Secretos de una Noche


Un Vínculo


Fue al cuarto de estar y abrió la puerta al oír las pisadas en el porche.

—Hola, Naruto. Pasa, por favor. Veo que ya no tienes tu Corvette.

La sorpresa brilló en los ojos del aludido al cruzar el umbral y abrumarla inmediatamente con su tamaño. No se esperaba que ella lo invitase tranquilamente a entrar, el conejo ofreciendo hospitalidad al lobo en su madriguera.

—Ahora voy más despacio que antes en muchas cosas— dijo lentamente.

Hinata tenía en la punta de la lengua decir: «Mejor, supongo». pero se contuvo. Dudaba de que Naruto Namikaze le hiciera observaciones sugerentes a ella precisamente, y si se las tomaba como tales, él pensaría que era justo lo que cabía esperar de una Uchiha. Entre ellos no había espacio para el coqueteo normal.

Aquel día de finales de la primavera hacía calor, y Naruto llevaba una camisa blanca de algodón, floja y abierta en el cuello, y pantalones de lino de color caqui. Por el cuello de la camisa le asomaba una porción pecho bronceado, y Hinata se obligó a sí misma a mirar a otra parte, consciente de una súbita dificultad para respirar.

Él traía consigo el aroma fresco y terrenal a sudor limpio y el clásico olor almizclado del hombre. Ella nunca había logrado decidir qué color tenía, pensó azorada, inhalando aquel aroma complejo y sutil. El impacto físico que le produjo hizo que se bloqueasen todos sus sentidos, igual que siempre. No había cambiado nada. Lo que la impresionó no fue lo imprevisto de verlo; las viejas reacciones de antaño seguían allí, igual de potentes, sin haber sido atenuadas por la madurez ni por el paso del tiempo.

Lo miró con rabia oculta, impotente. Dios, aquel hombre no había hecho otra cosa que hundirla en el polvo, y no dudaría en hacerlo de nuevo; ¿Qué demonios le pasaba para no ser capaz de verlo sin experimentar automáticamente aquel hormigueo de excitación?

Naruto estaba demasiado cerca de ella, junto a la puerta, mirándola fijamente con sus ojos azules y entrecerrados. Se apartó para darse a sí misma un poco de espacio para respirar. Le resultaba demasiado imponente físicamente, era más alto que ella y con aquel cuerpo de atleta, duro y esbelto. Tendría que ponerse de puntillas siquiera para darle un beso en el hueco de aquella garganta musculosa y bronceada. Aquel pensamiento aberrante la sobresaltó, la conmocionó, y ocultó su expresión de manera instintiva.

De ningún modo podía permitir que Naruto supiera que ella se sentía siquiera remotamente atraída por él; eso le daría un arma de enorme poder destructivo contra ella.

—Esto es una sorpresa —dijo en tono ligero, aunque no lo era—. Siéntate. ¿Te apetece un café, o tal vez té helado?

—Déjate de cortesías —contestó él avanzando hacia Hinata, y ésta percibió el filo de fría cólera en su voz grave—. ¿Qué estás haciendo aquí?

—Vivo aquí —repuso Hinata, arqueando las cejas en un gesto de falsa sorpresa.

No esperaba tener la confrontación tan pronto; Naruto era más eficiente de lo que ella imaginaba. De nuevo se apartó, desesperada por mantener una distancia de seguridad entre ambos. La mirada de él se agudizó y acto seguido brilló de satisfacción y con una frialdad tal, que Hinata comprendió que él se había dado cuenta de que su proximidad la ponía nerviosa.

De manera que se detuvo, decidida a no hacerle ver que podía intimidarla de aquel modo, y se volvió para mirarlo de frente. Alzó la barbilla con una expresión serena y tranquila en sus ojos perlas. Le costó un poco de esfuerzo, pero lo consiguió.

—No será por mucho tiempo. Has perdido tiempo y esfuerzo en volver.

Con un suave gesto de diversión, Hinata dijo:—Incluso tú podrías tener problemas para echarme de mi nueva casa. La mirada de Naruto se agudizó nuevamente al recorrer con la vista el cuarto de estar, pulcro y acogedor.—La he comprado —amplió la información—. No está financiada, es mía limpia de polvo y paja.

Naruto dejó escapar una risa áspera que la sobresaltó.

—Seguro que te has divorciado del señor Inuzuka y lo has dejado en pelotas. ¿Te quedaste con todo lo que tenía?

Hinata se puso rígida.

—De hecho, así fue. Pero no me divorcié de él.

—Entonces, ¿Qué hiciste, buscarte un viejo decrepito al que diste la patada después de uno o dos años? ¿Tenía herederos a los que tú estafaste y dejaste sin nada?

El color desapareció de las mejillas de Hinata. dejándola pálida como una estatua.

—No, me busqué un hombre joven y sano de veintitrés años, que murió en un accidente de coche antes de cumplir un año de casados.

Naruto apretó los labios.

—Lo siento —dijo en tono hosco—. No debería haber dicho eso.

—No, no deberías haberlo dicho, pero jamás he visto que un Namikaze se haya preocupado alguna vez por los sentimientos de otra persona.

Él resopló con sorna.

—Una Uchiha debería tener cuidado con tirar piedras a ese tejado de cristal en particular.

—Yo jamás he hecho daño a nadie —replicó Hinata sonriendo amargamente—. Simplemente quedé atrapada entre ambos fuegos cuando empezó la batalla.

—Toda inocencia, ¿eh? Eras muy joven cuando sucedió todo, pero yo tengo muy buena memoria, y recuerdo que te paseabas de un lado para otro delante de mí y de todos aquellos agentes vestida sólo con tu camisoncito transparente que lo dejaba ver todo. De tal madre, tal hija, diría yo.

Los ojos de Hinata se agrandaron por el ultraje y la vergüenza, y el color inundó de nuevo sus mejillas. Dio dos rápidos pasos hacia Naruto y le clavó un dedo en el pecho.

—¡No te atrevas a echarme eso en cara! —dijo, asfixiada por la cólera—. Me sacaron de la cama a rastras en plena noche y me tiraron en el patio como si fuera un trozo de basura. No te atrevas a decir eso —advirtió en tono duro cuando Naruto abrió la boca para replicar que basura era precisamente lo que ella era, y volvió a golpearlo con el dedo.

» Sacaron de la casa todo lo que teníamos, mi hermano pequeño estaba histérico y no se separaba de mí. ¿Qué se suponía que tenía que hacer yo, entretenerme en buscar alguna prenda mía y retirarme al bosque a cambiarme? ¿Por qué ustedes, que se llaman decentes, no se volvieron de espaldas, si estaban viendo demasiado?

Naruto contempló el rostro iracundo de Hinata con el semblante extrañamente quieto, y entonces sus ojos adoptaron una expresión más fría y concentrada. Agarró la mano de Hinata y la apartó de su pecho. No la soltó, sino que mantuvo los dedos de ella cerrados contra su palma dura y cruel.

—Tienes el temperamento de una pantera, ¿verdad? —preguntó divertido.

Su contacto la conmocionó con una fuerte descarga de electricidad. Trató de soltarse de un tirón, pero Naruto se limitó a apretar con más fuerza y la retuvo sin esfuerzo.

—Vamos, no te asustes —dijo con pereza—. A lo mejor te creías que yo iba a quedarme aquí dejándote que me agujerees con tu dedito, pero para disfrutar de eso tengo que estar de diferente humor.

Hinata lo miró furiosa. Podía humillarse cediendo al impulso inútil, o podía esperar hasta que él decidiese soltarla. Su instinto la empujaba a librarse como fuera del calor perturbador de su contacto, de la sorprendente rugosidad de su palma, pero se obligó a permanecer inmóvil pues tenía la impresión de que él disfrutaría viendo cómo intentaba zafarse.

Entonces entendió la connotación sensual del comentario que acababa de hacer y sus ojos se agrandaron al tiempo que la invadía una oleada de sorpresa. Aquella vez no cabía ningún malentendido.

—Eres una chica lista —dijo Naruto, bajando la mirada hacia el busto de Hinata. No se dio ninguna prisa, sino que examinó la forma de los senos bajo la blusa de seda de color verde menta—. No creo que quieras empezar conmigo una pelea que no puedes ganar... ¿o sí? Es probable que tu madre te enseñara que un hombre se pone duro muy rápidamente cuando una mujer empieza a forcejear con él. ¿Has vuelto pensando que puedes ocuparel lugar de tu madre? ¿Quieres ser mi puta, igual que ella fue la de mi padre?

Los ojos de Hinata relampaguearon de ira, y le asestó un golpe con la mano libre con todas sus fuerzas. Rápido como una serpiente de cascabel, Naruto levantó el otro brazo, paró el golpe y capturó la mano de Hinata. Lanzó un silbido al ver la fuerza con que había atacado ella.

—Qué temperamento —se mofó él, con aspecto de estar disfrutando de la furia de Hinata—. ¿Acaso tenías le intención de partirme los dientes?

—¡Sí! —explotó ella, haciendo rechinar los dientes y olvidando su decisión de no darle el placer de una pelea. Tiró de las manos en un intento de liberarse, y lo único que consiguió fue hacerse daño en las muñecas—. ¡Fuera de aquí! ¡Fuera de mi casa!

Naruto se rió de ella y la obligó a quedarse quieta atrayéndola hacia su cuerpo.

—¿Qué vas a hacer, echarme?

Hinata se quedó helada.

—¡Si me sueltas, maldito Neanderthal, lo que haré será ponerme hielo en las muñecas para que no me salgan moratones! —replicó acaloradamente.

Naruto bajó la vista hacia sus largos dedos cerrados alrededor de las finas muñecas de Hinata, y los aflojó rápidamente, frunciendo el ceño al ver las marcas de color rojo oscuro que se habían formado rápidamente.

—No era mi intención hacerte daño —dijo, sorprendiéndola, y la soltó de inmediato—. Tienes la piel de un bebé.

Hinata se apartó de él masajeándose las muñecas y negándose en redondo a mirarle.

—Lo que yo creo es que no te importaba si me hacías daño o no. Márchate.

—Dentro de un minuto. Tengo unas cuantas cosas que decir.

Hinata lo miró con frialdad.

—En ese caso, por el amor de Dios, dilas y vete.

El peligro destellaba en aquellos ojos azules, y antes de que Hinata pudiera darse cuenta, Naruto estaba de nuevo frente a ella, casi pellizcándole la barbilla, juguetón.

—Eres una mujercita muy valiente, ¿verdad? Puede que demasiado para tu bien. No me provoques para que pelee, cariño, porque saldrás trasquilada. Lo mejor que puedes hacer es coger tus cosas y largarte de aquí, igual de rápido que has venido. Yo te compraré la casa por lo mismo que has pagado por ella, para que no pierdas nada.

» Aquí no eres bienvenida, y no quiero que mi madre y mi hermana sufran al verte pasear por ahí como si nada hubiera sucedido, resucitar aquel viejo escándalo y perturbar a todo el mundo. Si te quedas, si me desafías, puedo ponerte las cosas muy difíciles, y acabarás magullada. No podrás encontrar trabajo, y enseguida descubrirás que aquí no tienes amigos.

Hinata se apartó bruscamente de él.

—¿Qué vas a hacer, prenderme fuego? —lo aguijoneó—. Ya no soy una niña desvalida de catorce años, y vas a descubrir que ahora no es tan fácil apabullarme. Estoy aquí, y voy a quedarme.

—Eso ya lo veremos, ¿no? —Sus ojos entrecerrados volvieron a deslizarse hasta el pecho de Hinata, y de pronto sonrió—. Tienes razón en una cosa: ya no tienes catorce años.

Y acto seguido se marchó. Hinata se lo quedó mirando con los puños cerrados y sintiendo una rabia impotente, el estómago encogido por el pánico. No quería que él se fijase en ella como mujer, no quería que posara en ella aquella mirada de párpados semicerrados, porque no estaba segura de ser capaz de resistirlo. La ponía enferma la idea de parecerse a su madre, de ser lo que él le había reprochado ser, la puta de un Namikaze.

.

.

—¿Era Hanna? —preguntó Karin en voz baja, aunque estaba tan nerviosa que la tensión resultaba casi visible. Había llamado a Naruto desde la tienda de comestibles de Kabuto, más alterada de lo que su hermano la había visto en años, en realidad desde el día en que le dijo que su padre los había dejado por Hanna Uchiha.

Karin había recorrido un largo camino desde entonces, pero la mirada atormentada de sus ojos le dijo a Naruto que el dolor afloraba a la superficie con demasiada facilidad para ser objetiva al respecto.

—No, pero estaba claro que era una Uchiha.

Naruto se sirvió un dedo de whisky escocés y se lo bebió, y a continuación se sirvió otro dedo más; tenía la impresión de necesitarlo tras su encuentro con Hinata Uchiha. Es decir, Hinata Uchiha Inuzuka. Viuda. Una viuda joven, encantadora y pelinegra, dotada de tanto temperamento que hubiera querido mirarse las manos para si le quedaba alguna marca chamuscada de haberla tocado.

La había desconcertado un par de veces, pero durante la mayor parte del tiempo demostró una tranquila, exasperante seguridad en sí misma. No se alteró lo más mínimo ante las amenazas que él profirió, aunque tenía que saber que no estaba bromeando.

Se encontraban en el estudio, disfrutando de una copa antes de la cena, por lo menos Naruto. Orochimaru iba a cenar con ellos, y Mito también bajaría pronto, así que Naruto y Karin habían entrado en el estudio para tener unos momentos de intimidad para hablar.

Karin había palidecido.

—¿Qué no era Hanna? Se parecía mucho a ella, como si no hubiera envejecido en absoluto. Incluso parecía más joven. Oh... Ya sé. —De pronto comprendió—. Era una de sus hijas, ¿verdad?

—La más pequeña. Hinata. Siempre se pareció a Hanna más que sus hermanos.

—¿Qué está haciendo aquí?

—Dice que ha regresado para siempre.

Los ojos de Karin se llenaron de horror.

—¡No puede! ¡Mamá no lo soportaría! Orochimaru ha conseguido que salga un poco de su reclusión, pero si se entera de que uno de los Uchiha ha vuelto a Konoha, quién sabe cómo la alterará. Tienes que librarte otra vez de ella, Naruto.

Naruto observó su whisky con expresión irónica y se lo terminó de un trago. La ciudad entera conocía la historia de cómo él había echado a patadas a la familia Uchiha. No era algo de lo que se sintiera especialmente orgulloso, pero tampoco se arrepentía, y el incidente había subido a los altares como una especie de leyenda local.

Karin no estuvo allí, no vio lo malo; sólo conocía el resultado, no el proceso, no tenía aquel recuerdo grabado a fuego en su mente. A él lo acompañaba en todo momento: el terror de Hinata, los chillidos histéricos del niño pequeño y sus patéticos esfuerzos por aferrarse a su hermana, el desesperado frenesí de ella por recoger sus pertenencias... y aquella atracción sexual poderosa, incómoda, con que la miraban los hombres, las sombras de la noche que disimulaban su juventud y revelaban tan sólo el intenso parecido con su madre.

Con una leve punzada de dolor se dio cuenta de que aquella noche constituía un vínculo entre ellos, Hinata y él, un lazo forjado por un recuerdo común que sólo podría romperse con la muerte.

Nunca había conocido a Hinata en realidad, y había un espacio de doce años entre el antes y el ahora, y sin embargo no la había considerado ni tratado como a una desconocida. Era como si ambos hubieran reanudado una antigua amistad. No eran desconocidos; entre ellos estaba aquella noche.

—Esta vez puede que sea más difícil librarse de ella—dijo bruscamente—. Ha comprado una casa, y tal como me ha recordado, yo no puedo echarla de una propiedad que es suya.

—Si la está comprando, ha de haber algún modo de interferir en la hipoteca...

—No he dicho que la esté comprando, sino que la ha comprado. Hay diferencia.

Karin frunció el entrecejo.

—¿De dónde iba a sacar una Uchiha tanto dinero?

—Probablemente de un seguro de vida. Es viuda. Ahora se apellida Inuzuka.

—Muy cómodo para ella —comentó Karin, sarcástica.

—No, por lo que he podido entender, no lo fue —replicó Naruto, recordando mentalmente cómo había palidecido Hinata cuando él le dijo algo similar.

En eso sonó el timbre de la puerta, y a continuación oyó la voz de Orochimaru cuando Oriane le abrió. Se acabó el rato de conversación. Palmeó a Karin en el hombro al tiempo que ambos se encaminaban hacia la puerta.

—Haré lo que pueda para que se vaya, pero no es un resultado seguro. Ella no es una típica Uchiha.

No, no era típica en absoluto. Incluso cuando era una niña, el solo hecho de mirarla ya era suficiente para ponerse duro. Aquello no había cambiado. Pero también era un adversario más capaz que ningún otro de su familia. Era serena e inteligente, y parecía haber salido por sí sola, por el medio que fuera, de la cloaca en la que su familia había vivido siempre. La respetaba por eso, pero no cambiaba las cosas; tenía que irse. A Karin la preocupaba el efecto que pudiera tener su presencia en Mito, pero a él lo preocupaba también el efecto que pudiera tener en Karin.

Salieron al vestíbulo en el momento en que Mito bajaba elegantemente las escaleras para salir al encuentro de Orochimaru. Le ofreció la mejilla para que se la besara y le permitió que le guardara la mano en el hueco del brazo, pequeños contactos que rara vez había consentido a su marido.

La devoción de Orochimaru había sido beneficiosa para Mito, pues mitigó un poco el dolor que le había provocado su destrozada seguridad en sí misma, pero Naruto no estaba tan seguro de que fuera beneficiosa para el propio Orochimaru. Su esposa había muerto quince años atrás y debería haber vuelto a casarse.

Tal vez lo hubiera hecho, a su debido tiempo, pero entonces Jiraiya se marchó y Orochimaru, como buen amigo que era, se había consagrado a ayudar a los Namikaze a superar la crisis. Incluso después de recibir la carta de poderes, Naruto tardó dos años enteros en consolidar su posición, y Orochimaru estuvo a su lado todo el tiempo, presente en sesiones estratégicas que duraban noches enteras; también se había convertido en una especie de padre sustituto para Karin y había convencido paulatinamente a Mito de que saliera de su total depresión. Se había enamorado dolorosamente de Mito, un hecho del que ella no parecía darse cuenta.

Debería haberlo visto venir, se dijo Naruto al observar a su madre. Aún conservaba un increíble encanto, con un estilo sereno y clásico que suscitaba el romanticismo de Orochimaru. Su cabello rojo contenía muy pocas canas y la favorecía notoriamente. Seguía teniendo el cutis suave y sin arrugas, aunque por alguna razón se adivinaba claramente su edad. No había juventud en ella, ni ligereza de espíritu, y siempre ardía una llama de tristeza en el fondo de sus ojos.

Al mirar a su madre, a Karin y a Orochimaru, Naruto maldijo con vehemencia a su padre por lo que había hecho.

Orochimaru, tras acomodar en su asiento a Mito, le dijo a Naruto:

—Hoy ha llegado a mis oídos un curioso rumor acerca de uno de los Uchiha. —Karin se quedó congelada en el sitio y su mirada nerviosa giró rápidamente hacia Mito, que se había quedado pálida e inmóvil. Orochimaru no vio el brusco gesto de advertencia que le hizo Naruto—. Me tropecé con Kabuto Yakushi, y por lo visto una de las chicas ha vuelto para vivir aquí.

Orochimaru se irguió, su mirada se cruzó con la de Naruto, y éste comprendió que Orochimaru había preferido no ver su gesto de advertencia. Había sacado a colación el tema a propósito, para obligar a Mito a afrontarlo.

Ya había hecho aquello mismo en otras ocasiones, hablar de Jiraiya cuando Mito se encogía al oír cualquier mención de su marido. Tal vez fuera precisamente lo que había que hacer; quién sabe, Orochimaru había logrado obtener mayor reacción de Mito de la que nunca habían conseguido Karin ni él.

Mito se llevó una mano temblorosa a la garganta.

—¿A vivir... aquí?

—Se trata de la hija pequeña, Hinata —dijo Naruto manteniendo un tono calmado—. Ha comprado la vieja casa de Cleburne y se ha instalado en ella.

—No. —Mito miró a su hijo con expresión agónica—. No puedo... No puedo soportarlo.

—Naturalmente que puedes —le dijo Orochimaru para confortarla, al tiempo que tomaba asiento—. Tú no sales ni hablas con nadie de la ciudad, así que nunca la verás ni sabrás nada de ella. No hay motivo para que te alteres.

Naruto se reclinó en su silla y reprimió una leve sonrisa. Él y Karin tendían a tratar a Mito con algodones; no podía evitarlo, aun cuando ella le causaba una intensa frustración. Orochimaru no se andaba con tantos miramientos. Era implacable en sus esfuerzos por obligarla a salir de su cáscara y regresar a la sociedad. Probablemente tenía razón al hablar abiertamente del tema y las inclinaciones de Naruto y Karin eran demasiado protectoras.

Mito negó con la cabeza sin dejar de mirar a Naruto.

—No la quiero aquí —dijo, suplicando abiertamente—. La gente hablará... Todo se revolverá otra vez, y yo no puedo soportarlo.

—Tú no te enterarás de nada —dijo Orochimaru.

Ella se estremeció.

—No necesito oírlo para saber que está pasando.

No, posiblemente no. Cualquiera que hubiera vivido en una ciudad pequeña sabía muy bien que los chismorreos se reciclaban y que nada caía en el olvido para siempre.

—Por favor —le dijo a Naruto con expresión atormentada—. Haz que se vaya.

Naruto tomó un pequeño sorbo de su copa de vino, cuidando de componer una expresión vacía. Estaba hartándose de la manera en que la gente pensaba que él podía por arte de magia hacer desaparecer a las personas. Excepto secuestrarla o matarla, lo único que podía hacer con Hinata era procurar que las cosas le resultasen tan incómodas como fuera posible.

Esta vez no tenía motivos legales, ninguna acusación de allanamiento, ninguna familia de borrachos y ladrones que el sheriff no tuviera inconveniente en expulsar de la ciudad. Lo que tenía era una mujer joven y totalmente empeñada en mantenerse en sus trece.

—No va a ser fácil —dijo.

—Pero tú posees mucha influencia... con el sheriff, el banco...

—No ha abierto ninguna cuenta bancaria, y el sheriff no puede hacer nada a no ser que Hinata viole una ley. Hasta ahora, no ha violado ninguna. —Naruto comprendió que tampoco abriría una cuenta en el banco de él. Era demasiado lista.

Sabía exactamente a lo que iba a enfrentarse cuando se instalara de nuevo en Konoha, de otro modo no habría comprado la propiedad de los Cleburne al contado. Había tomado medidas para limitar los movimientos que él pudiera hacer en contra de ella.

Tenía que respetarla como adversario, por su previsión. Estaba claro que Hinata le había puesto las cosas más difíciles. Echaría un vistazo alrededor, utilizaría sus fuentes para tratar de verificar que realmente había pagado la casa al contado en lugar de financiarla, pero sospechaba que Hinata le había dicho la verdad.

—Ha de haber algo —dijo Mito con desesperación.

Naruto enarcó las cejas.

—Propongo el asesinato —dijo con sorna.

—¡Naruto! —Su madre lo miró atónita—. ¡No estaba sugiriendo nada semejante!

—Entonces, puede que tengamos que acostumbrarnos a la idea de que viva aquí. Yo puedo ponerle las cosas enrevesadas, pero eso es todo. Y no quiero que nadie me venga con ideas brillantes acerca de acoso físico —dijo, clavando la mirada en Karin y Mito, por si acaso se le había ocurrido aquella idea a alguna de las dos. No era probable, pero no tenía intención de arriesgarse—. Si podemos librarnos de ella a mi modo, bien, pero no pienso hacerle daño. —No cuestionó aquel curioso instinto protector hacia una Uchiha. Hinata ya había sufrido bastante en su vida, se dijo recordando a aquella niña aterrorizada y atrapada en el semicírculo de faros de coches.

—Como si nosotras fuéramos a hacer algo así —dijo Karin, sintiéndose insultada.

—No creo que fueran a hacerlo, pero no quería dejar el asunto abierto a especulación.

En aquel momento llegó Delfina con el primer plato, una crema de pepino, y el tema fue abandonado por consentimiento mutuo, para diversión de Naruto. En aquella casa no sucedía nada que Oriane y Delfina no supieran casi al instante de producirse, pero Mito y Karin seguían la antigua norma de no hablar de cosas personales delante de la servidumbre. Dudaba de que alguna persona de las que trabajaban para ellos se considerase a sí misma «servidumbre», sobre todo Delfina.

Llevaba trabajando en aquella casa más tiempo del que recordaba Naruto, y le había pegado a él en las manos con una cuchara de madera cada vez que lo pillaba intentando birlar uno de los pequeños bizcochos que horneaba para las recepciones de Mito.

Karin se puso a contar a Orochimaru un interesante documental que había visto en televisión. Naruto miró a Mito para hacer un comentario, pero enmudeció al ver cómo rodaban las lágrimas en silencio por sus mejillas. Estaba tomándose su sopa con serenidad, hundiendo y levantando la cuchara con ritmo elegante, y mientras tanto lloraba.

Después de la cena, Orochimaru se reunió con Naruto en el estudio y pasaron media hora hablando de negocios hasta que Naruto dijo en tono irónico:—Karin y yo habíamos decidido no hablarle a mamá de Hinata.

Orochimaru hizo una mueca.

—Ya me imaginaba algo así. Sé que no me corresponde meter la cuchara en esto... —Naruto soltó un bufido que provocó una rápida sonrisa en el rostro de Orochimaru antes de proseguir—, pero es que tu madre no puede seguir ocultándose al mundo para siempre.

—¿No? Pues lleva doce años intentándolo de maravilla.

—Si ella no sale al mundo, he decidido traerle el mundo a ella. A lo mejor así ve que «si no los puedes vencer, únete a ellos».

—Buena suerte —dijo Naruto, y era sincero.

Orochimaru lo miró con curiosidad.

—¿De verdad vas a obligar a Hinata a marcharse?

Naruto se recostó en su asiento y apoyó los pies en la mesa estirándose como un león soñoliento, relajado, pero aún peligroso.

—Por supuesto que voy a intentarlo, pero lo que le he dicho a mi madre es verdad. Legalmente, no hay mucho que pueda hacer.

—¿Por qué no dejarla en paz? —preguntó Orochimaru con un suspiro—. Yo diría que ya ha tenido una vida bastante dura tal como está, sin que la gente intente causarle problemas a propósito.

—¿La has visto?

—No. ¿Por qué?

—Parece la hermana gemela de Hanna —dijo Naruto—. Ya es bastante malo ser una Uchiha, pero además parecerse así... —Sacudió la cabeza en un gesto negativo—. Va a remover muchos recuerdos, y no sólo en mi familia. Hanna Uchiha era muy conocida de todos.

—Incluso así, yo creo que se merece una oportunidad Naruto. Si está intentando llegar a ser algo, sería una lástima interponerse en su camino.

Naruto sacudió otra vez la cabeza.

—Tengo que pensar en mamá y en Karin. Para mí, ellas son más importantes que esa mujer que intenta demostrar ser algo.

Orochimaru lo contempló con decepción. Naruto era un hombre duro y un enemigo peligroso, pero siempre había sido justo. La desaparición de Jiraiya lo había metido de cabeza en una situación en la que la responsabilidad del bienestar económico, y también el emocional, de su familia recayó sobre sus jóvenes hombros.

Hasta aquel momento, Naruto había sido un muchacho alegre, alborotador y despreocupado, pero de la noche a la mañana se había convertido en un hombre mucho más duro, más despiadado. Su sentido del humor, cuando se consentía a sí mismo tenerlo, todavía bordeaba lo descarado e irreverente, pero durante la mayor parte del tiempo era mucho más serio.

Naruto era un hombre que sabía hasta dónde llegaba su poder y no se arredraba a la hora de utilizarlo. Si Jiraiya había sido respetado en la comunidad financiera, Naruto era considerado con el temor y la cautela con que uno contemplaría a un merodeador.

—Eres demasiado protector —dijo Orochimaru por fin—. Mito y Karin no van a derrumbarse en pedazos por el hecho de que Hinata Uchiha viva en Konoha. No les gustará, pero aprenderán a vivir con ello.

Naruto se encogió de hombros. Quizá —más bien, probablemente— fuera demasiado protector, pero Orochimaru no había visto a Karin desangrarse casi hasta morir, ni había presenciado el completo hundimiento emocional de Mito. Para cuando Orochimaru empezó a convencer a Mito de que saliera de su habitación, ésta por lo menos ya hablaba otra vez y había vuelto a comer.

—Me rindo —dijo Orochimaru sacudiendo la cabeza—. De todos modos, vas a hacer lo que quieras. Pero medita sobre ello, y puede que le des un respiro a la chica.

Aquella misma noche, sentado a solas en el estudio con los pies aún apoyados en el escritorio, en su postura habitual, mientras leía un informe financiero sobre unas acciones que había comprado, Naruto descubrió que le resultaba difícil concentrarse. No era el whisky; se había servido una copa cuando se puso a mirar papeles, más de dos horas antes, y la mayor parte del licor seguía en el vaso.

El hecho era que no conseguía quitarse de la cabeza el problema de Hinata Uchiha. El silencioso llanto de Mito lo había afectado más que ninguna cosa que hubiera podido decir. Si Hinata no se merecía que la hicieran sufrir de nuevo, tampoco su madre ni su hermana. Ellas también eran víctimas inocentes, y Karin estuvo a punto de morirse. No podía olvidar aquello, y tampoco podía verlas alteradas y no intentar hacer algo al respecto.

Además, era un hecho que si Hinata Inuzuka se quedaba en Konoha, Mito y Karin se sentirían todavía más heridas y perturbadas de lo que ya estaban ahora.

Naruto contempló pensativo el nivel de whisky que quedaba en el vaso. A lo mejor, si se lo bebiera, podría olvidar el calor y la vitalidad de Hinata bajo sus manos, aquel aroma dulce y picante que se le había metido directamente en la cabeza y lo había mareado de deseo.

A lo mejor si se bebía la botella entera podría olvidar aquel intenso deseo de hundir las manos en su cabello para ver si lo envolvía, o la sed de paladear aquellos labios carnosos y plenos. Pensó en su piel, tan fina y traslúcida que quedaba marcada con el más ligero toque; sus senos, altos y redondos, y con pezones discernibles incluso debajo del sujetador.

Hinata lo tenía, tenía aquel algo indefinible que poseía Hanna, una sensualidad fácil, sin esfuerzo, que atraía a los hombres como si fuera un imán. Hinata no lo exhibía de forma descarada como Hanna, sino que lo atenuaba vistiendo mejor, pero simplemente quedaba refinado, no diluido.

Si no se marchaba, era probable que los residentes de Konoha, con su mentalidad de pueblo, quedasen desconcertados y estupefactos y Mito diez veces más alterada de lo que ya estaba, ante el espectáculo que supondría que otro de los Namikaze tuviera una ardiente aventura con una Uchiha.


Continua