, ¿no?—preguntó Hinata, preocupada de pronto. Se había olvidado de tomar aquel detalle en cuenta al hacer los planes.

Sakura enarcó las cejas en un gesto de incredulidad.

—¿Importarme a mí? Querida, ¿estás mal de la cabeza? ¡Me encanta viajar! Se podría decir que amplía mi coto de caza, y Dios sabe que a los tipos mejores de por aquí ya les he dado oportunidades suficientes para que tengan una vida llena de emociones. Además, nunca supone un trabajo ir a Nueva Suna.

—Y a la capital, y a Sunagakure.

—En la capital hay empresarios, en Nueva Suna franceses... Mmmm —dijo Sakura, pasándose la lengua por los labios—. Tendré que volver a Sunagakure a descansar.

Su plan fue encajando sin tropiezos, pero porque Hinata se tomó muchas molestias para que así fuera. Obtuvo gran satisfacción de sus esfuerzos; a los catorce años se encontraba desvalida, pero ahora poseía recursos propios, y cuatro años en el mundo de los negocios le habían proporcionado un montón de contactos.

Con la ayuda del señor Suikazan, rápidamente encontró y se decidió por una casa pequeña que estaba en venta. No se hallaba en Konoha, sino que estaba situada a unos tres kilómetros de la ciudad, al borde de la finca de los Namikaze.

El hecho de comprarla supuso un buen mordisco para sus ahorros, pero la pagó al contado para que Naruto no pudiera tirar de ningún hilo en el caso de una hipoteca y causarle problemas. Ahora sabía lo bastante para prever los pasos que él podría dar para dificultarle las cosas, y sabía cómo contrarrestarlos. Le proporcionaba gran placer saber que estaba superándolo en táctica y que él no se enteraría de nada hasta que fuera demasiado tarde para detenerla.

Muy silenciosamente, manejándolo todo por medio de la agencia para que su nombre no apareciera en ninguna parte y no pudiera provocar la alerta, mandó que conectasen los servicios, que limpiasen la casa, y seguidamente, con sumo placer, trasladó sus muebles a su nuevo hogar.

Sólo un mes después de que Naruto la expulsara de la ciudad por segunda vez, Hinata penetró con su coche en el camino de entrada de su nueva casa y la contempló con extrema satisfacción.

No había sido una compra a ciegas. El señor Suikazan le envió fotos de la casa, tanto del interior como del exterior. La vivienda era pequeña, sólo tenía cinco ambientes y había sido construida en los años cincuenta, pero había sido remodelada y modernizada con vistas a venderla.

El dueño anterior había hecho un buen trabajo; el nuevo porche delantero recorría toda la fachada, y en un extremo había un columpio que invitaba a los nuevos inquilinos a disfrutar del buen tiempo. Unos ventiladores situados a cada extremo del techo garantizaban que el calor no sería demasiado insoportable. También había ventiladores en cada habitación de la casa.

Los dos dormitorios eran del mismo tamaño, de modo que escogió el posterior para ella y convirtió el otro en un despacho. Había solamente un baño, pero como ella era una sola persona, no esperaba tener problemas en ese sentido. El cuarto de estar y el comedor eran agradables, pero lo mejor de la casa era la cocina.

Era evidente que había sido remodelada hacía unos años, porque no se imaginaba que nadie se gastase dinero en reformar una cocina a su gusto cuando con un estilo más estándar valdría para vender la casa y costaría mucho menos. A quienquiera que fuera le gustaba cocinar. Había una placa de seis fuegos, además de un de horno microondas y otro convencional.

Los armarios cubrían una pared entera, desde el suelo hasta el techo, lo que proporcionaba espacio suficiente para almacenar comida para un año. En lugar de una isleta, el centro de la cocina lo ocupaba una mesa de dos metros con tabla para cortar que ofrecía abundante espacio para aventuras culinarias.

A Hinata no la entusiasmaba tanto cocinar, pero le gustó la estancia. En realidad estaba encantada con la casa entera. Era el primer lugar para vivir que realmente le pertenecía; los apartamentos no contaban porque eran alquilados. Aquella casa era suya. Era un verdadero hogar.

Bullía de felicidad por dentro cuando fue al centro de Konoha para hacer la compra y solventar dos pequeños asuntos. La primera parada fue el palacio de justicia, donde compró una matrícula de Konohagakure para el coche y solicitó el permiso de conducir.

A continuación, la tienda de comestibles. Fue un sutil placer comprar sin fijarse en el precio en la misma tienda en la que en otro tiempo el propietario la seguía desde que entraba y controlaba todos sus movimientos para cerciorarse de que no se metía algo en el bolsillo y se iba sin pagarlo. Kabuto se llamaba, Yakushi Kabuto.

Se entretuvo en seleccionar la fruta y las verduras, metiéndolas por separado en bolsas de plástico y cerrando cada una con una cinta verde. Del almacén salió un hombre de pelo grisáceo y gafas, con un delantal lleno de manchas, cargando con una caja de plátanos que empezó a colocar en una balda casi vacía. Lanzó una mirada a Hinata y volvió a mirarla, abriendo los ojos con incredulidad.

Aunque ahora era unos años mayor, había cambiado, a Hinata no le costó reconocerlo: era el hombre en el que estaba pensando.

—Hola, señor Yakushi —le dijo amablemente mientras empujaba el carrito—. ¿Cómo está?

—Ha...Hanna —balbuceó él, y hubo algo en la forma de pronunciar aquel nombre que dejó helada a Hinata. y la hizo mirarlo con otros ojos. ¡Por Dios, él también! Bueno, ¿por qué no? Jiraiya Namikaze no siempre estaba disponible, y Hanna no era una mujer que hiciera ascos a nada. Mucho menos a un hombre algo menor que ella, que también recordaba era un hombre casado.

Su sonrisa se esfumó y dijo en tono gélido:

—No, no soy Hanna. Soy Hinata, la hija pequeña. —Se sintió furiosa en nombre de la niña que fue, constantemente humillada por verse tratada como una ladrona, cuando durante todo aquel tiempo el hombre que se preocupaba tanto de seguirla por la tienda formaba parte de la pandilla de perros hambrientos que babeaban por su madre.

Empujó el carrito por el pasillo. La tienda no era grande, de modo que oyó el murmullo de voces. No mucho después, se dio cuenta de que llevaba detrás una sombra. No reconoció al muchacho adolescente, que también llevaba un delantal largo y con lamparones y que se sonrojó con embarazo cuando ella lo miró, pero resultaba obvio que alguien le había dicho que se cerciorase de que todo iba a parar al carro y no al bolso.

Tuvo un acceso de ira, pero lo controló y se esforzó por no darse prisa. Cuando ya hubo cogido todo lo que llevaba apuntado en la lista, dirigió el carro hacia la caja y empezó a descargarlo.

La mujer de Yakushi estaba en la caja registradora cuando Hinata entró en el establecimiento, pero el señor Kabuto se había hecho cargo de aquella tarea y ahora su esposa miraba con toda atención desde el pequeño cubículo que hacía las veces de oficina. Observó los artículos que Hinata estaba descargando.

—Más vale que tenga dinero para pagar todo esto —dijo el hombre en tono desagradable . Miro mucho de quién acepto un cheque.

—Yo siempre pago en efectivo —replicó, Hinata con frialdad—. Miro mucho a quién dejo ver el número de mi cuenta.

Transcurrieron unos instantes hasta que Kabuto se dio cuenta de que Hinata lo había insultado pagándole con la misma moneda, y se sonrojó violentamente.

—Cuidado con lo que dice. No tengo por qué tolerar esa forma de hablar en mi establecimiento, sobre todo de gente como usted.

—Claro. —Hinata le sonrió y habló en tono bajo—. No era usted tan escogido cuando se trataba de mi madre, ¿verdad?

El rubor desapareció de la cara del hombre tan bruscamente como había aparecido. Quedó pálido y sudoroso, y lanzó una mirada fugaz a su esposa.

—No sé de qué me está hablando.

—Bien. Pues entonces procure que no vuelva a surgir este tema. —Extrajo su cartera y aguardó.

El señor Yakushi empezó a pasar los artículos por el mostrador marcando los precios. Hinata miraba cada precio conforme él lo iba sumando, y lo detuvo en una ocasión—. Esas manzanas están a un dólar veintinueve el kilo, no a un dólar sesenta y nueve.

El hombre se ruborizó otra vez, furioso de que ella lo hubiera pillado en un error. Por lo menos Hinata suponía que había sido un error y no un intento deliberado de engañarla. La joven iba a cerciorarse de repasar todos los artículos en el recibo antes de salir de la tienda, iba a darle a probar lo que era que a uno lo considerasen deshonesto automáticamente. En otro tiempo se habría retraído, profundamente humillada, pero aquella época había quedado atrás.

Cuando el señor Kabuto sumó el total, Hinata abrió la cartera y sacó seis billetes de veinte dólares. Normalmente, su factura de la compra era menos de la mitad de aquella cantidad, pero es que había dejado que se agotasen muchas cosas en vez de tomarse la molestia de trasladarlas, de modo que tuvo que reponer las existencias.

Vio que el tendero miraba el dinero que quedaba en la cartera y supo que rápidamente correría por toda la ciudad el rumor de que Hinata Uchiha había vuelto, y exhibiendo un fajo de dinero como para parar un tren. Nadie creería que lo había ganado de forma honrada.

No podía decirse a sí misma que no le importaba lo que pensara la gente; siempre le había importado. Aquélla era una de las razones por las que había vuelto, para demostrarles a ellos que no todos los Uchiha. eran gentuza, y para demostrarse a si misma que no era basura.

Sabía racionalmente que ella era respetable, pero aún no lo sabía en su corazón, y no lo sabría hasta que los habitantes de su ciudad natal la aceptaran. No podía divorciarse de Konoha; aquella ciudad había contribuido a dar forma a lo que era como persona, y tenía profundas raíces en ella. Pero el hecho de desear ser aceptada por aquella gente no significaba que fuera a dejar que cualquiera la insultara y saliera impune.

De niña era discretamente obstinada en cuanto a salirse con la suya, pero en los doce años que habían transcurrido desde entonces, había crecido y había aprendido a defenderse.

El mismo chico que la había seguido en el interior de la tienda la ayudó a llevar las bolsas al coche. Calculó que tendría unos dieciséis años, sus articulaciones todavía conservaban la holgura propia de la infancia y las manos y los pies eran demasiado grandes para el resto.

—¿Eres familia de los Yakushi? —le preguntó mientras se dirigían al aparcamiento, él empujando el carrito.

El chico se ruborizó ante aquella pregunta personal.

—Er... sí. Son mis tíos.

—¿Cómo te llamas?

—Mitsuki.

—Yo soy Hinata Inuzuka. Antes vivía aquí, y acabo de volver para quedarme.

Se detuvo frente a su automóvil y abrió el maletero. Como la mayoría de los adolescentes, al chico le interesaba todo lo que tuviera cuatro ruedas, y le echó un buen vistazo. Hinata se había comprado un sedán sólido y fiable en lugar de un deportivo; para los negocios era mejor un sedán, y de todas formas había que tener una actitud determinada para ir por ahí al volante de un deportivo, una actitud que Hinata no había tenido nunca.

Siempre había sido más madura de lo que indicaba su edad, y para ella la estabilidad y la seguridad eran mucho más importantes que la velocidad y una imagen impresionante. Pero el coche, de un verde oscuro y estilo sofisticado europeo, tenía menos de un año y una cierta elegancia, a pesar de toda su fiabilidad.

—Tiene un coche muy bonito —se sintió impulsado a comentar Mitsuki mientras trasladaba la compra al maletero.

—Gracias.

Hinata le dio una propina, y él contempló el dólar con sorpresa. De aquel detalle dedujo que o bien en Konoha no se estilaba dar propinas, o bien la gente solía cargar ella misma con la compra y a él lo habían presionado para que la ayudase y así viera si tenía el coche limpio o algo parecido.

Sospechó esto último; el cotilleo de la gente de las poblaciones pequeñas no conocía límites.

Un Cadillac pequeño y blanco entró en el aparcamiento mientras Hinata abría la portezuela del coche y frenó bruscamente al llegar a su altura. Hinata levantó la vista y vio a una mujer que la miraba fijamente, estupefacta. Tardó unos instantes en reconocer a Karin Namikaze, o como se apellidase ahora.

Las dos mujeres se miraron de frente la una a la otra, y Hinata se acordó de que Karin siempre se esforzaba especialmente en ser desagradable con los Uchiha, a diferencia de Naruto, que los había tratado con bastante normalidad hasta que desapareció Jiraiya.

A pesar de sí misma, Hinata sintió un ramalazo de lástima; si sus sospechas eran ciertas, el padre de ambos estaba muerto y ellos habían pasado todos aquellos años sin saber lo que le había sucedido.

Los Uchiha habían sufrido por causa de los actos de Jiraiya, pero también habían sufrido los Namikaze. Incluso en el interior del coche, Hinata advirtió lo pálida y tensa que parecía Karin al mirarla.

Aquélla era una confrontación que mejor sería posponer; aunque su intención era mantenerse firme, no había necesidad de exhibir su presencia en las narices de los Namikaze. De modo que volvió el rostro, se subió al coche y encendió el motor. Karin le bloqueaba el paso de tal forma que no podía dar marcha atrás, pero el sitio de aparcamiento que tenía delante estaba vacío, así que no necesitaba recular. Simplemente salió pasando por aquel espacio y dejó a Karin aún sentada y con la vista fija en ella.

Cuando llegó a casa se encontró con varios faxes que la esperaban, todos de Sakura. Colocó en su lugar las cosas que había comprado antes de sentarse en el despacho a atender los problemas que hubieran surgido. Le gustaba el mundo de las agencias de viajes; no carecía de su dosis de crisis y quebraderos de cabeza, pero la mayor parte del tiempo, por la propia naturaleza de aquel negocio, los clientes estaban animados y contentos.

La labor de la agencia consistía en asegurarse de que sus vacaciones se reservasen correctamente, con alojamiento seguro. Desviaban suavemente a los clientes de los paquetes turísticos que no resultaban apropiados. Por ejemplo, una familia con niños pequeños probablemente no estaría muy contenta con un crucero en un barco cuyas diversiones estaban pensadas más bien para los adultos.

Sus empleados sabían encargarse de cosas así. La mayoría de los problemas con que se tropezaba eran de índole muy distinta. Había una nómina que pagar, impresos de impuestos que rellenar, un interminable desfile de papeles. Hinata había decidido seguir encargándose de la nómina, con la información pertinente que le enviarían todos los lunes por la mañana desde las cuatro sucursales.

Haría el papeleo, prepararía los cheques y los mandaría por correo urgente el miércoles por la mañana. Aquélla era una solución factible, y disfrutaría enormemente de la comodidad de trabajar en casa.

El mayor inconveniente era seguir trabajando con los bancos de Kirigakure, tanto en el aspecto profesional como en el personal, pero había decidido no transferir sus fondos a Konoha, ni siquiera a Nueva Suna; la influencia de los Namikaze tenía brazos muy largos. No había investigado si la familia era la propietaria del banco nuevo que había en la ciudad porque en realidad no importaba; fueran los dueños o no, Naruto poseería una gran influencia.

En la banca existían normas y leyes, pero en aquella parte del estado los Namikaze eran la ley para ellos mismos. A Naruto le resultaría fácil obtener el saldo de sus cuentas, hasta las copias de los cheques anulados. No le cabía duda de que también podría causarle problemas retrasando hasta el último momento el crédito para los cheques depositados y haciendo que sus propios cheques fueran incobrables. No, lo mejor era seguir teniendo la cuenta en Kirigakure.

Oyó crujir la grava del camino de entrada, y al asomarse por la ventana vio un brillante jaguar de color gris metalizado que se detenía frente a la casa. Resignada, dejó caer de nuevo la cortina y separó su silla de la mesa del despacho. No le hacía falta ver quién salía del coche para saber quién venía a verla, de igual modo que sabía que no se trataba precisamente del comité de bienvenida.


Continua